La expresión «rerum novarum» podría traducirse del latín como «sobre las cosas nuevas» y, dado el estado al que ha llegado el fútbol mundial, tal vez sea el título más apropiado para intentar analizarlo. Sin embargo, no es un título original en lo que respecta al fútbol. La llamada «Rerum novarum» fue la encíclica papal de León XIII con la que la Iglesia católica procuraba moldear la vida de la clase trabajadora dentro de un marco que la incorporara al poder capitalista. No tendría absolutamente nada que ver con el fútbol si esa ideología no hubiera sido la cosmovisión de un abogado francés, Jules Rimet, quien, imbuido de esas ideas, asumió la presidencia de la FIFA y trabajó para crear la Copa del Mundo. En ese sentido, la FIFA, la Copa del Mundo, todas las grandes confederaciones de fútbol y las grandes competiciones futbolísticas nunca fueron expresiones románticas e inocentes de un encuentro futbolístico multinacional: siempre fueron herramientas que se ajustaban a las necesidades políticas de la época y estaban en sintonía con las concepciones políticas y los intereses de sus impulsores. Desde esa perspectiva, sin ilusiones acerca de un cambio en el carácter del deporte y de sus competiciones, es necesario a) situar los hechos actuales en su verdadero marco histórico, b) explicar, dentro de ese mismo marco, los movimientos y la postura de cada actor, así como las características de los conflictos entre ellos, y c) proponer la posición que deben adoptar todos aquellos que, en los hechos, están excluidos de esta discusión, es decir, los hinchas, los aficionados, en una palabra, los pueblos, que siempre amaron y aman el fútbol.
Como para hacer todo esto hace falta un análisis relativamente extenso y las conclusiones que suelen extraerse de la lectura de un texto a veces son apresuradas, es necesario, incluso antes de llegar a ellas, anticipar la respuesta a la pregunta central: ¿la apertura del capital de las competiciones de la FIFA es un avance positivo para el fútbol que queremos? La respuesta es «NO». Con esto bien claro, tiene sentido no quedarse en la superficie, sino profundizar la reflexión, porque solo así puede sostenerse alguna esperanza de un fútbol diferente del que tenemos hoy, a nivel de clubes, local, regional, nacional, internacional y mundial.
Los acontecimientos
Por lo general, una herramienta poderosa de la que dispone el poder, la clase dominante en todos los niveles, consiste en preparar cambios mediante un sistema de innovaciones en apariencia muy complejo y contrario a los intereses de las masas, mientras cualquier actor que quiera oponérsele procura encontrar las consignas adecuadas para aglutinar a esas masas. El problema de las consignas, sin embargo, es que, si bien tienen la capacidad de masificar una postura o una oposición, muchas veces sustituyen al análisis, es decir, a la verdadera profundidad ideológica que hace falta para enfrentar un acto del poder, debilitan los argumentos y, en definitiva, contribuyen a que la innovación del poder aparezca como cuidadosamente planificada y cualquier reacción a sus planes como un movimiento espontáneo y espasmódico basado en la ignorancia.
Como el fútbol de verdad nos importa, no podemos caer en esa trampa. Necesitamos conocer toda la argumentación del poder dominante en favor de los cambios que pretende introducir —en este caso, la FIFA—, pero también tenemos que ser capaces de situar esos cambios en el marco histórico correcto. Además, del mismo modo, debemos analizar las posiciones de otros organismos y actores que en apariencia defienden nuestros intereses, pero que en realidad no hacen más que utilizar las consignas antes mencionadas porque, en este momento concreto, resulta que los cambios no los favorecen. En pocas palabras, tenemos que saber quiénes son nuestros amigos, quiénes nuestros enemigos y también por qué.
Y si hay algo que la forma en que hoy se desarrolla el debate público no nos permite distinguir —a través de comunicados telegráficos de unas pocas decenas de palabras y artículos de, como mucho, unos pocos cientos de palabras, porque los grandes emisores no buscan profundizar la discusión sino amplificar su voz mediante la reproducción de sus consignas—, son los hechos reales. Hasta la información más sencilla, disponible al alcance de la mano y referida a hechos ocurridos hace algunos meses, incluso semanas o días, parece desaparecer en las profundidades del olvido histórico cuando estalla cualquier conflicto de esta clase. Pero acá es necesario mencionar esos hechos.
