A Argentina FC London,
El 30 de julio de 1930, poco después de las 4 de la tarde, en el Estadio Centenario de Montevideo, ha comenzado el segundo tiempo de la primera Gran Final de la Copa Mundial de la FIFA. Más de 68.000 espectadores están en las tribunas de cemento del majestuoso estadio moderno, siguiendo con pasión y con reacciones que rozan los límites de la ferocidad el partido de fútbol más grande que se había jugado jamás hasta ese día. En el primer tiempo, que se jugó con una pelota escocesa traída por el equipo argentino, los argentinos bailaban sobre el césped de la cancha que celebraba el centenario de la existencia de Uruguay. Aunque la Celeste había abierto el marcador en el minuto 12 con Pablo Dorado, Carlos Peucelle y Guillermo Stabile habían dado vuelta la situación. Pero aquel momento del segundo tiempo pertenecía a un pibe de 20 años de La Plata, el entreala derecho Pancho Varallo, futbolista de Gimnasia y Esgrima, que avanzaba en una nueva contra argentina.
Los días previos a la final habían sido difíciles para Varallo: tenía la rodilla lesionada y, si se hubiera tratado de cualquier partido común, seguramente no habría jugado aquel día. Pero era la final del primer Mundial y, por encima de todo, una final contra Uruguay. Era un partido que hizo que los jugadores durmieran la noche anterior con las camisetas albicelestes puestas, un enfrentamiento que subió a miles de argentinos a vapores que intentaban, la mayoría en vano, llegar a la otra orilla del Río de la Plata, una cita acompañada por miles de telegramas que llegaron incluso hasta los vestuarios, poco antes del inicio. Varallo no se perdería por nada esa batalla — y ningún compañero suyo quería verlo fuera de combate, lo mismo que Carlos Gardel, que visitó a la delegación argentina la noche anterior. Así, desde la mañana, Pancho fue al gallinero junto al hotel en la zona de Santa Lucía y empezó a patear una pelota, una y otra vez, para confiar en su rodilla lesionada. Todo indicaba que podía jugar…
Y en aquel momento no solo jugaba, sino que estaba a unos pasos de escribir la Historia del mundo futbolístico. Frente a él, el arquero uruguayo Enrique Ballestero espera, Varallo intenta un remate con la pesada pelota inglesa del segundo tiempo, esta toma una trayectoria que supera a Ballestero y el Centenario se calla, viendo el objeto esférico dirigirse hacia la red de los locales …pero el sonido de la red nunca se escucha; en cambio, el golpe de la pelota en la unión de los palos significa que la Final no ha terminado. Lo único que terminó en aquel momento fue la rodilla de Varallo, que no solo no logró escribir la Historia del fútbol de la manera en que él quería, sino que tampoco pudo jugar en buenas condiciones durante el resto del partido. Dado que no existían los cambios, eso significaba que Argentina perdía una pieza valiosa en el campo de juego del Centenario. Pedro Cea, Santos Iriarte y Héctor Castro marcaron para Uruguay y la Historia del fútbol que engendra mitos escribió a Uruguay como campeona en esta primera página del Mundial, en el episodio quizás más importante de esta primera época del desarrollo futbolístico mundial.
Esta época, así como la entrada del mundo en la noción de la mitología futbolística, fue marcada por los tres países de Sudamérica que cargan con la mayor parte del contrapeso de la Europa futbolística, las tres campeonas del mundo: Argentina, Uruguay y Brasil. Y si los trofeos mundiales están repartidos entre las dos orillas del Atlántico, la manera en que nacen los mitos, la capacidad de crear identidad, incluso identidad nacional, a través del fútbol, nunca logró superar la magnitud que se creó en aquellos años en estos tres países.
¿Cómo llegaron, entonces, hasta ahí?
Desembarco en la tierra virgen
El 25 de agosto de 1535, 11 barcos con 2.000 hombres parten de Sanlúcar de Barrameda, muy cerca de Cádiz, para cruzar el Atlántico y realizar la misión encomendada por Carlos V (el primer Habsburgo) a un descendiente de una familia aristocrática de Andalucía, Pedro de Mendoza. Mendoza, oportunista como todo conquistador, aspira a repetir las hazañas de Pizarro en una región que un explorador veneciano, Sebastian Cabot, había llamado “río de la plata”, Río de la Plata. Se trataba de un complejo estuarino, el llamado estuario, en cuyas orillas Cabot dejó que los continuadores de sus viajes creyeran que se encontraban riquezas fabulosas, creando así el primer mito histórico que caracteriza a la región.
Esa desembocadura se encontraba en la parte sur de la región entre el paralelo 25 y el 37 sur, que se llamaba Nueva Andalucía, según la división de Sudamérica que había definido el rey español. Se trataba de la región que habían cartografiado con sus viajes Juan Díaz de Solís, así como Magallanes, que ambos no buscaban otra cosa que un paso hacia el océano Pacífico y Asia. El viaje no fue fácil para Mendoza. Sumando 3 barcos a su flota, en las Canarias, perdió 2 en una tormenta frente a Brasil, mientras él mismo cayó gravemente enfermo. Finalmente, el 2 de febrero de 1536 llega a la desembocadura del Riachuelo, el pequeño río que hoy es conocido como Matanza. Allí decide crear la ciudad que espera que se convierta en el centro de su dominio. Quizás queriendo apaciguar lo divino después de su difícil viaje, decide dedicar la ciudad a la Virgen de los Buenos Aires, Santa María del Buen Ayre.

La invocación de la ayuda divina, sin embargo, no parece haber cambiado mucho el destino de Mendoza y de sus hombres, ya que los colonos, en lugar de encontrar un lugar lleno de riquezas, encontraron una tierra vacía e inculta, sufrieron el hambre, las enfermedades y los ataques de los Querandí, la tribu indígena que se encontraba en la región. Las fuentes históricas mencionan que los colonos llegaron a comer ratas, serpientes, incluso sus zapatos, antes de llegar al canibalismo. El propio Mendoza tomó el camino de regreso en 1537, sin lograr jamás llegar a España, ya que murió durante el trayecto, mientras que los colonos que dejó atrás no consiguieron echar raíces en la soñada Tierra Austral de la Promesa y en 1541 tomaron el camino hacia el norte, pasando a la provincia de Nueva Tolédo, para instalarse en un lugar que encontró Gonzalo de Mendoza, pariente de Pedro, en 1537 y que, para apaciguar todavía más la voluntad divina, dedicó a Nuestra Señora de la Asunción, Nuestra Señora Santa María de la Asunción, la actual capital de Paraguay.
Puede que los colonos no hayan logrado afianzarse en las desembocaduras del eufemísticamente llamado Río de la Plata, sin embargo mucho mejor que los seres humanos lo consiguió otra especie del reino animal, moldeando la Historia de la región en los siglos que seguirían. Siete caballos y cinco yeguas que viajaron con la expedición de Mendoza, según las fuentes históricas, se adaptarían maravillosamente a las llanuras interminables del extremo sur del subcontinente americano, creando siglos más tarde también una cultura humana particular que se convertiría en elemento de identidad cultural nacional.
Y si la instalación de los españoles en el Atlántico Sur fue particularmente accidentada y traumática, no sucedía lo mismo con los colonos portugueses, que se dirigían un poco más al norte, a una porción de tierra definida por un meridiano entre el 46 y el 47, o más específicamente, como figuraba en el Tratado de Tordesillas, 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde. En ese espacio, que comienza un poco al norte del Trópico de Capricornio, los lusitanos estuvieron durante aproximadamente dos siglos en guerra permanente con las poblaciones indígenas locales, sin que jamás fueran decisivamente diezmados, como ocurrió con el ejército de colonos de Mendoza. Quizás esa haya sido también una razón por la que, en la denominación de la región, en lugar de pedir indirectamente el cariño divino, alababan la propia naturaleza de la región, rica en una especie de leguminosa, particularmente generosa en la provisión de alimento, el llamado pau-brazil que los Tupi locales llamaban ybyrapytanga.
Desde mediados del siglo XVI, sin embargo, los colonos lusitanos descubren otra especie que constituye en esencia la fuente de riqueza como producto exportable hacia Europa. No se trata de plata ni de oro, sino de la caña de azúcar, que se encuentra en tal abundancia, mientras las condiciones climáticas también favorecen su rápida producción, que las manos disponibles no alcanzan para cubrir las necesidades de esta nueva producción. Al principio los colonos ponen a los indígenas a trabajar como esclavos en las plantaciones de azúcar, sin embargo sus planes son obstaculizados por una pandemia que diezma a los indígenas en la región de Bahia en 1562-63 y por el desembarco de los Jesuitas, que defienden los derechos de los llamados “Indios” y finalmente en 1570 logran que se les reconozca el derecho a la libertad mediante un decreto real que, sin embargo, duró apenas 4 años. Los portugueses, que instalan en la nueva tierra de Brasil un sistema feudal, con la tierra del engenho como pieza básica del poder feudal y como señor feudal al llamado senhor de engenho, se encuentran continuamente en una lucha de sometimiento de las poblaciones locales, para satisfacer las necesidades de la producción.
Este “problema” lo resuelven con una de las empresas más criminales en la historia de la humanidad, el comercio transatlántico de esclavos. En el siglo XVI, miles de africanos son transportados en carabelas desde las posesiones portuguesas de África central hasta la otra orilla del océano, de modo que hacia fines de este alrededor de 13 a 15 mil africanos trabajen en las plantaciones de caña de azúcar, constituyendo aproximadamente el 70% de la fuerza de trabajo. Durante el siglo XVII, las cifras de los esclavos transportados aumentan, con las fuentes históricas sosteniendo un número de 4000 esclavos al año en la primera mitad y de 8000 esclavos en la segunda mitad del siglo. Este gigantesco traslado forzado de población, sin embargo, constituirá la fuente que dará características a la sociedad moderna que se creará en aquella posesión lusitana que se expandirá alrededor del Amazonas.
El desarrollo de las sociedades humanas, sin embargo, al sur del paralelo 25 será más lento. El río de la plata, como lo había llamado Cabot, no transportaba otra cosa que agua y otros materiales aluviales, mientras que todavía más al sur, en toda la Nueva Andalucía y Nueva León, enormes extensiones desérticas carecían de posibilidades de cultivo agrícola, así como de riqueza mineral, a diferencia de las provincias españolas más septentrionales del Perú y México, donde un genocidio de poblaciones indígenas era acompañado por el ordeñe de la riqueza de la tierra virgen que encontraron los descendientes de Pizarro y de sus compañeros.
Aun así, unos 40 años después de la subida a Asunción, el 15 de junio de 1580, Juan de Garay, junto con un ejército de nuevos oportunistas a los que prometió propiedad de tierra y uso libre de los animales para la organización de su producción agrícola personal, volvió a bajar al puerto de los buenos aires fundando por segunda vez Buenos Aires. Un total de 65 nuevos propietarios con sus familias iniciaron esta empresa de recuperación de los territorios del sur, que constituyeron una sociedad periférica de frontera durante unos dos siglos.
Los fundadores (o refundadores) de Buenos Aires de origen español no tienen esclavos, aunque se dedican de manera constante a la guerra y al exterminio de las poblaciones indígenas, siguiendo el ejemplo imperial de sus compatriotas en otras provincias. Sin embargo, su interés es crear su propia riqueza en una región que no reclama ningún otro sector de los colonos, ya que parece en esencia maldita. En esta tarea les va bastante bien — y seguramente mejor que a los primeros llegados al estuario — ya que crean una comunidad que se expande hacia las extensiones del sur, mientras otros grupos, siguiendo su ejemplo, se mueven al sur de Asunción para fundar ciudades en las actuales provincias del norte de Argentina. De hecho, el propio Juan de Garay había fundado primero Santa Fe de la Vera Cruz, en 1573, antes de iniciar la búsqueda de los nuevos habitantes de Buenos Aires.
La red de estas ciudades, que prosperan, aunque a ritmos muy lentos, conduce a una elección estratégica a fines del siglo XVIII. El hecho de que Asunción se conecte ya con una red relativamente densa de comunidades y ciudades con Buenos Aires y las desembocaduras del Río de la Plata, mientras la ciudad ubicada en la confluencia de los ríos Pilcomayo y Paraguay, en el punto considerado como el inicio del Paraná, se comunica en la práctica con las laderas orientales de los Andes y las regiones productoras de riqueza del Alto Perú (es decir, de la actual Bolivia), muestra que toda esta región de la vieja Nueva Andalucía tiene una importancia geoestratégica que no podía verse antes, sin la existencia de esa red.
La creación de una fuerte entidad estatal al este de los Andes, con Buenos Aires como puerto-salida hacia el Atlántico, tiene la capacidad de reconfigurar las rutas del comercio español y por esa razón, en 1776, se funda el Virreinato del Río de la Plata, con primer jefe del poder político a Pedro Antonio de Cevallos Cortés y Calderón, un militar que fue gobernador de Buenos Aires de 1757 a 1766 y había en la práctica repelido la expansión de los portugueses como jefe de la primera y segunda campaña de los españoles durante dos guerras hispano-portuguesas. El propio Cevallos, como Virrey del Río de la Plata, fue quien encabezó también la separación de los territorios del actual Uruguay, obligando a los portugueses a retirarse hacia el norte. Quizás, sin embargo, su contribución más influyente fue la introducción del Reglamento de Comercio de 1778, que le daba a Buenos Aires la posibilidad de mantener comercio directo con España, sin que los productos comerciables tuvieran que pasar por el hasta entonces poderoso Virreinato del Perú. Ese movimiento jugaría un papel determinante en los acontecimientos.
Buenos Aires, como capital del nuevo Virreinato, se transforma de una ciudad periférica en centro administrativo y puerto con un rol determinante en el comercio entre la Metrópoli y las colonias. De hecho, en combinación con la fundación de la fortaleza de San Felipe y Santiago de Montevideo, donde se instalan principalmente poblaciones de Galicia y las Canarias y que se convierte en la base naval más importante de España en el Atlántico Sur, la región del estuario adquiere de golpe una enorme importancia geoestratégica, concentra las actividades económicas y es conducida a una hipertrofia eterna que continúa hasta nuestros días.
Más allá del surgimiento de la posición hegemónica de Buenos Aires, así como de su camino común con Montevideo en la otra orilla del estuario, esta evolución determina también la idiosincrasia de toda una cultura local. La sociedad que se desarrollará en la región es por naturaleza extrovertida, tiene el vínculo más directo con Europa en comparación con cualquier otra del continente recién conquistado y constituye una “estación” en el viaje de muchas generaciones que buscarán su destino del otro lado del océano.
En el mismo período existe un desarrollo económico diametralmente opuesto, en cuanto a su organización, en el interior. Los colonizadores que no adquieren, o no reclaman una parte en la gestión del puerto hegemónico de Buenos Aires, se orientan hacia la gran propiedad de tierra en el interior y así las Pampas se transforman de extensiones desérticas en grandes posesiones de tipo feudal, las llamadas estancias, que funcionan casi como sociedades autosuficientes.
Así, la geografía colonial de Sudamérica, al este de los Andes, se configura en un sistema de puertos, con el más importante Buenos Aires, la base naval de Montevideo, así como el portugués Río de Janeiro, y enormes extensiones feudales, las estancias en las posesiones españolas y las fazendas en las portuguesas. En cuanto a estos latifundia, sin embargo, dos tipos distintos de poblaciones moldearán de manera diferente las dos regiones. La fuerte presencia de la población africana en las plantaciones portuguesas creará un mosaico racial que durante siglos compone la sociedad de Brasil desarrollada sobre los cimientos de la esclavitud, mientras la aparición de un particular modelo social, quizás correspondiente al cowboy norteamericano, caracterizado por el mismo sentido de libertad individual, pero cargado de los rasgos culturales españoles, se expande en las Pampas, gracias también a la enorme población de caballos que empezó con los animales que acompañaron en su viaje a los hombres de Mendoza, dos siglos antes.
Esta formación de las sociedades no es un detalle, sino un eslabón básico de la evolución de las sociedades de los tres países, Argentina, Uruguay y Brasil, así como de su fútbol nacional, porque no fue momentánea, sino que constituyó la fijación definitiva del lienzo sobre el cual tendrían lugar todos los fenómenos sociales posteriores. Esta es también la particularidad más importante del fútbol sudamericano: el hecho de que constituyó un fenómeno nacido sobre un lienzo social recién hecho, fue fuertemente influido por las características locales particulares, pero influyó aún más fuertemente en su narración popular.
En cuanto al registro de los grandes acontecimientos de la Historia, sin embargo, la completa formación del terreno social sobre el cual funcionaban esas provincias hasta entonces se convirtió en la causa del cambio del mapa mundial. La autosuficiencia de las sociedades, el sistema completo de administración y poder, la diferente estructura social que ya no cabía en la cultura de los reinos europeos y, por supuesto, por encima de todo, la separación de los intereses económicos de quienes detentaban el poder local, a comienzos del siglo XIX, un siglo sellado por revoluciones de liberación nacional, constituyeron razones para que se crearan y existieran también en Sudamérica entidades estatales independientes.
Y los libres del mundo responden
En Europa, el comienzo del siglo XIX olía en todas partes al aroma de la Revolución francesa y del sueño de la democracia burguesa. En la propia Francia, claro, ese sueño parecía bastante frágil, ya que la presencia de Napoleón en la conducción política llevó al final de la Primera República e instaló el Sistema Imperial desde 1804, con el militar corso autoproclamándose emperador y mirando hacia la conquista de territorios en cada rincón del Viejo Continente. Aun así, el sistema imperial de Napoleón parecía la nueva fuerza que derribaría los tronos de la vieja Europa y ganaba seguidores liberales en cada país, quienes contribuían a la desestabilización interna, principalmente en épocas de crisis en las que el descontento popular se intensificaba y las leyes reales le apretaban todavía más el cinturón también a la burguesía ascendente. Lo mismo sucedió también en España, que en materia de política exterior se encontraba en una situación de alianza y rivalidad con la Francia napoleónica, mientras que en su interior había efervescencia.
Después de la batalla naval de Trafalgar, donde la flota franco-española fue derrotada por la británica del almirante Nelson, Gran Bretaña se encontraba en una posición favorable para fortalecer su posición en las costas europeas del Atlántico Norte. Frente a esa posibilidad, Francia y España acordaron en Fontainebleau que el ejército francés pasara por los territorios españoles para lograr la ocupación de Portugal, intentando el bloqueo continental de los británicos. En noviembre de 1807 los franceses ocuparon Lisboa y la Corona portuguesa fue trasladada a Brasil. Sin embargo, en febrero de 1808 las tropas francesas de Napoleón atacaron también España, desde los Pirineos, ocupando las regiones nacionalmente oprimidas de Navarra y Cataluña, para que empezara la guerra peninsular, que finalmente duró hasta 1814, con la participación también de los británicos y de una serie de otros países europeos.
Ese debilitamiento de España, que tenía que enfrentar enemigos en frentes internos y sobre todo externos, fue visto como una oportunidad por las élites de Buenos Aires para moverse con el objetivo de la independencia de sus propios territorios. En febrero de 1810 las tropas de Napoleón ya habían llegado a controlar incluso gran parte de Andalucía, con la administración española prácticamente decidiendo su disolución en Cádiz, el 1 de febrero. Con el pretexto de la resistencia a Napoleón, que en ese período era aparentemente el señor de España, así como con posible orientación y ayuda de los británicos, un grupo de juristas del puerto de Buenos Aires decidió la realización de un cabildo, es decir, una asamblea abierta, para definir el destino del Virreinato del Río de la Plata, el 22 de mayo. Ese movimiento provocó la reacción del régimen español, que veía el cabildo como apostasía, con el resultado de la agitación que llevó a la llamada Revolución y a la renuncia de la Administración española el 25 de mayo de 1810 en el palacio de Cisneros. Ese día, que se considera la fecha fundacional de Argentina, es también la fecha de inicio de la Guerra de Independencia.

El llamado vínculo de los ciudadanos prominentes de Buenos Aires, la llamada en español junta, con Cornelio Saavedra como Presidente y como personalidad destacada el secretario de Guerra Mariano Moreno, tomó en sus manos el poder de la ciudad y su objetivo era la liberación de todas las llamadas Provincias del Sur, es decir, de toda la región que constituía el Virreinato del Río de la Plata, y su integración en un nuevo Estado independiente unificado.
Sin embargo, su empresa tenía un gran problema. La llamada Primera Junta de Buenos Aires expresaba exclusivamente los intereses de la clase dominante del puerto-capital. Esta ausencia de pluralidad en cuanto al servicio de intereses políticos y económicos, así como la negativa sustancial del nuevo poder a otorgar derechos a otros grupos de señores locales, considerando que estos no reflejaban las correlaciones de fuerza dadas, condujo a conflictos entre las regiones en proceso de independencia y finalmente al nacimiento de nuevas entidades nacionales. Inicialmente, en 1811, Asunción, que históricamente estaba atada a la existencia de Buenos Aires, escapa del control del poder de los porteños y el 15 de mayo se crea Paraguay. Más tarde, José Gervasio Artigas, bajo la amenaza — o el pretexto de la amenaza — de una campaña de Portugal desde el norte, rompe sus lazos con la administración central de las Provincias Unidas y avanza hacia la secesión de la parte al nordeste del Estuario, la llamada Banda Oriental, creando en esencia en 1814 la base histórica para que exista la nación uruguaya. Desde ese momento en adelante la Historia común de Argentina y Uruguay deja de existir. Dos países que salieron de la misma matriz, unidos por la misma cultura, seguirían recorridos políticos distintos y más tarde también recorridos futbolísticos legendarios distintos y enfrentados. Uruguay recibirá finalmente el ataque de Brasil y será ocupada en 1816, para ganar definitivamente su independencia el 27 de agosto de 1828.
Más o menos en el mismo período y después del final de las guerras napoleónicas con la derrota de Napoleón en Waterloo, el rey portugués decidió su regreso a Portugal dejando detrás de sí un vacío administrativo que se encargaron de aprovechar los ministros que dejó en su lugar. Con Dom Pedro a la cabeza, cuarto hijo del rey Juan VI y por lo tanto sin esperanzas de sucesión al trono, las élites locales organizaron un plan de independencia constitucional que, después de una serie de conflictos con la Corona portuguesa, llevó a la independencia de Brasil el 7 de septiembre de 1822. Así, para 1830 todas las viejas colonias del Atlántico Sur ya eran Estados independientes, con una composición nacional que reflejaba los acontecimientos de los siglos anteriores.
Es importante detenerse en este período de la independencia de los Estados americanos del Atlántico Sur, ya que, a diferencia de los movimientos de liberación nacional en Europa, que por lo general constituían la batalla de nacionalidades oprimidas que tenían como objetivo sacudirse el yugo de algún viejo imperio para crear los llamados Estados nacionales, el trasfondo histórico en aquellos países no era el mismo. Obviamente las sociedades ya evolucionaban de manera diferente de España y Portugal, pero la conciencia nacional no era separada, ya que todos — entre los colonos “europeos” — sabían que formaban parte de la misma cultura nacional, teniendo la misma lengua, la misma religión y en general la misma tradición cultural que el país europeo del cual también eran súbditos.
La lucha por la independencia de los Estados americanos fue una cuestión puramente política, no en el sentido del conflicto de clases, sino como conflicto por el poder político en tanto expresión de correlaciones de fuerza existentes, es decir, de la incapacidad de los viejos reinos e imperios para imponerse sobre las élites locales en rapidísimo desarrollo. Pero como ninguna independencia puede suceder sin algún trasfondo ideológico, este tendría que encontrarse aunque fuera a posteriori — y por esa razón la vida de aquellos Estados empezó como una caza eterna de su identidad nacional, algo que se expresó de manera excesiva en el fútbol, hasta el punto de que el propio deporte se convirtió en parte de ella.
En un nuevo mapa mundial, sin embargo, esos nuevos países tendrían que cambiar mucho más que una ideología nacional. La separación de sus metrópolis cambiaba también sus aliados, sus socios comerciales. ¿Encontrarían entonces una manera de sostenerse en ese nuevo mundo sin derrumbarse, y acaso ese cambio era resultado o causa de la batalla por su independencia?
Y después llegaron los ingleses
La independencia de los países americanos del Atlántico Sur tenía todas las razones para ser recibida con los sentimientos más positivos por los británicos, que a mediados del siglo XIX extendían el rojo en el mapa, es decir, su propio colonialismo imperial, pero también el llamado “imperio informal”, es decir, países y lugares que no ocupaban, pero donde se encargaban de desarrollar una actividad particular hasta el punto de adquirir una posición dominante en las actividades económicas, poniendo muchas veces infraestructuras estratégicas bajo su control. El objetivo de Gran Bretaña en aquella época, no solo en Sudamérica sino también en Europa, era la creación de nuevos Estados independientes que desmembraran los grandes imperios, es decir, los enemigos de la Corona británica, y constituyeran entidades estatales en las que los intereses británicos pudieran entrar con mucha más facilidad.
El interés de los británicos por la región del Atlántico Sur y particularmente por el estuario del Río de la Plata ya se había expresado en 1806 y 1807 con las primeras invasiones británicas. Los puertos de Buenos Aires y Montevideo encajaban perfectamente con el modo de desarrollo del imperio británico informal, que no se interesaba tanto por el interior como por los puertos, desde los cuales comenzaba el desarrollo de las infraestructuras ferroviarias para que siguieran las actividades económicas dentro de cada Estado. Pero su personal, la dirección militar y política allí donde tenían el poder, o los empresarios y tecnócratas allí donde existían otras entidades estatales, estaba concentrado en los puertos y en general en zonas costeras, ya que estas eran consideradas el corazón de todo el sistema de cada economía nacional.
Los británicos, que seguramente tenían razones para querer que las Provincias del Sur del Virreinato del Río de la Plata, así como Brasil, se desvincularan de las potencias coloniales europeas y rivales, quizás no tuvieron un papel tan neutral en su proceso de independencia. El hecho de que históricamente se haya registrado la simpatía y el apoyo al proyecto de la independencia quizás no constituye un hecho sin trasfondo político; quizás, es decir, es resultado de una intervención y no simplemente el aprovechamiento de una situación ya formada.
La manera en que fue sostenida ideológicamente la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, es decir, la forma inicial del Estado que evolucionó en Argentina, encajaba perfectamente con la manera en que actuaban los británicos fuera de la Vieja Albión. El riesgo de la Primera Junta de insistir en una administración absolutamente portuaria, en perjuicio de los intereses de los señores de las provincias interiores, poniendo en gran peligro el propio proyecto de liberación de la poderosa y tradicionalmente fuerte España, quizás no se explica solo como resultado de la expresión de una correlación de fuerza interna. Pero el hecho histórico más grande que constituye hasta hoy un enigma difícil de resolver para los historiadores es la carrera militar aparentemente incoherente de José de San Martín, el supuesto libertador de Argentina, Chile y Perú.

