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El nacimiento del fútbol en Bretaña

La historia del fútbol se pierde en las profundidades de la existencia histórica de la humanidad. La búsqueda de las razones por las cuales nuestra especie comenzó a practicar un juego con pelota nos lleva a cuestiones que van desde lo biológico hasta lo filosófico. Sin embargo, la codificación y desarrollo del juego tal como lo conocemos hoy plantea preguntas más específicas, no tanto sobre nuestra existencia en sí, sino sobre la manera en que funcionamos dentro de las sociedades y las distintas formaciones socioeconómicas. Al fin y al cabo, los juegos de los seres humanos reflejan también la historia social de nuestra especie. Así, como una continuación del análisis sobre la trayectoria histórica que dio forma a los juegos de pelota, nos centramos ahora en las condiciones que definieron la identidad del deporte moderno en su cuna, Gran Bretaña, en una época que no solo vio nacer el fútbol moderno, sino también el mundo moderno.

¿Por qué el fútbol es británico? ¿Por qué el deporte que se juega hoy en todo el mundo es el English game y no una evolución del cuju, el pok-ta-pok, el calcio, la soule o incluso del griego episkyros? ¿Por qué el fútbol británico de las multitudes —y no otro— fue el que sirvió como matriz para el nacimiento del fútbol?

La búsqueda de las razones detrás de la prevalencia del fútbol británico y su expansión mundial nos conduce a las causas de la universalización de una cultura nacional, en el marco de la entrada de la humanidad en el capitalismo y la consolidación efectiva de la globalización. Jugamos en todo el mundo el deporte inglés por la misma razón por la que en todo el mundo se habla inglés. El fútbol es el producto del tránsito de las sociedades del feudalismo al capitalismo y su difusión es obra del Imperio que desempeñó un papel protagónico en la expansión de este sistema a lo largo y ancho del planeta. La transformación histórica que actuó como catalizador de este proceso de evolución socioeconómica y expansión global fue la Revolución Industrial.

Por lo tanto, el fútbol es hijo de la Revolución Industrial… ¡que tuvo lugar en Inglaterra!

La Revolución Industrial

¿Por qué la Revolución Industrial ocurrió en Inglaterra? ¿Fueron los británicos los primeros en desarrollar el capitalismo? La respuesta a la segunda pregunta es negativa. El capitalismo no apareció por primera vez en Gran Bretaña o, en cualquier caso – para evitar entrar en demasiados detalles históricos – no existió únicamente en Gran Bretaña. Sin embargo, aunque otros países también implementaron políticas que promovían el desarrollo de relaciones capitalistas de producción desde los siglos XVI y XVII, por una serie de razones, en Gran Bretaña estas relaciones lograron evolucionar más rápidamente, permitiendo que el país se convirtiera en la cuna del nuevo modo de producción y de la histórica Revolución Industrial.

Estas razones son muchas. Una de ellas es la geografía natural y los recursos disponibles en el país. Como nación insular, Gran Bretaña tenía la posibilidad de desarrollar puertos a lo largo de toda su costa, los cuales facilitaban el comercio hacia y desde cualquier rincón del planeta. Su relieve natural, con numerosos ríos navegables, permitía una fácil comunicación entre los puertos y el interior del país, un factor clave en una época anterior a la aparición de modernos medios de transporte terrestre, como el ferrocarril. Al mismo tiempo, los abundantes yacimientos de carbón y hierro, recursos fundamentales para el desarrollo industrial, podían ser transportados con facilidad dentro del territorio metropolitano y también hacia el resto del mundo, llegando a los confines de un imperio en expansión.

A finales del siglo XVIII y principios del XIX, Gran Bretaña ya reunía las condiciones necesarias para una rápida transformación del sistema productivo. La Revolución Agraria previa había incrementado exponencialmente las reservas de alimentos, al mismo tiempo que reducía la necesidad de mano de obra en el sector agrícola. Esto tuvo dos consecuencias fundamentales: por un lado, la disponibilidad de un excedente de fuerza de trabajo que podía ser empleada en las incipientes manufacturas, y por otro, la posibilidad de sustentar a una población que no se dedicaba a la producción de alimentos, sino a la de bienes industriales. Este incremento de la producción agrícola también sentó las bases para la concentración del capital en las zonas rurales. Así, se formó una clase burguesa, evolución de los antiguos terratenientes feudales que poseían grandes extensiones de tierra, la cual comenzó a obtener enormes beneficios gracias a los avances técnicos en la producción agrícola y, al mismo tiempo, pudo invertir en la naciente industria.

Esta necesidad económica estaba respaldada por un sistema financiero ya consolidado, capaz de otorgar grandes créditos para el rápido desarrollo de los medios de producción industriales. El Banco de Inglaterra, junto con instituciones financieras privadas, operaban en un contexto de notable estabilidad política, lo que les permitía conceder préstamos para inversiones de alto riesgo, con el movimiento del capital garantizando el crecimiento acelerado de sus propios recursos financieros. Las primeras inversiones industriales se concentraron principalmente en la industria textil, la minería y las infraestructuras.

Sin embargo, para un rápido desarrollo capitalista no basta con incrementar la producción; es esencial la denominada “completación del producto”, es decir, la posibilidad de que este llegue efectivamente al mercado. Las fuerzas productivas pudieron desarrollarse velozmente en Gran Bretaña porque existía un mercado dispuesto a absorber los bienes producidos. El dominio global de la navegación aseguraba el transporte más rápido de mercancías a todo el mundo, un mundo que, en gran parte, era territorio británico. El “red on the map”, el color rojo en los mapas mundiales que representaba los dominios del Imperio Británico, cubría casi la mitad de las tierras emergidas del planeta. La supremacía naval y el control de la mayor “economía doméstica” que jamás haya existido le aseguraban a Gran Bretaña la posición de centro del comercio global y, por lo tanto, el entorno más favorable para la inversión capitalista y el crecimiento industrial.

Y si todo esto no fuera suficiente, el aparentemente alto riesgo de las grandes inversiones en la industria se reducía considerablemente gracias a la implementación de una serie de leyes de protección de la propiedad privada, las cuales no encontraban una resistencia significativa. Al mismo tiempo, mientras en el resto del mundo las revoluciones burguesas sacudían hasta los cimientos las clases dominantes de los grandes Estados-nación, en Gran Bretaña no había ninguna gran agitación política, y mucho menos una revolución política.

En este contexto, el aparente interés de los productores –ya fueran los dueños de los medios de producción, los aristócratas que evolucionaban hacia una clase aristo-burguesa, o los gremios– impulsaba un desarrollo sin precedentes de las técnicas de producción. Inventos clave que destrabaron las posibilidades productivas, como la máquina de vapor, los telares spinning Jenny y power loom, así como los procesos de fundición del hierro, surgieron en ese ambiente. Los artesanos organizados en gremios mejoraron rápidamente los métodos de producción en la industria textil, la minería y la construcción naval, sentando las bases para una mayor aceleración del crecimiento económico. Junto con los avances técnicos, se desarrollaron, casi como una necesidad natural, las infraestructuras, con la construcción de carreteras, canales y, finalmente, del ferrocarril, transformando hacia mediados del siglo XIX a la nación insular en una verdadera red de transporte de mercancías desde el interior del país hasta los puertos y, desde allí, hasta los confines del mundo.