En abril de 2026, durante el Congreso de la FIFA celebrado en Vancouver, Gianni Infantino se refirió a la necesidad de «liberar» el poder comercial de la FIFA. Sin brindar más información sobre esos planes, la FIFA señala esa referencia como el inicio de su nuevo intento de explotar comercialmente y, por lo tanto, diversificar en términos comerciales el fútbol mundial. La misma posición, con la misma descripción general, volvió a presentarse en Nueva York el 18 de julio, un día antes de la final de la Copa del Mundo. Sin embargo, una vez más, la forma en que se hizo parece corresponderse con el modo en que hoy se llevan adelante todas las llamadas consultas públicas: representantes y dirigentes se reúnen en un lugar, quien ocupa la posición de poder presenta un plan y no sigue ningún debate, por ninguna vía institucional, sino un show. Ahora hablamos de congresos, pero en realidad nos referimos a presentaciones colectivas, representaciones teatrales de diálogo que solo contienen los resultados de consultas llevadas a cabo en lugares desconocidos, mientras el lobby ha sustituido en todos los niveles al diálogo institucional.
Y este es un punto en el que hay que detenerse para juzgar también la postura de los actores que en este momento se oponen al plan de la FIFA. ¿Alguna vez la UEFA, u otra confederación, objetó el modo en que se toman las decisiones en los llamados «Congresos de la FIFA»? ¿Acaso es diferente el modo en que funcionan la UEFA, las demás confederaciones continentales, las federaciones nacionales y cada asociación que administra el fútbol? ¿Cuándo fue la última vez que presenciamos un verdadero enfrentamiento —en el sentido de un diálogo— entre dos líneas y concepciones distintas sobre el futuro del fútbol en un país, en un continente, en el mundo entero? Todas las discusiones se desarrollan sin que nosotros seamos siquiera espectadores, en ámbitos que desconocemos y que, desde luego, no se dan a conocer. En ese sentido, toda la estructura del fútbol funciona hoy, en todo el mundo, como una gran multinacional cuyo directorio y cada uno de sus órganos se reúnen al margen de cualquier procedimiento público institucionalizado para decidir su estrategia, y tratan a los miles de millones de amantes del deporte como clientes apasionados por su producto.
Lo lamentable es que, para quienes siguen el fútbol aunque sea superficialmente, la observación anterior no constituye una revelación estremecedora. Sin embargo, a veces parecemos pasar por alto en nuestras discusiones esta naturaleza de la dirigencia futbolística: que sea un hecho comúnmente aceptado no significa que disminuya su incidencia en los acontecimientos. De hecho, en este caso concreto, y a diferencia de lo que muchos podemos imaginar o queremos imaginar como las posiciones de cada una de las partes enfrentadas, esta verdad se encuentra en el centro mismo del conflicto.
El momento en que cayó la supuesta bomba que hizo crujir los cimientos de la estructura del fútbol mundial fue la publicación de un artículo de The Times de Londres, que exponía con mayor detalle el plan de la FIFA antes descrito sin precisiones. El artículo se publicó al mediodía del martes 28 de julio de 2026, es decir, exactamente diez días después de aquel encuentro en Nueva York en el marco de la final de la Copa del Mundo y antes de que se cumplieran diez días desde el cierre de la 23.ª edición del torneo mundial. Según el artículo de The Times, el plan incluía lo siguiente:
- la creación de una estructura societaria que controlaría las competiciones de la FIFA, es decir, las Copas del Mundo masculina y femenina, además del Mundial de Clubes
- la apertura del capital y la oferta en el mercado de una participación total del 20 % al 30 %, que podría ser adquirida por inversores privados
- la participación de las federaciones nacionales como accionistas de esa estructura
- una valuación total del capital accionario de 20.000 millones de dólares
- la participación de la empresa Thrive, de Joshua Kushner, que aparece como uno de los inversores interesados
- la participación de J.P. Morgan como asesor financiero del proyecto
Ese mismo día, pocas horas más tarde, el medio de información deportiva The Athletic, perteneciente al grupo The New York Times, publicó un análisis de Matt Slater que describía la venta de una participación de hasta el 21 % de la estructura societaria, llamada FFE (FIFA Forward Enterprise), así como una serie de cambios en el formato de las competiciones de la FIFA: más partidos, torneos más grandes o más frecuentes, entradas y paquetes de hospitalidad más caros, competiciones en mercados que generan un mayor rendimiento comercial y una explotación más intensa, por parte de los accionistas de la nueva estructura, de los datos, los contenidos y los derechos de patrocinio.