Nacido probablemente en 1778 en Yapeyú, del entonces Virreinato del Río de la Plata, José Francisco de San Martín y Matorras se trasladó inicialmente con su familia en 1781 a Buenos Aires y definitivamente a España en 1783. Allí, desde los 11 años, empezó su formación militar, pasando en esencia toda su vida como cuadro del Ejército español, combatiendo por la Corona en una serie de batallas y campañas, incluida la guerra peninsular. Pero, de repente, en 1811, a los 35 años, renunció al ejército español para regresar a Sudamérica bajo la protección de los ingleses. Los relatos históricos sobre esta elección suya son tres: o que extrañó la tierra de sus antepasados, de la cual sin embargo se había separado cuando tenía apenas 7 años, y sentía el deber de combatir por su liberación del país al que, no obstante, como militar servía; o que fue reclutado por los ingleses; o que ideológicamente no cabía en el binomio entre Ilustración y absolutismo que caracterizaba los conflictos en el continente europeo, uno de los cuales era la guerra peninsular. Su participación en la organización masónica de la Logia de los Caballeros Racionales complica todavía más las cosas, ya que el carácter místico de la organización oculta la red de intereses reales que se escondían detrás del proceso de liberación de los Estados de Sudamérica. En cualquier caso, la protección que ofrecieron los ingleses a San Martín es una prueba directa de que después de las invasiones fallidas de 1806 y 1807 los británicos efectivamente adoptaron la línea de la dependencia económica, intentando solo la secesión de las colonias respecto de España y no su anexión al territorio bajo dominio británico. De hecho, más allá de San Martín, que es la personalidad destacada en este proceso, hay también otros militares, cuadros del ejército español en la guerra peninsular, que siguieron un camino similar, mientras que también es conocida la acción de logias más abiertamente anglófilas en Buenos Aires, conectadas con miembros de la Primera Junta.
En Brasil, donde el proceso de independencia fue una cuestión mucho más pacífica, con el conflicto ardiendo también dentro de la familia real, los británicos no parecen tanto en primer plano. Sin embargo, se encargaron de asegurar sus intereses en la región de otra manera. Viendo que Brasil había logrado en esencia dejar por debajo la autoridad de la Corona portuguesa, anunciando su independencia en 1822, Gran Bretaña apareció como una fuerza colonial tranquila que negoció los términos con los cuales reconocería al nuevo Estado independiente. Así, después de asegurarse primero de que la independencia brasileña hubiera sido reconocida por la propia Portugal, negoció la promesa de abolición del comercio de esclavos por parte de Brasil, pero también un arancel preferencial en la nueva época del comercio, que ya se realizaba libremente con todos los países, cortando naturalmente los vínculos de exclusividad con la metrópoli.
De esta manera, los británicos habían asegurado una posición privilegiada en la región del Atlántico Sur. Como gran potencia naval tenían además condiciones favorables en sus actividades comerciales, con el resultado de controlar en esencia un porcentaje muy grande del volumen del comercio entre los dos continentes. Esta posición de Gran Bretaña llevó, como también en otros lugares, al traslado de todo un ejército de tecnócratas, cuadros administrativos, pero también de la clase obrera británica a los tres países de Sudamérica. Al mismo tiempo que en el interior ardían guerras por el reparto de las tierras y el trazado de las nuevas fronteras nacionales, y en el momento en que en la posterior Argentina las guerras civiles entre los porteños — que imaginaban un Estado unido fuerte con centro en Buenos Aires — y los caudillos de las provincias interiores — que aspiraban a una entidad estatal federal con relativa autonomía de sus regiones — no permitían el desarrollo de ningún sentimiento de crecimiento normal de la nueva entidad estatal, en el puerto florece la actividad británica. Se instalan casas comerciales británicas de importación y exportación, el comercio es financiado por los bancos británicos, los comerciantes británicos compran y exportan cueros y carne, así como otros productos ganaderos, y así definen de facto el modelo exportador del país, que está armonizado con sus propios intereses. Cuando además las cosas en la escena política interna del país no iban como querían, bloqueaban el puerto y con embargos sangrientos, como en 1845, así como con intervenciones, imponían su voluntad.
Y si en Argentina la presencia de los ingleses en la primera mitad del siglo XIX definió el modelo exportador del país y progresivamente su producción, en Brasil la prohibición británica del comercio de esclavos moldeó nuevas condiciones para el desarrollo social. Los comerciantes británicos y las élites que controlaban el comercio internacional y las transacciones transatlánticas no tenían, desde luego, ninguna sensibilidad moral contra la esclavitud. Lo que había cambiado para Gran Bretaña era la concepción política del trabajo dentro del marco de la revolución industrial: el trabajo asalariado en lugar de la esclavitud demostraba ser un sistema más estable, protegido de rebeliones de esclavos que no tenían nada que perder, en el momento en que lo mismo no era visible para la clase obrera sin conciencia de clase. Para Brasil, sin embargo, inicialmente la abolición del comercio de esclavos significó la detención del flujo de africanos hacia sus territorios, mientras que la abolición final de la esclavitud, que ocurrió con la ley de 1888, crea las nuevas condiciones de discriminaciones raciales, consolida las relaciones jerárquicas dentro de un sistema social aparentemente liberal y vuelve ya visible que los ex esclavos, las poblaciones negras y mixtas, no tienen ninguna posibilidad de ascenso social junto a la élite blanca. Este sistema de exclusiones no institucionalizadas constituirá la raíz del relato nacional de una nación.
La presencia de los británicos, sin embargo, a medida que adquiere características permanentes, no se limita a las actividades económicas y a la intervención diplomática y política. En Buenos Aires la primera escuela británica se funda en 1838: se trata del St. Andrew’s Scots School, en la calle Piedras, número 55, que empieza a funcionar el 1 de septiembre en el espacio donde se encuentra la iglesia presbiteriana. En 1844 se funda el Hospital Británico, encabezado por el reverendo Barton Lodge, con el objetivo de atender principalmente a los obreros y marineros británicos que se encuentran en la ciudad. Muchas otras escuelas e instituciones sociales, así como instituciones religiosas, que tienen que ver con la organización de los colonos británicos, forman parte del rompecabezas cultural de la nueva capital portuaria. De manera correspondiente, en Montevideo el primer hospital británico se funda en 1857, mientras que antes, en 1828, había abierto un cementerio británico. Entre los elementos más importantes, sin embargo, de la penetración cultural de los británicos, está la fundación del diario The Standard, por los hermanos Edward y Michael Mulhall, en 1861 en Buenos Aires. The Standard constituirá el órgano principal de la comunidad británica y era una de las fuentes más importantes de noticias empresariales.
En cuanto a las actividades empresariales, los británicos trasladan la Historia de la revolución industrial desde su patria también a los tres países, colocando dos de los pilares más importantes que fueron necesarios para ella: el ferrocarril y los bancos. En 1857 se abre la primera línea ferroviaria de Argentina con el uso de la locomotora a vapor La Porteña, que había sido construida en Leeds; en 1862 se funda la Buenos Aires Great Southern Railway y en 1867 la São Paulo Railway Company, para constituir solo el comienzo del desarrollo de una red ferroviaria que se expandiría hacia el interior, crearía nuevos productos exportables hacia Europa y necesitaría obreros británicos especializados para su funcionamiento. Esta expansión del desarrollo económico hacia el interior y las Pampas jugó, de hecho, un papel determinante para que se lograran estabilidad y paz, ya que la clase dominante también de aquellas provincias tenía ahora una parte de las ganancias que traía la modernización del Estado recién creado. En cuanto a los bancos, en 1862 se funda el Banco de Londres y Río de la Plata en Buenos Aires, mientras que al año siguiente se funda la London and Brazilian Bank en Río de Janeiro. Los bancos británicos constituyeron la máquina crediticia del desarrollo sudamericano, atándolo en esencia con préstamos a intereses británicos, algo que atormentaría las economías de los países durante más de un siglo, y los efectos de ese endeudamiento continuarían expresándose hasta nuestros días.
Pero los británicos no eran los únicos que llegaban a las costas americanas del Atlántico Sur.
El descubrimiento de América por la clase trabajadora del Mediterráneo
Aproximadamente tres siglos después del primer desembarco de los colonizadores europeos en Sudamérica, con expediciones selladas por decretos reales y con el objetivo de encontrar riquezas fabulosas para cada pequeño o gran oportunista y explorador, otro gran desembarco, de otro tipo, empezó a realizarse a mediados del siglo XIX. La exportación de la revolución industrial al Atlántico Sur ofreció oportunidades de trabajo y de mejora de la vida a miles de habitantes de los países del sur de Europa, que vivían la pobreza, la inseguridad alimentaria, trabajando muchas veces la tierra como colonos, con relaciones feudales de explotación. Para miles de italianos principalmente, pero también españoles y portugueses, los tres países ofrecían nuevas oportunidades en un ambiente que les resultaba culturalmente bastante familiar, con el resultado de que durante el siglo XIX contribuyeron de manera decisiva a la formación del mosaico cultural de estas sociedades.
Argentina en 1870, año en que ya se había consolidado el intenso desarrollo económico, tenía una población menor a 2 millones. En los siguientes 50 años, las llegadas de españoles e italianos fueron aproximadamente 3,5 millones, formando un lienzo social completamente nuevo, pero manteniendo una característica cultural permanente: Argentina era el país-símbolo de los inmigrantes. De hecho, que el comercio de esclavos desde África hacia los dos países del Río de la Plata no fuera tan intenso como hacia Brasil, donde la gran mayoría de la clase trabajadora era negra, así como el hecho de que la población negra, de menor tamaño, se mezclara constantemente con estas oleadas de la clase trabajadora mediterránea, llevaron a la reducción de la población africana pura, creando el relato del “país más europeo de Sudamérica”, algo que influirá intensamente también en el desarrollo futbolístico nacional en las primeras décadas del siglo XX.
En Brasil, donde el azúcar había cedido su lugar al café como principal producto exportable hacia fines del siglo, decenas de miles de inmigrantes del sur de Europa llegaban con São Paulo como destino principal, donde desde 1887 existía también una oficina de recepción de inmigrantes, la Hospedaria de Imigrantes, que orientaba a los recién llegados hacia donde había demanda de fuerza de trabajo. Esta institución específica, más allá de su utilidad práctica, había sido fundada también por razones ideológicas, ya que la clase dominante deseaba el “blanqueamiento” de la población, algo a lo que contribuyeron obviamente las llegadas de los inmigrantes pobres del sur de Europa. Para 1920 habían ingresado a São Paulo más de 1 millón de italianos, mientras que aproximadamente una décima parte de ese número eran inmigrantes españoles.
A diferencia de los británicos, que llevaban su vida dentro de las comunidades generalmente cerradas de sus compatriotas expatriados, los inmigrantes del sur de Europa que hablaban la misma lengua, tenían las mismas creencias religiosas, mientras cargaban en cierta medida también un recorrido nacional común, se volvieron parte de la población y de la cultura local, moldeando decisivamente la segunda. Instalados en las nuevas grandes ciudades, en los barrios que constituían pequeñas comunidades-células de la nueva nación, vincularon su instalación con el desarrollo del barrio, como entidad geográfica dentro de cuyo marco las personas desarrollan lazos colectivos y por lo tanto identidad de pertenencia, la llamada pertenencia.
Estos nuevos inmigrantes no crearon solo comunidades, tipos raciales y estereotipos, como por ejemplo el cocoliche, el dialecto híbrido hispano-italiano de Buenos Aires, y una forma de vida, sino que crearon también nuevas características de la cultura de estos países. Mezclados con las poblaciones pobres que preexistían desde el colonialismo, sin complejos nacionales, debido a su origen de clase, abrazaron el ritmo y la música que habían creado los africanos, incorporando a sus hábitos de tiempo libre la milonga, una música de origen africano descrita con esta palabra plenamente africana, el candombe, que bailaban los africanos en el carnaval de Montevideo, el ritmo de la habanera cubana, así como la payada, que provenía del interior y era la música de los gauchos. Viviendo la vida de noche, en las horas en que no trabajaban, la conectaron con esos sonidos, que fuera de formas y marcos evolucionaron hasta que se creara un género particular de baile y música, casi idéntico a la vida del bajo mundo, con prostitución, pandillas y la dura, aunque hoy romantizada, vida del puerto: el tango. El tango, en el que los estudiosos encuentran elementos de muchos géneros musicales y bailables europeos, como por ejemplo la polka y el flamenco, se convertiría en el elemento cultural más reconocible de Argentina y Uruguay, y esa posición destacada en la cultura popular la compartiría más tarde solo con el fútbol. El tango quedó como el baile que contiene la melancolía del inmigrante, la dureza de la vida del puerto, acompañada sin embargo también por sentimientos intensos, la ruptura del decoro que corresponde a la llamada “alta sociedad” y los movimientos del cuerpo que reflejan la ausencia de límites en las relaciones sociales naturales de la gente pobre.

En Brasil, la mayor presencia de la población africana hizo evolucionar correspondientemente también la música sin verse influida tan intensamente por la tradición musical europea, creando la samba, mucho más rápida y alegre, que evolucionó en un gran paraguas de tradiciones musicales, expresada con distintos patrones en cada provincia del enorme país lusófono. La samba, sin embargo, como el tango, se convirtió en punto de referencia para la explicación mitológica de las características de una nación formada tarde en la Historia de los seres humanos — según la escala actual — y de la correspondiente mitología futbolística nacional. El elemento más importante de estas tradiciones bailables y musicales es que se relacionan con el desarrollo paralelo de los patrones casi estereotípicos de las comunidades de la clase trabajadora, del barrio en los países hispanohablantes y de la favela en Brasil. Su “humilde” origen de clase las conectó incluso con la ilegalidad y el bajo mundo, como se puede observar, sin embargo, en muchísimas tradiciones musicales populares, antes de que estas adquirieran el respeto de la vanguardia intelectual y fueran elevadas a elementos del patrimonio cultural nacional.
La contribución de los trabajadores migrantes europeos en los tres países fue enorme y sirve de manera decisiva para explicar los fenómenos sociales de las décadas que seguirán, ya que en el momento en que los británicos creaban la base económica sobre la cual se apoyaría la evolución de estos países, los trabajadores de Italia, España, Portugal, algunos menos también de Francia, junto con los pobres nativos ya de origen europeo y africano, creaban la propia identidad nacional.
“Cosas para ingleses locos”
Los primeros relatos que tienen que ver con la llegada del fútbol, o más correctamente de los juegos futbolísticos, a Sudamérica están registrados mucho antes de la época de la codificación del juego. La cultura futbolística era un elemento cultural nacional para los británicos desde la Edad Media, con la palabra foot-ball describiendo una familia de juegos con pelota que, por regla general, tenían dos equipos que intentaban llevarla hacia alguna meta en el extremo opuesto de cualquier espacio de juego definido. El tiempo libre de los británicos estaba ligado a esta actividad y es muy natural que así pasaran el tiempo también los marineros británicos que llegaban con los barcos del Imperio al otro extremo del océano durante la primera mitad del siglo XIX. Así, llegan hasta nuestros días las descripciones alrededor de 1840 de marineros que juegan juegos de este tipo en los muelles de Buenos Aires. Esta ocupación es algo completamente ajeno a la cultura de los locales, que ven el juego como algo exótico; de hecho, el diario de Buenos Aires La Razón lo describe como un juego “que consiste en correr alrededor de una pelota”. Es, quizás, una coincidencia extraordinaria que todavía hoy quienes no tienen ni quieren tener ninguna relación con el fútbol usen la misma expresión. Quizás los redactores hispanohablantes de ese fragmento habían imaginado de manera muy distinta la futura relación de su país con esa extraña ocupación.
Argentina es uno de los primeros países en los que se publican las reglas del fútbol. En 1867, apenas 4 años después de la reunión en la Freemason’s Tavern de Londres, donde se fundó la Football Association y se acordaron las primeras reglas del deporte, el diario británico The Standard publica las reglas en esta tierra lejana. La llegada del fútbol parece ser otra vez resultado de las condiciones que tienen que ver con la base económica, allí donde dominan los intereses británicos. Puede que los ingleses no estén en los barrios, puede que no bailen tango y que no se mezclen con la panspermia cultural del puerto del Río de la Plata, pero traen un elemento cultural de su propia cultura, que más tarde abrazarán no solo Argentina, Uruguay y Brasil, sino también cada país del planeta como propio.
Las reglas no eran necesariamente desconocidas para la colonia británica de Buenos Aires. Su publicación, después de todo, en el diario The Standard no se hizo sin propósito: el 6 de mayo de 1867, en el mismo medio impreso, Tomás Hogg publica un artículo-anuncio con el título “Foot Ball: A Preliminary Meeting”, convocando a los interesados a reunirse en un encuentro en el que se decidiría la fundación quizás de la primera institución futbolística del continente. El jueves 9 de mayo de 1867 se funda en la Calle Temple, la actual calle Viamonte, el “Buenos Aires Football Club”, con miembros fundadores principalmente obreros del ferrocarril provenientes del Norte de Inglaterra, mientras que en su composición y dirección participan miembros de la élite, como Thomas Hogg y su hermano James. El nuevo club fija el costo de la cuota en 30 pesos y menciona en su estatuto que adopta, ligeramente modificadas, las reglas de la Football Association. El anuncio del primer partido se publica también en The Standard y se fija para el día de enorme importancia del 25 de mayo, es decir, el aniversario de la independencia nacional del país. Sin embargo, este partido nunca se realiza, debido a la fuerte lluvia.
Aproximadamente un mes más tarde, el día de celebración nacional de la bandera argentina, que se fijó en el día de la muerte de su inspirador, Manuel Belgrano, el 20 de junio, el Buenos Aires Cricket Ground, en el barrio de Palermo, se convierte en el lugar del primer partido de fútbol en la historia de Argentina. El Cricket Ground era la cancha del Cricket Club, que fue fundado en 1831; a partir de este se creó el Football Club y, como lo atestigua su nombre, tenía que ver con las actividades deportivas de la élite y de su propio juego favorito. Sin embargo, quedó en la historia, ya que es la primera cancha que albergó un partido de fútbol (1867) y de rugby (1873) en Argentina, los dos deportes más populares del país hasta hoy. El 20 de junio de 1867 se considera la fecha de nacimiento del fútbol en Argentina y Thomas Hogg el Prometeo que trasladó esta llama que arde inapagable en las almas de toda una nación. Tuvieron que pasar apenas 3 años para que el diario El Nacional escribiera que el fútbol es “este juego inglés, no tardaremos en acostumbrarnos” (“this English game, it will not be long before we get used to it”).

El partido se disputa entre dos equipos que, pese a la participación exclusiva de británicos, toman prestados nombres de la lengua española, y los Colorados, que usaban gorros rojos, enfrentaron a los Blancos, que vestían de blanco. Capitán de un equipo es Thomas Hogg, de 24 años, y del otro Walter Heald, de 29, ambos miembros de la dirección del Buenos Aires Football Club. Sobre la base de las reglas codificadas, se juegan dos tiempos de 50 minutos y cada equipo está formado por 8 jugadores en el campo de juego. Este primer partido lo ganaron los Colorados por 4-0, mientras que el 9 de agosto, cuando los dos equipos volvieron a encontrarse, los Colorados ganaron otra vez por 3-0.
Sin embargo, son de gran importancia las referencias a las discusiones que tenían que ver con la preparación del partido, con las preocupaciones que estas expresaban, como por ejemplo si era apropiado que hombres compitieran con pantaloncitos cortos delante de espectadoras mujeres, revelando que toda la organización estaba plenamente influida por las convenciones sociales de las élites sociales. Heald, capitán de los Blancos, menciona en las páginas de su diario que su equipo tomó el tren a Palermo, delimitó el campo de juego con banderas y luego se dirigió a la Confitería para pan, queso y cerveza porter, esperando a los demás. También menciona los terribles dolores de espalda que sentían los futbolistas sobreagotados después del encuentro, dando testimonio de algunos elementos sobre su estado físico.
El Football Club, sin embargo, no tuvo larga vida. La epidemia de fiebre amarilla, que costó la vida de aproximadamente el 8% de los habitantes de Buenos Aires en 1870, interrumpió su funcionamiento y cuando este se reconstituyó, en 1873, adoptó las reglas del rugby union, que habían sido codificadas por la Rugby Football Union 2 años antes. Así, el propio club cambió de nombre y es conocido hasta hoy como Buenos Aires Cricket and Rugby Club, con el fútbol necesitando otros continuadores, quizás con motivaciones diferentes de las de estas primeras élites que colaboraron con los obreros ferroviarios británicos solo para mantener una ocupación de su clase en la tierra lejana que los alojaba.
Si Thomas Hogg y los ingleses del Cricket Club pueden ser considerados los mensajeros del fútbol en la capital de Argentina, sus verdaderos fundadores fueron escoceses. Este hecho, en combinación con la evolución del pensamiento futbolístico en Gran Bretaña a fines del siglo XIX, influyó de manera decisiva en el estilo nacional argentino, así como en el de Uruguay. Entre los equipos de la élite, que entendían el juego futbolístico como un enfrentamiento de fuerza física, y los equipos de la clase trabajadora, que creaban gradualmente un juego de cooperación, el llamado combination game, aparecía una línea divisoria entre dos escuelas de pensamiento futbolístico. Estas dos concepciones, a nivel nacional, correspondían también al enfoque de la selección nacional de Inglaterra, la primera, y al de Escocia, la segunda, que ya desde 1870 habían empezado a enfrentarse regularmente entre sí, con Escocia de hecho construyendo una dominación frente al juego inglés desde mediados de la década de 1870 en adelante.
El espacio donde empezó la verdadera instauración del fútbol en Argentina fue el St. Andrew’s Scots School, que había sido fundado inicialmente como escuela de niñas en 1838 y más tarde empezaron a estudiar allí también varones. En 1882 llegó a Buenos Aires para enseñar en la escuela Alexander Watson Hutton. Watson Hutton había nacido en 1853 en Gorbals, Glasgow, y estudió en la Universidad de Edimburgo. Siendo él mismo deportista, compartía las ideas que cada vez dominaban más en la Inglaterra victoriana, según las cuales el deporte constituye una parte indispensable de la educación. Así, cruzando el Atlántico, puso quizás como objetivo de su vida establecer el fútbol no solo dentro de las escuelas, sino también trabajar por el desarrollo de la cultura futbolística en la sociedad local.
Dos años después de su contratación en St. Andrew’s, Watson Hutton dejará la escuela, que no disponía de los recursos necesarios para crear instalaciones deportivas. En 1884 fundará el Buenos Aires English High School, que se convertirá en el centro de sus actividades, cada vez más vinculadas al fútbol que a las letras. La ubicación inicial de la escuela era la Calle Perú, en el centro de la capital, y los deportes tenían un lugar destacado en su programa, ya que más allá del fútbol, una serie de deportes, como remo, natación, tenis, esgrima y boxeo, se incluían en las actividades de una institución educativa hecha de esta manera según los modelos de la christian muscularity.
En 1886 Watson Hutton invita al hijo de su antigua casera en Glasgow, William Waters, para que asuma funciones de entrenador de fútbol en la unidad escolar. Waters llega a Argentina con una bolsa llena de pelotas de cuero. En la aduana los empleados no podían reconocer la utilidad práctica de esos objetos y se preguntaban si se trataba de odres de vino o de sombreros de cuero, con uno de ellos decidiendo que se trataba de “Cosas para ingleses locos”. Waters más tarde se convirtió en uno de los importadores de artículos deportivos más destacados de Argentina. Junto con Watson Hutton, sin embargo, crearon una escuela futbolística cuya concepción estaba inspirada en el combination game de la escocesa Queen’s Park, que había ganado el llamado Campeonato Mundial, es decir, el partido entre los campeones de copa de Inglaterra y Escocia, en 1881 y 1882, en el segundo caso incluso aplastando 8-0 al equipo aristocrático de los Old Carthusians, que todavía jugaba el juego de la fuerza física, el llamado rushing game.
En el mismo período, sin embargo, en que Watson Hutton y Waters sembraban la semilla del fútbol argentino en Buenos Aires, en la otra orilla del Río de la Plata otro maestro inglés de origen escocés creaba su propio movimiento futbolístico en el English High School de Montevideo. Nacido en 1866 en Kent y con estudios en Cambridge, William Leslie Poole llegó a Uruguay en 1885. En la capital del país del estuario los británicos ya habían fundado los clubes que practicaban los deportes de la élite, es decir, el cricket y el remo, pero no existía ninguna institución futbolística desarrollada. De hecho, el primer partido de fútbol registrado en el país se disputó en junio de 1881 entre esos dos clubes. En otras palabras, existía un recorrido paralelo del desarrollo de las actividades deportivas de los británicos con el de Buenos Aires. Después de todo, los dos países que compartían historia y cultura comunes, pero recorridos políticos separados, quizás no podían no tener también historias paralelas en cuanto al nacimiento del fútbol.
Y si Watson Hutton necesitaba la llegada de Waters para desarrollar el combination game de Queen’s Park en Argentina, Poole fue mentor de Henry Candid Lichtenberger, un atleta uruguayo de origen anglo-brasileño-alsaciano, que a los 18 años fundó el primer club futbolístico del país, el Club Albion, que de hecho aceptaba solo nativos como miembros. El desarrollo del fútbol dentro de las comunidades británicas, cuyos miembros se habían multiplicado desde 1880 en adelante debido al desarrollo de los ferrocarriles, fue vertiginoso. Así, en agosto de 1889 se disputó el primer partido internacional lejos de la Vieja Albión, ya que un equipo de jugadores seleccionados de Buenos Aires enfrentó a uno equivalente de Montevideo en el Cricket Club de la capital uruguaya. En este primer partido informal entre los dos países, los representantes de Argentina ganaron 3-1, mientras que el encuentro se integró a las celebraciones por los 70 años de la reina Victoria.
La primera fundación del fútbol argentino
La mayor ruptura en la historia del fútbol sudamericano, sin embargo, con enorme importancia para la evolución del deporte a nivel mundial, ocurrió en Argentina en 1891. Veinte años después del inicio de la primera institución futbolística, la FA Cup, y 3 años después de la fundación de la Football League y la aceptación del profesionalismo en Gran Bretaña, se organizó el primer campeonato de fútbol fuera de Gran Bretaña. El 14 de febrero The Standard publicó la invitación a una reunión, convocando a los futbolistas interesados a presentarse para que se constituyera la Argentine Association Football League. El 7 de marzo se firmó el acta fundacional y el 12 de abril empezó el primer campeonato de fútbol en Argentina, con la participación de 5 equipos. Estos clubes históricos eran Old Caledonians, Buenos Aires and Rosario Railway, Buenos Aires Football Club, Belgrano Football Club y St. Andrew’s, que firmaron también la declaración fundacional, mientras que, aunque declaró su participación, Hurlingham finalmente no jugó ningún partido.
El inspirador de este movimiento, según la aceptación también de la federación argentina en nuestros días, fue Alec Lamont, el director de St. Andrew’s, de donde algunos años antes se había ido Watson Hutton. Más allá del equipo homónimo de la escuela, Old Caledonians era el equipo de los obreros escoceses de una compañía inglesa que trabajaba en obras de saneamiento, Buenos Aires and Rosario Railway era el equipo de fábrica de la compañía homónima, Buenos Aires Football Club no tenía relación con el club de Thomas Hogg, sino que se trataba de otro equipo que compitió solo en esta competición, como también Belgrano FC, mientras que Hurlingham era por excelencia un equipo de la élite británica, que hasta nuestros días mantiene una enorme tradición en el polo y el cricket.
En esta histórica competición, Old Caledonians y St. Andrew’s terminaron empatados con 6 victorias, 1 empate y 1 derrota, con Old Caledonians teniendo mejor diferencia de goles mientras que St. Andrew’s tenía mejores resultados en los partidos entre ambos — una victoria y un empate —, pero no existía una regla que definiera la solución del empate y así ambos fueron proclamados campeones. El 13 de septiembre, el partido entre ellos decidió la entrega del trofeo y de las medallas. St. Andrew’s ganó 3-1 en el alargue, gracias a un hat-trick de Charles Douglas Moffatt, y así Lamont vio a su equipo conquistar el primer trofeo de la institución que había imaginado. Hoy el servicio mundial de estadísticas del fútbol, RSSSF, reconoce a ambos clubes como ganadores de la competición y al partido desempate como un juego de formalidad para la entrega del trofeo, pero la Asociación del Fútbol Argentino, AFA, registra como ganador de la competición a St. Andrew’s. Otro elemento que exalta el aporte de la escuela futbolística de Escocia en estos primeros pasos del fútbol argentino es el hecho de que todos los futbolistas de St. Andrew’s eran escoceses, mientras que el capitán y entrenador era William Waters, que se había ido del English High School de Watson Hutton.

