Press "Enter" to skip to content

El Mundial ha muerto — ¡viva el Mundial!

La tarde del 19 de julio de 2026, en East Rutherford, en algún lugar al oeste del Hudson, Lionel Messi camina por última vez sobre el césped de una cancha de fútbol con la camiseta albiceleste mundialista de la Selección argentina. Del cuello le cuelga una medalla de plata; frente a él, una tribuna inmensa de personas que llevan la misma camiseta, con su propio nombre repetido miles de veces, y lo corean sin ninguna intención de poner fin a ese ritual. Detrás de él, la selección de España festeja la conquista del trofeo más importante del fútbol mundial. Y si ese momento, con la emoción del mejor de todos los seres humanos que alguna vez jugaron al fútbol, ya se convirtió en Historia, cuarenta días antes habría sido imposible escribir el guion de la manera en que llegó hasta ese lugar, delante de esa cabecera. Es la Historia del fútbol, y pobre de ella si se escribiera solo con resultados y estadísticas, pobre de ella si no engendrara historias con héroes que siempre dieron vida a los relatos míticos.

Y una Copa del Mundo no tiene una sola historia ni un solo relato. Esta escena fue la última página de su historia central, pero, como otra mitología de héroes, el Mundial siempre tiene muchas historias pequeñas y grandes que componen la película de cada edición, con distintas puestas en escena al servicio de una misma trama central. Y como ocurre siempre con el fútbol, un juego que se disputa en un tiempo determinado, son muchos los que llegan después, ya sea para contar la historia que todos vimos o para interpretarla y, a veces, falsearla. Por lo general, esos muchos que lo intentan buscan que la Historia les dé la razón al contar sus historias; pero es ridículo buscar la reivindicación histórica cuando uno llega después de los hechos históricos, y mucho más presentarse como su narrador para relatársela a quienes ya la vivieron.

Así surge la pregunta: ¿qué necesidad satisface el repaso de un acontecimiento, de un torneo, que hasta hace pocos días miraron al mismo tiempo miles de millones de pares de ojos? A diferencia de la interpretación del pasado a la distancia y de su lectura con un conocimiento más integral de la Historia humana, dejarlo registrado y firmar el relato del presente entre quienes lo viven constituye el testimonio que debe quedar para aquel momento futuro; y para que ese testimonio tenga valor, debe ser honesto. Ese es el propósito de este artículo: registrar como testimonio este capítulo de la historia del fútbol tal como lo vivimos quienes fuimos sus contemporáneos, situándolo dentro de la gran evolución sobre la que leemos y aprendemos a partir de los documentos históricos y del estudio histórico correspondiente. Así puede cobrar valor este registro, que hoy se presenta como un todo, pero que comenzó la noche del 11 de junio de 2026.

El Mundial de 2026 en su contexto histórico

Lo que sabíamos antes del comienzo de la Copa del Mundo de 2026 era que se disputaría en un escenario de equilibrios mundiales moldeados por las contradicciones y los conflictos imperialistas, un escenario sin precedentes para la mayoría de las personas vivas. Durante un período histórico extraordinariamente largo, la humanidad, pese a las rivalidades internacionales, vivió en un planeta donde las condiciones de paz para la mayoría parecían estables y dadas, donde, como regla general, cada generación vivía mejor que las anteriores y la calidad de vida mejoraba a medida que se satisfacían progresivamente más necesidades. Eso no significa que no hubiera guerras, hambre o pobreza. Pero el mundo era un lugar en el que se podía ser optimista y pensar que el futuro sería mejor, que la guerra, el hambre y la pobreza eran problemas por resolver y no la norma de un mañana distópico. En esas condiciones también creció hasta volverse gigantesco el Fútbol Mundial: primero como pasión y herramienta diplomático-política, después como producto industrial y finalmente como elemento de la cultura popular con un lugar dominante e indiscutible en el centro del interés en cada rincón de la Tierra, en su momento culminante, el Mundial.

Sin embargo, en 2026, después de años de intensificación de las rivalidades imperialistas, cambios en las correlaciones de fuerza y generalización de los conflictos bélicos, el mundo no es simplemente una olla en ebullición, sino una olla que corre el riesgo de explotar. Como ocurrió en otras situaciones semejantes, la Copa del Mundo no se organizó de manera independiente y alejada de los fenómenos que definen la Historia del mundo. El hecho de que la búsqueda de paralelismos nos lleve inevitablemente a los torneos de la década de 1930, por supuesto, no puede calificarse precisamente de auspicioso. Así como en 1934 la Italia de Mussolini asumía la organización de la que, por lo demás, era la mayor fiesta del fútbol, en 2026 Estados Unidos, la superpotencia mundial indiscutida de tres décadas que ve cambiar el mundo y modificarse en su contra las correlaciones de fuerza, asumió junto con sus países vecinos, México y Canadá, la organización del mismo torneo. Que esta edición no sería independiente quedó claro no solo por los países organizadores, sino también por la FIFA, cuando, en medio de amenazas bélicas y finalmente de intervenciones, le regaló al presidente estadounidense Trump un premio creado para la ocasión, al que incluso llamó “Premio de la Paz de la FIFA”.

Hace algunos años, había expresado en broma la opinión de que, si alguien quiere fundar un nuevo país, lo más importante, antes del reconocimiento de los miembros de la ONU, es crear una selección, una federación de fútbol y conseguir el reconocimiento de la FIFA. Quién habría dicho que lo que alguna vez fue un chiste inocente se convertiría en la acción política oficial de la federación mundial de fútbol. Sería un chiste si no estuviera acompañado por planes y políticas realmente peligrosos que, sin sorpresa alguna, parecen incorporar a sus proyectos la instrumentalización del fútbol. Y si el deporte, en una lectura inocente y romántica de su aparición en la Antigüedad, es motivo de tregua, el fútbol nos demostró que es, antes que nada, un fenómeno político y luego deportivo, en el que los procesos políticos se agudizan y se magnifican en lugar de quedar opacados y pasar a un segundo plano. Con la exclusión de hinchas mediante el sistema de visas de viaje, la exclusión incluso de un árbitro de Somalia y el interrogatorio de once horas previo a su deportación, con controles humillantes a los jugadores de selecciones africanas, con la prohibición de ingreso al país anfitrión hasta para las familias de futbolistas, con la prohibición de permanencia en el país incluso para una selección, la de Irán, la política parecía agrandarse sobre la arena futbolística. ¿Pero podía matar al propio fútbol? El fútbol siempre fue todas esas cosas, y mucho más el Mundial. Así, aun dentro de ese contexto en el que veíamos morir al Mundial, el sueño de nuestra pasión futbolera, todos nos preparamos, sin ilusiones, para aclamar otro comienzo, otra ilusión de unos pocos días, tratando de conservar del fútbol, más que nunca, las historias, la mitología, las pasiones y las emociones que hacen que el mundo todavía parezca tener motivos para que seamos optimistas.

El arranque sobrecargado

Pero no hay Mundial si no hay fútbol y, por esa razón, como cuestión de principios, sea cual fuere la coyuntura histórica que en definitiva atañe también al futuro mismo del deporte, es necesario que insistamos, que empecemos primero por la cancha, por el terreno de juego, por la pelota que rueda sobre el césped, por los futbolistas, sus protagonistas, quienes moldean la concepción táctica de la época, e incluso por el movimiento en las tribunas. No tenemos ni el derecho ni el lujo de dejar al propio fútbol detrás de los acontecimientos porque, a lo largo de todo su recorrido, aunque lo que sucedía dentro de cada estadio fuera un reflejo de los procesos históricos —y no los procesos históricos un reflejo del fútbol—, la forma más popular del deporte podía estar en el centro porque ofrecía una salida dentro de cada sociedad, en cada retroceso histórico, de mil maneras que lo vuelven vital para miles de millones de integrantes de la especie humana.

Y así, con ese pensamiento y esa espera, encendimos nuestras pantallas aquella noche del 11 de junio para ver al fútbol regresar a uno de sus lugares de culto más míticos y al Mundial volver a jugarse en el Estadio Azteca. Era esa cancha donde el último partido mundialista previo a la ceremonia inaugural se había disputado cuarenta años antes, sellando la historia de la humanidad con la imagen sagrada de Maradona sosteniendo en sus manos el “santo grial” del culto futbolístico. Pero faltaba el sol mexicano que iluminaba el rostro de Diego, y el escenario parecía salido de una película distópica de ciencia ficción. Y si hacía falta algo más, el clima también ayudó: las nubes grises cubrieron el templo del fútbol para que pudiéramos ver, con la iluminación adecuada, la puesta en escena de la nueva epopeya futbolística.

Por primera vez, en el comienzo de un partido el terreno de juego estaba atestado, en una concepción maximalista del ritual futbolístico que no encajaba en absoluto con la austeridad que lo caracteriza y que deja el espacio necesario para la creación “artística” de sus protagonistas, los futbolistas. Unas banderas enormes se desplegaban cubriendo dos tercios de la cancha; todos los jugadores, titulares y suplentes, se congregaban en el centro del campo, en lugar de formar en línea, para escuchar los himnos nacionales. Una multitud inmensa de voluntarios, tanto alrededor de las banderas como en el corredor de ingreso hacia el centro de la cancha, recargaba aún más la imagen general. Ese escenario se repetiría en cada partido, como prueba de que la innovación empresarial no necesitaba respetar ni siquiera los elementos estéticos con cuya sacralidad se vincularon las generaciones que amaron este deporte y respiran por él. Porque el problema no es la innovación, sino la intervención externa, la evolución no orgánica, el maquillaje de una institución, de un juego, de un espectáculo que siempre creó y desarrolló su propia apariencia a partir de la necesidad de mostrar su verdadera identidad, y no con el objetivo de alterarla.

Ojalá solo hubiera cambiado el comienzo. Poco después del minuto 25 del encuentro —y luego en cada encuentro— el fútbol se detenía para las llamadas “pausas de hidratación”, que tenían su propia terminología en cada idioma. ¿Cómo puede detenerse el fútbol en un Mundial? ¿Cómo puede ser que no veamos la cancha mientras el tiempo en el reloj del estadio sigue corriendo? ¿Por qué vemos publicidades en lugar de futbolistas? Todos saben los cómos y los porqués, aunque ahora los sabemos después de haber sido testigos. Porque también había un loco que, ocho años antes, cuando Estados Unidos y sus países vecinos obtuvieron la organización en el Congreso de la FIFA celebrado en Moscú, decía que en este torneo el partido se dividiría en cuatro períodos de 25 minutos para que cupieran más publicidades. Ese loco, Diego Armando Maradona, había sido expulsado de toda autoridad futbolística cuando era el mejor futbolista del mundo. Tras su muerte, muchos corrieron a volver a escribir comentarios ditirámbicos sobre sus palabras “proféticas”. Esa es la hipocresía de la lectura tardía de la historia: comprender, o solo aparentar aceptar, la fuerza de una opinión cuando ya no tiene sentido alguno. La cuestión es defenderla cuando se expresa, cuando se opone a esa fealdad que viene. Sin embargo, en 2018 el fútbol mundial simplemente festejaba su regreso a tres países del capitalismo occidental.

Unos años más tarde, sin embargo, supimos que este Mundial de Norteamérica sería muy distinto de los anteriores también por otra razón: porque constituiría otro paso en el aumento constante de la cantidad de selecciones, iniciado por Havelange con su primera aplicación en el Mundial de España 1982 y continuado en el último Mundial que preparó la FIFA bajo su conducción, el de Francia 1998. La participación de 48 selecciones en la Copa del Mundo les abría el camino a muchos países que nunca habían participado del gran torneo mundial. Por un lado, eso ayudó a todos los que amamos el fútbol, en todo el mundo, a entrar en contacto con selecciones de culturas futbolísticas sobre las que antes —equivocadamente— no sabíamos nada. Nos obligó a empezar a buscar la Historia del fútbol en esos países, aunque no siempre nos esperaran sorpresas agradables. Fue un aporte positivo a una institución cuya Historia se lee como un juego entre Europa y Sudamérica y que, en las últimas décadas, además, fue reduciendo sus protagonistas a cada vez menos países. Conocimos el fútbol de Uzbekistán, Jordania, Curazao y Cabo Verde; conocimos los nombres y las historias de sus jugadores, que demuestran que la profundidad de este deporte en todo el planeta es mucho mayor que lo que queda en las pantallas de los grandes torneos europeos de clubes. Era necesaria una apertura semejante para experimentar en carne propia el conocimiento de que todo el elevado edificio del fútbol se apoya en una base enorme que se extiende literalmente a cada rincón de la Tierra. La elección de 48 equipos planteó nuevos obstáculos prácticos que fueron superados, lo que convierte a la próxima expansión a 64 selecciones en una opción casi evidente, dado que un formato semejante resolverá más problemas de los que creará.

