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Standard de Liège: la dialéctica de la Ciudad Ardiente

En la orilla norte del Mosa, un alumno carga en una carretilla de obra algunos de los materiales que necesita para construir un pedazo de su vida: unas redes, algunos pares de zapatos, dos pelotas de cuero y un fardo de camisetas rojo escarlata. Delante de él se alza la multitud de chimeneas, la firma de la revolución industrial, que en 1909 ha cambiado por completo el paisaje de la ciudad en la que nació y creció. Es el presente y el futuro, el suyo y el de las generaciones que vendrán. Tiene la espalda vuelta hacia una ciudad de angostos callejones empedrados, plazas, catedrales, edificios de poder religioso, estatuas y monumentos de conflictos de una época que él mismo nunca vivió. Junto con todo lo demás, también le da la espalda a su escuela, el Colegio de St Servais, que, sosteniendo una tradición desde la Edad Media, lo formó a él también como vástago de una burguesía que encontró su identidad a mediados del siglo XIV, para buscar un nuevo paso en el XX.

Las pelotas, los zapatos, las camisetas rojas, son los materiales con los que el alumno, junto con sus compañeros, construirá una nueva identidad, inmaterial, proveniente de la burguesía de la ciudad, del entorno de las catedrales y las escuelas, para los condenados de la Tierra, aquellos que dan vida a las fábricas. Su recorrido, pese a que tiene una dirección inversa al flujo del Mosa, está plenamente alineado con la evolución histórica —como también el club que habían creado once años antes otros alumnos de su escuela: la Standard FC Liégois, que hoy es conocida como Royal Standard de Liège.

El flujo antitético de la Historia

En el siglo VI, el obispo de Maastricht, Monulphe, avanzaba en dirección contraria a la de aquellos alumnos, “bajando” el Mosa desde Dinant para llegar a la sede de su obispado. Al pasar por el punto donde había un pequeño arroyo llamado Legia, probablemente una herencia nominal de alguna legión romana, vio, entre ríos y arroyos que formaban innumerables islitas, entre las montañas que se abajan para dejar pasar al gran río, unas cuantas cabañas. No tardó en percibir la importancia estratégica que un lugar así tenía para cualquier poder, y se dispuso a pronunciar un oráculo para que pasara a formar parte de su poder religioso. En su oráculo decía: “Aquí está el lugar que Dios eligió para la salvación de multitud de hombres; aquí se alzará más adelante una ciudad poderosa; nosotros mismos construiremos aquí un pequeño oratorio en honor de los santos Cosme y Damián”.

La profecía metafísica estaba lejos de ser puramente espiritual, ya que el lugar reunía todas las condiciones materiales para que en él se desarrollara cualquier tipo de actividad, comunicándose —a través de las vías naturales de la época, los ríos— con gran parte de la región más desarrollada de Europa occidental. El responsable de ello es el río Mosa, que, aunque su nombre no domina entre los de los ríos más cantados del Viejo Continente, su importancia y las actividades que tienen lugar a lo largo de los aproximadamente 1000 kilómetros de su recorrido han jugado un papel decisivo en su fisonomía.

Con su fuente a una altitud de apenas 409 metros, en la zona de Le Châtelet-sur-Meuse, en las Ardenas francesas, es uno de los ríos más fácilmente navegables del continente, de modo que en sus orillas se encuentran varios centros económicos importantes, mientras que su desembocadura, en el delta del Rin, da con el mayor puerto europeo, en Róterdam. Sus innumerables meandros permiten que infraestructuras relevantes se sitúen en sus orillas; y si hubo algún lugar donde esos meandros ofrecían con creces esa posibilidad, sin duda fue el punto que Monulphe eligió para su “profecía”. La Iglesia católica, en los hechos, convirtió el oráculo en una estrategia que se expresó en la frecuente presencia del obispo Lambert, asesinado allí en 705, y en que su sucesor, Humbert, trasladara a la ciudad la sede de la diócesis. El poder religioso en la ciudad no tardaría en volverse también político, ya que desde 985 comienza una historia secular de existencia del Principado-Obispado de Lieja, que terminó durante el período de la Gran Revolución Francesa, en 1795.

Mapa topográfico de Lieja, 1768

El Principado-Obispado de Lieja, que constituía un “corredor de neutralidad” dentro de los territorios del Sacro Imperio Romano durante la Edad Media, tenía, obviamente, un líder religioso, mientras que sus tierras no eran continuas: en el mapa se parecían más bien a manchas dispersas. Debido a la ausencia de fricciones políticas y al peso de la autoridad eclesiástica, se transformó durante el período de la Alta Edad Media (siglos XI–XIV) en un centro intelectual. En las escuelas eclesiásticas, donde enseñaban maestros famosísimos de teología, de derecho canónico y de derecho civil, estudiantes acudían desde todas las regiones circundantes, pero también desde Alemania, Italia y los países eslavos, para formarse en instituciones educativas de la Iglesia, que tenían una organización comparable a la de los inicios de la universidad más antigua del mundo, la de Bolonia. Esta identidad intelectual de la ciudad le dio el apodo de “Atenas del Norte”, y su carácter se mantuvo inalterado mientras la historia de Europa avanzaba sin grandes saltos cualitativos.

A pesar de que la Iglesia Católica controlaba el Principado-Obispado, la ciudad de Lieja nunca fue un lugar tranquilo con súbditos disciplinados y obedientes. Todo desarrollo político, toda decisión, debía contar con el consentimiento popular para poder aplicarse y sobrevivir. Los campesinos de Lieja expresaban a menudo y con fuerza su propia voluntad, algo que caracterizaría a la ciudad a lo largo del tiempo, dándole más tarde el apodo metafórico mucho más conocido de Cité Ardente, es decir, la Ciudad Ardiente. Con la producción del saber jurídico dentro de las murallas, constituye un ejemplo histórico la obtención de dos acuerdos constitucionales durante el siglo XIV: primero la Paz de Fexhe, en 1316, y luego el Tribunal du XXII, en 1343. Estas dos leyes dictaban la manera en que el pueblo tenía voz en las decisiones políticas.

La historia del Principado-Obispado terminaría con el fin de la vieja Europa, cuando en 1795 la ciudad fue anexada a la República Francesa, convirtiéndose por primera vez, en esencia, en parte de un Estado laico; y en 1815, tras la derrota de Napoleón en Waterloo, pasaría a manos de los holandeses, para liberarse junto con el resto de Bélgica en 1830.

El vuelco desde sus cimientos de todo un mundo en Europa se expresó como un contraste desmesurado en Lieja, cuya historia siguió un rumbo diametralmente opuesto. La derrota de Napoleón y la victoria del ejército de Nelson en Waterloo abrieron el camino para la industria inglesa, que se desarrollaba vertiginosamente en la Vieja Albión, hacia los territorios de los Países Bajos. Lieja, además de ser una ciudad situada en el cauce del Mosa, se asienta también sobre otra formación geológica de enorme importancia económica: la gran cuenca carbonífera noroccidental europea del Carbonífero, es decir, una formación que comienza en Gales y llega hasta Polonia, y que fue literalmente el subsuelo sobre el que se llevó a cabo la Revolución Industrial. El camino del carbón y de los ejércitos británicos llevó a Lieja, en 1817, a un industrial inglés, nacido en Lancashire: John Cockerill. Su empresa, la Société Anonyme John Cockerill, dominó una superficie de 570 hectáreas en los suburbios del sur de la ciudad, en la zona de Seraing, donde desde comienzos del siglo XIX trabajaban cientos de mineros de carbón, mineros de oro y obreros de fábrica. Eso fue apenas el inicio de una actividad que dominaría la economía de la ciudad y de la que dependería la vida de la mayor parte de su población hasta nuestros días.

El complejo industrial de Cockerill.

Más allá del carbón, sin embargo, las actividades industriales también se expandieron hacia la producción de acero, con una producción que, en el alba del siglo XX, alcanzó las 500 mil toneladas anuales; y sobre esos materiales industriales básicos, exportados desde la tierra valona, se montaron otros sectores más de la producción industrial, permitiendo también el desarrollo de la tecnicidad correspondiente. Es característica la exportación de esa tecnicidad, que queda reflejada en las cifras de los belgas de Lieja que se instalaron en las regiones del Donbás y de los Urales, con 20.000 personas trabajando en la Rusia zarista en fábricas de acero, tranvías y fábricas de vidrio.

La industria del cristal, con la empresa Cristalleries du Val Saint-Lambert a la cabeza, fundada en 1826, constituyó casi un monopolio en las exportaciones mundiales desde 1880 hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial, exportando principalmente hacia la Rusia zarista, un país con el que la ciudad de Lieja adquirió lazos particulares.