Y si bien una de las fuentes de ingresos para los propietarios de esta riqueza producida era el Imperio, la creciente capacidad de producción de bienes pronto llevó también a un aumento en las necesidades del mercado interno de la metrópoli, con las clases dominantes buscando mejorar su nivel de vida.

El nacimiento de la clase obrera en el capitalismo británico

Sin embargo, esta evolución no fue idílica ni paradisíaca para todos. El capitalismo, además de generar una acumulación incalculable de riqueza para la clase dominante, también dio origen al verdadero productor de esa riqueza: la clase obrera. A lo largo del siglo XIX, millones de personas abandonaron las zonas rurales y emigraron hacia las ciudades industriales. La vida en el campo se volvía insoportable, ya que la oferta de fuerza de trabajo era mucho mayor que la demanda. Naturalmente, esto tuvo un impacto en los ingresos, y los salarios relativamente más altos que ofrecían los empleos industriales en las ciudades se convirtieron en un incentivo importante para la migración, especialmente entre los jóvenes. Dentro de esta movilidad, los sectores con un mínimo de educación tendían a trasladarse con mayor facilidad que aquellos completamente analfabetos. La existencia del ferrocarril y la facilidad de viajar hicieron aún más sencilla esta decisión, ya que un trayecto que antes podía durar días ahora se reducía a unas pocas horas.

Pero, ¿qué condiciones encontraban los trabajadores recién llegados en las ciudades industriales? Los centros urbanos superpoblados, y en particular los barrios obreros de ciudades como Manchester, Liverpool y Birmingham, se convirtieron en símbolos de hacinamiento y pobreza urbana. Las condiciones de vivienda eran deplorables, con sistemas de alcantarillado y saneamiento deficientes en casas deterioradas y en verdaderas “villas miseria”. La humedad y la falta de ventilación favorecían la propagación de enfermedades como el cólera y la tuberculosis. Como resultado de esta concentración masiva de población en condiciones insalubres, las tasas de mortalidad eran extremadamente altas, especialmente entre los niños de la clase trabajadora.

La vida en los barrios obreros de Londres a finales del siglo XIX y comienzos del XX

Sin embargo, las condiciones no eran deplorables solo en los hogares; la misma miseria se extendía a los lugares de trabajo. Bajo un régimen de sobreexplotación de su fuerza laboral, hombres, mujeres y niños trabajaban entre 12 y 16 horas en las fábricas. Los salarios de los hombres apenas alcanzaban para los bienes básicos, mientras que las mujeres y los niños recibían una remuneración aún más escasa. Las crisis de sobreproducción, inherentes al sistema incluso en sus fases más tempranas de acelerado crecimiento, provocaban despidos masivos y desempleo, haciendo que la vida de los obreros fuera inestable y llena de incertidumbre.

En cuanto a la geografía de las ciudades, estas condiciones dieron lugar a una división en los centros urbanos. Los ricos vivían en barrios con mejores condiciones, con acceso a servicios de saneamiento y áreas verdes, mientras que los trabajadores se hacinaban en barrios degradados. Los ricos y la clase media eran “ciegos” ante la pobreza. Desde el momento en que esta no se encontraba fuera de su propio patio, simplemente ignoraban su existencia. De hecho, en la lectura burguesa de este período histórico se transmite esta aparente ignorancia sobre las condiciones de vida de la gran mayoría de la población en los centros del desarrollo industrial capitalista. La única respuesta de la clase burguesa, a través de la caridad y algunas medidas mínimas por parte del poder político, consistía en escasas obras de saneamiento y la implementación de normativas de higiene, en la medida en que estas pudieran evitar la propagación de enfermedades en las zonas habitadas por los ricos.

Mercado en un barrio obrero de Kensington, alrededor de 1860.

En el momento en que las condiciones de miseria representaban un peligro natural para la clase obrera, su generalización también se convirtió en la causa del nacimiento de su conciencia de clase. Los trabajadores desarrollaron vínculos estrechos a través de experiencias comunes de pobreza, trabajo y ocio. Los barrios se transformaron en microcomunidades donde la ayuda mutua era una necesidad. Nacieron las primeras instituciones obreras, asociaciones y gremios, surgidos de la necesidad de acción colectiva, que llevaron a la creación de sindicatos, los cuales, a su vez, sentaron las bases para la movilización política. La lucha por la vida en los centros industriales británicos dio lugar a una reivindicación históricamente inédita entre los condenados de la tierra: la exigencia del tiempo libre, esencialmente la coexistencia de una vida libre junto a la esclavitud de la explotación laboral.

Uno de los primeros grandes logros de esta movilización política y de la organización de clase de los trabajadores fue la Ley de las 10 horas de trabajo, conocida como el Factories Act de 1847. Esta legislación garantizó por primera vez el derecho a la vida para la clase obrera y, en esencia, creó el tiempo libre protegido por la ley. ¡Ese fue un punto de inflexión en el desarrollo de un juego que terminaría por representarla!

El impacto de la urbanización en el tiempo libre

El tiempo libre en los centros urbanos industriales tenía necesariamente que adquirir un nuevo contenido, distinto de las formas de esparcimiento en los grandes campos, los bosques y los terrenos agrícolas. Los barrios obreros, aunque limitados en infraestructuras, ofrecían espacios abiertos centrales donde el tiempo libre podía aprovecharse colectivamente. La creciente estandarización de las zonas urbanas restringió las actividades espontáneas, como los antiguos juegos de pelota en los campos, reemplazándolas por nuevas formas de recreación y transformando así la naturaleza del juego. De esta manera, el fútbol abierto e indefinido de las masas fue evolucionando hacia lo que, a mediados del siglo XIX, se codificaría como el fútbol moderno: el association football, el deporte que hoy en día, de una u otra forma, todo el planeta reconoce como fútbol.

Más allá de la estandarización del espacio, también se produjo una estandarización del tiempo. Un avance crucial en este sentido fue la adopción de la hora universal. La necesidad principal de establecer un horario unificado surgió con el ferrocarril. Antes de su desarrollo, cada región determinaba su propio horario local basándose en el ciclo solar. Sin embargo, la planificación de las conexiones ferroviarias, junto con las actividades laborales y productivas vinculadas a ellas, hizo imprescindible la unificación horaria. En 1847 se estableció el Greenwich Mean Time (GMT), y para 1880 esta referencia horaria ya se había oficializado en todo el país.

Con el tiempo de producción estandarizado, los trabajadores, que esencialmente eran herramientas vivas dentro de ese sistema, también tenían un tiempo de trabajo fijo y, en consecuencia, un tiempo libre igualmente estructurado. Las actividades recreativas debían ajustarse a estos límites temporales, lo que llevó a la transformación del juego indefinido en una actividad con un inicio y un final preestablecidos.

