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Una historia del Mundial

Si uno busca encontrar las actividades humanas que reúnen, simultáneamente y a escala mundial, el interés de la gente, difícilmente podrá identificar alguna que tenga un impacto mayor que la Copa Mundial de Fútbol. Con el paso de los años, el Mundial conquista un lugar cada vez más central en la vida de las sociedades, en cada país, durante el período de su realización. Quizás el hecho de que se dispute cada 4 años ayude a eso, ya que vuelve menos común el período de su celebración. Más allá de las innumerables actividades sociales relacionadas con él, los recuerdos personales y colectivos que se crean, toda la sociedad, en cada parte del mundo, parece transformarse durante ese período. Naturalmente, las actividades económicas, dentro de un conjunto de oportunidades interconectadas, giran alrededor de esta competición central. Las calles, los negocios gastronómicos, las tiendas de indumentaria se llenan con los colores de las banderas de todo el mundo, cambiando finalmente también el aspecto de las ciudades, de los lugares donde vive la gente. Ninguna otra competición logra hoy cambiar en tal grado el aspecto de las ciudades: los Juegos Olímpicos suelen transformar solamente la ciudad o el país que los organiza, pero nunca un acontecimiento que sucede en América cambia el aspecto de las calles de una ciudad asiática o europea. En este sentido, el Mundial no puede discutirse solamente en términos futbolísticos, aunque por supuesto el fútbol es su tema central y —por suerte— es el fútbol, como deporte, lo que evoluciona a través de él.

Más allá de las actividades económicas, que en esencia afectan estéticamente la vida social, está sin embargo también el poder político, que se interesa con especial celo por esta competición. La participación de un país en la Copa Mundial de fútbol se eleva como el espejo de su desarrollo social, una especie de valor nacional secundario, no medible en indicadores económicos y sociales, especialmente en épocas en que esos indicadores no tienen un rumbo positivo. Es característico el hecho de que la presentación de las delegaciones de España y Noruega para el próximo Mundial de 2026 la hayan hecho los reyes de los dos países, en videos respectivos. ¿Por qué se sentaría un monarca a presentar a 26 futbolistas que van a viajar a un país para jugar al fútbol? Esta es una pregunta cuya respuesta es simple para los iniciados en esta mistagogía mundial; sin embargo, parece un fenómeno paradójico para quienes consciente o inconscientemente se mantienen alejados de su comprensión y de la —con el rol que sea— participación en ella. Y por supuesto no son solo los monarcas: una de las últimas actividades de la selección nacional del país más republicano del mundo, Francia, fue la sesión de fotos con el presidente Macron, antes del viaje hacia la otra orilla del Atlántico. Uno dirá que los políticos quieren participar en la gloria de los campeones, presentar sus éxitos como éxitos de su propia gestión, pero acá no se trata de fotos después de la victoria, sino de la operación de cohesionar a un pueblo, a una nación tal como la entiende su concepción política burguesa, alrededor de un grupo de personas que, sin haber sido elegido, en cambio ha sido seleccionado sobre la base de criterios de excelencia futbolística, y representa a todos en el nivel más importante. Nunca se hizo un video equivalente para la designación del Embajador de un país ante la ONU, mientras que ninguna gran campaña conmovió a las masas apoyando a algún compatriota candidato a un premio Nobel. Pero parece completamente natural que algo así se haga por el fútbol.

Así surge naturalmente la pregunta: ¿por qué sucede todo esto por el fútbol? La respuesta es todo lo que sucede en el proyecto del futbol, es decir, el análisis de las razones por las que un deporte, sobre la base de características concretas, es, según Pasolini, “el último ritual sagrado de nuestro tiempo”. Es la manera en que apareció, la manera en que cubre necesidades humanas concretas, la manera particular en que puede cubrir esas necesidades dentro del marco social y político concreto de la explotación humana, la manera en que se desarrolló socialmente, es decir, un conjunto de pequeños y grandes sentimientos que el fútbol tiene el poder de crear en la gente. Para entender, entonces, por qué el Mundial es tan importante, hay que empezar por las razones por las que existe —tanto él mismo como competición, como el fútbol como deporte. Aunque la Historia total del fútbol, su relación con las sociedades, las naciones, las culturas, la manera en que fue moldeado por todo eso y las moldeó, es una conversación más grande y un campo de búsqueda más amplio, la manera en que el fútbol se volvió Mundial es, más o menos, la historia del Mundial —porque un deporte podría jugarse en cada rincón de la Tierra, pero nunca tendría el mismo valor si no se jugara, por todos, en una arena central global como esta.

En los artículos sobre la Prehistoria del Fútbol y el Nacimiento del Fútbol en Gran Bretaña se analizaron detalladamente los mecanismos históricos a través de los cuales un juego que, con diversas variantes, era jugado por muchas civilizaciones, como continuación del juego de los campesinos británicos, fue codificado, pasó a ser posesión de la clase dominante, pero inmediatamente, casi en paralelo, se convirtió en una ocupación querida por las masas obreras en una época en la que cualquier cosa británica conquistaba el mundo entero. Se explicó el recorrido del fútbol hacia todo el mundo, junto con la expansión del Imperio Británico, pero sobre todo la transmisión de esos hábitos sociales británicos, como los deportes británicos, allí donde se expandía la actividad económica británica, con ejemplos característicos como Europa Central y Sudamérica, que fueron presentados analíticamente en los artículos correspondientes. Sería, entonces, una repetición consumirnos, en esta búsqueda que tiene como centro la Copa Mundial, en esa parte de la Historia. En cambio, tomando como dado el hecho de que ya desde fines del siglo XIX y principios del XX las masas abrazaban el deporte, transformándolo incluso en creador y portador de identidades colectivas, lo útil y crucial para comprender esta institución mundial es examinar su base material y las causas de su creación, incluso por fuera del marco tradicionalmente británico que dio nacimiento al deporte. Al mismo tiempo, consideraremos también como dado el hecho de que una actividad con semejante resonancia social concentra el interés del poder político; las razones no necesitan explicarse acá, sino solamente la manera en que eso se expresó.

A diferencia de una multitud de otros deportes, que se codifican y con la existencia de los Juegos Olímpicos adquirían participación e interés mundial, en el marco de un ideal deportivo, el fútbol constituyó un deporte social de masas que solo durante un período muy breve —el del amateurismo británico— pareció reivindicar una identidad así. Desde el inicio de la existencia del profesionalismo, que comenzó a fines del siglo XIX en Gran Bretaña y significaba una serie de cosas, como que los futbolistas representaban a un conjunto que participaba materialmente (pagando entrada) en la existencia y el funcionamiento del club de fútbol, que los clubes constituían una institución con vínculos con la sociedad local, a nivel territorial o fabril, el fútbol no tenía relación con “el camino y la lucha y la piedra”, es decir, la forma —aunque sea imaginaria— ennoblecida de los deportes con el fin de una emulación definida en términos generales. Sobre la base de estas características suyas, nunca concentró el interés dentro del marco de los Juegos Olímpicos, una competición que en sus primeros años tenía condiciones estrictas de participación exclusiva de amateurs, dando especial énfasis a los éxitos de la fuerza física, al tríptico “más rápido, más alto, más fuerte”, antes que al éxito de una victoria colectiva frente a un rival.

Así, uno podría preguntarse si el fútbol es realmente parte de un marco deportivo más general. La respuesta quizás podría ser doble: en cuanto a la metodología para alcanzar el rendimiento deportivo, es decir, el entrenamiento, el ejercicio físico, la evolución de la capacidad del cuerpo para ejecutar movimientos complejos, casi acrobáticos, que ayudan a alcanzar el objetivo, es decir, la victoria en un juego, entonces seguramente el fútbol se parece a todos los demás deportes. Pero en cuanto a las razones por las que alguien quiere ganar un partido de fútbol, esas parecen alejarse desde el principio muchísimo de la emulación deportiva definida en términos generales. Acá bastantes se confunden, acusan al fútbol de ser “sucio” porque no es “limpio” como deporte, con la voluntad inocente por el mejor rendimiento deportivo como único rasgo. Pero esa es quizás una manera torcida de leer la propia sociedad, ya que la necesidad de victoria de una identidad colectiva es probablemente algo más complejo, de mayor impacto y sin duda más masivo y colectivo que la victoria individual del cuerpo. En este sentido, el fútbol democratiza el éxito deportivo, permitiendo la existencia de muchos roles que contribuyen a ese éxito, que llega materialmente a partir de las acciones de 11 personas.

En este sentido, el fútbol, que siempre se encuentra entre los intereses de las actividades sociales “sucias”, no dejará de existir cuando se elimine esa suciedad que lo rodea, sino que en cambio reflejará cualquier sociedad que se cree a través del derrocamiento de las actuales relaciones de poder, expresando de nuevo la colectividad de una manera diferente. Probablemente el Ideal Olímpico burgués sea lo que no podrá, en una condición así, expresar una nueva concepción colectiva de la victoria —pero seguramente también los demás deportes evolucionarán de manera que puedan caber dentro de esa sociedad hasta hoy potencialmente liberada.

Y acá hay una pregunta central de la que hay que ocuparse al examinar la Historia de la Copa Mundial: el hecho de que el Mundial haya sido históricamente objeto de interés y explotación por dictadores crueles, regímenes autoritarios, poderes que lo usaron incluso como mecanismo de represión, ¿significa que por naturaleza es algo que expresa la reacción mundial? El análisis de la evolución de los fenómenos solo “desde arriba” podría llegar a una conclusión así. Pero un análisis así es superficial —porque en el Mundial evolucionó la manera en que se juega al fútbol, sobre la base incluso de convicciones ideológicas que para nada se alineaban con las de sus organizadores y abusadores, mientras que también creó expresión popular, memoria popular y experiencias colectivas, más allá del marco de la rivalidad nacional y las exclusiones, que históricamente representan los poderes en los sistemas de explotación. Si fuera válida la posición de que el fútbol es solo una herramienta del poder, muchos de estos fenómenos nunca habrían existido —y así, en lugar de hacer otro análisis más de la relación entre poder explotador y fútbol, es mucho más útil examinar todo lo que realmente sucede en la Historia de los seres humanos, que no es un cuento solo sobre príncipes y princesas, sino sobre campesinos.

La fundación mundial del fútbol

En el cambio de siglo, el fútbol británico desarrollado, con los campeonatos profesionales, los clubes que contaban miles de hinchas, la evolución de la táctica futbolística, la ideologización y las competiciones internacionales (dentro del marco británico), ya no estaba solo en el mundo. Más allá de las 4 federaciones “domésticas”, es decir, las de Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda bajo dominio británico, también se creaban federaciones nacionales en la Europa continental, de Norte a Sur, con Dinamarca, Holanda, Bélgica, Suiza, Italia y Alemania habiendo fundado sus propias instituciones a fines del siglo XIX, mientras que Argentina, Chile y Uruguay tenían sus correspondientes federaciones propias. A todos estos países, por razones de completitud, hay que agregar también la federación de fútbol de Gibraltar, así como la de Singapur, Estados que desde luego constituían parte del Imperio.

Todas estas Federaciones tenían algo en común: estaban constituidas en gran medida por inmigrantes o expatriados ingleses, con sus cuadros siendo naturalmente miembros de la burguesía británica que actuaban internacionalmente, teniendo incluso lazos de dependencia con la madre del deporte, la Football Association. Así, aunque el fútbol era un deporte que ya había empezado a jugarse internacionalmente, no había ninguna razón particular para que existiera una confederación internacional o mundial correspondiente, ya que la FA tenía un rol dominante en todo lo referido a su administración.

El fútbol seguía siendo un deporte británico en una época en la que el deporte en su conjunto cambiaba —pero no por los ingleses. La iniciativa para una gobernanza internacional y potencialmente mundial del deporte partía del contrapeso de Gran Bretaña. La institución quizás más importante, que llevó a la construcción del primer edificio deportivo mundial, fue la Union des sociétés françaises de sports athlétiques, conocida por sus siglas como USFSA. Fundada como unión de dos asociaciones deportivas, que provenían de los clubes de la clase burguesa de París, Racing Club de France y Stade Français, así como de otros nobles franceses iniciados en la organización deportiva británica, desde 1890 la USFSA asumió jugar un papel pionero en la organización del marco internacional del deporte, en un campo que había quedado libre por parte de los británicos. La verdad es que la clase burguesa y aristocrática inglesa no estaba tan interesada en las maneras en que compartiría sus ocupaciones, ni con otras civilizaciones, ni con otras clases. Además, al propio fútbol lo destinaba para sí misma, hasta encontrarse ante hechos históricos consumados cuando las masas no dejaban de jugar el deporte que constituía una evolución de su propio juego.

La USFSA, con dos aros como símbolo, que simbolizaba la unión de esos dos sindicatos deportivos de París, constituyó también la estructura organizativa para que se creara el Movimiento Olímpico moderno, que con el simbolismo correspondiente de 5 círculos unidos, que corresponden a los continentes, inició en 1896 la primera gran competición multideportiva, la de los Juegos Olímpicos. El origen plenamente aristocrático del movimiento olímpico, así como la expansión de las actividades de la USFSA en la organización del campeonato de rugby, un deporte de los estratos medios y superiores, en Francia, dejaba en el cambio de siglo al fútbol al margen, que si bien era parte del programa olímpico, lo era con una forma amateur, que no tenía ninguna relación con el deporte británico de masas. Es característico que la primera medalla de oro la ganó la tripulación de un barco danés que había encallado en el Pireo, enfrentando al Club Ciclista de Atenas en un partido que fue más bien una parodia, ya que terminó o 9-0, o 15-0 para los daneses, bajo la dirección del Príncipe Jorge, que asumió funciones de árbitro en el encuentro.

En la época, entonces, en que el deporte se constituía a nivel internacional solo dentro de un marco aristocrático, el fútbol de masas quedaba fuera de ese proceso y bajo control británico. Después de la organización de dos Juegos Olímpicos, que por razones obvias se hicieron en Atenas y París, la federación holandesa de fútbol llamó a la Football Association a asumir una iniciativa para la organización internacional autónoma del fútbol. Pero los británicos no tenían ninguna razón para crear una institución internacional allí donde podían tener el control absoluto a través de su propia federación nacional. Por esta razón, respondieron negativamente, mientras que una indiferencia similar hacia la eventual constitución de una institución internacional mostraron también cuando el Presidente de la USFSA, el periodista Robert Guérin, hizo la misma propuesta.

Guérin, por supuesto, no tenía solo fines puros. En una época en la que todo el edificio deportivo estaba en esencia en construcción, quería asegurarse de que la USFSA tuviera la competencia de administración del deporte más masivo que se desarrollaba poco a poco también en Francia. La mejor manera de lograrlo era la participación de la USFSA —en lugar de otras asociaciones francesas con las mismas aspiraciones— en una confederación internacional. Esta práctica de adhesión a confederaciones internacionales para asegurar el poder doméstico en un deporte se convertiría en un escenario permanente en cada deporte en desarrollo, en cada país. La verdad es, sin embargo, que la Football Association difícilmente aceptaría convertirse en interlocutor en pie de igualdad con Guérin, ya que el aristócrata francés representaba a una secta de dirigentes deportivos de Francia que querían administrar también el fútbol a nivel nacional, sin ningún trabajo previo en su desarrollo, en el momento en que la FA organizaba desde hacía décadas un campeonato y una copa profesionales, con enorme asistencia de hinchas, así como participaba en competiciones internacionales con los Estados del Reino Unido que tenían una tradición futbolística mucho mayor que Francia.

Pero, por más lógica que pareciera dentro de ese marco específico la postura de la Football Association, era igual de corta de miras, ya que no calculaba que la aristocracia francesa podría encontrar los aliados de la Europa continental para conseguir su objetivo. Así, Guérin, desafiando cualquier tradición y viendo la gran oportunidad que se abría ante él, ante la ausencia de alguna institución internacional, llamó a las federaciones ya fundadas de Bélgica, Dinamarca, Holanda, Suecia y Suiza, así como al club Madrid FC, para fundar en París la institución internacional del fútbol. El 21 de mayo de 1904, se firmó en el número 229 de la rue St Honoré, en el 1er distrito de París, la declaración fundacional de la Fédération Internationale de Football Association, que por la inspiración francesa y el lugar de nacimiento tomó su nombre en lengua francesa, para crear el famosísimo acrónimo de FIFA.

El Guérin de 28 años alcanzaba así su objetivo básico, convirtiendo a la USFSA, como miembro fundador de la FIFA, en responsable del desarrollo del fútbol en Francia, mientras que al asumir la presidencia de la nueva organización futbolística podía llevar a Francia a una posición central en lo relativo al desarrollo mundial del deporte, aprovechando el vacío que dejaba una Inglaterra indiferente a ese rol. Pero la Historia mostró rápidamente que los ingleses no eran tan cortos de miras. La hoy poderosa FIFA no podría jugar su papel internacionalmente si no conseguía incluir a Inglaterra en sus filas. Dado que el motivo de Guérin, así como de otros factores de las confederaciones nacionales (incluida Madrid FC, que más tarde se llamó Réal, proveniente de un país sin federación de fútbol), era obtener reconocimiento internacional y no competir con la madre del deporte, todos los movimientos de la FIFA tenían que ver con los términos bajo los cuales los ingleses formarían parte de ella.

Esto ocurrió finalmente en 1905, cuando Inglaterra se convirtió en miembro del organismo internacional mediante un proceso que se completó en 1906, cuando en el congreso de Berna Daniel Woolfall, dirigente del Blackburn obrero, asumió funciones de presidente en la FIFA, permaneciendo en ese cargo hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial. El liderazgo de Woolfall fue decisivo para que Inglaterra mantuviera una posición central en el desarrollo futbolístico, mientras el fútbol se iba gradualmente de las manos de los ingleses en las federaciones nacionales, que pasaban bajo el control de los nativos. Pero Woolfall tiene también otras razones para ser recordado, principalmente la organización del primer torneo de fútbol verdaderamente internacional. Su colocación en el cargo de jefe de la Confederación Mundial, incluso, quizás fue motivada por esa coyuntura histórica.

Londres fue la ciudad organizadora de los 4os Juegos Olímpicos, que se disputaron en 1908, y Gran Bretaña quería más que nada publicitar su deporte nacional, aquel que a diferencia de otros deportes olímpicos fue codificado dentro de los centros de su propio sistema educativo, reflejaba su propia sociedad y se expandía junto con su propia influencia cultural. Así, 12 años después del partido parodia de los Olímpicos de Atenas, en Londres se hizo un torneo con la participación inicial de 8 equipos, aunque finalmente, por cuestiones internas que impidieron a los equipos de Austria-Hungría, Bohemia y Hungría tomar parte. Dinamarca venció sucesivamente 9-0 y 17-1 a los dos equipos franceses, mientras que Gran Bretaña se impuso 12-1 a Suecia y 4-0 a Holanda. En la final, los locales y organizadores prevalecieron 2-0 sobre los daneses para ganar esa primera medalla futbolística verdaderamente internacional.

La posición, sin embargo, del fútbol no estaba para nada dada en el programa de los Juegos Olímpicos y pese a su éxito posterior, el torneo futbolístico de Estocolmo no era para nada seguro que se organizara en 1912. Allí, la final tuvo otra vez a los mismos rivales, en el último encuentro internacional de fútbol antes del estallido de la Primera Guerra Mundial. El verdadero desarrollo del Fútbol Mundial llegaría inmediatamente después…

La Guerra de las Trincheras deshizo las infraestructuras y casi hizo desaparecer a una generación de los países de Europa, asestando un golpe decisivo también al fútbol y a sus instituciones. Después de su final, bajo los nuevos equilibrios políticos internacionales, la FIFA se encontraba en el umbral, entre la vida y la muerte. Los Juegos Olímpicos continuaron celebrándose, empezando por los Juegos de Amberes en 1920, pero las instituciones futbolísticas, pagando quizás también el precio de la mayor contribución de la clase obrera a la guerra, dieron pasos más lentos de reconstrucción en lo que respecta a Europa, porque en Sudamérica el fútbol atravesaba su primera edad de oro.

El primer congreso de posguerra de la FIFA se celebró en Ginebra en 1923. Allí fue elegido presidente de la Confederación por segunda vez un francés, un abogado, hijo de un verdulero del este de Francia, profundamente católico, el presidente más emblemático de su Historia, Jules Rimet. Rimet era quizás la persona más adecuada para conducir al fútbol hacia esa nueva época y hacia su verdadera globalización. Sus convicciones religiosas se alineaban con la encíclica papal Rerum novarum, del papa León XIII, según la cual debía darse un peso particular por parte de la Iglesia en lo relativo a las condiciones de vida de la clase obrera. Por supuesto, la Iglesia papal como institución no tenía ningún gran dolor por los condenados de la Tierra, sino que veía el peligro de que estos expresaran la bronca ante su miseria de maneras revolucionarias, animados por las grandes ideas que se desarrollaban durante el siglo XIX y condujeron incluso a la toma obrera del poder en el París de la Comuna de 1871. La Iglesia tenía en esas condiciones el interés de funcionar como el portador que podría gestionar de una manera menos dolorosa para la clase dominante esa bronca popular: las iniciativas para la mejora de las condiciones de vida y del contenido de la vida de los obreros ayudaban en esa dirección. Dada, entonces, la presión ideológica, esa postura de la Iglesia católica puede leerse como una conquista de la clase obrera, incluso en condiciones en las que no reclamaba organizadamente el derrocamiento del poder hostil hacia ella. Además, no sabemos cuán fácil es sostener que una institución poderosa, como el Papa, decidió sin razones más profundas proclamar una línea política aparentemente tan radical.

Animado por esas ideas, Rimet había fundado en 1897, es decir, 6 años después de la proclamación de Rerum novarum, el club obrero Red Star en París, que hasta nuestros días constituye un símbolo de orgullo de los estratos más pobres que viven al margen de la resplandeciente capital francesa. El registro histórico ha clasificado a Rimet como un hombre inspirado que creía en el entendimiento y la convivencia pacífica entre las naciones, algo que era naturalmente necesario para la reconstrucción de posguerra (o de entreguerras). Como es natural, la lectura de esta característica no puede ser ingenua: Rimet o bien creía conscientemente en ese camino, armonizado con la postura ideológica más profunda de la Iglesia, conociendo las consecuencias de la guerra en la Rusia zarista que condujeron a la Revolución Bolchevique, o bien como idealista creía que el entendimiento internacional era el mejor camino de progreso dentro de un sistema político que consideraba o natural, o un camino único. En cualquier caso, mientras la Iglesia católica había condenado oficialmente, como era natural, las revoluciones socialistas, no sabemos nada concreto sobre la postura de Rimet, pese al hecho de que la recién constituida Unión Soviética no fue admitida en la FIFA durante todo el período de entreguerras.

El examen de la ideología política de Jules Rimet puede constituir por sí solo un tema de tesis, ya que sobre ella se apoya todo el edificio moderno del fútbol mundial, pero en la búsqueda histórica de la existencia y evolución de la Copa Mundial quizás aquello que importa aprovechar como dato es su concepción internacionalista pura, en contraste con el conservadurismo de las clases burguesas y aristocráticas que en otros países, principalmente aquellos que se encontraban bajo la influencia británica, mantenían al fútbol encerrado en una escala mucho menor que la que era su verdadera dinámica. Por la razón que fuera que Rimet creyera lo que creía, está registrado el hecho de que hacía falta su propia concepción para que se liberaran las fuerzas que harían del fútbol el fenómeno social que conocemos hoy.

Otro elemento que no puede pasarse por alto al examinar el aporte de Rimet es el hecho de que pensaba por fuera de los marcos dados hasta entonces, trazando así también una línea estratégica que caracterizó históricamente el camino de la FIFA. Cuando el fútbol parecía a los ojos de los europeos ser un producto inglés que concernía a una serie de países de Europa Occidental, Rimet vio muy rápidamente que su mayor aliado —y principalmente el aliado de su visión— se encontraba del otro lado del océano. El fútbol del Río de la Plata, sin haber sido aplastado por la guerra, habiéndose desprendido de la influencia inglesa, adquiriendo su propia estética y temperamento social distintivos, adquiriendo incluso un nivel altísimo en lo relativo a las prestaciones deportivas en sí mismas, podía convertirse en el portador sobre el cual se apoyaría la nueva forma de la red futbolística mundial.

Un año después de su elección a la Presidencia de la FIFA, Rimet veía la gran oportunidad en los Juegos Olímpicos que se organizaban en la ciudad en la que vivía, París. Allí invitó a las selecciones nacionales de Uruguay y Argentina, que ya competían en sus propias instituciones sudamericanas, creando una tradición legendaria y masificando rapidísimamente el deporte. De los dos equipos, Uruguay fue el que aceptó la invitación, para escribir páginas doradas dentro y fuera de los campos de juego en el París de 1924, transformando el torneo de fútbol de un acontecimiento periférico en el tema central de los Juegos, con la demanda de entradas superando la capacidad del Estadio Olímpico de Colombes y el fútbol mostrando que no puede entrar en comparaciones, en lo relativo a la masividad, con ningún otro deporte que hayan inventado los seres humanos.

El éxito del torneo de fútbol en el París de 1924 no fue casual: los dirigentes futbolísticos lograron violar en esencia un reglamento básico del Ideal Olímpico definido hasta entonces, pese incluso a las reacciones de las distintas Federaciones. La gran diferencia de calidad de Uruguay no fue solo resultado de la ausencia de la Guerra en Sudamérica, fue también consecuencia del profesionalismo que ya había empezado a existir en la otra punta del Atlántico. Al mismo tiempo, el camino del profesionalismo se abría también en Europa Central, que tenía sus propias instituciones distintivas, como la Mitropa Cup y la Copa Internacional de Europa Central. Se veía claramente y en la práctica, es decir, que el profesionalismo que había agigantado el fútbol en Gran Bretaña desde 1885, abriendo las puertas a la llegada masiva de las masas obreras, tenía los mismos resultados también en otras regiones del mundo. El esquema del fútbol profesional, que es alimentado por la clase obrera y de esta manera se vuelve un elemento que puede constituir símbolo e identidad para las masas, era ya repetido y contrario al marco de los Juegos Olímpicos. Eso mostraba que había llegado la hora del cisma.