Ese mismo día, mediante un comunicado oficial, la FIFA confirmó toda la información anterior, con lo que cerró el debate sobre cualquier duda acerca de la validez de los reportes y abrió una discusión mucho más amplia sobre el futuro de las grandes competiciones futbolísticas y, por extensión, sobre el futuro del propio fútbol a nivel mundial.
Una pregunta razonable que surge, aunque en este momento no parezca crucial, es si los dos medios, The Times de Londres y The New York Times, publicaron esta información de común acuerdo con la FIFA o en contra de su calendario previsto. La respuesta, que evidentemente no puede darse, tiene bastante importancia, porque conocerla permitiría explicar otra faceta del conflicto político que también se expresa en el fútbol. Por un lado, The New York Times es un órgano del ala liberal de la política estadounidense, es decir, del Partido Demócrata, que en el plano interno representa intereses diferentes de los del presidente Trump y de su extensa familia, que incluye a Joshua Kushner, así como de sus aliados políticos, entre los que actualmente se encuentra Infantino. Por otro lado, The Times de Londres es el periódico tradicional de la clase burguesa británica, que en la coyuntura actual, caracterizada por conflictos parciales dentro del llamado bloque occidental noratlántico, representa intereses distintos de los que sirve el actual gobierno estadounidense. Si estas publicaciones tenían por objetivo alterar el calendario y, por lo tanto, la estrategia comunicacional de la FIFA, el resultado indica que, hasta cierto punto, lo consiguieron. Por otra parte, tampoco puede descartarse la posibilidad de que la propia FIFA quisiera que semejantes cambios estructurales se «filtraran» a través de medios de comunicación y luego se confirmaran, como efectivamente ocurrió, en vez de anunciarlos ella misma de manera repentina. En ese caso, los medios apropiados serían, evidentemente, aquellos que no están plenamente alineados con los intereses políticos y económicos con los que Infantino se alió abiertamente.
A las publicaciones y a la confirmación de la FIFA les siguieron los comunicados de otros organismos, entre los que se destacó el de la UEFA, que, al comentar el artículo de The Times de Londres, afirmó desconocer por completo el plan y expresó su oposición. El comunicado de la UEFA decía de forma contundente: «Ninguno de nosotros es dueño del fútbol. No le pertenece a la FIFA como para venderlo» («None of us are the owners of football. It is not FIFA’s to sell»). Sin embargo, el alcance de los acontecimientos, mucho más allá del estrecho marco futbolístico, queda de manifiesto en el hecho de que el propio primer ministro del Reino Unido, Andy Burnham, hizo declaraciones en el mismo sentido. En la Comisión de Justicia de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, los demócratas criticaron especialmente los vínculos de Infantino con el gobierno de Trump y la participación de Joshua Kushner en todas las maniobras reveladas, lo que quizá también indique, hasta cierto punto, la línea a la que respondía la publicación de The Athletic, de The New York Times, en relación con la pregunta planteada anteriormente.
Al día siguiente, 29 de julio, la FIFA dio un paso más hacia la implementación del plan. Mediante el envío de una carta a las 211 federaciones nacionales, las convocó a responder, con fecha límite del 19 de septiembre, si aceptaban o no el plan en cuestión. Según la carta de la FIFA, a la que tuvieron acceso The Times de Londres y la agencia de noticias Reuters, para aprobarlo hacía falta la respuesta afirmativa de más del 50 % de las federaciones nacionales; el paquete total de desarrollo podría superar los 10.000 millones de dólares; si el plan se aprobaba, se implementaría el aumento de capital de FFE, mucho menor y ya programado, por un monto de 2.700 millones de dólares; y habría una suma única de 20 millones disponible para cada federación que optara por participar en la nueva estructura accionaria.
Una serie de federaciones nacionales, como la Football Association inglesa y la Fédération Française de Football, y de confederaciones, como la AFC (Asia) y la CONCACAF (América Central y del Norte), dieron a conocer mediante comunicados y gacetillas de prensa que hasta entonces desconocían por completo el plan. La CONMEBOL no emitió un comunicado similar. Sin embargo, en el plano político, el comisario europeo de Deportes, el maltés Glenn Micallef, declaró en una red social que el fútbol «no es béisbol», en un ataque a la aparente «mercantilización» de la Copa del Mundo.