Bajo estas condiciones, el fútbol, que ya se había difundido en los public schools donde se educaban los hijos de las clases acomodadas, se convirtió también en el juego de la ciudad, de las plazas y de las calles para la clase trabajadora. Si bien su práctica seguía siendo espontánea, las características del entorno urbano moldeaban su desarrollo. Al analizar la fundación de la Football Association en la primera parte de este recorrido histórico, se mencionó el debate sobre la inclusión del uso de las manos y el contacto físico cuerpo a cuerpo, en contraposición a un juego que se jugara solo con los pies y sin entradas violentas. La segunda opción, que finalmente prevaleció, no fue simplemente una elección arbitraria de los primeros organizadores del fútbol, sino un reflejo del paisaje urbano en la manera de jugar.

En los amplios espacios naturales del campo, el choque físico, las cargas e incluso la caída de un jugador bajo el peso de uno o más compañeros y adversarios no impedían la continuidad del juego, ya que el suelo blando, el barro y la vegetación natural amortiguaban el impacto. Sin embargo, una situación similar en el suelo duro de las ciudades podía causar lesiones graves. Así, el dribbling and kicking game fue la variante del fútbol que pudo desarrollarse con mayor facilidad en los centros urbanos. Esta es la razón por la cual el association football se consolidó principalmente en las grandes ciudades, mientras que el rugby logró mantenerse como el deporte predominante en zonas semiurbanas y rurales. Además, el hecho de que los centros urbanos concentraran a la clase trabajadora hizo que el fútbol se convirtiera en un rasgo inseparable de su identidad, mientras que las clases más acomodadas, que disponían de amplios terrenos al aire libre para su tiempo de ocio, se vincularon más estrechamente con el rugby.

La separación clara entre el tiempo de trabajo y el tiempo de ocio llevó a la expansión de una cultura popular del fútbol urbano, aunque fragmentada. Sin embargo, una regulación legal específica fue la que transformó el juego del fútbol en una actividad uniforme y, en consecuencia, en un fenómeno social. Los trabajadores no solo necesitaban tiempo libre para ellos mismos, sus compañeros de trabajo o sus vecinos con quienes podían jugar, sino también un momento fijo en su rutina diaria y semanal que les permitiera competir con equipos formados más allá de los límites de su barrio o fábrica. La promulgación de la media jornada del sábado en 1850 brindó esta oportunidad, ya que otorgó a los trabajadores la primera posibilidad sistemática de aprovechar su tiempo libre en actividades organizadas, como los partidos de fútbol. Incluso los empleadores comenzaron a respaldar estas actividades, con la expectativa de fortalecer la disciplina laboral y reducir los conflictos urbanos.

Desde 1850, el sábado se convirtió en el día del fútbol. Nadie debía trabajar después de las dos de la tarde, lo que dio lugar al horario más sagrado en la historia del fútbol. Hasta el día de hoy, la mayoría de los partidos en Inglaterra se disputan los sábados a las tres de la tarde. Incluso en el actual entorno de hipercomercialización, los encuentros que se juegan a esta hora en la Premier League no son transmitidos por ningún canal de televisión británico, ya sea de señal abierta o por suscripción, y su emisión en línea también está prohibida dentro del país. Esto se mantiene con el objetivo de llenar todos los estadios, de todas las divisiones, que albergan partidos en esta franja horaria históricamente “protegida” de la semana.

Sin embargo, la media jornada del sábado no fue la única medida legal que permitió la evolución del fútbol de simple entretenimiento a fenómeno social. Otra legislación que afectaba las condiciones de vida de la clase trabajadora desempeñó un papel crucial en esta transformación. En 1870, con la promulgación del Education Act, se estableció la educación obligatoria y se reconoció la infancia como una etapa de tiempo libre. La introducción de la educación obligatoria hizo que los niños trabajadores comenzaran a alejarse gradualmente de las fábricas y pasaran más tiempo en las escuelas. Esto redujo el trabajo infantil y acercó a la población juvenil a las actividades deportivas organizadas, con las escuelas fomentando su participación y el fútbol ocupando un papel central en este proceso.

No obstante, la educación deportiva de la élite y la de las masas trabajadoras no tenían el mismo contenido ideológico. En la Inglaterra victoriana, el public school, es decir, el colegio privado, era la fábrica de una nueva masculinidad, que no se basaba en el desarrollo de las características genéticas e intelectuales de sus alumnos, sino en sus virtudes físicas y morales.

En el mismo período, en las escuelas estatales, es decir, aquellas creadas para el pueblo, las virtudes de la acción colectiva encontraron de manera espontánea el espacio para desarrollarse. Esto permitió que los egresados de estas escuelas, a pesar de su origen humilde, pudieran fundar clubes de fútbol capaces de sostenerse económicamente y competir con la élite. Un ejemplo de ello fue el club fundado por los alumnos de Droop Street Primary, en el oeste de Londres, con la creación del Queens Park Rangers, inicialmente en 1882 y con su nombre completo actual tres años después. Una historia similar es la del Sunderland, que comenzó sus actividades en 1879 como parte de una escuela de formación docente.

Además, la erradicación del analfabetismo llevó a un aumento exponencial en la lectura de publicaciones informativas, que dedicaban secciones a la cobertura de los partidos de fútbol. De este modo, un partido que en tiempos anteriores solo era conocido por un grupo reducido de testigos presenciales, ahora pasaba a ser un evento seguido por una audiencia mucho más amplia, incluso por personas que vivían lejos del lugar donde se disputaba el encuentro.

Estas dos regulaciones fueron, a largo plazo, las que generaron la necesidad y permitieron la institucionalización de los campeonatos regulares. Esta organización estructurada y colectiva del desarrollo de los partidos transformó también los espacios donde se disputaban, con terrenos baldíos que poco a poco se convirtieron en estadios, en lugares de socialización y refuerzo de la identidad comunitaria. Los trabajadores que asistían a los estadios, más allá de ver los partidos, establecían lazos personales y sociales, lo que, aunque no generó directamente la conciencia política, en muchas ocasiones contribuyó a su fortalecimiento. Es decir, no fueron los partidos obreros ni los sindicatos los que llenaron los estadios, pero estos espacios podían convertirse en lugares de difusión masiva de sus plataformas políticas.

La identidad y solidaridad de la clase trabajadora

La clase trabajadora urbana no se vinculó a los estadios de fútbol por casualidad. A diferencia de las clases dominantes, las experiencias compartidas entre los obreros contribuían a la toma de conciencia de que solo a través de la expresión colectiva de su voluntad por la vida que aspiraban a vivir podrían mejorar sus condiciones. Esto, naturalmente, tenía implicaciones en todos los aspectos de su existencia, y los estadios de fútbol se convirtieron en un espacio ideal para la manifestación de su identidad colectiva. De hecho, desde las gradas nacieron numerosas iniciativas de solidaridad obrera, como el apoyo a los desempleados, a los enfermos o a los trabajadores que habían sufrido accidentes.

Además, el hecho de que la mayoría de los espectadores de entonces ni siquiera tenía derecho al voto convertía a los estadios en uno de los pocos espacios donde podía expresarse libremente el sentir popular respecto a los acontecimientos políticos.