Una empresa de enorme importancia fue también la Fabrique Nationale d’Armes de Guerre, conocida como FN, cuya sede estaba en el norte de la ciudad, en Herstal, y que se fundó el 3 de julio de 1889. Con su presencia, Lieja no era solo una ciudad productora de riqueza, sino también de los medios con los que los pueblos se matarían en la disputa por su propiedad.

Más allá del carácter de la ciudad de Lieja, sin embargo, en el siglo XIX cambiaba también el propio mapa de la ciudad. Las pequeñas islitas, resultado de los meandros del Mosa, no eran compatibles con la necesidad de un transporte rápido de las materias primas industriales y de sus productos. Así, en 1850 se completó una obra que cambió drásticamente el relieve morfológico, con la apertura del canal Lieja–Maastricht, que creó en gran medida también la configuración actual de la isla de Outremeuse.

La ciudad intelectual, de las escuelas eclesiásticas y de los campesinos, había cedido ya su lugar a los industrialistas riquísimos y a una gran clase obrera: el proletariado industrial que entraba con ímpetu en el escenario histórico, literalmente desde el infierno que se le construía para su supervivencia. Tal como ocurría en Gran Bretaña, las condiciones de vida de los proletarios de Lieja eran miserables: ausencia de higiene doméstica, hacinamiento en los barrios obreros y, por supuesto, la exposición de los trabajadores a toda clase de enfermedades; y las medidas que se tomaban se referían apenas al aislamiento de esas condiciones en lugares fuera del espacio vital de la burguesía, que seguía siendo el centro de la ciudad. Los empleadores, queriendo controlar por completo la vida de sus trabajadores, les arrebataban de vuelta su magro ingreso controlando toda la vida nocturna y, mediante el entretenimiento, aseguraban la productividad de los obreros y también el retorno material de los jornales.

El proletariado de la Cité Ardente, sin embargo, auténtico continuador de las tradiciones de la ciudad, no se quedaba de brazos cruzados frente a la miseria y las condiciones que se agravaban sobre todo en los períodos de crisis. Un año así fue 1886. Pocos meses antes del estallido de la histórica huelga del Primero de Mayo en Chicago, los obreros de Lieja, celebrando el 18 de marzo el aniversario de los 15 años de la Comuna de París, organizaron una insurrección que quedó en la Historia con el nombre de Jacquerie Industrielle, la cual condujo al baño de sangre del Fusillade de Roux y, aunque no dio frutos inmediatos, creó algo mucho mayor para los trabajadores belgas: la creación de la Commission du Travail y el impulso del recién fundado Partido Obrero Belga (Parti ouvrier belge – Belgische Werkliedenpartij).

La propia dialéctica de la ciudad, más allá de la dicotomía histórica, se expresaba también en la evolución de la actividad intelectual, siguiendo “al pie de la letra” las necesidades de la época. En una ciudad intensamente industrializada existía la necesidad de personal altamente especializado, ingenieros que se colocarían en la primera línea del diseño del frenético desarrollo industrial. En el marco de la Universidad de Lieja, fundada en 1817 por la administración neerlandesa, por iniciativa de Georges Montefiore-Levi, un político e ingeniero nacido en el Reino Unido, se creó el Institut Électrotechnique Montefiore, que hoy forma parte de la Escuela Politécnica (Sciences Appliquées) de la Universidad. Montefiore, al regresar de la Exposición Internacional de Electricidad que tuvo lugar en París en 1881, propuso la necesidad de fundar y poner en funcionamiento una escuela dedicada exclusivamente a las aplicaciones de la electromecánica en la Lieja industrial, sentando las bases para que existieran muchas generaciones de ingenieros locales altamente formados, al principio provenientes de manera casi exclusiva de la burguesía. En cuanto al ocio de la clase dominante, en el centro de la ciudad, en la misma época se fundó el Théâtre Royal y se inauguró la Salle Philharmonique. Por último, la educación escolar de la burguesía tenía lugar en el restablecido Collège Saint-Servais, en 1828, que revivía la larga tradición del colegio de los jesuitas en la ciudad, que se remontaba a 1582. En ese colegio, más allá de las semillas del proceso educativo, se plantó también la semilla que daría los mayores frutos futbolísticos en la Historia de la ciudad.

La llegada de la pelota

A diferencia de Gran Bretaña, donde durante la culminación de la Revolución Industrial, en la segunda mitad del siglo XX, la organización de la clase obrera, además de los sindicatos, encontraba expresión también en clubes de fútbol, en Bélgica el fútbol no nació como institución “desde abajo”. Una posible explicación de esta diferencia es que, mientras en Gran Bretaña el fútbol fue la evolución de una ocupación de la población a lo largo de los siglos, que se codificó y se institucionalizó en las ciudades industriales, en Bélgica no existía una actividad equivalente. La llegada del fútbol a Lieja tiene más en común con el modo en que este llegó al Imperio austrohúngaro, hacia fines del siglo XIX.

Portadora del nacimiento del fútbol en Bélgica fue la burguesía, que, animada por la admiración por el modo de vida británico, intentaba incorporar las actividades deportivas británicas al programa de sus ocupaciones. El fútbol y el cricket aparecían en cada ciudad, ya sea como pasatiempo de los británicos que estaban fuera de su patria trabajando para el “Imperio informal”, es decir, las incontables empresas de intereses británicos en tierras extranjeras, o como actividad de las élites locales. El primer club de fútbol fundado en Bélgica fue el Antwerp Football and Cricket Club, en 1880, es decir, 15 años antes de que se fundara la Federación Belga de Fútbol. Por su antigüedad, cuando en 1926 se publicó la lista con el número correlativo de cada entidad —algo que acompaña la identidad de cada club en Bélgica—, el Antwerp recibió el número 1. Sin embargo, el Football and Cricket Club de Amberes no fue fundado por locales, sino por británicos que trabajaban en el puerto de Flandes, en rápido desarrollo.

En Lieja, el primer club de fútbol que se fundó fue en 1892 el FC Liège, que hoy es más conocido por las iniciales de su nombre completo, RFCL. Los fundadores de la FCL eran miembros del club de ciclismo, que florecía en un lugar donde se disputa hasta hoy la prueba de ciclismo en ruta más antigua, la “Liège–Bastogne–Liège”. Los miembros de la FCL se convirtieron en portadores del “microbio futbolero” a través del contacto con británicos que jugaban al “juego extraño” en el céntrico Parc de la Boverie, parte de la isla de Outremeuse, tal como había quedado configurada después de la apertura del canal Lieja–Maastricht. La fecha de fundación de la FCL la convirtió en miembro fundador de la Federación Belga de Fútbol y, más tarde, recibió el número correlativo (matricule) 4. En el mismo período, en la provincia de Lieja, británicos fundaron el Club Sportif Verviétois, en 1896, a unos pocos kilómetros al sudeste. Pero esa no era la única actividad futbolística de la ciudad.

Desde mediados de la década de 1890, los alumnos del colegio jesuita de St Servais fundaron su propio equipo, del que se sabe que llevaba camisetas rojas y tenía como emblema el monumento de la ciudad, el llamado Perron. El Perron, que hoy tiene la forma de una columna colocada sobre una estructura hexagonal con fuente, es algo más que un monumento de la ciudad: podría caracterizarse incluso como una institución. Simboliza la protección de las libertades en la ciudad de Lieja, durante los siglos del Principado-Obispado, pero también en los años del poder secular. Es el símbolo de su orgullo. De hecho, en 1467, Carlos el Temerario, duque de Borgoña, después de su victoria sobre los liégeois en la batalla de Brustem, arrebató el monumento y lo colocó en Brujas, con el fin de humillar a los orgullosos e indómitos habitantes de la Ciudad Ardiente.

Imagen de época del patio del Collège St Servais

Ese símbolo de orgullo y libertad eternos de Lieja fue adoptado también como emblema por la FCL, que poco después de su fundación eligió como colores el azul marino profundo y el rojo, “Sang et Marine”, como referencia a Dulwich, zona de origen de varios de sus deportistas británicos. Sin embargo, esos colores simbolizaban algo más que una elección casual entre compañeros: eran el reflejo de una identidad que conduciría a una escisión histórica. Como es comprensible, la FCL era la quintaesencia de la anglofilia de la burguesía de la época, con rasgos extraordinariamente extrovertidos y casi unidireccionales hacia Gran Bretaña. Pero en su seno la FCL alojó por un breve período también al equipo de los alumnos del Collège St Servais, que se inspiraban en las ideas del Cristianismo Muscular (Christianisme musculaire) y en la tradición católica local. Ese choque de identidades conduciría rápidamente a una escisión histórica destinada a jugar un papel decisivo en los acontecimientos.