Uno de los problemas que tenía el formato de 48 selecciones —y que se resolverá con la participación de 64— era la clasificación demasiado fácil desde la fase de grupos, a veces incluso mediante la obtención de resultados que convenían a los dos equipos. Habían ocurrido episodios semejantes durante los años en que 24 selecciones jugaban el Mundial, con la posibilidad de conseguir los preciados cuatro puntos del tercer puesto y tener asegurada la clasificación. En este Mundial, sin embargo, hubo incluso una selección, Senegal, que avanzó con tres puntos en su grupo. No necesariamente sin merecerlo, por lo que mostró. Pero nunca habrían existido, de la forma en que existieron, algunos partidos en los que un resultado llevaba a los dos equipos a la fase siguiente. Con una clasificación clara desde los dos primeros puestos de los grupos, podemos ver una primera fase todavía mejor, que en este Mundial quizás estuvo por debajo de lo esperado.

Otro motivo por el que la fase de grupos estuvo por debajo de lo esperado fueron los varios grupos teóricamente “fáciles”, ya que tres de ellos tenían como cabezas de serie a los países organizadores, que no estaban entre los doce primeros del ranking de la FIFA (México ocupaba el 14.º puesto, Estados Unidos el 17.º y Canadá el 30.º). Así, los grupos 1, 2 y 4 eran sensiblemente inferiores en competitividad a los demás. Ese aparente desequilibrio produjo también un desequilibrio en los cruces eliminatorios: pese a que se habían definido cuatro caminos diferentes hasta las semifinales para los cuatro primeros países del ranking, el recorrido de cada uno hasta allí abrió muchas discusiones, probablemente innecesarias.

En esos tres grupos no hubo ninguna gran sorpresa positiva. México fue el primer equipo que consiguió la clasificación para la fase eliminatoria, ayudado tanto por los otros resultados del grupo como por el orden cronológico de los partidos, mientras que Canadá y Estados Unidos mostraban que estaban en buena forma, se habían preparado adecuadamente para su propio Mundial y quizá podían aspirar a algo más que en sus participaciones anteriores. Canadá lo consiguió: nunca había jugado la fase eliminatoria de un Mundial ni había sumado siquiera un punto, porque acumulaba seis derrotas en sus dos participaciones anteriores, en 1986 y 2022. Pero sin dudas hubo sorpresas negativas. La peor actuación de una selección en el Mundial fue la de Qatar, no tanto por sus resultados —incluso consiguió un empate ante Suiza— como por lo que mostró sobre el campo de Vancouver frente a Canadá. En las nueve ediciones de la Copa del Mundo que vi, jamás había presenciado un juego tan antideportivo, un planteo defensivo tan poco profesional y peligroso. En un partido en el que la primera tarjeta roja llegó a los 33 minutos para Homam Ahmed, a los 51 Assim Madibo, pese a su llanto, le hizo a Ismaël Koné una entrada asesina y antideportiva que le provocó la fractura de la tibia izquierda al futbolista canadiense y nos conmocionó a quienes veíamos la escena por televisión, con esa alta definición que, lamentablemente, no hace distinciones entre jugadas. De hecho, después de una interrupción de casi diez minutos, Ahmed Fathy cometió otra falta inadmisible a la altura de las rodillas de Ali Ahmed y solo recibió la amarilla, antes de que Saliba marcara de tiro libre el cuarto gol de Canadá, en un partido que terminó 6-0, con un 79 % de posesión para los locales. A efectos de la conversación dentro del torneo, es importante señalar que después de ese partido no se abrió ningún gran debate sobre la dureza con la que jugaron los futbolistas de Qatar.

Qatar, sin embargo, también estuvo involucrado —esta vez sin una contribución negativa— en otro partido que desató un gran debate en las profundidades de internet sobre el propio torneo. En el encuentro con Suiza, el penal con el que la selección europea abrió el marcador desató una catarata de comentarios como “Le robaron a Qatar”, “la FIFA admite un error del VAR”, “la FIFA le pedirá disculpas a Qatar”, además de noticias falsas sobre la exclusión del árbitro Saíd Martínez del resto del torneo. Para que conste, nada de eso sucedió. De hecho, Saíd Martínez también dirigió el partido entre Inglaterra y Ghana, en el que, por el contrario, parecen haberse producido los errores arbitrales más graves de todo el torneo. Esta parte, la de la aparente toxicidad, no era, por supuesto, el fútbol que se jugaba sobre el terreno de San Francisco. Pero lo que se expresó por primera vez después de aquel encuentro adquiriría más tarde un lugar central, al punto de influir en la propia identidad del torneo. Por eso vale la pena mencionarlo: allí comienza un hilo.

Los otros dos países que decepcionaron en esos grupos fueron las únicas selecciones representantes de la UEFA que terminaron últimas en sus zonas. Por un lado Turquía, que pateó sin parar pero no pudo marcar en sus dos primeros partidos, ante Australia y Paraguay; por el otro, República Checa, que perdió después de ir ganando ante Corea del Sur y recibió el empate de Sudáfrica en los últimos minutos. Ninguna de las dos convenció en absoluto con sus actuaciones de ser un equipo de alto nivel. En cambio, el hecho de que el tercer puesto permitiera mantener las esperanzas y finalmente avanzar en el torneo le permitió a Bosnia y Herzegovina, tras la sorpresa de la eliminación de Italia, alcanzar otra clasificación histórica, esta vez para la fase eliminatoria del Mundial.

En una Copa del Mundo que se jugaba en estadios que no habían sido construidos para el fútbol, con tribunas que muchas veces impedían que todo el terreno de juego entrara en la imagen televisiva; que se disputaba en horarios inadecuados para jugar, con un calor extremo que en varios casos volvía sumamente difíciles las condiciones para los futbolistas; sobre terrenos extremadamente problemáticos, cuyo mayor ejemplo era el césped del MetLife Stadium, es decir, el estadio donde también se disputó la gran final, que parecía salido de alguna película romántica sobre el fútbol amateur; el contenido futbolístico era rico para quien realmente quisiera verlo. Hubo muchos equipos que en la fase de grupos demostraron que el deporte y su abordaje ideológico se desarrollan en todas partes. Quizás el mejor ejemplo haya sido la actuación de Japón frente a Países Bajos. Los Samuráis Azules demostraron que podían cambiar de esquema con una sincronización extraordinaria, según el momento y el minuto del encuentro; tenían un plan excelente para cerrar espacios diagonalizando sus líneas, de modo que no permitían ni siquiera el aburrido juego de pases laterales que se impuso en Europa; y eran maravillosos en la transición, que incorporaba elementos del contraataque del catenaccio —malinterpretado como ultradefensivo—. Japón hizo tambalear la confianza de Países Bajos en el primer partido entre ambos en el grupo, marcó cuatro goles ante Túnez y consiguió frente a Suecia el empate que le aseguró la clasificación como segundo.

Ecuador, una de las selecciones de la CONMEBOL que llegaron al torneo con un técnico argentino —es decir, todas salvo Brasil—, consiguió una victoria histórica frente a Alemania, en un partido en el que la Nationalmannschaft ya había asegurado la clasificación, pero necesitaba demostrar que podía hacer algo más en el torneo después de su problemática actuación y su ajustada victoria con remontada ante Costa de Marfil. El partido entre Costa de Marfil y Alemania demostró que la distancia entre los países africanos que participan de manera constante en los grandes torneos y las potencias futbolísticas tradicionales no solo se achica, sino que las selecciones africanas también están en condiciones de darles lecciones de fútbol a los guardianes de las llaves de la élite futbolística. Puede que Alemania haya logrado dar vuelta el resultado adverso en aquel partido y evitar problemas mucho mayores, pero de ninguna manera fue superior a su rival. Lamentablemente, al encuentro le siguió una declaración del campeón del mundo de 2014 Bastian Schweinsteiger, que de la manera más elegante podría calificarse de desafortunada y, de la manera más honesta, de racista. Schweinsteiger calificó al fútbol africano en general, como si fuera una sola cosa, una sola cultura, de “salvaje”, “poco ortodoxo” y “menos táctico”. Sin embargo, aquel día el único fútbol que parecía tener esas características era el que la selección del país de Schweinsteiger jugaba frente a Costa de Marfil.

La mayor sorpresa positiva de la fase de grupos, sin embargo, fue Cabo Verde. Comenzó su camino ante España, campeona de Europa, aplicando tácticas que se parecían muchísimo al juego de Japón —aunque con menor capacidad de sincronización— y con un futbolista en sus filas que se convirtió en leyenda en este torneo y antes era literalmente desconocido en todo el mundo: el arquero Josimar José Évora Dias, conocido como Vozinha. Consiguió un empate sin goles del que se habló mucho y con justa razón. Después logró empatar 2-2 con Uruguay y 0-0 con Arabia Saudita, convirtiendo así su participación en la mejor prueba de la utilidad de ampliar el torneo: no porque hicieran falta 48 selecciones para que estuviera allí —por su actuación en las Eliminatorias de la CAF se habría clasificado aun si el Mundial hubiera tenido 32 equipos—, sino por la utilidad de que selecciones de ese tipo estén con mayor frecuencia en estos grandes torneos, para que sus hazañas tengan continuidad y sobre ellas pueda construirse un fútbol nacional en cada país del mundo.

Entre los grandes candidatos, la selección que se destacó en la fase de grupos fue Francia, que jugó un fútbol dominante, rápido y ofensivo, marcó muchos goles —muchísimos de ellos de una belleza particular—, terminó primera con tres victorias en uno de los grupos más difíciles del torneo y parecía la gran favorita para quedarse con el título, después de haber disputado la final en las dos ediciones anteriores. Inglaterra generó más dudas: aunque ofreció un gran espectáculo frente a Croacia, sobre todo en el segundo tiempo del partido, que dominó, dejó interrogantes ante Ghana, donde probablemente se vio favorecida por los errores arbitrales, e incluso frente a Panamá, al que finalmente venció con dos goles de Harry Kane. Argentina no encontró grandes dificultades ante rivales teóricamente débiles, pero empezó a escribir una historia épica por la presencia de Lionel Messi, su jugador decisivo y el barómetro absoluto de su juego. España, por su parte, pese al fútbol dominante que practicaba, tenía enormes dificultades para llegar al gol: solo logró ganarle con comodidad a Arabia Saudita, después del empate sin goles con Cabo Verde, y venció 1-0 a un mal Uruguay, cuyos problemas empezaban en el vestuario, con el total desacuerdo entre su técnico, Marcelo Bielsa, y sus jugadores sobre la manera de encarar el juego. De hecho, tras la eliminación de Uruguay, Bielsa, una de las figuras de referencia del fútbol mundial en el siglo XXI, apareció furioso ante las cámaras de televisión porque no podía inculcar ninguna de sus visiones en un equipo que quería seguir aferrado a una concepción mítica de su fútbol.

Brasil, que tenía un plantel bastante promocionado y un técnico italiano en el banco, en una unión que parece bastante paradójica dentro de la gran Historia del fútbol, no logró jugar bien y avanzó en un grupo fácil gracias a la calidad individual de algunos de sus futbolistas, sobre todo Vinicius Jr. En el mismo grupo, Marruecos parecía conservar las características que lo habían llevado a las semifinales de la edición anterior y ser capaz de sostener su condición de candidato en un torneo al que llegó desde el séptimo puesto del ranking de la FIFA. Países Bajos de Koeman, que había jugado un fútbol atractivo en la EURO 2024, fue un equipo bastante inestable, mientras que la actuación de Portugal resultó especialmente problemática: aunque llegaba con aspiraciones de competir con los grandes favoritos, como había hecho también en la Nations League del año anterior, empató con Congo, después se despachó frente al débil Uzbekistán y terminó 0-0 con Colombia, en un partido en el que tenía todos los motivos para disputar el primer puesto, ya que este conducía a un camino bastante más accesible en la fase eliminatoria.