Recreación de un partido de fútbol en la Inglaterra del siglo XIX

Sin embargo, más allá de los estadios, otro punto de encuentro de la clase trabajadora evolucionó hasta convertirse en una institución del folclore británico. Los trabajadores solían reunirse en parques públicos y mercados locales, algo que también ocurría en otros países. No obstante, quizás debido al clima británico, era necesario un espacio protegido para albergar esta comunicación y sociabilidad obrera. Ese papel lo desempeñaron los establecimientos que generalmente contaban con una taberna en la planta baja y un hostal en los pisos superiores. A diferencia de los private houses, que exigían membresía para poder acceder, los llamados public houses estaban abiertos a todo el mundo. La abreviatura de su nombre, pub, es la que ha perdurado hasta nuestros días.

Si nos remontamos a Engels y su libro La situación de la clase obrera en Inglaterra, escrito en 1845, observamos que los pubs no eran simplemente lugares de consumo de alcohol, sino centros de reunión social donde los trabajadores podían intercambiar ideas, compartir sus dificultades y forjar lazos de solidaridad. En estos mismos espacios nació la organización de la clase obrera, tanto en el ámbito político como sindical. Pero, además de ser cuna de las organizaciones políticas de la clase trabajadora, los pubs también fueron el lugar de nacimiento de los primeros clubes de fútbol. El Sheffield FC, el club de fútbol más antiguo del planeta, fue fundado en un pub en 1857. En un pub de Londres se fundó la Football Association en 1863, y en otro de Mánchester nació la Football League en 1888.

Escena de un pub desconocido en Portsmouth, Julius Caesar Ibbetson, 1794 – National Maritime Museum.

Los pubs y los estadios se convirtieron en los principales puntos de encuentro de la clase trabajadora y, más allá de eso, en espacios que proporcionaban la posibilidad de su expresión colectiva, tanto organizada como espontánea. A través de los primeros partidos de fútbol entre equipos de barrios y fábricas, los trabajadores pasaban a formar parte de un club.

El mecanismo de desarrollo de la base de aficionados no era inmediato ni espontáneo, sino que consistía en una serie de eventos que reflejaban el aumento de la influencia del club. Al principio, los trabajadores que jugaban al fútbol creaban el equipo. Durante los partidos, los espectadores podían ser sus familiares y algunos amigos. Con el tiempo, los futbolistas del club, que también eran sus miembros, superaban en número a los once jugadores que entraban al campo, por lo que aquellos que no jugaban se convertían en los primeros seguidores y simpatizantes. Junto a ellos se sumaban otros vecinos y compañeros de trabajo, que quizás nunca habían jugado al fútbol o no tenían el nivel suficiente para integrar el equipo, pero querían ser parte del club porque a través de esta dinámica sentían reflejado, de manera más o menos consciente, su sentido de pertenencia de clase.

Este sentido de pertenencia tenía, naturalmente, un fuerte componente local. Sin embargo, como la geografía de las ciudades trazaba marcadas fronteras de clase, la identificación territorial con el club se volvía automáticamente una identificación de clase. Además, a lo largo del tiempo, esta identificación se reforzaba mediante la construcción de rasgos distintivos para cada equipo, lo que en la bibliografía y en el habla cotidiana se conoce como el ADN de los aficionados.

Los equipos más exitosos lograban atraer a más miembros y más aficionados, en un proceso de alineación con el ganador. Sin embargo, los rasgos particulares, ese ADN de cada club, fueron determinantes en la formación de una base de seguidores generalmente homogénea en términos de clase. De este modo, algunos clubes crecieron hasta el punto de convertirse, en la época de la FA Cup y la Football League, en los representantes de la clase trabajadora de toda una ciudad.

Equipos fabriles y clubes de los patrones

Sin embargo, los clubes de fútbol no eran fundados únicamente por obreros en pubs. Muchos propietarios de fábricas y, en general, empleadores, apoyaban las iniciativas de creación de clubes de fútbol y se convertían en sus principales patrocinadores, cuando no en sus presidentes o dueños, ya que el régimen de propiedad no siempre era tan claro como lo es hoy en día.

Los patrones, de esta manera, controlaban el tiempo libre de los trabajadores al agruparlos en una actividad que ocurría, en esencia, bajo su tutela. Así, se aseguraban de que este tiempo no se dedicara al consumo desenfrenado de alcohol ni al desarrollo de comportamientos antisociales colectivos, con el objetivo de preservar el orden, lo que creaba condiciones favorables para la productividad de sus fábricas. Además, pretendían utilizar el fútbol como una herramienta ideológica, fortaleciendo los lazos emocionales de los jugadores y seguidores con la empresa y su empleador. Este modelo sigue siendo común en el fútbol moderno y, aunque a menudo se presenta como dominante, sería un error pensar que fue, o es, la única vía de desarrollo del deporte.

Los patrones invertían en los clubes de fútbol, financiaban equipamiento, viajes, instalaciones deportivas y, al establecer el cobro de entradas (como lo hacían todos los clubes), en muchas ocasiones lograban obtener beneficios económicos de esta inversión. Sin embargo, más importante que la ganancia económica era la influencia que ejercían en la comunidad local, un factor que sigue siendo la principal razón por la cual multimillonarios deciden adquirir clubes de fútbol, en una era en la que esta práctica rara vez es rentable.

Sin embargo, la fundación de un club por parte de un empleador o su creación dentro de una empresa no significaba necesariamente que ese rasgo permanecería inmutable. Algunos clubes cambiaron de nombre y pasaron a manos de la clase trabajadora, superando los límites de una empresa. Ejemplos notables de esta transición son el Manchester United, que originalmente se fundó como el equipo de la Lancashire and Yorkshire Railway Company of Newton Heath, y el Dial Square, que posteriormente se convirtió en el Arsenal.

Los equipos obreros crecieron y la lucha de clases se trasladó también al campo de juego. Mientras las clases altas, a través de clubes como el Corinthian FC y los Old Etonians, promovían el llamado “ideal amateur” y la “ética deportiva”, sosteniendo que el fútbol debía mantenerse alejado de incentivos económicos, los equipos fabriles defendieron la profesionalización del deporte, ya que los jugadores provenientes de los sectores más pobres no podían jugar sin apoyo financiero.

La institución que jugó un papel clave en la intensificación de este conflicto fue la FA Cup, en la que participaban todos los equipos afiliados a la Federación, independientemente de su origen, ya fuera social o geográfico. Un partido que marcó un hito en esta historia fue la final de la Copa de Inglaterra de 1883, cuando los Old Etonians, representantes de las clases pudientes, se enfrentaron al Blackburn Olympic, un equipo obrero.

Los Old Etonians representaban la filosofía deportiva de los public schools, es decir, de las costosas escuelas privadas. Esto se reflejaba en su estilo de juego, conocido como rushing game, basado en ataques individuales y fuerza física, con pases largos y conducción del balón, sin una cooperación intensa dentro del equipo. Era la visión aristocrática del fútbol, entendido como un deporte de valentía y esfuerzo individual.

Por otro lado, el Blackburn Olympic jugaba bajo el concepto del combination game. En lugar de ataques individuales, su juego se basaba en la cooperación y el intercambio rápido de pases entre los jugadores. Los pases solían ser cortos y la estrategia del equipo se enfocaba en ataques coordinados, reduciendo la dependencia de la fuerza física. Esta táctica introdujo la idea de estrategia en el fútbol, con énfasis en la cohesión del equipo.

El equipo obrero de los Royal Engineers, pioneros del combination game, en 1872.

