La tarde del miércoles 25 de noviembre de 1953, 150.000 espectadores se retiraron de Wembley tras haber presenciado uno de los partidos que más influyeron en la evolución del fútbol mundial. Como suele ocurrir en estos casos, quizás pocos fueron los que lograron comprender la dimensión histórica de lo que acababa de suceder ante sus ojos, pero tal vez aún menos son los que hoy, más de medio siglo después, sitúan aquel acontecimiento en su verdadera magnitud. La derrota de Inglaterra en Wembley quedó en la historia no solo por su contundencia, sino sobre todo porque llegó en un partido que Inglaterra necesitaba, por primera vez, ganar: para defender su supremacía en el deporte que había inventado. Claro que, probablemente, esa supremacía ya se había perdido: en el Mundial de 1950, la selección inglesa había sido derrotada por Estados Unidos y por España. Sin embargo, aquel torneo no era considerado de gran prestigio en la mentalidad dominante de la vieja Albión. Inglaterra también había perdido varios partidos contra otras selecciones del Reino Unido, especialmente frente al combination game de Escocia por el llamado Home Championship, y tampoco eran pocas las veces que había caído en algún campo europeo. Pero esta era la primera vez que una selección de la Europa continental ganaba en suelo inglés, y además en un encuentro que se había elevado a la categoría de asunto nacional antes incluso de jugarse.
Pocos meses después, el 23 de mayo de 1954, en el último partido entre las dos selecciones antes del próximo Mundial de Suiza, los húngaros —ante una multitud igualmente inolvidable— repitieron la hazaña, esta vez con un 7-1 sobre los ingleses, sellando así la supremacía del fútbol continental europeo frente al de la cuna del deporte. Si buscamos los indicios de esta superioridad en ascenso durante la primera mitad del siglo XX, podríamos destacar otros dos resultados a nivel de clubes que mostraban que el fútbol estaba evolucionando con mayor velocidad en otro rincón del continente. Uno fue la primera victoria histórica de un club europeo ante uno inglés, el 20 de mayo de 1909, cuando el Sunderland, que había terminado tercero en la liga inglesa y se encontraba de gira por Europa Central, fue derrotado por el Wiener Athletic Club por 2-1. El otro —quizás de mayor importancia— fue la derrota del Chelsea en la final del Torneo Internacional de la Exposición de París, organizado una sola vez, en 1937. Ese torneo reunió a equipos de las principales ligas europeas de la época. Chelsea representaba a la Football League, pese a haber terminado 11º en el campeonato doméstico. Tras haber avanzado por sorteo frente al Marsella en cuartos de final, y luego de vencer con claridad 2-0 a un gran equipo de la época como el Austria Viena, se enfrentó en la final al Bologna de Árpád Weisz, que lo venció por 4-1.
Todos estos resultados tienen un denominador común: los equipos que vencieron a los conjuntos ingleses provenían de una región geográfica que desarrolló el fútbol de forma diferente a como lo hacía Inglaterra, incorporando nuevas ideas tanto en el estilo de juego como en la cultura general del deporte. Ideas que sentaron, en esencia, las bases del fútbol europeo moderno. Esa escuela futbolística, que quedó en la historia con el nombre de “Escuela del Danubio” —en referencia a la escuela pictórica homónima del siglo XVI— es la raíz de todo el fútbol europeo del siglo XX y XXI, con una influencia que llegó incluso hasta América Latina.
La distancia temporal y las limitaciones técnicas de la época no han dejado muchos elementos para entender el carácter de aquel fútbol en los países de Europa Central, y los nombres de sus protagonistas están hoy perdidos entre libros y recortes, ya que incluso la mayoría de los testigos presenciales de sus hazañas ya no están con vida. Sin embargo, revisar y reivindicar esta historia singular del fútbol europeo es una tarea necesaria para comprender el juego en su totalidad.
La expansión futbolística
En noviembre de 1895, Europa se asemejaba a una olla a presión a fuego lento, colmada de tensiones políticas y sociales. La gran potencia liberal de la época, Francia, se veía sacudida por el caso Dreyfus, un hito en el surgimiento del antisemitismo moderno europeo. Pocos meses antes, además, había firmado un pacto de alianza con la Rusia zarista, presagiando ya el gran conflicto entre los nuevos Estados-nación y los antiguos imperios multinacionales. En el seno de Austria-Hungría, heredera de la milenaria monarquía de los Habsburgo, se gestaban fermentos similares, que ponían en cuestión la cohesión de un Estado plagado de minorías étnicas y lingüísticas. La dirigencia imperial, encabezada por el emperador Francisco José I, mantenía como ideología la imposición del orden tradicional en el ámbito interno, trabajando en la misma línea respecto de los acontecimientos internacionales en Europa.
En términos económicos, esto significaba que una gran parte del Imperio seguía muy vinculada a la producción agraria, mientras que la Revolución Industrial y el consecuente desarrollo del proletariado obrero se daban solo en las grandes ciudades: Viena, Praga y Budapest. Pero mientras que en la Inglaterra victoriana los sindicatos obreros se fortalecían y la confrontación ideológica tomaba forma a través de un discurso de clase, en Austria-Hungría el movimiento obrero estaba fragmentado por las diversas aspiraciones nacionales. Esto no implicaba, sin embargo, la inexistencia de una corriente clasista: en estas grandes ciudades, el resultado era una mezcla explosiva dentro de la clase trabajadora, que incubaba conflictos tanto de índole nacional como social.

Sin embargo, al mediodía del jueves 15 de noviembre de 1895, en la villa del barón Nathaniel von Rothschild —miembro de la célebre familia de banqueros de origen judío— en los suburbios de Viena, el ambiente era muy distinto. En el extenso jardín de la propiedad, el equipo de un club deportivo recién fundado, el Vienna Cricket and Football Club, se enfrentaba al conjunto de jardineros escoceses, el First Vienna Football Club. Ambos clubes habían sido creados tan solo unos meses antes: el First, como indica su nombre, fue el primero en la historia del fútbol vienés (fundado el 22 de agosto), y según sus estatutos, al día siguiente, el 23 de agosto, se estableció el Vienna Cricket and Football Club.
En el gran jardín de los Rothschild, los futbolistas de ambos clubes no estaban solos. Un amplio sector de la élite vienesa presenciaba el partido, compuesta por empresarios locales, nobles, diplomáticos y especialmente británicos residentes en Viena. Para la clase dirigente del Imperio, el contacto con el deporte británico representaba un modo de acercarse a la cultura inglesa, que intentaban imitar y asimilar. Esta aspiración de las clases dominantes sería, de hecho, beneficiosa para el desarrollo del fútbol en el corazón del Viejo Continente.
Pero Viena y el césped de la villa Rothschild no fueron el único terreno fértil para el florecimiento del fútbol. En Budapest, el primer partido registrado entre el Cricket Club local y el Budapesti Torna Club (BTC) se jugó el 9 de mayo de 1897. En Praga, los dos grandes clubes de la ciudad —el nacionalista Slavia y el obrerista Sparta— integraron el fútbol en su actividad polideportiva. Mientras tanto, en diciembre de 1893, el club náutico Regatta, fundado por judíos germanoparlantes de la ciudad, jugó el primer partido documentado en la historia local contra el Viktoria Berlin, uno de los primeros clubes futbolísticos de Alemania, fundado a su vez por ingleses y británicos miembros de la élite diplomática e industrial de Berlín.
El partido jugado en la villa de Rothschild, aunque no haya sido el primero de su tipo, posee un gran valor simbólico en cuanto a la manera en que el fútbol se expandió fuera del Imperio británico. En esta región del mundo, los británicos no constituían una clase dirigente colonial, pero la actividad económica y diplomática del Reino Unido había llevado a la instalación de británicos —técnicos, ingenieros, comerciantes, empleados bancarios, marinos, profesores y diplomáticos— en prácticamente todos los rincones del planeta. Lo mismo ocurría en el continente europeo, donde era intensa la presencia de inversiones y transacciones británicas. Las ramas de la economía donde esta presencia era más notoria eran precisamente aquellas que implicaban la exportación de know-how: ferrocarriles, navegación, seguros, y el sistema financiero. Así, un “ejército” británico, compuesto tanto por trabajadores cualificados capaces de organizar clubes e instituciones, como por empleados sin formación técnica, guiados por el simple deseo de ocio que despertaba la organización de partidos, se convirtió en el caldo de cultivo ideal para el desarrollo del fútbol en Europa y en todo el mundo.