En el verano de 1898, un grupo de alumnos, encabezado por el joven de 16 años Joseph Debatty, decidió separarse de la FCL y crear un nuevo club. Es sumamente interesante el hecho de que alumnos de esa edad tuvieran la posibilidad, además de convertirse en portadores y generadores de una identidad futbolística ideológica, de crear también un nuevo club, con todo lo que eso implica en cuanto a las exigencias prácticas y sobre todo administrativas de un movimiento así. Como está registrado históricamente, el primer día del año escolar, que debió haber sido el jueves 1 de septiembre de 1898, los alumnos decidieron crear su propio club. Tras un proceso democrático, el nombre Standard se impuso por un voto frente al nombre Skill. Estos dos nombres revelan una paradoja: pese a que los alumnos querían desvincularse del club anglófilo de la FCL, no podían concebir el fútbol sin referencias a la cultura británica. El nombre Standard, de hecho, que fue el que se impuso, estaba inspirado en el Standard Athletic Club de Paris, un club deportivo de élite, con una enorme influencia británica, que además es el primer campeón de fútbol de la historia en Francia, al ganar la competición de 1893-94. El Standard Football Club, con su nombre plenamente británico, iniciaba su propio recorrido en una ciudad para convertirse en el símbolo de una población con la que, en el momento de su fundación, no tenía absolutamente ninguna relación.

La recién fundada Standard, pese a que logró adquirir personalidad jurídica, tenía un enorme problema en cuestiones prácticas básicas, una de las cuales era la indumentaria. Los alumnos no tenían los recursos ni la red necesaria para equipar adecuadamente a su institución. Así surgió otra paradoja: las camisetas del nuevo club se las prestó la FCL, el club del que se había separado. En ese marco, por supuesto, la FCL veía el movimiento de los alumnos más bien con simpatía, sin sentir el temor de la competencia —la Historia, naturalmente, desmentiría esa mirada. Pero la Historia ha registrado que las primeras camisetas rojo intenso de la Standard, sin el Perron —ya que ese era el emblema de la FCL—, fueron entregadas por el “viejo” club de la ciudad. La Standard sería para siempre el equipo más joven, identificada con el matricule 16, y necesitó aproximadamente medio siglo para lograr revertir las correlaciones históricas desfavorables.

Contra el Mosa

La Standard estudiantil, con las camisetas rojas prestadas, empezó a jugar al fútbol en los espacios abiertos de la ciudad, en la colina de Cointe, que se encuentra muy cerca del Collège St Servais, y en la orilla opuesta del Mosa, en Grivegnée, que aunque hoy es una zona densamente habitada, entonces era una gran extensión de campos agrícolas. Cointe, sin embargo, es otra coincidencia en la historia de la Standard y de la RFCL, ya que también el equipo más antiguo de Lieja inició allí su actividad deportiva antes de descender hacia el centro de la ciudad. Esa cuna de la cultura futbolística de la Ciudad Ardiente es sinónimo de los privilegios de la élite, ya que tradicionalmente era un espacio de recreo de la clase dirigente, e incluso había sido un parque privado. Y si la FCL bajó desde Cointe para encontrarse con la evolución de la “Atenas del Norte”, guiada por la corriente del Mosa, el recorrido histórico de la Standard fue contra la corriente del gran río.

Joseph Debatty permaneció en la presidencia del club hasta 1902, antes de marcharse para hacerse sacerdote, y tras varios cambios administrativos, en 1909 llegó a la conducción del club un industrial, Maurice Dufrasne, el hombre que definiría la identidad histórica del club, permaneciendo en ese cargo hasta 1931.

A comienzos del siglo XX, Lieja seguía viviendo el desarrollo que había empezado en el siglo XIX. Un año bisagra fue 1905, cuando en 660 stremmas en la zona de Vennes y Boverie se organizó la Exposición Internacional. Ese año se completó el puente de Fragnée, de una estética excepcional, que recuerda al puente Alexandre III de París, el puente de Fétinne, el Palais des Beaux-Arts, y se creó la zona residencial de Vennes. Ese desarrollo urbanístico y constructivo llevó también a un gran florecimiento de las finanzas personales de Maurice Dufrasne, que como ingeniero civil e industrial, proveniente de una familia con larga tradición en el sector de la construcción en Valonia, hizo “negocios de oro”. Pero Dufrasne, además de olfato empresarial, demostró ser también un dirigente futbolístico extraordinario, en una época en la que ese rol no difería demasiado de un simple hobby.

El puente de Fragnée

Con la asunción de la dirección del club, Dufrasne decidió que el equipo nómada tenía que tener su propio lugar: no en la “Atenas del Norte”, no en el centro de la ciudad con su tradición intelectual, ni en el Cointe, históricamente asociado a la élite. Mirando hacia el sur, allí donde se alzaban las chimeneas de las fábricas de forja y de procesamiento de minerales, allí donde vivían los obreros, veía al humilde, industrial y proletario Sclessin como el espacio natural en el que la Standard se convertiría en el símbolo de una identidad que hasta entonces no tenía símbolos.

Dándole literalmente la espalda al centro histórico, la Standard inició su marcha hacia el suroeste, “subiendo” el Mosa, en una movilización que, ante la ausencia de medios de transporte, se hizo con carretillas de obra, dentro de las cuales los miembros del club llevaban todo lo necesario para jugar al fútbol: desde los postes de los arcos hasta las camisetas rojas de la Standard, que calzaban a la perfección con la clase obrera “desconocida” a la que iban a encontrarse. En 1909 se produjo el primer encuentro del proletariado de Lieja con la Standard y, desde entonces, su amor sigue intacto y su pasión es, literalmente, ardiente.

El cuento de la Standard empezaba con grandes expectativas; sin embargo, para poder seguir adelante, el club —como la ciudad, como el mundo entero— tenía que lograr sobrevivir al primer gran golpe del siglo XX. El estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 convirtió a la Lieja industrial en objetivo de los ataques alemanes y su infraestructura industrial fue destruida casi por completo por los bombardeos. En 1918, desde las ruinas, había que reconstruir el “milagro” que había necesitado un siglo para edificarse. Y eso fue exactamente lo que ocurrió: un milagro, porque en seis años, para 1924, la industria de Lieja había vuelto a su productividad de preguerra. Al mismo tiempo, la Standard, que había jugado por primera vez en Primera División entre 1909 y 1914, regresó a la máxima categoría en 1921 para quedarse allí hasta hoy, acumulando 105 temporadas consecutivas en la élite del fútbol belga, una cifra récord.

En esa misma época, Dufrasne avanzó en la compra de terrenos alrededor del estadio de la Standard y procedió a la construcción de un nuevo edificio, con tribunas de hormigón y una capacidad de 24 mil espectadores, en 1923. Ese estadio, el “infierno” de la Standard, construido exactamente enfrente de la emblemática fábrica de Cockerill —que hoy se yergue como monumento de una época irreversible del carbón y del acero— lleva el nombre de su impulsor y es conocido entre los amantes de la cultura futbolera como Stade Maurice Dufrasne.

El Stade Maurice Dufrasne en Sclessin y, al fondo, el complejo industrial de Cockerill-Sambre.

Y mientras el mundo volvía a arrodillarse bajo los efectos del llamado “crack” de 1929, en Lieja los planes grandilocuentes no tenían freno. En 1930 se organizó la Exposition internationale de la grande industrie, science et applications, art wallon ancien, que fue más que una exposición: el sello de la participación de la Valonia industrial en la economía nacional belga, en contraposición al crecimiento de Amberes, el gran puerto, cuya proyección internacional se expresó también con la organización de los Juegos Olímpicos de 1920. Con motivo de la exposición se realizaron nuevas obras en la ciudad, con la alineación del Mosa, la construcción del dique-puente de Monsin y del puente de Cornemeuse. La concurrencia, sin embargo, resultó decepcionante: en vez de los 12 millones de visitantes que se esperaban, llegaron a Lieja apenas 6 millones, en un reflejo de las condiciones económicas mundiales y de una época que olía a pólvora.

Los efectos de la crisis global golpearon a Lieja en 1932, con el desempleo en Bélgica alcanzando el 20% y una enorme Huelga General estallando en todo el país que, pese a no haber producido ganancias materiales, contribuyó una vez más —después de la revuelta de 1886— a la radicalización del proletariado valón. Las conquistas materiales llegarían, sin embargo, para la clase trabajadora belga cuatro años más tarde, cuando con la Huelga General de 1936, que comenzó en los docks de Amberes y tuvo una participación enorme en Lieja, se institucionalizaron las vacaciones pagas, la semana laboral de 40 horas, el reconocimiento de los sindicatos, así como aumentos salariales del 7%.