La victoria del Blackburn Olympic, por 2-1 en la prórroga, se convirtió en un símbolo, ya que por primera vez un equipo de obreros ganó la Copa de Inglaterra, logrando al mismo tiempo un triunfo de clase frente a un club de la élite. También representó una victoria ideológica, ya que su estilo de juego reflejaba la innovación y la capacidad de adaptación de la clase trabajadora, que se basaba en la cooperación en lugar de la superioridad física. Con este triunfo, se definió en gran medida la evolución táctica del fútbol inglés y, por extensión, del fútbol mundial, la cual podría decirse que lleva la marca de la clase obrera. Fue una aplicación del materialismo histórico dentro de un marco deportivo y, por lo tanto, simbólico.

Representación de un momento de la final de la FA Cup de 1883, entre el Blackburn Olympic y los Old Etonians.

La prevalencia de la lógica aristocrática en el fútbol hasta esa época también se reflejaba en los sistemas tácticos. Once años antes de la final que ganó el Blackburn Olympic, el 30 de noviembre de 1872, se disputó el primer partido internacional de la historia, entre las selecciones representativas de Inglaterra y Escocia. Los esquemas con los que se alinearon ambos equipos eran característicos de un juego sin cohesión colectiva. Escocia jugó con un 2-2-6 y Inglaterra con un 1-2-7, es decir, con 6 y 7 delanteros respectivamente, y con apenas 2 y 1 defensores para cada equipo. El resultado de aquel partido, en contra de lo que hoy muchos podrían suponer, fue un decepcionante 0-0. En este marcador influyó también la regla del offside tal como se aplicaba en ese entonces, que exigía que el jugador atacante estuviera cubierto por tres defensores (normalmente el arquero y dos jugadores más), lo que dificultaba los pases en profundidad.

Sin embargo, en la década de 1880 el juego comenzó a cambiar, con la adopción del esquema 2-3-5, conocido como la “Pirámide”, ya que, contando con el arquero, los jugadores formaban un triángulo perfecto, convirtiéndose en el estándar para los equipos británicos. Esta innovación táctica, inspirada por un lado en el juego de los obreros ingleses y por otro en el de los escoceses, quienes en mayor medida tenían un origen de clase similar a sus homólogos ingleses en la selección, marcó la manera en que se jugó el fútbol en sus primeras etapas, hasta 1925, cuando se ingresó en una nueva era del deporte. Todo el período hasta 1925 puede caracterizarse por la continua modificación de los reglamentos, con la definición progresiva de aspectos como el papel de los árbitros, la función del arquero, el tamaño de los arcos y las líneas del campo de juego, cambios que naturalmente transformaron la naturaleza del fútbol. La última gran modificación fue la regla del offside tal como la conocemos hoy, que revolucionó el juego y, en esencia, impulsó la evolución táctica del fútbol moderno.

El fútbol como escape de la miseria

¿Por qué, entre todas las posibles actividades de esparcimiento, fue el fútbol el que captó el interés y la participación de las masas, en particular de la clase trabajadora? Por un lado, las características propias de la competencia deportiva, con su capacidad de liberar tensiones tanto para los jugadores como para los espectadores, funcionaban como un antídoto contra la presión y las duras condiciones laborales de la semana. Además, el fútbol era un deporte barato y accesible: requería un equipamiento mínimo y podía jugarse prácticamente en cualquier lugar, lo que lo hacía especialmente popular en los barrios obreros, en comparación con otros deportes.

Por otro lado, la programación de los partidos dentro del calendario semanal, en la tarde del sábado, al final de la jornada laboral, acentuaba su papel como válvula de escape emocional para los trabajadores. La posibilidad de que grandes grupos, en esencia comunidades enteras, se reunieran en un mismo espacio en un encuentro previamente fijado, contribuyó a la rápida masificación del fútbol. El público vivía las victorias y las derrotas de manera colectiva, fortaleciendo el sentido de comunidad y solidaridad.

Sin embargo, más allá de la experiencia compartida, el fútbol ofrecía algo aún más significativo para cada individuo que participaba de alguna manera en sus actividades: el refuerzo de la autoestima. A través de los éxitos del club al que pertenecía, cada aficionado podía sentirse parte de la victoria y el orgullo, experimentando la alegría del triunfo en un entorno que, al menos en apariencia, parecía libre de exclusiones sociales.

Vista del Craven Cottage, estadio del Fulham FC, a principios del siglo XX.

En los estadios, la clase social no tenía el mismo peso que en los lugares de trabajo o en los eventos sociales de las clases altas. Así, el éxito del club en el campo podía, en el momento del partido, adquirir más importancia que la propia situación económica de los aficionados, quienes además veían a jóvenes de su misma clase convertirse en protagonistas y héroes. Esta ilusión no actuaba necesariamente de manera negativa en las reivindicaciones económicas y sociales de los trabajadores, ya que cada pequeña victoria deportiva no eliminaba la dura realidad, sino que, por el contrario, creaba símbolos de la capacidad de su clase para triunfar también en otros ámbitos. Más aún, el valor intrínseco del elemento obrero que lograba una victoria cualquiera demostraba que esta podía conseguirse sin la aparentemente imprescindible dependencia del propietario de la fábrica o del patrón, ofreciendo así el terreno para la emancipación de las conciencias obreras.

Este delicado equilibrio entre la ilusión y la liberación es la base del enfrentamiento ideológico en el fútbol dentro del capitalismo. Ignorar o minimizar esta disputa es un pecado imperdonable para cualquiera que pretenda representar los intereses y el avance de las masas trabajadoras. El estadio puede simbolizar el asalto a la vida de cada oprimido y moldear la conciencia para el verdadero asalto de la clase trabajadora al mundo donde vivirá libre de toda barrera de clase.

La legalización del profesionalismo en 1885

La transformación de los trabajadores en héroes del fútbol no fue un proceso que ocurrió únicamente dentro de los estadios. Los equipos obreros tuvieron que librar una dura batalla para que existieran clubes con futbolistas provenientes de las capas populares y que estos pudieran ser competitivos frente a los clubes de la clase dominante. La principal demanda para lograr este proceso fue la legalización del profesionalismo.

Hoy en día, en muchos debates, el profesionalismo se menciona como un elemento que acerca al fútbol a los intereses de los más ricos, principalmente porque se asocia con su mercantilización. Sin embargo, históricamente, la posibilidad de que un trabajador pudiera recibir un salario y ganarse la vida jugando al fútbol fue lo que permitió la creación de los héroes que surgieron de los sectores más empobrecidos. De hecho, los clubes aristocráticos, que querían mantener el deporte dentro de su propia hegemonía ideológica, defendieron fervientemente el ideal deportivo amateur, algo que lograron imponer en el rugby, separándolo en gran medida de las masas trabajadoras, al igual que en los Juegos Olímpicos. La enorme lucha y presión de los clubes obreros, con el Blackburn Rovers y otros equipos del norte industrial a la cabeza, allanó el camino para que la Football Association aceptara el profesionalismo en 1885.