Ya desde 1926 el Secretario General de la FIFA, Henry Delaunay, insistía tanto a favor del profesionalismo como a favor de la existencia de redes futbolísticas en un nivel mayor, europeo, no solo regional, como la de Europa Central, sino también en la necesidad de existencia de una institución mundial. Naturalmente, en la misma línea se movía también Rimet, que al elevar a Uruguay a modelo de país cuya sustancia nacional y cuyo reconocimiento cambian de calidad a través del fútbol, veía en el pequeño país de Sudamérica el terreno adecuado para que se realizara su visión. En el congreso de la FIFA que se celebró en Ámsterdam en 1928 se confirmó en esencia esa línea, es decir, el camino autónomo del edificio futbolístico mundial, por fuera de los marcos de los Juegos Olímpicos, con la creación de la Copa Mundial de la FIFA. No había ningún país más adecuado para asumir esa competición que Uruguay, que más allá del hecho de haber ganado la medalla de oro olímpica en París en 1924 y en Ámsterdam en 1928, imponiéndose incluso en una serie épica de partidos ante Argentina en la final, era un país que se encontraba en pleno desarrollo económico, siguiendo las tendencias del modernismo, corriente que caracterizó el propio nacimiento del Mundial y se refleja hasta hoy en cada lado de su identidad estética.

Aunque la decisión definitiva sobre el lugar de celebración se escribió en el congreso de la FIFA un año más tarde, en 1929 en Barcelona, la voluntad de Uruguay de asumir esa competición era manifiesta desde el momento en que se obtuvo el acuerdo necesario para su inicio. Lo único que se agregó —y contribuye a diferentes narraciones históricas— fue la adición del argumento de que Uruguay era en 1929 bicampeón olímpico, a diferencia del congreso de 1928, que ocurrió antes del inicio del Torneo Olímpico. Muchos historiógrafos mencionan que el hecho de que Uruguay venciera a Argentina en la final de Ámsterdam fue la razón por la que el primer Mundial ocurrió en su territorio, pero una serie de elementos, muchos de los cuales fueron mencionados antes, muestran que aun si el resultado hubiera sido diferente, las razones para que se disputara en Uruguay ya eran muchas; quizás ese resultado futbolístico simplemente quitaba argumentos a una potencial candidatura argentina a la organización.

Esta evolución del fútbol, a nivel administrativo y político, después del final de la Primera Guerra Mundial, creaba una nueva identidad cultural en el propio juego. Francia, así como otros países de Europa Occidental, llegaban al primer plano, reemplazando la primacía británica por un sistema internacional de administración y organización. Los británicos, que tenían como objetivo mantener su posición indiscutida como guardianes del deporte, no dieron peso a su implicación en una institución internacional que naturalmente los obligaría a involucrarse en conflictos, sino que dieron peso a la confirmación de su superioridad dentro de los campos de juego. La selección nacional de Inglaterra se convirtió en la herramienta de esa política: en lugar, naturalmente, de participar en competiciones de instituciones internacionales ajenas a Gran Bretaña, jugaba partidos amistosos con cualquier equipo que pareciera ser el mejor de todos los demás. Cada victoria aseguraba la perpetuación de ese mito. La primera derrota ante un equipo extrabritánico, sin embargo, llegó en 1929, en Madrid, ante España, que se impuso en el Metropolitano por 4-3. Aun así, el resultado fue ajustado, fuera de casa, y le siguieron dos victorias enfáticas por 1-4 en París y 1-5 en Bruselas: así, la época en que se cuestionaría esa dominación británica todavía parecía tardar.

Más allá de la selección nacional, la Football Association mostró sin embargo también su puño en otro nivel, que sin duda constituye un criterio sobre quién tenía realmente en sus manos los destinos del deporte en aquellos años. Hoy en día es casi imposible pensar en el cambio de reglas del juego sin que algo así sea una decisión de la FIFA. La verdad, por supuesto, que menos gente conoce, es que las reglas del fútbol no las define la FIFA, al menos no directamente. El organismo competente para las reglas del fútbol es el International Football Association Board, en el cual hoy la FIFA participa con un 50% de derecho de participación en cualquier decisión y en la práctica ejerce su control sobre él. Pero eso no ocurría en aquella época de entreguerras y premundialista. El IFAB, que fue fundado por las Home Countries, es decir, las Federaciones de Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda (la actual Federación de Irlanda del Norte) en 1886, tenía en aquellos años correlaciones de fuerza muy diferentes. En 1912 la FIFA solicitó convertirse en miembro en pie de igualdad del consejo de reglas y un año más tarde consiguió estar representada con 2 asientos, mientras que los otros 4 pertenecían a las Federaciones del Reino Unido. Así, las decisiones sobre las reglas eran una decisión británica.

La decisión quizás más importante para la transición del fútbol desde su protohistoria hacia la época moderna fue el cambio de la regla del offside en 1925. Hasta entonces hacía falta que un jugador estuviera cubierto por 3 rivales cuando se convertía en receptor de la pelota que se movía hacia adelante, para no estar en offside. El hecho de que, a través del desarrollo de la táctica, esto dejara menos margen para el gol llevó al IFAB a adoptar el cambio de esos jugadores de 3 a 2. Este cambio, a su vez, tuvo como consecuencia barajar de nuevo las cartas en lo relativo a la ubicación de los jugadores y abrió el camino al desarrollo de la táctica, con primera innovación en la adopción del sistema WM por Herbert Chapman en Arsenal. El paso del 2-3-5 a un sistema con defensor central y los fullbacks (que hasta hoy se llaman así) moviéndose hacia los costados fue la prueba de que la evolución sustancial del juego todavía la controlaba Inglaterra y que quien quisiera estar en la punta del desarrollo futbolístico debía seguir la tendencia del juego inglés. Esta era una realidad que la FIFA tenía que enfrentar: si no en el césped, entonces en el nivel administrativo.

La primera época

Jules Rimet no era futbolista, ni técnico del fútbol; era abogado y dirigente, católico ideólogo y sin duda francés chovinista que se armonizaba con los intereses y la línea de cooperación internacional de su país republicano. La diferencia de esta concepción con la británica era que podía dar mucho más espacio a cada identidad separada que podía emerger del juego. El fútbol, de todos modos, no era francés y Rimet no tenía razón para querer imponer la dominación francesa sobre su cultura; le importaba sobre todo que Francia estuviera en el centro de las decisiones. Por esta razón, Sudamérica era también el mejor laboratorio para la ejecución de su experimento.

En Inglaterra el cambio del enfoque táctico concernía a manipulaciones mecánicas que conducían a los resultados exitosos, mientras que ese racionalismo futbolístico dominaba también en otras escuelas, donde dirigentes y técnicos britanófilos intentaban montar cada escuela futbolística nacional según los modelos británicos. El único lugar en el que ocurría exactamente lo contrario eran los dos países del Río de la Plata. Argentina y Uruguay, por un lado, no tenían ninguna razón para buscar esa britanicidad, dado que su problema era exactamente el opuesto, la contribución desmedida de los británicos a la fundación de su fútbol nacional y por lo tanto a la concepción futbolística nacional; por otro lado, tenían toda razón para ideologizar profundamente su juego, para encontrar ese camino diferente del desarrollo futbolístico verdaderamente autónomo e independiente de Gran Bretaña.

Si uno ve la composición de los países que tomaron parte en el primer Mundial que se celebró en Uruguay, puede entender fácilmente que era ideal para el éxito aparente de ese camino. Más allá de los 7 países sudamericanos, es decir, Uruguay, Argentina, Brasil, Chile, Paraguay, Bolivia y Perú, participaron 2 de Norteamérica, México y Estados Unidos, mientras que desde Europa viajaron Bélgica, Francia, Rumania y Yugoslavia. El interés está en esa participación europea. El único país con lazos claros con Gran Bretaña es Bélgica, a donde el fútbol había sido trasladado por ingleses en los puertos de Flandes y, además, el célebre árbitro superstar de la época, Jean Langenus, provenía de una familia profundamente anglófila de Amberes, con su nombre de pila siendo en realidad John y no Jean, como por su nacionalidad se lo presenta en los distintos archivos. Francia fue en cada paso el contrapeso del enfoque británico del deporte, aun si los primeros inspiradores de la concepción deportiva nacional habían estudiado la correspondiente inglesa para aplicar sus ideas en su patria. Rumania y Yugoslavia eran dos países muy lejos de la esfera de influencia de los intereses británicos, fuera del Imperio formal e informal, con Rumania particularmente manteniendo históricamente lazos culturales muy estrechos con Francia, debido a su trasfondo latino.

Los países donde había sido trasladado el pensamiento futbolístico inglés de punta, es decir, los países de Europa Central, Austria, Checoslovaquia, Hungría e Italia, incluso otros que iban por detrás, como Alemania, Holanda y los países escandinavos, no participaron en esta competición. Así, en Uruguay no se enfrentarían el WM con el 2-3-5, no jugarían frente a frente los equipos que tenían en sus territorios campeonatos profesionales, dejando el campo libre para que fueran exaltadas las concepciones nacionales de la prestación estética, como eran la Nuestra argentina y la más combativa garra charrúa uruguaya. El énfasis no se pone en la evolución táctica del juego, sino en la manera de jugar, en la técnica individual, en el juego con pases cortos y en la capacidad de improvisación.

La historia de los resultados futbolísticos ha escrito que el centro de la perfección futbolística en aquella época se encontraba en el Río de la Plata. Pero una búsqueda de los elementos comparativos que podrían apoyar algo así está sujeta a crítica. Por ejemplo, los grandes equipos de Uruguay nunca enfrentaron a Inglaterra, a algún otro seleccionado británico con futbolistas profesionales o a algún seleccionado de Europa compuesto por profesionales. Lo mismo también la selección nacional de Argentina. Los argentinos y los uruguayos lograron vencer a los británicos que se encontraban en su territorio, arrancando el fútbol para convertirlo en capital nacional. Por lo tanto, la conclusión que puede sacarse de estos datos históricos es que en un nivel puramente deportivo es difícil determinar la posición del fútbol rioplatense en el marco mundial de aquella época; el aporte indiscutible, sin embargo, de la escuela argentina y uruguaya fue que puede crearse una escuela futbolística nacional particular con enorme profundidad ideológica, lejos de la metrópolis del deporte. Esto era algo que Rimet y en conjunto el organismo de la FIFA necesitaban mucho más en aquellos años que la evolución técnica.

Quizás el primer Mundial en el que se expresó el pensamiento futbolístico moderno de la época fue el de 1934. Este comentario puede parecer ensañado contra el fútbol de Sudamérica, pero la búsqueda objetiva del nivel futbolístico de los dos continentes y la mirada comparativa refuerzan esta convicción. En 1934 participaron en la Copa Mundial de Italia 12 equipos europeos, entre ellos todos los países de Europa Central, junto con Alemania, Holanda, España, Suecia, mientras que volvieron a la institución Bélgica y Francia. Una mirada a los comienzos del fútbol en estos países, con énfasis en el desarrollo futbolístico de la llamada escuela del Danubio, basta para revelar la diferencia del enfoque que existía en relación con Sudamérica. En Austria, Jimmy Hogan se convirtió en el mensajero del fútbol, Hugo Meisl era un dirigente formado en lo británico que desarrolló sus propias ideas para el fútbol de su patria, de otro imperio, en el mismo marco ideológico en que se desarrollaba el deporte británico, mientras que el “patriarca” del fútbol italiano era uno de los italianos más fanáticos anglófilos y criados en lo inglés que hayan existido en la Historia, Vittorio Pozzo.

De Sudamérica participaron en la competición Brasil y Argentina. Ambas fueron eliminadas en la primera ronda por España y Suecia respectivamente, es decir, por países que ni siquiera estaban entre las protagonistas del fútbol europeo de la época. La creación de dos redes futbolísticas diferentes, una en Europa y una en Sudamérica, fue quizás necesaria para que el fútbol pudiera adquirir raíces profundas en dos regiones geográficas que son consideradas hasta hoy sus pilares tradicionales. Quizás si todos estos países hubieran jugado con los mismos términos, en las mismas competiciones desde el principio, el mapa mundial futbolístico de nuestros días habría sido diferente. Las diferentes concepciones, junto también con la británica que permanecía separada, quizás debían desarrollarse hasta cierto punto por separado, para poder, sin retrocesos, crear las profundas prolongaciones sociales que eran necesarias para arraigarse en la propia constitución psíquica de los pueblos de esos países.

Si uno piensa que los países de Europa que no se encontraron entre aquellos primeros protagonistas del firmamento futbolístico nunca lograron construir una tradición futbolística particular y una escuela futbolística distinta y reconocible, la manera en que evolucionó la Historia fue quizás la única que podía conducir a eso que entendemos hoy como edificio futbolístico a nivel mundial. Al mismo tiempo, la ausencia de una red futbolística separada en África no ayudó a los países del continente a desarrollar la profundidad correspondiente en su cultura futbolística. Egipto puede haber participado en el Mundial de 1934 (después del barco que perdió por una tormenta en el Mediterráneo en 1930), pero pese también a su presencia en Juegos Olímpicos seguía siendo una pequeña potencia periférica dentro de la gran y rápida evolución futbolística, parte de un recorrido europeo del deporte que necesitó muchas décadas para encontrar su paso en África, por muchas razones que históricamente se explican más adelante.

El desarrollo de las dos redes futbolísticas, la de Europa Central y la del Río de la Plata, sin embargo, no tiene como única oposición la relación con el fútbol inglés y el diferente énfasis en la táctica o la estética futbolística. Su base ideológica es la prueba de que todo lo que sucede en el fútbol es reflejo de la Historia humana, de una base verdaderamente material y no de una inspiración idealista casual. El fútbol sudamericano aparentemente “romántico”, con su rica bibliografía, el vocabulario, las identidades y la obsesión por su superioridad estética, fue resultado de sociedades que veían el mundo con un optimismo progresista objetivo, provenientes de grandes imperios con el objetivo de existir como Estados independientes a partir de un conglomerado de llegados que buscaban encontrar una conciencia nacional común. Por otro lado, el fútbol en Europa Central, pese a que caminaba geográfica y espiritualmente junto con las búsquedas intelectuales más pioneras de la época, era expresión de Imperios cuya identidad nacional se apoyaba en un mundo que pertenecía al pasado.

La orientación política de los organizadores de esos dos primeros Mundiales, que finalmente fueron también los equipos que los ganaron, muestra esa oposición. Por un lado, Uruguay creaba una nueva capital moderna, basada en los principios del modernismo arquitectónico, con Le Corbusier reconociéndola como un brillante campo de aplicación de la punta del enfoque intelectual en el urbanismo, mientras que el estadio central recién construido, que celebraba los 100 años de la independencia, era una representación directa de esa concepción. En Italia, el Mundial de 1934 fue el primero (tampoco tardó mucho) que estuvo tan estrechamente atado a las concepciones de un poder autoritario cuyo objetivo no era la irradiación de un país pequeño que crea cultura sobre terreno virgen, sino la de aquel que ha sido encargado con el peso de cargar la civilización humana de milenios que existió sobre su suelo. El estadio de la final, que llevaba el nombre del partido fascista y había sido construido en el sitio donde más tarde existió el Stadio Flaminio, tenía forma de D para simbolizar el tratamiento del jefe de la formación fascista y todos los estadios recién construidos tenían como objetivo simbolizar una concepción futurista de la antigua grandeza romana. No es casual que en el relato histórico, también a través de la distancia histórica, el aporte del experimento sudamericano parezca mucho más importante para aquello que el fútbol simboliza para miles de millones de personas en nuestros días, aun si no tenía el enfoque táctico más evolucionado.

Este seguramente se expresaba en aquella época a través del metodo italiano de Vittorio Pozzo, que no estaba muy lejos del WM de Herbert Chapman. Su diferencia era que mientras el WM colocaba un trío en la defensa, la versión italiana de la evolución táctica mantenía a los fullbacks como dúo defensivo, con el center half central iniciando sus esfuerzos desde mayor profundidad, creando una formación 2-3-2-3, con los dos delanteros interiores también retrocediendo, dejando espacio al center for y a los extremos en la punta de la línea ofensiva. El militarista Pozzo se había inspirado para este sistema en mecanismos militares que mantienen la profundidad en el eje y dejan que las bandas avancen para crear brechas en el rival. Si uno presta atención a la función sustancial del cuarteto que crean los dos fullbacks con los mediocampistas laterales, entonces puede identificar los primeros elementos de la función profunda del catenaccio, que necesitaba en esencia el enlace del center half retrasado para adquirir la forma que tomó algunas décadas más tarde.

En cuanto al programa competitivo, el Mundial de 1934 fue también mucho más interesante que el de 1930. En la primera competición, en Uruguay, hizo falta llegar a la final para que existiera el primer partido verdaderamente grande del torneo, ya que los grandes favoritos, Argentina y la anfitriona Uruguay, no enfrentaron a ningún rival particularmente difícil en su camino hasta allí. Es característico que ambas ganaron las semifinales por 6-1. Pero en 1934 Italia necesitó un desempate para ganarle a España después de su primer empate en cuartos de final, en un partido en el que el legendario arquero Zamora no jugó declarando que estaba enfermo, aunque fue visto en las tribunas del estadio toscano mirando el partido a pocos metros del lugar en el que se encontraba el propio Mussolini. En la misma fase, Austria le ganó 2-1 a Hungría, mientras que Checoslovaquia se impuso 3-2 a Suiza, en 2 partidos que reunían a todos los equipos centroeuropeos. De estos, el rival de Italia en la semifinal de Milán fue la Wunderteam austríaca, un equipo con talento insondable, quizás el alter ego de la escuela argentina en Europa, que tuvo que encontrar delante de sí un campo de juego pesado y casi destruido por una tormenta para no poder desplegar el fútbol maravilloso que jugaba y ser eliminado por Italia por 1-0. En la final, Italia se impuso en Roma, en tiempo suplementario, a Checoslovaquia por 2-1, sellando así la superioridad de los equipos de la red futbolística de Europa Central en la competición.

La superioridad de Italia, sin embargo, no era solo futbolística. Hizo falta una transfusión concreta para asegurarse de que el metodo quedara sellado con el éxito mundial necesario para Mussolini. Al comprender la importancia que tenía, a nivel ideológico y político, la instrumentalización del fútbol, el dictador italiano definió de una nueva manera la italianidad, para que fueran definidos como italianos repatriados todos aquellos que tuvieran algún italiano en su familia hasta 7 generaciones atrás. Esto prácticamente significaba que la mayoría de los habitantes de los países del Río de la Plata tenía derecho a la ciudadanía italiana y naturalmente lo mismo significaba también para los futbolistas que jugaban en las selecciones nacionales. En la final, con los colores de la squadra azzurra, jugaron 3 argentinos, Enrique Guaita de Bahía Blanca, Raimundo Orsi de Avellaneda, así como el capitán de la selección argentina en la final de 1930, Luis Monti, de Buenos Aires. Los tres habían jugado en el pasado con los colores de la albiceleste, pero ahora eran considerados ripatriati, oriundi, quienes daban la fuerza necesaria en cuanto al potencial humano a la visión futbolística italiana.

Por más que uno luche por distanciar la victoria futbolística de Italia del régimen fascista, eso es algo muy difícil de hacer. El once que representó al país fue resultado de los movimientos y de la política de ese régimen, la manera en que llegaron las victorias ante España y Austria tuvo que ver con el hecho de que Italia jugaba de local y, por encima de todo, Vittorio Pozzo, ese hombre de fútbol militarista formado en lo inglés, que quizás amaba a Inglaterra un poco más que a Italia, no estaba ideológicamente alejado, en su enfoque futbolístico, de la ideología del régimen, tanto en lo relativo a la inspiración de la táctica como en lo relativo a la parte psicológica de la preparación, en la que incluía marchas militares y visitas a osarios de batallas de la Primera Guerra Mundial. No es obligatorio que el equipo de un régimen que gana represente profundamente a ese régimen, pero aquella Italia es difícil de desconectar de las aspiraciones de la formación fascista.

Hace falta, entonces, cierta atención cuando uno examina la victoria de un equipo que llegó dentro de un ambiente oscuro, con el apoyo del régimen correspondiente. El análisis de estos casos en el fútbol mundial, internacional y de clubes puede ser el tema de otra tesis y las conclusiones para cada ejemplo separado no son las mismas. Aquella Italia de Pozzo, de todos modos, era un equipo que probablemente también objetivamente representaba —por una serie de razones que fueron mencionadas— el mejor fútbol de la época. Si eso no puede decirse sin asteriscos para el Mundial de 1934, entonces sin duda la Copa Mundial de 1938 da una respuesta clara.

La tercera Copa Mundial se organizó en un país republicano, en la patria de Jules Rimet, que era claramente hostil a las aspiraciones políticas de Italia en aquella época y nadie en Francia quería ver otro triunfo de la Squadra Azzurra. La gran ayuda que ese equipo necesitaba se la dio finalmente un tercer país, la Alemania Nazi, ya que con el Anschluss disolvió a la superpotencia futbolística, Austria, que ya no tenía su propia selección nacional para participar en el Mundial, mientras que la desorganización había empezado también en los otros países de la red futbolística centroeuropea, donde muchas figuras futbolísticas prominentes estaban bajo persecución. Italia venció a la anfitriona Francia por 3-1 en cuartos de final, vestida con camisetas completamente negras, con referencia plena al régimen fascista, mientras que en la semifinal encontró enfrente al Brasil de Leônidas, que pese al triunfo italiano fue la gran estrella de la competición. En la final, una vez más dos equipos de Europa Central disputaron el trofeo, con Italia ganando esta vez de manera mucho más clara, 4-2 a Hungría.

El propio Pozzo decía que el equipo italiano de 1938 era mucho mejor que el de 1934 —y eso probablemente era verdad, con varias causas objetivas ayudando a esa evolución y mejora futbolística. Por otro lado, también es verdad que no tuvo los mismos rivales fuertes que en 1934, y su victoria parecía mucho más enfática y clara. Esa, además, sería también la última antes de que Europa cambiara dramáticamente por otra Guerra Mundial destructiva.

Al examinar las Copas Mundiales de la década de 1930, vale la pena detenerse en el enfoque ideológico de Rimet, en cómo este se expresó en 1928 para que empezara la institución y en qué había sucedido hasta 1938, es decir, 10 años más tarde. La crítica que se hizo antes a la visión de Rimet y a su base cristiana católica parece encontrar terreno muy sólido en lo que ocurrió en 1934. Si Rimet y la FIFA creían tan desinteresadamente en la paz y el entendimiento de los pueblos, entonces ¿cómo le dieron la organización al país que llevaba cerca de una década bajo una dictadura dura, que introducía prácticas autoritarias que el mundo no conocía hasta entonces? Si la base de la encíclica papal tenía como objetivo la mejora de las condiciones de vida de la clase obrera dentro de un entorno libre y no era simplemente anti-socialismo y anti-comunismo directo de las partes conservadoras del Viejo Continente, entonces ¿cómo se alineó la misma Iglesia papal con el desarrollo de la formación fascista en Italia? Estos dos recorridos, el de la FIFA y el de la Iglesia papal, junto al fascismo, tienen base y recorrido comunes —y el fútbol era instrumentalizado desde aquella primera época de la Copa Mundial, aun si algunos hoy quieren presentarla (por razones propias) como “época de la inocencia”.

Esta primera época se cerraría en esencia después de la Segunda Guerra Mundial, con la Copa Mundial de 1950, que completó así un cuarteto de competiciones caracterizadas por motivos repetidos. Los Mundiales de Sudamérica fueron organizados en países que tenían necesidad, a través del fútbol, de crear y resaltar una nueva identidad nacional; aquellos que se hicieron en Europa tuvieron la participación de todos los países futbolísticamente desarrollados del Viejo Continente. Las competiciones sudamericanas se hicieron con problemas de participación, ya que los equipos, de 16 por diversas razones, fueron finalmente 13 cuando empezaba la competición, mientras que la estructura con fase de grupos (y finalmente sin final en lo relativo a 1950) tuvo muy pocos choques de gigantes futbolísticos. En las Copas Mundiales europeas de 1934 y 1938, la simple fase de eliminación directa creó muchísimos partidos importantes, enfrentamientos entre grandes escuelas futbolísticas, en cada una de sus fases.

Estas cuatro competiciones sucedieron en países que tenían una razón propia para invertir en el fútbol y apoyar el proyecto de la FIFA. Si esto es claro para Uruguay, Italia y Brasil, la organización por parte de Francia fue otro hecho más en una serie de movimientos que tenían como objetivo que el trasfondo cultural del fútbol mundial no fuera británico. Este es un objetivo que sin duda Rimet logró: el fútbol mundial sería para siempre latino y así permanece hasta hoy. Aun si las escuelas de concepción anglosajona y protestante, que dieron nacimiento al juego, tienen una gran contribución a su recorrido y varios éxitos, nunca hasta hoy tuvieron la ventaja en lo relativo a su proyección y su impacto social. Cuando uno habla de la Copa Mundial, por lo general no piensa en las tardes lluviosas y en las características raciales de quienes dieron nacimiento al deporte, sino en un contenido muy diferente, multirracial, de temperamento latino.

El Mundial de 1950 fue el que en esencia cerró una época del fútbol latinoamericano que se apoyaba en cuentos. Puede que esa época no contuviera inocencia política, ya que las fuerzas políticas veían en el deporte una excelente herramienta de conexión con las masas, así como la posibilidad de crear identidades y por lo tanto conciencias, pero contenía una buena dosis de inocencia futbolística, que condujo a derrotas dramáticas, el fracaso de Argentina y de La Nuestra en 1930 y por supuesto el trágico Maracanaço en 1950. El cierre de esa época marcaría también el comienzo de un nuevo esfuerzo racional de reconstrucción del fútbol sudamericano, que finalmente lo llevaría a una posición verdaderamente igual —y muchas veces a una posición de superioridad— frente al fútbol europeo.