A pesar de que en el estatuto de la liga se mencionaba que la competición se realizaría todos los años, en 1892 no fue posible repetir el campeonato por falta de recursos. La primera empresa gloriosa tuvo un final sin gloria, pero hizo falta apenas un año para que Alexander Watson Hutton lograra lo que Alec Lamont no completó: cimentar de una vez y para siempre el fútbol en Argentina. El 21 de febrero de 1893, Watson Hutton, junto con representantes de Quilmes, de Old Caledonians, de St. Andrew’s, del Buenos Aires High School, de Lomas y de Flores, refunda la liga con el mismo nombre. Esta es considerada hasta hoy la fecha de fundación de la Asociación del Fútbol Argentino, AFA, que constituye la misma entidad a través de la evolución de su estatuto. De hecho, sobre la base de esta fecha de fundación, la Asociación Argentina es la primera de su tipo fundada fuera de Europa.
La gran potencia de los primeros años del campeonato argentino fue Lomas Athletic Club, fundado en el suburbio de Lomas de Zamora, en el sur de Buenos Aires. Desde 1893 hasta 1898, Lomas ganó 5 de los 6 títulos, mientras que en 1897 la competición la ganó Lomas Academy, es decir, el segundo equipo del club, creado para que hubiera mayor competencia en el campeonato. El club de fútbol fue fundado en 1891 desde las entrañas del Cricket Club homónimo, cuyo fundador era James Hogg, es decir, el hermano de Thomas Hogg y cofundador del Buenos Aires Football Club en 1867. Se trataba de un club hecho dentro de un barrio donde había una gran concentración de obreros y tecnócratas ingleses y de uno de los clubes fundadores del River Plate Rugby Championship, algo que hasta nuestros días refleja más la larga historia del club, que actualmente mantiene solo una sección de rugby en la primera división, mientras que su sección de fútbol se disolvió en 1909.
La nueva competición, pese a que tenía pocos equipos para los parámetros actuales, concentraba cada vez más el interés de la población británica y progresivamente de la nativa. Su éxito se ve en una serie de elementos, como los 500 espectadores en el partido por el título contra Flores, con crónicas que informan que varios de ellos se habían subido a los árboles para seguir el encuentro en 1893, mientras que en 1899 se suma también una segunda categoría, aunque sin que exista un sistema de ascenso y descenso hasta 1906.
La fundación en Uruguay
Hasta qué punto la fundación y el éxito de la liga argentina influyó en los desarrollos futbolísticos en Uruguay es algo para lo cual no existen fuentes concretas que lo sostengan. Sin embargo, fue después de esta primera época de gloria del campeonato argentino que una institución correspondiente empezó en la otra orilla del Río de la Plata. Montevideo, existiendo permanentemente en competencia y en paralelo con Buenos Aires, desde los años de Artigas en adelante, conocía el florecimiento futbolístico de manera correspondiente. Más allá de la llegada de Poole y de la importantísima fundación de Albion Football Club como club de los nativos, en una época en la que en Argentina jugaban al fútbol casi exclusivamente los británicos, se habían fundado otros equipos que reflejaban la cultura de los avecindados del Norte de Europa, formando una red futbolística de una élite peculiar, que se consideraba superior a la clase trabajadora racialmente mezclada y proveniente del Sur de Europa.
Lo seguro es que las masas trabajadoras criollas todavía no habían abrazado el deporte tanto como los británicos de posiciones de clase superiores e inferiores. Así, Albion Club se vio obligado a retroceder respecto de su posición inicial de exclusión de los británicos, para asegurar su viabilidad. A su lado se fundaron otros clubes importantes, como Central Uruguay Railway Cricket Club, que era el equipo de fábrica de Central Uruguay Railway y empezó su recorrido futbolístico en 1891; Uruguay Athletic Club, fundado en 1898 en Punta Carretas por la unión de otros dos clubes, American y Nacional Football Club; así como Deutscher Fussball Klub, que en realidad fue fundado en 1896 por avecindados alemanes, aunque su estatuto fue aprobado el 23 de mayo de 1897. Estos cuatro equipos, con enorme participación de los avecindados noreuropeos en sus formaciones, empezaron el campeonato de fútbol del país en 1900, fundando también la Uruguayan Football Association ese mismo año.

Como contrapeso de la existencia de estos clubes, sin embargo, estuvo la fundación del Club Nacional de Football. En Uruguay en aquella época parece que no tenían mucha imaginación en cuanto a los nombres. Así, mientras que el Athletic Club de Punta Carretas, dominado por los británicos, era resultado de una fusión en la que participaba Nacional Football Club, el criollo Club Nacional de Football fue resultado de la fusión del Athletic Club de La Unión, otra zona de Montevideo, en 1899. Los colores de este club “nacional” eran, de hecho, el azul, el blanco y el rojo, inspirados en los colores de la bandera del libertador nacional Artígas. El hecho de que los clubes de los avecindados organizaran el fútbol con el objetivo de su propia diversión y no de la difusión de la cultura futbolística en las sociedades donde vivían se demuestra por la negativa de los 4 clubes fundadores de la federación a aceptar a Nacional en el primer campeonato de 1900. CURCC ganó aquella primera competición, mientras que al año siguiente Nacional fue finalmente aceptado, terminando segundo, otra vez detrás de CURCC. Nacional finalmente conquistó su primer campeonato en 1902 y desde aquellos primeros años empezó una rivalidad excesivamente monótona entre los dos clubes, que continúa hasta hoy. En el momento en que se escriben estas líneas, Nacional ha ganado 50 campeonatos, mientras que CURCC, que pasó a llamarse Peñarol, ha ganado 52. Claro, hay bastantes que sostienen que Peñarol no es realmente la evolución de CURCC, porque así Nacional es el más ganador del torneo — pero ¿en qué país no existen tales historias futbolísticas míticas?
El hecho de que hubiera dos campeonatos en los dos países vecinos, sin embargo, dio nacimiento a otra institución más, que previamente existía solo en la metrópolis del deporte: las competiciones internacionales. Puede que el primer partido en la historia en el que equipos de las dos capitales participaran hubiera sido organizado por los británicos en 1889, pero ese primer partido, como también los encuentros correspondientes que siguieron, eran más bien reuniones amistosas entre clubes organizados que no representaban ninguna cultura futbolística nacional y, por supuesto, los equipos no habían sido elegidos ni designados por ninguna institución futbolística nacional. En el mismo espíritu se movían también los encuentros de Albion, que jugaba con equipos de Buenos Aires. Esos partidos se parecían más a amistosos interclubes tempranos y no tenían ninguna relación con encuentros internacionales, como por ejemplo sucedía en Gran Bretaña. Incluso un partido disputado en 1901, en el que los equipos aparecieron con la denominación de “combinados de selecciones nacionales”, era en esencia un encuentro de Albion con una delegación azarosa de futbolistas de Argentina.
El primer partido oficial entre las selecciones nacionales de los dos países, que es al mismo tiempo el primero reconocido por las dos federaciones de fútbol, tuvo lugar el 20 de julio de 1902, en la cancha de Albion en Paso de Molino, Montevideo; el árbitro fue Roberto W. Ruud, proveniente de Argentina, y la concurrencia se midió en 8000 espectadores. Para Argentina, el presidente de la federación Francis Hepburn Chevallier-Boutell, así como el jugador de Lomas Juan Oswald Anderson, eligieron el equipo representativo, mientras que Chevallier-Boutell propuso también las camisetas, con Uruguay jugando con camisetas azules que llevaban una franja diagonal que empezaba desde el hombro derecho, mientras que Argentina jugó con camisetas celestes, que se parecían más a los colores futbolísticos nacionales que más tarde adoptó Uruguay. Para Argentina, 5 equipos estuvieron representados por jugadores que vistieron los colores nacionales: el campeón Alumni con 5 jugadores, Quilmes y Belgrano con 2, y un jugador de Lomas y de Barracas Athletic Club componían este primer once, que en su conjunto estaba formado por futbolistas con nombres ingleses. Para Uruguay, en cambio, 9 jugadores de Albion y 2 de Nacional jugaron este encuentro, con sus nombres siendo en su conjunto reflejo de la población criolla de Montevideo. La selección argentina salió triunfante con un 0-6 de este partido, teniendo además 6 goleadores distintos. Lo principal, sin embargo, fue que este encuentro dio nacimiento a una de las rivalidades clásicas internacionales más históricas del fútbol, fue la inspiración para la creación de la Copa Lipton, de la Copa Newton, y fue también el trasfondo de una tradición que continuaría en el escenario mundial, y de hecho mucho más rápido de lo que alguien entonces podría haber calculado.
En Argentina, los británicos dominaban plenamente también en el campeonato nacional, creando su primera leyenda, que quizás selló también el final de una época futbolística, la de esa primera fundación del fútbol nacional. Alumni, es decir, el equipo creado por los egresados del British High School de Watson Hutton, empezó desde 1900 una tremenda racha de éxitos, conquistando 10 campeonatos hasta 1911, perdiendo solo los títulos de 1904 y 1908 frente a Belgrano Athletic Club, que era la continuación de Buenos Aires and Rosario Railway Athletic Club y estaba compuesto también por ingleses, a pesar de su nombre que remitía al líder nacional argentino de la independencia. Hoy la epopeya de Alumni vive solo a través de los colores de Barracas Central, que fue fundado en 1904 y eligió los mismos colores para su camiseta que la superpotencia de la época.
El fútbol en los trópicos
Puede parecer paradójico en nuestros días, pero el fútbol tardó bastante, en relación con los dos países del Río de la Plata, en dar sus primeros pasos en Brasil. Las condiciones climáticas, con el clima tropical constituyendo una condición muy distinta de la que los británicos conocían como ideal para los deportes y el tiempo libre, quizás no dejaban tampoco los márgenes para que se crearan aquellos núcleos correspondientes de “ingleses locos” que se juntarían para “correr alrededor de una pelota”. Los británicos de Brasil disfrutaban las altas temperaturas como si estuvieran de vacaciones permanentes y mostraban poco interés por el desarrollo de los deportes, incluso del cricket, cuya existencia era casi idéntica a la existencia de una élite británica en cualquier parte del mundo.
La historia de cómo empezó el fútbol en Brasil es más un mito que un desarrollo histórico real conectado con procesos sociales, algo que quizás muestra también el tamaño pequeño hasta insignificante de cualquier actividad futbolística hasta fines del siglo XIX. En lugar de existir los primeros pioneros, luego los evangelistas que institucionalizaron el deporte y después el desarrollo gradual de competiciones y federación, la historia del Brasil futbolístico empieza directamente desde una única persona. El 24 de noviembre de 1874 nació en São Paulo Charles William Miller, que naturalmente, para que se repitiera un patrón que ya parece estereotípico en el relato histórico, no podía ser otra cosa que hijo de un ingeniero ferroviario escocés. Antes incluso de cumplir 10 años, en 1884, Miller fue a estudiar al Banister Court public school de Southampton, donde entró en contacto con el fútbol y el cricket. En 1894, diez años después de su partida, volvió por mar a São Paulo llegando a Santos, el puerto de la gran ciudad brasileña. En el muelle lo esperaba su padre “como si estuviera en mi funeral”, como contó más tarde el propio Miller, que esperaba que su hijo desembarcara con el título en su equipaje. Lo que vio, sin embargo, fue al Charles de 19 años bajar del vapor sosteniendo dos pelotas, una en cada mano. “¿Qué son esas cosas, Charles?” le preguntó su padre. “Mi título”, le respondió Miller. “¿Cómo dijiste?” volvió a preguntar sorprendido, para recibir la respuesta desarmante: “¡Sí! Tu hijo se graduó en fútbol…” ¿Mito o verdad? Incluso si este relato proviene del propio Miller, es seguro que la historia no podría haber ocurrido de esta manera, ya que su padre había muerto 8 años antes en Glasgow. Miller simplemente se colocaba a sí mismo de esta manera en la posición del evangelista del fútbol para un país que vive y respira por él, así como por la mitología que lo acompaña.

Más allá de los mitos, sin embargo, Miller era también excelente organizando el fútbol en la realidad. Referencias dispersas que se conservan hablan de partidos espontáneos entre británicos vinculados con la iglesia desde 1872, mientras que una referencia de 1874 informa sobre la organización espontánea de un partido con reglas modificadas por marineros en Rio de Janeiro. El primer partido, sin embargo, organizado con el objetivo de constituir el inicio oficial de las actividades futbolísticas fue el que Miller organizó en el marco del São Paulo Athletic Club, SPAC, en 1895. El club, aunque fundado en 1888, tenía hasta entonces una sección de cricket — siguiendo el orden habitual de aparición de los deportes en los clubes británicos — y Miller fue quien organizó su sección de fútbol, aprovechando — de nuevo según él mismo — otro objeto que se encontraba en su equipaje: un set de reglas de la Hampshire Football Association.
Miller fue también responsable de la creación de la Liga Paulista, el campeonato de la provincia de São Paulo que existe hasta hoy y constituye parte de una tradición futbolística peculiar de campeonatos locales, con la participación de los equipos principales que participan también en el campeonato nacional. La liga fue fundada el 14 de diciembre de 1901, con 5 clubes como miembros: São Paulo Athletic Club, Internacional, Mackenzie, Germânia y Paulistano. Todos estos clubes representaban a las élites de São Paulo, sin embargo, con su participación en una institución futbolística de este tipo, contribuyeron decisivamente a la expansión de la popularidad del juego en todos los estratos sociales.
Más allá de la existencia del campeonato, otro hecho ayudó al fútbol a ganar un lugar más central en los intereses de los habitantes de São Paulo. En 1910 el equipo británico de la élite de Londres, Corinthian FC, en el cual había jugado también Miller mientras estaba en Inglaterra, hizo un tour por Rio de Janeiro y São Paulo. El equipo puramente amateur, que representaba los ideales de la clase dominante y por eso no adoptaba el profesionalismo, tenía de manera estable entre sus actividades la realización de tours en otros países, ya que no seguía el calendario de la Football Association, negándose a aceptar la existencia del profesionalismo. Corinthian FC ganó de manera enfática los partidos que jugó, incluso contra una selección peculiar bajo el nombre Brazil XIs, mostrando un estilo de fútbol diferente y demostrando que la diferencia de nivel entre el fútbol que se jugaba en Brasil y el de Gran Bretaña era enorme. Esto, sin embargo, en lugar de desanimar a los dirigentes y futbolistas de los clubes brasileños, funcionó como incentivo para la organización y mejora del fútbol a nivel nacional.
El tour de los Corinthians dejó, de hecho, su sello para siempre en São Paulo, ya que el club fundado el año del primer tour, el 1 de septiembre de 1910 por trabajadores ferroviarios de Bom Retiro, y que es uno de los más populares de la ciudad, fue llamado en honor de aquel club británico Sport Club Corinthians Paulista, transformando históricamente un nombre de la élite en símbolo de los sectores populares. La fundación del club Corinthians tiene además una gran significación simbólica, ya que en esa misma zona de Bom Retiro, alrededor de 1895, se jugaba un juego por parte de ingleses sobre el cual un comentario de la época decía: “En Bom Retiro, … un grupo de ingleses, un montón de maníacos como son todos ellos, se encuentra cada tanto para patear algo que se parece a una vejiga de toro. Les da una enorme satisfacción y los llena de tristeza cuando esa peculiar vejiga amarilla entra dentro de un rectángulo formado por postes de madera.” Quince años después de esta descripción gráfica del fútbol exótico, ese mismo lugar exacto se convertía en la sede de un club que representaría a su clase trabajadora.
En Rio de Janeiro, aunque el desarrollo llegó un poco más tarde, siguió pasos parecidos a los del São Paulo futbolístico. El evangelista del fútbol carioca fue Oscar Cox, que nació en la ciudad como descendiente de una familia de origen británico el 20 de enero de 1880. En lugar de Inglaterra, adonde fue Miller, Cox viajó a la Suiza francófona y a Lausana para sus estudios, donde también entró en contacto con el juego futbolístico. Al volver en 1897 a su ciudad natal no contó ninguna historia con pelotas correspondiente a la de Miller, sin embargo, 4 años más tarde, el 22 de septiembre de 1901, organiza el primer partido en Rio de Janeiro, armando un once que enfrentó al equipo de Miller, São Paulo Athletic Club. Dentro del año siguiente fundó también uno de los tradicionales grandes clubes de la ciudad, que durante décadas constituyó el representante futbolístico de la élite, Fluminense. El club de Cox, junto con Botafogo, el equipo de fábrica de Bangu, que rompió el monopolio de los blancos en el fútbol brasileño, Football and Athletic, Payssandu Cricket Club y Rio Cricket, jugaron el primer Campeonato Carioca en 1906. Fluminense ganó aquel primer título, así como otros tres en los años siguientes, el segundo compartido con Botafogo, para emerger como la primera gran potencia del fútbol de la ciudad. En el campeonato de 1908, de hecho, Edwin Cox, hermano de Oscar, fue el máximo goleador de la competición con los colores de Fluminense, marcando 12 goles.
La segunda fundación del fútbol argentino
Los años en que los británicos se ocupaban de fundar cricket clubs y luego de desarrollar clubes de fútbol, para satisfacer la necesidad de aprovechar su tiempo libre y trasladar su cultura al lugar donde se habían instalado, las poblaciones locales, esas que se consideraban a sí mismas locales y ligadas a su nueva patria, independientemente de su origen, tenían otras cosas de las que ocuparse, con la historia política de Argentina durante el siglo XIX compuesta por conflictos sucesivos, principalmente entre el poder porteño y los señores de las provincias interiores. La propia independencia del nuevo Estado, de hecho, llevó a una entidad estatal muy distinta, sobre todo geográficamente, de la que imaginaban los protagonistas de su creación, para quienes la prioridad era asegurar el carácter político de su visión, con el rol hegemónico de Buenos Aires.
Más allá de la pérdida de la Banda Oriental, que constituía un centro militar de importancia clave para la república recién creada, los conflictos en el Alto Perú, entre las fuerzas del Río de la Plata, la administración real del Perú y también las fuerzas de liberación nacional de Bolívar, llevaron en 1825 a la independencia del país que en honor del héroe libertador fue llamado Bolivia. Mucho antes, los señores de las provincias alrededor de la histórica Asunción, que constituía una ciudad con vínculos históricos y culturales estrechísimos con Buenos Aires, viendo los planes de la Primera Junta del puerto, se encargaron de declarar la independencia de sus territorios, creando el Estado de Paraguay en 1811, con su consagración constitucional lograda en 1813 y el reconocimiento final por parte de los Estados vecinos en 1843.
Así, el único espacio que quedaba para la expansión de la república del Río de la Plata, al este de los Andes, eran las grandes extensiones de las Pampas y de la Patagonia, en las cuales sin embargo se encontraban instaladas poblaciones indígenas, mientras que el poder lo tenían los señores locales, que nunca quisieron comprometerse con la imposición de la autoridad de Buenos Aires. Puede que el día de la independencia nacional se considere el 10 de mayo de 1810, sin embargo la composición territorial del Estado de las Provincias Unidas del Río de la Plata permanecía fluida durante muchas décadas. El hecho de ruptura para la institucionalización constitucional del Estado que finalmente se llamó Argentina ocurrió en 1852, cuando el líder de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, fue derrotado en Caseros y al año siguiente se redactó y adoptó en Santa Fe la constitución del país, basada en la constitución estadounidense y, junto con sus eventuales anexos, es la que sigue vigente hasta nuestros días. Sin embargo, esta condición constitucional fue firmada sin Buenos Aires, que se retiró de la confederación. La verdadera unión del país ocurrirá con la entrada de la capital en ella en 1860 y su transformación de confederación en república, algo que era, después de todo, la demanda básica de la administración del puerto.
La unificación final del país fue finalmente la que llevó a la creación de un nuevo modelo exportador, con productos como la carne y el trigo cargados en vapores y frigoríficos flotantes, los llamados frigoríficos, que constituyeron la base de un desarrollo económico vertiginoso. Hacia fines del siglo XIX, con la llegada al poder de Julio Roca, que aplicó un plan oligárquico de administración, con poderes concentrados en Buenos Aires pero también la garantía de la hegemonía de los terratenientes en el interior, Argentina se había convertido en un paraíso capitalista, que prometía oportunidades a cualquiera que buscara su suerte en sus tierras.
Pero la clase trabajadora que llegaba para encontrar una mejor perspectiva en su vida traía consigo también sus ideas, incompatibles con un disfraz republicano de un sistema oligárquico de tipo colonial. La miseria en los barrios obreros y la vida dura de los inmigrantes, que constituían ya la mayoría de la población argentina, fueron el terreno para que floreciera la acción sindical, con quizás como hecho más crítico la fundación de la Unión Cívica Radical, un partido que se apoyaba en una retórica proobrera y que, más allá de cualquier participación y éxito suyo en las elecciones nacionales hasta hoy, jugó un papel enorme porque fue pionero en la aparición de una expresión política — y no siempre de una práctica, algo bastante más complejo — que no tenía relación con los intereses de uno u otro oligarca del país.
La unificación nacional de Argentina, la creación de una sociedad que ya no era un feudo colonial de viejo tipo, sino una democracia burguesa, era condición necesaria para que pudieran fundarse también instituciones futbolísticas por parte de los ciudadanos de un Estado que ya no eran solo súbditos y no vivían allí únicamente para asegurarse la supervivencia. Así, en la época en que ya había empezado el campeonato nacional con la participación de equipos que tenían casi exclusivamente futbolistas con nombres británicos, uno tras otro, todos los grandes clubes de Argentina, que brillaron en el recorrido de más de un siglo hasta nuestros días, empezaron a fundarse. La existencia de una segunda y tercera categoría en el campeonato constituye, de hecho, un incentivo para la práctica regular del fútbol y la participación en partidos que creaban, más allá de equipos, la base de hinchas, la identidad local y por lo tanto el mito de cada club.
Gimnasia y Esgrima
En 1901, el club de La Plata, Gimnasia y Esgrima, que había sido fundado en 1887 como club de esgrima, como lo atestigua también su nombre, creó una sección de fútbol. Gimnasia, como es ampliamente conocido, fue fundado por 50 miembros de la comunidad hispanohablante de la ciudad, apenas 5 años después de la fundación de la propia La Plata. El hecho de que no constituyera un club británico lo coloca en un lugar destacado en la historia del fútbol argentino, ya que hasta hoy Gimnasia mantiene el título del club más antiguo que participa en el campeonato argentino.
River Plate
El día de la independencia nacional, el 25 de mayo de 1901, uno de los clubes más grandes del país fue fundado en el barrio portuario de La Boca, su nombre: ¡Club Atlético River Plate! El club, que se apoyaba en trabajadores del puerto, fue resultado de la fusión de otros dos clubes, Santa Rosa y Club La Rosales, mientras que su nombre fue propuesta de Pedro Martínez, que se inspiró leyendo en los cajones del muelle 3 las inscripciones “River Plate”, es decir, el nombre británico del Río de la Plata. La primera cancha del club se encontraba en la Dársena Sud del puerto de Buenos Aires, detrás de depósitos de carbón de la firma británica “Wilson”, con el dueño y los cuadros administrativos de la empresa siendo también financistas del club. Con telas rojas de la misma unidad se cosieron también las primeras franjas sobre las camisetas blancas de los futbolistas de River, para crear una de las camisetas de fútbol más reconocibles del mundo. El origen obrero de River Plate se refleja también en el hecho de que su primer presidente, el médico Leopoldo Bard, fue luego también diputado de la Unión Cívica.

River Plate cambió de ubicación de su sede varias veces, moviéndose de la Dársena Sud al barrio que lo vio nacer, La Boca, luego más al sur, a Sarandí, después otra vez a La Boca, para terminar en 1923 en la zona de clase media de Recoleta, cambiando su espacio social, más allá de su geografía, hasta que en la década de 1930 constituía el equipo dominante de la clase dirigente, con recursos que cambiaron por completo su idiosincrasia, hasta el punto de que el club fue llamado “millonario”. De esta manera constituye uno de los raros ejemplos de equipo nacido del pueblo que finalmente se convirtió en propiedad y representante de los estratos sociales superiores, en el momento en que la transformación más habitual de clubes de fútbol ha sucedido históricamente en la dirección opuesta.
Racing Club
En el mismo período, en un ambiente mucho más urbano, el marco académico del Colegio Nacional de Buenos Aires, un grupo de estudiantes fundó el 12 de mayo de 1901 el Football Club Barracas al Sud. Ese nombre, Barracas al Sud, tenía entonces la zona que ahora se llama Avellaneda, una zona industrial al sur del barrio de Barracas, como lo atestigua también su nombre. Este club estudiantil tenía la característica de estar compuesto exclusivamente por miembros criollos, algo que hasta entonces no había sucedido en la historia del fútbol argentino. Podían existir clubes en los que no participaban británicos, sin embargo era grande la participación de inmigrantes de primera generación que trasladaban su conocimiento y su pasión por el fútbol desde otros países. Por ejemplo, fue muy importante la participación de italianos en la fundación de River Plate.
Unos dos años más tarde, el 25 de marzo de 1903, este equipo estudiantil se fusionó con el club de los Colorados Unidos al Sud, para crear Racing Club. Socialmente, más allá de sus características criollas, la fundación de Racing tiene gran importancia, ya que constituye la fundación de un club no en el puerto, que constituye centro de vida y actividades de los inmigrantes, sino en una zona industrial que se desarrollaba debido al crecimiento de la economía de Argentina, que ya no trasladaba solo carne y trigo desde el interior hacia el puerto, sino que producía también productos industriales, creando también barrios de correspondiente composición de clase en la capital. La participación, de hecho, de muchos trabajadores ferroviarios en los primeros pasos del club, que trabajaban en la Buenos Aires Great Southern Railway, demostraba que el recorrido social de la creación de los clubes por parte de los británicos no era distinto de aquel que finalmente creaba también los clubes de las poblaciones criollas, mientras que tampoco difería de la manera de fundación de muchas asociaciones futbolísticas en Gran Bretaña, creando un patrón social de nacimiento de las células de la actividad futbolística.

En cuanto al nombre del equipo, se dice que fue propuesto por Germán Vidaillac, de origen francés, cuando leyó el título de una revista francesa de automovilismo. Otras fuentes, sin embargo, mencionan algo que quizás tiene mucha mayor pertinencia histórica: Vidaillac efectivamente leyó el nombre Racing en una revista deportiva, pero ese nombre ya era habitual para clubes deportivos franceses y en realidad la referencia tenía que ver con Racing Club de France, que en aquellos años era uno de los clubes protagonistas del rugby y el fútbol francés, teniendo sus raíces también en un colegio, el Lycée Condorcet, que se encuentra en el distrito 9 de París.
Dada la composición de clase de los miembros de Racing, así como su base social, sus primeros colores fueron el amarillo y el negro, como referencia al Central Uruguay Railway Cricket Club de Villa Peñarol de Montevideo. Sin embargo, según las fuentes históricas, existía la voluntad de evitar la identificación con un club del país vecino y así los colores cambiaron rápidamente a celeste y rosa, que uno diría que recuerdan los colores de la bandera de París, mientras que más tarde se adoptó el celeste y blanco, que además de ser colores nacionales de Argentina eran por diabólica coincidencia también los colores de Racing Club de France.
Independiente
Racing encontraría, inesperadamente, algunos años más tarde, vecinos en la Avellaneda industrial. Un grupo de trabajadores de una tienda de ropa de lujo en el centro de Buenos Aires decidió rechazar la invitación de Atlanta, que los llamaba a su fundación, para fundar Independiente Foot-ball Club. Encontrar cancha en el centro de la capital era sin embargo una cuestión difícil para un club obrero, con el resultado de que empezó un recorrido nómada, usando como sede canchas que se encontraban en distintas zonas, incluida Recoleta, donde estaba el Colegio Nacional, la escuela de los fundadores de Racing, mientras que más tarde fue sede de River Plate, desde 1923 hasta 1937.

El club finalmente encontró un terreno para crear su sede en el lado sur de la capital, allí donde todavía había grandes extensiones disponibles. Ese terreno lo encontraron en Crucecita, que forma parte de la zona más amplia de Avellaneda. Así, Independiente se instaló en 1907 en el espacio vital de Racing. Esta mudanza creó una gran rivalidad histórica entre los dos clubes, mientras que desde 1928 Independiente se mudó literalmente al lado de su gran rival, en la Avellaneda central, con las canchas de los dos equipos a menos de 300 metros, sin ninguna construcción que separe visiblemente el espacio entre ellas. Al menos, Independiente, que inicialmente jugaba con camiseta blanca con detalles azules — y por lo tanto se habría parecido muchísimo a Racing — después del tour de Nottingham Forest en 1908 adoptó el 10 de mayo de ese mismo año las camisetas rojas.
Boca Juniors
Un poco más al norte, sin embargo, en el puerto, empezaba otra rivalidad futbolística, de las más legendarias que conoció hasta hoy la humanidad. El 1 de abril de 1905, un grupo de chicos que jugaban en el club de fútbol Independencia Sud se reunió en la Plaza Solís de La Boca con el objetivo de fundar su propio equipo de fútbol. En aquella época La Boca estaba llena de inmigrantes italianos, que jugaron su papel naturalmente también en la fundación de River Plate, pero a los chicos que fundaban el nuevo club los unía también el origen específico de Liguria, dando así un componente geográfico de procedencia más limitado que acompañaría la historia del club para siempre. Después de varias discusiones, dos días después de aquella primera reunión, terminaron por adoptar como nombre de su club el nombre del barrio, Boca, agregando Juniors como indicativo de la edad de sus fundadores. El 3 de abril de 1905 se considera así la fecha de fundación del club y la Plaza Solís el lugar de fundación, para ser exactos, un banco. Teniendo como primeros colores el blanco y el negro, más tarde adoptaron una camiseta celeste, hasta que la llegada del barco Oskar II de Nordstjernan/Johnson, que traía la bandera sueca, el 5 de febrero de 1907, inspiró los colores azul y amarillo de la camiseta legendaria del club.