En lo que respecta al desarrollo de la ciudad, poco antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, en 1939, se completó una obra de importancia extraordinaria para la economía belga, ya que el Canal Alberto unía el centro industrial de Lieja con el puerto de Amberes, convirtiendo el puerto de Flandes en el segundo más grande de Europa.

La Segunda Guerra Mundial vuelve a encontrar al proletariado de Lieja defendiendo su identidad histórica. Los ocupantes nazis, a diferencia de la maquinaria destructiva alemana de la Primera Guerra Mundial, en lugar de desmantelar las infraestructuras eligieron hacerlas funcionar en su propio beneficio. Así, la explotación laboral, la servidumbre asalariada, se volvió también sometimiento al ocupante extranjero-patrón. Pero en 1941, bajo condiciones de miseria, los trabajadores de Lieja, con el Partido Comunista como impulsor principal del movimiento, avanzan el 10 de mayo hacia la mayor huelga bajo ocupación en la Historia, la llamada “Huelga de los 100 mil” por el número de participantes, que obligó a las fuerzas ocupantes a hacer concesiones a la población local, relativas sobre todo a las condiciones de alimentación.

Bandiera Rossa

El fin de la Segunda Guerra Mundial traería cambios tectónicos en todo el planeta, pero también marcaría el inicio de un capítulo completamente nuevo para la historia social de Lieja. Si la revolución industrial creó en la ciudad intelectual del antiguo Principado-Obispado un proletariado enorme y extraordinariamente radicalizado, 1946 es el año en que la propia composición de ese proletariado empezará a adquirir rasgos culturales distintos y ampliados.

Con el fin de la guerra, junto con los ocupantes nazis se retiraron también unos 65.000 obreros alemanes que trabajaban en la industria de Lieja. Esa salida creó una necesidad inmediata de mano de obra, que se cubrió gracias a un acuerdo bilateral entre Bélgica e Italia, por el cual llegaron 50.000 trabajadores, incapaces de encontrar empleo en su país, que había quedado de rodillas por el avance fascista. A cambio, Bélgica exportaría a Italia diariamente 200 kilos de carbón. Los trabajadores italianos que llegaban a Lieja vivían en barracones (Nissen Huts) llamados cantines, en condiciones miserables, reviviendo en esencia la aparición del proletariado industrial del siglo XIX. Esa miseria se agravaba todavía más por el racismo social y la guetización, así como por la explotación feroz en los lugares de trabajo, cuya escalada fue la tragedia del Bois du Cazier, cerca de Charleroi, en agosto de 1956, que causó la muerte de 262 personas y el fin del acuerdo bilateral. Sin embargo, el proletariado de origen italiano pasó desde entonces a ser una parte inseparable de la clase obrera de Lieja, y su cultura se encuentra más allá de la ciudad también en las tribunas del Maurice Dufrasne, donde en muchos casos se cuelgan banderas con consignas escritas en la “lengua de Dante”.

Las cantines, espacios de vivienda de los inmigrantes italianos que llegaban a Lieja.

En una nueva —y, de hecho, dorada— época entraba también la Standard, en cuyos círculos dirigenciales irrumpió Roger Petit, un dirigente cuya contribución histórica puede compararse con justicia con la huella de Dufrasne. Petit, que había jugado primero como delantero y luego como defensor, entre 1931 y 1943, registrando 207 participaciones y anotando 8 goles, asumió funciones de Secretario General en 1945 y se mantuvo en ese cargo hasta 1984. Petit transformó las actividades del club en una industria, adoptando prácticas equivalentes para todas las actividades alrededor de la institución, salvo el área deportiva, que debía seguir siendo no lucrativa. En esencia, convirtió a la Standard en una organización de la que dependía incluso la propia subsistencia de una gran parte de la población de la ciudad, con énfasis en el Sclessin obrero. Además, trabajó intensamente para imponerse en el trasfondo del fútbol, creando un enfrentamiento de proporciones épicas con su alter ego en el Anderlecht, Constant Vanden Stock, que se expresó gradualmente —y a través de la colisión de identidades ideológicas— en el desarrollo de la mayor rivalidad entre clubes, históricamente, en Bélgica.

Y aunque la Standard todavía no ganaba títulos, aunque la RFCL fuese teóricamente el único gran equipo de la ciudad —ganando sus últimos campeonatos en las temporadas 1952 y 1953— el proletariado de Lieja “conquistaba” también Bruselas. En 1950, cuando estaba en pleno desarrollo lo que se llamó la Question Royale, es decir, si el rey de Bélgica Leopoldo III regresaría al trono, el 58% de Valonia votó contra la Monarquía. Sin embargo, con el 72% de los votos de los flamencos y un resultado marginal en la región de Bruselas, la Monarquía fue restablecida y Leopoldo regresó al trono. Los obreros de Lieja, que habían sufrido bajo el yugo nazi, se sublevaron contra un rey que había colaborado con los ocupantes. La marcha de los obreros valones hacia Bruselas, el 30 de junio de 1950, desembocó en el derramamiento de sangre de la Fusillade de Grâce-Berleur, con 4 manifestantes muertos. Como resultado, el trono pasó al hijo de Leopoldo, Balduino; sin embargo, los hechos dejaron todavía otra herencia de convicciones democráticas para la ciudad de Lieja.

1954 fue el año en que la Standard conquistaría el primer trofeo de su Historia. Fue un capricho del destino, quizá: un año después del último campeonato de la RFCL, comenzaba la epopeya que definiría el cambio de las correlaciones históricas dentro de la ciudad. En marzo de 1954 la Standard quebró la resistencia del Sint-Truiden en la ronda de “32”, mientras que en abril eliminó al Club Brugge con el imponente 5-1 y a la Daring en cuartos de final con 1-2. A fines de mayo, venció a la RFC Sérésien por 2-5, para disputar la gran final del 6 de junio, en el Stade du Centenaire (conocido también como Jubilé o Heysel y hoy Stade Roi Baudouin). Frente a la RC Mechelen, la Standard abrió el marcador en el 1º minuto con gol de Sébastien Jacquemyns, y antes de que se cumpliera la primera decena de minutos Joseph Givard —que jugaba como interior derecho (8) en el 2-3-5 de la época— duplicó los goles de los liégeois. En el minuto 30 Mannaerts descontó para el Mechelen, pero en el 86, el capitán y centrodelantero de la Standard, Fernand Blaise, aseguró la victoria y el título, firmando el 3-1 final. Esa fue la entrada oficial de la Standard al club de los grandes del fútbol belga.

Esa fue también la excelente primera temporada de una gran personalidad que remodeló futbolísticamente a la Standard. En el verano de 1953 llegó a Lieja el entrenador francés André Riou, ex futbolista de Moulins, en el norte de Auvernia, que había ligado su nombre previamente al club de Toulouse. Riou había jugado en la década de 1930 en el Racing de París (después del paso de Hogan) y luego en Toulouse, para iniciar desde allí su carrera como entrenador. Había ganado la segunda división de Francia en 1950 con el equipo Stade Français–Red Star, antes de convertirse en el primer entrenador profesional de la Standard, quedando en la historia como “el hombre de la boina”.

En su primer año, Riou trajo la primera copa para la Standard y, en su última temporada, dejó una marca imborrable en la Historia del club, siendo el arquitecto de una campaña que condujo al primer campeonato, en la temporada 1957-58. En una carrera que se sostuvo desde la primera hasta la última fecha, con el Antwerp —campeón vigente— como rival, la Standard logró asegurar el título en el desempate gracias a un gol, ya que en los duelos entre sí había perdido 1-0 en Amberes, pero había ganado 2-0 en Sclessin. Los primeros campeones con los colores de la Standard fueron Toussaint Nicolay (arquero), Jean Mathonet (capitán), Maurice Bolsée, Gilbert Marnette, Henri Thellin, Joseph Happart, Karel Mallants, Jean Jadot, Joseph Givard, Jean Van Herck, André Piters —apodado Popeye—, Denis Houf y Marcel Paeschen.

El equipo de la Standard, campeón de 1958.