El Mundial de 1950 cerraría también el período intenso de los simbolismos futbolísticos a través de la arquitectura futbolística. La construcción del Maracanã tenía muchos elementos comunes con la del Centenario y la del antecesor del Flaminio, que debían también visualmente reflejar la ideología de un régimen y poder levantar el peso de su intervención ideológica. El hecho de que al Maracanã le tocara, por destino futbolístico, convertirse más bien en la tumba de semejante cuento de régimen quizás ayudó a que no volviera a existir el enfoque metafísico correspondiente y la elevación de la construcción de un estadio a objetivo nacional y causa de orgullo nacional. En cuanto a los protagonistas de aquella época, Uruguay e Italia pagaron caro el precio de su éxito prematuro, con el primero siendo considerado desde esos años un “gigante dormido” y la segunda teniendo que atravesar una gran aventura hasta volver a encontrar su paso internacional. La gran ganadora de todo ese proceso fue sin duda la FIFA, que había tomado en sus manos las riendas del fútbol mundial, era reconocida universalmente como la institución que define los destinos del deporte internacionalmente, mientras que con el cambio de su sede a Zúrich, en 1932, se transformó de una organización conectada con las aspiraciones políticas de un Estado en una organización con características de organismo diplomático internacional. La gran perdedora fue sin duda Inglaterra, que perdió su producto cultural exportable más valioso: ya el fútbol no necesitaba los barcos y trenes ingleses para ser trasladado a nuevos territorios, mientras que la selección nacional se fue humillada de los campos de Brasil, habiendo perdido ante España pero también ante su colonia futbolísticamente indiferente, los Estados Unidos de América.

La época de la explosión futbolística

El primer Mundial que simbolizaba la nueva época de posguerra fue el que se organizó en Suiza en 1954. En el Mundial de Brasil, muchos países europeos todavía juntaban sus pedazos, entre los escombros de la guerra, y un torneo de fútbol tenía mucha menor importancia para los pueblos que intentaban volver a ponerse de pie y reencontrar sus viejas costumbres o descubrir las nuevas en un mundo muy diferente, que pese a sus frágiles equilibrios escondía un optimismo de paz de larga duración. El campo socialista que se creó después del final de la Segunda Guerra Mundial y la victoria de los soviéticos sobre los nazis llevó a un nuevo entendimiento internacional también a nivel futbolístico, con la Federación de Fútbol de la Unión Soviética convirtiéndose en miembro de la FIFA desde 1946. Esto no fue un acontecimiento pequeño o periférico para el recorrido del fútbol de posguerra. Toda una escuela futbolística se integró en la misma red mundial, mientras que países que se encontraban ya en el campo socialista traían una concepción diferente del desarrollo táctico.

Bastante más complicadas eran, sin embargo, las cosas en el nivel político y específicamente en lo relativo al futuro de la gran derrotada de la Segunda Guerra Mundial, la Alemania nazi. El Estado alemán fue desmembrado para que no pudiera volver a desarrollar las mismas aspiraciones que había creado durante el período de entreguerras, después de su anterior derrota bélica. Las potencias aliadas, es decir, Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y la Unión Soviética, asumieron cada una el control de una parte de los territorios alemanes, mientras que también fue dividida separadamente la vieja capital, Berlín, en cuatro sectores, aunque se encontraba completamente dentro de los territorios que estaban bajo control de los soviéticos. Los antagonismos de la Guerra Fría, sin embargo, y la nueva posición hegemónica de Estados Unidos en el campo capitalista llevaron a una ruptura también en lo relativo al cumplimiento de lo acordado en Yalta y Potsdam, con el resultado de que las tres potencias capitalistas fundaron el 23 de mayo de 1949 la República Federal de Alemania, mediante la unión de todos los territorios que se encontraban bajo su control, mientras que en respuesta los soviéticos procedieron a la fundación de la República Democrática Alemana, algunos meses más tarde, el 7 de octubre del mismo año. La capital de la llamada Alemania Occidental se trasladó a Bonn, una pequeña ciudad que constituye en esencia un suburbio de Colonia, mientras que el sector oriental de Berlín permaneció como la capital del Estado socialista germano-oriental.

En las eliminatorias de la Copa Mundial de 1954, que empezaron en junio de 1953, solo Alemania Occidental participó de los dos nuevos Estados alemanes, jugando contra la selección nacional del Saar, un pequeño Estado que en 1956 fue absorbido por la Alemania Federal, y Noruega. Con 3 derrotas y un empate, los alemanes occidentales se clasificaron al Mundial para representar por primera vez a su nueva patria, cargando naturalmente el gran peso histórico de la continuidad de un Estado criminal —como había sido caracterizado por la ONU y también por las potencias aliadas— y la necesidad de mostrar que su identidad nacional podía transformarse después de la monstruosidad de la gran guerra de la década anterior.

En otra punta del mundo, en la península coreana, menos de un año antes del inicio del Mundial de Suiza, terminó la guerra entre dos regiones que se encontraban bajo la influencia estadounidense y soviética. En aquel caso los países que se crearon fueron la República Popular Democrática de Corea y la República de Corea, que son conocidas hasta hoy con los nombres de Corea del Norte y Corea del Sur. Corea del Sur, jugando en un grupo clasificatorio que se disputó enteramente en Tokio, algunos meses antes del inicio de la Copa Mundial, se convirtió en el segundo equipo asiático que jugaría en un Mundial, después de las Indias Orientales Neerlandesas, es decir, Indonesia, que había jugado en la competición de 1934.

De las viejas potencias europeas, tres equipos representaban ahora un nuevo campo político en la arena política mundial. Checoslovaquia, Yugoslavia, así como Hungría, eran ya parte de otra ideología política enfrentada y parte de una red futbolística separada, que junto con la Unión Soviética evolucionaba autónomamente la táctica futbolística. El resultado de la experiencia preexistente en el nivel futbolístico más alto, como parte de la red de Europa Central y de la nueva concepción táctica socialista, se expresaba principalmente en la evolución del equipo de Hungría. Los iniciadores de la transformación futbolística de la vieja gran escuela húngara eran hombres de fútbol comunistas, que veían una evolución rapidísima en la táctica y en los métodos de análisis del fútbol soviético, que el resto del mundo quizás ignoraba o simplemente subestimaba. El primero de ellos fue el entrenador Márton Bukovi, que experimentaba con el centrodelantero Palotás en MTK, creando una posición de falso nueve que llenaba el espacio delante del mediocampo y dejaba mayor libertad en los movimientos de los demás atacantes, adquiriendo un rol más creativo y no solo ejecutor. Pero en cuanto a la selección nacional, la gran figura que escribió la historia de la táctica futbolística de la Hungría socialista fue un ex sindicalista en la industria automotriz francesa, Gusztáv Sebes, que se había inspirado en el libro “Táctica en el Fútbol”, escrito en 1946 por el soviético Boris Arkadiev, entrenador del Dinamo Moscú, un equipo que logró irse invicto, sacando un empate 3-3 ante Chelsea en Stamford Bridge en 1949.

Arkadiev, en ese libro suyo, que constituyó en esencia la biblia de la táctica futbolística para los países de Europa del Este en los primeros años de posguerra, estudió la evolución del 2-3-5 al W-M que se produjo durante el período de entreguerras en Inglaterra, intentando encontrar los puntos en los que el nuevo estándar general de la táctica futbolística era vulnerable y rígido, para proponer un sistema aún más evolucionado que pudiera superarlo y vencerlo. Las ideas de Arkadiev concernían a la cobertura mutua y al cambio de posiciones de los jugadores dentro del campo, ideas que tenían claramente también base ideológica, ya que provenían de una concepción del rol no limitado en el proceso productivo, sino de su percepción más global por cada uno de sus miembros, ya fuera que esta concerniera a la producción de bienes materiales, o a la producción de …goles, como ocurría en el objeto de su interés. Se trataba, es decir, de ideas cuyo desarrollo condujo al cambio de fisonomía del fútbol algunas décadas más tarde.

Si el fútbol soviético, inexperto en enfrentamientos internacionales, podía tan rápidamente tener resultados admirables, como aquella gira del Dinamo Moscú en Inglaterra, Sebes entendía que las perspectivas de adoptar esas ideas en una escuela futbolística con mucha mayor experiencia internacional podían crear milagros futbolísticos. Nadie puede decir que no lo consiguió, escribiendo incluso con letras doradas la historia de la Hungría futbolística, cuando el 25 de noviembre de 1953, alrededor de medio año antes de la Copa Mundial de Suiza, los magiares pusieron de rodillas a la selección nacional de Inglaterra por 6-3 frente a más de 100 mil espectadores que habían acudido a Wembley para ver aquello que se llamó “El Partido del Siglo”. Las notas de Sebes muestran claramente las coberturas mutuas y el cambio de posiciones del once húngaro que bloqueó completamente a los ingleses, que se habían quedado en una concepción mecanicista de la táctica futbolística que llevaba además muchas décadas de reproducción estéril. Hungría, de hecho, repitió su triunfo ante los ingleses, esta vez de local, el 23 de mayo de 1954, en el último partido antes del Mundial, ganando 7-1 y destruyendo de una vez y para siempre cualquier ilusión que existiera sobre la superioridad inglesa en un deporte que ya era mundial.

Hungría fue sorteada en Suiza para jugar en el 2.º grupo, con el extraño sistema de la competición llevándola a enfrentarse en partidos contra Alemania Occidental y Corea del Sur. No podría haber existido un sorteo más adecuado al clima político de la época, ya que la Hungría socialista, del comunista Sebes, que jugaba un fútbol inspirado en la escuela soviética, enfrentaba a los dos países que el campo capitalista había creado a través de los conflictos con el socialista. Los resultados fueron más que ensordecedores, 9-0 contra Corea del Sur y 8-3 contra Alemania; los Magiares Dorados, los campeones olímpicos de 1952, avanzaban arrolladoramente en la mayor arena futbolística, en una Copa Mundial que la FIFA, en el clima de la época, había llevado a su nueva casa.

El equipo que más dificultó a Hungría fue aquel que procedió a una readaptación táctica, con enorme impacto en el fútbol mundial. El sistema que jugaba Hungría, aunque teóricamente era un 3-2-5 o incluso 2-3-5, a través de la manera en que se movían los jugadores podía describirse de forma completamente diferente. Los defensores laterales, los viejos full backs, que habían dejado su lugar a los center-halves retrasados, aunque subían por los costados, tenían claramente deberes defensivos, mientras que con el retroceso del center-for podía ir aún más profundo también el otro half, jugando delante de la línea de defensa. Así, el sistema de Hungría se parecía más a un 4-2-4, con los 2 jugadores de la línea media funcionando como vínculo entre el ataque y la defensa. El mismo sistema, pero con una línea clara de cuatro en defensa, había empezado a jugar también Brasil después del Maracanaço —y si no hubiera encontrado delante suyo al tremendo equipo de los descendientes de Kürschner y de Guttmann, que influyeron en su propia historia futbolística, quizás su recorrido en los campos de Suiza habría sido más exitoso. Pero el 27 de junio de 1954, en Berna, los húngaros habían marcado dos goles desde los primeros diez minutos, para ganar el cuarto de final por 4-2, en un partido que se disputó bajo una lluvia torrencial y que, por su violencia, que condujo a 3 expulsiones, quedó en la historia como “La Batalla de Berna”. En la semifinal, el sobreesfuerzo y la intensidad de ese partido llevaron a una victoria aún más difícil sobre la Uruguay campeona del mundo, pero los húngaros lograron ganar en tiempo suplementario por 4-2, para volver a Berna en una Final que constituiría la coronación de un recorrido triunfal de años, de uno de los mejores equipos que hayan existido en la historia del fútbol mundial.

La final, que quedó en la Historia como “el milagro de Berna”, es uno de los partidos más discutidos de la Historia futbolística. En un campo de juego pesado, los húngaros no podían rendir el mismo fútbol excepcional que habían jugado en Wembley o en la fase de grupos, mientras que la readaptación táctica del entrenador alemán Herberger, que puso a Horst Eckel a convertirse en la sombra del jugador húngaro más neurálgico, Nándor Hidegkuti, llevó las cosas a un equilibrio extremadamente inesperado, un nudo gordiano que se desató en el minuto 84 con el gol de Helmut Rahn que le dio el primer título mundial a Alemania Occidental. La generación dorada de Hungría se disolvió en esencia después de ese partido, con la salida de sus grandes estrellas hacia los países de Occidente que ofrecían grandes contratos profesionales, encabezadas por el llamado “mayor galopante”, Ferenc Puskás, que se convirtió en leyenda de la época dorada del Réal Madrid.

La Copa Mundial, sin embargo, no dejaba de estar absolutamente atada al relato de la Historia política del mundo. Primero fue la emergencia del nuevo mundo y la existencia de la Tierra Prometida sudamericana, después fue el fascismo italiano, luego el sueño perdido de la reformulación de la historia multirracial de Brasil y finalmente, en 1954, el triunfo del país que nació de los restos del Nazismo para ser considerado ya miembro igual de una comunidad internacional pacífica y en desarrollo. El abogado de París, el partidario de Rerum novarum, el visionario católico Jules Rimet había logrado todos sus objetivos: el fútbol era verdaderamente mundial, los poderes políticos comprendían su arena internacional como el mejor campo de reflejo de su prestigio, los ingleses habían sido marginados y derrotados futbolísticamente y un deporte que se había convertido en vehículo para la creación de identidades colectivas funcionaba ya también en el nivel nacional, mundialmente, como escena central de lectura de la Historia social. El 21 de junio de 1954, en el Congreso de Berna, Jules Rimet se retiró de la presidencia de la FIFA, con el belga Rodolphe Seeldrayers siendo elegido para su conducción.

Cuatro años más tarde, en la Copa Mundial de Suecia, por fin podía jugarse fútbol, lejos de la estrecha ligazón de la competición con los objetivos del poder político de turno. El período entre el liderazgo de Jules Rimet y el ascenso de otro dirigente que cambió por completo cómo entendemos el fútbol dentro del plano de la economía constituyó un desarrollo frenético del pensamiento futbolístico que dio nacimiento en esencia también a aquello que entendemos hoy como fútbol moderno. El momento no fue casual. Desde mediados de la década del 50 en adelante, el desarrollo económico vertiginoso en todo el mundo, en su lado capitalista y socialista, condujo a un desarrollo rápido de todo campo que requería creación intelectual —lo paradójico habría sido que el fútbol quedara fuera de esa evolución más general que influyó en las ciencias, las artes, las letras y el pensamiento y la expresión política. El viejo mundo de entreguerras se había retirado del fútbol junto con Jules Rimet y lo que había quedado ya para recordarlo era el trofeo que llevaba su nombre, el mismo trofeo de los vencedores que se presentó en Montevideo, Roma, París, Rio de Janeiro y Berna.

Entre los 16 equipos que tomarían parte en la Copa Mundial de Suecia había muchos que competirían por primera vez en la máxima competición futbolística. Irlanda del Norte, pese a su largo recorrido en los enfrentamientos internacionales, como parte de la red británica, hizo su presencia en la escena mundial; exactamente lo mismo valía también para Gales, mientras que como organizadora compitió uno de los primeros países que participaron en las competiciones futbolísticas, Suecia. Junto con ellas, hizo también su primera aparición en el Mundial la campeona olímpica de los Juegos de Melbourne, la selección nacional de la Unión Soviética, que entre otras cosas tenía en su composición a un arquero vestido de negro que cambiaría toda la concepción sobre la función de la posición futbolística más particular, Lev Yashin.

Conociendo naturalmente hoy el resultado de esa competición, el interés debe dirigirse a la participación de los dos equipos sudamericanos en ella, así como al recorrido que siguieron antes de su disputa. En cuanto a Argentina, el análisis de los desarrollos políticos durante el período peronista es una empresa que no puede en ningún caso presentarse en grado satisfactorio dentro del marco del examen de otro fenómeno, como es la Copa Mundial, sino que exige el examen de todos los parámetros particulares y únicos que definieron la Historia del país. Quizás, sin embargo, el elemento más importante es el apego del fútbol argentino a la inocencia de La Nuestra, del enfoque estético arrogante, de la vieja escuela de la destreza, de los elementos que hicieron que el fútbol nacional se divorciara de su pasado británico. Este enfoque, que se había fortalecido a través del recorrido de los grandes clubes argentinos, como La Máquina de River Plate en la década del 40, siguió dando resultados, con Argentina ganando el Campeonato Sudamericano en 1955 y 1957, en su nueva forma, que consistía en partidos dobles entre todos los competidores. Sin embargo, Argentina se medía durante muchos años solamente con el fútbol de los otros países sudamericanos, ninguno de los cuales, salvo Brasil, tenía presencia estable en las competiciones mundiales. Por otro lado, los enfrentamientos contra Brasil nunca fueron solo una cuestión de pura superioridad futbolística, ya que muchos factores, incluso emocionales y extrafutbolísticos, decidían los resultados de sus enfrentamientos. Así, Argentina, con este enfoque, viajó a Suecia para volver a medir la talla de su fútbol 24 años después de su participación anterior.

Con un enfoque diametralmente opuesto, Brasil viajaba a Suecia con bastante talento en bruto y además todavía desconocido, pero con una organización extremadamente tecnocrática, cuyas raíces se encontraban en una reorganización desde los cimientos de su fútbol después del Maracanaço. El conjunto representativo era dirigido por una comisión técnica que tenía competencias para cada cuestión relativa a la vida y funcionamiento del equipo, tenía especialistas para la preparación psicológica de los jugadores y el análisis de su salud mental, instrucciones de viaje organizadas que contribuían a asegurar el máximo rendimiento atlético, disciplina estricta y una minuciosidad en cada nivel de organización que parecía excesiva en muchas cuestiones. Ese racionalismo y la organización tecnocrática no se parecían en absoluto a lo que quedó como mito sobre los equipos sudamericanos y especialmente sobre aquel Brasil, del cual todos conocen hoy el talento de Pelé y Garrincha, considerando quizás que su expresión en el Mundial fue simplemente resultado del destino, de la fuerza metafísica que dio ese don divino a los futbolistas brasileños.

El recorrido de Argentina en la Copa Mundial de 1958 mostró que los viejos mitos futbolísticos habían terminado junto con la época de la ideologización de Rimet y que en un mundo que creaba ciencia moderna, arte moderno, innovación en cada actividad, no alcanzaban las historias míticas para ganar en la cancha. El primer partido contra Alemania y la derrota por 1-3 fue una bofetada sonora pero no catastrófica, que quizás equilibró la victoria por el mismo marcador contra un equipo con gran historia futbolística, pero poca participación en Mundiales, Irlanda del Norte. El partido crucial que disolvió todos los mitos fue el partido que decidió la clasificación a los knock-outs, contra Checoslovaquia. El 6-1 de Helsingborg es para Argentina quizás el equivalente del Maracanaço y el momento en que el fútbol argentino comenzó un largo esfuerzo por descubrir de nuevo su identidad —un proceso que, por suerte para todos nosotros que amamos todo lo que ocurre alrededor del deporte, tuvo conflictos, internos y externos, y naturalmente una enorme profundidad ideológica.

El grupo más interesante de la competición, aquel que se llamaría metafóricamente —como suele suceder— “grupo de la muerte”, fue el 4.º, en el que participaron Brasil, la Unión Soviética, Inglaterra y Austria, tres potencias tradicionales, representantes de las tres redes futbolísticas básicas que crearon el fútbol internacional, y un cuarto equipo, de un nuevo mundo futbolístico que se encontraba con el viejo. Si uno mira con cierta distancia la historia general del fútbol hasta su completa homogeneización, puede decir con algo de audacia que ese grupo tenía a los equipos que crearon los cuatro ingredientes básicos de su filosofía mundial y ya homogeneizada, aun si la Austria de 1958 ya no era la Wunderteam que escribió su propia Historia dorada en la década del 30.

En la primera fecha Brasil se impuso a Austria por 3-0, mientras que la Unión Soviética hizo una demostración de la evolución táctica que caracterizaba a su fútbol, casi desconocido para los occidentales, empatando con Inglaterra, después de haber estado arriba en el partido 2-0 hasta el minuto 56. Empatado, con empate blanco, terminó también el partido de Brasil con Inglaterra, mientras que la Unión Soviética venció 2-0 a Austria en la segunda fecha. Esto significaba que el partido de Brasil con la Unión Soviética era extremadamente crucial, ya que podía dejar fuera de la continuación a quien saliera derrotado de él. En el estadio Ullevi de Göteborg era la hora de una de las decisiones más audaces en la historia del fútbol, una decisión por la cual, sin embargo, todo el planeta puede estar agradecido. Dos jugadores que no habían aparecido antes en una Copa Mundial, el Manuel Francisco dos Santos de 25 años y el Edson Arantes do Nascimento de 18 años, aparecieron con los números 11 y 10 en sus camisetas amarillas. La comisión técnica, dentro de todo su racionalismo, había juzgado que los dos jugadores no estaban listos para asumir la carga de la representación nacional en la arena internacional y que no podrían adaptarse tan bien a la innovación del claro 4-2-4 que jugaba el equipo de Feola. Pero por suerte el racionalismo, cuando se apoya en parámetros limitados, puede ser una estimación completamente equivocada, con el resultado de que los conocidos en el mundo futbolístico como Garrincha y Pelé empezaron un recorrido legendario en la escena futbolística central del planeta. Con dos goles de Vavá, Brasil venció a los soviéticos y, dado el empate de Inglaterra con Austria, la Unión Soviética necesitó ganarle a los ingleses con un gol de Anatoli Ilyin para pasar a la siguiente fase.

En los knock-outs Brasil le ganó a Gales por 1-0 con el primer gol mundialista de Pelé, mientras que en la semifinal contra Francia el super star de 18 años marcó su primer hat trick en una Copa Mundial, concentrando las miradas de todo el mundo, aun si eso llegó contra un equipo de 10 jugadores, ya que el capitán francés Robert Jonquet se retiró lesionado en el minuto 9, poco después del gol del máximo goleador de la competición, Just Fontaine, que hasta hoy conserva el récord de máximo goleador en una sola competición con los 13 goles que marcó en los campos suecos. Pelé volvió a dejar historia en la final del Råsunda Park de Estocolmo, contra los anfitriones, y con 5-2 Brasil había exorcizado, a través de la organización y el racionalismo de su fútbol, la tragedia del Maracanaço metafísico. Hicieron falta apenas 8 años para pasar del infierno al paraíso y la correcta utilización del talento espontáneo de un país que, aunque carece de las infraestructuras básicas, en comparación con las selecciones europeas, no deja de crear futbolistas que ofrecen la belleza al fútbol a través de la devoción a su organización. Las teorías de la mestiçagem de 1950, que no tenían ninguna relación con el fútbol, habían cedido en menos de una década su lugar al más bello y material mito futbolístico: el jogo bonito, que haría soñar a los hombres con los ojos abiertos hasta que el fútbol encontrara una identidad completamente nueva, en un mundo en constante cambio.

En el mismo período, la humanidad descubría que lo que está en constante cambio no es solo el edificio social, sino también la propia base material de la existencia de nuestra especie, el planeta que nos hospeda. A fines de la década del 50 y a comienzos de la década del 60, el desarrollo tecnológico ayudó a la recolección de datos batimétricos así como a la instalación de redes sismográficas que confirmaron la validez de la teoría de Alfred Wegener sobre la existencia de placas litosféricas y del mecanismo de su movimiento. La aplicación de esa teoría física la vivirían con consecuencias mortales los habitantes de Chile el 22 de mayo de 1960, cuando el mayor terremoto registrado en la historia, de magnitud 9,5, ocurriría con epicentro cerca de la ciudad de Valdivia. El país que hospedaría la Copa Mundial de 1962, antes de temblar por el pulso de un Mundial, tembló durante varios minutos para encontrarse contando destrucciones materiales incalculables antes de la organización de la 7.ª edición de la gran institución futbolística.

Chile había reclamado la organización de la Copa Mundial frente a Argentina, que consideraba que por fin tenía derecho a organizar una institución en su territorio. En una campaña extremadamente oportunista, el presidente del comité organizador Carlos Dittborn logró convencer a los miembros de la FIFA de la importancia del artículo que preveía la prioridad que tenían los países con fútbol subdesarrollado para la realización del Mundial. Dittborn, por supuesto, no había previsto —como nadie nunca previó— el terremoto mortal que destruyó las ciudades de Valdivia, Concepción, Talca y Talcahuano, que aunque iban a hospedar partidos, finalmente quedaron fuera del diseño de la competición. Después del terremoto, Dittborn propuso al presidente del país, Jorge Alessandri, la liberación de la obligación de organizarla, para que los recursos destinados al Mundial se usaran para la reconstrucción de las regiones que habían sido golpeadas; sin embargo, Alessandri, como tantos otros actores políticos en la Historia, veía en la organización del Mundial una oportunidad política mucho mayor que el legado de enfrentar racionalmente las consecuencias destructivas de un fenómeno natural.

Carlos Dittborn murió de un paro cardíaco en abril de 1962, algunos meses antes del inicio de la competición, mientras que el 25 de marzo de 1961 murió también el presidente inglés de la FIFA, Arthur Drewry, con el resultado de que en el Congreso de Londres, en septiembre del mismo año, fue elegido como sucesor el último dirigente del Fútbol Mundial antes de su transformación en uno de los campos empresariales más importantes. Stanley Rous, ex árbitro, formado desde la base del organismo futbolístico, encabezó la Confederación Mundial en una época en la que el fútbol encontró su nueva identidad, ya que fue el primero que logró permanecer mucho tiempo en el cargo de jefe de la FIFA después de su presidente histórico, Jules Rimet.

El mundo quizás esperaba una competición que constituyera la continuación de la prosperidad futbolística presentada 4 años antes en los campos de Suecia. Pero la información que llegaba desde Chile no mostraba que algo así fuera posible. Algunas veces, incluso, esa información quizás superaba los límites de la crítica, con los reportajes de los periodistas italianos Antonio Ghirelli y Corrado Pizzinelli constituyendo textos despectivos hacia el país, describiendo, más allá de la ausencia de infraestructuras, a Santiago como “triste símbolo de un país subdesarrollado”, atacando directamente la decisión de la FIFA de darle la responsabilidad de la organización al país de Sudamérica, “13000 kilómetros de distancia”, expresando una concepción eurocéntrica y por lo tanto racista del mundo. Esos reportajes no ayudaron a la selección nacional de Italia, ya que cuando el 2 de junio la Squadra Azzurra enfrentó en el Estadio Nacional de Santiago a la anfitriona Chile, el clima era particularmente hostil, con los locales tratando la “batalla de Santiago” como una cuestión de honor nacional y finalmente ganando 2-0, eliminando en esencia a los italianos de la continuación.