Estos cuatro equipos llevan una historia que se compone de una mezcla de recorridos paralelos y opuestos. Es característico que mientras las raíces de Racing están en la zona de clase media de Recoleta y el Colegio Nacional, el lugar que dio nacimiento al club de fútbol fue la Avellaneda industrial, conectándolo con un trasfondo social muy distinto. Exactamente opuesto fue el recorrido de River. Independiente, que empezó desde el centro cosmopolita, se encontró en la humilde zona industrial compitiendo con un equipo que ya estaba allí, aunque parte de su historia provenía de estratos sociales superiores. Boca, que apareció como club competitivo de River, empezó su historia frente al equipo que ya estaba instalado en el puerto, para verlo irse, cambiar de identidad y en su mitología traicionar sus raíces obreras e inmigrantes. En el fútbol los hechos históricos no envejecen nunca, crean identidades eternas — y porque los hechos históricos no cambian, la competencia entre los clubes solo puede darse sobre la base de un relato que se interesa más por narraciones míticas que por un enfoque académico. Después de todo, nadie gritó jamás un cántico porque leyó algo en un libro; muchos, sin embargo, se emocionaron con una historia que escucharon, aunque no fuera nada más que un lindo cuento.
San Lorenzo
Este histórico cuarteto de clubes de Buenos Aires vino a ser completado, dentro de la misma década, por un club que no fue creado ni por obreros, ni por estudiantes, ni por chicos del puerto, ni por inmigrantes, ni por británicos, pero tampoco por algún sector de la élite burguesa. El quinto gran club de Buenos Aires nació de otra institución con lugar destacado en la historia social de Argentina y de su capital, la iglesia católica. En Gran Bretaña no fueron pocos los casos en que sacerdotes fundaban clubes de fútbol, con el objetivo de expandir los ideales de la llamada christian muscularity, mientras que durante el siglo XIX la atracción de jóvenes chicos hacia el fútbol se consideraba también una manera de evitar actos pecaminosos, entre ellos la masturbación.

No está registrado si estos pensamientos pasaban por la mente de Lorenzo Massa, un sacerdote católico, cuando vio chicos jugando en las calles del barrio de Almagro. Massa encontró el espacio para la sede del nuevo club de fútbol un poco más al sudoeste, en Bajo Flores, para que se fundara un club que llevaría — por coincidencia — también su propio nombre, Club Atlético San Lorenzo de Almagro, que con esta denominación honraba la procedencia de los chicos que encontraron desde la iglesia su propio hogar futbolístico, así como a San Lorenzo de Roma y la batalla de San Lorenzo del 3 de febrero de 1813, la única batalla dentro del actual territorio de Argentina en la que combatió el héroe nacional del país, José de San Martín.
Estos cinco grandes clubes fundados por no británicos durante la primera década del siglo XX en Buenos Aires monopolizarían durante décadas el fútbol argentino y hasta hoy constituyen los cinco grandes, los gigantes que pueden ser a veces más fuertes y a veces más débiles, pero cargan la tradición y la herencia del fútbol de la capital. En las otras ciudades de Argentina, en el mismo período se crean también los clubes que protagonizarán el campeonato nacional. En La Plata, a partir de una escisión de estudiantes que no cabían en la estructura elitista de Gimnasia y Esgrima, se creó el 4 de agosto de 1905 Estudiantes de la Plata, mientras que en Rosario los equipos que protagonizarán la ciudad, dividiéndola absolutamente en dos bandos, fueron fundados por británicos. Inicialmente, los empleados ferroviarios — quiénes otros, después de todo — de la Central Argentine Railway fundaron en Nochebuena de 1889 el Central Argentine Railway Athletic Club, que más tarde pasó a llamarse Rosario Central, mientras que el 3 de noviembre de 1903 Claudio Newell fundaría en el marco del Colegio Anglicano el equipo Old Boys, que algunos años más tarde tomaría también el nombre de su padre, fundador del colegio, Isaac Newell.
En la primera década del siglo XX hay una explosión de clubes de fútbol que reflejan la identidad local, el origen nacional, la posición de clase, la ideología de sus fundadores. Cada causa que acerca a las personas que aman el fútbol se convierte en símbolo en el nombre, los colores y el escudo de un club. Más allá del campeonato nacional que ya tenía muchas categorías, en 1907, según una investigación de Julio Frydenberg que menciona Jonathan Wilson en su libro Angels With Dirty Faces, hay más de 300 clubes que compiten en Buenos Aires fuera del campeonato oficial. Un club mítico de este tipo es también Sacachispas, un club de chicos que hacen cualquier travesura posible para juntar dinero para comprar pelota, camisetas y accesorios para el equipo del barrio, recordando en gran medida la sed de los chicos por defender su propio barrio, en el mismo período, en otra parte del mundo, los “Muchachos de la calle Pál” de Ferenc Molnár, que se publicó en 1906 y se refiere a la Budapest de 1889, demostrando que la historia de los seres humanos es común y por esa razón lo mismo vale también para la historia del fútbol.
Y si en los países danubianos el grund era el espacio abierto en la geografía de la ciudad en reconstrucción donde nacían los talentos de una enorme escuela futbolística nacional, un espacio abierto correspondiente en la nueva geografía urbana de Argentina crearía su propia mitología. Potreros con suelo irregular y duro, que alojaban partidos donde la pelota no era comprada, sino muchas veces hecha gracias a la inventiva de los jugadores, con diversos materiales disponibles, donde la técnica era necesaria para que uno pudiera desarrollar su juego frente a los defensores, el suelo y la trayectoria disparatada de la pelota, eran los espacios que darían nacimiento al mayor mito del fútbol argentino. El potrero es el espacio que se considera reflejado en la manera en que las poblaciones criollas abordaron el fútbol, dentro de los barrios, las zonas donde dominaba la miseria y el fútbol era camino único de entretenimiento colectivo, en completa oposición a los cricket clubs y sus céspedes verdes bien cortados, allí donde los británicos empezaron a jugar su propio juego. Allí nació la pelota falsa que se hacía con las manos de estos futbolistas de la pobreza, la pelota de trapo; allí está la fuente de la destreza, de la gambeta, del dribbling que desafía los obstáculos del suelo duro e irregular; allí nació también la idea de que en estas difíciles condiciones un juego colectivo puede desarrollarse solo con pases cortos y cooperación.
La panspermia de clubes que aparecieron dentro y fuera de los campeonatos oficiales creaba un país con su propia cultura futbolística. Eso debía expresarse también en el nivel de las instituciones. La Argentine Association Football League, que fundó Watson Hutton en 1893, pasó a llamarse Argentine Football Association, AFA, en 1903 y, a pesar de que permaneció vinculada con la Football Association inglesa, adoptó el español como lengua oficial de sus trabajos. En menos de una década, en 1912, los jugadores de origen británico son claramente minoría, ya que de los equipos que competían en la primera categoría, Porteño, San Isidro y River Plate tenían apenas 3 ingleses en sus filas, Gimnasia y Estudiantes uno cada uno y Racing ninguno.
1912 fue sin embargo también un año de grandes cambios a nivel institucional. El 1 de febrero la liga, que en esencia constituía también la federación nacional, cambió de nombre, traduciendo su nombre al español, a Asociación Argentina de Football, manteniendo sin embargo la denominación del deporte con su forma británica de escritura. Sin embargo, el camino de la federación plenamente hispanohablante — y también en el nombre — no estaba cubierto de pétalos de rosas, ya que pocos meses después enfrentó el primer cisma en la historia del fútbol argentino. Los ingresos que traía el deporte, especialmente por las giras de clubes europeos y especialmente británicos, creaban una desigualdad entre los clubes que estaban instalados y habían desarrollado instalaciones de cancha y aquellos que intentaban ponerse de pie. Así, los segundos crearon el 14 de junio la Federación Argentina de Football y organizaron un campeonato separado. En la competición de la Asociación participaron 6 equipos, con los jugadores restantes de Alumni, cuya epopeya se completó la temporada anterior, incorporándose a Quilmes. En el campeonato de la Federación jugaron 8 equipos. Quilmes ganó un campeonato y Porteño logró en el partido desempate vencer a Independiente, con el que había empatado en puntos, para ganar el otro.
Esta competencia, sin embargo, parece que fortaleció la máxima categoría del fútbol interclubes del país, ya que en la temporada siguiente, 1913, los dos campeonatos se realizaron con la participación de muchos más equipos: concretamente, 15 equipos jugaron el campeonato de la Asociación, entre ellos Racing, River y Boca, mientras 10 equipos disputaron el campeonato de la Federación. En el campeonato de la Asociación ocurrieron dos hechos históricos muy importantes, con especial significación simbólica para el paso del deporte a una nueva calidad y contenido. En orden cronológico, el 24 de agosto se disputó en la cancha de Racing en Avellaneda, ante 7000 espectadores, el primer clásico oficial entre River y Boca, que River ganó 2-1, teniendo en su formación solo un futbolista británico. Pero el elemento todavía más importante fue el desenlace del campeonato.
Después de completarse la temporada competitiva, tres equipos empataban, con 24 puntos, en la cima de la tabla: Racing, San Isidro y River Plate. Ya existía una regla que definía el destino del trofeo en caso de empate y tenía que ver con la diferencia de goles. Pero Racing y San Isidro tenían ambos una diferencia positiva de 36 goles, mientras que River Plate 23. Así, el 28 de diciembre se disputó en la cancha de Racing la final del campeonato entre los locales y San Isidro. Con la concurrencia llegando a 9000 espectadores y el capitán de Racing, Alberto Ohaco, marcando en el minuto 11 y 70, el equipo de Avellaneda se convirtió en el primer campeón argentino compuesto por un once exclusivamente argentino. Este éxito definía el paso a la época de un fútbol independiente de la presencia británica, mientras que un elemento importante es que también San Isidro tenía en su formación apenas un futbolista de origen británico, el arquero Carlos Wilson. La conquista de este campeonato por Racing quedó en la historia como la “segunda fundación del fútbol argentino” y el club recibió la denominación El Primer Grande, que recuerda esta primacía histórica.
Racing después de 1913 ganó otros 6, en total 7 campeonatos seguidos, hasta 1919, entre dos cismas del fútbol argentino. De hecho, el último llegó con 13 victorias en la misma cantidad de partidos. Esta continuidad en la primacía borró definitivamente el mito de Alumni, ya que ahora un equipo criollo repetía la misma hazaña. El hecho de que Racing constituyera el primer club argentino que fijaba los estándares para el nivel del deporte a escala nacional le dio también su apodo más conocido, el de la Academia, La Académia, que no refleja su base social industrial, sino solo su rol como pionero en el desarrollo de un juego con una identidad puramente argentina, ya que enseñaba el fútbol a los demás equipos argentinos.

La victoria de un conjunto futbolístico puramente — de hecho exclusivamente — argentino no fue solo simbólica, sin embargo; fue el comienzo de la superioridad de un estilo de juego diferente. Aunque el fútbol de Buenos Aires estaba fuertemente influido por la concepción escocesa y por lo tanto no seguía la idiosincrasia del juego de fuerza física de los ingleses, el fútbol criollo ya tenía más elementos de improvisación e inspiración personal, que tenían que ver tanto con el espacio físico como con el social en el que evolucionaba. La victoria de Racing constituiría una ruptura para que empezara como en ningún otro lado una profunda ideologización del estilo futbolístico nacional, un relato que en 1913 encontraba su punto de partida y se vinculaba también con la necesaria desvinculación, en el plano político, de la cultura británica.
Y si el vuelco en el dominio del fútbol nacional argentino, a través del dominio de Racing, aparece históricamente para señalar la llamada criollización del juego, existe todavía un lado que rara vez se examina en la bibliografía disponible, sobre la base de exactamente los mismos hechos. Uno de los cambios más importantes que hubo en Gran Bretaña con la profesionalización del juego hacia fines del siglo XIX fue la entrada del pensamiento de la clase trabajadora, de su propio estilo, que desplazó históricamente el estilo aristocrático del juego a partir de la victoria de Blackburn Olympic en la final de la FA Cup de 1883. Esta redirección de clase no se vuelve tan visible en el Río de la Plata, ya que por la época en que se desarrolló el fútbol en estos países, relacionada con la era del desarrollo económico vertiginoso y la llegada masiva de los británicos, el estilo que llegó y dominó desde el principio ya era el que reflejaba el juego de la burguesía británica y, a nivel nacional, de Escocia. Pero ese estilo llegó “desde arriba”. El primer estilo futbolístico que ganó en el fútbol argentino y llegó “desde abajo” fue el de Racing, de la Académia. Este cambio constituiría la base del posterior relato nacional que, conectado con la historia política del siglo XX, aprovecharía al máximo este origen de clase “humilde” del estilo futbolístico nacional.
Uruguay, de la sombra a la luz
Dada su historia, Uruguay era un Estado que parecía condenado a vivir a la sombra de Argentina. Montevideo existió como base naval al lado del importante puerto comercial de Buenos Aires; Artigas separó la Banda Oriental de las Provincias Unidas del Río de la Plata, que parecían ser el espacio natural de la provincia; mientras que en cuanto al fútbol, todos los pasos sucedían en paralelo, quizás con una pequeñísima diferencia de fase, con Argentina, y toda la extroversión futbolística de los habitantes de Montevideo tenía una dirección: hacia la otra orilla del Río de la Plata, allí donde una red futbolística autónoma y con luz propia se desarrollaba sin tener la misma necesidad de comparación con el pequeño país de enfrente. Pero si existía una oportunidad para que Uruguay saliera de esa sombra en la que por razones histórico-políticas parecía condenado a vivir, esa era el fútbol.
El siglo XIX es una lucha conflictiva constante entre los Colorados y los Blancos. Incluso ese conflicto, sin embargo, tiene un recorrido paralelo con las guerras civiles de Argentina. Los Colorados, que representan los intereses del centro urbano de Montevideo, se parecen bastante también ideológicamente, dada su concepción económica liberal, a los Unitarios, mientras que los Blancos se parecen a los Federales que representan los intereses de los grandes terratenientes. Desde 1865, sin embargo, y durante aproximadamente un siglo, el poder gubernamental está permanentemente en manos de los Colorados, que imaginan un Uruguay extrovertido, apoyado en el comercio exportador y los intercambios con Europa, que recibe inmigrantes para cubrir las necesidades cada vez mayores de ese desarrollo económico. Primero en 1903 y luego en 1911, José Batlle y Ordoñez asume la presidencia del país, vinculando su nombre con ese desarrollo económico frenético. Batlle y Ordoñez era hijo del 8.º Presidente de Uruguay, tío del 30.º Presidente del país, y hermano del abuelo del 38.º Presidente del Estado cuya bandera lleva 9 franjas horizontales blancas y azules. El pequeño país del estuario parece un pequeño paraíso sudamericano, que durante décadas es mencionado como la “Suiza de América”, mientras que Montevideo es caracterizada como la “Atenas del Río de la Plata” debido a su desarrollo cultural, apodo que probablemente no se refería a la Atenas de la época, sino a la ciudad-Estado de los tiempos clásicos. En el marco de este desarrollo, el espacio urbano se configura con la previsión de la existencia de espacios abiertos de recreación que constituirán la semilla de una enorme escuela futbolística.

El campeonato que había empezado en 1900 tenía también las características de la oposición cultural del fútbol argentino, solo que en Montevideo estas no se expresaban por una evolución que pasó el fútbol de la élite británica a los barrios de los criollos, sino por dos equipos que expresaban esas dos escuelas. Puede que el Albion de Henry Lichtenberger haya sido el primer club que intentó representar exclusivamente a la comunidad criolla de Montevideo, pero el orgullo nacional del país históricamente lo asumió Nacional, vestida con los colores de la bandera de Artigas. Enfrente tenía un club que se volvería rival eterno, Central Uruguay Railway Cricket Club, el equipo que nació de trabajadores ferroviarios británicos y conquistó los dos primeros campeonatos. Un escocés, John Harley, nacido en Glasgow en 1886, fue su capitán e inspirador durante 8 años. Hasta su retiro de la actividad, sin embargo, él mismo y su equipo habían sido asimilados por la nueva patria. Harley jugó como centre half en la selección nacional del país y CURCC pasó a llamarse Peñarol en 1913, tomando el nombre del barrio donde se encontraba su sede y cortando los vínculos con la administración del ferrocarril. Los colores permanecieron amarillo y negro, inspirados en la locomotora Rocket de Robert Stephenson, un vehículo legendario que empezó su recorrido en la conexión ferroviaria más futbolística del mundo, entre Liverpool y Manchester.
La importancia nacional del desarrollo del fútbol, sin embargo, fue reconocida por un dirigente de otro equipo. Héctor Rivadavia Gómez, nacido en 1880 en la ciudad de Dolores, en el oeste de Uruguay, fue diputado de los Colorados, presidente de la Asociación Uruguaya de Fútbol, AUF, de 1907 a 1912, y dirigente de Montevideo Wanderers, asumiendo más tarde también funciones de presidente. Wanderers fue un club que rompió el duopolio de Nacional con CURCC en la primera década del campeonato nacional dos veces, mientras que otros dos campeonatos hasta 1910 los ganó River Plate, un equipo que había empezado su recorrido 4 años antes que su homónimo argentino y tenía también colores parecidos en sus camisetas. River Plate fue de hecho el equipo que en 1910 logró ganarle al Alumni argentino en el apogeo de su gloria, vistiendo camisetas que más tarde se convertirían en los colores nacionales de Uruguay.
Como presidente de la Asociación, Héctor Rivadavia Gómez reconoció la necesidad de organizar de manera más sistemática y moderna la selección nacional. Así, desde una elección azarosa de jugadores, que era más o menos lo que ocurría hasta entonces, introdujo la idea de que esta debía estar compuesta por lo mejor que tuviera para mostrar el fútbol nacional, prepararse con el objetivo de demostrar su superioridad en relación con el de otros países y no simplemente ofrecer un espectáculo internacional con las recaudaciones de cada partido como fin en sí mismo. Así, mientras en Argentina el estilo del juego cambiaba de identidad y simbólicamente a través del dominio de Racing, Gómez no estaba interesado solo en ver ese vuelco, sino en prepararlo con el relato adecuado que necesitaba su nación.
El primer país frente al cual debían verificarse los resultados de este recorrido era naturalmente Argentina. Entre agosto y octubre de 1912, las dos selecciones nacionales jugaron entre sí por 4 copas internacionales: la Copa Lipton, que había empezado como institución anual en 1905; la Copa Premier Honor Uruguayo, que empezó a organizarse en 1911 y se jugaba cada año en Montevideo; la Copa Premier Honor Argentino, que había empezado en 1908 y se jugaba respectivamente en Buenos Aires; así como la Copa Newton, que se jugaba casi alternadamente en los dos países desde 1906. Uruguay no perdió ninguno de esos cuatro partidos, ganando tres de ellos y empatando 3-3 en Avellaneda, mientras se destacó su victoria 3-0 en el Parque Central de Montevideo el 25 de agosto. Estos resultados, independientemente de que no continuaron con la creación de una dominación unilateral, mostraron que Uruguay podía, con la organización de su selección nacional, ganarle a su gran vecina.
Aquel año nacieron también dos héroes de distinto tipo para el fútbol uruguayo. Por un lado estaba la excelencia futbolística de Ángel Romano, que de hecho fue transferido de Nacional a CURCC y luego durante 3 años a Boca, y jugaba en cualquier posición destacándose por su capacidad de gambetear a todos los jugadores rivales, incluido el arquero, antes de marcar; y por otro lado el romanticismo futbolístico de la existencia de Abdón Porte, el apodado El Indio, que jugó 200 partidos para Nacional antes de suicidarse con una bala en el corazón, una noche en el centro de la cancha del Parque Central vacío.
La dicotomía de clase del fútbol brasileño
En Brasil los comienzos del siglo XX están marcados por la llamada República Velha, la Vieja República, que constituye un período de dominio de los oligarcas, a través de un sistema federal de poder en el que las élites locales de las provincias, con preeminencia de las de São Paulo y Minas Gerais, concentraban en gran medida el poder. Este sistema se apoya en la exportación del café, que ya se ha convertido en el principal producto exportable, reemplazando al azúcar, y aunque la esclavitud fue abolida desde 1888, esa abolición no significa en ningún caso igualdad social o racial. El racismo post-esclavista sigue siendo profundo, caracteriza las relaciones sociales del país, mientras que la explotación de clase a través del trabajo asalariado está rodeada y protegida por un sistema que hacía prohibitiva cualquier idea de sociabilidad de clase, algo que, por supuesto, no constituía una característica únicamente brasileña de la producción capitalista. Los estratos sociales se dividen claramente entre la burguesía, una clase media que la sirve y supervisa los intereses de la primera, empleados asalariados en diversos puestos caracterizados por condiciones relativamente mejores, y las grandes masas trabajadoras que viven en la miseria.
El fútbol, que empezó con el entusiasmo de la élite, con jóvenes mujeres de la burguesía impresionándose por las hazañas de los futbolistas hasta el punto de escribir poemas para ellos, era también una empresa de exclusión. Pero a medida que el juego ganaba popularidad, nadie podía impedir que los sectores populares jugaran en cada espacio abierto, dentro de las ciudades recién formadas de una urbanización extremadamente dicotómica. Esta fue también la base material de la fundación de clubes de fútbol obreros, que no necesariamente habían sido fundados por obreros, sino que habían sido creados para ellos. En São Paulo, el primer club obrero fue Clube Atlético Ypiranga, fundado en 1906, mientras que pocos años más tarde se fundó también Corinthians, en 1910, como equipo de los ferroviarios de Bom Retiro.
En el campeonato Paulista de 1912, Ypiranga era el último equipo en la tabla de posiciones y quizás pocos daban importancia a la presencia de un club que no provenía de los estratos sociales superiores en el juego de los demás. Pero en 1913 en el campeonato participaría también Corinthians. El peligro de que aumentaran todavía más los equipos de los estratos sociales inferiores hizo nacer la ira de los dirigentes de Paulistano, que decidieron irse de la liga, creando la suya propia, en la que los siguieron Mackenzie y Associação Atlética das Palmeiras, que no tiene relación con el club homónimo que escribe historia hasta nuestros días. Así, en el Paulista de 1913 participaron 6 equipos, con Americano proclamándose campeón, invicto desde 1911 hasta 1916; segundo terminó Ypiranga, mientras que participaron también Internacional, un equipo fundado por brasileños, alemanes, franceses, italianos, portugueses e ingleses; Germânia, con claro origen nacional, que más tarde se llamó Pinheiros; Corinthians; y un equipo de los dirigentes del puerto, Santos.

En 1914, el Paulista fue conquistado por primera vez por un equipo obrero, Corinthians, que fue aceptado en el campeonato de la élite como “el mejor de los demás”. Sin embargo, este traslado, que probablemente nunca debería haber sido elegido por los dirigentes del Coringão, resultó una farsa, ya que las élites recibieron al club en su unión, prohibiéndole sin embargo jugar también en su campeonato, limitando su actividad a la participación en partidos amistosos. En 1916, con el regreso de Corinthians, el campeonato de la LPF parecía listo para escribir un triunfo histórico, con la participación de 14 equipos; sin embargo, la empresa pareció demasiado ambiciosa para tener éxito, con el resultado de que se interrumpió sin gloria en diciembre, con Corinthians en la cima de la tabla de posiciones y proclamado oficialmente campeón. El primer campeonato nuevamente unificado de São Paulo se organizó en 1917 y la representante ideológica de la exclusividad de la élite en el deporte, Paulistano, se proclamó ganadora, aunque con la participación de los equipos obreros, así como de un nuevo equipo de inmigrantes italianos, fundado después de los tours de Pro Vercelli y Torino por la ciudad, en 1914. Se trataba de Palestra Itália, que más tarde pasaría a llamarse Palmeiras, para convertirse en uno de los gigantes futbolísticos de São Paulo en su historia más que centenaria.
En esos mismos años en Rio de Janeiro no había cisma, pero eso no significa que no hubiera exclusiones raciales y de clase; al contrario, los equipos obreros nunca fueron aceptados en el campeonato carioca. Quizás el primer equipo obrero de la ciudad fue Bangu Atlético Clube, fundado en 1904 y que, para romper las exclusiones, creó en 1905 la Liga Metropolitana. Y si Bangu tenía bastante fuerte el elemento británico de los obreros de la fábrica homónima, un club que representaba el mosaico racial y nacional en los barrios obreros era São Cristóvão, fundado en el barrio obrero homónimo del puerto de Rio en 1909 y que jugó en la Liga Metropolitana desde 1910. Los poderosos equipos aristocráticos de la ciudad, como Botafogo, Fluminense, América y, después de la fundación de su sección de fútbol, Flamengo, jugaban en un campeonato donde no entraban los plebeyos, ni por supuesto quienes no eran blancos.
Como quizás sucede de manera intemporal, pero en aquellos años quizás más desembozadamente, el racismo de los dirigentes desaparece cuando con la ayuda de alguna raza excluida pueden ganar. Así, un futbolista de Fluminense, Carlos Alberto, hijo de un fotógrafo, no tenía la piel suficientemente blanca para ser considerado y sentirse igual en el partido de 1916 contra su equipo anterior, America. Decidió entonces cubrirse el rostro con una polvera de arroz, que hacía que el color de su piel pareciera más claro. Los hinchas de America entendieron ese truco, con el resultado de que empezaron a llamar burlonamente a sus rivales pó de arroz, es decir polvo de arroz, para atribuir de esta manera uno de los apodos más característicos que Fluminense aceptó y adoptó en su historia posterior.
Pero tampoco el mayor futbolista brasileño de la época podría en ningún caso ser caracterizado como blanco, según además los datos del racismo de las élites de la época. Arthur Friedenreich, nacido en 1892, era nieto de un inmigrante alemán e hijo de una maestra afrobrasileña, con la mezcla racial obviamente visible en sus rasgos. Sin embargo, su apellido europeo probablemente fue suficiente para la preeminente entre los racistas Paulistano, para incluirlo en su formación. Friedenreich fue el goleador más temible de la época, adquiriendo apodos como El Tigre en Uruguay y Pie de Oro en Brasil. La presencia de jugadores mulatos en algunos de los clubes de la élite mostraba, sin embargo, el camino para la concepción de organización de la selección nacional, que debía entrar en una competencia futbolística internacional más tarde que los países vecinos del sur, que ya jugaban de manera estable entre sí y representaban la versión más avanzada del fútbol en el continente sudamericano. Sin embargo, esta elección de inclusión no llegaría sin incidentes.
La selección nacional de Brasil tardó en constituirse, ya que el fútbol del país estaba dividido en los dos grandes campeonatos de São Paulo y Rio de Janeiro, que presentaban también equipos representativos que jugaban contra equipos europeos. Así, la comparación con los otros países de Sudamérica se hacía solo con la ayuda de intermediarios, es decir, observando qué tan bien les iba a los equipos representativos brasileños de las ciudades en relación con los clubes de Argentina y Uruguay. Por ejemplo, el tour de Torino en 1914 mostró la relativa debilidad del desarrollo del fútbol brasileño, ya que el equipo italiano era demasiado fuerte para los brasileños, pero no logró doblegar al poderosísimo Racing en Avellaneda.
La primera aparición oficial de una selección nacional que representaba a todo el país se registra el 20 de septiembre de 1914, en un partido disputado en la cancha de Gimnasia en La Plata. Sin embargo, una semana más tarde, se organiza la primera Copa Julio Roca, una institución en la que participan los dos equipos, Argentina y Brasil, por primera vez en honor de Alejo Julio Argentino Roca, el presidente de Argentina que vinculó su nombre con el desarrollo económico de fines del siglo XIX, pocos días antes de su muerte. En la cancha de Gimnasia, Brasil esta vez logra ganar quizás inesperadamente el encuentro frente a un equipo argentino mucho más experimentado, consiguiendo la primera victoria de su Historia, así como la primera victoria frente a su rival más tradicional. Ya los tres grandes países de Sudamérica tienen Federaciones y selecciones nacionales constituidas, mientras que el mismo camino siguen también otros países del continente, como por ejemplo Chile, que seguía en casi todos los desarrollos, políticos, sociales y futbolísticos, los pasos de Argentina.
1916 – La primera gran institución
Con motivo de la celebración de los 100 años de la Revolución del 25 de Mayo, en 1910, la Federación de Argentina invitó a las selecciones nacionales de Uruguay y Chile a un torneo triangular que se llamó Copa Centenario Revolución de Mayo. Esta fue la primera competición internacional que se disputaba en el continente sudamericano y la única, más allá del British Home Championship y los Juegos Olímpicos, que era conocida en el mundo futbolístico hasta entonces. Con la presencia todavía de varios británicos en las formaciones de todos los participantes, Argentina logró imponerse 5-1 a Chile y 4-1 a Uruguay para conquistar el título.
Esta institución no continuó, pero pocos años más tarde, con motivo de otro aniversario nacional argentino, los 100 años de la firma de la Declaración de la Independencia de Argentina, el 9 de julio de 1816, la federación argentina convocó otra vez a los mismos equipos, así como a Brasil, a un campeonato multinacional, donde cada equipo enfrentaría a todos los demás, llamado Campeonato Sudamericano. Esta fue una oportunidad de primera para una red de dirigentes, con preeminencia de Héctor Rivadavia Gómez, el diputado de los Colorados de Uruguay y dirigente de Montevideo Wanderers, para poner en marcha una visión de creación de una red futbolística, con características y competiciones permanentes, en Sudamérica.
A pesar de que la FIFA había sido fundada en 1904, las federaciones que se fundaron en Sudamérica estaban a comienzos del siglo XX dominadas por los británicos, mientras que hasta cierto punto tenían también relaciones orgánicas con la Football Association, con el resultado de que no podían ser consideradas federaciones nacionales de fútbol autónomas ni incorporarse a la nueva confederación internacional. A pesar de ello, incluso la propia federación británica no era una partidaria entusiasta de la idea de una autoridad institucional mundial del fútbol, además fuera de sus territorios, considerando que la calidad futbolística de cualquier otro país del mundo no podría ser considerada igual a la de la metrópolis del deporte. Por esta razón, aunque ingresó en la FIFA en 1905, se retiró y volvió 2 veces, permaneciendo finalmente como miembro permanente en 1946. Esto significa que en el momento en que en Europa casi nadie jugaba al fútbol, ya que arreciaba la asesina Primera Guerra Mundial, la guerra de trincheras, el florecimiento futbolístico en Sudamérica tenía motivos para organizarse a nivel regional, creando la primera confederación continental, la Confederación Sudamericana de Fútbol, o CONMEBOL, con Héctor Rivadavia Gómez como primer presidente y fecha de fundación el centenario de la Declaración de la Independencia argentina, el 9 de julio de 1916.
La fundación de la CONMEBOL no fue simplemente pionera, fue un elemento que distinguió al fútbol sudamericano y contribuyó profundamente a que este evolucionara en locomotora del fútbol mundial hasta mediados del siglo XX, ya que pasaron aproximadamente 40 años antes de que se fundaran las siguientes confederaciones, la AFC en Asia y la UEFA en Europa, el 7 de mayo y el 15 de junio de 1954 respectivamente. En cuanto a la organización del Campeonato Sudamericano, que más tarde evolucionaría en la famosa Copa América, encontraría competiciones homólogas 50 años más tarde, en 1956 en Asia, en 1957 en África y en 1960 en Europa, con los desarrollos políticos y las dos Guerras Mundiales jugando naturalmente un papel decisivo en este retraso, ya que más allá de las destrucciones que generaron y el retraso económico y social, expresaron las relaciones hostiles entre Estados que no crearían bajo esas condiciones una red futbolística común.
Aquel primer campeonato sudamericano de fútbol empezó el 2 de julio de 1916, con Uruguay venciendo 4-0 a Chile, mientras que pocos días más tarde, el 6 de julio, Argentina enfrentó también a Chile, ganando 6-1. El 8 de julio se disputó el primer partido de Brasil, también contra Chile, pero la Seleção no logró irse vencedora, obteniendo un empate 1-1. El mismo fue el resultado dos días más tarde, en el partido entre Argentina y Brasil, mientras que el 12 de julio Uruguay venció a los brasileños 2-1. Es característico que la competición había sido hecha para el gran duelo entre Argentina y Uruguay, ya que Chile primero y Brasil después jugaron sucesivamente, casi cada dos días, todos sus partidos, antes de que se preparara el terreno para el partido decisivo de la competición.