Esta expansión del deporte más allá del Imperio fue diametralmente opuesta a la manera en que se desarrolló la cultura deportiva en las colonias británicas —y esta diferencia sigue dejando su huella en el mapa deportivo global hasta nuestros días. En las colonias, como India, Australia o Sudáfrica, el deporte se difundió sobre todo por medio de la presencia militar, las administraciones coloniales y los misioneros cristianos, como parte de una misión moralizadora y disciplinaria. Por eso, los deportes que prosperaron en esas regiones fueron los llamados gentleman’s sports, como el cricket y el rugby, más acordes al espíritu de disciplina, orden y abnegación. En cambio, el fútbol —que ya había escapado al control de la élite en la metrópoli, abrazando cada vez más a las masas trabajadoras, gracias a su simpleza y facilidad para practicarse en entornos urbanos— resultaba más fácil de transmitir por este variado espectro de trabajadores británicos, y a su vez de ser imitado y adoptado por las poblaciones locales. No obstante, esto no significa que se haya convertido de inmediato en el deporte popular que luego sería. La transmisión de la cultura futbolística fue favorecida decisivamente por las élites locales, que veían en su participación en la cultura deportiva británica un medio de acercarse al estilo de vida inglés, al que consideraban símbolo de progreso y base del proceso de modernización.
Las élites locales participaron tanto como deportistas como en calidad de dirigentes, colaborando con los británicos conocedores del juego para desarrollar una cultura futbolística incipiente. Así nacieron los primeros grandes clubes europeos, cuyos nombres denotaban la conexión con el Reino Unido y su cultura. Los casos más emblemáticos son los de los primeros equipos de Viena, con nombres en inglés como First Vienna y Vienna Cricket and Football Club. Ejemplos similares abundan en otros países: clubes como Milan o Genoa conservan hasta hoy los nombres ingleses de sus ciudades, ya que fueron fundados por inmigrantes británicos en el norte de Italia. Denominaciones como Sporting Club, Athletic Club o Foot-ball and Cricket Club siguen dando testimonio hasta hoy de la implicación directa británica en la fundación de los clubes, ya sea porque fueron creados exclusivamente por británicos, o bien fruto de la colaboración entre las élites locales y los británicos residentes en cada lugar.
La asimilación en Europa Central
Entre todos los países europeos —muchos de los cuales eran Estados-nación emergentes—, Austria-Hungría reunía una serie de características que permitieron el rápido desarrollo de esta nueva actividad deportiva, a un ritmo relativamente más acelerado. Tal vez el elemento más importante era la ausencia de una identidad nacional unificada. Aunque esto generaba conflictos internos, al mismo tiempo constituía una base de tolerancia frente a la asimilación de elementos culturales externos. Mientras en Francia, por ejemplo, todas las actividades se alineaban con el lema de la “república una e indivisible”, en los países danubianos se vivía una verdadera ebullición de clubes futbolísticos emergentes que absorbían ya sea los modelos británicos, ya sea la identidad nacional, o bien la representación de clase. Comparando este entorno con el británico, donde los clubes de fútbol reflejaban sobre todo las divisiones de clase presentes en la sociedad y su base de apoyo, la convivencia multilingüe y multiétnica de alemanes, húngaros, checos, eslovacos, croatas, serbios, rumanos, italianos, judíos y polacos añadía un nuevo elemento que desempeñó un papel crucial en la evolución de la cultura futbolística.
Los efectos de esta diversidad lingüística y étnica se manifestaban sobre todo en la geografía futbolística de las grandes ciudades del Imperio Austrohúngaro: Viena, Budapest y Praga. En Viena, más allá de los dos primeros clubes de inspiración británica, los clubes judíos como el Hakoah y el Wiener Amateur —que más tarde se convertiría en Austria— jugaron un papel clave en el desarrollo local del fútbol, al igual que el obrerista Rapid. En Budapest, el Budapesti Torna, primer club futbolístico del país, encontró rápidamente rivalidad local con la fundación del patriótico, cristiano y obrero Ferencváros —de base mayoritariamente germanoparlante— y con el liberal, judío y cosmopolita MTK de la burguesía. En Praga, además del nacionalista Slavia y el obrerista Sparta, existía también el DFC Prag, club de la élite alemana, mientras que la cultura física nacionalista del Sokol —una forma de gimnasia— se integró dentro de la metodología del desarrollo futbolístico.
Un caso particular en cuanto al aporte de la convivencia multicultural lo representaba Italia, que en aquella misma época pasó a formar parte de este conjunto futbolístico centroeuropeo. Aunque se trataba de un Estado-nación, fundado en 1861 tras el proceso de unificación del Risorgimento, el norte de Italia aún conservaba la fragmentación de lenguas y modelos culturales locales, algo que, en cierta medida, caracteriza hasta hoy el desarrollo social del país. Durante siglos, las distintas ciudades italianas no solo habían pertenecido a Estados distintos, sino que eran entidades geográficas independientes cuya evolución social dependía de la autoridad que las gobernaba. Esta peculiar descentralización, junto con la persistencia del localismo y el orgullo por la ciudad más que por la nación, generaron un contexto en el que los clubes de fútbol podían crecer mucho más rápidamente, representando algo más que un barrio o una fábrica, como era inicialmente el caso en Gran Bretaña. Además, mientras el dinamismo industrial del triángulo noritaliano —Turín, Milán, Génova— intensificaba el intercambio cultural con lo británico, la tradición académica de otras ciudades como Bolonia y Florencia favorecía el contacto con un espectro aún más amplio de influencias culturales europeas, algo que se refleja también en la gloriosa historia internacional de la primera ciudad universitaria durante la primera mitad del siglo XX.

Estos elementos, además de favorecer el intercambio de conocimientos futbolísticos gracias a la convivencia, generaron una cultura futbolística particular. Las profundas implicancias sociales del deporte sentaron las bases para que se convirtiera en un campo de confrontación ideológica, y por tanto, intelectual. Esta desvinculación del deporte de la mera actividad física atrajo a un sector importante de intelectuales, que se involucraron en él porque lo consideraban un instrumento de formación y modernización, y no una actividad vulgar o trivial. La participación de la élite en la creación de clubes e instituciones futbolísticas fue indispensable para que existieran las condiciones materiales necesarias —dadas las circunstancias políticas de la época— para el desarrollo del deporte. La financiación necesaria, el uso de espacios adecuados, el transporte de los equipos, la creación de infraestructuras conexas: todo ello requería del aporte de las capas sociales altas, que podían, dentro del marco ideológico vigente, invertir en el crecimiento del fútbol.
Pero el desarrollo de la particular cultura futbolística centroeuropea no se sustentó únicamente en el respaldo material de la élite. El deporte británico se convirtió en objeto de discusión, análisis, incluso de reflexión, dentro de las ciudades, antes de que el terreno de juego se volviera el espejo visible de todas esas fermentaciones. Un ejemplo destacado de este proceso fue Viena, que a comienzos del siglo XX era una verdadera metrópoli de intercambio de ideas. Resulta revelador que en aquella época vivieran simultáneamente en la capital austríaca —y a poca distancia entre sí— personalidades como Sigmund Freud, los pensadores del llamado Círculo de Viena, los escritores Zweig, Schnitzler, Kraus y Altenberg, los artistas Klimt, Schiele, Schoenberg y Mahler, así como Trotsky y Stalin. Estas figuras prominentes del ámbito intelectual y político se reunían en los célebres cafés de la ciudad, verdaderos espacios de producción de ideas, fermentación cultural y confrontación ideológica. Desde el Café Central hasta el Griensteidl y el Herrenhof, estos lugares fueron el laboratorio invisible del modernismo vienés. Allí nacieron los debates sobre el inconsciente, la fragmentación del yo, el fin del romanticismo, el inicio del modernismo y las grandes revoluciones del siglo que comenzaba.

A diferencia del pub, que en Gran Bretaña funcionó como centro de fermentación social y contribuyó igualmente al desarrollo de ideas sobre la evolución tanto de la sociedad como del fútbol, el café ofrecía otro tipo de acercamiento al debate. En el pub, las conversaciones solían darse de pie, en un ambiente ruidoso y bullicioso, con una pinta de cerveza en la mano. En los cafés, en cambio, esos mismos debates se desarrollaban en un entorno mucho más sereno, con las personas sentadas alrededor de mesas decoradas con una estética cuidada. Las condiciones favorecían una mayor profundidad y complejidad en la búsqueda intelectual, haciendo que los contenidos de las discusiones no fueran meramente operativos o funcionales, ni respondieran solo a una necesidad inmediata, sino que aspiraran a traducir una postura ideológica en actividad material. Hoy en día, pocos saben que las mismas condiciones que dieron origen a algunas de las ideas más influyentes en la filosofía, las ciencias, las artes y la teoría revolucionaria, fueron también el germen de la concepción moderna del fútbol.
Y si Viena, con sus cafés, era una miniatura de Europa antes de la Primera Guerra Mundial —donde se producía cultura y conciencia moderna—, al mismo tiempo en los cafés de Budapest, la burguesía liberal —mayoritariamente de origen judío— veía el fútbol como parte de su búsqueda de excelencia y emancipación dentro de un entorno de discriminación cultural. Mientras tanto, en las universidades de Praga, los estudiantes soñaban con desarrollar una cultura deportiva nacional, y en el norte industrial italiano, los circoli se reunían en las birrerie, convirtiéndolas en espacios donde surgían nuevos clubes de fútbol multiclasistas y se discutía la identidad nacional del deporte, como reflejo de una identidad nacional aún buscada e inconclusa.

Pero si las élites eran el cerebro de ese desarrollo futbolístico, el corazón era la clase trabajadora, y su participación masiva fue, también en Europa Central, el principal motor del impacto social del deporte. Los jardineros escoceses de los Rothschild llevaron consigo el llamado combination game al nuevo lugar donde se habían asentado —un estilo escocés de juego que también había sido adoptado por los equipos obreros ingleses— y quizás, sin proponérselo, transmitieron los principios básicos que inspirarían luego la evolución táctica del fútbol centroeuropeo. Sin embargo, el fútbol se convirtió rápidamente en la actividad favorita de la clase obrera local, de la juventud urbana del Imperio Austrohúngaro, que aprovechaba cualquier espacio o recurso para patear una pelota —o algo que se le pareciera— y, desde las entrañas del nuevo paisaje urbano, dar vida a los grandes héroes futbolísticos del mañana.
El testimonio histórico y artístico más representativo de este fenómeno se encuentra en el libro Los muchachos de la calle Pal (A Pál utcai fiúk), de Ferenc Molnár, publicado por primera vez en 1906 y ambientado en el Budapest de 1889. En esa novela juvenil, un grupo de chicos defiende con fervor casi patriótico un terreno baldío en el barrio de Jószefváros —el distrito 8 de Budapest— una zona densamente poblada, con fuerte presencia obrera y pequeña burguesía, que fue también la cuna del primer club de fútbol húngaro, el Budapesti Torna Club. Sin embargo, el valor narrativo de la novela de Molnár no reside tanto en el deporte organizado como en el espacio mismo donde este se encontraba con los hijos de la clase trabajadora. Ese terreno abierto, el grund, era un elemento habitual en la geografía del Budapest en reconstrucción de fines del siglo XIX. En la novela se exalta el heroísmo de los chicos que lo defienden como su espacio de juego, pero en la realidad esos eran los “estadios” de los niños de la capital húngara: superficies duras, con tierra y piedras, que marcaron la técnica de quienes, años después, serían grandes jugadores en los clubes de élite. Los primeros scoutersrecorrían los grund para identificar talentos que cambiarían la historia de una gran escuela futbolística nacional.
Aunque no existe un testimonio mítico similar sobre espacios abiertos en otras ciudades, los chicos de Viena encontraban su lugar para jugar en patios entre edificios, terrenos baldíos y depósitos ferroviarios ubicados sobre todo en los barrios fuera del Ringstrasse, como Ottakring, Favoriten y Meidling. Del mismo modo, en Praga, los distritos obreros de Karlín y Žižkov estaban llenos de patios donde nacieron los grandes héroes del fútbol checo.
De esta manera, el fútbol se volvía omnipresente, abarcando todas las capas sociales. En los barrios obreros, los chicos jugaban espontáneamente en espacios abiertos; los clubes recién fundados, con el apoyo de intelectuales locales y emigrados británicos, se organizaban con estatutos, dirigentes e infraestructura; el talento local se desarrollaba luego en nuevos campos, estadios y gimnasios; hasta que los grandes clubes, que representaban a cada grupo de clase, etnia o lengua, crecían y se convertían en espejo de cada orgullo particular. Los clubes no se limitaban a lo deportivo: además de organizar eventos sociales como bailes —una actividad común en cualquier club de fútbol del mundo—, creaban clubhouses que funcionaban como prolongación de los cafés, espacios donde se debatía la mentalidad y la táctica futbolística. También solían organizar seminarios o jornadas donde la discusión sobre los marcos ideológicos del desarrollo del fútbol encontraba tierra fértil para generar un terreno de cultura futbolística inédito, que la historia demostró ser invaluable y único, y que era documentado y reproducido por la prensa de la época.
El hilo de una transfusión filosófica
Edward Shires
Si uno busca entre las personalidades más influyentes que, con su pensamiento y su experiencia multifacética, moldearon el fútbol de Europa Central, se encuentra con un hilo que comienza en Edward Shires. Shires, nacido en 1878 en Bollington, Cheshire, trabajaba como empleado de la empresa Underwood, que fabricaba máquinas de escribir en Manchester. Allí, al parecer, entró en contacto con el combination game, es decir, el estilo escocés de juego que adoptaron los equipos obreros ingleses a fines del siglo XIX. Sin embargo, a los 17 años, Shires se mudó con su padre a Viena, ya que el clima de Manchester era perjudicial para su salud. En la capital austrohúngara, además de vender máquinas de escribir, comenzó también a dedicarse a la importación de artículos deportivos.