Pero el Mundial de Chile no se caracterizó solamente por el clima pesado y la dureza de ese partido. La violencia del fútbol hizo una entrada triunfal, dejando knock-out a la gran estrella de Brasil, Pelé, en el segundo partido del grupo, el empate blanco con Checoslovaquia. Pelé no pudo continuar en la competición, dejando el rol de protagonista a Garrincha, mientras que el futbolista soviético Eduard Dubinski sufrió una lesión terrible en el primer partido, por una acción del yugoslavo Muhamed Mujić que ni siquiera fue señalada como falta, pero condujo a graves problemas de salud y finalmente a la muerte prematura del defensor soviético 7 años más tarde. Dentro de todo el clima pesado de las infraestructuras destruidas, del fútbol violento, de los jugadores lesionados, llegó otro hecho trágico más para hacer que la competición pareciera maldita. El chileno de ocho años Manuel Molina González, que seguía a la selección nacional de Uruguay apoyándola con fervor, murió de un paro cardíaco después de la derrota de la Celeste ante Yugoslavia en el tercer partido del grupo, que significaba su eliminación de la continuación.

Inglaterra consiguió por primera vez pasar la fase de grupos, donde enfrentó a Brasil, perdiendo 3-1 en Viña del Mar, mientras que Chile logró ganarle a la Unión Soviética en Arica. Checoslovaquia y Yugoslavia completaron el cuadro de las semifinales, lo que significaba que esta fue la primera competición desde 1930 en la que ningún país de Europa Occidental lograba llegar a los cuatro primeros. Brasil volvió a encontrarse en la final con Checoslovaquia, en un partido con mucho más espectáculo que el del grupo y bajo la dirección del árbitro soviético Nikolay Latyshev, que completaba así la ausencia occidental europea de la culminación de la competición; con goles de Amarildo, Zito y Vavá, ganó la segunda Copa Mundial consecutiva, repitiendo después de 24 años la hazaña de la Italia de Vittorio Pozzo. La gran diferencia era que este equipo brasileño tenía todavía mucho futuro por delante para más éxitos y que el mundo entero no se encontraba en el umbral de una guerra destructiva, sino en una época de rápido progreso y desarrollo social.

El Mundial de Chile ocurrió en una encrucijada de la historia futbolística donde distintas direcciones amanecerían para la evolución del fútbol de muchos países. Los países de Europa Occidental podían estar fuera de los cuatro primeros, pero ya habían empezado con fuerza el funcionamiento de su propia red futbolística, ya que en 1954 se fundó la UEFA, en la temporada 1955-56 empezó la llamada Copa de Europa, aquello que era conocido como Copa de Campeones y evolucionó en la Champions League, mientras que en 1960 se disputó en Francia también la primera fase final de la Copa de Naciones de la UEFA. La ausencia de una red futbolística más amplia en Europa había permitido antes que solo selecciones nacionales de regiones específicas se distinguieran en la Copa Mundial, mientras que era grande la ventaja de los equipos sudamericanos, que tenían su correspondiente competición propia desde 1916. Gradualmente Europa recuperaría la dominación en la evolución del deporte y los equipos de Sudamérica tendrían que reformular las bases de su concepción futbolística, como lo había hecho desde aquellos años, por causa del Maracanaço, Brasil. Esta evolución sería más visible en el recorrido de Argentina.

El Mundial de 1966 se disputó en la patria del presidente de la FIFA, Stanley Rous, y en la patria del propio fútbol. Como ocurre con todas las competiciones futbolísticas que tuvieron lugar en Inglaterra, la consigna era que “el fútbol volvía a casa”. El Reino Unido, sin embargo, ya no tenía ninguna relación con el gran Imperio que difundió el deporte por todo el planeta. En una década dominada por la independencia de muchos Estados que pertenecían al viejo Imperio, algo que en el firmamento futbolístico se vería más tarde, Inglaterra, como Estado central de Gran Bretaña, cambia también el perfil con el que la ve el resto del mundo. Se moderniza ante todo culturalmente; Londres, de sede de una clase aristocrática y colonialista que domina todo el planeta, se convierte en el laboratorio de una nueva explosión cultural, con el rock de los Beatles, los Rolling Stones, David Bowie, las producciones cinematográficas de James Bond, las nuevas tendencias de la moda británica, dentro de un marco que escapa de los protocolos aristocráticos y toca el pensamiento de los protagonistas de la revolución industrial, de los estratos populares y medios, que entre otras cosas eran también los protagonistas del fútbol británico.

Quizás no podría haber existido un momento más adecuado para que se organizara la Copa Mundial en Inglaterra: esa base cultural estaba mucho más cerca del fútbol que la concepción anticuada de la Gran Bretaña imperial que intenta imponerse con excesivo complejo de superioridad al resto del planeta. Lo que tampoco le faltaba a Inglaterra era cultura futbolística, estadios, multitudes enormes que vivían para el fútbol. A diferencia de los ejemplos de Uruguay y Brasil, por ejemplo, en Inglaterra no hizo falta construir un nuevo estadio para hospedar la final, ni construir otros para hospedar los partidos de la gran competición: los estadios donde jugaban los clubes ingleses ya estaban entre los templos futbolísticos más legendarios del mundo. Lo que podía parecer decadencia para un Imperio era la modernización de un país que ya no tenía otra cosa para crear su identidad nacional que la producción de innovación cultural e intelectual. Correspondientemente innovador debía ser también su fútbol para que esta competición ayudara al país organizador a poner su propia marca, como cultura, sobre su lugar en el mundo.

Inglaterra, con Alf Ramsey a la cabeza de su cuerpo técnico, nacido de una familia de las clases no privilegiadas del campo inglés y veterano de la Segunda Guerra Mundial, estaba futbolísticamente armonizada con el desarrollo de su cultura popular. El fútbol ya no era un marco ideológico de desarrollo de la fuerza física, pero tampoco un producto cultural de exhibición de superioridad, ya que la derrota ensordecedora ante Hungría en Wembley en 1953 y los fracasos en las Copas Mundiales que siguieron habían creado la humildad necesaria y la necesidad de organizar el fútbol nacional de tal modo que pudiera volver a encontrarse en posición de protagonista, si no de inspirador, al menos de dominante en el firmamento futbolístico mundial. Así, la evolución mecanicista de la táctica, que antes creaba un estancamiento, ahora significaba que las ideas futbolísticas nacidas en otros países y de representantes de otras escuelas no eran rechazadas, sino examinadas, utilizadas para la conformación de la fisonomía del fútbol inglés. En pocas palabras, ya que el fútbol mundial ya no podía ser inglés, entonces quizás sería una buena solución que el fútbol inglés se volviera mundial. Teniendo como base para estos experimentos una liga siempre muy fuerte, con clubes que tenían una enorme, estable y fiel base de hinchas, con muchas categorías de equipos competitivos, Inglaterra podía presentar al resto del mundo una nueva manera de organización y desarrollo del fútbol, reclamando la parte del león en su reformulación moderna.

En el Mundial, claro, el objetivo era la victoria y la conquista de la institución, y así el primer partido contra Uruguay, en el estreno del 11 de julio, que terminó con un empate blanco, no era considerado un inicio ideal. Contra México y Francia, sin embargo, los ingleses lograron conseguir dos victorias por el mismo marcador (2-0) y obtener con relativa facilidad la clasificación para la fase de knock-out. Allí se encontrarían con Argentina, que parecía recuperarse del shock de Helsingborg, venciendo a España y Suiza en su propio grupo y logrando un empate blanco con Alemania Occidental, para avanzar como el segundo equipo del 2.º grupo. Pero Argentina no era la que aparecía en los años de entreguerras. Un gran cambio se había producido después del Mundial de Suecia.

El triunvirato de entrenadores que tomó a la selección nacional inmediatamente después del shock sueco estaba compuesto por Victorio Spinetto, José Barreiro y José Della Torre. De ellos, seguramente la personalidad más influyente en la evolución del fútbol argentino fue Spinetto, futbolista criado en esencia dentro del club Vélez, que como outsider en el fútbol de Argentina y de Buenos Aires debía encontrar caminos alternativos para poder conseguir una distinción. Spinetto, que había asumido como entrenador de Vélez desde 1942 hasta 1956, logró devolver al club a la primera división y ganar el campeonato de 1953. Más tarde pasó por Atlanta, antes de asumir la selección nacional en dos períodos distintos, de 1959 a 1961. Spinetto era en esencia enemigo del esteticismo ideológico del fútbol argentino, de La Nuestra. A diferencia de su predecesor, Guillermo Stabile, el gran protagonista del Mundial de 1930, creía que ese enfoque ingenuo pertenecía por completo al pasado, intentando transformar el fútbol del espectáculo en fútbol del propósito. Sin duda, la conquista del Campeonato Sudamericano en 1959 fue un resultado que convenció a muchos de su enfoque: la gente buscaba más los resultados que el rendimiento. Spinetto, sin embargo, entre otras cosas, fue también mentor de Osvaldo Zubeldía, que jugó en Vélez desde 1949 hasta 1955 y volvió a encontrarse con Spinetto como entrenador en Atlanta en la temporada 1958-1959. En 1965 Zubeldía asumió como entrenador de la selección nacional, continuando la obra de su mentor.

Pero ¿qué era el fútbol que imaginaba Spinetto y que Zubeldía desarrolló hasta un grado tristemente célebre? El fútbol del propósito era aquel que no daba ninguna importancia a características como la estética del juego, la belleza de la cooperación, la concepción del desarrollo de cualquier plan competitivo; era en cambio la concepción de que el fútbol es el deporte en el que, dentro de las 4 líneas del campo de juego, durante 90 minutos uno debe hacer todo lo posible para ganar. En lugar de pizarras tácticas, se contrataba a árbitros en sus equipos para explicar las rendijas de los reglamentos; en lugar de scouting de la manera de jugar de los jugadores rivales, se realizaba una cacería de información sobre su vida personal, para encontrar las formas y los medios que quebraran su psicología durante el partido. Fue eso lo que se llamó en Argentina anti-fútbol y representantes de esta escuela defienden sus principios hasta nuestros días, con principal representante a Cholo Simeone, el entrenador del Atlético Madrid.

El giro de Argentina desde La Nuestra, la ingenuidad estética, hacia el anti-fútbol, la expresión extrema del fútbol por el resultado, es sin embargo solo la lectura de los hechos. La pregunta ideológica básica alrededor de esta evolución es cómo pudo desarrollarse tan rápidamente una concepción así en el fútbol argentino. Si uno estudia cuidadosamente la Historia del fútbol argentino y conserva como elemento más importante de La Nuestra su base ideológica de secesión del fútbol nacional respecto de sus características inglesas, entonces la transición al anti-fútbol puede leerse como el regreso a las raíces, es decir, al juego que se apoyaba en la fuerza física, aquel que la burguesía británica llevaba consigo a cada rincón del mundo, aquel que primero desarrolló también en su casa, hasta que el combination game de los obreros ingleses, de los clubes del Norte y de la selección nacional de Escocia dominara.

El cuarto de final que se disputó el 23 de junio de 1966 en Wembley, entre Inglaterra y Argentina, no ponía frente a frente solo a dos equipos que compartían raíces comunes en su Historia futbolística; se disputaba en un momento en que Argentina se acercaba a las raíces británicas de su juego, para con eso ganarle a los ingleses. Los argentinos, sin embargo, ya eran tristemente célebres por ese enfoque y el árbitro alemán occidental Rudolf Kreitlein estaba preparado para no dejar que el partido se convirtiera en una arena. Así, empezó a cobrar cada sospecha de falta de los argentinos, ante los ojos de 90.584 espectadores en Wembley, entre los cuales naturalmente también estaba el presidente de la FIFA, que tenía todo interés en ver al equipo de su país salir vencedor del enfrentamiento. Conociendo también los “trucos” de Zubeldía sobre la manera en que los jugadores se juntan alrededor del árbitro para quejarse por cada mínima decisión, ejerciendo así su propia presión sobre el juez del encuentro, no dudó en el minuto 35 en expulsar al capitán de los albiceleste, Antonio Rattín, dando una ventaja importantísima a los locales. Rattín, por supuesto, no se retiraba del campo, ya que no existía la tarjeta roja y había además un problema de entendimiento con el árbitro alemán occidental, ante la ausencia de traductor. Esto llevó a un caos, con decenas de miles de ingleses viendo desde las tribunas al capitán argentino como un trapo rojo. Finalmente, cuando se fue, el toque de la bandera británica que se encontraba en el punto del córner no necesitó demasiado para ser explicado de diversas maneras y para dar también explicaciones más profundas a una rivalidad que aquel día había empezado como puramente futbolística. Es característico que existen historias de aquella época que dicen que las madres inglesas les decían a sus hijos que si no comían la comida vendría Rattín. En 90 minutos, Argentina e Inglaterra se convirtieron quizás en los dos rivales más odiados en la historia de las Copas Mundiales y la frutilla del postre la puso el propio Alf Ramsey, que en la tensión de todo el enfrentamiento, decidido por un gol de Hurst en el minuto 78, declaró que los rivales de su equipo se comportaban como animales, en una declaración que históricamente es considerada por los argentinos como un ataque directamente racista.

Con Uruguay también eliminado en cuartos de final por Alemania Occidental y la campeona del mundo Brasil viendo a Pelé lesionarse en el primer partido con Bulgaria, sin lograr clasificarse desde el 3.º grupo frente a Portugal y Hungría, el fútbol sudamericano había fracasado por completo en Inglaterra en 1966 y los equipos de Europa Occidental que habían estado ausentes del cuadro de semifinales 4 años antes ocuparon los 3 primeros lugares, con el último boleto de los cuartos de final ganado por la Unión Soviética frente a Hungría. La final entre Inglaterra y Alemania Occidental fue decidida por un gol de Hurst que todavía hasta hoy los alemanes sostienen que nunca existió (y probablemente tienen razón) y otro más sobre el final que, en el momento de su realización, dentro de un pandemónium general, ya tenía hinchas entrando al campo de juego.

Los ingleses se habían encontrado en la cima del mundo, Bobby Moore limpiaba el barro de sus manos en la cubierta de terciopelo que rodeaba la tribuna de los oficiales para recibir el trofeo de la Reina, mientras que a la cabeza de la Confederación Mundial se encontraba un inglés. Pero esas condiciones, que quizás medio siglo antes podrían haber significado la plena dominación de los ingleses, como inspiradores del juego, en cuanto a su evolución mundial, ahora significaban exactamente lo contrario: el gran éxito de la selección de Inglaterra de ganar en la competición de los otros. El objetivo reformulado se había alcanzado: en lugar de que el juego mundial se volviera inglés, el juego inglés logró volverse mundial.

El mundo de la década del 60, sin embargo, estaba bajo la influencia de otras fuerzas, lejos de Gran Bretaña, y la conquista de nuevos mares y océanos que construyó el Imperio de los siglos pasados había cedido ya su lugar a la conquista del espacio interplanetario, del espacio cercano, en una carrera loca entre Estados Unidos y la Unión Soviética. El 10 de julio de 1962 fue lanzado desde Cabo Canaveral el satélite Telstar 1, un dispositivo experimental prototipo que se encontró viajando en órbita geoestacionaria durante 63 años, 10 meses y 27 días. Se trataba de la respuesta estadounidense al Sputnik, el gran éxito del comienzo del programa satelital de Estados Unidos para el establecimiento de la tecnología espacial de telecomunicaciones. Aquellos primeros satélites Telstar eran esféricos, principalmente de color blanco, mientras que los colectores de radiación solar que estaban colocados sobre ellos parecían crear planos de color oscuro. Quizás no hubo en la Historia otro desarrollo científico que influyera más, a nivel simbólico pero también material, en el fútbol.

La existencia de satélites de telecomunicaciones significaba que una imagen desde cualquier punto del planeta podía transmitirse muy rápidamente a cualquier otro. Esa técnica fue la que en esencia transformó el fútbol de un fenómeno masivo en un fenómeno mundial. Si la evolución de la tipografía industrial, la existencia de los diarios y la evolución del sistema educativo británico creó los primeros grandes clubes futbolísticos, cuyo alcance llegaba hasta donde viajaban las noticias de su actividad competitiva, impresas en papel, el fútbol de cada país del mundo podía entrar en cada casa, con sonido e imagen, a través de un receptor televisivo. El primer Mundial que selló esa revolución fue el que se disputó en México en 1970.

Quizás el mayor símbolo de aquella época es aquello que quedó como modelo de la pelota de fútbol. Cuando alguien nos pide imaginar una pelota de fútbol, la primera imagen que se forma en nuestra mente es la conocida pelota con las 32 piezas cosidas, los hexágonos blancos que rodean los pentágonos negros. Esa pelota se coloca en todas partes, en cada símbolo, como emblema del juego futbolístico. Para las generaciones más jóvenes es muy difícil imaginar que no existía antes de 1970. Esta pelota blanca y negra fue creada para las necesidades de la transmisión televisiva, ya que debía distinguirse sobre el pasto verde en receptores que obviamente no tenían la nitidez de los televisores actuales. ¿Cuál sería entonces su nombre? En una de las denominaciones más inspiradas de la Historia del comercio mundial, esa pelota tomó el nombre del satélite de telecomunicaciones que abría nuevos caminos para la información, la propaganda, la planificación mundial, así como el fútbol: esa pelota era la Telstar. Construida inicialmente por un arquero danés, Eigil Nielsen, para la empresa Select, fue adoptada como diseño por la empresa de un fabricante alemán de zapatillas deportivas, con pasado sombrío durante el período del Nazismo, Adolf “Adi” Dassler, de cuyo nombre y apellido tomó su nombre Adidas. La pelota que se usó por primera vez en la Copa de Naciones de 1968 se convirtió en la pelota oficial del Mundial de 1970 y desde aquel año empezó una de las colaboraciones más históricas de la FIFA con una empresa de artículos deportivos, abriendo caminos para la extensa mercantilización de cada lado del deporte y de sus competiciones.

Aunque la mayoría de los receptores televisivos, en muchos países, podían ser todavía en blanco y negro, la imagen desde los campos del Mundial se registraba y se procesaba para difundirse en color y para archivarse del mismo modo, en color, en el material audiovisual de la Historia del fútbol. La evolución tecnológica no alcanzaba; también el propio fútbol debía ser bello, para que quedara a perpetuidad un símbolo de esa transición, del fútbol de los resúmenes, de los impresos, de las historias, al fútbol de la imagen, de los recuerdos en movimiento. Quizás ningún otro color podría encajar más que el de la camiseta brasileña, que de blanca se volvió amarilla después del Maracanaço, contrastando con el color del pasto, el short azul profundo y las medias blancas, que crearon todos juntos una paleta cromática futbolística arquetípica.

Brasil, después de la primera aparición del jogo bonito en Suecia, que rompió la maldición histórica, la violencia en Chile y en Inglaterra, en México estaba listo para rendir un espectáculo futbolístico monumental. La situación en su banco, sin embargo, durante los años de la década del 60 parecía más caótica que nunca; los entrenadores cambiaban constantemente y hasta abril de 1969, un año y algo antes del inicio del Mundial, no existía ningún plan estable de desarrollo del juego de la selección nacional. Entonces asumió los destinos de la Seleção João Saldanha, un comunista, enemigo naturalmente del régimen, que veía el cambio que llegaba en el fútbol europeo, con la entrega de los cetros del fútbol romántico a una táctica que estaba adaptada a la desaparición de los errores, sacrificando junto con ellos también la creación. Saldanha logró, en los 17 partidos en los que condujo a la Seleção, ganar los 17, pero exageró en sus planes, provocando temblores en la cohesión del equipo, llegando al punto de expresar opiniones también sobre la exclusión de Pelé de la convocatoria para el Mundial inminente. Estos conflictos internos le costaron el cargo y lo sucedió uno de los técnicos más emblemáticos en la Historia de la selección nacional, Mário Zagallo, campeón del mundo en Suecia en 1958 y en Chile en 1962, es decir, un compañero de equipo de las grandes estrellas, que estaba estrechamente ligado a Pelé. Zagallo pudo equilibrar ese equipo, imponer la disciplina necesaria en la preparación para un Mundial que se disputaría a gran altitud, pero también elegir un sistema innovador que no permanecía fijado en la formación, sino que permitía la creación, apoyándose en las características de la composición que tenía a su disposición.

Porque no hay gran victoria sin gran rival, un equipo que parecía venir del pasado, una gran escuela futbolística, volvió a aparecer en el primer plano mundial. El regreso de Italia no fue casual: la fundación de la UEFA y la disputa de la Copa de Campeones permitieron a un país que tiene un enfoque extremadamente analítico del fútbol crear nuevas ideas, sobre aquellas que habían quedado inconclusas desde la vieja Escuela del Danubio. Algunas de las palabras que se añadieron entonces al vocabulario del fútbol, como libero, catenaccio, trequartista, reflejan una manera de jugar con devoción a la función defensiva, eliminación de los errores y uso oportunista de los contraataques para que se consiga cada gol y la victoria. Los equipos de Milán, Inter y Milan, desarrollaron su propio enfoque en un estilo de juego que daba responsabilidades aumentadas al libero y al regista, que creaban el juego en el eje desde la profundidad del campo, dejando libertad de opciones a los atacantes rápidos. Jugadores como Cesare Maldini y Gianni Rivera encarnaban esos roles en Milan, mientras que Sandro Mazzola fue promovido por el Inter del inspirador del catenaccio, Helenio Herrera. Con ese enfoque, los equipos de Milán ganaron en total 3 Copas de Campeones durante la década del 60.

El técnico federal, Ferruccio Valcareggi, no podría escaparse demasiado del espíritu del fútbol italiano de la época, en el momento en que tenía además una serie de jugadores, como Pierluigi Cera y el gran goleador Gigi Riva de Cagliari, que podían integrarse en la misma lógica. Italia obtenía los resultados que necesitaba en cada fase, pasando primera del grupo con apenas una victoria y dos empates, contra Suecia, Uruguay e Israel, respectivamente, mientras que en cuartos de final triunfó 4-1 frente a México, que jugaba de local. El 17 de junio en el Estadio Azteca de Ciudad de México, Italia necesitó sin embargo un rendimiento irreal, en un partido que es considerado hasta hoy el mejor de la historia de las Copas Mundiales, para ganarle 4-3 a Alemania Occidental, en tiempo suplementario, en un enfrentamiento con remontadas sucesivas y un ritmo y una intensidad en constante aumento, que, si no hubiera habido silbatazo final, parecía listo para conducir a la explosión.

En un Mundial en cuya fisonomía había empezado a reflejarse el nuevo mundo poscolonial, ya que participaba Marruecos representando a África por primera vez después de 46 años y el recién fundado Israel desde la Confederación Asiática, el color sobraba en cada manifestación. Ese color es el que ató en un lienzo futbolístico el equipo de los artistas brasileños, Pelé, Tostão, Rivelino, Gérson, Jairzinho, que tomaron toda la libertad que necesitaban de las instrucciones de Zagallo para crear imágenes en movimiento de obras de arte. Aquel Brasil era imparable, 4-1 en el debut contra Checoslovaquia, 1-0 a la campeona del mundo Inglaterra y 3-2 a Rumania en el 3.º grupo, 4-2 a Perú y 3-1 a Uruguay en los knock-outs, para encontrarse en la Final frente a aquella peligrosa Italia, un equipo que, como los brasileños, había conquistado dos veces la Copa Mundial. El catenaccio era capaz de dar títulos en los campos europeos, pero en la altitud de México, allí donde el tiempo se mide de otra manera y la creación encuentra el espacio necesario para desplegarse en un marco menos asfixiante, contrario a la ausencia de oxígeno, no podía tener respuesta ante la superioridad armamentística brasileña. Aunque el marcador del primer tiempo era 1-1 con goles de Pelé y Boninsegna, en el segundo tiempo Gérson, Jairzinho y Carlos Alberto, llegando desde una posición fuera de la pantalla televisiva, escribieron el 4-1 final que creaba sueños sobre un fútbol que combina belleza y resultado. Esa conclusión se desvanecería rápidamente, pero el juego soñado brasileño había quedado registrado para siempre en las conciencias de la humanidad y en las películas con procesamiento technicolor, para constituir durante décadas la definición del fútbol ideal y colocar a Brasil en una posición informal ligada a la cima futbolística mundial dada estereotípicamente. Desde 1970 en adelante, Brasil, perdiera o ganara, era y sigue siendo la mayor potencia futbolística del planeta.

Así empezó la Historia del fútbol moderno, desde la apoteosis de su vieja época…

Fútbol moderno

En el congreso de la FIFA que se realizó en Londres en 1966, bajo la conducción de Stanley Rous, fueron elegidos y anunciados los países que organizarían las Copas Mundiales de 1974, 1978 y 1982, creando así las condiciones para la planificación de largo plazo de la competición y del rumbo del deporte mundialmente. Pero, antes de que se organizara el Mundial de 1974 en los campos de Alemania Occidental, el fútbol cambiaría radicalmente, de un modo que parece permanente hasta nuestros días. Como suele ocurrir, pocos días antes del inicio de la gran competición, se organizó el Congreso de la FIFA, que aquel año tuvo lugar en Fráncfort y, como todo Congreso en año de Mundial, tenía también en el orden del día la elección del presidente de la Confederación Mundial. Nunca antes, sin embargo, la campaña de un candidato había sido una campaña política de dimensiones mundiales, como aquel año.

Un ex atleta de natación de Brasil, que había participado en los Juegos Olímpicos de 1936 y había sido presidente de la Confederación Deportiva Brasileña desde 1958 hasta 1973, ponía proa hacia la —quizás— posición más poderosa de dirigente deportivo en el mundo. João Havelange, hijo de un inmigrante belga de Lieja, nacido en Rio de Janeiro en 1916, estaba destinado a cambiar el fútbol mundial administrativa, comercial, política y finalmente en las conciencias de todos los pueblos de un modo todavía más influyente que el gran inspirador de la dimensión mundial del deporte, Jules Rimet.