El debate sobre el “Mundial de África”

El cierre de la fase de grupos, a partir de sus resultados, abrió de repente un gran debate acerca de si este era —o sería— el “Mundial de África”. El hecho de que nueve de las diez selecciones africanas avanzaran a la siguiente fase significaba que la Confederación Africana de Fútbol (CAF) tenía el mayor porcentaje de clasificación desde la etapa de grupos. Además de Cabo Verde, hubo otros equipos africanos que se superaron. Sudáfrica consiguió inesperadamente el segundo puesto en su zona y eliminó a Corea del Sur en el último partido, que era de vida o muerte. Egipto marcó su primer gol y sumó su primer punto en un Mundial ante Bélgica, y consiguió su primera victoria frente a Nueva Zelanda, para avanzar también como segundo de su grupo. La RD del Congo empató con Portugal, perdió un partido muy ajustado ante Colombia y venció con claridad a Uzbekistán para asegurar también su clasificación; Ghana, por su parte, aunque no obtuvo resultados extraordinarios, quizás mereció algo más, por su potencial, en el partido con Inglaterra que finalmente terminó 1-1.

Los resultados de esas clasificaciones y de esas actuaciones por encima de lo previsto demostraban que las selecciones africanas merecían su lugar, con esa cantidad de equipos, en el Mundial de 48 países. Sin embargo, lo cierto es que la verdadera superación llegaría si podían avanzar más allá de los dieciseisavos de final, para que existiera una actuación colectiva que pudiera medirse como claramente superior a la de ediciones anteriores. Pero antes del comienzo de la fase eliminatoria parecía extremadamente difícil que ocurriera algo así. Con Marruecos como única excepción, todas las demás selecciones debían enfrentarse a rivales más fuertes, y el escenario de ver avanzar a muchos equipos africanos parecía muy poco probable. Marruecos siguió adelante y Egipto logró prolongar su éxito eliminando a Australia, pero el resto, aunque por poco, no pudo hacerlo. Uno de los partidos destacados fue el de Senegal ante Bélgica. Los “Leones de Teranga” fueron claramente el mejor equipo sobre el terreno de Seattle durante la mayor parte del encuentro. Bélgica parecía no tener respuesta alguna, pero los movimientos tácticos de Rudi Garcia, que a los 56 minutos hizo ingresar a Lukebakio y Raskin por Doku y De Bruyne, le dieron gradualmente el control del mediocampo y Bélgica consiguió empatar el partido y, finalmente, ganar en el alargue con un penal ajustado pero justo. La forma que tomó el encuentro pareció un suicidio, pero es siempre esa dificultad de superarse la que vuelve las cosas más complicadas para los equipos que tienen enfrente a un rival teóricamente más fuerte, ya sea que se exprese en errores de los futbolistas o en la incapacidad de los técnicos para gestionar bien la táctica a medida que se desarrolla el juego: todos son factores del mismo resultado. También fue ajustada la derrota de Congo, que parecía capaz de eliminar a Inglaterra; Costa de Marfil también peleó hasta el final por clasificarse ante una Noruega que parecía estar en un estado de forma extraordinario, no solo durante el torneo sino ya desde antes. Ajustada fue también la derrota de Ghana frente a Colombia.

Pero el partido más grande, con la actuación más hermosa, lo jugó Cabo Verde frente a Argentina, campeona del mundo. Más allá de dejar el alma, como equipo que insistió y buscó el milagro ante una potencia vulnerable, Cabo Verde presentó una concepción futbolística totalmente ortodoxa, encontró los espacios de su rival y convirtió en las únicas ocasiones que tuvo; el segundo gol, ya en el alargue, fue además de una factura extraordinaria que lo ubica entre los más lindos del torneo. Así obligó a los argentinos a transpirar para obtener la clasificación más difícil de todo su recorrido. Sin embargo, su eliminación significaba que, pese a sus actuaciones excepcionales, solo dos selecciones africanas avanzaban a la ronda siguiente: Marruecos, que eliminó por penales a Países Bajos en un partido que dominó, y Egipto, que también se encontraría con Argentina.

Esos resultados demostraron que el fútbol africano, en su conjunto, cuenta con el desarrollo de sus torneos internacionales, la jerarquización de la Copa Africana de Naciones, el aprovechamiento del talento de jugadores africanos que se forman futbolísticamente en las grandes academias europeas —con la infraestructura necesaria para explotar sus capacidades— y también con el desarrollo de infraestructuras equivalentes en su propio territorio, cuyo ejemplo más característico es Marruecos, para construir sobre cimientos sólidos —literalmente— su propia concepción futbolística nacional. El Mundial de 2026 no fue “el Mundial de África”, pero el camino recorrido demuestra que existen las condiciones, con el requisito indispensable de desarrollar una red africana fuerte, alejada de los fenómenos de corrupción y de los títulos que se ganan fuera de la cancha, para que más selecciones africanas puedan eliminar a las potencias tradicionales del deporte de Europa y Sudamérica.

El mapa mundial de las contradicciones futbolísticas

Al concluir los dieciseisavos de final, aunque muchos equipos estuvieron cerca de dar el golpe, solo uno lo consiguió. La selección de Alemania no había ganado ningún partido de eliminación directa desde 2014, cuando conquistó la Copa del Mundo en Brasil. En las dos ediciones siguientes quedó eliminada en la fase de grupos. Algo así jamás había ocurrido en la Historia de la Alemania unificada de entreguerras ni en la de Alemania Occidental durante la Guerra Fría. El debut con siete goles frente a Curazao, que aun así logró convertir, no guardaba relación alguna con la actuación problemática ante Costa de Marfil ni con la derrota contra Ecuador. Sin embargo, el hecho de que en la fase siguiente su rival fuera Paraguay —un equipo que había recibido cuatro goles de Estados Unidos, le ganó a Turquía en un partido dominado por su rival y empató sin goles con Australia para clasificarse tercero en un grupo relativamente fácil— indicaba que, como mínimo, la tarea de avanzar era absolutamente posible para los alemanes, que probablemente se encontrarían después con la muy ambiciosa Francia. Pero el partido en Boston parecía hecho a medida para responder a los comentarios despectivos de Schweinsteiger sobre el fútbol africano.

Alemania dominaba en la cancha, pero fue su rival el que consiguió abrir el marcador por medio de Enciso, a los 42 minutos. Con la superioridad alemana y una presión cada vez mayor, el realista antifútbol paraguayo parecía no ceder, salvo en el minuto 54, cuando Havertz marcó el empate. En los penales, con el extraordinario arquero Orlando Gill como héroe, los paraguayos consiguieron la clasificación y volvieron a dejar a Alemania sin triunfos en una fase eliminatoria mundialista durante doce años. Además, provocaron fuertes cimbronazos internos que derivaron en la salida de Julian Nagelsmann como seleccionador. Pero aquel partido tuvo un valor mucho mayor por la manera en que se abordaron los resultados durante el Mundial en el debate más amplio, tal como hoy se desarrolla en los medios de comunicación y también en las redes sociales, teóricamente mucho menos controladas. Después del partido con Alemania, los comentarios fueron ditirámbicos sobre el temple del equipo de Gustavo Alfaro, que demostró ser un auténtico representante de la versión bilardista del fútbol de su país. Para la historia y las estadísticas, en ese partido hubo dos amarillas para cada equipo.

En el partido siguiente, frente a Francia, Paraguay jugó exactamente de la misma manera, con mucho contacto físico, duelos fuertes por la pelota y un total de trece faltas. Las estadísticas creativas del encuentro se parecían mucho a las del partido ante Alemania, con una clara superioridad del rival; la diferencia era que, en el aspecto defensivo, Alemania había jugado con mucha más fuerza física frente a los paraguayos que Francia, que —probablemente con razón— se apoyó en su creatividad. El cambio de rival y de su planteo provocó un frenesí en torno a la forma de jugar de Paraguay que habría estado justificado si hubiera existido antes de aquel encuentro. El problema es que resulta muy grave que el juicio sobre los partidos y, en particular, sobre la actuación de cada equipo cambie según el rival, cuando esa actuación no cambia. Los comentarios ditirámbicos después de la “epopeya” y la clasificación frente a Alemania se convirtieron en una crítica durísima —más allá de todos los límites— a esa concepción futbolística. Sin haber influido en absoluto en el partido, la gran estrella del seleccionado francés y uno de los grandes protagonistas del torneo, ya convertido en el máximo goleador de la Historia de los Mundiales, Kylian Mbappé, mostró una actitud particularmente desdeñosa hacia sus rivales, hasta el punto de negarse a estrechar la mano del arquero contrario cuando Gill se la extendió al sonar el pitazo final. Una mirada serena muestra que, por los motivos que fueran, Francia quiso abordar el partido del modo en que después se lo relató, con un desprecio extremo por sus rivales, presentados como una mezcla de caprichos antideportivos de los jugadores. Eso continuó en los medios y en el debate público, y provocó un enfrentamiento del propio Mbappé con verdaderas abominaciones políticas del país guaraní, que de ninguna manera representan a ningún pueblo del mundo. La cuestión es que aquel debate tóxico posterior al partido entre Francia y Paraguay le pasaría la posta a una extremidad mucho mayor, que caracterizó al torneo. Francia avanzó y el blanco de esa toxicidad no era un equipo que hubiera jugado un partido duro, uno de los muchos que hemos visto en la Historia del Mundial y ni remotamente tan violento como la actuación de Qatar frente a Canadá, que despertó pocas reacciones entre esos mismos defensores susceptibles y recién llegados del buen fútbol.

En esa misma fase, sin embargo, mientras Paraguay era eliminado de esa manera y abandonaba el torneo acompañada por todos esos comentarios duros, mucho más duros que sus faltas, igualmente dura y dolorosa fue la eliminación del equipo más histórico de las Copas del Mundo, Brasil, cinco veces campeón, que hace décadas perdió su identidad. Brasil enfrentaba a Noruega en octavos de final, un muy buen equipo que contaba con un goleador temible, y el mayor problema en ese recorrido era que en los hechos debía conseguir una proeza: desde la final de 2002, cuando ganó su último trofeo, nunca había logrado eliminar a una selección europea en una fase eliminatoria del Mundial. Incluso perdió frente a Países Bajos el partido por el tercer puesto de 2014, en el Mundial organizado en su propio territorio. Ancelotti fue elegido como técnico no para inculcar una nueva filosofía y crear un nuevo camino en el fútbol brasileño —siendo, cuanto menos, un sacrilegio creer, desde el punto de vista de la cultura futbolística, que un italiano podría lograrlo—, sino para gestionar la supuesta abundancia de talentos que había en la selección. El resultado fue un Brasil incapaz de manejar los partidos frente a equipos con un plan de juego claro, es decir, Marruecos, Japón y, finalmente, Noruega. Hasta la clasificación ante Japón fue difícil, pero llegó gracias al excedente de talento individual, que sin embargo no puede llevar muy lejos a un equipo en un Mundial, sobre todo en un fútbol cuya transformación en industria funciona con mucha mayor eficacia para aprovechar los errores y deja cada vez menos espacios que pueda explotar la inspiración individual espontánea. Brasil quedó eliminado tan temprano en el torneo por primera vez desde 1990, ya que en los últimos veinte años había tenido la suerte de no cruzarse con selecciones europeas antes de los cuartos de final. La pérdida del fútbol brasileño entre las grandes escuelas que se enfrentan en un Mundial será un golpe muy fuerte para el fútbol, y no surge únicamente de una debilidad nacional particular: es el resultado de un desarrollo desigual más general del deporte, cuyos efectos empezaron a aparecer aproximadamente cuando el equipo de Ronaldo, Rivaldo, Ronaldinho, Roberto Carlos y Cafú ganó su último título.

Al examinar la Historia de las Copas del Mundo, identificamos un punto decisivo en el que comenzó un tipo distinto de desarrollo del fútbol en Europa Occidental. En un espacio donde siempre existió una red de clubes y selecciones fuertes, con una tradición muy rica en cuanto a la concepción del juego y al desarrollo de las llamadas escuelas futbolísticas, dos hechos fueron decisivos para que ese crecimiento se acelerara de manera exponencial. El primero fue la creación y evolución de la Champions League; el segundo, la liberalización de las transferencias internacionales después del llamado caso Bosman. Sin volver a analizar cómo esos dos acontecimientos afectaron al fútbol mundial, señalaremos que sus resultados empezaron a hacerse visibles en el fútbol internacional aproximadamente una década más tarde. En 2006, todos los semifinalistas procedían de esa red, mientras que en los últimos veinte años, a lo largo de seis ediciones, solo tres veces uno de los finalistas llegó de fuera de Europa, concretamente de Sudamérica, ya que, de todos modos, ningún otro equipo de otra confederación llegó jamás a la final de un Mundial. Esa selección fue Argentina, que contaba con Lionel Messi, el mejor futbolista de todos los tiempos. La selección más grande de la Historia del Mundial, Brasil, llegó una sola vez a las semifinales para sufrir la inolvidable derrota 7-1 ante Alemania.