Esa actividad suya, sumada a su intensa presencia en los círculos británicos de Viena, lo puso en contacto con otros miembros de la élite local de emigrados, entre ellos Harold William Gandon, con quien desarrolló una amistad personal. Cuando Gandon ganó el primer abierto austríaco de tenis de la historia, celebrado en Praga en 1894 —venciendo en la final al alemán Voss—, representantes del club deportivo Regatta, fundado por el sector germanohablante de la metrópolis checa en 1891 y que había creado una sección de fútbol en 1893, le entregaron a Gandon una carta dirigida a un equipo de fútbol vienés, en la que expresaban su deseo de disputar un partido amistoso.
Al llegar a Viena, Gandon entregó esa carta a Shires, quien decidió formar para tal fin el primer equipo de fútbol de la ciudad, bajo el nombre de First Vienna. Sin embargo, la elección de ese nombre reveló que ya existía un equipo con esa denominación, fundado por los jardineros escoceses de los Rothschild el 22 de agosto de 1894. Así fue como Shires entró en contacto con ellos, con el objetivo inicial de disputar el histórico partido del 15 de noviembre contra el equipo enteramente británico del Cricket and Football Club, y luego para que ambos clubes se unieran y enfrentaran juntos al Regatta en Praga, ganando aquel partido internacional entre clubes por 2-1.
John Tait Robertson
Shires se convirtió en una figura destacada del fútbol austríaco en sus primeros pasos, llegando incluso a representar a la selección nacional y a ser su capitán en un partido. Sin embargo, en 1904, la empresa Underwood decidió trasladarlo a Budapest, con el fin de fortalecer sus actividades en la parte húngara del Imperio. Allí, Shires se integró al equipo de MTK, un club fundado en 1888 que había creado su sección de fútbol en 1901. El presidente del MTK desde 1905 era Alfréd Brüll, un industrial de origen judío, quien se mantuvo al frente del club hasta la Segunda Guerra Mundial. Aunque en su primera participación en el campeonato nacional húngaro, el Nemzeti Bajnokság, el MTK logró un tercer puesto y en su segunda temporada se consagró campeón, en ese mismo periodo comenzó también la primera gran hegemonía del sindicato obrero germanófono de la ciudad, el Ferencváros, que en el lapso de una década conquistó 8 campeonatos.

En este contexto, Shires —ya convertido en dirigente del MTK— avanzó, con el respaldo de Brüll, en un refuerzo decisivo del club, tomando como decisión clave la contratación del entrenador adecuado que pudiera transformar su estilo de juego. Admirador del fútbol escocés, con sus pases cortos y desarrollo colectivo, Shires identificó como candidato ideal al escocés John Tait Robertson, quien había ganado tres títulos con los Rangers de Glasgow y luego asumió el rol de jugador-entrenador en el Chelsea, aunque renunció antes de que el club londinense lograra su primer ascenso a la máxima categoría. Shires se acercó a Robertson cuando éste trabajaba como asistente técnico en el Manchester United y, gracias a sus vínculos en los círculos industriales británicos y al poderío económico de Brüll, consiguió llevarlo a Budapest. Durante los dos años que Robertson permaneció en el MTK no logró arrebatarle el campeonato al Ferencváros, aunque sí conquistó la copa en dos ocasiones. No obstante, su aporte fue mucho más trascendente: reformuló por completo el programa de entrenamientos y el estilo de juego, dejando una huella profunda en la evolución del fútbol húngaro y centroeuropeo durante las décadas siguientes, y sentando las bases para el gran salto de calidad que estaba por venir.
Jimmy Hogan
Tras la salida de Robertson, Shires contrató a Robert Holmes, un futbolista de la generación dorada del Preston North End, para ocupar el cargo de entrenador. Holmes había ganado el campeonato inglés como técnico del Blackburn en 1912 y, procedente de la misma escuela futbolística del combination game que su predecesor, ayudó al MTK a alcanzar la gloria en la temporada 1913-14, conquistando tanto la Liga como la Copa de Hungría. Pero en 1914, las tensiones políticas que sacudían al continente europeo trajeron al MTK a una figura que muchos consideran el padre de la táctica futbolística: todas las escuelas y aproximaciones filosóficas que surgieron en el mundo comparten raíces comunes y convergen en él — Jimmy Hogan.

Hogan nació en 1882 en Nelson, Lancashire, en el seno de una familia obrera católica de origen irlandés. Creció y asistió a la escuela en Burnley, y finalizó sus estudios en el seminario St Bede’s College en Manchester, aunque no siguió el camino sacerdotal que soñaba su padre. Su carrera futbolística comenzó en el Rochdale Town, donde jugaba como delantero interior, y luego pasó por el Burnley, un breve paso por el equipo local de Nelson y posteriormente al Fulham, con el que disputó 18 partidos. Tras otro paso fugaz por el Swindon Town, en 1908 fue transferido al Bolton, donde viviría una experiencia que cambiaría no solo su vida, sino también el rumbo del fútbol europeo. En un partido amistoso de preparación, el Bolton se enfrentó al equipo neerlandés Dordrecht. Con una diferencia abismal en el nivel de juego entre ambos países, no fue sorpresa que el Bolton ganara 10-0. Sin embargo, esa diferencia en la concepción del juego inspiró a Hogan a tomar las riendas del Dordrecht en 1910, con el objetivo de transmitir los principios del fútbol británico tal como se habían desarrollado a inicios del siglo XX.
Durante los dos años que se mantuvo como técnico del Dordrecht, Hogan también dirigió al seleccionado nacional de Países Bajos en un amistoso ante Alemania, que ganó por 2-1. Su reputación lo llevó, según se dice, por primera vez a Austria, donde entrenó ocasionalmente al Wiener Amateur —más tarde Austria Wien— entre 1911 y 1912. En ese mismo período, mientras entrenaba en los Países Bajos y Austria, también seguía jugando para el Bolton, donde disputó un total de 54 partidos y marcó 18 goles hasta 1913.
Sus frecuentes viajes entre los tres países no están completamente documentados, pero es seguro que, al estallar la Primera Guerra Mundial, entre agosto y septiembre de 1914, Hogan se encontraba en Viena. Como ciudadano británico fue arrestado por pertenecer a una nación enemiga y puesto bajo arresto domiciliario. Este arresto activó una red de contactos influyentes, entre ellos Hugo Meisl, entonces seleccionador de Austria-Hungría; los hermanos británicos Blyth —uno de ellos, Ernest, miembro fundador del Cricket and Football Club—; así como Shires, Brüll y el Barón Dirstay en representación del MTK, para facilitar la huida de Hogan a Budapest, donde gozaba de mayores libertades y asumió la dirección técnica del club. Hogan fue el heredero ideal del legado de Robertson en el MTK, y la figura que Shires buscaba para construir el gran equipo de la época, que ganó 10 campeonatos consecutivos, 6 de ellos bajo el mando de Hogan. Partiendo de las bases del combination game, Hogan profundizó en aspectos totalmente desconocidos en el fútbol europeo: el pase de primera, el uso hábil de ambos pies, el control y la posesión bajo presión, la coordinación de líneas, la presión colectiva, el desarrollo del juego en equipo y la comprensión de las opciones de pase en cada situación de juego. En esencia, Hogan encontró en el MTK el terreno fértil para desarrollar la innovación táctica del fútbol, en parte porque, por su origen, se lo consideraba objetivamente más experimentado y capaz de inculcar el “juego correcto”. En cambio, en Inglaterra, los entrenadores tenían menos autonomía, a pesar de que el fútbol allí evolucionaba más rápidamente debido a su desarrollo más antiguo, especialmente en el nivel profesional.
En aquella época, cuando Hogan empezaba a llamar la atención del mundo del fútbol, moviéndose principalmente entre Viena y Budapest (con un breve paso por Suiza, entrenando a los Young Boys), nació uno de los vínculos amistosos más significativos que ha tenido la historia del fútbol.
Hugo Meisl
Una de las figuras más influyentes en la historia del fútbol mundial, Hugo Meisl, veía a Hogan como el Prometeo de la filosofía futbolística, la base sobre la cual podría organizarse el fútbol europeo. Meisl fue una personalidad polifacética, con talentos excepcionales en múltiples campos, todos los cuales puso al servicio del desarrollo del fútbol en su época. Nacido en 1881 en Maleschau (hoy Malešov), en Bohemia —entonces parte del Imperio Austrohúngaro— y proveniente de una familia judía, se trasladó a Viena en 1895, donde comenzó a trabajar como empleado bancario y jugaba como extremo en el Vienna Cricket and Football Club. Cosmopolita y políglota —además del alemán, su lengua materna, hablaba con fluidez inglés, francés e italiano—, tenía la capacidad de influir a nivel internacional, forjando incluso estrechas amistades con algunos de los grandes visionarios del fútbol europeo y mundial, como Jules Rimet, primer presidente de la FIFA, y Henri Delaunay, impulsor de un espacio futbolístico europeo unificado, quien más tarde se convirtió en el primer secretario general de la UEFA.