La conquista del campeonato significó también la primera salida de la Standard a las competiciones europeas, en la temporada siguiente. Con nuevo entrenador, el húngaro-checoslovaco Géza Kalocsay, futbolista del Sparta Praga que había ganado la Mitropa Cup en 1935, la campaña europea de la recién llegada Standard en el todavía joven torneo de la Copa de Europa fue más que satisfactoria. En la 1.ª ronda, superó el obstáculo del Hearts escocés, ganando 5-1 en Sclessin y perdiendo 2-1 como visitante, mientras que en octavos se enfrentó a la gran Sporting de Lisboa, a la que venció 2-3 de visitante y aplastó 3-0 en Lieja. En cuartos, el rival fue el Reims de Juste Fontaine, que en el verano de 1958 había sido máximo goleador del Mundial de Suecia con 13 goles (una marca que hasta hoy no fue superada). El Reims, que unos años antes había disputado la primera final del torneo, la pasó mal en Lieja: la Standard ganó 2-0, gracias a goles de Jadot y Givard, pero en la revancha, un gol de Piantoni y dos del máximo artillero Fontaine le negaron a la Standard una clasificación enorme.

La Standard volvería a la cima del fútbol belga en un año que también se “tiñó” con la acción de su elemento proletario. El 30 de junio de 1960, el histórico yacimiento aurífero (o diamantífero) de Bélgica —un país que se había convertido en símbolo de la explotación colonial más brutal—, el Congo Belga, se transformó en un país independiente: la República del Congo, con Patrice Émery Lumumba como primer ministro, asesinado en septiembre de ese mismo año. Las consecuencias económicas para Bélgica fueron enormes, lo que llevó al primer ministro Gaston Eyskens a proponer la imposición de un programa de austeridad severa, la llamada Loi Unique, para absorber la crisis de deuda que surgió tras la pérdida de la reserva africana de riqueza ensangrentada. La respuesta de los trabajadores valones fue la terrible huelga de aquel invierno, con André Renard, del sindicato FGTB, como líder, que escaló el 6 de enero de 1961. Aunque la ley finalmente se aprobó el 14 de febrero, los hechos de ese año revelaron una fractura política entre las regiones lingüísticas de Bélgica, con los trabajadores de Valonia adquiriendo una identidad ideológica “nacional” propia, que evolucionó de diversas maneras y en distintos ramales ideológicos dentro de las tonalidades políticas del “valonismo”.

Mientras las banderas rojas de la FGTB forjaban nuevas identidades políticas complejas, las camisetas rojas de la Standard, en la última temporada de Kalocsay, volvían a encontrar el camino hacia el triunfo, en un campeonato histórico para la ciudad de Lieja: la Standard se quedó con el título, dejando segunda a la RFCL, y esa victoria mostraba algo más que el equilibrio del momento: una trayectoria histórica. Ese sería también el primer campeonato de una década en la que en la cima se alternarían exclusivamente la Standard y el Anderlecht, creando el gran díptico del fútbol belga. El héroe de aquel equipo y mejor futbolista de la temporada fue Jean Nicolay, arquero nacido en 1937 en el barrio de Bressoux, que además jugó 39 veces para la selección de Bélgica.

Les Rouches

En la década de 1960, la Standard formalizaría su lugar como uno de los gigantes del fútbol belga y se convertiría también en referencia del fútbol valón, con la fama del club yéndose muy por fuera de las fronteras nacionales, ya que sus buenas campañas en Europa hicieron del club, en los hechos, un embajador de la ciudad de Lieja en toda la Vieja Europa. Con la modernización del seguimiento del fútbol a través de la televisión, la imagen desde Sclessin podía llegar mucho más allá de los límites de la ciudad y, a partir de los relatos —principalmente los de Luc Varenne, que trabajaba en la cadena francófona RTBF—, se popularizó el apodo más conocido del club: “Les Rouches”, que no es más que la pronunciación de la palabra “los rojos” (les rouges) con el acento particular de Lieja.

Esa misma modernización se reflejaba también en la imagen de la ciudad de Lieja, que una vez más se transformaba —no necesariamente de la manera soñada en los planes. Un gran proyecto para crear una estación subterránea de ómnibus en la Place St Lambert quedó estancado durante muchos años, dejando por décadas un agujero en el centro de la ciudad. En 1967 se construyó el edificio de la Cité Administrative, uno de los primeros rascacielos de la ciudad, diseñado por los arquitectos Jean Poskin y Henri Bonhomme. En el mismo período, en Droixhe se proyectó una zona que aspiraba a convertirse en el paraíso del modo moderno de habitar la ciudad. Una serie de artistas destacados, como Jo Delahaut, Pol Bury, Georges Collignon, Jean Rets y otros, decoraron con sus obras las entradas de los nuevos complejos de viviendas en forma de torres. Todo esto dentro de un plan urbanístico que incluía todo lo necesario para una vida cómoda: comercios, espacios libres de juego, instalaciones deportivas, escuelas, bibliotecas, un centro médico y un gran cine.

El complejo habitacional modernista de Droixhe.

La Standard, representando a una ciudad en pleno auge industrial, triunfaba en Europa, ya que su regreso a la Copa de Campeones estuvo marcado por otra campaña impresionante. En la edición 1961-62 logró derrotar consecutivamente al Fredrikstad y al Haka, de los países escandinavos, para medirse en los cuartos de final del torneo con la potentísima Rangers de Glasgow. En el primer partido, en Sclessin, Claessen abrió el marcador para los Rouches en el minuto 7, antes de que Wilson empatara en el 18’. Con 2 goles de Crossan, en el 40’ y el 51’, y otro más de Vliers en el 56’, la Standard se llevaba una ventaja excelente para quedar a un paso más de lo que había alcanzado en 1959. En la revancha en Ibrox, los Rangers se pusieron en ventaja con Brand en el minuto 28, pero no podían marcar más para cubrir la desventaja de tres goles. Finalmente solo lograron reducirla, con un penal ejecutado por Caldow en el 89’, y así la Standard consiguió la gran clasificación a semifinales, donde enfrentaría al quíntuple campeón de Europa, el Real Madrid, que la temporada anterior había perdido la corona ante el Benfica. Las semifinales, disputadas el 22 de marzo y el 12 de abril, fueron un asunto mucho más difícil y la Standard, con dos derrotas, no consiguió llegar a la final de Ámsterdam.

En la temporada 1962-63, en un campeonato que al menos 6 equipos disputaban con aspiraciones reales, la Standard superó a la Anderlecht en la cima de la tabla en la 20ª fecha, con 10 jornadas aún por jugarse hasta el final de la temporada. Cinco fechas más tarde la Standard había conseguido otras 4 victorias y la Anderlecht apenas un empate, mientras que Antwerp y la RFCL estaban a 6 y 7 puntos de la punta respectivamente. Esa gran diferencia (con el sistema de puntuación 2-1-0 de entonces) parecía correr peligro solo después del paso de la Anderlecht por Sclessin y la derrota de la Standard por 0-1, en la 26ª fecha (que era la 23ª reprogramada). Sin embargo, con 4 victorias en los últimos 4 partidos, los Standardmen celebraron otro título nacional, llegando a 3 campeonatos y contando además en sus filas con el jugador más valioso del torneo, el arquero Jean Nicolay, que se iba convirtiendo en leyenda de Sclessin.

En el trienio siguiente la Standard no estuvo en condiciones de competir por el campeonato contra su enemiga acérrima, la Anderlecht, pero el 8 de junio de 1966 se presentó la ocasión para el gran choque entre los dos gigantes, en la final de la Copa disputada en Heysel. La Standard, cuyo director técnico era el yugoslavo Michel (Milorad) Pavić, se impuso gracias al gol que marcó en el minuto 32 el defensor limburgués Nico Dewalque, logrando una victoria cargada de simbolismos, ya que, además de doblegar la resistencia de su gran rival, ya contaba en su vitrina con 3 campeonatos y 2 copas, igualando los 5 trofeos (ligas) de su vecina RFCL.

Esa conquista de la Copa, sin embargo, fue también el pasaje para otra marcha triunfal en Europa, en la Recopa de Europa 1966-67. En la segunda competición continental, la Standard eliminó al Valur de Islandia, con un partido en el Dufrasne que terminó en el contundente 8-1, y en las rondas siguientes superó con éxito los exámenes ante el Apollon Limassol y el Chemie Leipzig. En cuartos de final, el obstáculo del Vasas resultó más difícil, ya que el 1 de marzo de 1967 los húngaros ganaron 2-1 en Györ, aunque Semmeling marcó en el 85’ un gol “de oro” (como se comprobaría). En la revancha, Claessen y Jurkiewicz firmaron el 2-0 para la Standard, que en una década llegaba por segunda vez a semifinales de una competición europea, superando también en esa comparación informal a la RFCL, que antes había alcanzado las semifinales de la Copa de Ferias, antecesora de la Copa UEFA. En semifinales, aunque no sufrió una goleada como le había pasado con el Real en 1962, cayó 2-0 de visitante y 1-3 de local ante el Bayern Múnich, perdiendo la chance de disputar el trofeo europeo en la final de Núremberg.