En un segundo comunicado, la UEFA declaró que había conocido la existencia de la carta a través de las federaciones nacionales y señaló que eso decía todo lo que era necesario saber sobre los objetivos del plan de la FIFA. También expresó la convicción, surgida de conversaciones con los actores implicados, de que existía una oposición importante y creciente a esa estructura, antes de atacar a la dirigencia de la FIFA y acusarla de utilizar el deporte para enriquecer a sus ejecutivos y a sus amigos. En el mismo sentido se pronunció el depuesto expresidente de la FIFA Sepp Blatter, quien declaró a Reuters que el fútbol no pertenece a individuos, sino a la gente.
La noche del 29 de julio, Infantino afirmó en un mensaje grabado que el plan presentado no era una obligación, sino una propuesta y una oportunidad, y que los acontecimientos de esos días constituían el punto de partida de un proceso democrático de consulta. El hecho de que pudiera utilizar de ese modo las filtraciones y, en esencia, hablar contra las negociaciones de pasillo que afectan al fútbol mundial demuestra que todo el proceso no se llevó adelante necesariamente contra la voluntad y la planificación de la FIFA y del propio Infantino. La UEFA dio su propia respuesta contundente a ese mensaje menos de 24 horas después, al declarar que había decidido por unanimidad que ninguno de sus miembros participara en las competiciones de la FIFA hasta que se retirara por completo el proceso relativo al plan en cuestión.
Qué expresa el plan de la FIFA
Por más evidente que pueda parecer la necesidad de profundizar la mercantilización del deporte para ponerla al servicio de su instrumentalización política, igual de necesario es examinar la manera concreta en que esto ocurre hoy, bajo las condiciones históricas actuales y en medio de las rivalidades imperialistas internacionales. Es un lugar común que, desde su fundación, con la codificación que tuvo lugar en la Freemason’s Tavern de Londres en 1863, el fútbol fue una herramienta política en manos de quien necesitara orientar e integrar a la clase trabajadora. El hecho de que este fuera el juego que amaban las masas, primero en la Gran Bretaña de la Revolución Industrial y luego en el mundo entero, fue la razón por la que se lo instrumentalizó, y no al revés. Es decir, la masificación del fútbol como fenómeno social no fue históricamente consecuencia de su instrumentalización. A veces, sin embargo, es necesario hacer en apariencia lo contrario.
Si hay un país —y, por cierto, del capitalismo occidental— en el que el fútbol nunca ocupó el centro de la vida social, no expresó a sus sociedades ni creó identidades colectivas, ese fue Estados Unidos. Los estereotípicamente llamados yankees, la población blanca angloparlante del país que a mediados del siglo XX se convertiría en la locomotora del capitalismo y del imperialismo occidental, habían organizado su vida en torno al deporte de una manera completamente distinta, que lo trataba más como una pausa agradable en el ritmo de la vida industrializada que como un componente identitario y una pasión personal. Pero en Estados Unidos no viven solamente esos yankees estereotípicos. En un país compuesto por un mosaico racial y étnico, donde las tradiciones y concepciones culturales particulares se transmiten de generación en generación, el fútbol siempre tuvo público. Lo que no tuvo público fue el fútbol estadounidense. Los inmigrantes mantenían un vínculo con los equipos de sus países de origen: en Nueva York había hinchas del Napoli; en Texas, hinchas del Club América; y, mucho más recientemente, en distintas ciudades, los nuevos aficionados de la generación Z visten las camisetas del Manchester City, el Liverpool, el Real Madrid, el Barcelona y otros clubes europeos. Así, la pasión por el fútbol en Estados Unidos no solo no podía ser instrumentalizada directamente por el poder local, sino que era y sigue siendo también un medio de penetración cultural de otros países.
A pesar de la inversión cada vez mayor de enormes capitales en el fútbol estadounidense, de la llegada de estrellas —con el máximo ejemplo del mejor futbolista de todos los tiempos, Lionel Messi—, de la organización sumamente metódica de la máxima categoría de la Major League Soccer, de la construcción de infraestructura y del acercamiento a millones de habitantes y ciudadanos del país que ya amaban el fútbol, el centro de interés de los aficionados seguía fuera de las fronteras de la gran superpotencia. De este modo, pese a que el deporte constituye un producto comercial muy exitoso dentro del mercado estadounidense, no logra convertirse también en una herramienta política del modo en que ocurre en Europa y Sudamérica.