Meisl representaba la encarnación ideal de la concepción vienesa del fútbol como un deporte profundamente ideologizado y con una marcada dimensión social. Fue el inspirador y principal artífice de una serie de instituciones futbolísticas que transformaron el juego a comienzos del siglo XX y definieron su identidad a largo plazo. Frecuentador habitual de los cafés vieneses —espacios donde se debatía sobre la evolución táctica del fútbol—, Meisl fue evolucionando también profesionalmente: de empleado de banco a periodista, luego a secretario general de la Federación de Fútbol, árbitro internacional y, finalmente, seleccionador de Austria-Hungría en 1912. Su relación con Hogan lo llevó a enfocarse en el desarrollo del juego a ras del suelo y sentar las bases de su gran obra, que marcaría con fuerza el fútbol mundial durante el período de entreguerras. Siempre presente en puestos clave dentro de la red internacional de dirigentes futbolísticos, fue quien trajo por primera vez a Hogan a Austria: cuando la Federación Alemana le pidió su opinión sobre el técnico británico para el cargo de seleccionador, Meisl no dejó pasar la oportunidad. En lugar de ver cómo el admirado Hogan asumía la dirección de una selección rival, le ofreció el puesto de entrenador en Austria-Hungría, con vistas a preparar al equipo para los Juegos Olímpicos de 1916, que finalmente nunca se celebraron. El curso de la historia condujo entonces a Hogan a Budapest y al MTK, aunque conservando una estrecha relación con Meisl, quien continuaba su trayectoria futbolística paralelamente en Viena.
Este cuarteto de grandes figuras, fundadores del fútbol de la Escuela de Europa Central —conocida también como la “Escuela del Danubio”— dejó su huella en la historia porque existían las condiciones que permitían que su obra se desplegara sin obstáculos, con enormes fuerzas sociales y recursos materiales que la respaldaban. El fútbol, que había pasado de los jardines de la nobleza a las calles de las ciudades y se había organizado en instalaciones modernas que albergaban a los grandes clubes, se encontraba ya, en los primeros años del siglo XX, jugándose en estadios con capacidad para 70 o 80 mil espectadores.
En Austria, la primera institución futbolística se inició en 1897. Se trataba de la Challenge Cup, una copa en la que al principio participaban solo equipos de Viena. A partir de 1901, con la incorporación de los equipos bohemios, el Ceski y el Slavia, el torneo adquirió carácter multinacional, aunque seguía enmarcado dentro de una única entidad estatal imperial. En la final de ese año, el enfrentamiento entre el Slavia y el Wiener Amateur fue, en esencia, el primer partido oficial internacional entre clubes en la historia del fútbol, que ganaron los austríacos por 1-0, con gol de Josef Taurer. La Ferencváros fue el primer club en romper la hegemonía vienesa al coronarse campeón en 1909, logrando así el único título de la copa para un equipo fuera de la capital austríaca, en la corta historia del torneo, que se disputó por última vez en 1911.

El fin de la Challenge Cup vino con el inicio del campeonato nacional austríaco, cuya primera temporada se jugó en 1911-12: la Rapid se coronó campeona y el Cricket and Football Club descendió. En Hungría, el primer campeonato nacional, con la participación de cinco equipos en un único grupo, se celebró en 1901 y lo ganó el BTC. En Chequia existía un campeonato nacional —más parecido a un torneo en construcción— desde 1896, disputado en dos mitades de temporada, como se hace hoy en día en Argentina. En Italia, el primer campeonato nacional comenzó en 1898, con el dominio del Genoa y un título de otro club británico, el Milan, en las primeras ediciones. En 1904 se estableció la llamada Prima Categoria, en la que nuevamente el Genoa se consagró campeón, ganando seis de los primeros siete torneos.
El alcance social del fútbol rivalizaba con el del cine, superando incluso a las artes plásticas, la música y la literatura. En Viena existía un dicho que lo ilustraba bien: “la cerveza del papá, el cine de la mamá y el fútbol del hermano”. Esta base social del deporte —que en Inglaterra se había construido a través de enormes transformaciones en la composición urbana y cambios radicales en los modos de producción y, por ende, en la vida cotidiana de la clase trabajadora— se dio de forma mucho más acelerada en el Imperio Austrohúngaro, sobre una base de mosaico étnico que quizás ya había superado la esperanza de vida que le permitía la historia del mundo. Grandes transformaciones iban a redibujar el mapa del Imperio, pero no interrumpirían el desarrollo del fútbol. ¡Al contrario!
Las trincheras
En el verano de 1914, el Wiener se consagró por primera vez campeón de Austria, ganándole el título por diferencia de goles al Rapid, mientras que el First Vienna, el club pionero de la capital austriaca, descendía a la segunda división. En Hungría, el MTK tomó el relevo tras la hegemonía del Ferencváros, mientras que en Chequia no se disputó campeonato, conservando la Slavia de Praga el título obtenido la temporada anterior. En Italia, el Casale se impuso a la Lazio en la final de la Prima Categoria, conquistando el primer y único título de su historia. Aquellos fueron los últimos campeonatos que se celebraron en condiciones de paz…
El 28 de junio, el heredero al trono del Imperio austrohúngaro, el Archiduque Francisco Fernando, se encontraba en Sarajevo para inspeccionar los ejercicios militares de la administración imperial en Bosnia-Herzegovina. Esta región había pasado legítimamente a manos de Austria-Hungría tras el Tratado de Berlín de 1878, un acuerdo que encendió la mecha de la historia en los Balcanes, expresando al mismo tiempo las ambiciones y rivalidades imperialistas de las grandes potencias de la época, así como el último intento de preservar las estructuras imperiales en Europa Oriental. Sin embargo, la zona permaneció de facto bajo control otomano hasta 1908, cuando con la llegada al poder de los Jóvenes Turcos y la inestabilidad interna del Imperio Otomano, Austria-Hungría decidió resguardar sus posesiones imperiales en los Balcanes y anexó oficialmente la provincia a su territorio. Este movimiento chocaba de lleno con las aspiraciones nacionales de los serbios, que también habían obtenido su propio Estado nacional mediante el mismo Tratado de Berlín.
El Archiduque Fernando, en un gesto simbólico, eligió realizar esa visita el día de Vidovdan, es decir, el aniversario de la batalla de Kosovo Polje, considerada la primera entrega patriótica frente al poderío otomano y origen de la conciencia nacional serbia. De ese modo, el heredero al trono austrohúngaro buscaba demostrar el puño de hierro de su Imperio, que podía hacer valer su fuerza frente a los pequeños Estados nacionales en uno de los escenarios históricos de los conflictos inter-imperialistas europeos. Pero esta decisión resultó fatal: Gavrilo Princip, miembro de la organización paramilitar serbobosnia “Mano Negra”, asesinó al heredero y a su esposa Sofía. En una época ya cargada de tensiones, con una carrera armamentista extendida entre los Estados capitalistas emergentes y los viejos imperios multinacionales, el gatillo de Princip detonó algo mucho más grande que la bala que salió de su arma: Europa iba a transformarse radicalmente, y la Historia marcaba el final de las viejas monarquías imperiales. Junto con ellas, sin embargo, también llegarían a su fin las vidas de aproximadamente 9 millones de personas, en un conflicto bélico de cuatro años que entonces fue llamado “La Gran Guerra”.

El fin de la Gran Guerra provocó la fragmentación de los imperios de las Potencias Centrales —el Imperio Alemán, el Austrohúngaro y el Otomano— en una serie de Estados nacionales. Así, surgieron Yugoslavia en los Balcanes; Austria, Hungría y Checoslovaquia en los territorios del antiguo imperio austrohúngaro; la República de Weimar en Alemania; mientras que el Tratado de Brest-Litovsk abrió el camino para la creación de los Estados de Polonia, Lituania, Estoniay Letonia. Paralelamente, la Revolución de Octubre dio origen al primer Estado obrero de la historia, la Rusia Soviéticay luego la Unión Soviética, que jugaría un papel decisivo, especialmente en los procesos ideológicos vinculados con la evolución política de los nuevos Estados nacionales.
Durante los años de la llamada “guerra de trincheras”, el fútbol no se detuvo. En su país de origen, Inglaterra, si bien bajaron la calidad y la intensidad de la competencia, el deporte siguió siendo una vía de escape para las masas obreras, que bajo la presión de la situación bélica encontraban en el juego un alivio necesario para el alma. Las mujeres que habían ocupado el lugar de los hombres en las fábricas —mientras estos combatían en las trincheras— formaron también sus propios equipos de fútbol, escribiendo páginas doradas en la historia del deporte, tan significativas que llegaron a considerarse peligrosas, al punto de que, una vez terminada la guerra, se prohibió el fútbol femenino durante cerca de medio siglo. Muchos soldados, agotados por una guerra cuyo sentido no comprendían, volvían a sus países y se encontraban en las canchas, declarando su negativa a ser reclutados nuevamente.
En Austria, el Wiener Amateur de Hugo Meisl ganó el campeonato de 1915, para que luego el obrero Rapid retomara el cetro en 1916 y 1917. En Hungría, el campeonato fue interrumpido durante dos temporadas, pero en plena guerra, el MTK, bajo el mando de Jimmy Hogan, continuó su hegemonía ganando los torneos de 1917 y 1918. En Chequia, el DFC Prag, heredero de las tradiciones de Regatta, se consagró campeón en 1917, seguido por otro equipo del sector germanoparlante de Praga, el Viktoria Žižkov. En Italia, en cambio, solo se disputó el torneo de la temporada 1914-15, en el que el Genoa se impuso en la ronda final sobre el Torino, el Inter y el Milan, aunque el título le fue oficialmente concedido recién al terminar la guerra.
Si bien el fin del conflicto significó la derrota del Imperio austrohúngaro, para el fútbol del Danubio estaba comenzando su época más brillante —quizás porque lo mismo sucedía con las esperanzas de esos pueblos ante un mundo en paz que se asomaba en el horizonte.
La era de los sueños perdidos
En la recién fundada Austria, el día después de la Gran Guerra dio forma a un país prácticamente bipolar, con una enorme desigualdad y contraste político y social entre la capital, Viena, y el resto del país. Sin embargo, el laboratorio del fútbol austríaco era la cosmopolita capital, y en el terreno de las transformaciones que allí tuvieron lugar se desarrollaron algunos de los procesos más interesantes que convirtieron a Austria en quizás la mayor potencia futbolística de la época. Desde 1919 hasta 1934, la administración municipal de la ciudad quedó en manos de los socialdemócratas y del partido SDAP. En una disputa ideológica con los comunistas austríacos, los socialdemócratas apoyaban la transición al socialismo utilizando las herramientas de gobierno del poder burgués, algo que —siempre que ocurrió en la historia, antes o después de aquella época— tuvo lamentablemente un inicio espectacular y un desenlace trágico. No obstante, la impresionante transición hacia la Viena socialista, la llamada “Viena Roja”, se expresó con la construcción de viviendas obreras —siendo el complejo Karl-Marx-Hof el más destacado— así como con reformas en salud pública, educación, cuidado infantil y cultura popular. La utopía socialista, que se había vuelto parte de la vida cotidiana para los trabajadores vieneses, alimentaba la rivalidad con las provincias conservadoras, minando poco a poco su existencia hasta el enfrentamiento final y su caída en 1934 a manos del régimen de Engelbert Dollfuss. Pero aquellos años fueron decisivos para el auge del fútbol vienés —y por ende del fútbol austríaco— que se convertía en la realización concreta de los sueños de una ambiciosa élite intelectual.