Al final de la década quedaba pendiente el destronamiento de la Anderlecht de la cima del campeonato belga, que por esos años dominaba sin demasiada presión. Eso ocurrió en la temporada 1968-69, cuando, bajo las órdenes de René Hauss, llegado desde el RC Strasbourg, los Rouches reencontraron la tierra prometida. El protagonista de aquella temporada fue Wilfried Van Moer, mediocampista nacido en 1945 en Beveren, que fue elegido jugador más valioso del campeonato por segunda vez, tras haberlo logrado en 1966 como futbolista del Antwerp. Sin embargo, la punta de lanza del ataque liejense fue el húngaro Antal Nagy, que en 28 apariciones en la liga mandó la pelota a la red 20 veces.

La temporada siguiente Nagy se fue transferido al Antwerp, pero los Rouches de Hauss, con Van Moer como líder y figura —que volvió a ganar el premio al jugador más valioso del campeonato—, hicieron una campaña extraordinaria con 22 victorias, 5 empates y 3 derrotas, para conquistar por segunda vez consecutiva el campeonato, por primera vez en su historia. Eso significaba que la Standard ya tenía tantos títulos de liga como la RFCL, contaba con una presencia estable en las competiciones europeas y se había convertido en el representante de facto del fútbol valón, a través de una disputa con la Anderlecht que dejó una legendaria herencia histórica. La trilogía dorada de Hauss se completó la temporada siguiente, en la que la Standard, con el alemán Erwin Kostedde como arma suprema en ataque —marcó 26 goles en 27 partidos—, logró terminar un punto por encima del Brugge en la carrera por el campeonato, a pesar de la sanción con derrota administrativa en el partido ante el Antwerp como visitante (que la Standard había ganado 0-2), por haber utilizado más extranjeros de los permitidos en el campo.

La muerte del carbón y el canto del cisne

Esa trilogía dorada, así como el dominio absoluto de la Standard y la Anderlecht en el campeonato belga, terminaría a comienzos de la década de 1970, una década en la que también se cerró el sueño europeo de la prosperidad. En muchos países de Europa occidental quedó en la memoria colectiva la existencia de los “treinta gloriosos” (trente glorieuses) años, es decir, las tres décadas desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta mediados de los ’70. El crecimiento vertiginoso del capitalismo europeo —y, en general, occidental—, que bajo el peso del antagonismo ideológico con el bloque socialista y la existencia de fuertes movimientos obreros en cada país pudo conceder derechos y mejores condiciones de vida y trabajo a la clase trabajadora, llegaba a su fin. La llamada “crisis del petróleo”, que se manifestó como una crisis de sobreacumulación de capital en 1973, coincidía con la entrada al mercado energético mundial de países fuera del espacio tradicional europeo y norteamericano de producción de energía. Japón y Brasil ingresaron como jugadores fuertes en el mercado energético, al mismo tiempo que el carbón ya no era la materia prima energética indispensable que la industria necesitaba como en décadas anteriores, y el acero se producía más barato en otros lugares. Así, la gran zona productora de riqueza de la cuenca carbonífera del Carbonífero empezó a vivir un gran declive histórico.

En Lieja, esa realidad se refleja en las cifras de trabajadores del emblemático complejo Cockerill. En 1957, en esa planta trabajaban 45.000 personas, mientras que justo antes del golpe de la gran crisis, en 1974, ese número había llegado a 65.000. Una década más tarde, en 1984, apenas 18.700 obreros integraban la fuerza laboral del histórico complejo, y la cifra bajó a 12.100 en 1988.

La recesión económica de la ciudad de Lieja se reflejaba también en la trayectoria de la Standard, que, a pesar de estar en el centro de las disputas del “trasfondo” del fútbol gracias a Roger Petit, no podía competir a la par con los equipos de Flandes, con el Brugge emergiendo como una nueva gran potencia del fútbol belga, ganando en 1973 su primer campeonato (y segundo en total) después de 53 años. Sin embargo, hacia fines de la década el Brugge ya había llegado a 6 ligas en total, alcanzando a la Standard en la tabla histórica, mientras que en 1978 disputó la final de la Copa de Campeones, perdiendo en Wembley ante el gran Liverpool de Bob Paisley con un gol de Dalglish en el minuto 64.

Hizo falta que pasara casi una década “seca” para que llegara el momento de los últimos triunfos, que fueron, en esencia, el canto del cisne de aquella época dorada para la Standard. Fue la etapa marcada por la presencia de algunos de los mayores mitos del fútbol belga en Sclessin. El más destacado entre ellos fue Eric Gerets, lateral derecho, nacido en Rekem en 1954, que quedó en la historia con el apodo de “el león de Rekem”. En 11 temporadas con la camiseta de la Standard, Gerets sumó 413 partidos y anotó 30 goles, antes de ser transferido al Milan. Otra gran figura fue el legendario arquero belga Michel Preud’homme, nacido en 1959 en Ougrée, en los suburbios del sur de Lieja. En el banco de la Standard se sentaba una figura gigantesca del fútbol europeo, el remodelador del Brugge, un entrenador que vinculó su nombre a la trayectoria del fútbol de Europa Central tras la epopeya de la Escuela del Danubio: Ernst Happel.

El mito de la Standard, Eric Gerets, el león de Rekem

Este equipo legendario de la Standard encontró su primer título el 7 de junio de 1981, cuando enfrentó en el Heysel de Bruselas al Lokeren por la final de la Copa. La victoria de los Rouches fue más que cómoda: con goles de Edström, Daerden, Tahamata y Önal —es decir, de cuatro jugadores con cuatro nacionalidades distintas, en la era previa al Bosman— ganó 4-0 para sumar su cuarta copa a la vitrina. Pero en 1981 ocurrió también otro hecho importante para la Standard, aunque no estuviera bajo su control. Al final de la temporada, el Beerschot, un club de los suburbios del sur de Amberes, descendió pese a haber terminado 15º en un campeonato de 18 equipos, debido a la revelación de un escándalo ligado al club de Beringen. El caso condujo a su descenso y así se cerró una racha de 65 temporadas consecutivas en la élite. Desde la temporada 1981-82, la Standard pasaría a ser el club con la presencia ininterrumpida más larga en la primera división del fútbol belga.

La copa de 1981 fue apenas el comienzo para aquel equipo, que en la temporada 1981-82 brilló, firmando quizá la mejor campaña de toda la historia del club. En el banco, Ernst Happel fue reemplazado por Raymond Goethals, el entrenador que más tarde ganaría la Champions League con el Marsella, marcando así un hito para el fútbol francés. A la Standard de Gerets y Preud’homme se sumó además la llegada de Arie Haan, mediocampista del Ajax legendario de comienzos de los años 70, que bajó a Lieja después de una etapa de seis años en el Anderlecht.

En el campeonato, la Standard, con un recorrido sólido aunque no supersónico, logró imponerse, cerrando la temporada por delante del Anderlecht y agregando su séptima liga a la vitrina. Pero la temporada quedó marcada por la monumental campaña europea en la Recopa. En la primera ronda, la maltesa Floriana resultó un rival muy por debajo de las expectativas, y el marcador en Sclessin se detuvo en un 9-0. En la segunda, una vieja conocida —la húngara Vasas— esta vez no le planteó demasiados problemas a la Standard, que con triunfos 0-2 afuera y 2-1 en casa avanzó de ronda. En cuartos de final, sin embargo, el rival fue el emergente Porto, que todavía no dominaba el fútbol portugués, pero ya iniciaba un camino que pocos años después lo llevaría a la cima europea. La Standard ganó 2-0 con gol de Engelbert y un gol en contra de Gabriel; y cuando Jean-Michel Lecloux marcó en el Estádio das Antas, prácticamente dejó cerrada la serie, en la revancha que terminó 2-2.

El gran desafío, claro, eran las semifinales, donde la Standard debía llegar más lejos que en sus dos intentos previos. El partido de ida, como visitante, sentó las bases: gracias al gol de Daerden, los Rouches se fueron del Estadio Lenin de Tiflis con una victoria ante el Dinamo local; y en la vuelta, otra vez Daerden fijó el mismo marcador para mandar a los Standardmen a la final de Barcelona.

Cuando una final europea se juega en el Camp Nou, ante la mirada de 100.000 espectadores, el último rival que uno querría enfrente es, sin dudas, el Barcelona. Sin embargo, el equipo catalán fue el adversario de la Standard la noche del 12 de mayo de 1982, y aun así el partido arrancó muy bien para el conjunto valón: Guy Vandermissen abrió el marcador para los visitantes —típicos y, sobre todo, reales— en el minuto 8. Al filo del descanso, no obstante, el Barcelona empató con Simonsen, y finalmente Quini, con un gol al minuto 63, le negó a la Standard un título europeo que habría quedado para siempre en su historia.