Para poder situarse en el centro de la vida social estadounidense, debe superar, tanto en dimensión económica como en condición de fenómeno social, a los deportes tradicionales de ese país: el fútbol americano, el béisbol, el hockey sobre hielo y el básquet. Pero para hacerlo se necesita un esfuerzo económico varias veces mayor incluso que el enorme volumen económico de los deportes tradicionales de América del Norte. Para poder conseguir ese dinero hace falta un cambio estructural en el fútbol, en su propia economía, que no se corresponde con la forma en que funciona, al menos en Europa.
En el Viejo Continente, además de ser un deporte, el fútbol constituye un ámbito de actividad empresarial con una exposición mucho mayor que su dimensión económica. Por ejemplo, la cadena de supermercados TESCO, relativamente desconocida fuera de Gran Bretaña, registró en febrero de 2026 ingresos del orden de los 72.800 millones de libras, con una ganancia neta anual de 1.700 millones. Al mismo tiempo, los ingresos totales del Manchester City en la temporada anterior fueron de 694 millones de libras, con una pérdida neta de 9,9 millones. Se entiende que, más allá de las ganancias y las pérdidas, el tamaño de ambas empresas difiere en dos órdenes de magnitud: es decir, el supermercado es cien veces más grande que un club de fútbol de alcance mundial. Con otra comparación, podría decirse que un hipermercado de la cadena tiene una facturación anual del mismo orden que la de un equipo mediano de la Premier League. Sin embargo, seguramente muchos más de nosotros conocemos el nombre del presidente y del técnico del Brentford que el del encargado del TESCO Superstore de Syon Lane, en el oeste de Londres. Y quien se pregunte por qué el encargado de un Superstore no cobra lo mismo que el técnico del Brentford habrá dado el primer paso para comprender el concepto de plusvalía.
En Europa, el fútbol puede dar mucha más exposición a cualquiera que desempeñe un papel en él, con magnitudes económicas muy inferiores. Por eso no son pocos los casos en que hay propietarios que se hacen cargo de equipos que para ellos no constituyen un ámbito de rentabilidad, sino una sangría económica permanente que les garantiza proyección política y social. Esto ocurre precisamente porque no necesitan poner al fútbol en el centro para instrumentalizarlo: el fútbol ya es un componente cultural de esas sociedades y los hinchas ya están ligados a sus clubes y construyen la correspondiente identidad personal a través de ese vínculo.
En Estados Unidos es necesario crear toda esa estructura si el poder político de ese país desea instrumentalizar el fútbol, con sus características culturales, del mismo modo que ocurre en Europa y Sudamérica. Pero para conseguir los capitales que pongan en marcha este proceso, debido al tamaño de la economía, al conflicto que se producirá en el mercado —ya que el objetivo es desplazar a otras industrias deportivas— y a la necesidad de desarrollar mediante capitales, de manera no orgánica, una cultura de vínculos con clubes que no son elementos tradicionales de la sociedad, hace falta mucho más dinero y la posibilidad de sufrir pérdidas de semejante magnitud resulta prohibitiva para los potenciales inversores. Así, para los inversores estadounidenses el fútbol debe transformarse también en un ámbito empresarial rentable que garantice la viabilidad de un proyecto que, en última instancia, es político.
Dado que los capitales que pueden volcarse al mercado futbolístico no podrán obtener de inmediato el rendimiento de la inversión necesario para que funcione esta estructura económica mucho mayor si se colocan en la actividad futbolística interna de Estados Unidos, el poder político que pretende instrumentalizarla y los intereses económicos que apuntan a la inversión correspondiente tienen que encontrar un gran aliado para iniciar este proceso en un mercado más grande y ya desarrollado. Cabe preguntarse si alguien cree que existe, para este propósito, una institución más apropiada que la propia FIFA y, en cuanto a las competiciones futbolísticas, un torneo con mayor proyección que la Copa del Mundo. Esa es la razón por la que la política y los capitales estadounidenses se ganaron a la FIFA, junto con la correspondiente relación estrecha, permanentemente expuesta al público, entre el presidente Trump y el presidente Infantino; y esa es la razón por la que la FIFA, dentro de su estructura, que incluye empresas e instituciones financieras estadounidenses concretas, pone a la Copa del Mundo en la mira económica.