En esas condiciones surgió una nueva forma de debatir, con mayor profundidad filosófica, la cuestión del profesionalismo en el fútbol. En Gran Bretaña, el profesionalismo existía desde muy temprano, aproximadamente una década después de la fundación de la Football Association, y se había logrado como una reivindicación de los clubes obreros que no podían garantizar de otra manera el tiempo libre necesario para que sus jugadores entrenaran y compitieran, ya que debían trabajar para sobrevivir. Sin embargo, bajo el régimen socialdemócrata de Viena, casi medio siglo después, la introducción del profesionalismo se asociaba con la mercantilización del juego, algo que también había sucedido en Gran Bretaña, devolviéndolo al control de la clase dominante. Así surgía una pregunta ética e ideológica que sigue vigente hasta nuestros días: ¿es el profesionalismo inherente a la explotación capitalista del deporte? La historia del mundo en general —y del fútbol en particular— demostró que lo único inherente a la naturaleza del deporte es su base económica, es decir, el sistema político-social de cada época. El profesionalismo es necesario para permitir que atletas de todas las clases sociales puedan participar y destacarse; sin embargo, su explotación mercantil como producto o su elevación a fenómeno social que representa visiones ideológicas o incluso filosóficas, depende del tipo de economía imperante. En una economía capitalista será una mercancía; en una economía con propiedad social de los medios de producción y control colectivo de la riqueza producida, será una necesidad no mercantilizable y un derecho universal.
En la Viena liberal y socialdemócrata, era tal vez lógico que se impusiera la lógica de la necesidad del profesionalismo, algo que no ocurrió en otros países como Francia o Alemania, donde, a pesar de que ya existía un mercado futbolístico —en el sentido de los fichajes— no se permitía que los jugadores cobraran oficialmente un salario por jugar al fútbol. El principal impulsor de este proceso, y en esencia su fundador ideológico, fue Hugo Meisl, quien puso en evidencia todas las formas en las que el fútbol ya era un producto comercial: desde la venta de entradas, que se vinculaba directamente con los fichajes y, por ende, con el rendimiento de los clubes. Además, dentro de las relaciones económicas del fútbol pre-profesional austríaco, incluyó los pagos informales a los futbolistas mediante compensaciones por trabajos simbólicos en otras entidades —una práctica que se repitió muchas veces a lo largo de la historia por parte de regímenes que defendían el espíritu amateur. El fútbol, con entre 40 y 50 mil espectadores por partido en la primera división, ya era una industria: la única duda era si los futbolistas debían ser considerados trabajadores dentro de ella. Este cambio también trajo como consecuencia la fundación del primer sindicato de futbolistas en la Europa continental, con Josef Brandstetter —defensor y capitán del Rapid vienés, club obrero— como presidente.
Los acontecimientos en Viena influyeron directamente en los campeonatos de Checoslovaquia y Hungría, que aunque ya no pertenecían a la misma entidad estatal, mantenían una red de comunicación y cooperación entre sus tres capitales que permitía que ideas y decisiones se difundieran muy rápidamente de un país al otro. Así, la primera liga profesional de Austria comenzó en la temporada 1924–25; al año siguiente se inició el primer campeonato profesional de la recién creada Checoslovaquia; y al siguiente —es decir, dos años después del inicio en Austria— comenzó también el campeonato profesional en Hungría.
La evolución de Checoslovaquia tras la guerra también parecía una utopía, aunque no tanto por la preeminencia de ideas socialistas. El nuevo Estado incluía la región de los Sudetes —una zona germanoparlante donde buena parte de sus habitantes deseaban incorporarse a alguno de los Estados alemanes (Austria o Alemania)— sembrando así las semillas de futuros conflictos. También abarcaba Bohemia, Moravia, Eslovaquia y Rutenia Subcarpática. Así, Checoslovaquia —que jamás había existido antes como Estado independiente— seguía siendo una entidad de composición plurinacional, ya que en su territorio vivían, además de checos, alemanes, húngaros, eslovacos y rutenos (estos últimos, un grupo étnico eslavo oriental).
La nueva república burguesa de Checoslovaquia tomó prestadas, en esencia, las mismas herramientas ideológicas que habían sido utilizadas previamente en el Imperio austrohúngaro para emplear al fútbol como medio de integración social y nacional. En cuanto a los títulos, estos fueron casi exclusivamente cosa de la Slavia y el Sparta de Praga, con la germanoparlante Viktoria Žižkov ganando solamente el campeonato de la temporada 1927–28. Sin embargo, el régimen protegió el desarrollo de clubes de todas las comunidades étnicas, utilizando el espacio unificado del nuevo campeonato nacional como encarnación de la nueva identidad nacional.
Mucho más convulso, sin embargo, fue desde sus inicios el período de entreguerras en Hungría. La declaración de independencia del Imperio austrohúngaro ocurrió en 1918, al finalizar la Gran Guerra. Pocos meses después, en marzo de 1919, en contraste con la utopía socialista y democrático-burguesa de Viena, se instauró la República Soviética Húngara bajo el liderazgo de Béla Kun, un oficial judío del ejército austrohúngaro que había sido capturado por los rusos en 1916 y trasladado a un campo de prisioneros en los Urales, donde entró en contacto con el Partido Bolchevique y luego fundó la rama húngara del Partido Comunista Ruso. Kun, que dentro del bolchevismo se opuso a Lenin acusándolo de manejos conciliadores con las potencias durante el intento de tregua que buscaba sacar a Rusia de la Primera Guerra Mundial, se alió con otros izquierdistas llamados “radicales”, como el italiano Terracini y el húngaro Rákosi, en torno a la línea de Grigory Zinoviev y Karl Radek. Al regresar a Hungría, Kun organizó el Partido Comunista, atrayendo a una parte considerable de la comunidad judía educada y altamente activa de Budapest, y declaró una guerra literal —y no solo ideológica— contra los socialdemócratas, lo que derivó en la instauración del poder soviético el 21 de marzo de 1919.
Mientras Kun organizaba la lucha contra los socialdemócratas de la capital, las fuerzas reaccionarias y nacionalistas se reagrupaban con el apoyo de nacionalistas rumanos y bajo el mando del almirante Miklós Horthy, con el objetivo de derrocar la experiencia de línea izquierdista en agosto de 1919, lo que marcó el inicio de un período de terrorismo contra todo elemento progresista y de un antisemitismo feroz, que alcanzaría su punto máximo durante la Segunda Guerra Mundial. El llamado Terror Blanco de Horthy sufrió un golpe devastador en junio de 1920, cuando mediante el Tratado de Trianon, firmado en Versalles, Hungría perdió aproximadamente un tercio de su territorio, condenándola desde entonces a un vaivén entre los intentos progresistas y las tendencias de un irredentismo extremo.