Este recorrido no muestra señales de revertirse, lo que significa que el máximo nivel del fútbol mundial se concentra y seguirá concentrándose, si nada cambia, en un espacio geográfico muy reducido. Está muy bien que en un Mundial veamos a equipos de 48 países, o en el futuro incluso de 64, pero es un retroceso para el llamado “Juego Mundial” que los protagonistas procedan cada vez más de una región geográfica cada vez más limitada. La extracción del talento sudamericano, los jugadores que nunca juegan en su patria y se convierten en parte de una concepción del juego dentro de un gran club europeo, no ayudan a desarrollar las grandes escuelas nacionales de fútbol que históricamente constituyeron el otro polo del mundo, del otro lado del Atlántico. Lamentablemente, el recorrido de la selección brasileña es el mejor retrato de este proceso y la actuación de la Seleção en el Mundial de Norteamérica parece mostrar la muerte del Juego Mundial —que equivale a la muerte del Mundial, si este no tiene otro contenido que el de un torneo europeo—. Esta constatación es una de las más importantes de esta edición y, por supuesto, no tiene nada de optimista. Ni siquiera se trata de una superioridad del fútbol europeo en general, ya que dentro del Viejo Continente esas mismas contradicciones son enormes: la última excepción fue la conquista de la EURO 2004 por Grecia, apenas dos años después de aquel Mundial ganado por Brasil, antes de la gran contraofensiva de Europa Occidental. Desde entonces, ningún equipo ajeno a esa red estrecha, ni siquiera dentro de Europa, pudo hacer tambalear su dominio.

Un equipo que sobresale dentro de esa red —y en particular dentro de un torneo de selecciones que apareció para fortalecerla también más allá del nivel de clubes— es Portugal, que también quedó eliminado en octavos después de un clásico ibérico en el que España dominó todos los espacios y tiempos de la cancha, pero que terminó 1-0 gracias a un gol de Merino en el primer minuto de descuento. Ese resultado significó también la eliminación de la selección de un jugador que estuvo vinculado con ella durante 22 años, Cristiano Ronaldo, quien vio apagarse aquel día en Dallas el sueño, ya de por sí lejano, de ganar un Mundial. Más que por su contenido futbolístico, aquel partido es decisivo porque coincide con un cambio en la forma y el contenido del debate público y digital sobre el torneo. Fue dos días después del partido entre Francia y Paraguay, que desató el primer enfrentamiento intenso, y un día antes del partido entre Argentina y Egipto, que se convertiría en un encuentro memorable por razones futbolísticas y extrafutbolísticas.

En esta ronda quedaron eliminados también todos los organizadores: México perdió en una batalla épica contra Inglaterra, en el partido que cerraba el programa del Mundial en el mítico Azteca; Estados Unidos, que consiguió la suspensión de la sanción de un partido impuesta a Folarin Balogun tras una intervención de Trump, se mostró incapaz de hacerle frente a Bélgica en su mejor actuación del torneo; mientras que Canadá, que tuvo la pelota, impuso su ritmo y estuvo sin pausa en campo rival, recibió tres goles del sumamente eficaz Marruecos, que volvió a avanzar a los cuartos de final.

Egipto era la otra selección africana, la que aspiraba a conseguir frente a Argentina la proeza que Cabo Verde no había logrado. En un partido en el que la Albiceleste fue mucho mejor que en el encuentro anterior y generó muchas más situaciones, Egipto estuvo magnífico de contraataque, marcó dos goles y otro más que fue correctamente anulado, y mantuvo una enorme ventaja hasta el minuto 78. Pero en ese momento la gestión táctica, además de las baterías agotadas de los Faraones, condujo a una de las remontadas más épicas que vimos en las Copas del Mundo. Y también abrió el debate que caracterizó el pasaje de los grandes torneos de fútbol a la medida del mundo en el que vivimos: la locura absoluta.

La ley futbolística de los poderosos

Los cuartos de final presentaban un desequilibrio paradójico, pero absolutamente previsible: en cada uno de los cuatro partidos, una antigua campeona del mundo e integrante de los cuatro primeros puestos del ranking de la FIFA se enfrentaba con uno de otros cuatro equipos que buscaban superarse. Noruega volvía al Mundial después de 28 años, había eliminado a Brasil y aspiraba a una clasificación casi sobrenatural frente a Inglaterra. Suiza llegaba otra vez a cuartos de final después de la Copa del Mundo de 1954, disputada en su territorio. Bélgica, en el ocaso de su generación más talentosa y ocho años después de quedar eliminada por poco antes de la gran final, buscaba meterse por tercera vez entre las cuatro mejores. Marruecos, en tanto, demostraba que ya se cuenta entre las selecciones fuertes del mundo al volver a llegar lejos en el torneo, esta vez sin sorprender a nadie.

Más allá de esa división, sin embargo, esa composición significaba que Argentina y Marruecos eran las únicas dos selecciones de fuera de Europa —y, en concreto, de aquella red de Europa Occidental— que habían eliminado a más de un rival europeo en fases eliminatorias del Mundial. Es decir, la red geográficamente limitada podía tener una presencia absoluta en las semifinales. El primer partido, entre Francia y Marruecos, demostró que la selección africana no podía de ninguna manera frenar la racha de los Bleus. Marruecos se replegó y juntó mucho sus líneas, con la esperanza de generar ocasiones de contraataque. Ese plan había funcionado ante Canadá, pero la calidad de Francia no era la misma y su rival, de un talento extraordinario, encontraba la manera de hacer circular la pelota incluso por los pasillos más estrechos. Francia avanzó con una superioridad que el 2-0 final no llega a reflejar: generó muchas buenas situaciones, Yassine Bounou hizo algunas atajadas extraordinarias —entre ellas, la de un penal ejecutado por Mbappé— y Marruecos se despidió sin conseguir otra hazaña.

En el segundo cuarto de final, Bélgica se convirtió quizá en el equipo que más complicó a España. Pese a la superioridad española en otro partido, en esas estadísticas que en general generan la sensación de superioridad futbolística absoluta —por ejemplo, el porcentaje de posesión de la pelota—, el encuentro entre las Furias Rojas y los Diablos Rojos pareció un rodeo. Bélgica parecía más haberse quedado sin fuerzas sobre el final —cuando, entre otras cosas, se produjo un cambio incomprensible de Thibaut Courtois— que haberse quedado sin ideas futbolísticas. España no convenció ante Bélgica de que pudiera encontrar los pasillos frente a defensas cerradas. Por eso, la comparación con la actuación de Francia ante Marruecos no permitía convertirla en favorita para la semifinal que vendría.

La clasificación más difícil de todas fue la de Inglaterra ante Noruega, al dar vuelta el partido en el alargue. El gran protagonista inglés fue Jude Bellingham, que aprovechó de la mejor manera los espacios de Noruega cada vez que aparecieron. Sin embargo, en términos generales, los noruegos mostraron un equipo mucho mejor, marcaron el gol que abrió el resultado aunque no lo hiciera Haaland e incluso protestaron por un… cable que modificó la trayectoria de la pelota antes de que recibieran el segundo gol decisivo. Más allá de su calidad futbolística, Noruega también fue una selección que causó sensación en general durante la Copa del Mundo por la presencia masiva de sus hinchas y por una coreografía que probablemente provocaba más incomodidad que emoción futbolera entre quienes viven en lugares donde la temperatura media anual es positiva en grados Celsius. El resultado futbolístico, sin embargo, también fue consecuencia del reciente ingreso del fútbol noruego a la élite de Europa Occidental a nivel de clubes, con el desarrollo de una nueva gran potencia para sus torneos nacionales, Bodø/Glimt, que desplazó a las fuerzas tradicionales Molde y Rosenborg y logró destacarse en los torneos europeos, que les ofrecen una valiosa experiencia de alto nivel a sus futbolistas, noruegos en su abrumadora mayoría.

En el último cuarto de final, disputado en un clima ya tenso por el debate en torno a la fisonomía del torneo, Suiza pretendía alcanzar por primera vez en su Historia las semifinales del Mundial y sellar un cuarteto exclusivamente europeo en la cima de la competencia. Aunque Argentina consiguió ponerse en ventaja a los 9 minutos con un cabezazo de MacAllister, los suizos corrieron con la pelota, tomaron el control del juego y demostraron que podían crear peligro frente al arco del Dibu Martínez. Consiguieron empatar a los 67 minutos por medio de Ndoye, pero una jugada cinco minutos más tarde selló la transición hacia una concepción diferente a la hora de juzgar las acciones futbolísticas y corregir los errores arbitrales. Analizarla tiene una importancia particular porque, si bien no fue la primera vez que ese protocolo se aplicó en la Copa del Mundo de 2026, en el caso de aquel cuarto de final tuvo un impacto enorme en la configuración del resultado. En una jugada cerca de la mitad de la cancha, Paredes disputó la pelota con Embolo y el jugador suizo cayó al suelo, dando muestras de retorcerse por la dura entrada de su rival. El árbitro portugués Pinheiro le mostró la tarjeta amarilla a Paredes por la fuerte infracción. Esa decisión del árbitro activaba la responsabilidad del VAR de revisar si todo había ocurrido correctamente y si Paredes realmente debía recibir una amarilla. Sin embargo, el video correspondiente demostró que jamás hubo contacto entre Paredes y Embolo: el jugador suizo había actuado de manera totalmente teatral, fingiendo un choque violento. Según el reglamento, esa acción se sanciona con tarjeta amarilla; Embolo ya tenía otra por una dura entrada sobre Paredes, por lo que Suiza quedó con diez jugadores para el resto del encuentro. Hay dos cuestiones dignas de mención en esa jugada. La primera es que el error arbitral en el terreno de juego perjudicó a Argentina, pero el afán del árbitro por no limitarse a cobrar la falta y mostrar también la tarjeta amarilla fue, en los hechos, lo que activó un proceso que terminó castigando a Suiza. La segunda es que en bastantes comentarios quedó registrada la indignación por la amarilla a Embolo, ya que la jugada había ocurrido lejos del área argentina. Sin embargo, según la secuencia de los hechos, solo podían tomarse dos decisiones: mantener la tarjeta amarilla para Paredes y concederle a Suiza otro tiro libre, o expulsar a Embolo por doble amarilla. Pese a que estaba claro lo que había hecho cada futbolista en esa acción, no fueron pocos quienes expresaron abiertamente que habría sido mejor mantener la decisión anterior a la intervención del VAR. Frente a una Suiza con diez, Argentina no logró marcar en el tiempo reglamentario, pero con dos goles de Julián Álvarez y Lautaro Martínez, Suiza le dejó un lugar entre los cuatro mejores del torneo a una selección no europea.

Las batallas de los gigantes

De esta manera, el torneo llegó a un punto histórico, a una realidad sin precedentes: las cuatro selecciones teóricamente más fuertes, tal como habían sido definidas antes del comienzo, estaban en las semifinales. El resultado no fue del todo casual, porque el sorteo había previsto que esos cuatro equipos no se cruzaran hasta ese momento si ganaban sus grupos. Con un cruce entre el primero y el cuarto y otro entre el segundo y el tercero del Ranking Mundial, el Mundial recordaba a la fase final de los campeonatos de otros deportes que, sin embargo, gozan de particular aceptación y popularidad en el país anfitrión del torneo de fútbol. Dos duelos históricos, por distintos motivos, componían quizás la fase semifinal más interesante de las últimas décadas.