Para lograr el objetivo de derrocar a Stanley Rous, Havelange utilizó incontables recursos de la FIFA para hacer sus viajes intercontinentales, ganar el favor de las federaciones nacionales que votaban en el Congreso, gastando literalmente hasta el último dólar que pudiera para ese fin. Stanley Rous, no acostumbrado a ese mundo tecnocrático globalizado, pese a sus conexiones, no logró mantenerse en la conducción de la FIFA y así Havelange empezó su primer mandato, parte de un largo recorrido, el día de su cumpleaños, el 8 de mayo de 1974. Su primer movimiento para financiar su programa, dado que no había quedado nada en las arcas después de su campaña política mundial, fue la firma de contratos de cooperación con las empresas Adidas y Coca-Cola, que desde entonces se convirtieron en patrocinadores permanentes de la Copa Mundial.

Más allá de la estética de los patrocinadores que imprimían el matiz político de la Copa Mundial que se disputó en Alemania Occidental, una serie más de elementos estéticos señalaban la nueva época. El trofeo de viejo corte, la Copa Jules Rimet, fue reemplazado por la Copa de la FIFA, una estatuilla de 36,5 centímetros de altura, 5 kilos de peso y oro de 18 quilates, diseñada por Silvio Gazzaniga, que representaba a dos atletas sosteniendo sobre sus espaldas y sus manos levantadas todo el globo, y que se convertiría en el nuevo “santo grial” del planeta futbolístico. En cuanto a los estadios que hospedaban la competición, su arquitectura modernista, con ejemplo máximo en el Olympiastadion de Múnich, que dos años antes había hospedado los Juegos Olímpicos, simbolizaba la reconstrucción de un país construido sobre las ruinas de una derrota bélica pesadillesca y sobre el pasado de un Estado criminal. Todo lo que había ocurrido simbólicamente en el Mundial de 1954 con la victoria de Alemania Occidental, 20 años más tarde aparecía en los receptores televisivos de todo el planeta como prueba material. Una disonancia, voluntaria o involuntaria, fue la inclusión del Olympiastadion de Berlín Occidental, el estadio que había hospedado la Hitleriada de 1936, entre los campos que hospedarían los partidos de la competición, entre ellos el debut de los locales contra Chile, país donde otro estadio escribía páginas negras correspondientes en la Historia del Estado del Pacífico Sur.

El sorteo hizo que en la fase de grupos Alemania Occidental tuviera la oportunidad de lograr otra gran victoria simbólica, enfrentando en el último partido de la primera fase a Alemania Oriental. En el partido de Hamburgo, sin embargo, que no aspiraba a laureles de calidad futbolística, el equipo de la República Popular salió vencedor gracias al gol que marcó Jürgen Sparwasser, futbolista de Magdeburg, en el minuto 77.

La segunda fase de grupos determinaba directamente la pareja de la final. En esta fase, el mundo vio realmente a una de las selecciones más terribles que hayan existido jamás. En las fronteras noroccidentales de Alemania Occidental, un país que había constituido siempre punta de la innovación intelectual seguía, durante el período de posguerra, los mismos pasos modernistas, inspirado por el De Stijl de Piet Mondrian y los suyos, remodelaba sus ciudades, creando un nuevo terreno para la vida de su clase obrera. Esta innovación rompía los límites del protestantismo y de la disciplina absoluta, moralizante, que impedía el desarrollo de un deporte en el que la creación es componente básico. Desde los edificios de hormigón brotaba una nueva conciencia de insolencia juvenil, que se convirtió en la materia prima con la que se construyó toda una filosofía futbolística. La generación del boom de posguerra no podía caber dentro de los límites morales de la generación de la guerra, lo mismo que los futbolistas, pobres diablos, que aparecían desde los barrios obreros modernos alrededor de De Meer, la histórica casa del Ajax en los suburbios del sur de Ámsterdam. Ese talento se encargó de ordenarlo primero Vic Buckingham y luego Rinus Michels, que para conseguirlo rompió todas las reglas conocidas hasta entonces en el fútbol —o casi todas.

La última gran escuela que había ganado la admiración de Europa era el terrible equipo de los húngaros. Los enfoques de los equipos que ganaban la Copa de Campeones en la década de 1960 eran excesivamente realistas y conservadores —y aunque aseguraban el resultado deseado, no podían responder con éxito a las tareas difíciles que planteaba la creatividad del fútbol sudamericano y en aquella época más específicamente del fútbol brasileño. En dos puntos de Europa, sin embargo, pioneros de la táctica futbolística trabajaron con el objetivo de desarrollar, en lugar de un sistema, un conjunto de ideas que creara un nuevo juego, con mayor flexibilidad y fluidez, que pudiera responder a cualquier situación. Estos principios provenían de distintas escuelas, como por ejemplo la presión cuando se pierde la pelota, del fútbol soviético, el offside artificial (offside trap) del 4-2-4 de Europa oriental, los intercambios de posiciones y la cobertura del espacio por compañeros del fútbol húngaro de los 50, la rápida circulación del combination game, la compresión del rival cuando este tiene la posesión y la apertura de los espacios cuando tenés la pelota. No es en absoluto casual que estas ideas aparecieran, por vías diferentes, simultáneamente en dos escuelas futbolísticas, de dos entrenadores distintos: Valeriy Lobanovskiy en la Unión Soviética y el Dinamo Kiev, y Rinus Michels en los Países Bajos y el Ajax.

La entrada de la televisión en el fútbol, que permitía el intercambio más inmediato de experiencias y pensamiento futbolístico, la mayor cantidad de partidos a nivel mundial y regional, las competiciones internacionales de clubes que habían empezado tanto en Europa como en Sudamérica, así como el establecimiento de un marco plenamente profesional para el deporte, fueron los factores que creaban los cimientos para un nuevo enfoque futbolístico universal. Por esta razón no apareció solo en un lugar. Y si la Unión Soviética no participó en el Mundial de 1974, negándose a jugar una eliminatoria con Chile en el Estadio Nacional, que era lugar de martirio para los presos políticos del régimen de Pinochet, los Países Bajos fueron el equipo que llevó esta innovación a los campos de Alemania Occidental. Antes del Mundial, claro, esos mismos elementos los había admirado el mundo en el Ajax de Rinus Michels, que ganó 3 Copas de Campeones consecutivas, las 2 últimas bajo la conducción del rumano Ştefan Kovács, desde 1971 hasta 1973.

Más allá del empate blanco con Suecia en la primera fase de grupos, los Países Bajos de Michels, con superestrella a Johan Cruyff, que era la quintaesencia de la encarnación del insolente y novedoso totaalvoetbal, Neeskens, que constituía el alter ego de Cruyff en la tríada del fútbol total, así como una serie de jugadores hipertalentosos que emergieron dentro de esta nueva manera de expresión asfixiante de la creación futbolística, parecían imparables. 2-0 a Uruguay, 4-1 a Bulgaria, 4-0 a Argentina, que todavía buscaba su paso ideológico, haciendo equilibrio entre la ingenuidad estética y la disciplina antifutbolística, 2-0 a Alemania Oriental y 2-0 a la campeona del mundo Brasil, para encontrarse en la Final de Múnich, el 7 de julio.

Allí las cosas parecían casi predeterminadas, con los neerlandeses cambiando 14 pases desde el saque inicial del partido hasta ganar el penal que Neeskens convirtió en gol para darle la ventaja a su equipo en el minuto 2. Pero si algo debía haber aprendido uno de las finales de Montevideo, del Maracanã y de Berna, es que ningún gran partido de ese tipo permite la complacencia, la adhesión a la estética y no al resultado. Los alemanes occidentales, que venían de un torneo muy difícil, con disputas internas que se intensificaron después de la derrota ante Alemania Oriental, encontraron la manera de arruinar la fiesta futbolística neerlandesa y finalmente, como habían hecho 20 años antes, irse con el trofeo de un partido en el que enfrente tenían a la mayor escuela futbolística de su época. De esta victoria paradójica, que ya parecía repetida, salió también la frase de que el fútbol es un juego que 22 jugadores juegan durante 90 minutos y al final ganan los alemanes.

Alemania Occidental ganaba otra Copa que simbolizaba su Historia de posguerra, el recorrido después de la bestialidad nazi, la victoria del campo de los capitalistas que fundaron el Estado de la República Federal, y así parecía casi condenada, cada vez que gana, a pegar a su victoria esa identidad. ¿Ganaría alguna vez dejando que el mundo hablara solo del fútbol que jugaba? Dadas las selecciones a las que hasta entonces había enfrentado en las finales, eso se volvía todavía más difícil.

Más difícil, sin embargo, para todo el planeta, era el futuro que creaba el fin del período de desarrollo de posguerra que parecía eterno durante unos 30 años. Nuevos antagonismos, guerras, regímenes autoritarios, brotarían en cada extremo de la Tierra, la mayoría de las veces con el apoyo de la gran potencia imperialista, Estados Unidos, que especialmente en lo relativo al hemisferio occidental consideraban cada movimiento intervencionista parte de la doctrina Monroe, fundamento que teóricamente asegura la existencia de su Estado federal. Nada difícil, por otro lado, fue para Havelange colaborar en la organización de una Copa Mundial que, tal como trajo las cosas la Historia, sería la primera que contribuiría directamente al lavado y a la irradiación de un régimen autoritario, 44 años después de la Copa Mundial de Italia.

Argentina había logrado en 1966, en el Congreso de Londres, por fin, asumir la organización de una Copa Mundial, la de 1978, pero los desarrollos políticos le darían a esta un matiz histórico completamente distinto. Crearían, sin embargo, paralelamente, una enorme y profunda discusión sobre el rol del fútbol dentro de condiciones de violencia estatal y represión, reabriendo un tema que había sido guardado en los cajones después de aquella competición de 1934. ¿Puede una victoria futbolística de una selección nacional no expresar al dictador que la dirige?

En 1974 murió el líder argentino y durante varios años presidente del país, Juan Perón. Dentro de un clima de conflictos permanentes entre sus partidarios, grupos armados izquierdistas que defendían la democracia burguesa y el ejército que quería librarse del poder peronista populista, su viuda Isabel asumió la conducción del país durante dos años en los cuales las organizaciones paraestatales de extrema derecha empezaron a desatarse, hasta el golpe de 1976 que llevó el poder a manos de la junta militar y fue marcado por 5.000 comunistas asesinados y desaparecidos, 5.000 combatientes del Ejército Democrático Popular asesinados y detenidos, entre 22 y 30 mil desaparecidos y 12 mil detenidos en 340 campos de concentración. El régimen, que era apoyado ideológica y materialmente, con 50 millones de dólares de ayuda militar, por Estados Unidos, podía utilizar el Mundial para su proyección internacional positiva. La FIFA una vez más fue auxiliar en esta obra criminal, negándose incluso a recibir el informe de Amnistía Internacional sobre los crímenes del régimen.

Y si durante los años de propaganda muchos argentinos no sabían qué era verdad y qué era mentira, tanto que necesitaban que familiares emigrantes les llevaran muchas veces las noticias sobre la verdad de la patria en la que vivían, esa ignorancia no era algo que caracterizara al técnico federal, un entrenador que había pasado por Huracán, presentando un fútbol bello durante los años del anti-fútbol, creyendo que los principios del juego argentino no debían abandonarse por el resultado, sino evolucionar. Luis César Menotti, que con estas ideas ganó el campeonato Metropolitano de 1973, decía: “Existe el fútbol de la derecha y el fútbol de la izquierda. El fútbol de la derecha propone que la vida es una batalla. Pide sacrificios. Nosotros debemos volvernos de acero y ganar por cualquier medio… obedecer y funcionar, eso quieren de los jugadores aquellos que tienen el poder. Así crean retrasados, idiotas útiles que van junto con el sistema.”

En contraste, es decir, con el militarista Pozzo que llevaba a la selección italiana a los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial, que ponía marchas militares con gramófono en los vestuarios, que diseñaba la táctica futbolística como si estuviera en guerra, Menotti era el contrapunto ideológico del sistema de la criminal junta argentina. En el caso de Pozzo no había dilema sobre lo que estaba en juego en la victoria futbolística, incluso si no era oficialmente partidario del partido fascista; sus ideas sobre la patria y el fútbol no chocaban con las del dictador. Pero Menotti debía en esencia ganar con un equipo en una competición que era instrumentalizada por su adversario ideológico. Si Argentina es el país que ideologiza su fútbol como ningún otro, como escribe Jonathan Wilson, aquel fue quizás el momento en que esa ideologización alcanzó el nivel de la filosofía, no de una búsqueda filosófica abstracta y quizás indiferente, sino de la filosofía completamente material, de la ética, de la postura frente a la Historia de los hombres.

En el vestuario, allí donde el fútbol no deja lugar a la hipocresía, Menotti finalmente les decía a sus jugadores: “Nosotros somos el pueblo. Venimos de las clases oprimidas y representamos la única cosa que es legítima en este país: el fútbol. No jugamos para los asientos caros que están llenos de militares. Representamos la libertad, no la dictadura.” No es seguro que esta posición satisficiera a las madres de las decenas de miles de desaparecidos que buscaban desesperadamente proyección internacional y finalmente justicia; sin embargo, es sin duda una página que escribe un capítulo distinto en la historia de la relación del fútbol con el poder, diametralmente opuesto a aquel que escribió Pozzo.

La Argentina de Menotti tenía talento, tenía naturalmente el apoyo de un sistema sanguinario, jugaba en casa, tenía una filosofía futbolística completamente nueva y podía después de décadas disputar algo a lo que ni siquiera se había acercado en las Copas Mundiales de posguerra en las que había participado, aunque siempre había un gran “si” sobre la competición de 1966. En el debut venció a Hungría, en el segundo partido a Francia y en el último partido de la primera fase de grupos casi cedió el primer lugar a Italia, perdiendo 1-0. En la segunda fase de grupos venció 2-0 a Polonia, empató sin goles con Brasil y, para encontrarse en la final, debía ganarle por más de 4 goles de diferencia a Perú. El marcador final en el Gigante de Arroyito de Rosario, 6-0, provocó intensas discusiones, mientras que las flechas se concentraron en el arquero peruano nacido en Argentina Ramón Quiroga. La verdad es que Quiroga no fue malo en aquel partido, haciendo una serie de atajadas difíciles —incluso si ese resultado fue arreglado, seguramente los responsables lo habían arreglado de una manera mucho mejor que exponiendo al arquero de Perú. De hecho, es característico que en los primeros minutos del partido Perú tuvo un palo con Muñante y una gran ocasión con un remate de Juan Carlos Oblitas.

La verdad es que la única fuente histórica que habló claramente de un resultado arreglado en aquel partido fue el inglés Sunday Times, que publicó un artículo que señalaba que Argentina compró 35.000 toneladas de granos a Perú y liberó 50 millones de dólares de activos peruanos congelados. Claro que ese artículo fue publicado el día del partido de Inglaterra con Argentina en el Mundial de 1986, mientras que las pruebas correspondientes no se encontraron ni se presentaron jamás.

Con este resultado Argentina pasó a la Final del 25 de junio, donde enfrentó a los Países Bajos, que eran guiados por una figura legendaria del fútbol europeo, Ernst Happel, pero no tenían en su composición a Johan Cruyff. Aunque en muchos relatos quedó insinuado que esa negativa de Cruyff a viajar tenía que ver con su oposición a jugar en el Mundial que se hacía bajo el régimen de Videla, la lectura cuidadosa de su biografía conduce a la conclusión de que otras razones, que tenían que ver con su vida personal y los temores por la seguridad de su familia, lo llevaron a la decisión de no alejarse de ella aquel verano del 78. El propio Cruyff había dado distintas interpretaciones de vez en cuando en entrevistas sobre esa postura, pero parece que las causas de su ausencia no fueron ideológicas.

Los Países Bajos eran, sin embargo, el equipo que continuaba jugando el admirable totaalvoetbal que conmovía al planeta; aun así, aunque estaba más advertido en el Monumental, no logró vencer a Argentina en el tiempo reglamentario y la albiceleste, con goles de Kempes y Bertoni en tiempo suplementario, llevó el trofeo Mundial por primera vez a manos de un país que había contribuido como pocos a la difusión y ampliación mundial del deporte. El régimen obviamente utilizó debidamente este éxito, dejando una mancha negra en el éxito de los futbolistas de Menotti.

Y si la La Nuestra modernizada de Menotti ganaba el título en los campos argentinos, cuatro años más tarde, en los campos de España, el flaco tendría que enfrentar otro fantasma del pasado de la mitología futbolística argentina. Un futbolista petiso, criado en los potreros de Villa Fiorito, a mediados de la década del 70 empezó a cautivar la mente de los argentinos, apareciendo como la personificación directa de aquella figura mítica, el Pibe, que el columnista de El Gráfico, Borrocotó, describía 50 años antes como la encarnación mítica del futbolista argentino. Diego Maradona, habiendo conquistado primero el fútbol doméstico, aunque había perdido la oportunidad de jugar en el Mundial del 78, haría su primera aparición en 1982 como el mejor futbolista del mundo. El fútbol de Argentina tenía todavía una aventura por delante, que duraría décadas.

Lejos, sin embargo, de este tipo de enfoques románticos y míticos, el absolutamente realista y tecnócrata Havelange imaginaba un torneo distinto del que había recibido de Stanley Rous. Los contratos televisivos eran ya competencia central de la FIFA, los patrocinadores atados al carro de la organización eran cada vez más y el fútbol debía conquistar nuevos mercados, incluso allí donde el juego de esta pelota era algo exótico y desconocido. La creación de una serie de nuevos Estados durante los años de la descolonización daba la oportunidad de crear en todas partes del mundo identidades nacionales futbolísticas que se expresarían y tendrían la posibilidad de irradiar en la deslumbrante competición de la FIFA. El primer paso en esa dirección fue el aumento del número de equipos participantes a 24: más equipos, más participación directa de millones de personas, más partidos, más dinero de contratos televisivos y patrocinadores. La Copa Mundial mercantilizada empezaba en los campos de un país que, incluso cuando ninguna innovación podía existir en su suelo, era pionero en el campo del desarrollo del deporte que era al mismo tiempo el favorito de los románticos y la herramienta de los tecnócratas cínicos en cada rincón de la Tierra.

Aunque el Mundial del 82 se había decidido que se hiciera en España 16 años antes, en 1966, el momento era ideal también para este país, ya que la caída de la dictadura franquista permitía crear una narración más, la del país que deja atrás su pasado de aislamiento y autoritarismo y se convierte también en parte de una gran comunidad internacional pacífica y liberal. Futbolísticamente, sin embargo, el Mundial de 1982 significó el inicio de una época en la que la disciplina futbolística dominaría sobre la creación, en otras palabras el nacimiento y la muerte de un juego.

La forma de disputa de la competición puso frente a frente en el 3.º grupo de la segunda fase de grupos a la campeona del mundo Argentina, con Maradona en su composición, Brasil e Italia. En los dos primeros partidos los argentinos sufrieron igual número de derrotas y los finalistas de 1970 se enfrentarían el 5 de julio en el Estadio Sarriá de Barcelona, en un partido de vida o muerte por la clasificación a las semifinales. La diferencia entre los dos equipos era similar a la de la final en México, 12 años antes. Italia era un equipo entregado a la evolución del sistema, fiel a la llamada zona mista (dentro de Italia) o gioco all’italiana internacionalmente. Esta táctica, que empezó con Gigi Radice y Giovanni Trapattoni, era en esencia un 4-4-2 asimétrico, con un fullback jugando más adelantado en una banda abierta, como añadido a 2 defensores centrales y un libero que era la línea estable de defensa, mientras que un rol similar más adelante en el campo lo tenía también el mediocampista opuesto que, jugando al lado del diez, el regista, enmarcaba las acciones en los costados del área rival. El enfoque táctico del fútbol italiano en la época del totaalvoetbal enfrenta históricamente la aversión de los amantes del juego ofensivo y creativo, quizás por alguna razón inexplicable y paradójica. La verdad es que la zona mista se apoya en los mismos principios de cobertura de los espacios, quizás sin el intercambio tan intenso de posiciones, ya que la manera en que cada jugador cubre el campo es distinta; sin embargo, fue la razón para que existieran generaciones de maravillosos diez en el fútbol italiano.

Brasil, por su parte, tenía talento de sobra en sus filas, ya que en aquel partido aparecieron sobre el césped del estadio catalán Sócrates, Éder, Falcão, Zico y Serginho. En pocas palabras, había un quinteto mediocampista-ofensivo, dentro del sistema 4-3-3, que cubría todos los requisitos para una victoria de superioridad estética, como en aquella final de 1970. Es verdad que eso no ocurrió, ya que Brasil de ninguna manera podía destrozar del mismo modo a aquella Italia, pero tampoco ocurrió lo contrario: el encuentro fue parejo, con los italianos poniéndose dos veces en ventaja y los brasileños igualando. Es muy interesante hacer una abstracción y pensar cómo se interpretaría hoy aquel partido si hubiese ganado Brasil; sin embargo, gracias al hat-trick de un Paolo Rossi en estado lunar, eso no ocurrió y así aquel encuentro quedó en la Historia del fútbol como el final de la creatividad inocente y el inicio de la época de la táctica cínica. Esta lectura es seguramente algo exagerada, como exagerados son todos los mitos que se construyen dentro de la Historia del fútbol, pero es un hecho que la percepción de Saldanha no era completamente equivocada antes del Mundial de 1970. Las condiciones de disputa de los partidos, la altitud, la temperatura, favorecieron a un lado en 1970 y al otro en 1982, con varios otros parámetros obviamente no siendo iguales a través del tiempo.

Italia pasó mucho más fácilmente de la semifinal, con Polonia como rival, ya que Rossi marcó dos veces más, pero la otra semifinal, entre Alemania Occidental y Francia, fue la que marcó la Historia. La dura falta del arquero Harald Schumacher sobre Patrick Battiston rompió dos dientes, tres costillas y dañó la columna vertebral del lateral derecho francés. La dureza de la jugada quedó en la Historia por el giro que tomaba el deporte en una época en la que coexistía el énfasis en la cobertura creativa de los espacios y también la intensificación paralela de la dureza del anti-fútbol. En la década del 80 parecía que el physical game había hecho una reaparición triunfal, casi un siglo después de su derrota histórica ante Blackburn Olympic en la final de la FA Cup de 1883. Alemania Occidental, jugando con un jugador de más durante unos 30 minutos en el tiempo reglamentario y durante todo el suplementario, logró no perder y finalmente, en una extenuante definición por penales, consiguió la clasificación para la gran final. En la final, sin embargo, los italianos fueron imparables y después de 44 años, representando a un país dentro del cual prevalecían ideas políticas muy diferentes, incluso si chocaban sin tregua con las de la vieja Italia en los años de plomo, ganó una Copa Mundial que no tenía el sello de un dictador, ni marchas militares y correspondientes formaciones militaristas en el campo de juego.

La Copa Mundial contaba ya con más de medio siglo de vida y la mayoría de las competiciones se habían hecho en países que querían probar algo con su organización, ya fuera en el momento en que se les adjudicaba la organización, ya fuera en el momento de su disputa. Con excepción de Suecia en 1958 y México en 1970, el Mundial había pasado por Uruguay, que quería brillar en el mundo, la Italia de Mussolini, la Francia de Rimet, el Brasil de Vargas, la Suiza de la FIFA, el Chile de Alessandri, que prefería enfrentar las destrucciones después del mayor terremoto de la Historia con un Mundial, la Inglaterra de Stanley Rous, la Alemania Occidental que volvía a entrar en la comunidad internacional, la Argentina de Videla, la España que abría sus puertas al mundo después de la época de Franco. Esta historia continuaría también en 1986, ya que una de las primeras movidas de Havelange, cuando fue elegido presidente de la FIFA, fue darle la responsabilidad de la organización a Colombia. Sin embargo, el aumento de equipos anunciado 4 años más tarde y las grandes dificultades económicas del Estado sudamericano condujeron a la retirada de esta obligación. Así, en un proceso de búsqueda de un nuevo país organizador, donde tenían derecho pocas naciones, sobre la base de criterios concretos, a reclamar la competición, aparecieron como candidatas Estados Unidos, Canadá y México. Por diversas razones poco claras y quizás incomprensibles —incluso irregularidades abiertas— México fue elegido para convertirse así en el primer país que organizaría una segunda Copa Mundial en su suelo. El legado de 1970 seguramente no entristecía a ningún amigo del fútbol, que quizás —si alguna vez se hiciera un referéndum para elegir un país que organizara permanentemente la Copa Mundial— fácilmente todos elegirían México. Allí donde brilló el equipo más resplandeciente en la Historia de la competición, algún destino divino tenía escrito que dejara para siempre su sello su figura más mítica.

En 1986, en Argentina, la situación política había cambiado, la junta militar había sido derrocada desde finales de 1983 y Raúl Alfonsín, figura histórica de la Unión Cívica Radical, había sido elegido presidente. La última vez que la Unión Cívica había asumido el gobierno, la Copa Mundial era una competición experimental y Borrocotó escribía en El Gráfico sobre aquella criatura mítica, el pibe, que simbolizaba la mitología del fútbol argentino de los potreros, el niño “con la cara sucia, con una melena que se rebela contra el peine … cuya actitud es característica, como si dribleara con una pelota hecha jirones”. Cuando Argentina estaba segura de que en sus filas tenía al mejor futbolista del planeta, el destino hizo que aquel se pareciera tanto a una descripción que había sido redactada 32 años antes de su nacimiento. En los campos de México debía cumplirse el misterio.

En la conducción técnica de la selección nacional estaba Carlos Bilardo, alumno de Osvaldo Zubeldía y gran figura del anti-fútbol, sucediendo a Menotti después del fracaso de 1982. Él mismo quizás aspiraba a convertirse en el entrenador que demostraría en la práctica que se puede ganar el Mundial jugando mal al fútbol, con el resultado como único objetivo. Pero los planes de Bilardo los arruinaba la presencia de Maradona, que no podría dejar de producir espectáculo incluso si decidiera solo caminar dentro del campo. Así, el técnico argentino se reconcilió con la idea de armar un equipo alrededor del diamante de la albiceleste. Tácticamente, cómo le salió el experimento con este peculiar 3-5-2, con Maradona jugando más atrás como segundo delantero, reflejando el rol del fantasista italiano, es digno de asombro. La verdad es que Maradona estaba en muchas más que una posición, aplicando en esencia, como hombre-orquesta, una versión particular del fútbol total, la del fútbol de Maradona. Entre los distintos legados que dejó Maradona en la cultura futbolística, este es quizás uno de los más importantes, ya que no existen ejemplos correspondientes de jugadores que actúen en la línea de ataque y esencialmente constituyan al mismo tiempo un playmaker, pero también cubran espacios muy “ajenos” a su posición. El hecho de que esto no se discuta tanto como el alcance social de su presencia futbolística tiene más que ver con que, por un lado, requiere un conocimiento más específico y una observación correspondiente del juego y, por otro, que su brillo total era capaz de cubrir los detalles únicos y separados de su talento.