La comunidad judía de Budapest, que había tenido un rol destacado en el desarrollo futbolístico de la capital húngara, se encontró evidentemente en la mira del nuevo régimen. Sin embargo, el hecho de estar profundamente asimilada en la sociedad húngara, junto con las sanciones impuestas a un Estado plurinacional que pretendía convertirse en nacional, actuaron como freno: desde 1920 en adelante, pese al antisemitismo sistémico constante, cesaron las persecuciones y pogromos, y el terror se enfocó principalmente en los adversarios políticos del régimen, más que en las minorías étnicas.
Aun así, el Terror Blanco ya había provocado la salida de Hogan, quien —aunque no hay registros de que haya perdido oficialmente su cargo de entrenador— trabajó durante el mismo período en Suiza, en el Young Boys. Otros futbolistas de origen judío, como los hermanos Konrád, Kálmán y Jenö, fueron transferidos al Wiener Amateure de Hugo Meisl, mientras que Péter Szabó se unió al plantel del Nürnberg. Estas pérdidas no parecieron afectar la supremacía de la MTK, al menos a nivel internacional, ya que la gira que realizó en Alemania en el verano de 1919 atrajo multitudes y sus resultados ante equipos alemanes inferiores fueron apabullantes. De hecho, tras el partido contra el Bayern de Múnich —disputado ante 10.000 espectadores y con un resultado final de 7-1 a favor de los húngaros— el Bayern inició un proceso de revisión y transformación de su filosofía futbolística, con el objetivo de adoptar los principios del fútbol danubiano.
El vacío dejado por Hogan fue ocupado en ese entonces por otra gran figura del fútbol, que desempeñó un papel clave en la exportación de la filosofía centroeuropea hacia Suiza y América Latina: Dori Kürschner. También de origen judío, Kürschner partió en 1920 para asumir formalmente como entrenador del Nürnberg. Sin embargo, pese a la agitación del contexto, la MTK continuó arrasando incluso dentro de sus fronteras, ganando, además del título de 1919, los campeonatos de 1920 y 1921. En la temporada siguiente, fue contratado como técnico otro representante del fútbol obrero de Mánchester, Herbert Burgess, quien —luego de haber jugado en el City y en el United— se había sumado como futbolista a la MTK durante los años de guerra y finalmente condujo al club al título de 1922 desde el banco. En esa temporada, en la que la MTK sufrió apenas una derrota en 22 partidos, también jugó por única vez con sus colores otra gran figura nacida en el seno del club de Budapest: Béla Guttmann, también de origen judío, quien dejaría una huella imborrable como entrenador y mentor de generaciones enteras de pensadores futbolísticos y estrellas del deporte. Guttmann, no obstante, al igual que otros judíos, se marchó rápidamente a Viena, en busca de un entorno más amistoso como el que ofrecía la capital socialdemócrata austríaca.
Durante esa misma posguerra, Italia —que se había apartado de las Potencias Centrales para luchar del lado de los Aliados y figuraba entre los vencedores de la Primera Guerra Mundial— se veía sacudida por grandes problemas. La disolución del Imperio austrohúngaro le había otorgado anexiones territoriales mínimas, por lo cual su victoria fue denominada “vittoria mutilata”, es decir, “victoria mutilada”. La fuerte inflación de posguerra, el desempleo y el alto costo de vida impedían el establecimiento de condiciones dignas para las masas trabajadoras. Al mismo tiempo, bajo la influencia de los acontecimientos internacionales, los sindicatos obreros y los movimientos socialistas, comunistas y anarquistas crecían organizativamente y ampliaban su influencia. La burguesía italiana sintió entonces la amenaza de una revolución comunista, y en su intento por evitar ese escenario encontró a su “salvador” en la figura de un elemento aventurero expulsado del Partido Socialista: Benito Mussolini.
Aprovechando sus conocimientos en propaganda popular y explotando las aspiraciones nacionalistas de la clase burguesa italiana de posguerra, Mussolini formó los primeros grupos armados de “camisas negras”, que tenían como objetivo todo elemento revolucionario del movimiento obrero. En 1922, cuando inició la tristemente célebre “Marcha sobre Roma”, el rey Vittorio Emanuele III le confió la formación del nuevo gobierno. El partido fascista consolidó gradualmente un poder autoritario: disolvió los demás partidos, intensificó las persecuciones políticas, pero mantuvo relaciones amistosas con la vecina Austria, por temor a un ataque alemán, que era visto como la mayor amenaza a la soberanía nacional italiana.
Aunque hoy resulte paradójico con el conocimiento de la historia posterior, durante los primeros años del régimen fascista en Italia no existieron persecuciones raciales, y en particular no hubo persecuciones contra los judíos, quienes constituían también una parte significativa de la población del joven Estado italiano. Como consecuencia de ello, una serie de técnicos y futbolistas judíos provenientes de la dominante escuela húngara comenzaron a emigrar hacia Italia, donde podían trabajar en condiciones mucho mejores.

En lo que respecta al campeonato nacional, las potencias del norte industrializado continuaron dominando. En esos primeros años se consagraron campeones el Inter (que pronto fue rebautizado como Ambrosiana por el régimen fascista), el Pro Vercelli, el Genoa, el Bologna y la Juventus. De entre todos estos clubes, fue el Bologna el que encarnó de forma más clara el espíritu del fútbol centroeuropeo. Club de una ciudad eminentemente universitaria, fue fundado por una mezcla étnicamente diversa de inmigrantes educados y lugareños que habían aprendido el fútbol en países vecinos como Austria y Suiza. Incluso sus colores provenían del colegio Schönberg de Rossbarg, Suiza, donde había estudiado y jugado por primera vez al fútbol su primer capitán, Arrigo Gradi.
Esta identidad del Bologna fue determinante en su notable trayectoria durante la era dorada del fútbol centroeuropeo, también conocida como la Escuela del Danubio. Entrenador del equipo en su primer campeonato, en 1925, fue el austríaco Hermann Felsner, quien estuvo al frente del club desde 1920 hasta 1931, y nuevamente entre 1938 y 1942. Felsner provenía de la escuela del Wiener Sport-Club, uno de los primeros clubes deportivos y futbolísticos de Viena, fundado en 1883, que abrió su sección de fútbol en 1907.
En 1926, con la “Carta de Viareggio” enviada por la Federación Italiana al gobierno fascista, el profesionalismo fue introducido también en Italia. Se disolvieron los campeonatos anteriores y se creó la Divisione Nazionale. En la ronda final del campeonato, que contó con la participación de seis equipos, el Torino se ubicó en el primer puesto, por delante del Bologna. Sin embargo, el título fue revocado tras revelarse un escándalo de corrupción: los dirigentes del Torino habían sobornado a jugadores de la Juventus para asegurar la victoria en el clásico —que efectivamente ganaron 2-1— lo que les dio el campeonato. Torino obtendría finalmente su primer título profesional oficial la temporada siguiente, al imponerse en un torneo final de ocho equipos y superar a la Genoa, que finalizó segunda.
En medio de un proceso de reconstrucción tras la Gran Guerra, todos los países de la Escuela del Danubio atravesaron intensas transformaciones políticas, con regímenes democráticos y autoritarios sucediéndose hasta imponerse. Sin embargo, en lo que respecta al fútbol —y a pesar del clima de agitación que afectó las condiciones de trabajo de muchos de sus protagonistas—, en todos estos países el deporte evolucionó hacia el profesionalismo, casi medio siglo después de su metrópoli, Inglaterra. La entrada en la era profesional abriría las puertas al período dorado de esta Escuela de Fútbol, con la creación de instituciones sin precedentes que sentarían las bases para el desarrollo internacional del deporte, tanto en Europa como en el resto del mundo.
El salto cualitativo
Los partidos internacionales de fútbol comenzaron a disputarse en 1872, con el histórico encuentro entre Escocia e Inglaterra en Hamilton Crescent, en Glasgow, cuyo resultado fue un empate sin goles. Sin embargo, en los primeros años del amateurismo se seguía en el fútbol una táctica que prevaleció durante muchas décadas en otros deportes británicos como el rugby y el cricket: la de los test matches, es decir, partidos amistosos fuera del marco de una competición y sin el aval de una institución concreta.
La expansión del fútbol en la Europa continental hacia el cambio de siglo llevó, naturalmente, al pensamiento lógico sobre la necesidad de una institución central única que dirigiera el fútbol a nivel internacional. Esta necesidad encontró terreno fértil entre las federaciones europeas, pero se topó con la resistencia de la Football Association inglesa, que oficialmente disentía a comienzos del siglo con el carácter amateur que tenía el deporte en la Europa continental. No obstante, también se ha documentado históricamente que Inglaterra no veía razón para integrarse en una confederación internacional que dirigiera “su” deporte.
En estas condiciones, el 21 de mayo de 1904 tuvo lugar en París el primer congreso con la participación de las federaciones de Francia, Alemania, Países Bajos, Dinamarca, Bélgica, Suiza y Suecia, con el fin de fundar la Fédération Internationale de Football Association, es decir, la Confederación Internacional de Fútbol Asociación, que es el nombre oficial y completo del deporte: la FIFA.

Los territorios del Imperio Austrohúngaro ya habían constituido federaciones nacionales, con Austria modificando sucesivamente la forma de la suya en una transición del modelo británico hacia una gestión local del deporte. Sin embargo, estas federaciones no fueron aceptadas en un principio, ya que no representaban a países independientes. La inclusión de la Federación Checa fue rechazada por Austria, puesto que no constituía una entidad administrativa reconocida del Imperio (como sí lo era el Reino de Hungría). Por su parte, Italia no se había desligado aún de la influencia británica dentro de su federación nacional —fundada en 1898— y no se encontraba en condiciones de decidir su adhesión al nuevo proyecto.
Finalmente, la federación austriaca se convirtió en miembro de la FIFA en 1905, el mismo año en que se integró también la italiana, mientras que la húngara lo haría al año siguiente, en 1906. La federación checa fue aceptada en 1907, pero debido a los conflictos con Austria fue expulsada y readmitida recién como Checoslovaquia tras el final de la Primera Guerra Mundial.
El primer presidente de la FIFA fue el francés Robert Guérin, mientras que dos años más tarde, con la incorporación de Inglaterra de cara a la preparación del Torneo Olímpico de los Juegos de Londres de 1908, fue elegido presidente el inglés Daniel Burley Woolfall, quien permaneció en el cargo hasta el final de la guerra.
La nueva realidad de la posguerra quedó sellada en el escenario internacional del fútbol durante el 12º Congreso de la FIFA, celebrado en Ginebra, con la participación de 17 federaciones nacionales, muchas de ellas provenientes de Sudamérica. En dicho congreso fue elegido presidente Jules Rimet, quien entabló una amistad personal con Hugo Meisl y compartía con él la visión de expandir el fútbol y la convicción ideológica de que este deporte popular podía constituirse en un puente de comunicación entre las naciones, una postura que encontró terreno especialmente fértil para desarrollarse durante la etapa de reconstrucción posterior a la guerra.
En los congresos de Ginebra y de París, celebrado en 1924, además de la aceptación progresiva del profesionalismo —que abrió el camino para que también se organizaran campeonatos profesionales nacionales en Europa Central— comenzaron las primeras gestiones para establecer competiciones internacionales bajo el auspicio de la FIFA, tanto a nivel regional como mundial. Hasta entonces, el torneo de fútbol más importante eran los Juegos Olímpicos, donde solo se permitía competir a atletas amateurs. Sin embargo, los cambios que traía consigo el fútbol en cada nuevo país donde se desarrollaba —convirtiéndose en un gran fenómeno social pero también en un ámbito de actividad económica que incluía atletas profesionales— hacían cada vez más urgente que la FIFA trazara un camino independiente para el deporte, alejado de los círculos y los principios del Comité Olímpico Internacional.
En ese marco, Meisl, defensor de la idea de construir una red futbolística en Europa, trabajó para instituir un torneo entre selecciones y otro entre clubes durante los congresos celebrados en Praga (1925) y Roma (1926). En este último, la propuesta fue oficialmente rechazada por un cuerpo que reunía a 23 federaciones, pero Meisl no se dio por vencido y decidió encontrar aliados con los cuales avanzar en su plan. La verdad es que, por aquel entonces, con la prioridad puesta en la organización de una Copa del Mundo y con el temor por los conflictos entre hinchadas —frecuentes en los partidos internacionales y con un clima de guerra que trasladaba a las gradas las ideologías belicosas e intolerantes de la época—, muchos consideraban que cualquier esfuerzo por crear nuevas competiciones, y sobre todo regionales dentro de Europa, era un gasto de energía innecesario.
Meisl y sus colaboradores —los presidentes de las federaciones de Hungría, Fodor, y de Checoslovaquia, Loos, junto con algunos miembros de la federación italiana— buscaron apoyo por fuera del congreso de la FIFA. Así, en una reunión realizada el 27 de octubre de 1926, decidieron crear dos torneos: uno entre clubes y otro entre selecciones, con la participación de los equipos de sus respectivos países. Nacieron así la Copa de Europa Central y la Copa Internacional de Europa Central.