El equipo de la Standard que jugó la final de la Recopa en 1982.

La temporada 1982, sin embargo, más allá de la final europea, también quedó marcada por el escándalo Standard–Waterschei. Los dos equipos se enfrentaban en Sclessin por la última fecha del campeonato, el 8 de mayo, mientras que el 12 de ese mismo mes la Standard iba a jugar una final europea en Barcelona. La derrota como visitante de la Standard ante Waregem en la 31.ª jornada, el 18 de abril, había dejado la situación en un punto límite, con los Rouches apenas 1 punto por delante del Anderlecht. Luego, el Anderlecht empató en la 33.ª jornada, y la Standard pasó a estar a 2 puntos, por lo que le alcanzaba con un empate en el último partido para ganar el campeonato. Para asegurarse el título y a la vez proteger a sus jugadores de una lesión de cara a la final europea, Roger Petit se movió entre bambalinas para acordar un resultado favorable para su equipo. Al final, la Standard ganó ese partido 3–1, aunque le alcanzaba con el empate que, al parecer, había sido pactado, pero el escándalo tendría consecuencias históricas.

La Standard de Goethals se convirtió en 1983 en el segundo equipo en la historia del club en ganar dos campeonatos consecutivos, subiendo al mismo tiempo al 3.er puesto del ranking de clubes de la UEFA ese mismo año, empatada con la legendaria Liverpool, detrás de Barcelona y Real Madrid. Sin embargo, la investigación y el esclarecimiento del escándalo Standard–Waterschei sacaron a la luz las responsabilidades de Petit, llevando finalmente a su salida del club al que había servido durante casi 40 años. Fue un shock para la Standard: en la cima, perdía a su dirigente más importante y, sin dudas, más emblemático. En un clima de declive —con Lieja convertida en el fantasma de un sueño del pasado, la práctica guetización del “paraíso” de Droixhe y la parálisis de la ciudad—, la epopeya del equipo de Goethals fue el canto del cisne no solo de un club, sino también del simbolismo de la prosperidad y del crecimiento en una ciudad que encarnó la locomotora industrial de Europa occidental durante casi un siglo.

Los años de piedra

Por un lado, la salida de Petit, y por el otro, las condiciones económicas que se deterioraban en la ciudad de Lieja, componían un escenario en el que era mucho más difícil sostener el desarrollo previo. En 1977 ya había dejado la presidencia del club el arquitecto de la Standard de posguerra, Paul Henrard, mientras que Charles Huriaux, que había llevado las riendas durante el período de la última marcha triunfal, le pasó en 1986 la posta a Camille Heusghem. En los campeonatos siguientes, la Standard no lograba estar a la altura del Anderlecht y del Brugge, que formaron un nuevo bipolo —vigente hasta hoy—, que no tiene el mismo trasfondo ideológico que la rivalidad de la Standard con el Anderlecht, pero sí está en el centro de la disputa por los títulos. De hecho, en la temporada 1987–1988 la Standard terminó el campeonato en el 10.º puesto, perdiendo incluso la primacía dentro de la propia ciudad de Lieja después de muchos años, ya que la RFCL finalizó 5.ª, con 14 puntos más.

Ese mismo cuadro, con una RFCL resurgida hacia fines de los años 80, se repitió la temporada siguiente, y la Standard —que en 1988–89 igualaba el récord de presencias consecutivas en Primera División de Beerschot— veía a su histórico rival intramuros en condiciones de dar vuelta una inversión de fuerzas que se había consumado en las décadas anteriores. Pero en 1988 las riendas del club las tomó Jean Wauters, un empresario nacido en el industrial Herstal, al norte de la ciudad, que asumió para reactivar al equipo de Sclessin. En 1989–90 la Standard se convirtió en el club con más temporadas consecutivas en la historia de la Primera División, pero la RFCL, que terminó 12.ª en el campeonato, logró un triunfo inesperado. El 19 de mayo, el enemigo irreconciliable, conducido por Robert Waseige —un entrenador que ligó su nombre a la historia de la Standard y, en general, al fútbol valón y belga—, derrotaba en Heysel al Germinal de Ekeren por 2–1 para devolver un título a la otra orilla de Lieja, aumentando las piezas en su vitrina tras 37 años, y alcanzando esa misma temporada también los cuartos de final de la Copa UEFA, donde fue eliminada por el Werder Bremen.

El inicio de la década de 1990, sin embargo, mostró que esa inversión de fuerzas no iba a continuar. En 1992 la Standard volvió a salir a Europa, al quedar 3.ª en el campeonato, mientras la RFCL volvía a hundirse en el fondo de la tabla; y en 1993, la Standard de Arie Haan —ya de regreso como entrenador— enfrentó en la final de la Copa a la Charleroi de Waseige y, en el estadio Vanden Stock del odiado Anderlecht, que lleva el nombre del eterno rival personal de Petit, ganó otro título con goles de Henk Vos y Philippe Léonard.

La Standard, campeona de la Copa de Bélgica en 1993.

En la era mucho más mercantilizada del fútbol, que comenzó a principios de la década de 1990, los clubes de la Lieja desindustrializada luchaban por encontrar su ritmo. La Standard logró pelear hasta el final el campeonato de 1994-95, que perdió por un punto ante el Anderlecht, pero aquella temporada fue el tiro de gracia para la RFCL, que, bajo el peso de los problemas económicos, se derrumbó, terminando en el último puesto y despidiéndose de la máxima categoría después de 50 participaciones consecutivas. Además, Lieja quedó en el centro del interés futbolístico mundial, ya que el caso de un futbolista de la RFCL que exigía el derecho a poder jugar en cualquier país de la Unión Europea en base al derecho comunitario cambió para siempre las reglas del juego empresarial en el fútbol. Jean-Marc Bosman, que había jugado en la Standard durante 5 temporadas entre 1983 y 1988, sumando 86 apariciones y 3 goles, pasó a la RFCL, en la que jugó apenas 3 veces. Exigiendo la aplicación del Tratado de Roma también al fútbol, asestó un golpe devastador a las viejas tácticas de gestión de los clubes en Europa, mientras que él mismo fue víctima de la situación, sin volver a encontrar equipo para jugar, viendo después cómo su vida se desmoronaba. Víctima de esta situación fue, sin embargo, también la RFCL, que quedó al borde del desastre, se vio obligada a fusionarse con el FC Tilleur para sobrevivir y conservar el histórico matricule 4, y en los últimos 30 años apenas ha estado solo 1 temporada en la primera división.

Pero la mediocridad también caracterizaba el recorrido de la Standard, que, aunque había “limpiado” el panorama en la ciudad, convirtiéndose en el único club que la representaba en la élite del fútbol nacional, no podía encontrar las glorias de las décadas anteriores, limitándose a puestos que conducían apenas a algunas participaciones en el Intertoto, lejos de los equipos protagonistas de la época. Esta segunda caída tuvo su nadir en 1998, cuando la Standard terminó el campeonato en el 9º puesto, habiendo sumado durante la temporada casi la mitad de los puntos del campeón Brugge (43 contra 84). En ese momento sombrío apareció Robert Louis-Dreyfus, un empresario francés que entonces era también CEO de Adidas y, a la vez, propietario del Marseille. Dreyfus reorganizó el club, poniendo especial énfasis en las inferiores, de las que en los años siguientes salieron algunos de los futbolistas más emblemáticos del fútbol belga, como Steven Defour, Axel Witsel y Marouane Fellaini. Dreyfus fue, en esencia, el primer propietario de la Standard que estuvo a la altura de las exigencias de la nueva industria del fútbol, y la Standard pudo, al menos al principio, evitar un destino similar al de la RFCL.

La era posindustrial

Al entrar en el siglo XXI, Lieja parecía un residuo del pasado, con una industria que en otros lugares ya había desaparecido y en otros agonizaba, y con la necesidad de encontrar un nuevo plan para la supervivencia y el desarrollo de la ciudad. Su posición estratégica, aquella que quince siglos antes había comprendido el obispo Monulphe, se convirtió en la base para el desarrollo de un nuevo proyecto. La mayor infraestructura que la ciudad heredó de la Revolución Industrial fue su puerto fluvial, el tercero más grande de Europa, que está conectado con los dos mayores puertos del continente: Róterdam y Amberes. Lieja es también un cruce entre muchas ciudades importantes, como Bruselas, Amberes, Luxemburgo, Maastricht, Róterdam, Aquisgrán, Colonia, Estrasburgo, e incluso París, que por carretera está a 4 horas, y a apenas 2 con el TGV. Así, era casi obvia la elección de empezar a transformarse en un centro de transbordo, con la creación de un enorme aeropuerto de carga y el desarrollo de líneas ferroviarias de alta velocidad, que complementan la existencia de su puerto.