Pasando la fase de grupos con victorias ante Corea del Sur y Bulgaria y un empate con la campeona del mundo Italia, Argentina se encontró en segunda ronda con Uruguay, por primera vez en una Copa Mundial desde 1930. Con un gol de Pasculli sacó el boleto para el partido que se jugó el día en que Dios bajó a la Tierra.

El 22 de junio de 1986 el sol quemaba sobre Ciudad de México, con el pronóstico dando posibilidades de lluvia por la tarde. La temperatura estaba en 22 grados Celsius y el estadio Azteca estaba repleto con 114.580 espectadores. Argentina enfrentaría a Inglaterra, por primera vez después de otro cuarto de final de Copa Mundial, aquel de 1966, que había sido marcado por una misteriosa designación de árbitro, la expulsión sin razón de Rattín, el juego muy duro que practicaron ambos equipos y el comportamiento agresivo de los espectadores ingleses y más generalmente de las delegaciones europeas hacia aquel equipo argentino. Pero era también el primer partido que encontraba a los dos equipos frente a frente después de la Guerra de Malvinas, que terminó de manera triunfal para el Gobierno de Margaret Thatcher, mientras que resultó ser un fiasco de la junta militar argentina.

Los dos países, sin embargo, no empezaron a tener diferencias futbolísticas en 1966. La rivalidad va mucho más atrás y constituye una cuestión de identidad nacional para los argentinos. Los ingleses fueron obviamente quienes introdujeron el juego en Argentina. El elemento británico fue el que desarrolló las instituciones del fútbol y un escocés, Alexander Watson Hutton, es considerado el “padre del fútbol” en Argentina. Pero la criollización del fútbol que ocurrió durante el siglo XX se combinó también con una necesidad de mostrar que en Argentina saben jugar mejor al fútbol que los ingleses, porque puede que el deporte se haya codificado en Gran Bretaña, pero el pueblo de la colonia sudamericana fue el que supo, como nadie, según el desarrollo ideológico de esta posición, hacerlo evolucionar. Por esta razón, incluso dentro de marcos estrictamente futbolísticos, esta rivalidad fue siempre particular.

Claro que, desde la época de aquel fútbol, de la nuestra y del pibe, el propio fútbol argentino había hecho un giro de 180 grados, teniendo ahora a la cabeza de su misión nacional, como entrenador, a Carlos Bilardo, continuador del fútbol duro y del anti-fútbol de Spinetto y Zubeldía. Ante aquel partido, sin embargo, poca importancia tenía cómo había evolucionado el deporte en el país; Inglaterra debía ser vencida a toda costa, por un lado porque obviamente era un obstáculo hacia la conquista de la cima y, por otro, porque debía existir una revancha moral por la guerra, por Rattín y por cualquier otra cosa que uno pudiera imaginar, como imaginamos todos cuando vemos partidos de fútbol.

Debido a sus colores, los dos equipos juegan cada vez con uno de ellos vistiendo su camiseta alternativa. En aquel partido Argentina debía jugar con las camisetas azules, que eran de algodón, y Bilardo consideró que eso sería una gran desventaja bajo el sol mexicano abrasador del mediodía. Por esta razón se le pidió a Le Coq Sportif, que era entonces el patrocinador de indumentaria de la selección nacional, que fabricara nuevas camisetas azules, especialmente para este partido. La empresa, teniendo apenas 3 días para resolver el problema, respondió negativamente. Así, Ruben Moschella, que era entonces miembro del cuerpo técnico, salió a caminar por el mercado de Ciudad de México para encontrar camisetas azules. Moschella encontró 2 camisetas distintas, las presentó al equipo y Maradona eligió una de ellas diciendo que “con esta le vamos a ganar a Inglaterra”. Entonces Moschella fue y compró 38 camisetas, fue a un sastre para hacer el emblema de la federación, usando un diseño más viejo y más simple, para pegarlo sobre las camisetas, mientras que con una calcomanía de calidad media se pusieron también los números, que provenían de diseños para equipos de fútbol americano (gridiron football). ¿Quién podría imaginar acaso que quizás la camiseta más emblemática en la historia del deporte se diseñaba y fabricaba en aquel momento bajo esas condiciones?

En el minuto 51 del encuentro Maradona tenía la pelota en el centro y hacia la izquierda, como manifestaba sus ataques Argentina. Dio un mal pase a Valdano, que estaba en la esquina derecha del área grande, con el centrodelantero argentino sin poder controlar la pelota, sino apenas tirarla detrás de su espalda hacia el centro del área inglesa. Maradona, continuando su carrera, estaba en una trayectoria de cruce con la pelota, que describía una curva en el área de Shilton. Pero desde el lado opuesto a la trayectoria de la pelota corría también el arquero inglés. En el punto de intersección de las trayectorias de los tres, de la pelota que caía y de Shilton con Maradona que se acercaban a ella, Maradona fue el primero en entrar en contacto con la pelota. Unas fracciones de segundo después la pelota estaba en la red de Shilton. Maradona logró vencer en el aire al arquero inglés 20 centímetros más alto. Con la extensión de su puño izquierdo encontró la pelota y la mandó a la red. El árbitro tunecino Ali Bin Nasser señalaba el centro, el juez de línea estaba de acuerdo con él, Maradona corría hacia la tribuna levantando el puño izquierdo que había marcado. Era la apoteosis del fútbol del propósito, de la ideología de Zubeldía, que se había convertido en la escuela nacional del fútbol argentino. Argentina estaba arriba en el marcador y sostenía la ventaja para una clasificación histórica.

Los ingleses protestaban en vano ante el árbitro, Maradona seguía levantando su puño izquierdo. En su autobiografía decía que en aquel momento sentía que “metía la mano en la caja fuerte de Inglaterra”. Cuando le preguntaron después del partido si había sido mano, respondió que era “la mano de Dios”, dejando una frase que lo acompañaría para siempre, “La Mano De Dios”, así como un apodo que sin grandes dudas le otorgaron los fieles del fútbol en todas partes. Maradona entró aquel día al campo como mortal y se fue como dios. Y si la mano por sí sola no alcanzaba para adquirir ese derecho, su siguiente hazaña fue el pasaporte a los Campos Elíseos.

4 minutos más tarde, sin embargo, Maradona dejó otra marca en la Historia, sin dejarle a nadie margen para cuestionar aquella victoria y la superioridad suya y de Argentina en aquel partido. El relato del comentarista uruguayo Víctor Hugo Morales ha quedado en la historia y aquel gol, “el gol del siglo” como fue caracterizado, no puede y quizás no debe nunca describirse con otras palabras: “La va a tocar para Diego, ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona. Arranca por la derecha el genio del fútbol mundial, deja atrás a los rivales y podrá tocar para Burruchaga… ¡Siempre Maradona! ¡Genio! ¡Genio! ¡Genio! Ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta… Goooooooooooooool… Gooooool… ¡Quiero llorar! ¡Dios mío, viva el fútbol! ¡Qué golazo! ¡Diegoooool! ¡Maradona! Es para llorar, perdónenme… Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos… Barrilete cósmico… ¿De qué planeta viniste para dejar atrás a tantos ingleses, para que todo el país grite con el puño por Argentina? Argentina 2 – Inglaterra 0. Diegoooool, Diegoooool, Diego Armando Maradona… Te damos gracias, Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2 – Inglaterra 0.”

Maradona había hecho lo increíble. Había tomado la pelota desde el centro del campo y dejaba atrás a cada inglés que encontraba, para pisar el área, comerse una patada épica y al mismo tiempo definir ante Shilton, escribiendo el 2-0. Era el gol del siglo, como fue votado muchos años más tarde, sin ninguna duda. Pero era también mucho más para Argentina. Si el primer gol fue la apoteosis del anti-fútbol y del fútbol del propósito, aquel segundo gol fue la encarnación absoluta de la belleza de la nuestra, del argentino virtuoso que pasa a los ingleses como si estuvieran parados, cuya condición física no alcanza para enfrentarse a este genio futbolístico. Era la encarnación de aquel niño, el pibe, que exactamente como lo había descrito Borocotó en 1928, se encontraba 58 años después sobre el césped del Azteca. ¿Cómo iba a saber el jefe de redacción de El Gráfico que aquello que describía entonces era la representación fiel de un momento del futuro? Maradona no era solo Dios, era algo mucho más para Argentina, era el pibe de oro, el niño de oro, el pibe hecho de oro. Era la recompensa de la Historia a toda una ideología futbolística. No podría existir una victoria mayor para el fútbol argentino que este gol. El hecho de que haya entrado contra Inglaterra es quizás solo el complemento necesario que necesitaba una historia perfecta.

En la semifinal Maradona repitió sus hazañas, marcando 2 goles contra Bélgica y en la final, donde Alemania Occidental se encontraba por 3.ª vez en 4 competiciones, las cosas parecían fáciles para Argentina hasta el último cuarto de hora del partido, cuando Rummenigge y Völler lograron igualar. En un partido que podría recordar mucho a la final de 2022, Maradona no permitió que se produjera el mismo desarrollo: con un pase de inspiración inasible a Burruchaga, que bajaba hacia el arco de Schumacher junto con Valdano, dio un gol casi hecho, para que unos minutos más tarde recibiera de Miguel de la Madrid la Copa de la FIFA y la levantara bajo el sol mexicano abrasador del Azteca, componiendo la más sagrada hagiografía de la Historia futbolística.

Hoy, 40 años después de aquella epopeya del Mundial de México, la distancia histórica demuestra que nunca ningún futbolista se acercó a la hazaña de Maradona, la de hacer de una competición de la Copa Mundial un asunto propio, que esta sea mencionada solo junto con su firma, como si fuera el director y el protagonista del juego mundial. Muchos pueden afirmar que hubo mejores futbolistas, antes o después de Maradona. Sobre la base de datos estrictamente medibles, de hecho, ese argumento tiene fundamento. Pero nadie pudo, nunca, jamás, superar su aura; por esta razón nunca nadie podrá superar su dimensión mítica, que cuanto más pasa la Historia más crece y encuentra continuamente motivos para renovarse, especialmente después de su muerte. Es difícil decir qué habría sido Maradona sin el Mundial de 1986, pero la historia material está dada y, tal como se formó, no podría sino constituir la fuente de la relación metafísica más profunda en la Historia del deporte, la de un futbolista con su patria, los hinchas y las sociedades de todo el mundo, donde permanece por los siglos de los siglos la figura del héroe popular.

Incluso la siguiente Copa Mundial, que se disputó en 1990 en los campos de Italia, podría haber llevado su firma. Seguramente habría sido una conquista distinta, en un rol a contrapelo, en un escenario diferente. En el Mundial en el que quizás se jugó el peor fútbol en la Historia de la institución, con la mayoría de los partidos decisivos, entre ellos la final, definiéndose por penales, Maradona tenía que llegar a aquel partido legendario contra la organizadora Italia, dentro del templo donde fue adorado, el San Paolo de Napoli, que hoy lleva su nombre. En un proceso que empezó muchos días antes del encuentro de los dos equipos por las semifinales de la competición y despertó las profundas heridas de la cuestión del mezzogiorno, en palabras simples la contradicción en el desarrollo del Norte y del Sur de Italia y el trato racista hacia los pobres italianos del sur, que por ninguna coincidencia son los antepasados biológicos de la mayoría de los argentinos, Maradona volvió a jugar el rol de protagonista de un drama histórico, mucho más que el del mejor futbolista del mundo. Los silbidos en la final de Roma, donde los italianos capitalinos apoyaban a Alemania Occidental, en un marco histórico extremadamente problemático, quedaron también en la Historia, junto a su propia presencia personal, como uno de los acontecimientos más simbólicos de las Copas Mundiales.

La política, que tanto ama instrumentalizar el fútbol, tenía una razón más para hacer su entrada enfática en el Mundial de 1990. El 8 de julio de 1990, el día en que se disputaba en el Olimpico la final de la competición, no había pasado ni un año desde el día en que, dentro de un clima más general de contrarrevolución y restauraciones capitalistas, el Muro de Berlín, aquel que había sido construido en el centro de la capital de Alemania Oriental después de la proclamación de los sectores que controlaban Estados Unidos, Reino Unido y Francia como un Estado unificado, había empezado a derrumbarse y la República Democrática Alemana empezaba poco a poco a ser absorbida por el Estado occidental de la República Federal. Una semana antes del partido de la final se había producido la unión monetaria, todo indicaba que aquella final era el último partido de la llamada Alemania Occidental, ya que muy pronto la Bundesrepublik sería la única que llevaría el nombre del país. La disolución del Estado de la República Popular fue llamada eufemísticamente unificación, en quizás la terminología ideológica propagandística más imprudente, que ignoraba los términos con los que terminó la guerra más mortífera de la Historia humana. El equipo de Alemania Occidental, que por lo demás constituía una escuela futbolística exquisita con jugadores que dejaron historia, no por casualidad, sino como resultado de un largo desarrollo industrial de posguerra, convenía que ganara aquel partido para que se completara también esta narración con el fútbol como vehículo. El penal discutido que cobró Edgardo Codesal y ejecutó Andreas Brehme en el minuto 85 fue capaz de crear esta Historia. No es casual, sin embargo, que ningún pibe en el mundo se haya enamorado del fútbol después de aquel partido.

Si había un equipo que, dentro del pesimismo por el futuro del fútbol, hacía nacer la esperanza para el deporte mundial, venía de allí donde nadie hasta entonces había aprendido a calcular. Desde finales de la década de 1950 y de manera mucho más masiva durante la década de 1960, el África subsahariana empezó a adquirir su independencia. Primer país que abrió el camino, la Costa de Oro, rebautizada Ghana, guiada por su histórico Presidente y líder nacional Kwame Nkrumah, que había ganado las elecciones de 1956, fue seguida por Guinea, Camerún, Togo, Malí, Madagascar, la República Popular del Congo del héroe Patrice Lumumba, Somalia, los territorios de Dahomey y muchos países más. El primer país del África subsahariana que participó en una Copa Mundial fue el antiguo Congo Belga, rebautizado Zaire, en 1974. En una presencia que de ninguna manera podía caracterizarse como exitosa, Zaire perdió los tres partidos de su grupo, incluso cayendo 9-0 ante Yugoslavia, en un partido en el que Dušan Bajević hizo un hat trick. El siguiente país subsahariano que estaría en la gran competición fue Camerún, que debutó en los campos de España en 1982, cuando ya existía también un segundo boleto africano debido al aumento de participantes. Aquel año Camerún logró irse invicto, consiguiendo tres empates, uno de ellos ante la posterior campeona Italia.

En 1990 Camerún volvió al Mundial y jugaba incluso en el partido inaugural contra la Campeona del Mundo Argentina. En un partido que muchos recordarían por la dureza del juego de los cameruneses, François Omam-Biyik y el equipo del soviético Valery Nepomnyashchy escribieron la Historia de otro modo. El delantero de 24 años mandó la pelota a encontrarse con la red de Nery Pumpido en el minuto 67 y “los leones indomables” lograron una de las mayores sorpresas en la Historia del Mundial. Pero esto era solo el principio de su epopeya. En el siguiente partido ganaron 2-1 a Rumania y aunque fueron derrotados 4-0 en el último partido de la Unión Soviética en una Copa Mundial, se clasificaron desde el primer lugar de su grupo a la fase de knock-outs. Allí se encontraron con Colombia y, después de un empate blanco en el tiempo reglamentario, dos goles del Roger Milla de 38 años fueron suficientes para darles la clasificación a los cuartos de final. El baile de Milla después de aquellos goles quedó como una de las fotografías que marcan el juego de los hombres en su momento más grande: fue la razón para que los pibes de cada potrero subsahariano quisieran patear una pelota. Con este enfoque, seguramente mucho más importante que el gol de Brehme en la final. Camerún estuvo muy cerca de eliminar a la madre del deporte, en una victoria que habría superado las magnitudes perceptibles de un éxito histórico. Hasta el minuto 83 iba ganando en el cuarto de final contra Inglaterra, pero dos penales ejecutados por Lineker llevaron al empate y finalmente a la victoria de Inglaterra en tiempo suplementario, poniendo fin a esta trayectoria mítica, épica, de cuento, inspirada. Camerún en 1990 puso la vara para los equipos africanos que querían superar este éxito. Algunos lo repitieron y quizás estuvieron muy cerca de superarlo durante 32 años. Senegal en 2002, Ghana en 2010, hasta que finalmente lo consiguió Marruecos en 2022.

El fútbol bajo Havelange no podía no convertirse en auxiliar de los grandes simbolismos políticos. Aunque la organización de 1986 no fue entregada a Estados Unidos también por los temblores que existían sobre el tratamiento del fútbol en los Juegos Olímpicos de Los Angeles, la FIFA decidía el lugar de disputa del Mundial de 1994 en 1988 en Zúrich, con Estados Unidos, Brasil y Marruecos habiendo presentado candidaturas. Por pura casualidad, aquella votación se celebraba el 4 de julio. Desde la primera vuelta la candidatura estadounidense reunió los votos necesarios para que el Mundial viajara, por primera vez, a un país donde el fútbol no era el deporte más popular, mientras que en el momento de la votación ni siquiera existía un campeonato profesional, ignorando en esencia los propios fundamentos de fundación y existencia de la FIFA.

Estados Unidos, pese a su distancia respecto de la cultura futbolística, quería y siempre quiere organizar competiciones futbolísticas, ya que, independientemente del alcance del deporte en un índice televisivo nacional, su influencia sobre las masas y sobre todo sobre los inmigrantes que constituyen una parte enorme de la población de la Superpotencia es indiscutible. Por esta razón es característico que al frente del primer intento de asumir la organización, para el Mundial de 1986, estuviera el propio secretario del State Department, Henry Kissinger. Pero 1994 era un momento todavía mejor para Estados Unidos. La llamada “guerra fría” había terminado, el poder socialista en los países de Europa Oriental había sido derrocado y la Unión Soviética ya no existía. La promesa de un nuevo mundo de desarrollo capitalista perpetuo y pacífico pasaba por la organización de la mayor fiesta futbolística. De esta fiesta futbolística, sin embargo, había sido excluida Yugoslavia, que se desmembraba en los Balcanes con la contribución de los tanques de sus organizadores.

En una de las ceremonias de apertura más antifutbolísticas en Chicago, con Diana Ross fallando enfáticamente una ejecución de penal que rompería un arco en dos, los simbolismos de la distancia de Estados Unidos respecto del juego futbolístico se construían de manera natural y espontánea. En el partido que siguió, la campeona del mundo había sido rebautizada Alemania y enfrentaba a Bolivia. El jugador quizás más importante en el campo, no según criterios futbolísticos, era Matthias Sammer, el alemán oriental de 27 años que, jugando en la Dynamo Dresde hasta 1990, ganó el último double de Alemania Oriental antes de ser transferido al VfB Stuttgart para convertirse oficialmente en futbolista profesional, ya que hasta entonces era empleado de la Volkspolizei. En la parte puramente deportiva, Jürgen Klinsmann fue quien en el minuto 61 marcó el único gol de un encuentro que deshidrataba a los futbolistas, como ocurría 8 años antes en México, para que sus hazañas pudiera seguirlas el público en Europa.

El drama de 1994 se divide seguramente en dos partes. La primera se desarrolló durante la fase de grupos y fue una historia trágica. La segunda ocurrió en la fase final y fue un capítulo más de la gran narración histórica futbolística. La primera parte concernía a Argentina y Colombia, la segunda a Brasil e Italia.

El 21 de junio la selección nacional de Argentina, bajo la conducción técnica de Alfio Basile, vuelve a la Copa Mundial. En sus filas Diego Maradona, que ha renacido después de la prohibición de 15 meses que se le impuso por uso de drogas. Maradona ha trabajado terriblemente, sin embargo, para su regreso a la máxima competición y se lo ve en excelente forma. Primer rival, un equipo que fue a los campos estadounidenses con la definición de organización antifutbolística, glorificando sin embargo más que cualquier otra cosa el espíritu del alcance político del Mundial: Grecia. El gran protagonista en el marcador fue el joven bombardero de las redes, Gabriel Omar Batistuta, pero Maradona en este partido marca su último gol en un Mundial. En el minuto 60 encontró la pelota servida un poco afuera del área grande, aproximadamente en el borde del semicírculo y hacia la izquierda. Desde allí, con un remate como un rayo, mandó la pelota al ángulo de Minou para celebrar desaforadamente. Corriendo hacia la cámara que estaba al lado de la línea lateral izquierda del campo, golpeó contra ella su cabeza, lanzando un escupitajo que muchos (o todos) entendieron que iba hacia la FIFA y todo un sistema que en los años anteriores había estado contra él.

En el segundo partido, contra Nigeria, Caniggia marcó dos veces para llevarse la victoria por 2-1. Al final del encuentro, una enfermera fue a buscar a Maradona al campo de juego para la realización del control anti-doping. Feliz quizás como nunca, Diego tomó a la enfermera de la mano y caminaba con ella hacia la salida, saludando a la gente con una sonrisa. Pocos días después se supo que aquel test dio positivo en 5 sustancias prohibidas sobre la base de la efedrina. Maradona estaba fuera del Mundial, excluido una vez más por uso de sustancias prohibidas, esta vez no por drogas, sino por doping. Diego declaró incontables veces en los años que siguieron que nunca había tomado ninguna sustancia, que el test estaba armado, que era una pieza más del ataque que le hacía el propio establishment. Maradona puede no haber tomado nunca esas sustancias, al menos por su voluntad; sin embargo, qué ocurrió exactamente quizás permanezca como un misterio en la historia. Si de todos modos llega a producirse su rehabilitación histórica con pruebas en esta cuestión concreta, entonces se tratará quizás del mayor escándalo en la historia del fútbol, mundialmente. Y la vara del primer lugar está bastante alta en esta categoría.

Argentina después de este hecho se derrumbó, con dos derrotas en igual número de partidos ante las sorprendentes representantes de los Balcanes en la competición, Bulgaria en el Grupo y Rumania en la segunda ronda; despidió sin gloria la competición, iniciando un largo camino de reagrupamiento y de intento de encontrar al sucesor de la encarnación del pibe.

Al día siguiente del primer partido de Argentina, la Colombia de Carlos Valderrama jugaba el segundo partido de su grupo contra Estados Unidos. Habiendo sido ya derrotados en el debut por Rumania, en un partido en el que Hagi marcó uno de los goles más hermosos en la Historia de la competición, los cafeteros tenían que, a toda costa, no perder, para tener esperanzas de clasificación, aunque fuera como terceros del grupo. Sin embargo, en el minuto 35 del encuentro Andrés Escobar vio que la suerte le daba la espalda y marcó un gol en contra, dando una ventaja a los estadounidenses que lograron ampliar y finalmente mantener hasta el final del encuentro. En combinación con el resultado del partido de Rumania con Suiza, esto significaba que Colombia estaba fuera de la competición.

La delegación de Colombia volvió a casa, a un país que gestaba esperanzas de una gran distinción, incluso del título mundial, un lugar donde se habían jugado incontables cantidades de dinero en apuestas ilegales y grandes acuerdos del submundo empresarial estaban conectados con el recorrido de la selección nacional en el Mundial. El 2 de julio, en un restaurante de Medellín, algunos acusaron a Escobar de la eliminación, a causa de ese gol en contra. El malentendido se convirtió en pelea y pocos instantes después Humberto Muñoz, guardaespaldas y chofer de los hermanos Gallón Henao, ganaderos y narcotraficantes, disparó seis veces con un revólver contra el defensor central colombiano.

Dentro de la extrema mercantilización del fútbol, que había llevado a una cima el sueño de Havelange, no fueron sin embargo pocos los equipos que produjeron fútbol bello e hicieron trayectorias históricas. La sorprendente Rumania de Hagi, de los Petrescu, de Răducioiu, de Lupescu y de Belodedici, jugadores con enormes experiencias en los campos europeos, llegó a los cuartos de final, donde conoció la eliminación por penales ante otra generación sorprendente, la Suecia de Brolin, de Larsson, de Nilsson, de Andersson y del inolvidable arquero Ravelli. Bulgaria, con capitán emblemático a Hristo Stoichkov y como apoyos a Letchkov, Emil Kostadinov así como la figura de culto de Trifon Ivanov, eliminó en los cuartos de final a la Campeona del Mundo, Alemania. La Nigeria de Yekini por un pelo no logró repetir la epopeya de Camerún, mientras que Arabia Saudita, en su primera participación, se clasificó desde un grupo en el que jugaban también Países Bajos, Bélgica y Marruecos, perdiendo 2-1 con los neerlandeses y ganando los otros dos partidos, con Saeed Al-Owairan marcando el gol más hermoso de la competición en el partido contra Bélgica.

Pero la gran batalla futbolística fue aquella entre las dos finalistas, Brasil e Italia. Ambas llegaban, después de todo, a los campos estadounidenses con tres conquistas de la Copa Mundial en su Historia y la que ganara se convertiría de facto en la gran potencia histórica del deporte. Italia era guiada por una de las mayores mentes futbolísticas del siglo XX, un verdadero ideólogo del fútbol que, dentro de una época en la que todo era el resultado, sostenía que muchos pueden ganar un título, pero el mundo siempre recordará a los equipos que ganaron jugando fútbol bello. Arrigo Sacchi era la encarnación de esta opinión suya. Los títulos que ganó con Milan son comparativamente menos que los de otros entrenadores legendarios, pero el equipo que construyó y con el que ganó la Copa de Campeones en 1989 y 1990 pasó a la Historia como uno de esos que jugaron, a través del tiempo, el mejor fútbol. En Milan puede haberse apoyado en una tríada neerlandesa hipertalentosa, Frank Rijkaard, Marco van Basten y Ruud Gullit, poniendo en contacto las ideas del fútbol neerlandés con una evolución de la zona mista, pero también en la selección italiana de 1994 tenía otros protagonistas para trazar sus planes. El principal de ellos era la encarnación del fantasista ofensivo, una verdadera leyenda de los campos italianos, que seguramente podría haber ofrecido más también a la selección nacional. Roberto Baggio, que había hecho su primera aparición en un Mundial en 1990, era el diez necesario que Italia necesitaba para disputar una gran competición, continuando una gran tradición italiana en esa posición concreta.