El 16 de julio de 1916 se puso otro sello histórico simbólico en el fútbol de Sudamérica, que mostraba que había salido de una vez y para siempre de las manos de los colonos británicos. El deporte que empezó en las canchas de cricket, con equipos que comían sándwiches y tomaban cerveza antes de los partidos, con clubes cerrados que no recibían a las masas trabajadoras, había sido entregado ya al sentimiento popular y la intensidad del conflicto futbolístico nacional entre las rivales tradicionales, Argentina y Uruguay, no permitió que su partido se jugara por más de 5 minutos, ya que estallaron incidentes en la cancha de Gimnasia. Argentina necesitaba sí o sí la victoria para conquistar esta primera institución, mientras que Uruguay, que había ganado también a Brasil, podía irse con el trofeo incluso con el empate. Al día siguiente de los incidentes, el partido continuó ante la mirada de 17000 espectadores en la cancha de Racing, y terminó con un empate en blanco que le daba a Uruguay su primer título internacional.
Los incidentes en la cancha de Gimnasia no fueron los únicos que dejaron su marca en la historia del fútbol latinoamericano. El racismo que existía en las sociedades de la época se expresó también dentro de la cancha con consecuencias para las selecciones nacionales y también para la fisonomía de su juego, que determinaría desarrollos durante varias décadas. En el encuentro de Argentina con Brasil, los hinchas locales llamaban a los jugadores brasileños “monos”, con la Federación considerando esto la mayor vergüenza de su presencia y prohibiendo la participación de jugadores no blancos en el equipo representativo. Los argentinos, habitantes de un país al que habían ingresado millones de inmigrantes mediterráneos blancos, que se había formado poblacionalmente después de invasiones sucesivas en las provincias interiores combinadas con hecatombes y la desaparición esencial de los indígenas, así como con los comparativamente menos esclavos de origen africano mezclados durante siglos con otras razas, creían que eran una nación latinoamericana de europeos puros, usando esta cualidad suya estereotípicamente dada como elemento de superioridad frente al resto de los pueblos de Sudamérica.
En completa contradicción, sin embargo, con las teorías racistas que existían en las cabezas de argentinos y brasileños, el máximo goleador de la competición fue el uruguayo negro Isabelino Gradín, el futbolista de Peñarol que marcó 2 goles contra Chile y 1 contra Brasil y en los años siguientes ganaría 4 medallas de oro en los 200 y 400 metros, en 2 ediciones del Campeonato Sudamericano de Atletismo. Gradín se convirtió en leyenda de Peñarol, mientras que la manera en que jugaba inspiró al poeta peruano Juan Parra del Riego a componer en su honor el poema Polirritmo al jugador. Sin que las cosas fueran idílicas en cuanto a las exclusiones raciales en Uruguay, la multirracialidad de la selección nacional nunca fue cuestionada y fue utilizada como una de las armas más importantes para que el pequeño país lograra el objetivo del reconocimiento internacional a través del fútbol.
Al año siguiente, el Campeonato Sudamericano se organizó con los mismos cuatro países participando en Uruguay. El calendario era más equilibrado para las dos selecciones teóricamente inferiores de Brasil y Chile, con Brasil sin embargo ganando 5-0 el partido entre ambas, aunque había sido armado de tal manera que se decidiría otra vez en la última fecha entre Argentina y Uruguay, que ganaron los partidos contra los otros dos equipos. La “final” en el Parque Pereira fue decidida por el gol de Carlos Scarone, que junto con el máximo goleador de la competición, Ángel Moreno, había vuelto a Uruguay después de un breve paso por el campeonato argentino y ambos jugaban para Nacional.
En 1919, la tercera edición del Campeonato Sudamericano tendría lugar en Rio de Janeiro y Brasil quería demostrar más que tenía una teoría correcta que un buen equipo de fútbol. Para ser exactos, quería a través de su equipo de fútbol confirmar teorías dominantes de eugenesia racial, que con el necesario manto científico venían de la Europa racista. Estas teorías sostenían que la juventud de la nación, con el interés concentrado en la juventud blanca, debía salir, hacer deporte, para convertirse en representante de esas teorías eugenésicas. Detrás de esas teorías había todo un sistema de intelectuales, como el dramaturgo Coelho Neto y el periodista Carlos Sussekind de Mendonça. A pesar de su identificación ideológica, el primero veía el fútbol como el camino hacia la ideal reconstrucción física de la raza blanca, mientras que el segundo temía que este juego, que se volvía propiedad de toda raza en las calles de las grandes ciudades brasileñas, constituyera la decadencia para la juventud del país. En la dirección contraria se encontraban sin embargo otros intelectuales, como Lima Barreto y Graciliano Ramos, con el primero defendiendo con énfasis un juego local multirracial y el segundo fulminando la financiación de los clubes elitistas en el momento en que había hambre y miseria para los sectores populares, antes de ser encarcelado como miembro del Partido Comunista.
Frente a los críticos de la ideología de un Estado oligárquico y basado en la explotación racial, como expresión naturalmente de la explotación de clase, la selección nacional de Brasil jugaría en el Estádio das Laranjeiras, un terreno en la zona homónima, donde viven los estratos medios y altos de la ciudad de Rio y que constituía la sede de Fluminense. En el primer partido contra Chile llega el primer triunfo, 6-0 con hat-trick del héroe del equipo local, Friedenreich, mientras que una semana después, en una cancha a la que habían llegado 21000 espectadores, Brasil se impone a Argentina por 3-1. Mientras tanto Uruguay había vencido a Argentina 3-2 y así la Albiceleste estaba fuera de la pelea por el título, mientras que venció también 2-0 a Chile, para que se repitiera el escenario de los años anteriores que esta vez estaba hecho para que Brasil se encontrara con Uruguay en la final informal de la competición. A pesar de que la Celeste se pone en ventaja con goles de Gradìn y Scarone, Neco en el 29’ y 63’ empata para los locales y ese es el resultado final del encuentro. Dado el empate en puntos, el partido de play-off por el título se fija 3 días más tarde, 27500 espectadores acuden al Laranjeiras. El partido llega empatado en el tiempo reglamentario, con resultado 0-0. Así los dos equipos siguen al alargue, que consiste en dos tiempos de 30 minutos, el más largo en la historia de la institución. En el minuto 122 Friedenreich marca y le da el primer título internacional a Brasil.
El 29 de mayo de 1919 fue el día en que Brasil salió del margen futbolístico de Sudamérica y empezó un camino hasta la fantasía de la cima mundial y finalmente su conquista muchos años más tarde. Esta victoria nacional se celebra con paroxismo y las teorías de la eugenesia ignoran el hecho de que el futbolista que le dio la victoria a la selección nacional era hijo de una maestra afrobrasileña. Incluso los sonidos que conservaron la memoria popular, la canción del flautista, saxofonista y compositor negro Pixinguinha, titulada Um Zero, es decir uno-cero, eran un resultado de la mezcla racial y de la tradición musical de los africanos que construyeron el país que disfrutaban las élites blancas, descendientes de colonizadores, terratenientes e industriales.
En 1920 es el turno de Chile de organizar el Sudamericano, con Uruguay volviendo a la cima, ya que Chile le sacó el empate decisivo a Argentina, mientras que hizo falta que la institución llegara a la 5.ª edición, la de 1921, para que el país que la inspiró y teóricamente superaba a todos los demás cuando esta empezó, Argentina, ganara el primer título, creando una tradición que hoy la ubica como la más ganadora de la institución. Gran protagonista fue el máximo goleador de la competición, Julio Libonatti, futbolista de Newell’s Old Boys, nacido en 1901 en Rosario, que más tarde jugó en Italia para Torino, Genoa y Libertas Rimini. Libonatti, descendiente de inmigrantes calabreses, jugaría más tarde también para la selección italiana, siendo el primero de los futbolistas latinoamericanos que tomaban la ciudadanía italiana para jugar con la Squadra Azzurra, los llamados Oriundi. En el Sudamericano de 1921 marcó los goles decisivos que definieron los resultados contra Brasil y Uruguay, mientras que abrió también el marcador en la victoria de la albiceleste por 3-0 sobre Chile. Como ocurrió también en Brasil, la victoria internacional de Argentina abrió las puertas para la mitología quizás más profundamente ideologizada de la identidad futbolística de un país.
Pibe, El Gráfico y Borocotó
En las elecciones de 1916, la Unión Cívica Radical, UCR, ese partido populista y obrerista que apareció a fines del siglo XIX rompiendo el monopolio político de los terratenientes y de la clase dirigente del puerto sobre el poder político, ganó las elecciones nacionales y asumió la presidencia del país Hipólito Yrigoyen, también llamado el “padre de los pobres”. Estas fueron las primeras elecciones directas en Argentina con participación universal de la población y voto secreto, y por eso son consideradas las primeras elecciones realmente libres del país. La república que había empezado su recorrido un siglo antes se convertía ya, en la práctica, en una democracia burguesa, con la participación de las masas populares en el proceso electoral y la entrada enfática de una fuerza política completamente distinta, que no tenía ninguna relación con el pasado colonial ni con las élites que surgieron inicialmente de él y luego emergieron como clase dirigente del nuevo Estado.
El fútbol ya había pasado a posesión de los sectores populares de las ciudades industriales con Racing, al menos en cuanto a la conciencia colectiva; la federación nacional había abandonado todas las viejas características británicas que llevaba hasta el final de la primera década del siglo XX; y la situación política del país parecía reflejar exactamente lo mismo que se reflejaba también en sus competiciones futbolísticas. Esto es otro indicio de que el fútbol es el reflejo de correlaciones sociales, políticas y por supuesto también de clase. Históricamente suele seguirlas, pero cuando por cualquier razón estas últimas no pueden expresarse, el fútbol, como fenómeno social que expresa la base material de movimiento de cada sociedad, puede expresarlas también de manera precursora.
Eso que se expresó el 2 de abril de 1916 no podía no buscar también la base ideológica en la que quizás se apoyaría toda la Historia de un país desde aquel momento en adelante. Una nueva concepción de la nación, que después del colonialismo había quedado escondida dentro de conflictos de señores, debía ir de la mano con la tradición popular, con los habitantes de los barrios, los inmigrantes, el puerto, la industria y, a pesar de todo, no constituir un terreno neutral sino una cultura distinta y capaz de regar con orgullo. El fútbol fue obviamente instrumentalizado en este asunto, como fenómeno eminente capaz de crear cualquier tipo de identidad y sentimiento de pertenencia, pero también se formó a través de este proceso. Argentina se convirtió en el país que, como escribe Jonathan Wilson, “ideologiza su fútbol más que ningún otro”.
Una extraña mezcla histórica componía esta expresión nacional, que hoy, a través de la distancia histórica, parece paradójica y antinatural. Por ejemplo, inmigrantes italianos, que venían cruzando el gran océano, con varios de ellos, los llamados golondrinas, trabajando de manera estacional en sus dos patrias, se vestían con los trajes de los gauchos, los jinetes libres de las pampas, en el intento de demostrar que los dos elementos, la cultura del país del que se fueron y una parte completamente ajena de la cultura del país al que llegaron, constituyen un conjunto indivisible. Con cada vez mayor manía, la población de Buenos Aires y de las otras ciudades, independientemente de sus raíces culturales, adoptaba una forma de vida argentina particular, organizando asados, tomando mate, para crear una cultura nacional unificada forzada, capaz de borrar las características de un mosaico de etnias que habitaban la tierra argentina. Este fue el proceso de la Argentinidad.

El órgano ideológico más importante de este proceso fue un medio impreso de circulación semanal, la revista El Gráfico, que salió por primera vez el 30 de mayo de 1919. En su primer número tenía en la tapa una fotografía de página completa de la multitud que estaba afuera de la Casa Rosada, el palacio presidencial, por el aniversario del 25 de Mayo, con la inscripción “los egresados de las escuelas públicas de la Capital desfilan frente al Presidente de la República”, dejando clara su posición política junto a Yrigoyen, la Unión Cívica y el nuevo orden de cosas en Argentina. Funcionando inicialmente como publicación política, más tarde se convirtió exclusivamente en medio de información deportiva en 1925.
Dentro de toda la producción editorial de Gráfico, sin embargo, se destacaba la escritura de opinión y concretamente las columnas del articulista Borocotó, que era el seudónimo de Ricardo Lorenzo Rodríguez, un periodista nacido el 2 de enero de 1902 en Montevideo. Aunque Borocotó no había nacido él mismo argentino, quizás esto fue también una causa para que pudiera ver con una mirada crítica más eficaz los elementos del fútbol argentino que podrían ideologizarse para adquirir dimensiones culturales. Su propio seudónimo provenía del ritmo del candombe, elemento constitutivo y música precursora del tango. El vocabulario argentino del fútbol adquirió gracias a Borocotó sus términos básicos, llamando gambeta al dribbling, desde un término de los gauchos que se refiere a la carrera del avestruz; los argentinos no empezaban a jugar a la pelota en los potreros con alma, sino con picardía, mientras que su símbolo mítico tenía el nombre que caracterizaba a un chico que desde el barrio vive su vida futbolística en el potrero, se identifica con el espacio donde vive y con el fútbol, y con ese chico se identifica toda Argentina. Así describía Borocotó a este personaje mítico, el pibe, en 1928:
“Un chico con la cara sucia, con una melena que se rebela contra el peine. Con ojos inteligentes, errantes, pícaros y persuasivos y una mirada chispeante que parece insinuar una risa de atorrante que no logra formarse en su boca, llena de pequeños dientes que pueden haberse gastado comiendo el pan de ayer. Su pantalón son unos cuantos remiendos cosidos precariamente, su camiseta con las franjas argentinas, con una costura de cuello muy baja y con muchos agujeros comidos por los ratones invisibles del uso. Un pedazo de tela atado a su cintura y cruzándole el pecho como cinturón sirve de tiradores. Sus rodillas están cubiertas por las costras de las heridas desinfectadas por el destino, descalzo o con zapatos cuyos agujeros en los dedos muestran que se han gastado por uso excesivo en el remate. Su postura debe ser característica, debe parecer como si gambeteara con una pelota harapienta. Esto es importante: la pelota no puede ser otra. Una pelota harapienta, atada preferentemente con una media vieja”. Borocotó decía que “si alguna vez ese monumento se levanta, muchos de nosotros nos sacaremos el sombrero ante él, como hacemos en la iglesia.”
Naturalmente, cuando Argentina encontró la encarnación humana de este ídolo, la reconoció todo el planeta, futbolístico y no futbolístico.
El Pibe era la encarnación mítica de una cultura popular y futbolística, pero el estilo futbolístico de Argentina, que quizás podía conquistar el mundo, tan particularmente hecho por esta única Argentinidad que se moldeó a través de un siglo de liberación, migración, transformación industrial y extroversión eterna, necesitaba su propia definición. Dada la necesidad política de sostener también la desvinculación de los intereses británicos que esencialmente definían el recorrido político y económico del país desde su independencia, no había mejor símbolo que la apropiación y prueba de la mutación del elemento cultural más popular de Gran Bretaña, el fútbol. El fútbol de la Académia que desplazó al de los clubes de trasfondo cultural británico no era simplemente otro estilo, sino el particular estilo “nuestro” en Argentina: así nació La Nuestra, el mapa futbolístico ideológico para generaciones de argentinos, cuyas características tardaría muchas décadas alguien en atreverse a discutir: los pases cortos, la destreza, la presentación de un espectáculo desmedido que proviene de la profunda convicción de que nuestro fútbol es tan mejor que no necesitamos jugar de manera pragmática para ganar.
El cuento de la Argentina futbolística estaba armado, tenía sus héroes míticos, pero quedaba por demostrar que podía ganar también en el pasto. Cuando eso no ocurría, la bronca de los fieles inundaba el mundo, como pasó en aquella final de 1916 en la cancha de Gimnasia. Hizo falta que el Sudamericano volviera a Argentina para que la albiceleste ganara el primer título en 1921, porque si no quién sabe hasta dónde podría haber llegado la bronca de sus monstruos futbolísticos míticos. Sin embargo, este fútbol, en su interior, permanecería durante siete años dividido, con los resultados naturalmente afectando también el recorrido de la selección nacional.
En 1919, poco antes del comienzo del campeonato, que ya había pasado por un cisma de tres años entre 1912 y 1914, estalló un gran conflicto en el seno de la federación, ya que una serie de clubes destacados eran acusados de amateurismo marrón, es decir, en condiciones de amateurismo los clubes o pagaban por vías indirectas a sus futbolistas, o se ocupaban en la práctica de su supervivencia ofreciéndoles trabajo ficticio en empresas que solían estar vinculadas con sus dirigentes. Este conflicto llevó a la exclusión de la Federación de seis clubes: Estudiantil Porteño, Independiente, Platense, Racing Club, River Plate y Tigre. A estos clubes los siguieron otros seis: Atlanta, Defensores de Belgrano, Estudiantes de Buenos Aires, Gimnasia y Esgrima, San Isidro, San Lorenzo y Sportivo Barracas, para organizar un campeonato separado, hasta la unificación final del campeonato nacional con el cierre de la grieta en 1926, cuando poco a poco los equipos se dirigían hacia el profesionalismo.
Una razón básica, quizás, para el fin de esta introversión fue el hecho de que mientras en Argentina la convicción sobre la superioridad de su fútbol era profunda, la incapacidad de organizarlo dejaba espacio a su mayor rival, la vecina Uruguay, para triunfar a nivel internacional. Así, el 19 de noviembre de 1926, por decreto presidencial de Marcelo Torcuato de Alvear, también elegido con la Unión Cívica, se impuso el acuerdo entre las dos partes, para lograr la reconstrucción del arma ideológica más importante del nuevo poder político de Argentina.
La conquista futbolística del Viejo Continente
El tema del profesionalismo tocó también a Uruguay durante la década de 1920. En los países donde el fútbol había entrado profundamente en la sociedad más que en cualquier otro, con la excepción natural de Gran Bretaña, que ya tenía campeonato profesional, parecía que el profesionalismo era consustancial a la popularidad del deporte. Hacía mucho que había pasado el tiempo en que el fútbol era una simple ocupación del tiempo libre; las rivalidades, a nivel de clubes e internacional, elevaban las exigencias de organización de los equipos de manera profesional, de plena dedicación de los jugadores, y naturalmente lo que se ponía en juego en cada partido de fútbol era algo mucho más que el resultado de un juego ideológicamente neutral solo en la imaginación. Así, los conflictos que tenían que ver con la existencia del amateurismo marrón no tenían tanto que ver con la aceptación del profesionalismo — eso probablemente todos podían percibirlo como una condición natural, dado también el recorrido del deporte en Inglaterra — sino con el peligro que acechaba en un cambio de este tipo para quienes se encontraban en una posición fuerte en el fútbol de Uruguay — y de cada país — y no querían por ningún motivo arriesgar un cambio de los equilibrios existentes.
En Uruguay el cisma empezó en 1922 y el principal club que se fue del campeonato de la federación fue Peñarol, ya que el motivo de su exclusión fue el amistoso que jugó con Racing, que en aquella época se había retirado de la Federación Argentina. Junto con Central, el club descendiente de las tradiciones futbolísticas británicas de Montevideo creó la Federación Uruguaya del Football, que organizó 2 campeonatos, el primero conquistado por Montevideo Wanderers de Héctor Rivadavia Gómez y el segundo por Peñarol. De manera correspondiente con Argentina, el acuerdo que volvió a unir el fútbol a nivel nacional se alcanzó mediante decreto presidencial en 1925.
El cisma de 1923 en Uruguay fue un hecho que, una vez más, parecía una fotocopia de desarrollos anteriores en Argentina. Sin embargo, su impacto tuvo seguramente dimensiones muy distintas. En cuanto a la semejanza de los hechos internos, el cisma uruguayo se parecía al argentino de 1919; pero en cuanto a las relaciones internacionales y el impacto externo, entonces las semejanzas son mayores con el cisma en Argentina de 1912. La Asociación Argentina de Football, bajo la presidencia de Hugo Wilson, viendo la difícil situación interna, que además era impulsada por los equipos vinculados con la población criolla local, se ocupó de legitimar su posición a nivel internacional. En aquellos años el presidente de la FIFA era el inglés Daniel Burley Woolfall y así los británicos que todavía dirigían en la federación nacional se pusieron de acuerdo con él para que la federación recién fundada no adquiriera el prestigio de institución-supervisora del deporte en el país, marginando su propia organización. Sin embargo, aunque Argentina de esta manera se convirtió en miembro de la FIFA en el Congreso de Estocolmo, en 1912, en el marco de los Juegos Olímpicos, eso no se tradujo en participación de Argentina en las competiciones mundiales.
Pero la situación en la Confederación Internacional era muy distinta después del final de la Primera Guerra Mundial. Desde el 28 de agosto de 1920, la presidencia la había asumido de manera interina el francés Jules Rimet, que finalmente fue elegido para el cargo de presidente el 1 de marzo de 1921. Con un mandato que duró 33 años y 112 días, es hasta nuestros días el Presidente más longevo en la Historia de la FIFA y seguramente la figura que cambió como pocos el fútbol mundial, transformándolo de un fenómeno deportivo y social regional en una actividad central con dimensiones mundiales y manifestaciones en la sociedad, la economía, la política, la cultura, la cultura popular, hasta la diplomacia mundial.
Así, en 1923, en el primer Congreso de la FIFA de entreguerras que tuvo lugar en Ginebra y confirmó la elección de Rimet, una serie de países se hicieron miembros de la Confederación. En aquella misma época la Asociación Uruguaya de Football necesitaba la legitimación internacional frente a la Federación. Este desarrollo llevaba inevitablemente a la repetición del manejo administrativo de Wilson en nombre de la federación argentina 11 años antes. El presidente de Nacional y de la Asociación, José María Reyes Lerena, hizo de Uruguay una de las 10 federaciones en total que ingresaron a la FIFA aquel año, protegiendo también el prestigio de la institución que servía. Junto con Uruguay, también Brasil se hizo miembro de la FIFA, completando el cuarteto de Sudamérica, ya que Chile había ingresado en la Confederación Mundial en 1913.
A diferencia, sin embargo, de Argentina, cuyo ingreso en la FIFA no significó muchas cosas en la práctica, Uruguay constituyó un experimento excelente para la visión de Jules Rimet, ya que el objetivo estratégico del presidente de la FIFA y el objetivo ideológicamente sostenido para el fútbol por parte de las autoridades políticas y futbolísticas de Uruguay muchas veces coincidían. Uruguay realizaría el gran sueño de Rimet y Rimet la ayudaría donde hiciera falta para lograrlo.
La primera gran competición futbolística mundial después del Congreso de Ginebra fueron los Juegos Olímpicos de París, un año más tarde. El fútbol estaba en el centro de la competición en la patria de Rimet. Puede que en 1912, en Estocolmo, el Comité Olímpico haya necesitado muchas discusiones para decidir si había motivo para incluir el deporte en el programa de los Juegos, pero apenas 12 años después el deporte era indiscutiblemente el más popular, asegurando finalmente un tercio de los ingresos de la competición. Y si el Comité Olímpico podía alegrarse por este desarrollo de un deporte olímpico, esa alegría no duraría mucho, porque el tiempo de su desvinculación de él ya había empezado a correr hacia atrás.
La participación de Uruguay sería la primera de un equipo sudamericano en el torneo futbolístico de la competición, que entonces constituía el único encuentro futbolístico de alcance mundial, y Jules Rimet necesitaba mover los hilos para que eso ocurriera. Las federaciones europeas, todavía aferradas al carácter amateur del deporte, que lo convertía en privilegio de unos pocos, de aquellos que tenían tiempo libre y espacio libre, sin tener que asegurarse el sustento, tenían bastantes objeciones frente a una eventual participación de la Celeste, el equipo representativo de un país donde ya existía un cisma por la existencia de profesionalismo informal. Rimet se encargó de sortear esos obstáculos, viendo de todos modos que el fútbol ya había escapado materialmente de este marco amateur y que su desarrollo vendría de la profesionalización universal. Los Juegos Olímpicos eran simplemente una herramienta en sus manos para mostrar ese camino y la participación de Uruguay era un elemento necesario de los procesos correspondientes. Por qué Rimet parece haber ayudado a Uruguay, en el momento en que por la misma razón — es decir, la existencia de profesionalismo encubierto — no participó en aquella competición Argentina, sigue siendo un misterio. Quizás las relaciones entre la federación de Uruguay y la FIFA en aquella época se habían vuelto simplemente más estrechas por la necesidad de que se alinearan la confederación nacional y la mundial contra la Federación, algo que no tenía la necesidad inmediata de hacer la federación argentina, ya vinculada con la FIFA.
La Europa futbolística, que conocía al parecer muy bien lo que pasaba dentro de la federación de Uruguay, resulta llamativo cómo, según las referencias históricas y las impresiones periodísticas, no conocía la calidad del equipo uruguayo. Se dice, de hecho, que los uruguayos, cuando entrenaban con las puertas abiertas en el Estadio Olímpico de Colombes, fingían que no disponían ni siquiera de las cualidades básicas para competir, mucho menos para destacarse, en una competición así. Y, sin embargo, habría que ignorar otra vez un montón de otros elementos para no considerar a Uruguay una fuerza muy importante, incluso la favorita de la competición. Se trataba de la selección nacional que ganaba de manera estable el Campeonato Sudamericano y tenía producción continua de talento y actividad futbolística en un período en el que en Europa arreciaba la guerra y se perdió en esencia una generación de futbolistas. Además, el hecho de que en su gira española, hecha para reunir los fondos necesarios para la participación en los Juegos Olímpicos, la Celeste consiguió 9 victorias en la misma cantidad de partidos, jugando frente a Celta Vigo, Athletic Bilbao, Real Sociedad, Deportivo La Coruña, Athletic de Madrid — como se llamaba entonces Atlético — y Racing de Madrid, no podía ser casual ni poco representativo de la calidad que tenía.
El primer partido de Uruguay había sido fijado para el lunes 26 de mayo, a las 16 h, en el Estadio Olímpico. El primer rival era el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, es decir Yugoslavia. Uruguay no continuó los juegos de los entrenamientos: 3 goles en el primer tiempo y 4 en el segundo formaron el 7-0 final y todos entendían que los sudamericanos, al menos, no estaban bromeando. Todavía era temprano, claro, para definir la calidad de un equipo, ya que en la primera ronda se registraron muchos marcadores amplios, con Suiza ganándole 9-0 a Lituania, Hungría imponiéndose 5-0 a Polonia y Checoslovaquia venciendo por 5-2 a Turquía. En la segunda ronda, cuando entraron en la competición también otros equipos fuertes, esos marcadores continuaron, con Francia-Letonia terminando 7-0, Portugal-Rumania 6-0, mientras Suecia destruyó a la poseedora de la medalla de oro olímpica de los Juegos de Amberes, disputados 4 años antes, Bélgica, por 8-1. Uruguay, frente a Estados Unidos, que nunca fue una fuerza considerable en el deporte, consiguió una victoria de entusiasmo moderado por 3-0.
Pero el 1 de junio de 1924, los uruguayos enfrentarían a la selección nacional de Francia y ese era un motivo más para que se volvieran sobre ellos todas las miradas, el interés de los periodistas y, por supuesto, la actitud hostil del público. En el partido disputado en Colombes, Scarone abrió temprano el marcador para Uruguay, en el minuto 2, pero Paul Nicolas, futbolista del Red Star de París, que había fundado Jules Rimet, empató 10 minutos más tarde. A partir de ahí empezó el martilleo. En un partido en el que apareció una de las mayores multitudes de la Historia extrabritánica del fútbol hasta entonces, con 30.868 espectadores reportados oficialmente, Scarone volvió a marcar en el 24’ para fijar el resultado del entretiempo. En la segunda parte, 2 goles de Pedro Petrone Schiavone y otro más de Ángel Romano formaron el 5-1 final. Uruguay ya era la gran revelación de la competición.