En ese sentido, este avance no puede calificarse de positivo en absoluto, ya que instrumentaliza todavía más el deporte, en un proceso que muy probablemente afectará incluso su estética, si no de inmediato, sin duda de manera gradual. Pero debe quedar igualmente claro que no es la primera vez que el fútbol mundial avanza en esa dirección. Más allá de la Rerum Novarum de la Iglesia católica y del desarrollo futbolístico del período de entreguerras que servía a la política de la Iglesia católica, el vínculo de intereses empresariales privados con la propia Copa del Mundo apareció claramente en 1974, cuando Havelange otorgó privilegios exclusivos de patrocinio a Adidas y Coca-Cola con el objetivo de reforzar las arcas de la FIFA, que él mismo había vaciado previamente para financiar su campaña política. Desde hace más de medio siglo, estas dos multinacionales se enriquecen con el momento cumbre del deporte popular y su presencia allí se ha convertido hoy casi en una prolongación natural de su imagen.
Entonces, ¿por qué el plan de Infantino, de la FIFA y, en esencia, de Estados Unidos para el fútbol provoca la reacción airada de otras confederaciones, con la UEFA a la cabeza, pero también de las instituciones políticas de la Unión Europea?
Qué expresa el conflicto
Para comprender las razones por las que la UEFA y las instituciones políticas europeas reaccionaron con tanta fuerza al plan de apertura parcial del capital de la Copa del Mundo, es necesario ir más allá de las consignas. La confederación de fútbol que más que ninguna otra contribuyó en las últimas décadas a la mercantilización del deporte y a la aplicación de las reglas del libre mercado en cada uno de sus ámbitos —con decisiones fundamentales como la transformación de la Copa de Campeones en la Champions League y la jurisprudencia surgida de la disputa de Bosman con el RCF Liège, que liberalizó las transferencias y ayudó al saqueo del talento futbolístico de todos los rincones de la Tierra— evidentemente no es la que se preocupa por el llamado «juego de los pobres que robaron los ricos».
El problema de la UEFA, así como de los intereses europeos que representa, está en esencia escrito en su último comunicado, y su oposición se apoya en dos partes diferenciadas. La primera tiene que ver con el análisis de la necesidad de Estados Unidos de convertir el fútbol en un negocio rentable, ya que esa es la única manera en que puede instrumentalizarse dentro de su propio mercado. El comunicado de la UEFA dice textualmente: «Desde el momento en que inversores externos adquieren participaciones en la propiedad de las competiciones de la FIFA, el fútbol cambia para siempre. El retorno comercial se convierte en una obligación permanente. Las expectativas de los inversores se convierten en una presión cotidiana. A partir de ese momento, cada decisión sobre el calendario internacional, cada decisión sobre los formatos de las competiciones y cada decisión que moldea el futuro del fútbol ya no está impulsada por lo que mejor sirve al juego, sino por lo que mejor sirve a los accionistas».
Resulta un poco paradójico que escriba esto una confederación que, junto con las federaciones nacionales y las ligas locales, armó durante las últimas décadas un calendario que supera los 80 partidos para los grandes clubes, mientras los clubes regionales más chicos que buscan ganarse un lugar en esas relucientes competiciones —que generan ganancias cercanas a los 5.000 millones por año— comienzan sus compromisos deportivos a principios de julio y los terminan a fines de mayo. Esa frase encierra la verdad de la UEFA, pero no se refiere al rendimiento ni a la salud de los futbolistas, ni a una supuesta aversión a la ganancia empresarial, que ya es inconmensurable para todas las compañías que participan como patrocinadoras de sus competiciones.
Lo que Europa no puede tolerar en este momento es la transformación del fútbol en una actividad rentable. ¿Por qué? Porque no tiene el capital necesario para competir con el resto del mundo y, especialmente, con Estados Unidos. El fútbol no rentable, con una dimensión industrial bastante limitada en comparación con otros sectores, puede sostener las pérdidas empresariales en beneficio de la ganancia política. Pero un fútbol caro, de mayor escala, con sumas de dinero más grandes y un riesgo mayor en la colocación de capitales mucho más cuantiosos, es algo cuyo ritmo Europa no puede seguir. Esto significa que la UEFA y el fútbol europeo, que por las maniobras de las últimas décadas no solo están en el centro del fútbol mundial sino que están cerca de convertirse en los únicos representantes de su élite, con la sola excepción de la Selección argentina, corren el riesgo de encontrarse de la nada con una competencia a la que es seguro que no podrán seguirle el paso. Imaginen a los talentos de Francia, España, Italia, Alemania e Inglaterra yéndose a jugar a clubes estadounidenses, o a sus academias, antes de cumplir los 18 años. Lo que el fútbol europeo hizo, en los hechos, con el fútbol de los demás continentes corre ahora el riesgo de sufrirlo a manos de Estados Unidos si se produce semejante avance.