Por el otro lado, Brasil, después de años de vuelos bajos y de la dificultad de gestionar la crisis de identidad que trajo el resultado de 1982, tenía sí un equipo hipertalentoso —como casi siempre— pero mucho más eficaz y realista, con bastante dosis de inspiración y, por supuesto, un futbolista que simbolizaba la vieja malandragem, que se negaba a encajar en los nuevos marcos profesionales, el orquestador de su ataque, Romário. Ninguno de los dos equipos llegó fácilmente a la Final, en una de las competiciones quizás más parejas de la Historia, sin favoritos claros.

Italia empezó con derrota ante Irlanda, le ganó 1-0 a Noruega y empató con un hermosísimo equipo mexicano para pasar literalmente en el hilo a la siguiente fase, literalmente última y empapada de sudor, como el 4.º mejor equipo que terminó 3.º en su grupo. En la segunda ronda perdía el encuentro con Nigeria, gracias a un gol de Amunike, hasta el minuto 88, cuando Roberto Baggio entró en acción y con dos goles, uno en el tiempo suplementario, le dio la clasificación. En los cuartos de final, en uno de los partidos más interesantes de la competición, logró doblegar la resistencia de España otra vez en el minuto 88, con dos goles que marcaron Dino y Roberto Baggio, mientras que en las semifinales Roberto Baggio fue de nuevo el hombre que salvó la situación, marcando 2 goles contra Bulgaria.

Brasil, en un grupo relativamente fácil, tuvo pérdidas solo en el partido con la maravillosa Suecia, ganando a Rusia y Camerún; en la 2.ª ronda pasó con el flaco 1-0 a los anfitriones estadounidenses, mientras que en los cuartos de final eliminó a Países Bajos en un partido verdaderamente hermoso, dejando en la Historia también uno de los festejos más memorables en el gol de Bebeto, dedicado a su mujer embarazada. En la semifinal necesitó 80 minutos para encontrar el camino hacia el gol contra Suecia, que llegó con un cabezazo de Romário, para encontrarse en la gran final del Rose Bowl de Pasadena.

Aunque los dos equipos cargaban talento inagotable, la final fue una representación del nuevo fútbol mercantilizado, que había olvidado su identidad y las razones por las que conmueve al planeta en algún punto del camino. Dos equipos que aparecieron con un enfoque de defensa zonal, pressing asfixiante, desplazamiento colectivo de las líneas y compresión del espacio, en formación 4-4-2, para cubrir toda posibilidad de pasillos abiertos en el campo. Era la encarnación del fútbol que conocieron generaciones de personas, para después reencontrar el sentido en la revolución futbolística que sucedería más tarde. El marcador reflejaba el espectáculo: empate blanco en tiempo reglamentario y suplementario, con momento quizás más histórico la entrada de Cafú en el minuto 21, que reemplazó a Jorginho jugando en la primera de sus tres finales consecutivas. Después de la ejecución de los primeros dos penales el marcador seguía 0-0, mientras que finalmente la dupla ofensiva de Italia juzgó su destino, con Massaro sin vencer a Taffarel y en el penal más decisivo Roberto Baggio mandando la pelota por encima del travesaño, para darle la Copa Mundial a Brasil y escribir el guion de una publicidad de whisky.

En las tribunas del Rose Bowl Pelé celebraba, el Vicepresidente Al Gore entregaba el trofeo de la FIFA a Dunga, Romário era el gran protagonista de aquella generación brasileña y en algún lugar de los festejos participaba, con el número 20 en su camiseta, un jugador de 17 años de Cruzeiro que hasta entonces contaba 3 presencias con la Seleção, Ronaldo Luís Nazario de Lima. Casi nadie podría haber apostado que el joven futbolista que aquel verano cruzaría un océano pondría en una altura inédita la vara de los logros del futbolista moderno, dando nacimiento a la era de las super stars modernas.

La Copa Mundial de 1994 fue organizada por Estados Unidos para simbolizar el comienzo de un nuevo mundo. Sin embargo, su consideración hoy, 32 años más tarde, le da más bien exactamente la identidad opuesta: fue el final de otro mundo. El fútbol entonces empezaría a convertirse en una empresa global verdaderamente organizada, no simplemente como el producto que venden al planeta algunos grupos, como el de Havelange y Dassler, sino como el campo en el que tienen razón para actuar quienes buscan la influencia política en cada rincón de la Tierra, con una organización plenamente profesional de los grandes clubes y campeonatos, que lo transformó de producto en industria. Más allá de la lectura tecnocrática, sin embargo, el Mundial de 1994 fue el último de la época de los experimentos espontáneos en la táctica y la percepción, el último de un recorrido que empezó en 1974, cuando quedaba atrás el romanticismo del juego bello y el deporte buscaba una nueva identidad glorificando el resultado. Fue también el último de una serie de competiciones en las que el lugar central no lo tenía necesariamente el fútbol. Después de esto empezaría la verdadera época del fútbol. Entre otras cosas, fue el último Mundial que Havelange siguió como presidente de la FIFA.

La época del fútbol

El 2 de julio de 1992, en el congreso de la FIFA celebrado en Zúrich, se decidió que la organización de la Copa Mundial de 1998 fuera asignada a Francia. Así, la patria de Jules Rimet se convertiría en el segundo país que organizaría por segunda vez un Mundial, después del ya lejano 1938. En Francia el fútbol fue celebrado por primera vez verdaderamente como parte de la cultura humana. El 12 de diciembre de 1995, el sorteo de las eliminatorias tuvo lugar en el Louvre; la pelota de la competición, con el nombre tricolore, fue la primera en color, ya emblemática porque mantenía el motivo de veinte años del tango, quizás el segundo más habitual para una pelota de fútbol después del estereotípicamente clásico de la telstar, mientras que aún más equipos de todas las Confederaciones tomarían parte, con el aumento de los participantes a 32.

Unos meses antes del sorteo que tuvo lugar en el Louvre, sin embargo, en el festival de cine de Cannes, se proyecta el 27 de mayo de 1995 la película La Haine (El odio), una obra maestra en blanco y negro de 98 minutos de Mathieu Kassovitz que es recibida con una standing ovation en la sala del festival y provoca shock, ya que presenta con colores verdaderos la sociedad francesa de una manera realista que nadie se había atrevido hasta entonces. La Haine escribe su propia historia en el cine francés y en la historia francesa contemporánea porque rompe la narración estereotípica del país europeo occidental, presenta el corazón de Europa después de los siglos del colonialismo, de la sangría de los países en otros continentes y de la creación de una nueva cultura polisémica que existe, vive, se desarrolla, pero para la Historia oficial sigue estando en el margen. Cuando la FIFA elegía a Francia como país organizador del Mundial de 1998, la obra maestra de Kassovitz quizás ni siquiera existía como idea, mientras que seguramente su contenido no constituiría en ningún caso uno de los simbolismos elegidos para su preciosa competición. El fútbol, sin embargo, ganaría a la FIFA y a sus simbolismos políticos, colocando en su lugar su propia verdad sin fingimiento.

La Francia de la década del 90, Estado que se encontraba en el centro de la integración europea, había empezado a engendrar en su sociedad las contradicciones de las décadas siguientes. Pero también se había visto a sí misma en el espejo: ya no era un país solo de intelectuales y obreros blancos, entregados ya fuera a los viejos principios republicanos, ya a una disciplina gaullista liberal. París tenía una población de dos millones en su centro y alrededor de cinco veces esa población en sus suburbios. Allí latía el corazón de la Francia real, desde allí latió también su corazón en el Mundial, dentro y fuera del campo. Era la Francia de los negros, los blancos y los árabes, el país “black-blanc-beur” y como tal aparecía en el Mundial que se jugaba en su casa, con su equipo “black-blanc-beur”. El nuevo gran edificio de la Copa Mundial se encontraba también dentro del corazón de esta clase obrera francesa multirracial. En el suburbio más duro de la capital, Saint-Denis, se levantó el Stade de France de 80 mil localidades, cuyo diseño, con su techo casi suspendido, parece innovador hasta hoy.

La Francia que había estado ausente de las competiciones de 1990 y 1994, habiendo sufrido una eliminación traumática por el gol de Emil Kostadinov, volvía después de 12 años al Mundial, no simplemente como anfitriona, sino como protagonista. Desde aquel primer partido en el Vélodrome de Marsella mostraba que aquel Mundial había sido hecho para contar su propio cuento futbolístico y social. Partícipe de este esfuerzo fue también el comité organizador, que se ocupó —según una declaración posterior de Platini— de encontrarse con la Campeona del Mundo Brasil solo en la final.

Futbolísticamente el equipo de Francia parece hipercompleto. En el arco, un arquero peculiar, bastante bajo para los estándares modernos del puesto, con acento íntegro del sudoeste, Fabien Barthez, muestra que no existen estereotipos para ningún puesto, incluso en el nivel más alto. La defensa recuerda a una fábrica: Thuram, Blanc, Desailly y Lizarazu, provincianos y descendientes de inmigrantes, componen una línea de acero que recibe apenas 2 goles en toda la competición. Delante de ellos Didier Deschamps es el jugador neurálgico que conecta la función defensiva con la creación, teniendo más adelantados a ambos lados a Karembeu y Petit. En la cima del rombo, con innumerable espacio alrededor suyo y enormes libertades en el campo, se encuentra la encarnación de un pibe diferente: el hijo de los inmigrantes argelinos que se instalaron en las cités de Marsella, que jugaba al fútbol en las canteras detrás de las viviendas obreras de hormigón, que incluso como profesional en Torino salía a las calles por la noche con Edgar Davids para encontrar la alegría del juego en los partidos nocturnos espontáneos de los inmigrantes, una de las mayores figuras que ha engendrado el fútbol mundial, Zinedine Zidane, con un nombre que recuerda a la gran leyenda de la selección de Argelia que había jugado 12 años antes en México. Arriba, dupla ofensiva Djorkaeff y alguno entre Henry, Guivarc’h o Dugarry.

Más allá del talento individual, sin embargo, el equipo dirigido por Aimé Jacquet hizo quizás en silencio uno de los pasos más simbólicos en la historia de la táctica futbolística. Como Djorkaeff suele jugar un poco más atrás que el center forward central, rodeando esencialmente a Zidane, el verdadero sistema de Francia es un 4-3-2-1. El fútbol, que desde la década de 1870 empezó con la llamada “pirámide”, el sistema 2-3-5, poco antes de la primera época del profesionalismo británico, había dado vuelta el sistema, inspirando así a Jonathan Wilson a nombrar de este modo su opus magnum, la biblia de la táctica futbolística. Con todos estos elementos reunidos, el reflejo de la composición social en la época de su reformulación oficial, el talento futbolístico espontáneo, la táctica inspirada y el hecho de que jugaba en su casa, Francia no parecía solo una gran favorita para ganar la competición, sino también para realizar una epopeya histórica.

Frente a ella, la rival más fuerte parece la Campeona del Mundo, Brasil, que en sus filas tiene a un futbolista cuyas hazañas no se parecían a nada que el mundo hubiera visto hasta entonces. Con la naturaleza como aliada, que le ofreció un cuerpo que parecía biónico, capaz de volar incluso en el campo de juego más pesado, con una velocidad impresionante en las piernas y en la mente, Ronaldo no fue llamado fenômeno por casualidad. La temporada que hizo en 1996-97 con Barcelona y que terminó en la conquista de la Recopa de Europa fue inconcebible, para repetirse con otra gran temporada en Inter, haciendo milagros en la final de la Copa UEFA contra Lazio. Entre otras cosas, Ronaldo tenía sus propios botines con la firma de la estadounidense Nike, que había entrado fuerte en el mercado futbolístico reclamando una parte a Adidas, que tenía contrato permanente con Havelange, mientras que también era el rostro de una campaña publicitaria inolvidable de Pirelli. Fue la primera super star verdaderamente moderna, el futbolista que es a la vez rostro comercial y producto comercial. Lo seguro era que muchos pibes querían jugar al fútbol porque existía Ronaldo.

Brasil tenía talento ofensivo sin fondo, teniendo todavía en su composición a Rivaldo, Bebeto, Leonardo, mientras que su líder era el capitán de 1994, Dunga. A su función ofensiva contribuían también sus dos laterales, Roberto Carlos y Cafú. Sin embargo, su funcionamiento defensivo general no parecía en ningún caso tan de acero como el francés correspondiente. Brasil ganó con dificultad en el debut a Escocia por 2-1, tuvo una tarea fácil ante Marruecos, al que venció 3-0, mientras que en el último partido del grupo fue derrotada por Noruega. En la fase de 16, en un recital ofensivo, ganó 4-1 a Chile, mientras que en los cuartos de final sufrió mucho para remontar el 0-2 en contra y ganarle 3-2 a Dinamarca. En las semifinales, finalmente, necesitó llegar a los penales para eliminar a Países Bajos, una generación impresionante, el último equipo compacto que engendró la gran escuela del Ajax.

Francia, por el contrario, dispersó en el debut a la recién llegada Sudáfrica por 3-0, que participaba por primera vez en el Mundial ya que había terminado el régimen del Apartheid, mientras que con un marcador mayor, 4-0, ganó a Arabia Saudita, que había causado una sensación positiva en los campos de Estados Unidos. El primer gran test ante la generación dorada de Dinamarca fue también victorioso, por 2-1. En la fase de 16 necesitó un “gol de oro” de Djorkaeff en el tiempo suplementario para doblegar la resistencia de Paraguay, mientras que en los cuartos de final continuó siendo el mal demonio de los italianos, eliminándolos por penales después de un empate blanco. En la semifinal, sin embargo, la rival era una nueva escuela futbolística, que nadie esperaba —probablemente mal— porque existían todas las condiciones que le permitían esperar una distinción.

La disolución de la Yugoslavia unida en los Balcanes significaba, a mediados de la década de 1990, también la disolución de una enorme escuela futbolística, conectada con las ideas que evolucionaron en Europa Oriental y parte, aunque periférica, de las grandes redes futbolísticas desde principios de siglo. Y si la tradición deportiva del gran país federal de los eslavos la heredó en muchos deportes la posterior Yugoslavia y Serbia, en 1998 Croacia mostró que era la heredera de la tradición futbolística. La primera aparición de la selección nacional en la Euro de 1996, en los campos ingleses, no fue nada especial, pero en el Mundial de Francia, 2 años más tarde, hizo la mejor aparición de un equipo debutante, si exceptuamos los torneos de entreguerras, donde muchos grandes equipos aparecían de todos modos por primera vez en la competición. La Croacia de Ćiro Blažević tenía una gran composición, formada por super stars como Davor Šuker, Zvonimir Boban, Goran Vlaović, Alen Bokšić, Robert Prosinečki y Aljoša Asanović, que ya hacían carrera en grandes clubes europeos. Por esta experiencia de ellos, sin embargo, no eran responsables ni Yugoslavia ni la guerra, sino un futbolista belga, Jean-Marc Bosman, quien aprovechando el derecho comunitario europeo abrió el camino para la participación de futbolistas de muchas nacionalidades en los equipos de los campeonatos europeos. Puede que los croatas no jugaran necesariamente como jugadores “comunitarios”, pero la facilidad para que jugaran más extranjeros abría el camino también para los demás países. Así, las selecciones nacionales que no tenían campeonatos competitivos podían desde 1995 en adelante volverse particularmente peligrosas para cualquier rival, exportando su talento futbolístico. El primer Mundial que ocurrió después de esta evolución fue aquel organizado en 1998 en Francia y aunque muchos equipos mostraban que reducían la distancia con los gigantes del fútbol mundial, Croacia fue la que simbolizó este gran cambio de la manera más ensordecedora. Los croatas, después de destruir a Alemania por 3-0 en los cuartos de final, llegaron a ponerse en ventaja con gol de Šuker también en la semifinal ante Francia, antes de que Thuram con dos goles diera vuelta el marcador en el Stade de France.

Francia, habiendo pasado también por la gran sorpresa de la institución, tenía enfrente solo al Brasil de Ronaldo, en una final que quizás había sido diseñada varios meses antes, cuando se hacía el sorteo de los grupos y los cruces de aquel Mundial. El mundo esperaba el gran momento del brasileño, que había ganado el Balón de Oro de 1997 y parecía imparable; sin embargo, el cuerpo —que tiene límites— no obedece a las órdenes de los patrocinadores y en aquella final del 12 de julio apareció un fantasma en el lugar del fenómeno. El agotado Ronaldo fue obligado a jugar, más allá de su propia ambición, para satisfacer también las necesidades de Nike, que había diseñado sus codiciados botines plateados, pero la línea defensiva de Francia que hizo desaparecer a tantos y tantos delanteros en aquella competición no cambiaría su táctica por un contrato comercial. En lugar de Ronaldo, el gran protagonista de aquella final fue aquel descendiente de inmigrantes argelinos de Marsella, Zinedine Zidane, que ya escribía su propia epopeya con la camiseta de Juventus a nivel internacional y muy pronto se convertiría en uno de los mejores jugadores que hayan puesto jamás el pie en un campo de fútbol. Con dos goles personales de Zidane y uno de Émmanuel Petit antes del final, Francia triunfó 3-0 y la fiesta nacional por la toma de la Bastilla, que se conmemora el 14 de julio, aquel año empezó 2 días antes.

Esta vez Francia, sin embargo, no celebraba solo su pasado, sino también la reconciliación con la realidad de su presente; los cánticos Zidane Président dominaban en los Champs-Élysées, expresando un deseo oculto por la correcta aplicación de aquella Égalité que sería una palabra vacía mientras no se expresara en cada nivel de la política, más allá de la vida social de Francia, su identidad “black-blanc-beur”.

El fútbol había vencido a las narraciones políticas en los campos de Francia, pero el fútbol europeo entraba en una nueva época, que había empezado desde los principios de la década del 90 para ser ratificada en la siguiente temporada de las competiciones interclubes. La vieja Copa de Europa, la Copa de los Clubes Campeones de Europa, había cambiado ya de nombre, identidad, pero también contenido, desde la temporada 1992-93, cuando fue rebautizada Champions League. En los primeros años de la nueva competición los equipos campeones, en lugar del sistema tradicional de knock-out, se encontraron en 2 grupos de 4 equipos, con 8 clubes jugando por primera vez en esta institución que había ganado Marseille. Dos años más tarde la fase de grupos tenía 16 equipos, mientras que desde 1997-98 la entrada de los subcampeones de los primeros 8 países del ranking de la UEFA dio la posibilidad de que estos equipos se convirtieran en 24. El gran cambio llegó, sin embargo, en la temporada 1999-2000, cuando los equipos aumentaron a 32 y participaron 4 equipos de los campeonatos más grandes, 3 de los inmediatamente siguientes, 2 de una serie de países que llegaban hasta el 15.º puesto, creando un campo completamente distinto para el fútbol europeo interclubes. Desde entonces, los clubes de las potencias tradicionales del fútbol podían participar de manera estable en su mayor competición, independientemente de quién ganara el campeonato, siempre que estuvieran en los primeros puestos de la tabla. Este cambio creó una élite que se vuelve cada vez más un club cerrado en la cima del fútbol europeo, que concentra el talento futbolístico de todos los demás países y tiene los recursos para crear una evolución más rápida en el pensamiento futbolístico incluso que la Copa Mundial.

Desde el comienzo de la existencia de la Copa de Europa muchas innovaciones tácticas aparecían primero en esta institución interclubes y luego pasaban por medio de las selecciones nacionales a las Copas Mundiales. Pero era siempre en el Mundial donde se enfrentaban las diferentes escuelas y enfoques futbolísticos, ya que en la época pre-Bosman los clubes solían estar compuestos en gran medida por jugadores locales que llevaban el enfoque correspondiente a la selección nacional, ya fuera de manera autónoma, ya con la contratación de cada técnico exitoso para el puesto de seleccionador. Con la plena internacionalización de los contratos futbolísticos, sin embargo, así como la rapidísima mercantilización del juego, los muchos más partidos dentro de la temporada en el nivel más alto del Viejo Continente, la evolución táctica pasó en conjunto a estas competiciones y las instituciones en las que participan las selecciones nacionales constituyen por lo general un eco de esta evolución, ya que casi han desaparecido los límites de las escuelas nacionales, jugadores de cada país se vuelven parte de diferentes enfoques futbolísticos, según el club en el que juegan, y es mucho más difícil encontrar homogeneidad en un conjunto que se reúne apenas unas pocas semanas antes de una competición de enorme prestigio, de apenas unos pocos partidos.

Esto tuvo como consecuencia directa desde la década de 2000 que se achicara, sí, la distancia de los países débiles respecto de las superpotencias futbolísticas tradicionales, ya que sus jugadores competían de manera estable en el máximo nivel del mundo y adquirían las experiencias correspondientes, pero al mismo tiempo se creó también un techo para todos los países que se encuentran fuera de Europa Occidental y cuyos futbolistas están más dispersos en clubes que se encuentran dentro de marcos de una cultura futbolística nacional distinta, por lo tanto más difícilmente pueden encontrar la homogeneidad necesaria. En el Mundial de Francia, 2 de los 4 equipos provenían de Europa Occidental; desde mediados de la década de 2000 en adelante este número nunca cayó por debajo de 3.

El fútbol, ese que mercantilizó Havelange, cambiaba una vez más, con una nueva forma mercantilizada suya adquiriendo la caracterización de “fútbol moderno”, mientras que el fútbol mercantilizado anterior se volvía el cuento de los románticos. Lo mismo había ocurrido también en otra generación, cuando Havelange empezaba su largo camino, lo mismo había ocurrido también antes, antes de que entrara en cada país el profesionalismo, el mismo patrón puede encontrarse hasta la primera fundación de la primera institución futbolística, la Football Association. El problema del fútbol, sin embargo, no es su modernización. Como fenómeno de masas es necesaria su evolución paralela con la de las sociedades capitalistas, dentro de las cuales existe y se desarrolla. Incluso la expresión de la posición ideológica contraria, de las aldeas galas futbolísticas, es parte del mismo proceso, dentro del mismo gran imperio capitalista. El fútbol se volverá verdaderamente popular a través de un proceso de modernización perpetua que seguirá y reflejará a las sociedades humanas — y se convertirá en el juego que será controlado por las masas que lo aman cuando también el poder pase a sus manos y se construya la sociedad que servirá a sus propios fines. Ese será el modernismo futbolístico más hermoso — el más romántico que haya conocido jamás el mundo.

Sin embargo, exactamente la tendencia contraria expresaban los desarrollos en la FIFA al margen del Mundial de 1998. A João Havelange lo sucedió uno de sus estrechos colaboradores, el suizo Sepp Blatter, un hombre que nunca había sido futbolista, técnico, ni siquiera alguien que hubiera estado en vestuarios, sino que durante más de 20 años había sido empleado tecnocrático de la FIFA, adquiriendo gradualmente más competencias y poder, siendo el Secretario General de la Confederación Mundial desde 1981. Blatter continuaba la obra de Havelange, que tenía como objetivo llevar el fútbol a cada rincón de la Tierra, incluso si el deporte no tenía ningún brillo, viendo los países en el mapa mundial no como escuelas futbolísticas, sino como mercados. En esta dirección se movía también la decisión de que el Mundial de 2022 se organizara en los campos de Corea del Sur y Japón, en dos países de los cuales solo uno tenía una relación al menos estable con el deporte, mientras que en el segundo nadie se ocupaba del extraño juego británico de aquellos que corren alrededor de una pelota, ya que las masas se emocionaban con el todavía más extraño juego estadounidense en el que algunos golpean una pelota con un bate y corren sobre unas almohaditas. De cara al Mundial del Lejano Oriente, Blatter incluso “inventó” el origen asiático del juego, remontando el cuju, un juego chino con pelota de los años de la dinastía Han, como antepasado directo del juego futbolístico moderno. La realidad sobre esta perspectiva la hemos analizado en el artículo sobre la prehistoria del fútbol.

El primer Mundial organizado en Asia fue todavía más mercantilizado que los anteriores, abandonando incluso muchos elementos tradicionales suyos, con quizás lo más característico siendo la reformulación del diseño estético de la pelota de fútbol. En el campo, el mundo esperaba que Francia defendiera su título, mientras que también era gran favorita una selección argentina hipercompleta, bajo las órdenes del filósofo del fútbol, Marcelo Bielsa, que parecía superar el shock de la ausencia del pibe de oro en sus filas. En cambio, nadie brilló en aquella competición aparte de Brasil, el impresionante trío de Ronaldo, Ronaldinho, Rivaldo, Roberto Carlos y Cafú, con este último levantando el 30 de junio el precioso trofeo en Yokohama en el momento en que se convertía en el único futbolista en la historia hasta entonces que había jugado 3 finales consecutivas de Mundial.

Lo que quedó, sin embargo, grabado en la memoria de aquel Mundial, más allá de la enfática marcha de los super stars brasileños que elevaron todavía más la altura del calibre mundial de su país futbolístico, con la conquista de la 5.ª Copa Mundial, fueron las masacres arbitrales para que el equipo de Corea del Sur llegara lo más lejos posible en la competición. El partido por la Fase de 16 contra Italia, en el que el árbitro fue el ecuatoriano Byron Moreno, quedó en la Historia como el partido más escandaloso en términos arbitrales en la Historia de los Mundiales, mientras que hubo un favor correspondiente también en el cuarto de final, contra España. ¿Fue acaso la primera vez que ocurrió algo así? La verdad es que existen muchas historias de los Mundiales pretelevisivos, así como de Juegos Olímpicos, en los años en que todavía competían en ellos las selecciones nacionales normales, que conciernen decisiones arbitrales indignantes. Sin embargo, aquel partido de Corea del Sur con Italia se transmitía en color y en relativamente alta resolución en vivo a todo el planeta; por esta razón el impacto de las decisiones de un árbitro que más tarde fue condenado a prisión por participación en una red de narcotráfico fue tal que los acontecimientos del día quedaron grabados en la conciencia colectiva de quienes vieron aquel encuentro. Más de una década más tarde la FIFA adoptó uno de los cambios más rupturistas en la historia de la evolución de los reglamentos, incorporando el video a las herramientas para la toma de las decisiones más críticas en un partido, en un intento de proteger su producto ya muy caro.