Los futbolistas de Uruguay concentraban las miradas alrededor suyo, ya eran los grandes protagonistas de la competición, no solo del fútbol, sino porque eran los protagonistas del fútbol era casi consecuencia natural que lo fueran también de toda la competición. Sin embargo, nadie magnetizaba las miradas tanto como José Leandro Andrade, que fue quizás el primer futbolista que se convirtió también en gran estrella popular de alcance internacional. Andrade había nacido en Salto en 1901, hijo de una madre argentina y de padre desconocido, aunque se especula que este era un mago afrobrasileño. De chico trabajaba como lustrabotas, pero su contextura física y su talento futbolístico cambiaron el rumbo de su vida. Se destacaba por la percepción del espacio y un movimiento característico, la tijera, que era la extensión de una pierna y el control con la otra. Su apariencia exterior, sin embargo, le dio también un segundo escenario, más allá del futbolístico, para conquistar en la Ciudad de la Luz.
Andrade causó furor bailando tango en París, aparecía en la tapa de la revista automovilística L’Auto, mientras que quizás el momento más alto de su figura de culto fue la supuesta relación que desarrolló con la famosísima bailarina francesa de origen estadounidense Josephine Baker, que quedó conocida como “la perla negra” mucho antes de que ese término describiera futbolistas. Y si la relación de las dos superestrellas nunca fue confirmada, el tango que bailaron juntos escribió su propia historia. Eduardo Galeano, en su colección de textos sobre fútbol, titulada El fútbol a sol y sombra, dedicó uno de ellos a las aventuras de Andrade aquel verano en París.
No sabemos si las aventuras fuera de la cancha de los uruguayos, como también de Andrade, jugaron su papel afectando su rendimiento en la cancha, pero en la semifinal disputada el 6 de junio, Uruguay sufrió bastante frente a Holanda, con Kees Pijl de Feyenoord poniendo arriba a los oranje y fijando el resultado del entretiempo. Hizo falta un gol de José Cea en el minuto 62 y finalmente un penal ejecutado por Scarone en el 81 para que los uruguayos sacaran el boleto para la gran final de Colombes. Allí todos esperaban, sin embargo, ver al mejor equipo del mundo, que ya habían entendido cuál era, frente a Suiza, que había sido parte de la primera red futbolística europea extrabritánica, aunque no en su centro. En el Estadio Olímpico lleno, en un día en el que se organizó primero la repetición de la final chica por la medalla de bronce y luego la final, con ambos partidos registrando 40.522 entradas, Uruguay, con los sospechosos de siempre, es decir Petrone, Cea y Romano, se impuso por 3-0 para conquistar la cima mundial y colocar junto con ella también al fútbol de Sudamérica en la posición del nuevo estándar para el juego mundial, al menos mientras en las competiciones internacionales oficiales no se presentaba la madre del deporte, Inglaterra.
Aunque varias referencias sostienen que Uruguay clasificó a los Juegos Olímpicos como campeón del Sudamericano de 1923, que se disputó en Montevideo y en el que segunda terminó Argentina, eso no está plenamente confirmado como proceso oficial de clasificación, mientras que tampoco está en absoluto confirmada la correspondiente exclusión de Argentina, que por otros motivos ya mencionados no participó. El éxito, sin embargo, de Uruguay fue tratado de dos maneras distintas en Buenos Aires. Una línea sostenía que esa no era solo una victoria uruguaya, sino una victoria que demuestra la superioridad del fútbol sudamericano, mientras que la otra subestimaba su valor, dado que llegó frente a rivales supuestamente inferiores, de fuera de Sudamérica, quizás procedente de la envidia de que Argentina no estuviera en el lugar de Uruguay en los Campos Elíseos futbolísticos. Ambas tenían razones para existir, ambas eran probablemente correctas.
El fútbol había logrado un gran simbolismo: 389 años después del viaje de Mendoza desde Sanlúcar de Barrameda, con 11 barcos, 2000 hombres, 7 caballos y 5 yeguas, así como la financiación del rey, un equipo de expedición de futbolistas uruguayos, viajando en tercera clase de un transatlántico, sin tener asegurado el dinero de su misión, mostró la superioridad de su juego, ganando de manera enfática al fútbol europeo. El fútbol conquistaba Europa y junto con eso hacía conocer a un pequeño país de Sudamérica, ya que en París de 1924 se volvían muy buscados los mapas que la gente compraba para aprender dónde se encontraba ese país con una superficie de 176 mil kilómetros cuadrados, aproximadamente un cuarto de la Francia metropolitana.
La contraofensiva de los pobres en Brasil
En Europa Uruguay podía invertir simbólicamente, a través del fútbol, las consecuencias del viaje de los conquistadores, pero en Brasil, también simbólicamente aunque sobre todo de manera desmesuradamente material, había una efervescencia que cambiaría luego la fisonomía del país, trajo vuelcos en el fútbol y puso las bases para otro relato nacional sudamericano con sus historias y figuras mitológicas acompañantes. Desde 1923 hasta 1925, el equipo del pueblo de São Paulo, según también las palabras de su fundador, Miguel Battaglia, que decía que “Corinthians será el equipo del pueblo y el pueblo hará el equipo”, ganó 3 campeonatos Paulista consecutivos, rompiendo el dominio de la elitista Paulistano, mientras que desde 1915 el club que habían fundado trabajadores brasileños y portugueses en Rio de Janeiro, el Club de Regatas Vasco da Gama, adquiriría una sección de fútbol. En 1923 Vasco conquistó el primer campeonato Carioca y entró literalmente en el ojo del sistema elitista mucho más duro de Rio, que siguiendo los ejemplos de Argentina y Uruguay provocó otro cisma, sobre la misma base del amateurismo de la élite y del profesionalismo que incluía a la clase trabajadora, aunque este duró solo una temporada deportiva.
Hasta fines de la década de 1920 Vasco da Gama había ganado 3 campeonatos en Rio de Janeiro, mientras que otro lo había ganado otro equipo del mismo barrio pobre del gran puerto brasileño, São Cristóvão. Las élites habían perdido la exclusividad en el fútbol, las multitudes provenientes de todas las razas llenaban las tribunas sobre todo de los equipos más populares, como por ejemplo el equipo de fábrica Bangu, y las historias de jugadores que se ponían arroz en la cara para poder ser incluidos en el deporte parecen muy lejanas y se repiten solo en cantitos y apodos, aun si la distancia temporal era apenas de una década desde aquellos hechos.

Las masas y el mosaico multirracial de Brasil no recibieron una invitación de las élites para entrar en el juego; impusieron su presencia de facto en él y la existencia de sus clubes se expresaba mediante un conflicto permanente que continúa hasta nuestros días. Haría falta una enorme campaña política e ideológica para que el edificio futbolístico brasileño se presentara como nacional y unificado — y esta crearía quizás también la primera experiencia realmente nacional de Brasil, aunque no tenga motivos para celebrarse en nuestros días.
A la preparación de esta transición y tradición nacional pertenece también la construcción del estadio de Vasco da Gama, São Januário, un estadio con forma de U, es decir dos sectores rectos a ambos lados de las líneas laterales del campo de juego y una sola cabecera, que era el estadio más grande en aquel momento en Sudamérica, con capacidad para 24.584 espectadores.
En cuanto a la selección nacional, en 1922, cuando el Sudamericano volvió a organizarse en Brasil, después de 1919, esta vez con la participación también de Paraguay, la Seleção conquistó su segundo título internacional, ganándole además al equipo debutante del país culturalmente más cercano en un partido de desempate, por 3-0, para asegurar ese título. Aunque tendrían que pasar muchos años hasta que Brasil volviera a ganar la competición, ninguna de todas esas ediciones perdidas tuvo lugar dentro de sus fronteras. Así, podía crearse un mito peligroso: que dentro de Brasil nadie más podía ganar una competición futbolística internacional.
La escalada hacia la gran batalla
En 1924, con el impulso de la Olimpíada de París, Uruguay organiza el Sudamericano, donde Argentina tiene más motivos que nunca para ganarle al equipo que pocos meses antes había ganado el respeto y quizás la simpatía de todo el planeta futbolístico — y no solo. El último partido entre los dos equipos antes de los Juegos Olímpicos, el 25 de mayo, había terminado con una victoria enfática por 4-0 a favor de Argentina, mientras que poco antes del inicio del Sudamericano, los dos equipos se encontraron otras cuatro veces, con Argentina ganando incluso una vez en Montevideo por 2-3, el 31 de agosto por la Copa Honor Uruguayo. En el último partido entre ellos antes del comienzo de la competición internacional, el 2 de octubre en Barracas, Buenos Aires, Argentina le gana 2-1 a Uruguay, con Cesáreo Onzari marcando un gol directamente desde un córner, algo que era válido apenas desde el verano de ese mismo año. La significación simbólica de la victoria frente a los uruguayos olímpicos, así como la forma original en que se logró el gol ganador, llamaron para siempre en la fraseología futbolística gol olímpico al gol directo desde un córner. Sin embargo, el encuentro pasa a la historia por los incidentes de violencia inédita, el lanzamiento de piedras contra los futbolistas uruguayos con objetivo particular en Andrade, así como la detención de Scarone por la policía argentina. A pesar de que el encuentro nunca terminó, los argentinos consideraron que el partido se había ganado. Sin embargo, en el debut del Sudamericano, su selección nacional tropieza con un empate en blanco frente a Paraguay; el último partido decisivo entre los dos grandes de la competición termina con el mismo resultado y Uruguay conquista otro título, el 5.º hasta entonces en la institución.
La victoria en casa, en Buenos Aires, donde se organizaba el Sudamericano de la siguiente temporada, quizás contenía un anticlimax para los argentinos, ya que Uruguay decidió no participar en él. En su regreso a la competición, en 1926, cuando esta se hospeda en las canchas de Chile, Uruguay vuelve a ganar el título, venciendo 2-0 a Argentina, que también empató, 1-1, con los locales. En 1927, sin embargo, Argentina logra por fin ganar el valioso título en una competición con la participación de su gran rival, a la que vence el 20 de noviembre en Lima por 3-2, con el resultado final determinado por un gol en contra de Adhemar Canavesi en el minuto 85. Esta victoria de Argentina, sin embargo, era lo que necesitaba para creer que, pese a la superioridad histórica de Uruguay en el Sudamericano, que no provenía de un exceso de talento, sino de una organización más racional de la selección nacional y una concepción más pragmática del juego, la albiceleste podría tomarse su gran revancha en la escena mundial. El escenario ya había empezado a montarse.
En un país que más tarde ofrecería una herencia valiosa que determinaría la manera en que se juega al fútbol a nivel mundial durante muchas décadas, Holanda, se organizaban los Juegos Olímpicos de 1928. En un estadio que reflejaba la evolución de la técnica arquitectónica expresionista internacional, diseñado por Jan Wils, uno de los miembros fundadores del movimiento De Stijl, junto con Piet Mondrian, Theo van Doesburg y Gerrit Rietveld, se disputaría la mayor batalla futbolística que se haya organizado jamás dentro del marco olímpico.
La competición era mucho más completa en relación con la de 1924, con 17 equipos inscriptos, mientras que desde Sudamérica, además de Argentina y Uruguay, hizo el viaje a Ámsterdam también la selección nacional de Chile. La Roja, claro, no llegó siquiera a entrar en el cuadro principal, ya que en el partido clasificatorio frente a Portugal fue derrotada por 4-2 y su aventura olímpica terminó sin gloria.
La primera ronda se disputó en el Estadio Olímpico y el Oude Stadion, es decir el viejo estadio de Ámsterdam, del 27 al 30 de mayo. El martes 29 de mayo entraba primera, entre los dos países del Río de la Plata, en la competición Argentina. Rival, o víctima, de los argentinos enfurecidos en aquel debut, fue el equipo de Estados Unidos, que aunque puede enorgullecerse de haber marcado dos veces frente a uno de los mejores equipos del mundo, vio el resultado final, 11-2, convertirse en el más enfático hasta entonces en un partido olímpico de fútbol. Los argentinos mostraban que habían llegado a Ámsterdam para demostrar que la leyenda de 1924 ocurrió solo en su ausencia y que la llamada La Nuestra era la principal escuela futbolística del planeta.
Al día siguiente, en el último partido de la primera ronda, Uruguay enfrentaba a la anfitriona Holanda, que también buscaba revancha por el penal con el que fue eliminada en la semifinal de 1924, una decisión arbitral que los holandeses nunca pudieron digerir — y lamentablemente no sabemos si tenían razón. Bajo la dirección del considerado mejor árbitro de la época, el belga Jean Langenus, y ante la presencia de 27.730 espectadores, Uruguay no sufrió tanto como cuatro años antes y con resultado de 2-0 consiguió la gran y objetivamente más difícil clasificación para la siguiente ronda.
El cuadro estaba hecho de tal manera que las dos superpotencias futbolísticas sudamericanas solo podían encontrarse en la final. Así, a partir de ahí las fases intermedias constituían una demostración de fuerza de ambas, que construía la confianza, su leyenda, pero también el prestigio de la final que todos esperaban. Argentina, con Tarasconi como héroe, que marcó 4 goles, desde el minuto 1 hasta el 89, destruyó 6-3 a Bélgica, mientras que en esa misma fase de cuartos de final Uruguay no encontró fuerte resistencia de Alemania, a la que venció 4-1, quizás compensando al público holandés tras la eliminación de la primera ronda. En semifinales Argentina tuvo una tarea claramente más fácil, enfrentando a la sorpresa de la competición, la única representante del continente africano, Egipto, a la que sin embargo aplastó 6-0, mientras que Uruguay tenía que enfrentar a una gran y ascendente potencia futbolística mundial, Italia, que ya se encontraba futbolísticamente bajo el desarrollo patrocinado por el régimen fascista. Aunque los italianos se adelantaron en el 9’ con Baloncieri, Cea, Campolo y Scarone habían dado vuelta la situación antes del descanso y en la segunda parte Levratto simplemente fijó el 3-2 final a favor de la Celeste, que oficializaba la gran cita del 10 de junio.

La gran final no era simplemente un gran acontecimiento futbolístico, era con enorme diferencia respecto de cualquier otro el acontecimiento de espectáculo más importante que hubiera ocurrido jamás en Europa. En total se enviaron 250 mil solicitudes por una entrada para el gran encuentro y obviamente el Estadio Olímpico estaba colmado, con el registro oficial informando 28.253 espectadores. Uruguay jugó con una camiseta celeste y Argentina con rayas celestes y blancas. Los futbolistas de los dos equipos constituirían formaciones que definieron el paso del fútbol a una nueva calidad, fueron ellos quienes jugaron el partido más importante de todos los tiempos en la época antes y después del inicio de una era en la que el fútbol se convirtió en lo que conocemos hasta nuestros días.
En Argentina, la pasión por la victoria de importancia histórica puede describirse por la situación el día del partido. Los argentinos estaban desesperados por enterarse en tiempo real — o casi real — de cada información. Los corresponsales de los diarios enviaban telegramas cableados desde Ámsterdam y altoparlantes afuera de los diarios La Prensa y La Nación transmitían lo que se iba conociendo sobre el desarrollo del partido.
En aquella final del 10 de junio, sin embargo, no hubo ganador. Petrone abrió el marcador para Uruguay, mientras que el centrodelantero argentino Manuel Ferreira empató en el minuto 50. Como este resultado permaneció igual después del alargue, el encuentro debía decidirse en un partido de desempate. Tres días más tarde, en el mismo estadio, que estaba otra vez colmado, los dos equipos se alinearon para la continuación de su gran batalla. Abrió otra vez el marcador Uruguay, con gol de Figueroa en el minuto 17, para que respondiera el emblemático centre half de Argentina, Luis Monti, en el minuto 28. Finalmente, el goleador de oro de Uruguay fue otra vez Héctor Scarone, quien en el minuto 73 le dio la victoria a su equipo, sellando su superioridad mundial, en una época decisivísima para el fútbol.
Una decisión histórica – el paso al nuevo mundo futbolístico
Pocos días antes del comienzo del torneo olímpico de fútbol, como ocurría tradicionalmente, se llevó a cabo en la ciudad que hospedaba los Juegos el congreso de la FIFA. El 17.º congreso de la Confederación Internacional, que se celebró el 25 de mayo de 1928 en Ámsterdam, fue uno de los más importantes, quizás el más importante, de su Historia. El fútbol ya había superado por mucho los marcos de popularidad de cualquier deporte y su influencia política y cultural no podía mantener su administración ni dentro de los marcos de los organismos nacionales del deporte, ni dentro de los marcos del Comité Olímpico Internacional, que estaba aferrado al amateurismo. El profesionalismo ya existía desde fines del siglo XIX en Inglaterra, mientras que durante la década de 1920 Austria, Hungría, Italia y Estados Unidos avanzaron hacia la profesionalización de sus campeonatos nacionales. El profesionalismo sombrío en Argentina y Uruguay, así como los cismas que tenían una base ideológica correspondiente en Brasil, mostraban que era cuestión de tiempo que esta transición se hiciera oficial también en Sudamérica.
Además, el fútbol ya podía sostenerse solo a nivel internacional. Los 10.000 espectadores que quedaron afuera del estadio en los Juegos Olímpicos de París y las 250.000 solicitudes por una entrada para la final de los Juegos de Ámsterdam lo confirmaban. El fútbol no solo podía y necesitaba de inmediato evolucionar de manera distinta a los demás deportes, sino que necesitaba también sus propias competiciones separadas. El éxito de las competiciones internacionales, al fin y al cabo, ya lo había mostrado el Campeonato Sudamericano, que se disputaba fuera de toda égida de una administración nacional multideportiva, bajo la responsabilidad exclusiva de la CONMEBOL y de las federaciones nacionales de fútbol. En la administración de la FIFA, Jules Rimet era el hombre adecuado para liderar este paso. Así, en el congreso de Ámsterdam se decidió el comienzo de la realización de la Copa Mundial de la FIFA, fuera del marco olímpico, sin exclusiones basadas en la identidad amateur o profesional de los jugadores.
Lo que hacía falta definir, dada esta decisión, era el país que organizaría la primera edición de esta institución. Uruguay, teniendo como arma fuertísima su éxito mundial en los Juegos Olímpicos de 1924, ya que los de 1928 todavía no habían empezado, pero también sus éxitos en el Sudamericano, que la colocaban claramente en posición de pionera del fútbol sudamericano, tenía todos los motivos para sostener que, en base a rendimientos futbolísticos, era el país más adecuado para recibir esta institución. Pero tenía también algo aún más importante, la voluntad política y el interés de que esa Copa Mundial ocurriera en el pequeño país, más desconocido fuera del fútbol. Combinando un relato de celebración de los 100 años de la independencia uruguaya, que en esencia se refería al final de la Guerra del Paraguay y la Constitución adoptada el 18 de julio de 1830, con los planes ambiciosos de construcción de las instalaciones que hospedarían la competición, mediante la garantía de los recursos necesarios del capital local que deseaba esta proyección internacional, la federación uruguaya, habiendo desarrollado también las necesarias relaciones estrechas con la dirigencia de la FIFA, logró recibir la designación para organizar esta competición original.
El plan más ambicioso y emblemático para la nueva competición fue la construcción de un estadio majestuoso, que pudiera albergar la pasión de los hinchas del fútbol, en contraste con la capacidad demostrada como demasiado pequeña para las necesidades del deporte de los Estadios Olímpicos de París y Ámsterdam. Así, en 1929, en la zona del entonces llamado Parque de los Aliados, dedicado a la victoria de los Aliados durante la Primera Guerra Mundial, comenzó la construcción de un estadio completamente hecho de hormigón, que reflejaría la renovación urbanística modernista de una ciudad que pocos años antes el propio “padre del modernismo arquitectónico”, Le Corbusier, había visitado para supervisar y admirar. El diseñador de ese estadio fue el arquitecto Juan Antonio Scasso, que más tarde fue también presidente de Peñarol. El plan preveía la construcción de cuatro bandejas y una capacidad de 90.000 espectadores. Sin embargo, los efectos del llamado crack bursátil, es decir de la crisis de producción, de 1929, redujeron los planes y la capacidad a 69.000 espectadores, algo que de todos modos constituía un claro cambio de escala, dado que el Parque Central, que hasta entonces hospedaba habitualmente los partidos internacionales de Uruguay, tenía capacidad de apenas 20.000. El elemento más emblemático de la maravilla arquitectónica, sin embargo, fue la construcción de una torre de nueve pisos, que reflejaba las nueve franjas de la bandera de Uruguay y se mantiene hasta hoy en su lado noreste.

Más allá de las dificultades que creaba la crisis capitalista, sin embargo, obstáculos adicionales a la construcción los puso el clima, ya que el primer semestre de 1930 estuvo acompañado por tormentas muy intensas en la zona, que impedían la continuación de las obras. Como resultado de esto, el Centenario, que estaba programado para hospedar todos los partidos del primer Mundial, abrió finalmente sus puertas el 18 de julio, el día del centenario de la independencia uruguaya. Quizás esta fecha era la que realmente debía tomarse en cuenta como fecha límite, ya que el marco desconocido dentro del cual empezaba la competición no imponía criterios estrictos para su prestigio.
La empresa más difícil, sin embargo, era reunir las selecciones nacionales que darían la verdadera dinámica a la nueva institución. Bajo el peso de la recesión económica y de los nuevos equilibrios que se creaban en Europa, que se dirigía firmemente hacia la segunda guerra destructiva generalizada del siglo XX, esta fue una tarea extremadamente difícil que asumió principalmente el inspirador de la competición, Jules Rimet. La mayor participación existía, como era natural, desde Sudamérica. Es característico del éxito inmediato de la competición que, aunque el Sudamericano hasta entonces se había disputado con 3, 4 o 5 equipos, 7 selecciones nacionales sudamericanas declararon participación en la competición: la anfitriona Uruguay, Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Perú. Todos los equipos habían jugado al menos una vez en el Sudamericano, pero nunca — hasta entonces — todos juntos.
Desde Centro y Norteamérica declararon participación México y Estados Unidos, mientras que desde Asia se aseguró la participación de Japón y Siam, la posterior Tailandia. Desde África el representante sería Egipto, que había conseguido llegar a semifinales en los Juegos Olímpicos de 1928, pero el gran problema era la participación de los equipos europeos, aquellos que participaban de manera estable además en los torneos olímpicos de fútbol. Más allá de la cuestión del nivel de los participantes, la participación de las grandes potencias futbolísticas de la Europa metropolitana colocaría al Mundial en una posición superior en la jerarquía de las instituciones futbolísticas, en relación con los Juegos Olímpicos, que como estaban superados para la visión de Rimet y de la FIFA, debían ser desplazados.
Los equipos europeos, sin embargo, no tenían intención de hacer una inversión tan grande para una competición que quedaba a un océano de distancia, era difícil que tuviera impacto en las noticias locales y concernía a una nueva red futbolística, fuera de las que hasta entonces se desarrollaban en cada región europea particular. El ejemplo más contundente, por supuesto, fue la completa abstención de los equipos de la Copa Internacional de Europa Central, la llamada Escuela del Danubio, que se realizaba fuera de los marcos de la FIFA y era la institución futbolística internacional más importante para Austria, Checoslovaquia, Hungría e Italia. En cuanto a Inglaterra, en la isla nadie se dignaba siquiera a escuchar hablar de una competición futbolística inédita fuera del país que dio nacimiento al deporte.
Así, Rimet, después de lograr asegurar la participación de su patria, Francia, convenció a Bélgica, así como a dos países de los Balcanes que necesitaban entrar en una nueva red futbolística, Yugoslavia y Rumania, de tomar parte en la competición.
Esta composición significaba que en total 16 equipos jugarían el primer Mundial, algo que por sí solo no parecía en absoluto poca cosa, dado que esta competición no tenía lugar en Europa y en los últimos Juegos Olímpicos antes de su realización, extremadamente exitosos, participaron apenas 17 equipos. En base a esta definición, se crearían 4 grupos, de los cuales el primer equipo clasificaría a semifinales, que se disputarían con partidos de eliminación directa. Sin embargo, estos planes cambiarían, ya que los equipos asiáticos retiraron su participación antes del comienzo de la competición.
Un transatlántico, el Conte Verde, que había sido construido cerca de Glasgow en 1923, transportaría a los equipos de Europa y al de Egipto, así como a todos sus compatriotas árbitros y otros dirigentes, al otro extremo del Atlántico, en un viaje que duraría aproximadamente dos semanas. El embarque en el transatlántico no lo alcanzó finalmente en Marsella el equipo de Egipto, que se retrasó por una tormenta en el Mediterráneo oriental, reduciendo aún más el número de participantes en la primera Copa Mundial, con 13 equipos finalmente en Montevideo el día del sorteo de los grupos.
La situación en el Conte Verde, el barco que transportaba las delegaciones europeas y 12 años más tarde llevaría 17 mil refugiados judíos a Estados Unidos, parecía un campamento. Los futbolistas intentaban mantener su estado físico, corrían sobre la cubierta, hacían pesas y subían y bajaban las escaleras del barco. Según el delantero rumano Constantin Stanciu, el mayor celo lo mostraban los futbolistas franceses, mientras que Jules Rimet, también pasajero en la misma ruta, estaba entusiasmado por su visión que tomaba carne y hueso, teniendo paralelamente también la decepción de que no fueran más los equipos europeos que vivieran esta experiencia única. Católico ferviente, veía el fútbol como un terreno ideológicamente neutral, donde sin clases, sin divisiones nacionales, se desarrollaría solamente la plena amistad de los pueblos. Los pueblos finalmente se unieron en tradiciones y cultura comunes gracias al fútbol, pero en cuanto al resto, este juego de los ingleses maniáticos se convirtió exactamente en lo contrario: el deporte más ideologizado de la historia de la humanidad, expresión de cada contradicción material, la principal de las cuales es la de clase.
El sorteo que se realizó antes del inicio de la competición tenía desde el principio colocados, como cabezas de los grupos, a los equipos de Argentina, Brasil, Estados Unidos y Uruguay, que podrían encontrarse solo en semifinales. En el primer grupo, junto con Argentina, participaban Chile, Francia y México, mientras que en los restantes, compuestos cada uno por tres equipos, Brasil enfrentaría a Yugoslavia y Bolivia, Uruguay a Rumania y Perú, y Estados Unidos a Paraguay y Bélgica.
El primer partido de la competición se disputó el 13 de julio, con hora de inicio 15 h local, y se enfrentaban los equipos de Francia y México. Lucien Laurent, futbolista del Cercle Athlétique de París, que después del Mundial pasó al gran equipo de fábrica de Peugeot, Sochaux-Montbéliard, en el minuto 19 del encuentro marcó el primer gol en la Historia del Mundial, delante de 4444 espectadores que habían sacado entrada en el Estadio Pocitos. Argentina no tuvo dificultades en este grupo, ya que aunque ganó 1-0 a Francia, apenas dos días después del debut de los tricolores, se impuso con el enfático 6-3 a México y ganó también 3-1 a Chile. Gran protagonista de estos partidos fue el centrodelantero argentino Guillermo Stabile, jugador de Huracán, que marcó 5 goles en la fase de grupos, en los dos partidos que jugó, después de la lesión de Nolo Ferreira de Estudiantes.
En el segundo grupo, las cosas no resultaron tan fáciles para Brasil, que en su debut cayó víctima de una sorpresa, perdiendo 2-1 contra Yugoslavia. Los yugoslavos aplastaron 4-0 a Bolivia para asegurar la clasificación a semifinales, mientras que Brasil, que repitió este resultado frente a su vecina, no podía objetivamente clasificar a la fase semifinal.
En el tercer grupo abrió el baile el encuentro de Rumania con Perú, donde los balcánicos salieron vencedores por 3-1. El 18 de julio, en el primer partido de la Historia del Centenario, el día de la fiesta nacional, Uruguay enfrentaba a Perú en su partido inaugural de la Copa Mundial. Los 57.735 espectadores que se reunieron para mirar las hazañas de la superpotencia futbolística mundial quizás esperaban más que el “pobre” 1-0, pero el gol de Héctor Castro, que además de temible goleador quizás era el futbolista más completo de su época, daba promesas de escalada en la continuación de la competición. En el partido crucial por la clasificación frente a Rumania, Uruguay ganó 4-0, ante más de 70 mil espectadores, y naturalmente las ambiciones de gran distinción volvían a encontrar base material en su rendimiento futbolístico.
En el cuarto grupo, Estados Unidos ganó con el mismo resultado, 3-0, sucesivamente a Bélgica y Paraguay, asegurando también su participación en la fase final de los cuatro mejores equipos. Allí los cruces no estaban dados y un segundo sorteo, que se realizó el 23 de julio, debía funcionar en base al escenario más probable y crear las condiciones para una final entre los rivales del Río de la Plata. Como muchas otras veces ocurrió en sorteos de Copas Mundiales, esto se logró y en semifinales Uruguay enfrentaría a Yugoslavia, mientras que Argentina a Estados Unidos. Los dos finalistas esperados confirmaron los pronósticos. Para Argentina marcaron 2 goles cada uno Peucelle y Stabile, mientras que para Uruguay anotó un hat-trick Cea y 2 goles Iriarte. La única diferencia fue que mientras Estados Unidos marcó el gol del honor en el minuto 89, Yugoslavia abrió el marcador en el minuto 4 del encuentro. Los resultados de ambos partidos terminaron 6-1.
El 30 de julio, en el flamante Centenario se disputaría la mayor batalla, la repetición de las finales del Sudamericano, la repetición de la última final de los Juegos Olímpicos, el partido entre dos equipos que representaban a los países que tomaron el fútbol de los británicos, lo hicieron evolucionar, le cambiaron lengua y estilo, lo ideologizaron, construyeron sus propios conflictos internos alrededor de él, crearon las multitudes que vivían por cada victoria futbolística, que se identificaban con los clubes y las selecciones nacionales, los relatos que acompañaban cada mitología local o nacional. Todo esto en la primera final de la nueva competición exclusivamente futbolística y mundial. No había ninguna duda de que este era el mayor partido de fútbol de la Historia hasta entonces y sigue siendo hasta hoy uno de los más míticos, pero también históricamente determinantes y cruciales como puntos de referencia, que se hayan jugado jamás.
15 mil argentinos salieron desde el puerto interior del estuario en dirección a Montevideo, muchos de ellos no lograron llegar a tiempo por la niebla, mientras que otros no pudieron conseguir la entrada que los metería en el Centenario. En Buenos Aires los telegramas llegaban con un ritmo menor a un minuto, mientras que el desarrollo del partido se transmitía también por radio. Grandes fábricas, como la de General Motors, se reporta que detuvieron la línea de producción, mientras que el Congreso suspendió sus tareas de la tarde. Vale la pena señalar que mientras en nuestros días las finales del Mundial se disputan siempre en domingo, aquel 30 de julio de 1930 era miércoles. Un miércoles a la tarde, que en Argentina parecía sin embargo domingo.
En Montevideo la delegación de Argentina estaba bajo enorme carga psicológica y emocional. La delegación del equipo fue visitada por el legendario intérprete de tango Carlos Gardel, quien habiendo llegado como inmigrante a Argentina, hijo de inmigrantes franceses de Toulouse, sostenía que había nacido en Tacuarembó, en el norte de Uruguay. Aunque en algún momento había declarado diplomáticamente que su corazón pertenece a Argentina y su alma a Uruguay, no tuvo ningún reparo en ir al hotel La Barra para alentar a sus pares argentinos, ya héroes nacionales. Dado por supuesto el resultado de la final, los uruguayos aún hoy sostienen que Gardel fue fuente de mala suerte para Argentina y por lo tanto es en realidad uno de ellos.
En el momento en que en Argentina el canto que hacía vibrar la atmósfera era “Argentina sí, Uruguay no! Patria o muerte!”, en Montevideo el centre half de la albiceleste, Luis Monti, recibía mensajes amenazantes para su vida, haciendo el escenario literalmente bélico, con el astro argentino prefiriendo no jugar el partido supremo y finalmente siendo convencido por sus compañeros y el conjunto de la delegación argentina. Mensajes amenazantes correspondientes había recibido también el árbitro del encuentro, el belga Jean Langenus, quien aceptó dirigir el partido solo después de que se le dieran las garantías de seguridad correspondientes y un barco lo esperara para irse de Montevideo inmediatamente después del final del encuentro futbolístico.