Al año siguiente, en el congreso de la FIFA en Helsinki (1927), las federaciones interesadas volvieron a fracasar en su intento por obtener el respaldo oficial de la confederación internacional. Por eso decidieron avanzar por su cuenta con el patrocinio de una empresa, la alemana Mitropa AG, que gestionaba los coches cama y los restaurantes de los trenes que recorrían Europa Central. Fue este patrocinio el que dio nombre al torneo entre clubes: la Copa Mitropa, considerada la precursora de todas las competiciones europeas de clubes que conocemos hoy. Debido a las dificultades para encajar todos los partidos dentro del ya cargado calendario de cada temporada, se decidió que la Copa Mitropa se celebraría todos los años, mientras que la Copa Internacional tendría una duración variable según las circunstancias.
La primera Copa Mitropa se disputó entre agosto y noviembre de 1927 y participaron en ella los dos primeros equipos de las ligas de Austria, Hungría, Checoslovaquia y Yugoslavia. Los representantes de la federación italiana argumentaron que les resultaba difícil para sus clubes incorporar el torneo en su calendario. En la Copa Internacional, sin embargo, además de Austria, Hungría y Checoslovaquia, participaron también Italia y Suiza.
El inicio de estas competiciones —con la participación regular de los cuatro países y la presencia ocasional de Suiza, Yugoslavia y Rumania— dio lugar a la creación de la primera red futbolística significativa en Europa. En ese mismo momento, Sudamérica ya se encontraba en una etapa más avanzada, con la Copa América celebrándose desde 1916. Las consecuencias beneficiosas que tuvieron estos torneos tanto para los clubes como para las selecciones nacionales participantes, no solo en lo deportivo, sino también en la integración del fútbol dentro de su cultura general y su elevación al rango de actividad central en la vida social, contribuyeron decisivamente a romper resistencias y a establecer las estructuras europeas que existen hoy. Además, pusieron en evidencia la importancia del intercambio organizado de ideas y enfoques —algo que ha sido la semilla de toda gran transformación cualitativa en cualquier campo de la actividad humana a lo largo de la historia conocida de nuestra especie.
En ese período se sentaron, en esencia, las bases para que se impusiera con amplia aceptación la noción de que el fútbol no puede abordarse de manera mecanicista: que la táctica del juego, la innovación en la forma de jugar y entrenar, y la organización de los clubes deben desarrollarse a través de una elaboración teórica correspondiente, también de forma profesional, tal como profesionales eran ya los futbolistas dentro del terreno de juego. En la misma época en que la Football Association transformaba el fútbol con el cambio radical en la regla del offside en 1925, la mayor innovación táctica fue la de Herbert Chapman en el Arsenal, quien comprendió que se necesitaban más jugadores en defensa para que el conjunto funcionara como un todo. Pero al mismo tiempo, en Europa Central comenzaban a gestarse las primeras ideas sobre la fluidez de posiciones, se ponía énfasis en el movimiento individual de cada jugador, se reflexionaba sobre la cohesión entre las distintas líneas, y se desarrollaba la idea de una transición desde un juego de líneas, heredado de la prehistoria del fútbol, hacia un juego de espacios, que correspondía a su futuro. La prueba tangible de la superioridad de esta concepción aún tardaría algunos años en llegar, pero su llegada ya era inevitable.
Estas inevitabilidades las conocía muy bien Jimmy Hogan, quien en aquellos años había regresado inicialmente al MTK y luego trabajó también en el Austria de Viena —el antiguo Wiener Amateure, el club de Meisl— antes de transmitir por primera vez sus conocimientos fuera de Europa Central al Racing Club de París, el mayor club polideportivo, en términos de logros, que haya conocido la Vieja Europa en su historia. Hogan, junto con otros británicos que acudían a este entorno futbolístico mucho más dinámico, transformaron el conocimiento del combination game en una forma completamente nueva de fútbol colaborativo, en cooperación con técnicos y dirigentes locales.
Los protagonistas de la era gloriosa
Uno de los grandes británicos que desempeñaron un rol patriarcal en la transmisión del fútbol en Europa Central fue Johny Dick, escocés nacido en Eaglesham, Renfrewshire, en 1876. Dick jugó primero en el equipo local Airdrieonians antes de pasar al Woolwich Arsenal —nombre que tenía el club antes de trasladarse al norte de Londres—, donde jugó entre 1898 y 1912. En 1919, al finalizar la guerra, se trasladó a Praga para asumir la dirección técnica, primero del DFC Prag y luego del Sparta, al que dirigió en dos períodos, siendo el segundo hasta 1933. John Dick aplicó precisamente lo que exigían los tiempos en el Sparta e inspiró al equipo obrero de Praga los principios y la evolución moderna del combination game. En su primera etapa, entre 1919 y 1923, ganó cinco campeonatos en cinco temporadas, con su equipo perdiendo el primer lugar solo tras su primera salida.
Sin embargo, bajo la dirección del checo Václav Šplinder, el Sparta ganó el campeonato de 1927 y participó en la edición inaugural de la Mitropa Cup. En la primera ronda comenzó con un triunfo apoteósico ante el Admira de Viena por 5-1, perdió la revancha por 5-3, pero se clasificó igualmente. En semifinales se enfrentó al equipo símbolo de la época, el MTK, recientemente abandonado por Hogan, quien había dejado su puesto al húngaro Guyla Feldmann. El partido en Budapest terminó 2-2 y el de vuelta en Praga, en empate sin goles. Sin embargo, la participación de Kálmán Konrád con el MTK fue declarada irregular —un caso que debería haber quedado como ejemplo histórico para todos los clubes—, ya que el futbolista había firmado contrato con otro equipo, el Hungaria, durante el transcurso del torneo. Esto violaba las normas establecidas, por lo que el Sparta obtuvo el pase a la gran final. En el primer partido, al que asistieron 25.000 espectadores en Praga, el Sparta venció por 6-2 al Rapid de Viena. Pero los austríacos confiaban tanto en su equipo que en la revancha se congregaron 40.000 personas con la esperanza de una gran remontada. Finalmente, el Rapid ganó 2-1 y el Sparta se coronó como el primer campeón del nuevo certamen: ¡la primera copa europea interclubes de la historia! En cualquier caso, la cantidad de hinchas que llenaban los estadios de las grandes ciudades de Europa Central convirtió a la Mitropa Cup, desde su temporada inaugural, en un rotundo éxito: una iniciativa que muchos comenzaron a envidiar, pero que tardaría años en ser imitada. La base de la excelencia futbolística sobre la cual se desarrolló aquel torneo aún no era patrimonio común del continente.

En 1928, el campeón fue el Ferencváros, logrando el primer título interclubes para Hungría, mientras que en 1929 su hazaña fue repetida por el Újpest. En esa tercera edición de la Mitropa Cup participaron por primera vez dos equipos italianos, que reemplazaron a los yugoslavos. Sin embargo, la Genova 1893 (nombre italianizado del Genoa) y la Juventus no lograron superar la primera fase, los cuartos de final.
El cetro pasó de Hungría a Austria en las dos temporadas siguientes: el Rapid de Viena, que ya contaba con dos finales perdidas, logró finalmente superar al Sparta en una especie de revancha informal de la final inicial, mientras que en 1931 el título se disputó entre clubes austríacos, con el First Vienna venciendo al Wiener AC.
La edición de 1932, sin embargo, quedaría en la historia por múltiples motivos, no todos positivos. La primera ronda se caracterizó por la relativa comodidad con que avanzaron los clasificados, que aseguraron su pase en el partido de ida. El Slavia de Praga venció 3-0 al Admira de Viena, cayendo 1-0 en la vuelta. El Bologna, en su debut en la Mitropa Cup, arrancó con una victoria contundente sobre el Sparta por 5-0 en el Littoriale (como se llamaba entonces el actual Stadio dall’Ara), y perdió 3-0 en la revancha en Praga. La Juventus derrotó 4-0 al Ferencváros en Turín y empató 3-3 en el segundo partido, mientras que en la serie más reñida, el First Vienna ganó 5-3 al Újpest en el primer encuentro y aseguró su clasificación con un 1-1 en la vuelta.
Sin embargo, la serie de semifinales estuvo marcada por incidentes sin precedentes que influyeron incluso en el resultado deportivo del torneo. La semifinal entre el Slavia de Praga y la Juventus comenzó con el primer partido en Praga, donde los locales ganaron 4-0. Sin embargo, el encuentro estuvo teñido de violencia entre las hinchadas de ambos equipos y se caracterizó por un nivel de agresividad inédito por parte de los 28.000 simpatizantes locales hacia los jugadores de la Juventus, quienes no se quedaron atrás, convirtiendo el partido en una especie de enfrentamiento bélico. En medio de todo eso, hubo una primera invasión al campo por parte de los aficionados, que inicialmente fue contenida, pero volvió a repetirse tras una falta violenta cometida por Cesarini. Los hinchas atacaron a los jugadores de la Juventus y fue necesaria la intervención de la policía para evitar una tragedia. Los visitantes terminaron el partido con ocho jugadores, producto de una expulsión y dos lesiones causadas por los disturbios, ya que en esa época no existían los cambios.
En el partido de vuelta, el 10 de julio en Turín, los hinchas de la Juventus no esperaron al pitazo inicial y comenzaron los ataques desde la llegada del colectivo del Slavia al estadio. El encuentro logró arrancar con normalidad, e incluso la Juventus se puso 2-0 arriba hacia el minuto 40. Pero cerca del final del primer tiempo, Junek, delantero del Slavia, devolvió hacia la tribuna uno de los objetos que habían sido arrojados al campo. Una cadena de hechos desató una pelea generalizada y los jugadores del Slavia fueron retirados del terreno por la policía local. Tras esta afrenta al espíritu del certamen en ambos partidos, los organizadores decidieron excluir a los dos equipos del resto de la competencia.
De esta forma, sin saberlo, los equipos de la otra semifinal estaban disputando, en realidad, la final del torneo. El primer partido se jugó el mismo día que el segundo de la otra serie. Los locales Rossoblù lograron imponerse como locales por 2-0 con goles de Maini y Sansone, mientras que en la vuelta, el 17 de julio, consiguieron mantener el marcador en 1-0, asegurando así el título: el primer trofeo internacional interclubes en la historia del fútbol italiano, aunque haya llegado de un modo un tanto paradójico.