Esta decisión convirtió al fútbol, entre otras cosas, en un medio de ascenso social, aunque los trabajadores que lograban destacar en el deporte seguían siendo una minoría ínfima en comparación con la numerosa clase obrera. Así se repetía el dilema de la ilusión o el simbolismo en el fútbol, dos conceptos opuestos que coexisten. Por un lado, la pequeña posibilidad de éxito individual podía generar la ilusión de un posible ascenso social dentro de un sistema de explotación; por otro, creaba héroes de la clase trabajadora que representaban mucho más de lo que ellos mismos podían imaginar o asumir.

Uno de los primeros héroes futbolísticos de la clase obrera fue Jimmy Ross, quien jugó profesionalmente en el Preston North End, un club de los suburbios de Manchester. Ross fue clave en la histórica temporada invicta de su equipo en 1888-1889, en una de las escuadras más emblemáticas de la época, una campaña que llevó al Preston North End a conquistar el primer campeonato en la historia del fútbol inglés.

El equipo del Preston North End, campeón invicto de Inglaterra en la temporada 1888-89.

El profesionalismo también contribuyó a la independencia económica de los clubes, que ahora obtenían recursos de la economía local, aumentando su influencia sobre las masas trabajadoras, especialmente entre la juventud, que abrazó aún más este deporte al ver en él una oportunidad para mejorar sus condiciones de vida a nivel individual.

Un ejemplo de equipo que creció gracias a las características económicas de su ciudad fue el Sheffield United. Fundado en 1889, el club se vinculó estrechamente con la ciudad industrial y sus trabajadores siderúrgicos. Su apodo, “The Blades” (Las Cuchillas), reflejaba la tradición local en la producción de cuchillos y herramientas de corte, convirtiendo al equipo en un símbolo de la identidad industrial de la ciudad.

La formación del Sheffield United que ganó la FA Cup en 1899.

En la aún más grande ciudad de Birmingham, el Aston Villa, fundado en 1874 por miembros de una iglesia local, tenía como objetivo la socialización a través de actividades deportivas. Sin embargo, su identidad se transformó rápidamente debido al apoyo creciente de la clase trabajadora, lo que convirtió al club en un símbolo social de la ciudad y de su desarrollo industrial. En Londres, se pueden encontrar características similares en la historia del West Ham United, fundado en 1895 como el equipo de la fábrica Thames Ironworks, adoptando ese mismo nombre. Este club fue creado por los trabajadores de los astilleros de Londres y se asoció con la clase trabajadora y su lucha contra las desigualdades sociales.

Estos elementos de expresión colectiva de clase, del simbolismo de la victoria de los explotados sobre sus explotadores, no generaban en aquel entonces ilusiones o engaños. Al contrario, sentaron las bases para reivindicaciones políticas en un período de auge del movimiento obrero y de su nivel de organización, demostrando que el fútbol no es “el opio del pueblo”, como lo es la religión, sino que puede convertirse en una herramienta útil en manos de la clase trabajadora para obtener victorias mayores y más significativas en el ámbito de la lucha política y social contra la clase dominante.

La fundación de las instituciones del fútbol

¿Fue entonces el fútbol, en sus primeros años como deporte organizado, una propiedad de la aristocracia que lo concibió, o una herramienta en manos de las masas explotadas? Dado que el fútbol es parte de la superestructura, es decir, un fenómeno que surge dentro de una base económica determinada, su destino estaba –y sigue estando– en manos de quienes ostentan el poder político y económico, es decir, la élite. Sin embargo, esto no significa que la poderosa aristocracia británica pudiera actuar sin resistencia ni que no sufriera derrotas significativas en su intento por controlar también esta actividad social, que en un principio estaba destinada exclusivamente a su propio entretenimiento.

Las victorias de los clubes que representaban a las masas trabajadoras llegaron principalmente a través de su acción organizada y coordinada dentro de las instituciones futbolísticas. Incluso su propia creación fue una victoria de los outsiders de la sociedad. La fundación de la Football Association en 1863 se produjo con la notoria ausencia de los representantes de los colegios privados. Como resultado, se adoptó un estilo de juego que estaba más en sintonía con el que practicaban los trabajadores urbanos. Naturalmente, no faltaron los elementos heredados de la clase dominante, ya que la decisión de que cada equipo tuviera 11 jugadores se tomó en referencia al número de jugadores en un equipo de cricket, el deporte aristocrático por excelencia. Existe otra versión que sostiene que esta cifra corresponde al número de camas en los dormitorios del Cambridge College, vinculando la elección a los reglamentos de 1848, aunque esta teoría parece más una invención romántica dentro de la interpretación histórica. Además, las dimensiones del patio del Rugby College, una institución de élite, fueron las que determinaron el espacio limitado en el que se jugaría el nuevo deporte.

Menos de una década después de la fundación de la Football Association, la creación de la FA Cup en 1871 llevó a la completa democratización del fútbol, permitiendo que los clubes de los trabajadores compitieran contra los equipos de la élite. Por primera vez, en 1883, lograron ganar el trofeo, y lo hicieron en un estadio que simbolizaba el poder de la aristocracia británica: el Kennington Oval, la histórica sede de la selección nacional de críquet de Inglaterra. Finalmente, la fundación de la Football League en 1888 fue una iniciativa de los clubes populares, ya que William McGregor, miembro de la junta directiva del Aston Villa, fue el principal impulsor de la creación del campeonato nacional. La magnitud de la victoria de los clubes obreros en la fundación de la liga se refleja en la comparación con el rugby, el deporte de las clases superiores, cuyo primer campeonato de primera división en Inglaterra no se organizó hasta 1987, es decir, 99 años después.

La creación de la Football League permitió programar los partidos de forma regular, fomentó la competitividad, generó un interés masivo y consolidó el fútbol como un fenómeno nacional, fortaleciendo además la naturaleza profesional del deporte. No obstante, su importancia va aún más allá, ya que sentó las bases para el modelo de desarrollo del fútbol en todos los países del mundo, transformando progresivamente este fenómeno social de británico a global. Fue este proceso el que llevó a Eduardo Galeano a escribir que “primero se organizó en los colegios y universidades de Inglaterra y luego llevó alegría a la vida de los sudamericanos que nunca habían pisado una escuela”.

Sin embargo, el fútbol no fue conquistado por la clase trabajadora. En esencia, se trató de un proceso de intercambio entre las clases que lo impulsaban para sus propios fines, con la clase capitalista finalmente imponiéndose, ya que jugaba en casa en el terreno de la economía. Las élites crearon el deporte codificado, que fue moldeado por la clase trabajadora, la cual lo masificó y lo convirtió en un fenómeno social, hasta que el capital regresó en el momento en que pudo extraer beneficios políticos y económicos de él. Este proceso se vio favorecido por la mercantilización del deporte, la cual, por paradójico que parezca, no fue una invención de la burguesía.

Los clubes obreros dependían del dinero recaudado por la venta de entradas para su funcionamiento. De esta manera, introdujeron las primeras formas de comercio en un deporte. De hecho, una historia que ilustra perfectamente el origen obrero y la comercialización del fútbol es la fundación de la primera sociedad anónima futbolística.