Al examinar la Historia del fútbol, los dos cruces tenían sus propias características particulares. Por un lado, España y Francia eran las representantes del desarrollo del fútbol europeo en el siglo XXI. España, a la que fue transmitida y se mudó casi por completo la escuela del fútbol total desde Países Bajos —primero con la llegada de Rinus Michels, más tarde con la de Cruyff y otros—, tenía enfrente al país que en las últimas décadas se convirtió en la mayor industria de producción de talento futbolístico, apoyado en la asimilación de un mosaico cultural, es decir, de la sociedad real de sus ciudades. Para llegar a ese punto, los dos países debieron romper ataduras históricas: España, con su fragmentación étnica; Francia, con la aceptación de la verdadera identidad cultural de su población. En España, el centro del desarrollo futbolístico, al menos en lo relativo a su planteo y a su identidad ideológica, se trasladó de Madrid a Cataluña, una evolución que parecía prohibitiva en los años en que Cruyff se mudó a Barcelona para jugar en los blaugranas y, en los hechos, contribuir a través de su largo recorrido en el club a un reflejo futbolístico de la particular conciencia comunitaria catalana. Sin embargo, esa fue la evolución que transformó a España de potencia periférica en locomotora del fútbol europeo: en la primera explosión de su nueva identidad futbolística obtuvo dos EURO y un Mundial, y en este segundo período de éxitos ya había conseguido una EURO. Enfrente, Francia era la selección europea que mejor lo había hecho en los últimos torneos mundiales. Campeona en 2018, derrotada por penales en la final de 2022 y gran favorita en la edición de 2026. En el banco, desde 2012, Didier Deschamps se había convertido en su reformador absoluto, al vincular su nombre con cada gran éxito del fútbol nacional.

Dentro del Mundial, los dos equipos mostraron caras diferentes. España pareció volver a caer en el juego estéticamente desagradable de la posesión excesiva, que, si bien le permitía dominar cada encuentro, no podía ofrecer momentos inolvidables de explosión futbolística. Lograba ganar la mayoría de los partidos por marcadores exiguos, aunque nunca daba la impresión de que sus rivales merecieran más la victoria. Apoyada en un funcionamiento defensivo extraordinario, hasta las semifinales había recibido apenas un gol; de hecho, no recibió ninguno más hasta el final del torneo. Era, por amplio margen, el equipo más trabajado, una característica reforzada por el hecho de apoyarse en un gran núcleo proveniente del mismo club, Barcelona, y por contar con una inmensa mayoría de futbolistas que jugaban en la misma liga española, mientras un porcentaje menor lo hacía en clubes británicos, en una época en la que también el fútbol inglés de clubes había llevado a la cumbre esa misma lógica futbolística española.

Por el otro lado, Francia era la selección que parecía tener más soluciones ofensivas, marcaba goles lindos y exhibía construcciones fantásticas de una línea de volantes ofensivos y delanteros repleta de talento. Por esas razones, además de su experiencia reciente en los Mundiales, era considerada una gran favorita para quedarse con el título. Antes del enfrentamiento entre ambas, Francia también parecía favorita en esa semifinal por su calidad y porque ningún equipo en su recorrido por el torneo había mostrado capacidad para ponerla en duda. El único que opuso una resistencia firme, Paraguay, lo hizo con un juego duro y muy orientado a la defensa, no buscando imponer su superioridad creativa. Ese mismo clima podía advertirse en las declaraciones de los franceses, pero había un elemento que nadie podía ignorar. En los dos últimos partidos entre ambos equipos, por las semifinales de la EURO 2024 y de la Nations League 2025, España había eliminado a Francia. Era muy arriesgado considerar a Francia una favorita tan amplia en un partido al que ambos equipos llegaban con formaciones relativamente similares a las de los años anteriores. Pero en esta edición había otro elemento todavía más importante para Francia: desde el comienzo del torneo, todo el debate dentro del país, en los medios y en cada intento de abordar el recorrido mundialista, tenía un objetivo, vengarse de Argentina por la Copa perdida en 2022. Esa mirada obsesiva de los franceses sobre la Albiceleste quizás les impidió ver con claridad que en la semifinal enfrentaban a un equipo con la calidad necesaria para levantar obstáculos enormes en su camino hacia la final. El resultado fue claro en la cancha: por primera vez en el Mundial, los franceses aparecieron “sin la lección aprendida” y, desde el momento en que Digne cometió la falta sobre Yamal que le dio a Oyarzabal la oportunidad de abrir el marcador de penal, en ningún momento pareció que pudieran revertir la situación. Los españoles mantuvieron el resultado, retuvieron también la pelota y marcaron otro gol por medio de Pedro Porro para construir una diferencia difícil de remontar, dada la imagen del encuentro. España leyó mejor el partido; no juntó las líneas cerca de su defensa ni dejó pasillos estrechos que permitieran el juego de pases cortos que Francia había demostrado ejecutar maravillosamente. Partió a su rival por la mitad, dejando siempre a su línea de volantes ofensivos y delanteros bastante adelantada en la cancha, lista para generar situaciones peligrosas y marcar. España no jugaba mejor al fútbol que Francia, pero seguía con mayor fidelidad la lógica futbolística, y la diferencia de calidad y talento individual no alcanzó para eclipsar esa realidad. Así, por un lado, la Roja avanzó a la final como favorita indiscutida y, por el otro, ganó un duelo de carácter simbólico al marcharse victoriosa del tercer partido consecutivo ante Francia, en un clásico europeo que adquiere rasgos de clásico.

Y si la primera semifinal estaba marcada por la novedad de un nuevo clásico europeo emergente, la segunda era uno de los duelos más clásicos del fútbol mundial, cuyas raíces se remontan al siglo XIX, a 1893, cuando los escoceses —los primeros grandes rivales de los ingleses, tanto en los partidos internacionales como en el enfoque táctico del deporte— fundaron en Argentina la federación nacional de fútbol. Tiene referencias a 1913, cuando Racing se convirtió en el primer equipo íntegramente argentino que ganó el campeonato del país y abrió el camino hacia la concepción del fútbol como elemento cultural nacional de su sociedad criolla. Tiene referencias a 1966, el primer enfrentamiento entre ambos en un Mundial, un año en el que Inglaterra, como local, llegó hasta la final y la consagración. Tiene referencias a una guerra, la de 1982, con un gobierno dictatorial, la exaltación del criminal liberalismo británico y el papel artero de la diplomacia francesa enfrentados, y con los pueblos del mundo como víctimas, como siempre: en ese caso, el pueblo argentino. Tiene referencias a 1986, al gol más simbólico y al más legendario jamás convertidos en un Mundial, los dos por el mismo hombre, en el mismo partido. Tiene referencias a todos los duelos que vinieron después y que siempre vieron esa Historia detrás.

En el épico partido de Atlanta, el encuentro más histórico de este Mundial, que regaló momentos y un relato destinados a imprimirse en el gran libro de la historia del fútbol, Inglaterra debía conseguir su propia hazaña frente a uno de los pocos rivales que históricamente la debilitan, una debilidad que también se traduce en peso psicológico, y ante un objetivo que no alcanzaba desde hacía sesenta años: jugar una final. Los ingleses habían mostrado una mejor imagen en la circulación de la pelota, en la diversidad de recursos ofensivos y en el estado de sus mejores jugadores; sin embargo, habían sufrido en casi todos los partidos. Solo habían convencido en el segundo tiempo frente a Croacia, pero tuvieron dificultades con Ghana, Panamá, la RD del Congo, México —en un encuentro disputado, desde luego, en las condiciones particulares del Azteca— y, por supuesto, ante la aguerrida Noruega. Así, frente a un equipo que había demostrado que podía revertir situaciones adversas allí donde parecía totalmente incapaz de reaccionar. Resulta sumamente llamativo cómo Inglaterra y su técnico, Thomas Tuchel, “olvidaron” ese detalle. La manera de encarar el partido, cediendo incluso los últimos metros en defensa y dejando a Argentina de manera constante en posición de remate pese a levantar un muro defensivo, fue un buen agregado al guion que la Albiceleste seguía para conseguir remontadas heroicas. Y si en condiciones normales esa derrota podría haber provocado enormes debates en Inglaterra y tensiones acerca del futuro de la selección, la habladuría general que se había impuesto ayudó a que cualquier crítica interna pasara a segundo plano y desapareciera muy rápido.

En el partido por el tercer puesto, que los futbolistas franceses e ingleses habían declarado que no querían disputar, vimos en esencia una parodia del fútbol, un amistoso alejado de la intensidad de un Mundial. Lo único paradójico era que las estadísticas del torneo seguían contando y consagraban así a Kylian Mbappé como máximo goleador de toda la Historia de las Copas del Mundo. Aquel partido, que Bellingham ganó con su calidad justo cuando los franceses parecían capaces de remontar el 0-4 adverso del primer tiempo, fue también el último de Didier Deschamps, una figura enorme, creador de una gran tradición para Francia, que todavía es demasiado pronto para juzgar en toda su dimensión.

En la gran final de Nueva York, España llevó al extremo su concepción futbolística, asfixió el juego de Argentina, dio cerca de 850 pases a lo largo y a lo ancho de la cancha, recuperó la posesión de inmediato, borró a Messi, que intentó jugar desde muchos lugares diferentes, y con toda esa actuación extraordinaria en todas las categorías estadísticas —con 22 remates intentados contra ninguno de su rival en los 90 minutos— consiguió ganar de manera totalmente merecida y más que justa el título con el gol de Ferran Torres a los 107 minutos, en el segundo tiempo del alargue, cuando Argentina ya jugaba con diez por la expulsión de Enzo Fernández al término del tiempo reglamentario. No fueron pocos quienes se apresuraron a hablar de la diferencia de rendimiento entre los dos equipos y a calificar el resultado de “justicia futbolística”. El resultado fue justo, pero aquella era la final de un Mundial, no la de un torneo de inferiores, amateurs o veteranos. En estas grandes competencias, independientemente de si alguien merece o no el título —que por lo general lo merece—, lo que medimos cuando tratamos de interpretar la evolución histórica del fútbol es el contenido, mucho más que el resultado. En este punto podrían agregarse infinitas máximas de grandes artífices del fútbol, como Cruyff, Sacchi y otros, pero son tantas esas referencias que jamás podrían bastar, por numerosas que fueran, para convencer a quien no quiere convencerse.

La victoria de España no puede considerarse un paso adelante para la estética del fútbol mundial. Hace falta una aclaración: ningún otro equipo propuso un enfoque mejor que permitiera considerar que alguna de las demás concepciones tácticas presentadas fuera el futuro o la esperanza para el juego, y esa es quizá una conclusión negativa central de la Copa del Mundo de 2026. Un fútbol sin ningún foco en el pase vertical, con movimientos mecánicos que, pese a su ejecución impecable, no generan intensidad ni desarrollan los elementos que aparecen como inspiración dentro del deporte, no puede ser el fútbol con el que soñamos después de décadas de construcción de sistemas diferentes y planteos más fluidos, con mezclas de distintas escuelas combinándose en busca de un fútbol que entusiasme. Aunque un resultado de ese tipo sí se observa a nivel de clubes en Europa, con el Paris Saint-Germain de Luis Enrique como ejemplo de evolución de las ideas de décadas anteriores, la España del incansable y honesto trabajador De la Fuente no tenía esas características. Aquí, por supuesto, también aparece una gran pregunta: si la evolución futbolística puede expresarse ya en los partidos internacionales o si es un privilegio exclusivo de los clubes, con sus casi cien partidos por temporada y su participación constante en torneos con rivales conocidos que evolucionan todos al mismo tiempo. Las respuestas no son unívocas ni sencillas; pero si ya no puede ocurrir el “milagro” de que aparezca una nueva inspiración futbolística en un Mundial, eso significa que, por otro motivo más, además de la limitación geográfica de la élite futbolística, el Mundial murió. Probablemente todos deseamos que algo así no sea cierto.

Argentina: la gran historia del Mundial

Más allá del registro de los resultados futbolísticos y del retrato general del juego necesario para componer su imagen mundial, tal como queda plasmada en cada Mundial, la historia del torneo nunca se limita a lo que sucede en el terreno de juego. Toda la Historia de las Copas del Mundo, desde el proceso de concepción y fundación de la institución hasta su tránsito por las distintas épocas —las guerras, la paz aparentemente eterna, la mercantilización, la oligarquía—, es una Historia que se expande y se vuelve política, cultural, social e incluso diplomática. La Copa del Mundo de 2026 no podía ser la excepción a esa regla absoluta, y quien intente contar su historia con esos mismos criterios tendrá que examinar y relatar lo que sucedió desde un equipo, gracias a un equipo, alrededor de un equipo y a partir del recorrido de un equipo. La verdadera historia de la Copa del Mundo de 2026 es el recorrido de Argentina.