Además, perder el fútbol como activo cultural central le quita a Europa otro rasgo que la ayuda en la diplomacia internacional. El hecho de que el fútbol europeo sea un polo de atracción para intereses empresariales que adquieren así una proyección mundial positiva funciona como poder blando para la política de la UE en un mundo de intensas rivalidades, en el que la Unión Europea ya no puede hacer valer ni su industria, ni su innovación tecnológica, ni sus capitales, ni siquiera su poder militar. Se trata, entonces, de un debilitamiento general de Europa cuyas consecuencias no afectan solamente al fútbol, sino también a la posición política de la Unión en el mundo. Por eso es tan grande la furia de las instituciones europeas, que desde hace tiempo, mediante el desarrollo de marcos institucionales similares también en el Parlamento Europeo, intentan blindar esta función del fútbol antes de perder además este valioso activo. Por eso hay tanta furia contra cada decisión de la FIFA relativa a las competiciones futbolísticas mundiales, incluso las de importancia aparentemente menor, como, por ejemplo, la ampliación del Mundial de 48 a 64 selecciones, algo que no agrega partidos para ninguno de los participantes. Y por eso también, tras la victoria de España en la reciente final de la Copa del Mundo, la Comisión Europea sintió la necesidad de calificar el trofeo ganado por el equipo europeo como «Made in Europe», como si alguien hubiera dudado alguna vez del lugar de origen del fútbol y del propio trofeo.
Las palabras de la UEFA sobre el bien del fútbol solo se oyen cuando la confederación pierde la ventaja en la correlación de fuerzas mundial. A nadie le importó el bien del fútbol mundial cuando jugadores brasileños, argentinos, marfileños, senegaleses y de otras nacionalidades llegaban a Europa durante la adolescencia para incorporarse a su sistema futbolístico. Para las instituciones europeas, ningún elemento del juego de los pobres estuvo en peligro cuando esos jugadores —y estuvo cerca de ocurrir con el propio Messi— juegan en selecciones de países distintos de aquel en el que nacieron. El colonialismo futbolístico les parece bien a las instituciones europeas mientras lleven la delantera; cuando cambia la correlación de fuerzas, entonces se acuerdan del «juego de los pobres».
Sin embargo, lo fundamental de este conflicto entre la FIFA y la UEFA —que no es un conflicto entre el fútbol mercantilizado y el fútbol puro, sino entre Estados Unidos, y en particular el gobierno actual, y la Unión Europea— es que la UEFA posee una gran palanca de presión: no puede concebirse un fútbol mundial sin su participación. Los acontecimientos de los últimos 30 años condujeron a esta situación y, de hecho, si la Argentina no hubiera llegado a las semifinales del último Mundial, los cuatro mejores se habrían parecido a los de una competición puramente europea, con tres de los cuatro equipos entre los semifinalistas de la EURO 2024. En esa misma línea estuvieron, por lo demás, las últimas declaraciones de Cristiano Ronaldo tras la eliminación de Portugal del reciente Mundial y el final de su carrera con la selección de su país.
En su arsenal ideológico, Europa utiliza muchos argumentos contra el capital accionario y la propiedad individual en el fútbol, precisamente porque encontró otras maneras de usarlo como herramienta política que no podrían funcionar si no existiera espacio para la acción de los grandes intereses económicos y la inversión de grandes capitales en los diversos proyectos futbolísticos relacionados con el desempeño de las selecciones nacionales, pero sobre todo de los grandes clubes. Lo ocurrido en las recientes elecciones presidenciales del Real Madrid no fue otra cosa que una gran guerra entre distintos intereses empresariales, en procesos que, aunque contemplan la participación universal de los socios, cada uno con un voto, estuvieron muy lejos de cualquier noción posible de derechos de participación y de disputa por la conducción del club. Al mismo tiempo que Alemania se enorgullece de que un particular no pueda poseer más del 50 % de las acciones de un club de fútbol —con excepciones producidas gracias a vacíos legales—, el supuestamente democrático Stuttgart, con sus 100.000 socios, podía presentarse como un poderoso capitalista y arrebatarle al PAOK, de propiedad privada, la joya futbolística de todo un país, Giannis Konstantelias. La presión sobre el propietario de la sociedad anónima de fútbol de Salónica por parte de la gente que no posee acciones en ella impidió que eso ocurriera, demostrando que no siempre es la participación formal la que determina la correlación de fuerzas, sino la realidad material.