Aunque el registro oficial de entradas dice que 68.346 espectadores vieron el gran encuentro de dimensiones épicas, las fuentes históricas sostienen que más de 80.000 personas estaban en las tribunas del Centenario aquella tarde. El árbitro Langenus apareció con bermuda, saco y corbata, mientras Uruguay y Argentina vestían sus camisetas clásicas. Los dos equipos no podían ponerse de acuerdo ni siquiera sobre con qué pelota se jugaría la final, con el resultado de que se acordó que en el primer tiempo se usaría una pelota de fabricación escocesa que traía el equipo de Argentina y en el segundo una más pesada, de fabricación y procedencia inglesa, que traía Uruguay. En un partido que por sus condiciones tempranas y quizás futbolísticamente primitivas fue caracterizado también como el mayor partido de barrios en la historia del fútbol, todas esas características no hacen más que agregar una dimensión mítica al encuentro histórico.
Puede que el marcador del partido lo haya abierto en el minuto 12 Pablo Dorado para los locales, pero todas las referencias convergen en que los argentinos presentaban un espectáculo único, dejando a la imaginación crear un reflejo histórico de aquellos partidos de fútbol en los que la intensa carga emocional y lo que está en juego llevan a rendimientos que parecen tocar una perfección de tamaño artístico. Los argentinos igualaron inicialmente con Peucelle, mientras que la ventaja la dio Stabile, con su 8.º gol en una competición en la que terminó como goleador y con la camiseta de una selección que vistió solo aquellos días en Montevideo, por una lesión de su compañero, una camiseta que no volvería a vestir nunca más después de aquella final. Y si el momento de Varallo era el que podía cerrar la victoria histórica para Argentina, su lesión contribuyó a lo contrario. El equipo que jugaba menos espectacularmente logró marcar 3 goles, anotados por Pedro Cea, Santos Iriarte y Héctor Castro, para sellar una época de absoluta superioridad futbolística.
Argentina, La Nuestra, había sido derrotada en la cancha, en el partido más importante de la Historia hasta entonces. ¿Cómo ocurrió eso? En Uruguay no es seguro que pudieran, pero es seguro que no querían, explicarlo futbolísticamente. El análisis histórico muestra que Argentina, percibiendo la superioridad de su juego, se ocupó de convertirla en relato nacional. Órganos ideológicos institucionalizados como Gráfico y Borocotó estaban interesados en el mantenimiento de este mito y lo que ocurrió en el Centenario fue exactamente su expresión futbolística material. El fútbol más hermoso era el que jugaba Argentina, pero ganadora resultó — otra vez — Uruguay. Gianni Brera, periodista italiano, escribiría más tarde que “entre las dos selecciones rioplatense, las hormigas son los uruguayos, las cigarras son los argentinos”. Pero en el fútbol pocos quieren ser las hormigas, así que en Uruguay, que a través del fútbol adquiría alcance mundial, existía la necesidad de construir un mito diferente.
Este relato decía que los uruguayos en realidad ganan porque compiten con mayor alma combativa. De hecho, una construcción históricamente completamente infundada tenía como objetivo explicar también esta característica nacional. En la zona de Montevideo, antes de la época de las expediciones europeas y del colonialismo, vivía una tribu indígena, los Charrúas, que naturalmente debían retroceder a medida que su espacio vital era ocupado por los colonos europeos. Los Charrúas, sin embargo, continuaban coexistiendo en la región más amplia durante siglos. La independencia de Uruguay, sin embargo, fue el hecho vinculado con su desaparición. Concretamente, el Presidente del país, Fructuoso Rivera, que asumió por primera vez el poder en 1830, es decir 100 años antes de aquel primer Mundial, organizó su genocidio, que quedó conocido como Campaña de Salsipuedes en 1831. Los apenas 4 Charrúas sobrevivientes fueron objeto de estudios raciales y fueron enviados incluso a París en 1833, donde eran exhibidos al público y allí dieron su último aliento. Hoy Uruguay reconoce este genocidio histórico, mientras que un conjunto de estos cuatro últimos Charrúas se encuentra como estatua en Montevideo.
A pesar del crimen histórico, sin embargo, la mitología que se construyó alrededor del equipo de fútbol sostenía que los futbolistas de Uruguay cargan con ese espíritu combativo de aquellos charrúas; de hecho, la manera de jugar de la Celeste se llamó garra charrúa, es decir la garra del Charrúa. Quizás así Uruguay lograba al mismo tiempo dos cosas en su relato nacional: borrar una herencia histórica criminal creando una leyenda nacional infundada.
La verdad es que Uruguay conseguía ganar en aquellos años, por un lado, porque encaraba el propio juego de manera más pragmática, aunque no le faltara talento; había organizado la selección nacional con fisioterapeutas y médicos, mientras que no excluía a los futbolistas negros y mestizos que difícilmente encontraban lugar en la selección de Argentina, aprovechando todas las distintas características raciales y culturales de su sociedad. Ningún Indio ganó jamás ninguna batalla por la selección nacional, solo chicos de los barrios, independientemente del color, que se incorporaban exitosamente a una sociedad culturalmente joven que buscaba su identidad.
No fue solo una fiesta
El Mundial de 1930, que se disputó en Sudamérica, cerraba toda una época para el continente latinoamericano. Puede que el fútbol de los países americanos del Atlántico Sur estuviera en su apogeo y que todavía tuviera páginas doradas por escribir en los años que siguieron; sin embargo, las sociedades que habían conocido un crecimiento económico prolongado, que se habían mantenido lejos de la tenaza de la Primera Guerra Mundial, que constituían la salida para millones de migrantes del pobre Sur europeo, recibirían el primer gran golpe económico casi al mismo tiempo que la mayor fiesta organizada para su principal producto cultural exportable, el fútbol.
El estallido de la crisis capitalista en Estados Unidos, que ya era el principal receptor de sus productos y había reemplazado a las viejas superpotencias europeas no solo como socio comercial sino también como controlador de su evolución política, afectaría de manera decisiva también a los países latinoamericanos. La crisis económica tiene como consecuencia inmediata la crisis política y en el capitalismo la crisis política significa dos cosas: o el vuelco de las relaciones de poder y el derrocamiento de la clase dirigente, o la imposición más dura del poder y el colapso de las libertades democráticas burguesas. A veces ocurren ambas cosas, ya que el pueblo derriba el intento desesperado de la clase dirigente de conservar el poder.
En la Argentina de 1930, sin embargo, ocurrió solamente la anulación de la democracia. La agitación social que existía bajo la presión de la crisis, así como la presión por parte de la clase dirigente por más concesiones al capital local, cuya posición se dificultaba, llevó a Yrigoyen a la concentración de poderes en la Presidencia, para poder controlar más eficazmente la respuesta del poder político. Estos movimientos, sin embargo, constituyeron la causa para que los nacionalistas y un movimiento nacido dentro del ejército nacional, así como un partido que parafraseaba propagandísticamente el nombre de la Unión Cívica Radical en Unión Cívica Radical Antipersonalistas, sosteniendo es decir que estaba solo contra el poder personalista y no contra la ideología en base a la cual había sido elegido Yrigoyen, intentaran un golpe de Estado exitoso el 6 de septiembre de 1930. Este golpe, encabezado por el oficial José Félix Uriburu, formó un poder militar cuyo objetivo era copiar el poder fascista, tal como este se había organizado en Italia, un país que de todos modos tenía lazos culturales muy estrechos con Argentina. Uriburu y sus aliados de extrema derecha anularon por primera vez la Constitución de 1853 e impusieron la administración tecnocrática y fascista que imaginaban. Esta dictadura inauguraría un largo recorrido de poder político de los militares, con la alternancia de regímenes dictatoriales y períodos democráticos no libres y falsamente denominados, con poderes políticos que solían mantener lazos muy estrechos con Estados Unidos. Este primer período, aunque se llamó la Década Infame, la década infame, se considera que duró aproximadamente 13 años y terminó con el golpe militar de 1943; sin embargo, las primeras elecciones directas libres volverían a realizarse en Argentina en 1946.

Durante estos años, el fútbol que funcionaba como mitología nacional no tenía motivo para detener su evolución, ya que constituye históricamente un objeto de instrumentalización por parte de todo poder. Uno de los primeros desarrollos importantes, que no es seguro si constituía una elección del nuevo poder o una evolución casi normal acelerada también por la organización de la Copa Mundial, fue la profesionalización del campeonato de fútbol desde 1931. El inicio hacia esta dirección lo hizo una delegación de futbolistas que pidió libertad de negociación de los contratos al dictador Uriburu. Este, derivando el asunto al Intendente de Buenos Aires, José Guerrico, dejó que este último decidiera que la solución de todos los problemas vendría con el profesionalismo. Sin embargo, lo que hizo en esencia el poder fue, en vez de responder a las demandas de los futbolistas como trabajadores, atar aún más el fútbol a los intereses del capital, ya que lo integraba de esta manera dentro de la reorganización capitalista tecnocrática más general que intentaba.
El fútbol estaba atado incluso por relaciones de sangre con el poder, con el General Agustín Pedro Justo, que sucedió a Uriburu mediante la realización de elecciones no libres, expresando por lo demás su simpatía por la trabajadora Boca, mientras que más tarde el hijo del Presidente Ramón Castillo fue Presidente de la federación de fútbol. Los lazos del poder político con los grandes clubes populares quizás se reflejan también en los resultados de esas décadas. Gimnasia La Plata conquistó el campeonato de 1929, mientras que el último campeonato antes del profesionalismo, el de 1930, lo conquistó Boca Juniors. Desde aquel año en adelante, durante 36 años ningún equipo fuera de los Cinco Grandes conquistó el campeonato. El fútbol cambiaba, pero los protagonistas eran los mismos, mientras que los hechos políticos en todo el mundo influirían también en la percepción de un país que se volcó hacia la introversión, diametralmente opuesta a todo su recorrido histórico anterior.
La época nacionalista de Brasil
Si la Década Infame abrió una época en la que la democracia sería antónimo de la sociedad argentina, en 1930 empezó una transformación de enorme profundidad ideológica para Brasil, que en gran medida construyó el mito de su fútbol nacional. Brasil, habiendo dado todos los pasos futbolísticos más tarde en el tiempo en relación con Argentina y Uruguay, hasta el Mundial de 1930 había logrado ganar 2 Campeonatos Sudamericanos, sin embargo no se había encontrado en una final de Juegos Olímpicos, una competición en cuyo torneo futbolístico ni siquiera había participado, mientras que naturalmente no era parte de una final legendaria, como ocurrió con los dos países vecinos del Sur.
A fines de la década de 1920, en un clima de desarrollo pero también de agitaciones sociales, Presidente de Brasil era Washington Luís, que aunque nacido en Rio de Janeiro, estudió y empezó su carrera como juez en São Paulo. La exitosa, para los intereses de la burguesía, gestión de las revueltas en São Paulo, los años en que fue intendente de la ciudad y luego gobernador de la provincia, le dio la designación para ser elegido presidente en 1926. Sin embargo, antes de las elecciones de 1930, con los efectos de la crisis habiendo dificultado bastante la posibilidad del control político de la efervescencia general, Luís había perdido el apoyo de muchos aliados suyos, viéndose obligado a darle la designación a su colaborador Júlio Prestes. Prestes, como candidato del Partido Republicano Paulista, ganó de manera abrumadora en esas elecciones contra un ex ministro de Luís, el coronel Getúlio Vargas. Los coroneles muchas veces no pierden elecciones, sino que organizan movimientos, y tres semanas después de la contienda electoral Vargas era el jefe del golpe que derrocó a Prestes y tomó el poder, colocándose el 3 de noviembre a sí mismo en la posición de Presidente del país. En esta posición permanecería como golpista hasta 1934, cuando en las elecciones presidenciales realizadas mediante representantes de la asamblea nacional designada fue proclamado oficialmente y de forma aparentemente constitucional Presidente de Brasil. Hizo falta otra vez apenas tres años para que siguiera los pasos de su ídolo, un pintor fracasado de Austria, y, partiendo del peligro de una insurrección comunista que empezó dentro del ejército, anulara toda constitucionalidad, pusiera fuera de la ley al Partido Comunista y empezara el período de su tiranía que quedó en la Historia como el Estado Novo.
El fútbol, una vez más objeto de instrumentalización, no podía escapar del “interés” del poder del Estado Novo, que teniendo también la experiencia de los países vecinos encontraba un accesorio asombrosamente popular para la escritura de una nueva tradición nacionalista. La diferencia del relato brasileño es que mientras el profundo enfoque nacional ideológico de Argentina se desarrolló en una época en la que el objetivo era liberar al fútbol del dominio de los ingleses, el enfoque de la década de 1930 estaba mucho más estrechamente vinculado con la explotación de clase y por eso, en vez de limitarse a la calidad de una sociedad extrovertida que debía encontrar su identidad común, tenía en esencia el objetivo de presentar las contradicciones de clase y la larguísima explotación racial como un terreno neutral de desarrollo de los fenómenos sociales particularmente brasileños, por los cuales cada brasileño tenía motivos para estar orgulloso.
En esta empresa tuvo un rol decisivo el periodista Mário Filho, hijo de un editor que nació en Recife pero se mudó a Rio de Janeiro y empezó su carrera como cronista deportivo en 1926 en el diario A Manhã que editaba su padre. Dentro de los desarrollos de la época no era difícil que Filho desarrollara un entusiasmo desmesurado por el fútbol y se dedicara casi exclusivamente a él desde 1928 en adelante, cuando empezó a trabajar en el segundo diario de su padre, Crítica. En este período Filho comenzó a generar, como hacía paralelamente Borocotó en Argentina, el vocabulario del fútbol brasileño. Concentrando su análisis en la evolución de los equipos históricos de la burguesía de Rio, Flamengo y Fluminense, es el inspirador de la famosa palabra Fla-Flu, que señala a esta pareja de rivales futbolísticos de la ciudad. En 1931, después de la muerte de su padre, fundó la primera revista puramente deportiva de Brasil, con el nombre O Mundo Sportivo; el mismo año empezó a trabajar también en el diario O Globo, mientras que desde 1932 desarrolló también un interés particular de escritura por los elementos culturales brasileños, como la samba, inaugurando incluso el concurso de escuelas de samba en Rio de Janeiro. Su contribución esencial a la construcción del mito nacional a través del fútbol empezó en 1936, cuando comenzó a trabajar en el diario Jornal dos Sports.
Filho era el hombre adecuado en la búsqueda del Estado Novo por la constitución, teórica y luego práctica, de la llamada Brasilidade, es decir la manera en que el país se constituiría culturalmente sobre principios nacionalistas. Hizo para el fútbol el trabajo que organizó ideológicamente para el conjunto de la sociedad brasileña otro intelectual del régimen, Gilberto Freyre, formado en las Universidades de Baylor y Columbia. El dictador Vargas, por su parte, siguiendo también el ejemplo de Mussolini, así como de otros dictadores, se ocupó de estrechar sus relaciones, aunque fuera propagandísticamente, con los equipos populares y en particular de origen obrero. El estadio de Vasco, São Januário, se convirtió en su guarida, ya que hospedaba actos de todo tipo, con la participación de intelectuales que contribuyeron a la construcción de esta nueva identidad nacional y conciencia nacionalista. Filho asumió en esencia el camino ideológico opuesto, es decir la transformación de los clubes que eran fortalezas de la burguesía en clubes populares, que trasladaban dentro de su base de hinchas su base ideológica ya desarrollada, contribuyendo así a la integración de las masas en la ideología dominante.

El traslado profesional de Filho al diario Jornal dos Sports fue una parte de esta actividad. La publicación era editada por José Bastos Padilha, editor y presidente de Flamengo desde 1936 hasta 1939. Filho fue el hombre de Padilha que asumió la tarea de transformar a la elitista Flamengo en un club apoyado por las masas. Llevó al club a los tres principales futbolistas negros brasileños de la época, Fausto, Domingos da Guia, y el mejor futbolista brasileño antes de Pelé, Leônidas da Silva. Cuando los hinchas de Fluminense, cuyo apodo era pó de arroz, por el polvo de arroz, empezaron a llamar a los de Flamengo pó de carvão, es decir polvo de carbón, en la conciencia colectiva ya se había impreso el carácter aparentemente popular del club. Algunos años más tarde, una famosa banda, la charanga, tocaba constantemente durante los partidos de Flamengo, intensificando aún más sus características populares.
El ídolo de aquel equipo de Flamengo, Leônidas da Silva, conocido también como Leônidas, era la síntesis de todo lo que imaginaba el régimen de Vargas para el fútbol como herramienta política suya. Nacido en 1913 en Rio de Janeiro, fue el primer futbolista que recibió el apodo de “diamante negro”, como ocurrió también en todos los demás casos por el color de su piel. Empezó su carrera en São Cristóvão y en 1933 pasó al Peñarol uruguayo, en un ambiente donde el clima era mucho más acogedor para los futbolistas negros. En 1934 volvió a Brasil, Rio y Vasco, antes de pasar a Botafogo y finalmente en 1936 a Flamengo. Se lo considera el inspirador del tiro de volea, del llamado bicycle kick, que era mucho más difícil de ejecutar con las pelotas de la época, mientras que el planeta lo conoció por primera vez en la Copa Mundial de 1934, donde la selección de Brasil fue eliminada en la primera ronda por España.
Leônidas era, sin embargo, el símbolo necesario para la construcción de una mitología nacional que borraba siglos de explotación racial, que sostenía que no existen colores, que todos los seres humanos independientemente de la raza son partes del mismo conjunto nacional — sin reconocer por supuesto que las contradicciones de clase que existían en la sociedad brasileña eran resultado de esos siglos de explotación y por lo tanto de neutral no tenía nada el trasfondo social donde se desarrollaba esta retórica. La ilusión de la movilidad social a través de Leônidas y otros futbolistas negros, que mejoraban sus condiciones de vida, siendo sin embargo solo excepciones en una regla muy dura de esclavitud de clase, constituía excelente material para la propaganda de la llamada mestiçagem, es decir de un modo de vida sin límites raciales, un Estado racial y clasistamente neutral, que no significaba nada más que un Estado donde la dominación de una clase era tratada como correlación natural. De hecho, el abrazo del llamado mulatismo, es decir de los particulares elementos afrobrasileños, dentro de elementos de la cultura, como el fútbol, la música y el baile, así como la elevación del fútbol como expresión artística y de la cultura de los negros, con su conversión en futebol arte, que era la correspondiente versión brasileña de la nuestra y de la garra charrúa, creaba un relato que daba generosamente una cuota de participación a los oprimidos en todo lo que concernía a la herencia inmaterial del país, ya que la material quedaba en manos muy específicas. Finalmente, el arquetipo de un hombre rebuscado en la vida, que dentro del carácter duro de las grandes ciudades consigue sobrevivir y superar las dificultades, la pobreza, la miseria que generaba la explotación de clase, del llamado malandro y de su modo de vida bohemio, la malandragem, era lo que se reflejaba en los rostros de estos futbolistas, pibes pobres de la ciudad, pero en realidad hijos de un dios menor, como lo era también Leônidas.
Flamengo, como objeto de instrumentalización política, se convertiría también en el vehículo de la evolución futbolística de Brasil, empezando un proceso que reconfiguró el fútbol nacional a tal punto que bastante más tarde pudiera dominar a nivel mundial. En 1937, Palinha contrataría como entrenador de Flamengo al húngaro Dori (Izidor) Kürschner, el viejo gran centre half del MTK que brilló como futbolista extremadamente inteligente a comienzos del siglo XX. Kürschner alcanzó a jugar también 5 veces con la selección nacional de Hungría, en los años del desarrollo temprano del fútbol de la Escuela del Danubio, hasta 1911. Luego trabajó como entrenador en equipos alemanes, mientras que desde 1924 se mudó a Suiza, para liderar el cuerpo técnico primero del Schwarz-Weiß Essen, y luego de Grasshoppers y Young Boys, en la época de gloria absoluta de la red futbolística de Europa Central. Padilha y sobre todo su estrecho colaborador, Filho, conocían la evolución del fútbol a nivel mundial y probablemente entendían que la mejor manera de liberarse de la identidad británica que cargaba el deporte en Brasil era el contacto con las ideas de otra gran escuela europea, que ayudaría a su modernización, principalmente en comparación con los otros países sudamericanos, sin sin embargo intensificar las características británicas. Brasil, que se cerraba en una introversión política, usaba el fútbol de manera extrovertida, no solo para el consumo interno, sino para convertirlo también en espejo del Estado y de la ideología del Estado Novo.
Kürschner entendía el anacronismo del estilo inglés de fútbol, que se expresaba por el sistema 2-3-5 y se jugaba todavía en Brasil y los otros países de Sudamérica, pero el experimento para la modernización del estilo en Flamengo fracasó, principalmente por el rol sospechoso de su traductor, Flávio Costa, que en esencia saboteó el trabajo de Kürschner. En 1938, aunque fue despedido de su puesto de técnico de Flamengo, permaneció en Brasil y continuó su recorrido como ayudante de campo de la selección nacional, ya que el puesto de entrenador no podía darse a un no brasileño. Allí logró convencer para la aplicación del WM, el sistema que evolucionaba en las escuelas futbolísticas del Danubio y los resultados fueron maravillosos — tanto para la selección nacional como para el régimen de Vargas.
En la primera ronda, Brasil enfrentó a Polonia en Estrasburgo, en un partido cuyo tiempo reglamentario terminó con el irreal — incluso para los datos de la época — 4-4, con Leônidas finalmente dando la victoria en el alargue con dos goles más, marcando 3 en total en el encuentro y el resultado final fijándose 6-5 a favor de la Seleção. En cuartos de final, enfrentando a Checoslovaquia, la finalista de la edición anterior, que tenía en sus filas al excelente goleador Nejedlý, el primer partido terminó empatado 1-1, mientras que el partido de desempate fue victorioso para Brasil, con Leônidas marcando en ambos de estos partidos. En semifinales, la Italia de Pozzo y de Meazza, la campeona mundial vigente, necesitó un penal para fijar el 2-0 en el minuto 60 y el gol de Romeu en el 87’ no fue suficiente para evitar la eliminación; sin embargo, en la final chica Brasil se impuso 4-2 y con dos goles de Leônidas a Suecia para volver con la medalla de bronce de un Mundial que tenía lugar en suelo europeo, participando en él todos los países futbolísticamente avanzados de Europa Central y con Leônidas proclamado goleador. Dado que Brasil era, además, la única representante de Sudamérica en la competición, este éxito podía festejarse debidamente y contribuir al relato del régimen. Kürschner puede haber tenido todavía un paso fallido por Botafogo y finalmente haber dado su último aliento en 1941 en Rio de Janeiro, como resultado de un paro cardíaco, pero su contribución fue clave para la manera en que evolucionaría la selección nacional persiguiendo una distinción históricamente grande.
El Danubio en el Río de la Plata
Otro representante de la Escuela del Danubio, sin embargo, jugaría su propio rol en la transformación del fútbol al sur de Brasil, en los países del estuario. La historia de Imre Hirschl, que quedó en la conciencia colectiva de América Latina como Emérico, podría ser la trama de una novela, o el guion oscarizado de una película. Nacido en Apostag, Hungría, el 11 de julio de 1900, hijo de una familia judía, se encontró dentro de aquella generación de judíos húngaros que constituyeron figuras cruciales de la evolución del pensamiento futbolístico en la Europa continental. Que se haya encontrado entre ellos, claro, no significa que él mismo fuera portador de esa modernidad futbolística. Eso no le impidió en absoluto, sin embargo, buscar esa posición en algún otro lugar del planeta, allí donde aparentemente había oportunidades para todos.
Aunque hay un vacío en su biografía, que seguramente no se relaciona en nada con alguna carrera futbolística antes de su llegada a Brasil, en septiembre de 1929 se menciona el primer episodio interesante en São Paulo, donde Hirschl se acerca a Béla Guttmann, otro judío, pero muy conocido miembro de la escuela futbolística judía de Viena, que se formó futbolísticamente en Hakoah antes de convertirse en entrenador llevando sus nuevas ideas — y una maldición — a casi cada rincón del mundo futbolístico conocido. En São Paulo Guttmann se encontraba como entrenador del Hakoah de Nueva York, equipo que habían fundado los jugadores del auténtico Hakoah de Viena que querían quedarse después de un tour por América. Hirschl le pidió a su compatriota encargarse del masaje de los jugadores del equipo y así logró infiltrarse en una de las redes futbolísticas más legendarias de la época, cargando en esencia ese éxito suyo como identidad en su recorrido posterior.
Cuando, en el tramo argentino del tour, el Hakoah de Nueva York ya no necesitaba los servicios de Hirschl ni tenía los recursos necesarios para pagarle el sueldo, el masajista ingenioso se quedó sin trabajo. Entonces se presentó en el histórico equipo de Gimnasia, donde asumió el puesto de entrenador, diciendo que era parte de aquella gran escuela futbolística húngara. Con Gimnasia no empezó bien, perdiendo los tres primeros partidos y habiendo ganado apenas tres en la primera rueda del campeonato, pero la fe en el entrenador que recibió el apodo de “El Mago” era inquebrantable, ya que todos esperaban los resultados del traslado de su propia cultura futbolística. Hirschl probablemente era realmente un mago, porque transformó a Gimnasia en un equipo llamado “El Expreso Platense” y de mediocre en la competición pasó a ser candidato al título. Este éxito suyo le abrió la puerta de River Plate, con el que ganó los campeonatos de 1936 y 1937. Sin embargo, esta no fue su contribución más importante.
Al moverse a River trajo consigo desde Gimnasia a Pepe Minella, un futbolista que podía concretar su concepción de la evolución táctica del juego. El fútbol sudamericano hasta aquel período seguía pegado al 2-3-5 y casi simultáneamente con el intento de Kürschner de introducir el WM en Brasil, Hirschl podía con Minella formar al menos la M defensiva en River, lo que significaba que el centre half retrocedía, con los dos full-backs abriéndose por primera vez hacia los costados y creándose una línea defensiva de tres, con el jugador central tanto factor defensivo como parte de la creación que empieza desde el fondo de la cancha. Además, promovió nuevos jugadores, como Adolfo Perdenara y José Manuel Moreno, a quienes dio lugar a los 16 y 18 años respectivamente en el equipo, para que se desarrollaran como piezas fundamentales del equipo más legendario de River de todos los tiempos.
Hirschl se fue de River en 1938, para continuar su carrera en otros equipos de Argentina, en Brasil y Uruguay, y se convirtió en un intelectual del fútbol, uno de los pocos conocedores del fútbol sudamericano con tanta profundidad y con tanta extensión, ya que trabajó en los tres países. De hecho, su paso por Peñarol hacia fines de la década de 1940 sería quizás crucial para uno de los hechos futbolísticos más importantes de la Historia.
La herencia de Hirschl, sin embargo, sobrevivió en River, que siguió desarrollando maneras de jugar y enfoques tácticos bajo el espíritu de la modernización del juego. Continuador de su obra fue el italiano Renato Cesarini, que aunque nació cerca de Ancona, había crecido en Buenos Aires. Sin embargo, durante 6 años había jugado en Italia, con los colores de Juventus, conquistando 5 campeonatos consecutivos y una Copa Internacional de Europa Central, jugando con la Squadra Azzura. En el dialecto futbolístico italiano, de hecho, existe la llamada Zona Cesarini, que se refiere a los últimos minutos críticos del partido, el período en el que Cesarini había marcado algunos de sus goles más decisivos.
Cesarini construiría a River dentro del enfoque táctico de Europa Central agregando un elemento que creó el trasfondo para el desarrollo de casi todo el fútbol moderno. Desde 1941 la línea ofensiva del equipo estaba compuesta por Juan Carlos Muñoz, Félix Loustau, Ángel Labruna y los promovidos por Hirschl José Manuel Moreno y Adolfo Pedernera. Este quinteto extraordinario no jugaba en línea, sino que adoptó la concepción del falso 9, es decir el enfoque del WM tal como dominaba en Europa y tal como se formaría también en la posguerra principalmente en Hungría, con los conocidos resultados maravillosos. Pero, además de eso, tenía también una capacidad única de intercambiar posiciones entre sus jugadores, en ese espacio que se creaba para los jugadores ofensivos del equipo. Este enfoque se redescubriría décadas más tarde, en Holanda, de manera más completa, para crear los principios del fútbol que quedó conocido como totaalvoetbal o en inglés total football — la base del fútbol que se juega hoy. En nuestros días, los enfoques tácticos en el máximo nivel futbolístico, aprovechando también las mejores características atléticas de los futbolistas, parecen volver a aquellas primeras formas experimentales de gestión de las posiciones y cobertura del espacio en ataque.