Por la particular relación afectiva que tengo con la cultura y el fútbol de ese país, me esforcé bastante por situar en su verdadera dimensión los fenómenos vinculados con el recorrido de su selección. Así existía el riesgo de una subestimación apresurada de los propios hechos y de los fenómenos que se reflejan en ellos. Pero si uno quiere examinar con serenidad la historia del presente y que cualquier registro tenga valor como legado, no puede intentar el relato sin anteponer una mirada honesta y sincera. Por esa razón fue necesario hacer una revisión minuciosa de todos los acontecimientos que quedarán registrados en la Historia junto con el Mundial de 2026, para poder confirmar que el centro fue la selección argentina.

Que una selección que no ganó el título sea el tema central del torneo no es algo prohibido ni inédito. Cuando hablamos de la Copa del Mundo de 1954, ganada por Alemania Occidental, la gran historia es la del legendario equipo húngaro, el Aranycsapat, que perdió inesperadamente la final. Cuando volvemos al torneo de 1974, que también ganó Alemania Occidental, el centro lo ocupa Países Bajos, con su totaalvoetbal, que volvió a perder la final. En 2026, Argentina, el equipo derrotado en la final, a diferencia de los dos anteriores, no ocupa el centro por la innovación del fútbol que presentó, sino por otros tres motivos: el primero es la presencia de Lionel Messi y la manera en que un equipo se construye a la medida de un futbolista cuando este es el mejor de todos los tiempos, para disputar un torneo contra enfoques tácticos racionales; el segundo es la forma en que Argentina ganó todos sus partidos de la fase eliminatoria, que por motivos puramente futbolísticos pasará a la Historia; el tercero es todo el debate que se desplegó alrededor del torneo durante su desarrollo y que, en un grado extremo, tuvo casi exclusivamente como objeto a la selección argentina. Una campaña organizada y feroz consiguió lo que cualquier argentino podría desear: que su país se convirtiera en el centro del debate futbolístico mundial, en el punto de referencia. Aunque esa campaña contuviera toxicidad y odio contra Argentina, en los hechos puso a la Albiceleste bajo los reflectores de este torneo, quizá hasta opacando a otros equipos que podrían haber sido protagonistas. El fútbol es el deporte más popular porque todo lo que ocurre dentro de la cancha cobra valor cuando puede engendrar historias que la gente contará durante años. Y bien: el único equipo protagonista que se marcha de los estadios norteamericanos con historias semejantes es la Albiceleste.

Pero antes de las historias que se desplegaron después del 11 de junio, cuando comenzó el Mundial, es importante concentrarse en la base que moldeó en muy gran medida el carácter y el temple de este equipo argentino. La llamada Scaloneta es, por amplio margen, la selección más querida de la Historia argentina. Hablamos de un país que jugó siete finales mundialistas, incluida la primera edición, que ganó tres Copas del Mundo y en el que dos de los mejores futbolistas de todos los tiempos comparten nacionalidad; que una formación determinada sea la más querida de la Historia del país es algo enorme. Los argentinos, independientemente de los resultados de este equipo, sentían alegría con solo verlo aparecer, antes incluso de saber cómo jugaría. Se sentían afortunados de poder vivir sus momentos, más allá de los resultados. Es un factor psicológico enorme, sobre todo en los torneos internacionales, que duran menos que los campeonatos y tienen mucha más intensidad. Quizás sea un factor decisivo que llevó a este equipo, muchas veces por márgenes mínimos, a ganar cada competencia que disputó desde 2021: dos Copa América, un Mundial y una Finalissima de menor importancia, pero que cuenta como título. Además de los futbolistas, goza de la misma valoración su cuerpo técnico, compuesto por grandes figuras que vistieron la Albiceleste y acompañan a Lionel Scaloni. Esas características fueron también uno de los motivos por los que se priorizó la homogeneidad, con la convocatoria de 17 futbolistas que habían ganado el Mundial de 2022, aunque eso incidiera negativamente en el promedio de edad del equipo. Esta relación única de un pueblo con su selección tiene muy pocos ejemplos comparables en la Historia, y todos ellos constituyen un capítulo particular que merece estudiarse por separado.

La presencia de Lionel Messi, a los 39 años, en un Mundial —algo muy difícil de creer el 18 de diciembre de 2022, cuando conquistaba el título en Lusail— volvió todavía más fuerte ese vínculo. En un país sediento de mitología futbolera, la participación del ya confirmado mejor futbolista de todos los tiempos, a esa edad y con ese rendimiento en cada partido, convirtió la relación de todos con la Selección en algo más que propio de un hincha: en algo afectivo. También por una serie de factores, conocidos o no, que obligaban a futbolistas ya populares a buscar superarse en cada partido —y la presencia de Messi era en sí misma una proeza—, el sentimentalismo extremo desbordaba todos los límites que un observador externo y ocasional pudiera comprender. Por eso, en cada gol, en cada partido y después de cada victoria, las emociones se expresaban sobre todo en lágrimas. Nadie lloraba de tristeza; todos lloraban porque la mente comprendía que aquello que vivían y aquello que lograban excedía lo que la lógica puede contener dentro de la alegría y el entusiasmo. En esas condiciones, el Mundial de 2026 fue único y seguirá siendo inolvidable para quienes se vincularon con esta selección argentina. Las historias de ese lazo se escribirán en el futuro, en los libros donde se registran las historias más hermosas del fútbol, que no siempre terminan con un título; de lo contrario serían cuentos de hadas.

Ese giro en la Historia de un equipo y de un futbolista que en 2016 parecían haber tocado fondo, sin reservas anímicas para dejar ninguna huella en la historia del fútbol internacional, protegía en los hechos a todos los involucrados de relatos diferentes y tóxicos, más allá de sus resultados en el último Mundial del mejor de todos. Ese vínculo, ese giro histórico, fue el que quedó en la mira de una campaña organizada, con participantes anónimos y conocidos, para desmantelarlo. Por suerte, el fútbol no les dio el gusto, ¡ni siquiera en la final! Quiénes tenían interés en semejante ataque contra una de las historias más hermosas del fútbol es algo que la Historia revelará o que quedará para siempre en el olvido: no hay ninguna necesidad de desarrollar teorías. Sin embargo, hay algunos datos que no pueden dejar de tomarse en cuenta. Uno es la eterna y tonta rivalidad imaginaria de Cristiano Ronaldo, quien con cada declaración mostraba que él mismo necesitaba compararse con Lionel Messi; un supuesto enfrentamiento que se prolongó durante muchos años, con partidarios acérrimos de un futbolista —no hay nada más antifutbolístico que apoyar a un individuo en el fútbol— que necesitaban instalar en los medios y en otros canales de comunicación los argumentos que alimentaban esa supuesta rivalidad. Otro elemento es la presencia constante y única de Argentina como contrapeso del fútbol europeo en los torneos mundiales, al ser la única selección de fuera de Europa que eliminó a ocho equipos europeos en Mundiales desde 2006 hasta hoy; la sigue Marruecos con tres, mientras Costa Rica, Estados Unidos, Paraguay y Uruguay lo consiguieron una vez cada uno. Esos dos elementos podrían mencionarse de manera arbitraria si no estuvieran vinculados con acciones comunicacionales concretas durante el Mundial, cuyos creadores tienen nombre y apellido. Detrás de las acciones firmadas, sin embargo, vino también una campaña mucho más extrema de actores generalmente anónimos en las redes sociales, sobre cuya organización es difícil que existan pruebas y documentación.

Argentina comenzó su camino en un grupo relativamente fácil, con Argelia, Austria y Jordania como rivales. Su preparación no incluyó partidos exigentes, por lo que resultaba sumamente difícil juzgar el nivel de fútbol que podía practicar el equipo. El debut frente a Argelia no fue triunfal, salvo para Messi, que con un hat-trick personal volvió literalmente loco a cualquiera que esperara de él una actuación mediocre en este torneo. Fue el primer golpe que indicaba que su genio futbolístico estaba en condiciones de producir otro milagro y, más aún, que su equipo no estaba programado para jugar un fútbol maravilloso, sino para ponerse al servicio de su genio, lo que volvía muy difíciles los pronósticos sobre el recorrido de la Albiceleste. Por eso la campaña para desacreditarla comenzó temprano. Aunque aquel partido inaugural del camino albiceleste comenzara en un horario muy complicado para Europa Occidental, en la mañana del 17 de junio las redes sociales se habían llenado con una imagen en la que la suela con tapones de Messi tocaba la pantorrilla de Aïssa Mandi. Puede que aquella falta no influyera en el partido, salvo para que Messi siguiera en cancha, pero esa jugada fue debatida como un escándalo inaudito: la foto se repetía una y otra vez, y parecía que la conversación alrededor del Mundial no podría mantenerse dentro de niveles saludables. Quizás había que opacar de alguna manera el hecho de que Messi amenazara con convertirse en el máximo goleador de la Historia de las Copas del Mundo. En el análisis que hicimos después del final del Mundial encontramos por lo menos otros dos casos similares que ni siquiera fueron sancionados con tarjeta amarilla y, aunque los contabilizamos como errores arbitrales, comprobamos que la intensidad del debate posterior no tuvo punto de comparación. Fue una prueba posterior de una apreciación inicial: toda esa habladuría no era un asunto inocente.

En el segundo partido, ante Austria, Messi marcó los dos goles de su equipo, llegó a cinco en el Mundial y pasó al primer puesto de la tabla histórica de goleadores. En el encuentro contra Jordania entró desde el banco y convirtió otro. En tres partidos, Messi había hecho seis goles, la misma cantidad que en bastantes ediciones había bastado para asegurarle a un futbolista el título de máximo goleador. Los rivales no eran gigantes, pero raramente los futbolistas que habían convertido tantos goles lo habían logrado solo contra equipos fuertes. En cualquier caso, esa distinción individual quizás interesara únicamente a quienes —muchos y muy ruidosos, desde luego— necesitaban defender personalmente a un futbolista que no pudo marcarle a la RD del Congo. ¿A quién pueden convencer de que aman el fútbol?

Lo importante era que, pese a que Argentina no jugaba bien, los hinchas de la Scaloneta llegaban en cantidades cada vez mayores a los estadios norteamericanos porque querían vivir los momentos históricos alrededor de este equipo y de su líder, Messi. Podían pensarse muchas cosas sobre una concepción del juego que generaba un movimiento extremadamente lento en la cancha, sobre todo cuando los argentinos tenían la pelota en los pies, y que, en broma, podía compararse con el partido Alemania-Grecia creado por Monty Python en 1972.

En el primer partido eliminatorio, Argentina enfrentaría a Cabo Verde, la gran sorpresa de su grupo, que había empatado con España y dejado fuera a Uruguay. Por cómo había quedado armado el cuadro, Argentina parecía tener una tarea fácil hasta los cuartos de final y relativamente sencilla hasta las semifinales, donde, según los pronósticos, estarían todas las mejores selecciones del mundo. Pero Cabo Verde demostró en el partido ante los campeones del mundo que de ninguna manera debía considerárselo un rival fácil. En condiciones muy difíciles para jugar al fútbol, con temperaturas y humedad elevadas, allí donde realmente hacían falta las pausas de hidratación, Argentina cometió el error de tratar con soberbia a su rival en muchos momentos del partido. Pero ellos estaban jugando el partido de sus vidas: consiguieron empatar una vez en el segundo tiempo y volvieron a hacerlo en el alargue con un gol extraordinario de Sidny Lopes Cabral, uno de los más lindos que vimos en los Mundiales. El debate posterior a este partido no tuvo características de toxicidad extrema, quizá porque también parecía que esta selección argentina no era el cuco para los grandes equipos que había aparecido en Qatar y que la presencia de Messi no podía resolver mágicamente todas sus debilidades.