Composición con la tribuna de los hinchas de la Standard en el Stade Dufrasne.

Al mismo tiempo, el eterno díptico entre industria y centro intelectual encontraba esta vez una salida de síntesis, poniendo el peso en lo segundo. El impulso a la innovación, en la zona de Sart-Tilman, alrededor de la Universidad, se convirtió en prioridad, con la atracción de empresas que operan en los campos de la biotecnología y el espacio. Pero esta solución, por más que pudiera abrir una vía de escape para los capitales que estaban o pasaban por la ciudad, no podía resolver el problema de la supervivencia y del trabajo para el enorme proletariado industrial que también era la herencia de un recorrido secular de sobreexplotación de las capacidades productivas de la ciudad. Al mismo tiempo, ese proletariado que al principio había sido injertado con los obreros italianos, después con exiliados políticos griegos y españoles, y más tarde con trabajadores de Marruecos y Turquía que también llegaron mediante acuerdos bilaterales, empezó a incluir además a refugiados de lugares de guerra y de miseria absoluta que, en caravanas, llegaban desde países de África y Asia, creando un mosaico multicultural de pobreza y precariedad en una gran parte de la ciudad y algunas islas de alta especialización y fuerte colocación de capitales. Estos dos mundos parecen no encontrarse; la geografía de la ciudad es tal que les permite coexistir, pero sin que uno llegue a tocar al otro jamás.

Pero la Standard es el equipo del Sclessin industrial y proletario, enfrente de la fábrica de Cockerill que en 1998 fue privatizada y pasó a manos de la francesa Usinor, para decaer en manos de sus nuevos dueños y finalmente cerrar en 2014. Es el equipo de los obreros que afrontan de manera constante porcentajes de desempleo de dos dígitos en el siglo XXI, y la presencia de Louis-Dreyfus a comienzos del milenio solo podía calificarse como la de un Mesías, en lo que respecta a los resultados futbolísticos del club.

La Standard, que en la década de 2000 había casi asegurado la tercera posición “oficiosa” en el orden de fuerzas del fútbol belga, detrás de Anderlecht y Brugge, volvió a ver a un gran futbolista ponerse su camiseta en 2004. Sergio Conceição, tras una segunda etapa fallida en la Lazio y un breve paso por el Porto, llegó a tierra valona. Su primer año en la Standard fue extraordinario: en 34 participaciones marcó 11 goles, teniendo una gran responsabilidad en la creación del juego del equipo que entrenaba Dominique D’Onofrio, quien había sucedido a Waseige tras su último paso por el Sclessin. Conceição fue elegido mejor jugador del campeonato en 2005, con la Standard terminando en el tercer puesto y con un motivo, en la era mercantilizada del deporte, para vender camisetas de un jugador por toda la ciudad y aún más allá.

El equipo de la Standard, campeón de la temporada 2007-2008.

La época del triunfo volvió en la temporada 2007-08, con la Standard instalada, mientras tanto, de forma estable en el top 3 del campeonato. En el banco estaba el arquero emblemático de la Standard y de la selección belga, Michel Preud’homme, y dentro de la cancha el Axel Witsel de 20 años guiaba a los Rouches, que en la 4.ª fecha llegaron por primera vez a la cima de la tabla, superando al Gent. Siguiendo durante gran parte del invierno a la Brugge, la Standard volvió a la punta en la 24.ª fecha para conquistar un título con la mayor diferencia de su historia, cerrando la temporada con 22 victorias, 11 empates y apenas una derrota, como visitante ante el Charleroi.

La hazaña de los equipos de comienzos de los ’70 y de los ’80 se repitió en 2009, con la Standard conquistando otra vez un segundo título consecutivo, esta vez bajo el mando del técnico rumano László Bölöni, ya conocido por su paso por el Sporting de Lisboa, que se combinó con el desarrollo y la valorización del talento de las inferiores, algo que era un objetivo central del plan de Louis-Dreyfus para la Standard.

Pero el 4 de julio de 2009 Louis-Dreyfus murió, tras una larga lucha contra la leucemia, y el suizo Reto Stiffler, que ejercía como presidente durante su etapa de propiedad, buscó manos a las que transferir el destino del club. Primero, Roland Duchâtelet, un empresario oriundo de Lieja que más tarde se metió en política, se hizo cargo del club hasta 2015, antes de que las acciones pasaran a Bruno Venanzi, un empresario descendiente de los italianos llegados a la ciudad. En la década de 2010 la Standard logró ganar tres copas (2011, 2016 y 2018), pero la gestión de Venanzi fue desastrosa: las deudas se dispararon y, con el estallido de la pandemia, la situación se volvió asfixiante, al punto de que el club llegó a correr riesgo incluso de quiebra. Lo que Venanzi no logró consumar con su mala administración estuvo a punto de lograrlo el grupo 777 Partners, que, comprando una serie de equipos y creando una red futbolística, llevó al club al absoluto nadir financiero, ¡a un paso del embargo de sus activos!

El plantel del Standard en la temporada 2025-2026.

En los últimos años, con la disputa también de los playoffs por el título en Bélgica, el Standard no logra meterse en el top cuatro o seis que conduce a pelear por el campeonato, y suele competir por algún puesto para la Conference League, también sin éxito. La peor cosecha de puntos llegó en el campeonato 2021-2022, cuando terminó en el 14º puesto, el peor desde 1921, año en que participa en la primera división, con apenas 36 puntos en 34 partidos. En el verano de 2025, Giacomo Angelini, otro local, descendiente de inmigrantes italianos, asumió para salvar al club de la quiebra y asegurar primero su supervivencia y luego su desarrollo; pero lo que hoy parece ser el Standard es exactamente lo mismo que su ciudad, Lieja: un fantasma del pasado.

¿Hay futuro en las orillas del Mosa?

Desde el día de la histórica decisión de Maurice Dufrasne de vincular al Standard con el proletariado industrial de la ciudad de Lieja, la Historia y el destino del club quedaron ligados de manera inseparable al desarrollo económico de la ciudad. Los resultados en la cancha eran casi un reflejo directo de lo que ocurría en las fábricas de Sclessin y de Seraing, de las toneladas de carbón y acero, y del número de trabajadores que se alimentaban de la transformación de los metales de la Ciudad Ardiente. Pero hoy, al cumplirse el jubileo de plata del millennium, la remodelación de la ciudad con el objetivo de un desarrollo de otro tipo avanza a paso muy lento, muchas veces con demoras desastrosas, como la construcción del tranvía, que se terminó en 2025 en lugar de 2017, como estaba previsto originalmente. Esta transformación inicial de la ciudad, con las infraestructuras modernas necesarias, destrozó su tejido comercial, dejando el centro prácticamente sin vida. Al mismo tiempo, la incapacidad de incorporar al nuevo modelo de innovación al gran proletariado que no tiene acceso a la alta calificación necesaria mantiene los índices de desempleo en niveles escandalosamente altos. Entonces, bajo estas condiciones, ¿hacia dónde iría el convoy de estudiantes de Dufrasne?

Para poder sobrevivir, el Standard —como cualquier club de fútbol— necesita una base de hinchas sólida, capaz de sostener también en lo material la longevidad y los éxitos del club. Por más que el fútbol se administre y sea propiedad de millonarios y multimillonarios, al final de la ecuación la capacidad de la gente para bancar al club es el factor más importante que define el resultado. En condiciones de declive económico sostenido, el público profundamente radicalizado del Standard, gracias a la herencia ideológica que le dejaron las generaciones anteriores de hinchas de los Rouches y de los obreros de la Ciudad Ardiente, puede mantener en alto y con orgullo su identidad particular en las tribunas de cemento de Sclessin. Pero para que ese orgullo pueda combinarse con un nuevo repunte deportivo, hace falta que la gente que sale rumbo a la cancha tenga resueltos otros problemas en su vida, como entonces, en los gloriosos treinta, que en Lieja parecen hoy una imagen de un cuento del pasado.

Pero el futuro siempre esconde una dosis de optimismo, y de la manera en que la clase trabajadora de Lieja logre volver a encontrar el camino hacia la prosperidad, por ese mismo camino podrá levantarse también el Standard, que a diferencia de otros clubes de la capital belga no puede apoyarse en hinchas “de ayer” que, ya sea combatiendo el aburrimiento o buscando cualquier tipo de contenido social, descubren nuevos amores futboleros. El Standard tiene un solo amor: el proletariado de Lieja. Y para los obreros de Lieja vale exactamente lo mismo.