En 1889, el East End Football Club de Newcastle, que posteriormente adoptaría el nombre de Newcastle United, decidió reducir a la mitad el precio de las entradas con la intención de incrementar sus ingresos a partir del aumento exponencial del número de espectadores. Sin embargo, el experimento fracasó, ya que prácticamente los mismos aficionados siguieron asistiendo a los partidos, demostrando que los precios de la época no eran un obstáculo para que las clases populares fueran al estadio. Como consecuencia, los ingresos del club se redujeron a la mitad y la institución se encontró al borde de la quiebra.

Al año siguiente, en lugar de modificar nuevamente la política de precios, el club tomó la decisión de convertirse en una limited company, emitiendo 1.600 acciones que fueron vendidas en pubs locales. La posibilidad de que los habitantes de la ciudad se convirtieran en copropietarios del equipo tuvo un impacto extraordinario en su popularidad, con las acciones agotándose rápidamente. Así, el club se transformó en la primera institución futbolística de base popular, pero al mismo tiempo, en la primera sociedad anónima en el fútbol. Gracias a su solidez económica, aplastó a la competencia dentro de la ciudad, provocando la quiebra y eventual disolución de su gran rival, el West End Football Club.

La formación del East End FC de Newcastle, en 1890.

La capacidad de los clubes populares para expandirse económicamente también se vio favorecida por los avances tecnológicos de la época. Para finales del siglo XIX, la red ferroviaria del país estaba casi completamente desarrollada, mientras que los sistemas de transporte público llenaban las ciudades y una nueva invención, la bicicleta, reducía las distancias urbanas. Como resultado, multitudes más grandes, provenientes de lugares más alejados, podían llegar fácilmente al estadio de su equipo favorito. ¿Cómo fue posible entonces que este desarrollo económico no consolidara el modelo de clubes propiedad de los trabajadores?

Los clubes obreros no cometieron ningún error, pero habían desarrollado sus instituciones con el objetivo de sobrevivir en un mundo dominado por los capitalistas, dentro de un modelo económico que servía a los intereses de la clase explotadora. Como consecuencia natural, el capital terminó imponiéndose también en el ámbito del fútbol, ya que eran sus propias herramientas económicas las que permitían la expansión y la popularidad del deporte. Esto seguirá ocurriendo mientras el sistema económico continúe siendo el mismo que el de 1890, demostrando que no pueden existir islas de fútbol socialista dentro del capitalismo.

La aparición y el desarrollo del fútbol femenino

La democratización de un deporte, impulsada de facto por las masas que lo adoptaron, no podía considerarse completa si no abarcaba a toda la sociedad. Si uno de los obstáculos que debía superarse para que la clase trabajadora irrumpiera con fuerza en la historia del fútbol era el de clase, otro, igual o incluso más difícil de derribar, era el de la sociedad patriarcal. La historia del inicio del fútbol femenino tiene muchas similitudes con la del fútbol obrero, tal vez porque su desarrollo compartió características similares. Un juego accesible y capaz de generar emociones colectivas comenzó a ser practicado por quienes lo necesitaban. La imposición del orden de los explotadores, ante un crecimiento descontrolado y contrario a los intereses de su dominio, es quizás la mayor prueba de un patrón recurrente: la imposibilidad de que un deporte se convierta en verdaderamente democrático mientras las relaciones de poder sigan dominadas por estructuras arcaicas, sin importar el género.

La era victoriana se caracterizó por normas sociales rígidas, aún más estrictas para las mujeres, confinándolas al ámbito privado del hogar y alejándolas de actividades públicas y deportivas. No faltan referencias en la prensa de la época con comentarios burlones sobre las mujeres que decidían practicar deporte. Prueba de ello son los artículos que intentaban ridiculizar a los primeros equipos femeninos de fútbol, que comenzaron a formarse a finales del siglo XIX. No es casualidad que estos intentos surgieran en la misma época en que el movimiento feminista luchaba por la emancipación de las mujeres y por sus derechos políticos, como el sufragio.

El centro de la crítica estaba en aspectos de la participación femenina en el deporte que hoy, afortunadamente, parecen haber quedado atrás. Por ejemplo, una de las principales razones del “escándalo” era la “vestimenta inapropiada”, ya que la indumentaria deportiva se consideraba inadecuada para las mujeres. Esto no era simplemente una visión retrógrada basada en una moral conservadora, sino que respondía a la necesidad de restringir la libertad de movimiento de las mujeres, algo que se lograba, en parte, con el uso de prendas pesadas e incómodas. Un ejemplo característico de esta lucha fue la controversia sobre si se les debía permitir a las mujeres andar en bicicleta. Además de la creencia absurda de que podía provocarles sensaciones físicas “prohibidas”, se argumentaba que exponía parte de sus piernas, algo considerado inaceptable. Sin embargo, el problema de fondo no era la exhibición de sus piernas ni la absurda asociación con la sexualidad, sino la necesidad de limitar su movilidad e independencia. Cuanto más restringida estuviera la mujer al hogar—es decir, cuanto menos pudiera desplazarse sola en bicicleta—más se reforzaba su papel subordinado dentro de la sociedad.

Los primeros partidos de fútbol femenino registrados históricamente datan de la década de 1890 y fueron acompañados de comentarios periodísticos que los describían como un “espectáculo que violaba los principios de la modestia”. Un partido de 1895, entre dos equipos llamados “Norte” y “Sur”, fue calificado como un encuentro de “mujeres descarriadas que ignoraban su rol natural”. Además, falsas teorías pseudocientíficas afirmaban que este tipo de actividades “masculinizarían” a las mujeres y causarían daños físicos permanentes, vinculando estas supuestas lesiones casi exclusivamente con su capacidad reproductiva.

A pesar de la burla de la clase dominante y de gran parte de la sociedad, el fútbol femenino no desapareció a comienzos del siglo XX, sino que continuó ganando cada vez más adeptos. Los clubes femeninos siguieron el mismo camino que los clubes obreros medio siglo antes, logrando crear una base de aficionados incluso más rápidamente que sus equivalentes masculinos.

La alineación del British Ladies’ Football Club en 1895.

Una de las figuras más destacadas en esta primera etapa de desarrollo del fútbol femenino fue Nettie Honeyball, un nombre que probablemente no era el que le dieron al nacer. Es notable que, para evitar el escarnio social, muchas mujeres de la época jugaban al fútbol con seudónimos, los llamados noms de football. Honeyball, descendiente de una familia de clase media de Pimlico, en Londres, es considerada la fundadora del primer club de fútbol femenino, el British Ladies’ Football Club.

Sus palabras en una entrevista de la época reflejan claramente cómo el desarrollo del fútbol femenino iba de la mano con la lucha por la emancipación de las mujeres: “No hay nada ridículo en el British Ladies’ Football Club. Fundé el club a finales del año pasado, convencida de que nuestra causa demostraría al mundo que las mujeres no son los ‘adorno inútiles’ que los hombres describen. Debo admitir que, en todos los temas en los que hay diferentes posturas, mis creencias se alinean con el lado de la emancipación. Espero con ansias el día en que las mujeres ocupen escaños en el Parlamento y tengan voz en la gestión de los asuntos, especialmente aquellos que les conciernen más directamente.”

En el equipo que fundó en 1895, la sufragista Nettie Honeyball compartió vestuario con una de las figuras más emblemáticas del fútbol femenino de la época, Helen Matthews, así como con la primera futbolista negra registrada en la historia, Emma Clarke.