Sin embargo, en la ronda de “16” Portugal quedó eliminado a manos de España, mientras que en el partido entre Francia y Paraguay los guaraníes jugaron a su manera “argentina”, capaz de generar situaciones difíciles para cualquier equipo del torneo. El debate extremo que se abrió después de aquel partido sobre entradas antideportivas —que, por supuesto, no tuvo relación alguna con el debate casi inexistente sobre la actuación de Qatar frente a Canadá— incluyó historias acerca de un arbitraje que protege a los equipos que no juegan un fútbol lindo. Dos días después de aquel encuentro, Argentina vio al árbitro Letexier sancionar casi cada disputa de sus jugadores frente a Egipto, en un partido en el que la Albiceleste tuvo tanto el control como la posesión de la pelota y creó además muchísimas ocasiones que, sin embargo, no se convertían en goles. Egipto se puso 2-0 y también marcó otro gol, poco antes de hacer el segundo, en una jugada que comenzó con una falta sobre Lisandro Martínez, por lo que el tanto fue anulado después de una revisión del VAR. Argentina, que estaba contra las cuerdas, entró en acción a partir del minuto 78 y, con el propio Messi desatado, dando una asistencia y marcando un gol, había todos los motivos para que se reabriera el debate tóxico. El partido no necesitó ir al alargue porque, en tiempo de descuento, Lautaro Martínez retuvo la pelota, la midió, esperó a Enzo Fernández, que se movía por la banda izquierda, sacó un centro magistral y Enzo, con un movimiento corporal digno de convertirse en póster de habitación, consumó la gran remontada. Argentina, después de un partido difícil y de particular belleza futbolística contra Cabo Verde, que se negaba a perder ante cualquier rival, demostró que en quince minutos podía dar vuelta cualquier resultado, aun cuando parecía que ya no quedaban fuerzas ni energía. Siempre había, sin embargo, pensamiento futbolístico, y a partir de aquel partido contra Egipto comenzó una serie de goles maravillosos de los argentinos que merecen formar parte de las jugadas más lindas del torneo.

Lo que ocurrió después de aquel partido es indescriptible. También por responsabilidad del técnico de Egipto, Hossam Hassan, que habló de un torneo arreglado, y por las declaraciones del delantero egipcio Zico, se desató una tormenta que permitió la difusión de falsedades corrientes sobre un torneo arreglado, la corrupción en la FIFA, el papel sospechoso del VAR en apoyo de Argentina, etcétera. Como si eso no fuera suficiente, la presencia de una bandera israelí junto a la salida del terreno de juego, sostenida por una persona cuya nacionalidad nadie conoce, naturalmente, pero que estaba allí para provocar al técnico egipcio que había dedicado la clasificación anterior al pueblo palestino, abrió otro debate enorme sobre el apoyo de los argentinos y del propio Messi al genocidio. El doble ataque, que en un primer momento se refirió al arbitraje y luego estuvo acompañado de un ataque contra el pueblo argentino, calificado de “prosionista” y “racista”, podía asegurar la continuidad de esa propaganda a perpetuidad, incluso después de la primera explosión de noticias falsas, cuando las referidas a las decisiones arbitrales perdieran sentido porque todo el mundo vería los videos relacionados con las intervenciones del VAR.

Es revelador que, a partir de aquel partido, una serie de famosos —de algunos de los cuales nadie conoce el oficio exacto— apareciera sumándose a esa línea propagandística. Jimmy Kimmel, conductor de ABC que en el pasado se había enfrentado con Trump y cuyo programa nocturno había sido suspendido temporalmente, encontró la oportunidad de hablar de un Trump que había arreglado el torneo para su amigo Milei. Puede que Jimmy Kimmel nunca antes hubiera hablado de fútbol en su vida, que nunca hubiera visto fútbol ni siquiera aquel partido entre Argentina y Egipto, pero tenía motivos para expresar delante de cientos de millones de televidentes esa opinión suya, muy lejos de estar documentada. Trevor Noah, que inició una serie de transmisiones de live watching durante los partidos del Mundial y en cada encuentro de Argentina usaba la camiseta de su rival, repetía el mismo patrón. Otra serie de famosos y de cuentas digitales desconocidas, pero de gran alcance, seguían la misma línea. En pocos días, el mundo entero había oído que Argentina era un país en el que reinaba el racismo y que apoyaba el genocidio de los palestinos.

Poco importó sacar a la luz la verdad histórica, tanto en las redes sociales como mediante la publicación de estudios académicos pertinentes sobre el lugar de los afroargentinos en la evolución de la sociedad sudamericana, las diferencias con sus países vecinos y la dimensión real del racismo que existe allí, como por desgracia en todos los países del planeta. Pocos, quizá nadie, conocieron a Bernardino Rivadavia, primer presidente del país y de ascendencia africana. Nadie conoció el nombre de Bernardo de Monteagudo, héroe de la lucha de liberación anticolonial, nacido en Tucumán de padres que habían llegado como esclavos africanos. Muy pocos oyeron que, a diferencia de las sociedades de Europa Occidental y de Estados Unidos, en Argentina nunca hubo segregación racial. Reapareció un artículo de un importante medio norteamericano que analizaba los motivos por los que no hay futbolistas negros en la selección argentina y que había aparecido en 2022, para volver a causar sensación y, por supuesto, impedir que se difundiera de forma masiva el análisis que explicaba que, con el paso de los siglos, la población afroargentina no resulta tan diferenciable simplemente porque los argentinos de ascendencia exclusivamente africana se mezclaron con otros grupos. Mucho menos supieron unos pocos de la participación masiva de antiguos esclavos africanos en la lucha por la independencia de España. Una foto, un video manipulado, una declaración extrema o tergiversada siempre llegan más rápido y a más gente que el conocimiento organizado y documentado.

Al servicio de la misma propaganda comenzaron a difundirse falsedades corrientes y a atribuirse a exestrellas del fútbol y grandes entrenadores declaraciones que jamás existieron, en las que todos parecían atacar a la FIFA, a Argentina y a Messi. Aparecieron fotos de Messi en su viaje a Jerusalén de 2013, aunque en esas mismas imágenes también figuraban sus compañeros del Barcelona, lo que generó problemas más adelante, cuando el relato correspondiente debió cambiar antes de la gran final. Por algún motivo, Argentina tenía que convertirse en el trapo rojo para todo el resto del mundo, por cualquier medio. Es significativo que una proporción mínima de ese ataque se concentrara en el presidente de extrema derecha del país, Javier Milei, aunque hacerlo quizá habría servido en apariencia al mismo objetivo. La ausencia de Milei del blanco de toda esa propaganda genera, evidentemente, interrogantes sobre su base ideológica.

Pero en Argentina todas esas publicaciones producían el efecto exactamente opuesto. Los ataques al país, a su pueblo y los ataques personales, de maneras indescriptibles, contra los futbolistas volvían todavía más fuerte el vínculo entre los argentinos y la Scaloneta. La selección del país ya no representaba solamente al fútbol: su propia presencia constituía un honor para los argentinos, que en un contexto de conflictos sociales generaban una ola universal de apoyo a su equipo, porque quienes luchan contra el ajuste y la ofensiva antipopular en Argentina tienen de antemano la base necesaria para comprender de dónde venía toda esa propaganda, que no quería su bien ni operaba para defender sus propios intereses de clase.

El partido contra Suiza fue el primero de Argentina, en la fase eliminatoria, frente a una selección europea. Argentina abrió el marcador e intentó conservar el resultado, pero no lo conseguía; sin embargo, la acción infantil de Embolo condenó a su equipo, que finalmente no resistió, y Argentina se impuso en el alargue. El desfile de goles lindos continuó, con Julián Álvarez marcando uno parecido al que Argentina había recibido de Sidny Lopes Cabral cerca de una semana antes. Por tercer partido consecutivo, Argentina demostraba que podía no jugar un fútbol vistoso, pero también clasificarse en cualquier circunstancia, convertir de muchas maneras diferentes y encontrar goles espectaculares producidos por el talento de sus jugadores. Messi, además, podía seguir siendo un factor decisivo porque era capaz de desplazarse por la cancha leyendo el desarrollo del juego, lo que le daba a su equipo una ventaja que parecía imposible que encontrara alguien que supiera menos de fútbol que él, es decir, la humanidad entera.

Naturalmente, a ese partido le siguió una campaña parecida a la del anterior: primero, una crítica a la decisión del VAR destinada a generar impresiones, sobre todo entre personas que no conocen el reglamento ni se interesan por conocerlo o por entender sus modificaciones —porque durante el Mundial son muchos los que se ocupan del fútbol de manera ocasional, pero no dudan en sacar conclusiones generales sobre el mundo, la política y la sociedad a partir de aquello que desconocen—; después volvió el patrón clásico sobre una Argentina de extrema derecha y racista, en una campaña a la que corrían a sumarse cada vez más “actores” de Estados Unidos —que probablemente nunca conocieron el racismo—. Pero el próximo rival era el adversario más histórico de Argentina en términos futbolísticos, Inglaterra, en un partido que, evidentemente, en medio de todo ese clima no podría limitarse a su contenido estrictamente futbolístico. También había llegado el momento de que los argentinos hicieran su propia declaración política, cuyo significado en las condiciones políticas actuales del país quizá pocos conozcan.

Uno de los hechos centrales de la historia contemporánea y de las relaciones entre los dos países, Inglaterra y Argentina, es la guerra librada en las Islas Malvinas en 1982. Se trató de una maniobra ambiciosa del régimen dictatorial, que sentía los cimbronazos y estaba muy cerca de caer, para encontrar una causa que provocara unidad nacional. Se pueden encontrar ejemplos similares en otros países. La particularidad de las Malvinas, sin embargo, es que constituyen una supervivencia clarísima del régimen colonial, un vestigio del Imperio británico, en el Atlántico Sur. Eso significa que, aunque el propósito de la junta argentina era proteger su propio poder, existe un trasfondo concreto capaz de definir el estatus de las Islas, que todavía hoy están ocupadas por el Reino Unido y habitadas por colonos británicos, quienes en un referéndum-parodia celebrado hace algunos años —cuando ya no queda ningún argentino— votaron por seguir bajo soberanía británica. En aquella guerra, la junta derramó la sangre de soldados jóvenes que fueron a sacrificarse por la patria, pero que, en cambio, como sucede en tantos casos, se sacrificaron en nombre de un plan delirante que quedó en un callejón sin salida cuando el gobierno francés bloqueó los aviones franceses que le había vendido al régimen dictatorial argentino. Y si alguien cree que aquel enfrentamiento entre la junta argentina y el régimen de Margaret Thatcher basta para que todos los súbditos del Reino Unido defiendan el “interés nacional”, probablemente se llevaría una sorpresa al ver las ciudades y los pueblos de Escocia y Gales llenos de banderas argentinas antes de la semifinal del Mundial.

En cuanto a los futbolistas y al cuerpo técnico, antes del partido decían que la rivalidad era puramente futbolística, como era lógico y como ocurre en cada caso semejante. Pero ¿quién podría ignorar que la canción central de los argentinos para este Mundial incluía la letra “por las Malvinas, por Diego, por el último de Leo”, una canción que los propios futbolistas cantaban en el vestuario después de cada clasificación épica? El presidente del país, Javier Milei, había prohibido —no mediante una ley, sino a través de un llamado— cualquier referencia a las Malvinas, en un intento por mantener relaciones amistosas con Gran Bretaña y, en particular, con Estados Unidos durante un período de relaciones internacionales tensas y conflictos imperialistas. Pero el pueblo argentino no tenía intención de separar su historia de la representación de una selección que históricamente había encarnado toda su cultura y la autodeterminación de la nación en el plano futbolístico y, simbólicamente, también en el político. Lo extraño de todo este asunto es que ninguno de aquellos aparentes defensores del antirracismo pudiera encontrar la misma inspiración para hablar de este tema, una historia viva de colonialismo.

El partido entre los dos equipos, en Atlanta, fue por amplia diferencia el de mayor tensión del torneo incluso antes de comenzar. Las imágenes de los futbolistas antes de entrar al terreno parecían ilustraciones de personas que iban a una batalla, no a un tranquilo partido de fútbol. El clima dentro del estadio también era tenso: en los hechos, el God Save the King no lograba llegar como sonido a los televisores por los cánticos antiingleses de los argentinos. Aparecieron videos que, evidentemente, también fulminaban ese comportamiento, como si frente al colonialismo las tribunas de fútbol estuvieran obligadas a respetar protocolos y adaptarse a las reglas comerciales de exhibición del deporte. Como si fuera mejor fingir “paz y amor” mientras nuestros “amigos” arrojan bombas sobre medio planeta, como hace la FIFA, que proclamar nuestra oposición a los proyectos coloniales e imperialistas. “Ay, la fuerza sale de los puños y no de rostros bonachones”, escribió Nazım Hikmet sobre la Unidad Popular chilena.