La Copa Mundial de 2006 se organizaba en Alemania. Continuando el motivo de posguerra de décadas, cada vez que Alemania aparecía en el plano central de la puesta en escena futbolística, la narración concernía el recorrido del país que se reorganizó después de la Segunda Guerra Mundial, fue dividido, se reunificó, se convirtió en una gran potencia industrial y en parte de la comunidad internacional. Ahora Alemania era no solo una parte de la gran alianza del llamado Mundo Occidental, sino también la locomotora de Europa, teniendo una posición dominante dentro de la Unión Europea y actuando diplomáticamente en muchos casos como un polo independiente entre las grandes potencias imperialistas, incluso de manera autónoma en relación con Estados Unidos. Hasta qué punto esta perspectiva era corta de miras lo juzgaría la Historia en un proceso que en nuestros días se encuentra en pleno desarrollo, pero como la memoria colectiva se crea en momentos, en aquel momento Alemania parecía la mayor y absolutamente poderosa fuerza del edificio europeo.

El fútbol que se jugó en los campos alemanes fue también resultado de otro edificio europeo, que no fue construido ni por la Unión Europea ni por la OTAN, sino por la UEFA. La Copa Mundial de 2006 fue quizás la primera en la que se vieron tan intensamente los efectos de la evolución de las competiciones europeas interclubes. En la fase de 16, 10 equipos eran europeos; en los cuartos de final, 6; mientras que las semifinales fueron una pequeña Euro, con todos los equipos provenientes del “núcleo duro” de la Europa Occidental futbolística. Ya había existido un Mundial con 4 equipos del Viejo Continente en semifinales, en 1934 y en 1966, sin embargo entonces había también presencia de equipos del lado oriental del continente. Ahora, los países que competían en el cuarteto de arriba no estaban solo geográficamente definidos, sino que constituían los países que se encontraban en los primeros puestos (junto con Inglaterra y España) del ranking interclubes de la confederación europea.

Tres acontecimientos marcaron la Historia de aquel Mundial: la victoria de Italia después de la revelación del mayor escándalo futbolístico en su Historia, que conduciría a una ralentización de su fútbol interclubes, a la degradación de su campeonato y más tarde —como ocurre ya con desfase de fase— a consecuencias muy negativas en el recorrido de su selección nacional; el final de la carrera de Zinedine Zidane, marcado por un gesto sumamente futbolístico de defensa del honor de su cultura, frente al defensor italiano Marco Materazzi; así como la primera aparición en un Mundial de un futbolista que podría volver a vestir dignamente aquel “10” metafísicamente pesado de la albiceleste, Lionel Messi, que marcó su primer gol ante la selección nacional de Serbia y Montenegro, que representaba aquel día del 16 de junio de 2006 a un país que ya no existía o, bajo otra lectura, fue la primera selección nacional que representó a dos países en una Copa Mundial.

Un gran momento para el fútbol, sin embargo, llegaría en 2010. A diferencia de 2002, cuando el Mundial viajó a un lugar donde el fútbol no forma parte de la cultura de las masas, la gran competición futbolística nunca había tenido lugar en un continente donde millones de personas viven, respiran, juegan al fútbol y tienen el deporte en un punto central de su conciencia y de sus actividades: con el desarrollo de clubes históricos, innumerables acontecimientos históricos, no siempre de signo positivo, y un enfoque muy exótico a los ojos de europeos y sudamericanos sobre la ideología futbolística. África, el continente que sufrió como ningún otro lugar del mundo la brutalidad del colonialismo, parecía un lugar del margen, no solo en la arena política y diplomática mundial, sino también en el fútbol.

De manera paradójica, el país que organizaría el Mundial de 2010 era uno de los pocos en los que el fútbol no puede considerarse deporte nacional, con la existencia, sin embargo, de una gran dicotomía del amor hacia el deporte, que tiene un signo racial claro. Sudáfrica, excluida durante los años del Apartheid de las competiciones deportivas internacionales, albergó la primera Copa Mundial, de rugby, en su suelo después del fin del régimen racista y la llegada al poder del Congreso Nacional Africano y de Nelson Mandela. Aquella Copa Mundial de Rugby, cuya historia fue mitificada también en la película Invictus, de Clint Eastwood, con Morgan Freeman y Matt Damon como protagonistas, fue uno de los acontecimientos deportivos con mayor influencia social, ya que fue utilizado por el nuevo poder del país y personalmente por Nelson Mandela para que este pudiera ponerse de pie después de las décadas de conflictos raciales. Sería demasiado bueno para ser realmente verdadero, pero aquella Copa Mundial de rugby constituyó una de las raras historias de instrumentalización del deporte que tienen signo positivo.

Un signo positivo correspondiente proclamaban también los responsables de la FIFA cuando entregaban la responsabilidad de la organización a Sudáfrica y el propio trofeo en manos de Mandela el 15 de mayo de 2004. Desgraciadamente, el entusiasmo de los futboleros de todas partes por el primer Mundial del continente africano fue cubierto rápidamente por las noticias sobre la explotación salvaje de los obreros en la reconstrucción de los estadios, las enormes movilizaciones por la injusta distribución de recursos en el fútbol en un país que se hunde en la pobreza y el sonido prolongado, incesante, de la vuvuzela.

Ambicionando escribir un cuento más en aquella competición, Argentina apareció con Maradona como seleccionador nacional guiando a un equipo en el que la cinta de capitán la llevaba Messi, pero el experimento de jugar al fútbol sin lateral izquierdo no tuvo buen resultado, derrumbándose ante Alemania, en un cuarto de final que terminó 4-0. En cuanto a las demás historias hermosas, el mundo esperaba al equipo africano que quizás superara el éxito de Camerún de 1990. Finalmente, esta vez en los cuartos de final estuvo Ghana, perdiendo sin embargo un partido límite, gracias a una acción inteligente, pero antirreglamentaria, de Luis Suárez, que en el último suspiro salvó su arco del gol que significaba la eliminación. Y si Uruguay logró llegar a las semifinales, rompiendo el monopolio de Europa Occidental que empezó en 2006, esto ocurrió también gracias a los cruces, ya que en esa parte del cuadro había un equipo de Asia, uno de América del Norte, uno de África y uno de Sudamérica.

Europa Occidental triunfaba otra vez en una final que, en cuanto a la Historia de la táctica futbolística, tenía un interés particular, porque constituía un gran intercambio de roles. Países Bajos y España son dos países que están futbolísticamente conectados como pocos otros, sin siquiera ser limítrofes. Claro, la verdad es que tienen vínculos históricos que se reflejan en el himno nacional de Países Bajos, el único que menciona en sus versos al monarca español (ya que el himno español no tiene letra). Pero en cuanto a la jerarquía futbolística, España fue el país que se convirtió en el crisol de la innovación neerlandesa y del totaalvoetbal desde la década de 1970. Primero Rinus Michels, luego Johan Cruyff, Neeskens, Van Gaal, más tarde Guus Hiddink, fueron personalidades que llevaron el pensamiento neerlandés a los clubes españoles con un flujo estable que se convirtió en tradición, particularmente en Barcelona, que a través de ellos definió su fisonomía futbolística. El paso a la década de 2010 significó el renacimiento de aquel club, que, basado primero en el trabajo de Frank Rijkaard y luego en el del discípulo más emblemático de Cruyff, Pep Guardiola, creó el fútbol que se jugaría durante muchos años siguientes, reformulando sus principios, abandonando patrones estereotípicos y glorificando la creatividad para el juego en el espacio, abriendo una nueva época para la estética del deporte.

Todos estos elementos faltaban en el equipo neerlandés que apareció en la Final de Johannesburg la noche del 11 de julio, la tercera en la Historia de los oranje. El equipo de Bert van Marwijk era un conjunto duro, que si alguien hubiera desaparecido de la tierra durante unas décadas podría considerar como auténtico descendiente de aquella vieja Furia Roja española. Del otro lado, España era la que desarrollaba en el nivel más alto y más profesional el totaalvoetbal, con su mediocampo, compuesto por Iniesta, Busquets, Xavi, Alonso y Pedro, encontrándose en una alternancia perpetua de espacios y circulando con una facilidad indescriptible la pelota, en una manera de jugar que se llamó tiki taka y cuyo objetivo era desgastar al rival que disputaba la posesión. Las diferencias entre los dos equipos fueron juzgadas por el gol que marcó Iniesta en el minuto 116, 4 minutos antes del final del tiempo suplementario, mientras que una parte enorme del éxito la tuvo Iker Casillas, que evitó un tête-à-tête de Arjen Robben. España, dos años después de la conquista de la Euro, se encontraba en la cima y mostraba que podía permanecer allí con gran facilidad, como mostró también en el Europeo dos años más tarde. Haría falta una corrección neerlandesa para desestabilizar a una Campeona del Mundo que merecía como pocas en la Historia su título.

64 años después del último partido de Copa Mundial que había tenido lugar en Brasil, la gran competición volvía al país que entretanto había ganado 5 veces, más que cualquier otro, el título. Aquel último partido, por supuesto, había pasado a la memoria colectiva como una de las mayores tragedias nacionales, y en un país azotado por la pobreza, la criminalidad, la indigencia generalizada que concierne a la gran mayoría de sus habitantes, que un partido de fútbol sea considerado una tragedia nacional muestra la magnitud que tiene para los pueblos de todo el mundo. Sin embargo, a diferencia de la exaltación nacional de 1950 y de la propaganda ideológica de la mestiçagem, de la multirracialidad con conservación de las barreras de clase que predicaba el poder de Getulio Vargas, el camino hacia la organización de 2014 tenía un contenido político muy distinto. Enormes masas de brasileños salieron a las calles manifestándose, como los sudafricanos 4 años antes, contra el uso irreflexivo de recursos para la organización de la Copa Mundial en el momento en que ellos vivían en la miseria. El gobierno socialdemócrata del país, que de las manos de Lula da Silva había pasado a Dilma Rousseff, no se intimidaba, ya que los intereses de su burguesía relacionados con aquel Mundial no podían ser pasados por alto.

La verdad es que en conjunto el fútbol sudamericano volvía a entrar en primer plano en aquella competición, ya que más allá de que se organizaba en Brasil, el mejor futbolista del mundo, parte de aquella Barcelona que engendró a los Campeones del Mundo de 2010, vestía la camiseta de Argentina. La dominación de Europa Occidental tenía razones para quebrarse y la arena montada para ese objetivo parecía del todo adecuada. Además de todo lo demás, el sorteo de los grupos daba la posibilidad de que hubiera una final entre Argentina y Brasil, para deleite de los futboleros de todo el planeta.

Los dos equipos empezaron cómodamente en los grupos, con Argentina haciendo puntaje perfecto y Brasil empatando sin goles con México. En la fase de 16 pasaron con dificultad, en el tiempo suplementario, Brasil ante Chile y Argentina ante Suiza, mientras que en los cuartos de final con una ventaja exigua doblegaron la resistencia de Colombia y Bélgica respectivamente. El 8 de julio de 2014 Brasil enfrentaría en Belo Horizonte a Alemania con el objetivo de volver a encontrarse en una final en el Maracanã, para unir la Historia de aquel estadio con una historia nacional distinta. En el minuto 11, sin embargo, Thomas Müller marcó el primer gol alemán, que mostraba que aquello no sería un asunto fácil; pero nadie podía imaginar lo que seguiría. Klose en el 23′, Kroos en el 24′ y en el 26′, Khedira en el 29′ marcaron los 4 goles más rápidos que haya marcado jamás un equipo en un Mundial, elevando el marcador del entretiempo a 5-0. Brasil estaba ante otra tragedia más, que crecía con los goles de Schürrle en el segundo tiempo. 7 goles dentro de su casa, con una aparición que no mostró en ningún momento que los dos equipos que jugaban aquel partido pertenecieran al mismo nivel futbolístico. Belo Horizonte se sumó al Maracanã como una de las sedes de las grandes humillaciones nacionales, aunque Júlio César no fue condenado por la sociedad del mismo modo en que fue condenado Barbosa.

Los alemanes, que según la opinión general habían presentado el rendimiento más estable durante toda la competición, logrando algunas victorias muy difíciles pero dentro de partidos de gran intensidad, como ante Argelia y Francia, consiguieron hacer que Messi y Argentina se doblaran en el minuto 113 del encuentro con el gol de Mario Götze. Por un lado, en Alemania hablaban del origen multinacional de su equipo, que constituía el correspondiente reflejo de la Europa Occidental contemporánea; por el otro, en Argentina hablaban de la falta de Neuer sobre Higuaín, que recordó a Schumacher. Una decisión arbitral parecía haber juzgado de nuevo, después de la final de 1990, al dueño del trofeo. Esto lo cambiaría la FIFA de una vez y para siempre a partir de la siguiente competición, como resultado de un largo camino de reflexión desde comienzos del siglo XXI.

La época de la oligarquía

Antes de que empezara la siguiente Copa Mundial, se conoció un escándalo de proporciones gigantescas que concernía a la dirección de la FIFA, cuando la policía suiza detuvo el 27 de mayo de 2015 a 7 dirigentes de la FIFA que se preparaban para asistir al 65.º Congreso de la Confederación en el Baur au Lac de Zúrich. En un caso enorme, que contenía pruebas de las autoridades estadounidenses sobre sobornos, fraude y lavado de dinero, una serie de cuadros de la FIFA se encontraron acusados por el modo en que funcionaba la Confederación. Dentro del mismo año, cada vez más historias salían a la luz pública involucrando a líderes de países, monarcas de los grandes reinos europeos, dictadores y jeques, así como a una multitud de dirigentes futbolísticos. La pregunta que nace hoy, conociendo la Historia de la FIFA tal como evolucionó —y su relación con Estados Unidos— es naturalmente si los fenómenos de corrupción fueron combatidos o reemplazados por otros. Sin pruebas, cualquier respuesta a esta pregunta tiene poco valor, pero con los datos históricos concretos tiene gran importancia que se plantee la pregunta.

Resultado de estos desarrollos fue que el antiguo Secretario General de la UEFA, el suizo-italiano Gianni Infantino, fuera elegido en el puesto de Presidente de la FIFA. Una de las primeras tareas de Infantino fue organizar las Copas Mundiales en Rusia en 2018 y en Qatar en 2022, así como liderar la Confederación de cara a la elección del país organizador para la competición de 2026. En 2018 la FIFA viajaría a Rusia para la 21.ª Copa Mundial y su 68.º Congreso. Rusia, después de las restauraciones capitalistas de finales del siglo XX, de un país que se encontraba en el margen había evolucionado ya en una gran potencia imperialista. En su interior, los viejos enemigos del poder soviético, que habían sido apoyados ideológica y materialmente por el capitalismo occidental, evolucionaban en oligarcas competidores de la dominación global americanocéntrica. Así, los amigos del pasado se habían convertido en enemigos jurados en la segunda década del siglo XXI, con el primer conflicto manifestándose en Ucrania en 2014. A pesar de todo esto, las relaciones del imperialismo Occidental y Oriental seguían existiendo y todos los líderes occidentales se apresuraron a dar su propia presencia diplomática en el Mundial que organizaba el presidente ruso permanentemente electo.

Con una estética que utilizaba el glorioso pasado futbolístico soviético, despojado de su contenido ideológico, solo como señal de continuidad nacional de un gran Estado poderoso, Rusia no dudaba en guiñarle irónicamente el ojo a Occidente presentando como pelota del Mundial una nueva telstar, recordando la época de la carrera espacial, reclamando una parte también de aquella gloria de la Unión Soviética. En el Congreso de la FIFA que se hizo en Moscú, la organización fue asignada a Estados Unidos, que junto con Canadá y México albergarían el Mundial de 2026. En aquel período había sido elegido en la Casa Blanca Donald Trump, que mantenía por lo demás excelentes posiciones con el régimen de los oligarcas rusos.

En los campos rusos, donde apareció un espectáculo futbolístico impresionante, la selección nacional de Rusia parecía capaz de una gran distinción, pero no logró superar las hazañas de la Unión Soviética, en una aparición que sería la última antes de que el mundo cambiara hacia una distopía todavía mayor. Por lo demás, Europa Occidental, junto con Croacia que volvió, aún mejor 20 años más tarde, de aquel gran éxito de 1998, dominó teniendo otra vez 3 equipos en semifinales, con una generación maravillosa de la selección nacional de la Bélgica renacida eliminando a Brasil y Francia eliminando sucesivamente a Argentina y Uruguay. Entre las paradojas estadísticas, que la selección nacional de Inglaterra lograra clasificarse por penales ante Colombia para la fase de 16.

La final, entre Francia y Croacia, terminó pareciéndose a una carrera para un solo caballo, pero si alguna imagen quedó indeleble, también dentro de los desarrollos políticos de los años siguientes, fue aquella del Presidente francés Emmanuel Macron celebrando desaforadamente en las tribunas del Luzhniki el éxito de su selección nacional. La lluvia que siguió a la final encajaba con el mundo que se formaba para peor, recordaba las nubes negras metafóricas de entreguerras de aquel Mundial de Francia 80 años antes y mucho menos la victoria de los “black-blanc-beur” en el resplandeciente Stade de France 20 años antes de aquel nuevo día de triunfo.

El fútbol, que había pasado por un largo proceso de apropiación por las clases acomodadas, que poco a poco expulsaban de las tribunas con las entradas caras y las competiciones resplandecientes a las masas hinchas, era ya un juego en manos de oligarcas, que ni siquiera necesitaban al pueblo en las tribunas de sus fiestas. Este recorrido naturalmente continuaría también en la Copa Mundial que se organizó en Qatar, 4 años más tarde, después del estallido de una guerra que por primera vez en la Historia de posguerra del mundo dividió el planeta en dos campos que no se comunicaban. Una Copa Mundial que no fue acompañada por protestas y manifestaciones, sino solo por la explotación cruda de obreros extranjeros que trabajaron bajo condiciones de esclavitud, sin ningún derecho humano, mucho menos laboral, para que pudiera montarse la gran fiesta futbolística en los países donde suele salir el petróleo y no entrar los goles.

La Copa Mundial de Qatar habría sido seguramente una gran decepción para la humanidad si no hubiera existido una vez más la intervención de la metafísica del fútbol, esa intervención divina que parece arruinar los planes de quienes preparan su propia narración sobre el cuerpo del deporte adorado por los pueblos. El 25 de noviembre de 2020 una noticia conmocionó: ¡Maradona murió! Diego, traicionado por su corazón, fue encontrado muerto en su casa, bajo condiciones que se examinan hasta hoy. La pandemia que había alejado a todo el mundo de cualquier actividad social hizo que el hecho pareciera todavía más pesado, como si todo el planeta quisiera guardar silencio por la pérdida del autor de nuestros sueños futbolísticos. El presidente de Argentina, Alberto Fernández, declaró tres días de duelo nacional. Pero la Historia de la selección nacional de Argentina no podía no verse influenciada por este hecho. La albiceleste, que desde 1994 buscaba encontrar cómo continuar su camino sin el jugador más influyente en la Historia del deporte, no había ganado ningún título desde que Diego vistió por última vez su camiseta. Una final de Mundial perdida, muchas derrotas y eliminaciones humillantes, dos finales de Copa America perdidas por penales, una más perdida ante Brasil: el juego del destino parecía no tener fin.

Y sin embargo, la siguiente competición después de aquel día de la muerte de Diego fue la Copa America que se organizaría en los campos de Brasil. El 10 de julio de 2021, la selección nacional de Argentina le ganaba en el aparentemente embrujado Maracanã a Brasil por 1-0 para ganar su primer título después de 28 años. El verano siguiente, con una victoria enfática en Wembley ante la Campeona de Europa, Italia, ganó la finalissima y en una competición que parecía ser la última de Lionel Messi iba a Qatar con una esperanza secreta por aquello que nadie podía esperar 4 años antes.

El comienzo, sin embargo, no parecía nada esperanzador. Derrota por 1-2 ante Arabia Saudita y los fantasmas de otras épocas parecían aparecer otra vez en el camino de la albiceleste. Pero un equipo que se volvió quizás el más querido por los argentinos en la Historia de su amadísima selección mostraba partido a partido que tenía estrella para llegar lejos. 2-0 ante México, 2-0 ante Polonia, con Messi alcanzando a sus 35 años un rendimiento que lo colocaba en el panteón futbolístico absoluto. Con dificultad 2-1 a Australia en los “16”, clasificación por penales ante Países Bajos después de un partido accidentado que estuvo tontamente cerca de perderse y una actuación señorial de Messi en la semifinal con la finalista de 2018, Croacia, con el marcador deteniéndose en 3-0. En la final la rival era la Campeona del Mundo Francia. La descripción de aquel partido necesitaría horas para analizar cada elemento y acontecimiento importante por separado, en un partido que fue quizás el más épico, si no con todo juicio futbolístico el mejor, en la Historia del Mundial. La atajada del Dibu Martínez en el último minuto del tiempo suplementario, en el remate de Kolo Muani, parecía venir del cielo, como también las palabras de Messi antes de la ejecución de Montiel en el penal decisivo: “desde la Tierra hasta el cielo, hasta el final Diego”… ¡Argentina era otra vez campeona del mundo! El fútbol logró en los penales derrotar a su instrumentalización política. Se podría decir que ese era el objetivo de sus organizadores: sí, quizás ese sea siempre, porque saben que ya que no pueden ganarle al fútbol, que sea el fútbol el que les gane para que mientras tanto puedan montar su propia fiesta. Pero el fútbol seguirá ganando para siempre, y esta es la Historia de todo el Mundial, quien sea que lo haya organizado, por más manchas negras que hayan intentado ensuciar su cuerpo, lo que quedaba era el juego de los pueblos, lo único vivo entre guerras, porque al final —incluso a través de la muerte— triunfa la vida.

Una historia para el futuro

Pocas horas antes del comienzo de la 23.ª Copa Mundial de la FIFA, en los campos de Estados Unidos, Canadá y México, pocos pueden saber cómo será el espectáculo futbolístico que se desplegará en la primera competición de la expansión aún mayor de la institución, con la participación de 48 equipos. Lo que está constatado, sin embargo, es la estrategia de la FIFA para la evolución de la institución y del propio deporte. Ahora en la Copa Mundial no jugarán solo los mejores equipos del mundo, no se medirá solo la evolución del pensamiento futbolístico, una escuela contra la otra, sino que entrarán en ella —más como extras que como verdaderos competidores— las selecciones nacionales de los países que pueden construir una narración futbolística propia para que crezca en cada rincón del mundo la influencia del fútbol como producto, porque como deporte ya no necesita la estrategia política de la FIFA.

Sin embargo, al mismo tiempo que el pequeño Curazao participa en la mayor competición futbolística del planeta, la FIFA no deja espacio para las ilusiones. Sus vínculos con el poder y las aspiraciones imperialistas, que nunca se ocultaron, llegaron al punto de crear su propio “Premio de la Paz”, que entregó al Presidente Trump, superando los límites del ridículo que en épocas anteriores alguien quizás podría definir. Pero ojalá la preocupación por el Mundial de 2026 se detuviera allí. El propio fútbol empieza la competición derrotado, a través de exclusiones: exclusiones de hinchas que no pudieron conseguir la visa de viaje necesaria, casi exclusión del equipo de Irán que se encuentra en estado de guerra con Estados Unidos y finalmente cambio de la ubicación de la base del equipo con su traslado a México, exclusión del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, que después de 11 horas de interrogatorio y detención fue deportado en vuelo de regreso a Estambul, registros corporales humillantes a los jugadores de Senegal fuera del avión en su llegada a suelo estadounidense. Un Mundial que está hecho para simbolizar el cierre de la puerta a los pueblos del mundo, aquello que quiere simbolizar la dirigencia política estadounidense. Un Mundial con sus puertas literalmente cerradas a las masas que adoran el deporte, debido a los precios inalcanzables de las entradas, que han terminado en un mercado negro que funciona bajo la égida de la FIFA.

¿Acaso incluso aquel Jules Rimet, que imaginaba una nueva política para el fútbol mundial, motivado por la línea de la Iglesia Católica, cómo vería hoy la evolución de su visión? ¿Cómo reaccionaría Stanley Rous ante este cierre de los estadios de fútbol para la clase trabajadora? ¿Cómo enfrentaría la ridiculez del abrazo con la dirigencia política estadounidense incluso João Havelange? Poco importa, porque lo que importa hoy y siempre importó fue aquello que los pueblos percibían a través del Mundial. Los pueblos que apoyaban al astro austríaco de entreguerras Matthias Sindelar, que nunca jugó con el equipo de los Nazis; los pueblos que sabían qué pasaba en la Argentina de Videla y se paraban junto a las Madres de Mayo, alineando su pensamiento con Menotti, más tarde con Maradona, frente a las tragedias estadounidenses del deporte, junto con la Francia “black-blanc-beur”, frente a la Alemania que nunca se unió con un penal, sino con su clase trabajadora multicultural que puede ganar en cada uno de sus partidos, incluso con más de 7 goles.

Mientras la realidad lo permita, mientras los seres humanos puedan pensar el fútbol, la cosa sin importancia más importante de la vida, el Mundial nos ofrecerá imágenes para encontrar nuestras propias historias, nuestras propias narraciones, nuestra propia manera en que a través del fútbol, que es el espejo de nuestras sociedades, nosotros vemos su futuro y el nuestro. Un futuro que entre sus imágenes más hermosas tiene a un pibito, o a una nena, pateando una pelota ya sea sobre la tierra seca, sobre la arena, sobre el pasto verde, incluso sobre la nieve. Esta narración queremos para el fútbol que amamos. Esta narración queremos para el Mundial. ¡Esta historia queremos para el mundo!