La UEFA y sus federaciones solo están interesadas en preservar sus privilegios adquiridos, lo que significa que un reducido grupo de clubes ganará a perpetuidad las competiciones europeas; que varios de los grandes campeonatos nacionales serán, en los hechos, carreras de un solo caballo (véanse Francia y Alemania); y que otros torneos brillantes, como La Liga española, pasarán más de 20 años sin ver a un campeón que no pertenezca al trío de clubes que domina en todos los niveles: político, organizativo, administrativo y deportivo. El fútbol que la UEFA construyó en los últimos 30 años no es el fútbol de los pobres y, desde luego, no es eso lo que defiende.
Por qué nos importa
Dado, entonces, que el conflicto atañe a los intereses de distintas clases capitalistas, de grandes grupos económicos y de su personal político, ¿por qué les importa este conflicto a los amantes del fútbol? ¿Cómo puede importarles?
Por un lado, estos acontecimientos nos importan porque, como amamos el fútbol, sabemos que semejante cambio estructural en sus principales competiciones, así como el traspaso de su organización a intereses que funcionan de un modo distinto del que ya puede considerarse la tradición europea, cambiarán también la estética del juego, su identidad; es decir, existe el riesgo de que destruyan y hagan desaparecer el juego que amamos. La implementación de cambios como la interrupción obligatoria para las llamadas «pausas de hidratación» en la última Copa del Mundo, en beneficio de la publicidad, ya tuvo un enorme impacto en la forma en que se organiza y se desarrolla un partido de fútbol.
Al mismo tiempo, no podemos hacernos ilusiones futbolísticas: el fútbol que se convirtió en propiedad de un pequeño grupo de países de Europa occidental no puede ser el que imaginamos, y no podemos celebrar la desigualdad que existe en el deporte, ni siquiera dentro de Europa. Eso no significa que una penetración empresarial todavía más agresiva sea la solución; todo lo contrario: generará los mismos problemas en el deporte en una escala y con una intensidad mucho mayores, aunque quien lo domine cambie de lado y de orilla.
La tercera solución no está en el pasado del fútbol, sino en su futuro. Después de todo, el análisis de la historia de este deporte, desde su nacimiento hasta su expansión mundial y la era moderna, muestra que jamás estuvo desvinculado de los intereses de clases que aspiraban a obtener una porción mayor del poder político, y que nunca estuvo separado de la economía; y, dado que en este momento la economía es capitalista en todo el mundo, en este momento el fútbol también es capitalista en todas partes. En ese sentido, la solución no consiste en oponerse al deporte profesional —que, como vimos históricamente, es una condición para la participación de la clase trabajadora en el deporte de alto rendimiento— ni en desmantelar la superestructura que, entre otras cosas, genera relaciones, identidades, lazos culturales y una genuina cultura popular.
Lo que necesitamos es una base diferente sobre la cual construir el fútbol, es decir, una lucha por una economía diferente. Hasta qué punto esta es una condición necesaria para el rumbo del deporte lo demuestran los propios movimientos de sus tiranos. La guerra política, la armonización de los intereses económicos y de la estrategia de la clase dominante de cada país se expresa directamente como una línea para el desarrollo mundial del deporte, y sus conflictos particulares se expresan como un conflicto futbolístico. Los pueblos que aman el fútbol deben comprender que no pueden ser accionistas ni aparentes defensores de esta evolución futbolística por medio de estructuras supuestamente democráticas en las que, al final, mandan los mismos intereses económicos. Necesitamos un poder futbolístico de otro tipo, y en este momento es más claro que el agua que eso está ligado a un poder político de otro tipo. Hasta entonces, solo podremos quedarnos con las consignas y algunas fotografías descoloridas en sepia, a las que llamaremos románticas incluso si muestran épocas en las que el fútbol llegó a simbolizar ideologías que condujeron a la muerte de millones de personas.
Nuestra respuesta al ataque que sufre el fútbol no puede ser encerrarnos en defensa. Hace falta un contraataque equivalente y organizado. El romanticismo futbolístico ya no nos alcanza: necesitamos nuestro propio y auténtico modernismo futbolístico. Acá, por lo menos, ¡trabajamos para eso!