Fotografía de la formación del BLFC, con Emma Clarke, la primera futbolista negra de la historia, segunda de pie desde la izquierda.

El gran cambio cualitativo que impulsó el fútbol femenino ocurrió con el estallido de la Primera Guerra Mundial. Las mujeres, que hasta entonces eran principalmente amas de casa, tuvieron que convertirse en trabajadoras, asumiendo los roles que los hombres dejaron en la industria al ser enviados al frente de batalla y a las trincheras mortales. En las fábricas nació la base de su conciencia colectiva y de su organización, ya que, quizás por primera vez, se encontraron en un espacio social donde compartían toda su vida: sus horas de trabajo y, por extensión, su tiempo libre.

Siguiendo el mismo camino que los primeros clubes fabriles masculinos, las mujeres crearon sus propios equipos. Entre ellos, el legendario Dick, Kerr’s Ladies, que tomó su nombre de la fábrica donde se originó, dejó una huella imborrable en la historia del fútbol.

Este club nació en una fábrica en Preston, una ciudad cercana a Mánchester, la misma que había dado origen al primer equipo campeón de Inglaterra compuesto por trabajadores: el Preston North End. Desde su fundación en 1917, el equipo femenino mostró un progreso vertiginoso, no solo en términos deportivos, sino también en su capacidad para asegurar su sostenibilidad y realizar giras, ganándose una gran reputación en todo el país. Miles de espectadores acudían a los estadios para verlas jugar, ya fuera por curiosidad o por admiración genuina. Y si bien algunos pueden argumentar que la disminución del nivel del fútbol masculino debido a la guerra hizo que el espectáculo del fútbol femenino fuera relativamente más atractivo, esto no explica el crecimiento continuo y exponencial de su popularidad incluso después del final del conflicto.

El equipo de las Dick, Kerr’s Ladies tiene un logro pionero en la historia del fútbol mundial. El 16 de diciembre de 1920, un jueves por la noche, jugaron el primer partido de la historia bajo luz artificial. El día anterior, una serie de cajas con reflectores antiaéreos llegó a la estación de tren de Preston, lo que atrajo la atención de la prensa local e incluso del Pathé News, que se desplazó hasta la ciudad del norte de Inglaterra para documentar el momento histórico. Frente a 12.000 espectadores, en una noche fría y estrellada, el equipo femenino de Preston ganó 2-0 en el primer partido nocturno de la historia, recaudando además 600 libras esterlinas para los veteranos de guerra.

Pero solo unos días después llegaría su momento más histórico. El 26 de diciembre de 1920, las Dick, Kerr’s Ladies jugaron en Goodison Park. Aquel día, 53.000 personas atravesaron los torniquetes del estadio, con otras 14.000 quedándose fuera al agotarse la capacidad del recinto. El legendario equipo ganó el partido 4-0, con la Lily Parr como gran figura y la capitana Alice Kell liderando al equipo.

Ese partido parece haber superado los límites de tolerancia de las instituciones futbolísticas, que comenzaron a temer que un fútbol femenino, fuera de su control, pudiera volverse más popular que el masculino.

El legendario equipo femenino de las Dick, Kerr’s Ladies, en 1920.

La Football Association, que durante todo el período en el que se disputaban partidos de fútbol femenino se negó a reconocerlos oficialmente como parte de la actividad del deporte, con la esperanza de que el proyecto fracasara, en 1921 tuvo que tomar medidas más drásticas para detener esta actividad y su éxito. Así, prohibió explícitamente el fútbol femenino, advirtiendo que cualquier club que facilitara la organización de partidos femeninos o cediera su estadio para tal propósito sería automáticamente expulsado de la Federación. Esta decisión supuso un golpe decisivo para el desarrollo del fútbol femenino, que ya no podía garantizar ingresos equivalentes, llevando a que los partidos se jugaran de manera informal en parques y espacios abiertos hasta que esta prohibición fue levantada en 1969.

Así, a diferencia del fútbol masculino, que cuando pasó a manos de la clase trabajadora fue nuevamente apropiado por los capitalistas, desarrollándolo bajo sus propias reglas económicas y políticas, al no poder enfrentarse directamente a la numerosa clase obrera, en el caso del fútbol femenino optaron por otra estrategia, comprendiendo que su prohibición definitiva estaba dentro de sus posibilidades. Sin embargo, incluso esta fortaleza acabaría cayendo con el tiempo, y hoy el capital trata al fútbol femenino de la misma manera que trató al masculino hace más de un siglo.

El legado futbolístico y social

El fútbol británico del siglo XIX y principios del XX evolucionó en paralelo con los cambios sociales de la época. En su desarrollo, se expandió y se difundió a cada rincón del vasto Imperio, ganando aún más popularidad en los países donde llegaban los barcos británicos, con marineros que lo llevaban consigo como el producto cultural más exportable de su patria y de su particular cultura popular. A lo largo de su historia, reflejó todos los grandes debates ideológicos de la época: el desarrollo industrial de las ciudades, la aparición de la clase trabajadora, la toma de conciencia de esta como una clase diferenciada con sus propios objetivos políticos y su posición de explotada en la sociedad capitalista, la concentración de las ganancias a través de la expansión de los mercados disponibles, tanto internos como en otros países, así como la lucha ideológica entre el poder de la élite y la masa de obreros, quienes, además de ser los productores de riqueza, fueron los que dieron vida a los fenómenos sociales nacidos en el nuevo mundo capitalista.

La propia naturaleza del juego también cambió, pasando del fútbol anárquico de esfuerzo individual a la evolución de la táctica futbolística, lo que provocó una transformación radical en la manera de jugar con la modificación de la regla del offside en 1925. Sus protagonistas ya no vestían los uniformes planchados de los colegios elitistas, sino atuendos más cercanos a la vestimenta obrera y las primeras camisetas de fútbol, que bien podían ser encargadas por un patrón o confeccionadas por los propios clubes. Los estadios se convirtieron en espacios de comunicación social y los pubs se consolidaron como una institución de la sociedad británica, intrínsecamente ligada a la vida de la clase trabajadora y al fútbol. El deporte de los gentlemen era ahora jugado por hooligans, y esa es la identidad de toda una tribu global que hoy cuenta con miles de millones de miembros.

Gran Bretaña no solo creó el fútbol como deporte, sino que lo moldeó como un fenómeno social antes de exportarlo al resto del mundo. Porque no fueron maestros y sacerdotes, ni ejércitos y gobernadores quienes asumieron esa tarea, sino las masas trabajadoras, que en este juego reconocieron su propia cultura distintiva.

Comprender el fútbol exige un análisis minucioso de su origen y evolución temprana en Inglaterra, porque al revisarla, muchos de los fenómenos actuales relacionados con este deporte adquieren un significado mucho más profundo. El mismo significado que cobra el análisis de la lucha de clases cuando se estudia aquella sociedad en la misma época del siglo XIX: la Revolución Industrial, el Imperio, el proletariado industrial, los inicios de la emancipación femenina. Y si bien cada idioma tiene sus propias palabras para describir estas realidades, hay una palabra en inglés que se reconoce en cada rincón del planeta: fútbol.