El quinteto de River parecía funcionar como una máquina y por esa razón quedó en la historia con el apodo La Máquina, que le dio — ¿quién más? — Borocotó, después de la victoria enfática de River frente a Chacarita Juniors, por 6-2, el 12 de junio de 1942. Desde 1944 la conducción técnica de River había sido asumida por el goleador de la final mundialista de Montevideo, Carlos Peucelle, que continuó la obra de Cesarini. En 1946, cuando Pedernera se fue de River para pasar a Atlanta de Buenos Aires, su lugar lo tomó un prometedor delantero de 19 años, hijo de inmigrantes italianos y nacido en el barrio de Barracas, que se llamaba Alfredo di Stefano.
Las hazañas de River no quedaron, sin embargo, en el nivel de clubes. La evolución táctica del fútbol argentino fue más rápida que la de los países de alrededor, con el resultado de que en los años entre 1941 y 1947 conquistó 4 de los 5 Campeonatos Sudamericanos, perdiendo solo por muy poco la competición de 1942 en Montevideo, después de ser derrotada 1-0 en el último partido por la anfitriona y ganadora de aquella competición, Uruguay.
Argentina tenía otra vez motivos para creer que su fútbol era el mejor del mundo. La llamada La Nuestra evolucionaba de la mano de técnicos nacidos en Argentina que asimilaban el pensamiento futbolístico tal como este evolucionaba globalmente y los resultados en Sudamérica, a nivel internacional, eran los mejores de su Historia hasta entonces. El gran objetivo era la organización de la Copa Mundial de 1942 en su suelo. Habiendo omitido participar en la competición de 1938, bajo el peso también del conflicto político que determinaba los resultados en suelo europeo, esperaba un Mundial en el continente libre y pacífico para desplegar las características de su fútbol evolucionado, hermoso, espectacular, ingenioso y extremadamente eficaz. Sin embargo, el Mundial de 1942 nunca se realizó, ya que Europa y el resto del mundo en general habían entrado en el proceso destructivo de la Segunda Guerra Mundial, una guerra que le costó una generación a cada sociedad que de una u otra manera participó en ella, con naturalmente en primer lugar el sacrificio de la Unión Soviética.
Los desarrollos políticos dentro de las fronteras, sin embargo, nunca permitirían a Argentina consolidar esta superioridad suya. En 1943 la Década Infame terminó con otro golpe militar. Los militares Arturo Rawson, Pedro Pablo Ramírez y Edelmiro Julián Farrell asumieron sucesivamente el cargo de Jefe de Estado, sin realización de elecciones. Desde 1944, sin embargo, hasta el 10 de octubre de 1945, Farrell había nombrado vicepresidente de su Gobierno a un oficial del ejército que había estudiado en Turín, estudió la táctica militar en Italia, y desarrolló algunas posiciones políticas particulares que priorizaban la elección de políticas socialdemócratas en lugar de la concepción neoliberal o fascista. El coronel Juan Domingo Perón, después de la declaración de guerra por parte de Argentina a las potencias del Eje, en marzo de 1945 (!), fue desplazado del cargo de vicepresidente, como relacionado con la Italia fascista, y asumió el Ministerio de Trabajo, instalando por primera vez un sistema de seguridad social universal en Argentina, la institucionalización del rol de los sindicatos en las negociaciones colectivas e introdujo una serie de asignaciones para los miembros de los sindicatos. Su alejamiento gradual de la línea política de la conducción llevó a su renuncia y finalmente a su arresto y encarcelamiento el 17 de octubre de 1945. Pero entonces ya era tarde para sus enemigos dentro del sistema político. Perón, con su retórica populista como vehículo, la política de otorgar pequeñas concesiones a la clase trabajadora, el apoyo de los sindicatos y la deslumbrante presencia de su futura esposa, Eva Duarte, que daba a su presencia el aura necesaria de una estrella, ya era un héroe popular en Argentina. La conocida en la Historia Evita organizó una gran manifestación por su liberación. Cinco días después la pareja se casaría completando un cuento político popular.
El 24 de febrero de 1946, Perón necesitaba 189 votos de los electores para proclamarse Presidente de Argentina. Finalmente ganó 304, reuniendo el 53,71% del veredicto popular frente a José Tamborini, el candidato de una alianza de partidos con la participación de la Unión Cívica. Su historia marcaría a Argentina durante décadas, su enfoque político, el Peronismo, se convertiría en una ideología política definida autónomamente, con aplicaciones concretas en condiciones concretas y en conjunto sería el contrapeso de los regímenes dictatoriales militares autoritarios, dejando su huella ideológica hasta nuestros días en las formaciones políticas de Argentina.
En cuanto al fútbol, sin embargo, bajo Perón Argentina se transformará de un país que quiere irradiar hacia el exterior en un país que quiere irradiar su imagen en su propio espejo. Esto llevará a un aislamiento que se apoyó también en otras causas, como la ruptura con la FIFA, que nunca le dio al país el derecho a organizar el ansiado Mundial. En cambio, la Confederación Mundial se ocupó de guardar esta caja de Pandora futbolística para otro país.
El mito nacional – La tragedia nacional
El país al que se le dio la oportunidad de construir este mito nacional fue Brasil. Después del final de la Segunda Guerra Mundial, la FIFA tenía una gran prioridad: que continuara a toda costa la tradición que había empezado, que continuara la Copa Mundial. Para la organización del Mundial de 1942 habían mostrado interés oficialmente dos países, el Brasil de Vargas y la Alemania Nazi, mientras que también Argentina estaba lista para presentar su candidatura. Aunque la década que siguió cambió en pocas palabras el escenario incluso dentro del país del Amazonas, con las presiones políticas británicas obligando a Vargas a alinearse del lado de los aliados, a verse obligado a legalizar el Partido Comunista, como condición de la Unión Soviética, y finalmente a ser derrocado por otro golpe militar, que señaló el principio del fin del Estado Novo, en 1945. Sin embargo, en las elecciones que tuvieron lugar el 2 de diciembre de 1945, la formación política de derecha del Partido Socialdemócrata nacida dentro del Estado Novo, con el militar Eurico Gaspar Dutra como candidato, tomó el poder. Dutra, en la nueva situación de guerra fría, se ocupó de romper inmediatamente sus relaciones con la Unión Soviética, creando estrechos vínculos de dependencia con Estados Unidos y, en el mismo marco, volvió a sacar a la ilegalidad al Partido Comunista.
En cuanto al fútbol, este siguió constituyendo herramienta de explotación política. Filho escribía que debía seguir siendo prioridad de la nueva conducción política, porque “bien las escuelas y los hospitales, pero lo más importante es el legado nacional”. Dado que para la Copa Mundial que se disputaría 12 años después de la anterior, la Alemania Nazi, o el Estado alemán que resultó, no estaba en condiciones de reclamarla, mientras que Argentina carecía de argumentos, ya que había boicoteado la competición de 1938, Brasil asumió finalmente la responsabilidad que deseaba ardientemente. La Copa Mundial era una oportunidad de primer orden para crear una serie de monumentos nacionales que reflejaran el Brasil de la época y, naturalmente, debía conectarse con una gran victoria que completara el relato.
El primer gran estadio modernista construido en Brasil fue el Estádio do Pacaembu, en São Paulo. Sus trabajos de construcción empezaron en 1936 y se completaron a fines de 1940. Pacaembu fue la síntesis del estilo arquitectónico del Estado Novo y parece una traslación fiel de la técnica de la Italia fascista. Desde su inauguración fue el estadio central del país, que hospedaba los grandes partidos de la selección nacional y se convirtió también en la casa de la popular y nacida del pueblo Corinthians. La inscripción en su entrada tiene la misma tipografía que se encuentra en los edificios italianos de la época, mientras que su forma ovalada, el hormigón con el que está construido por completo, así como las columnas que se encuentran en su perímetro, son referencias claras al tipo de modernismo brasileño que representaba la brasilidade.

El Pacaembu era con diferencia el estadio más grande del Campeonato Sudamericano que se organizó en Brasil, con la participación de 8 equipos, en 1949. 27 años después del éxito de 1922, la competición volvía a Brasil y los organizadores querían mostrar que nadie más podía ganarles en su casa. Tenían motivos para creerlo, ya que la selección nacional, bajo las órdenes de Flavio Costa, el traductor que saboteaba el trabajo de Kürschner, había inculcado en su enfoque los elementos modernos del juego centroeuropeo, siguiendo la línea de la excelencia futbolística, tal como esta se expresaba mundialmente.
El debut en São Januário, la cancha de Vasco, fue enfático, con los organizadores ganándole 9-1 a Ecuador el 3 de abril, mientras que una semana más tarde, en el enorme Pacaembu, Bolivia sufrió la paliza de la Seleção por 10-1. Las victorias continuaron, con resultados más habituales, 2-1 a Chile, 5-0 a Colombia, 7-1 a Perú, 5-1 a Uruguay, pero el equipo que puso freno a la percepción de Brasil de que no había rival a su medida fue Paraguay, en el último partido del 8 de mayo. Tesourinha abrió el marcador en el minuto 33, pero Avalos y Benítez dieron vuelta el resultado en la segunda parte y la fiesta que se preparaba en São Januário nunca tuvo lugar. Los dos equipos estaban empatados en puntos, ya que Paraguay había perdido 2-1 contra Uruguay, y el título se decidiría en un partido de desempate. El 11 de mayo, Brasil fue implacable. Frente a 55.000 espectadores que colmaron el São Januário, aplastó 7-0 a Paraguay para sellar la convicción de que un año más tarde ocurriría la gran fiesta que todos esperaban.
Argentina, fiel al dogma del aislamiento y de la orgullosa admiración de su ídolo nacional, así como manteniendo una postura de desaprobación ante el hecho de que se le hubiera dado a Brasil la investidura para la organización de la Copa Mundial, no participó en aquel Sudamericano, mientras que tampoco participaría el año siguiente en el Mundial. Y si los argentinos tomaban el lugar de espectadores en esta evolución histórica para el fútbol sudamericano y globalmente mundial, los brasileños, como héroes centrales de la tragedia, construían con enorme orgullo el escenario donde se desarrollaría el mayor drama futbolístico de la Historia.
En las orillas del río Maracanã, que cruza la ciudad de Rio de Janeiro y regaló su nombre también a una zona, se preparaba el obrador del Partenón futbolístico brasileño. Gran defensor de la obra, quién más, Mário Filho, cuyo nombre tomó el estadio unos 20 años más tarde, después de su muerte. En la misma línea también su hermano, el escritor Nelson Rodriguez. La construcción del estadio, que se parecía al Pacaembu pero con todas sus dimensiones extremadamente mayores, reflejaba los mismos elementos modernistas y empezó en 1948, con el objetivo de que el gran templo futbolístico, que albergaría a más de 200.000 espectadores, estuviera listo para la esperadísima Copa Mundial.
El Mundial empezaría el 24 de junio de 1950 y, a diferencia del Centenario, el Maracanã estaba listo antes del inicio. El 13 de junio se hizo la inauguración con el partido entre dos equipos representativos de Rio de Janeiro y São Paulo, que ganaron los locales por 3-1. Todo estaba listo para la gran competición en la que inicialmente estaba previsto que participaran 16 equipos, divididos en 4 grupos, con el primero de cada grupo clasificándose a la fase final, donde a partir de los partidos del grupo único que se formaría se proclamaría la campeona del mundo. Era, es decir, el primer y único Mundial en la Historia que no tuvo un partido como final de la competición.

Sin embargo, el primer equipo que se retiró de la competición fue Escocia, que había declarado que participaría solamente como ganadora del Home Championship. Habiendo perdido la competición ante Inglaterra — y dado que Inglaterra participaba en ella por primera vez — retiró su participación. Por razones económicas se retiró también Turquía, con la FIFA invitando a tres de los equipos eliminados, Francia, Portugal e Irlanda, a reemplazar a Turquía y Escocia. Finalmente, solo Francia aceptó la invitación y el Mundial se disputaría con 15 equipos. Pero, después del sorteo de los grupos, se retiró también India, por el costo elevado, mientras que también Francia retiró su acuerdo inicial de participar, también por motivos económicos.
Esto significaba que el segundo Mundial organizado en Sudamérica se hizo otra vez con la presencia de 13 equipos, mientras que, dado que el sorteo de los grupos se había hecho antes del retiro de los dos últimos, los grupos mostraban desequilibrio, con dos grupos de cuatro equipos, uno de tres y uno con apenas dos equipos.
En el primer grupo Brasil abrió enfáticamente la competición frente a México, en un partido en el que se vendieron 80.000 entradas en el Maracanã y el resultado terminó 4-0. En el segundo partido, sin embargo, la Seleção no logró ganarle a Suiza, que además había sido derrotada por Yugoslavia en el debut. Los brasileños furiosos, confundiendo los nombres de los países que se parecen en la lengua portuguesa, atacaron con piedras la Embajada de Suecia. Así, el último partido, frente a los yugoslavos, era de vida o muerte. 142.429 personas se reunieron en el Maracanã para ayudar a su selección nacional a evitar la eliminación vergonzosa y sus futbolistas los recompensaron, ya que Ademir y Zizinho marcaron los goles de oro que le dieron a Brasil el boleto a la siguiente fase.
En el segundo grupo, Inglaterra fue el equipo que sufrió el gran papelón. Los ingleses, que creían que ningún otro equipo en el mundo podía ganarles en un partido oficial, tuvieron una constatación terrible cuando perdieron primero ante Estados Unidos y después ante España, para quedar eliminados de la continuación. España, con tres victorias, consiguió la clasificación. En el tercer grupo Suecia logró ganarle a la campeona vigente Italia y empatar con Paraguay, resultado suficiente para darle la clasificación, mientras que del cuarto grupo, de los dos equipos, Uruguay clasificó ganándole 8-0 a Bolivia.
La fase final fue ditirámbica para Brasil, que aplastó 7-1 a Suecia, su rival en la Final Chica de 1938, y 6-1 a España, que venía de una victoria inesperada frente a los ingleses. Por el contrario, Uruguay no logró ganarle a los españoles, con el partido entre ellos terminando empatado 2-2, mientras que le ganó con mucha dificultad a Suecia, por 3-2, dando vuelta el marcador gracias a dos goles que marcó Miguez en los minutos 77 y 85.
El 16 de julio de 1950 se disputaría el último partido de la competición, entre Brasil y Uruguay. A la Seleção le bastaba incluso el punto del empate para proclamarse Campeona del Mundo y todos esperaban la coronación. Más de 200.000 personas, pese a las 173.850 entradas que oficialmente se vendieron, llenaron el flamante estadio de Rio. Los uruguayos, al contrario de toda noción de combatividad de la garra charrúa, tenían como objetivo simplemente no ser humillados, según testimonios de los propios futbolistas que jugaron aquel partido decisivo. Incluso el diario de Montevideo, El País, hospedaba una columna que anticipaba la derrota, mencionando que los jugadores de Uruguay carecían de entrenamiento y eran gordos y pesados.
Había llegado el momento de que toda una mitología encontrara su coronación en una gran victoria. La prensa festejaba ya el título, con el diario Gazeta Esportiva de São Paulo y O Mundo de Rio publicando portadas que anunciaban prematuramente la victoria. Se organizó un desfile de carnaval en Rio de Janeiro y políticos visitaban a los futbolistas dando discursos encendidos dentro del marco del relato mitológico general que acompañaba el hecho.
Solo unos pocos conocedores del fútbol veían las cosas de otra manera. Entre ellos el dirigente de São Paulo FC, Paulo Machado de Carvalho, que intentaba convencer al técnico federal Flávio Costa de alejar a los políticos que quizás distraían la atención de los futbolistas, e Imre Hirschl, que como entrenador de Peñarol tenía comunicación permanente con el capitán de Uruguay, Obdulio Varela, y decía que Brasil no podía llegar muy lejos. Pero esas voces se perdían dentro del clima general que ya había proclamado al ganador. 22 medallas de oro con los nombres de los futbolistas brasileños ya habían sido fabricadas y antes del partido el Intendente de Rio, Ângelo Mendes de Moraes, las presentó a los jugadores de la Seleção diciendo: “¡Ustedes, jugadores, que en menos de unas horas serán saludados como campeones por millones de compatriotas! ¡Ustedes, que no tienen rival en todo el hemisferio! ¡Ustedes, que superarán a cualquier otro competidor! ¡Ustedes, a quienes yo ya saludo como vencedores!”. Mientras, la canción de la victoria “Brasil Os Vencedores”, es decir Brasil los Vencedores, fue compuesta para ser ejecutada, paradójicamente, después del final de la final.
El partido, sin embargo, no fue tan fácil como esperaban los brasileños. Los uruguayos defendían con firmeza, encerrados en su área, con cada despeje, sin embargo, encontrando a algún jugador de la Seleção y terminando en un nuevo ataque brasileño. Se perdían ocasiones, pero el gol no entraba, el gol que significaría el comienzo del festejo. El primer tiempo terminó con empate en blanco, sin embargo su fisonomía no correspondía al resultado. Apenas dos minutos después del inicio del segundo tiempo, el delantero de São Paulo, Friaça, logró con un remate bajo abrir el marcador — el Maracanã ardía y parecía que se abrirían también las cataratas de goles, aquellas cuyo flujo había frenado una fuerza mágica en el primer tiempo. Lo mismo sentía también el capitán de Uruguay, Obdulio Varela, que protestaba intensamente ante el árbitro del encuentro, el inglés George Reader, para romper el ritmo que podían adquirir los brasileños.
Pero el escenario del primer tiempo se repetía, con Uruguay poco a poco encontrando fuerzas para contraatacar. La Celeste gradualmente tomó el control del partido y en el minuto 66 Juan Alberto Schiaffino empató. El silencio cubrió el Maracanã, no intenso, pero ya había una duda, aunque el empate era un resultado que le daba el título a Brasil. Los 270.000 héroes trágicos habían empezado a percibir las posibilidades del mundo material, que podían esconder un desenlace terrible para su sueño. La interpretación de esta puesta en escena la asumiría Alcides Ghiggia, extremo de Peñarol, que en el minuto 79 hizo un movimiento desde la banda, mostró que se preparaba para tirar el centro, mandó al arquero Moacir Barbosa al centro del arco y finalmente remató al primer palo. Silencio en el Maracanã, ese silencio que se oye más ensordecedor que cualquier ruido. En los 11 minutos que quedaban nada cambió, los brasileños quizás no tenían las reservas para volver del infierno. En un pandemonio después del último silbatazo de Reader las escenas fueron caóticas. No hubo ninguna premiación normal, sino que en medio del caos Jules Rimet vio en algún lugar a Obdulio Varela y le entregó la Copa que llevaba su nombre. Es inexacto si hubo dos suicidios que mencionan diversas fuentes. La tragedia, sin embargo, se había completado, una mitología entera se derrumbaba dentro del templo que construyó para glorificar su grandeza, pero que se convirtió en sinónimo de su destrucción. El Maracanaço quedó en la Historia como el mayor drama futbolístico, un Waterloo equivalente, o una Hiroshima, como lo llamó el propio Nelson Rodriguez, para Brasil.

La furia de los brasileños se concentró en el chivo expiatorio, el por lo demás excelente arquero brasileño Moacir Barbosa, que jugaba en Vasco da Gama y continuó su carrera hasta 1962. Pero era el rostro de la tragedia nacional, quizás su piel negra podía revelar el vacío de la mestiçagem, de la brasilidade, del malandro nacionalmente glorificado, al punto de que él mismo contó que una mujer, encontrándolo en la calle, se lo señaló a su hijo diciendo “este hombre hizo infeliz a todo Brasil”. Barbosa, que vivió hasta el 2000, declaraba más tarde que “la mayor pena de prisión que existe en el país, la perpetua, es de 20 años, sin embargo mi propia pena no terminó nunca”.
En 1950 en el Maracanã no se apagó solamente el sueño de Brasil. Los vencedores, parte también ellos de una tragedia, difícilmente podían darse cuenta de que ese era el canto del cisne de una selección nacional que contribuyó decisivamente a la modernización del Fútbol Mundial, al grado de que la propia FIFA hoy le permite recordar esta época, de las dos Olimpíadas y los dos Mundiales, colocando 4 estrellas en su camiseta. En cuanto a Argentina, el mito de La Nuestra encontraría su propio final histórico cuando también la albiceleste decidiera salir otra vez al escenario mundial para medir la superioridad de su propia concepción futbolística. La única ganadora, históricamente, fue finalmente Brasil, que dejó atrás los mitos de otra época y construyó un edificio futbolístico basado en la organización real que empieza en las favelas y llega hasta los estadios más grandes del mundo — y los resultados no tardarían en llegar, aunque pocos lo creyeran aquella tarde del 16 de julio de 1950, entre ellos un nene de diez años que trabajaba como mozo sirviendo té en São Paulo, Edson Arantes do Nascimento, que quedaría en la Historia como Pelé.
La nuestra, garra charrúa, futebol arte
El recorrido del fútbol en Sudamérica, hasta 1950, tiene una enorme importancia porque muestra todas las características de la expansión mundial del deporte. La manera de penetración de los británicos en la formación de los nuevos Estados, la constitución de las naciones que cargarían el enfoque futbolístico nacional y el estilo particular de su escuela futbolística, el traslado del deporte por parte de los ingleses, su apropiación por parte de los locales, el desarrollo de redes futbolísticas regionales, la ideologización de los hechos futbolísticos y de los fenómenos que los acompañaban, la aparición de la identidad de los hinchas de los clubes, del alcance social de los clubes, de los resultados del intercambio de conocimiento futbolístico con otras culturas futbolísticas, el paso a una nueva calidad a través del profesionalismo, el fortalecimiento de la FIFA como institución mundial que supera los límites deportivos.
El terreno para que ocurriera todo lo anterior era extremadamente fértil en los países que tenían parentesco cultural con la Europa que dio nacimiento al deporte, que tenían razones para escapar del marco británico en cuanto al desarrollo de fenómenos que echaban raíces en la vida social burguesa, donde existía una libertad relativamente grande en el desarrollo del relato nacional, que daba amplio espacio a la mitología que siempre necesita acompañar al fútbol, mientras se encontraban en un punto geográfico que desde el momento del desembarco de los conquistadores europeos estaba “condenado” a comunicarse con el resto del mundo. El fútbol que empezó como una ocupación de maniáticos se convirtió en razón de existencia de las masas, fue instrumentalizado por poderes políticos, logró reflejar la vida de la gente, mientras incluso los intelectuales se inclinaron sobre él para explicarlo, interpretarlo e incluso deformarlo, sirviendo los intereses de las élites.
Este fútbol que nació y evolucionó con su propia manera única y profundamente cargada ideológicamente en los países de Sudamérica conmueve hasta hoy con sus características particulares a la gente en todo el planeta, que busca en el deporte amado el reflejo de la sociedad, admira la gambeta, la destreza, la necesidad de un enfoque estético diferente de un juego competitivo, ese que puede generar héroes como los de los cuentos. El cuento de hadas de los adultos es el fútbol y algunos de sus mejores héroes fueron pibes que se parecían al pibe, al charrúa, al malandro.
A todos ellos el fútbol les debe su lado más dulce y romántico — porque más allá de lo que hicieran las élites, en los barrios y las favelas nadie pudo impedir que la gente jugara al fútbol.