Los futbolistas, desde luego, no eran representantes de comités populares ni de sindicatos revolucionarios, por lo que la tarea que ellos mismos se habían impuesto era ganar en la cancha, sabiendo que ninguna victoria futbolística modifica el justo reclamo relativo a la soberanía nacional ni que esta se define por el resultado de un partido de fútbol, como escribieron en un comunicado los veteranos de la Guerra de Malvinas. Sobre el terreno, lo que demostró Argentina —y muchos quisieron atribuir exclusivamente al técnico de Inglaterra— fue que podía marcar de cualquier manera, desde cualquier lugar y con cualquier gesto mágico, incluso mediante un futbolista de 1,75 metros que convirtió de cabeza entre seis gigantes después de un centro con el pie derecho de Messi.

La repetición del mismo escenario, otra remontada épica —esta vez frente a un rival indiscutiblemente fuerte—, la capacidad de encontrar soluciones de cualquier forma y la negativa total de los argentinos a perder llevaron al paroxismo al movimiento “antivacunas” del Mundial. Esa situación no podía continuar por ningún motivo: había que aprovechar todos los medios para crearle un problema al propio equipo, si era posible. ¿Pero cómo podrían lograrlo, dado el vínculo increíble de los futbolistas y la Selección con todo el pueblo argentino?

Al final del partido, los futbolistas argentinos festejaron la victoria con los hinchas: tomaron de la tribuna y levantaron dentro de la cancha una bandera que seguramente el propio Milei no habría querido ver allí. Decía “LAS MALVINAS SON ARGENTINAS” y pasó como imagen a la mitología de las Copas del Mundo. Esa bandera colocó de manera irreversible a los futbolistas de esta selección en lo más alto del corazón y de la estima de los argentinos. Entonces comenzó en los tabloides ingleses una campaña que hablaba de cancelar las visas de trabajo de los argentinos que jugaban en equipos de Inglaterra; sus redactores decidían por su cuenta qué sanción debía imponerse a los futbolistas y a la selección argentina, y de todo ese clima participaban, por supuesto, los mismos influencers que tanto se desvivían por los derechos democráticos y las libertades individuales, por el genocidio y por otros asuntos. Naturalmente, esa campaña encontró terreno fértil en Gran Bretaña, donde crece sin pausa un movimiento antiinmigratorio, racista y xenófobo, en medio de una evolución que parece ominosa.

Fuera de Gran Bretaña, sin embargo, la presencia de Argentina frente a España en la final del torneo hizo resurgir la historia del supuesto apoyo de los argentinos y del propio Messi al genocidio del pueblo palestino. Valiéndose de la postura del gobierno socialdemócrata español —y, naturalmente, de ningún gobierno español anterior ni, probablemente, futuro—, el relato intentaba presentar la final del Mundial como una batalla entre dos selecciones, una de las cuales jugaba por Palestina y la otra por Israel. Hubo medios que tomaron fotos de un partido disputado en Gaza por palestinos amputados a raíz de los ataques israelíes, en el que la mitad jugó con la camiseta de España y la otra mitad con la de Argentina, y ocultaron por completo la presencia de estos últimos o presentaron el acontecimiento como un “teatro” de apoyo a España. Uno de los medios que publicó un extenso artículo desarrollando la misma retórica fue el sitio The Times of Israel, lo que reveló también en la práctica que esa propaganda servía a los planes del Estado de Israel, que intenta demostrar que cuenta con la aceptación de otros pueblos para sus actos.

Y aunque todo eso se refería a ridículas teorías conspirativas, la preparación de la final reveló quizá el mayor conflicto de nuestra época dentro del Fútbol Mundial. En este momento, la FIFA intenta fortalecer los torneos globales y ampliar la presencia de países en su activo más valioso, el Mundial, para conservar su posición de poder en la gobernanza del fútbol en todo el planeta. Pero el desarrollo vertiginoso del fútbol europeo, que también se apoya en el desarrollo desigual de las competencias de clubes mediante la creación de élites permanentes, le otorgó un poder particular a la UEFA, que busca maneras incluso de amenazar por distintas cuestiones de la planificación de la FIFA cuando no sirven a los intereses de esos clubes. Es revelador —y es un hecho— que el presidente del Consejo Europeo, no algún dirigente futbolístico, fuera el primero en anunciar que se planificarían acciones para impedir la ampliación del Mundial a un torneo de 64 selecciones, aun cuando en la práctica eso no agregue partidos al calendario ni a las piernas de los futbolistas.

En el gran enfrentamiento entre dos bandos, ninguno de los cuales los amantes del fútbol tienen necesidad de apoyar, la FIFA y su presidente, Infantino, encontraron aliados en el continente americano: políticos, como el presidente estadounidense Trump, pero también aparentemente futbolísticos, al instrumentalizar para sus fines la presencia de Argentina en la élite mundial. Por esa razón hay enormes investigaciones en curso sobre las relaciones de la FIFA con la AFA, la Asociación del Fútbol Argentino, que son expresión de las contradicciones políticas internas de Estados Unidos, de las contradicciones entre Europa y Estados Unidos en un escenario de guerra y conformación de nuevos equilibrios y que, por supuesto, no tienen absolutamente nada que ver ni con el fútbol ni con los pueblos que lo aman y lo miran. Y aquí es importante remarcar que querer que Argentina pierda para oponerse a los intereses de Infantino es como querer que pierda España o Francia para oponerse a los intereses de Ceferin y de cualquier otro dirigente. Es, sencillamente, ridículo: muchas veces, los planes de esos dirigentes pueden verse favorecidos incluso por las derrotas de los equipos que en apariencia quieren ver destacarse, pero eso no puede interesarnos por dos motivos. Primero, porque caemos en búsquedas conspirativas; segundo, porque esos intereses no tienen ningún punto de contacto con los intereses de los pueblos, ya sea en Europa, en Argentina o en cualquier lugar del mundo.

El grado en que la política se mezcla hoy con el fútbol no es producto de una conjetura. La Comisión Europea, mediante una publicación en las redes sociales, le deseó buena suerte a la España europea antes de la final del 19 de julio. Se podría decir que es algo lógico, aunque no ocurrió nada semejante ni en 2014 ni en 2022. Sin embargo, en 2018, cuando el Mundial se organizó en Rusia y Francia y Croacia disputaron la final, la publicación equivalente, extremadamente política, mencionó la presencia de dos selecciones de la Unión Europea en territorio ruso, pocos años después del anterior gran conflicto entre las dos potencias imperialistas y pocos años antes del siguiente, con el pueblo ucraniano como víctima. Después de la final, la Comisión sintió la necesidad de escribir que España traía de regreso un trofeo “Made in Europe”, en una necesidad sumamente inusual de reclamar la paternidad de una parte de la cultura futbolística. Eso no estaba desconectado del clima general: la Unión Europea, que queda cada vez más al margen de los conflictos entre los países imperialistas poderosos, desea mantenerse en el centro anteponiendo la cultura. Y esto no sucede solo en lo relativo al fútbol, sino con cada producto cultural, es decir, con cada parte del soft power que constituye un pilar básico de la diplomacia internacional. En la misma línea se ubicó la publicación de felicitación de Ursula von der Leyen, que felicitó en español a los campeones del mundo. El político Yanis Varoufakis, de escaso peso político en su patria pero de una repercusión mucho mayor en Europa, también se apresuró después de la final a hacer una declaración en la que exaltaba el juego colectivo que había vencido al individualismo extremo, asociando el primero con España y el segundo con Argentina. Esas declaraciones políticas, y en absoluto futbolísticas, sirven evidentemente a todos los proyectos políticos correspondientes y nunca se hacen por casualidad.

En un mundo que se encuentra ante una encrucijada oscura, donde el fútbol, como decía Menotti, es lo último legal que queda, el Mundial fue, naturalmente, instrumentalizado por todos los sectores. La selección argentina quedó en el centro porque es aquella cuya presencia altera los equilibrios, la última selección no europea que se mantiene de manera constante en la élite, la última que vuelve verdaderamente mundial al fútbol.

Pero, volviendo al fútbol y aprovechando también esas condiciones, Argentina no tuvo para presentar en este Mundial una propuesta futbolística diferente, un enfoque nuevo, una nueva ideología futbolística, algo que ningún otro país produce más que ella. El retiro de Messi significa que el fútbol que lo tenía como eje no puede seguir siendo el enfoque nacional en los grandes torneos y, por supuesto, en ningún momento de esta edición vimos qué fútbol pueden jugar por sí solos los demás argentinos como integrantes de una cultura futbolística unificada. La pregunta por el futuro del fútbol argentino y sus logros internacionales sigue abierta, y quizá la gran apuesta histórica para Messi sea que, después de su etapa como futbolista y dada su capacidad para comprender el juego en todos sus momentos y épocas, contribuya a una obra que, si tiene éxito, lo sitúe en el panteón futbolístico absoluto, junto a figuras como… Cruyff.

Si no surge de Argentina un nuevo enfoque, competitivo, interesante e innovador, si Brasil permanece en su estancamiento crónico, entonces el fútbol habrá dado, por un lado, un gran paso atrás, con las ideas de décadas anteriores repitiéndose y alternándose en la cima, al menos en los torneos internacionales; y, por el otro, el juego mundial se reducirá muchísimo, a una región geográfica que lo amó y lo desarrolló, pero que no puede tener el privilegio exclusivo de su trayectoria histórica, porque el fútbol no es un botín colonial.

Y si hubo algo que ningún resultado le regaló a ninguna élite ni a ningún proyecto político, sino que siguió siendo propiedad del mundo, es la relación del hincha con su equipo y, en un país donde la gente ama a su selección, con su querida Selección. En Argentina, pese a la derrota en la final, miles de personas salieron a la calle, festejaron el recorrido de su equipo y expresaron el honor que sentían al ser representadas por él. Incluso dentro del estadio de la final, después del pitazo, los hinchas argentinos no dejaron de cantar por su equipo y por el mejor jugador del torneo y de toda la Historia, aunque no recibiera ningún premio individual de una FIFA que supuestamente lo había preparado todo para él. Los futbolistas argentinos, con Messi llorando más que nunca, festejaban con la gente. Por supuesto, hasta ese hecho fue aprovechado por propagandistas de toda clase que intentaron afirmar que los argentinos les habían dado la espalda a los ganadores, algo que no buscaron ni en 2018 ni en 2022, cuando los derrotados se habían marchado del estadio porque no quedaba nadie que siguiera alentándolos. Al parecer, nadie tenía nada que decir sobre los jugadores argentinos que siguieron llevando puestas sus medallas de plata como resultado del esfuerzo que habían hecho, en lugar de arrojarlas con una conducta excesivamente antideportiva, como malcriados acostumbrados únicamente a pisar las cumbres del fútbol. Pero ninguno de todos esos que no vieron importaba en aquel momento, porque esa medalla de plata en el cuello de Messi y de cada futbolista argentino se festejó como oro puro: no el de una victoria futbolística, sino el de una victoria con infinitos legados que configuran lo más difícil del fútbol, la concepción de un país y su amor genuino por el juego.

El Mundial de 2026 fue una fotografía de su época: una época que contiene y presagia aún más conflictos bélicos, una época de rivalidades imperialistas, una época de exclusiones, una época de una aparente toxicidad que no es otra cosa que la forma contemporánea de la propaganda política, con sus medios contemporáneos. Fue una fotografía de la época de la oligarquía y de la era del fútbol de las élites, concentradas en unos pocos países y apenas unos pocos clubes, fábricas de ganancia futbolística. Fue una fotografía del fútbol gentrificado, con el ingreso de incontables actores que no tienen ninguna relación con él, listos para contar su historia como cuentan la historia de tantas otras cosas al participar en mecanismos de propaganda, desinformación y debilitamiento del criterio político y la conciencia de los pueblos. Fue una fotografía de un fútbol que no parece evolucionar estética ni tácticamente, con la victoria de la repetición de una vieja receta, al principio aclamada pero después desaprobada y abandonada incluso por sus inspiradores. Se podría decir que el Mundial, tal como lo conocíamos, murió. Sin embargo, el Mundial fue y siempre será el punto de encuentro de todas las tribus del universo futbolístico, que engendró nuestros sueños de infancia e insiste en engendrar nuestros sueños adultos. Por eso siempre hará nacer la esperanza de que, así como el mundo debe cambiar y deben derribarse las condiciones que nos sirven esta vida y este fútbol, también volveremos a vivir los Mundiales con los que siempre soñábamos cuando, de chicos, agarrábamos una pelota para patearla contra una pared o entre dos piedras. ¡Viva el Mundial!