Sin embargo, lo que más trascendió en las crónicas históricas fue la forma en que el Bologna jugó los últimos 20 minutos del partido en Viena. Incluso con el marcador a favor, que les daba todos los motivos para adoptar un planteo conservador y asegurar el pase (o el título), los jugadores del Bologna siguieron desplegando su juego ofensivo, intentando empatar el partido. Ese espíritu era producto de la profunda influencia que el fútbol del Danubio había ejercido en el desarrollo del club.
El Bologna, que como campeón italiano de 1929 no había participado en esa edición de la Mitropa Cup por haber organizado una gira por Sudamérica, atravesaba una década dorada en todos los planos. En lo futbolístico, la era Felsner fue la que introdujo por primera vez en el club los principios del fútbol del Danubio, durante cerca de una década, transformándolos en campeonatos nacionales y en la constante disputa de títulos en cada competición que disputaba. Aunque Felsner dejó el club en 1930, fue reemplazado por el húngaro Gyula Lelovics, continuando la tradición centroeuropea del equipo. Si bien se sabe poco sobre la vida de Lelovics —cuyo apellido original era Lelowichnak, lo que sugiere un origen eslavo, quizás judeoeslavo—, sí se conoce su trayectoria profesional en Italia, que comenzó en 1930 en el Bologna y se extendió hasta 1961, con dos regresos al banco del equipo de Emilia-Romaña.
Pero el Bologna también se destacaba por otra razón en el panorama internacional de la época: era el club con el estadio más grande y moderno de Europa. Un estadio cuya historia tiene matices sombríos, y por eso más tarde cambió de nombre, ya que esas referencias no podían aceptarse en la ciudad italiana más progresista del siglo XX. El Stadio Littoriale fue inaugurado el 29 de mayo de 1927, pero unos seis meses antes, Mussolini había visitado el estadio, al que consideraba un modelo de la arquitectura moderna y futurista de su régimen. Realmente era un estadio majestuoso, con capacidad para 50.000 espectadores, cuyo exterior recordaba a un coliseo romano. Hasta el día de hoy, este estadio es considerado un monumento arquitectónico histórico, y su inminente remodelación será realizada respetando su identidad original.
El día de la visita de Mussolini, sin embargo, el 31 de octubre de 1926, el dictador italiano fue víctima de un intento de asesinato al regresar desde el estadio al centro de la ciudad. Los camisas negras que lo rodeaban identificaron como autor a un joven tipógrafo de 15 años, Anteo Zamboni, quien fue linchado en el acto por orden del jefe de policía, Carlo Alberto Pasolini. Años después, el hijo mucho más célebre de este último, el cineasta y escritor Pier Paolo Pasolini, retrató su conflictiva relación con su padre en la película Edipo Rey. Hoy, en el lugar donde el joven Anteo fue asesinado, en la Piazza Maggiore, hay una placa conmemorativa que recuerda los hechos, y una pequeña calle de la ciudad lleva el nombre del joven que intentó asesinar al dictador fascista.

Por cuestiones históricas, la decisión final sobre la adjudicación del título de la accidentada edición de 1932 se tomó finalmente el 7 de noviembre de ese año, con el Bologna teniendo que esperar un poco más para conseguir su gran victoria histórica sobre el terreno de juego.
A diferencia del año de los incidentes, la siguiente temporada de la Mitropa, la de 1933, fue histórica por otros motivos, ya que fue quizá la expresión más pura del duelo entre los dos mejores futbolistas de la época. El sorteo tuvo que colaborar con ello, y afortunadamente Austria Viena y Ambrosiana (nombre que entonces llevaba el Inter) no se enfrentaron antes de la final. Los austríacos pasaron la primera ronda con una gran remontada, revirtiendo el 3-1 adverso frente al Slavia Praga con un 3-0 en Viena. En semifinales, vencieron también por 3-0 a la Juventus y luego empataron 1-1 en Turín. Por su parte, la Ambrosiana dio vuelta el ajustado 1-0 con el que había perdido ante First Vienna, ganando por 4-0 en la revancha en Milán. En semifinales, comenzó con un 4-1 sobre el Sparta y selló la clasificación con el empate 2-2 en Praga.
Así, los dos equipos, Ambrosiana y Austria, se encontraron en la final. Eso significaba que el gran trofeo interclubes lo disputarían Giuseppe Meazza, por el equipo italiano, y Matthias Sindelar, por el vienés. En la historia del fútbol han existido muchas disyuntivas sobre quién fue el mejor de su tiempo o incluso de todos los tiempos. Estas comparaciones suelen dividir generaciones que vivieron de cerca las hazañas de uno u otro jugador, o incluso dentro de una misma generación, entre quienes se identificaron más con una u otra figura. Casos como Pelé-Maradona o, más recientemente, Messi-Cristiano Ronaldo, son ejemplo de ello. La televisión o incluso los registros fílmicos permiten hoy a generaciones futuras asomarse al pasado y comprender tales dilemas. Sin embargo, en 1933 no existía ese dilema intergeneracional: era claro que los mejores jugadores de la época —y de todas las épocas hasta entonces— eran Meazza y Sindelar. Lamentablemente, hasta hoy ha sobrevivido muy poco y fragmentado material audiovisual, aunque uno de esos fragmentos pertenece justamente al primer partido de la final en Milán.

Matthias Sindelar nació con el nombre Matěj Šindelář en Kozlov, un pequeño pueblo de Moravia del Sur, cerca de Jihlava. Su padre, Jan (o Johann) Sindelar, era herrero, y su madre, Marie Švengrová, lavandera. Siguiendo un camino común entre muchas familias de Moravia, Bohemia y Hungría, la familia Sindelar se mudó a Viena, estableciéndose en el barrio obrero de Favoriten. Allí Matthias fue a la escuela y empezó a jugar a la pelota en las calles, en parques y en estacionamientos abandonados. Sin embargo, la esperanza de una vida mejor en la capital austríaca se quebró por la dura realidad de la guerra: su padre murió en una de las batallas del río Isonzo en 1917, cuando Matthias tenía 14 años. Para sostener a su madre y a sus tres hermanas, comenzó a trabajar como aprendiz de herrero. Ese mismo año, su talento revivió la esperanza: en uno de los partidos escolares permitidos en el centro de entrenamiento local, llamó la atención de Febus, dirigente del Hertha Viena, quien le ofreció un contrato. Se dice, sin embargo, que su nombre ya circulaba en la red de ojeadores que recorrían los barrios de las grandes ciudades del imperio. Así, el 26 de mayo de 1918, con apenas 15 años, Sindelar firmó su primer contrato como futbolista. Jugó tres años en Hertha, un club sin grandes logros y afectado por problemas internos. No obstante, ya desde su segunda temporada, Sindelar comenzó a destacarse individualmente ante los grandes equipos de Viena. En 1921, el Wiener Amateur —que se convertiría en Austria Viena con la llegada del profesionalismo— pagó 3.000 chelines para ficharlo. Según el testimonio posterior de Wolfgang Hafer, nieto de Hugo Meisl, fue el propio Meisl quien orquestó el fichaje, ya que venía siguiendo a Sindelar desde hacía años.

La madurez y el ascenso al estrellato futbolístico de Giuseppe Meazza constituyen casi una biografía paralela, con muchos puntos en común con la de Sindelar. Meazza nació en Milán en 1910, cerca de Porta Vittoria. A los 7 años, en 1917, también perdió a su padre en la guerra y creció con su madre, ayudándola en su trabajo de vendedora ambulante de frutas. Empezó a jugar descalzo a los seis años en un equipo llamado Maestri Campionesi, usando una pelota hecha de trapos atados, en las canchas improvisadas de Greco Milanese y Porta Romana. A los 12 años, su madre le permitió inscribirse en el club Gloria FC, donde recibió sus primeros botines. Hincha del Milan, se probó en su club favorito a los 14, pero fue rechazado por su contextura delgada. La oportunidad que no tuvo en el Milan la encontró en el Inter, que lo incorporó y, por su figura esbelta, le dio el apodo de “il Balilla”, que se cree fue idea de Leopoldo Conti. A los 17 años ya integraba el plantel profesional, aunque sin sumar minutos, ya que el técnico húngaro József Viola no lo tenía en cuenta. Pero con el inicio de la Serie A en la temporada 1929-30, el Inter confió en otro húngaro que dejaría un legado aún más profundo en el fútbol europeo: Árpád Weisz. Proveniente de Budapest, Weisz había llegado a Italia en 1924, jugado en el Inter hasta 1926, y ya había sido entrenador del equipo entre 1926 y 1928. En esa temporada de 1929, el Inter perdió a su centrodelantero Fulvio Bernardini, transferido a la Roma. Weisz, aliviado, dijo entonces: “Por fin, ahora puedo poner al chico a jugar”, refiriéndose a Meazza, que a los 19 años seguía siendo considerado muy pequeño para el rudo campeonato italiano.
Ambos jugadores empezaron a escribir historia en sus clubes. También delgado, Sindelar fue apodado Der Papierene (el de papel), destacándose por su manera etérea de moverse en la cancha. Sus movimientos eran tan artísticos que Alfred Polgar, uno de los máximos exponentes del modernismo austríaco, escribió sobre él: “Jugaba al fútbol como un gran ajedrecista mueve sus piezas: con tal visión extendida que podía prever cada movimiento y reacción del rival, eligiendo siempre la mejor jugada. Tenía un control del balón inigualable, combinando su dominio técnico con la capacidad de lanzar contragolpes fulminantes y de engañar rivales con sus amagues.” Otros decían que sus pies tenían cerebro, y esa dimensión intelectual del juego lo convirtió en emblema del fútbol de café vienés, al punto de ser llamado “el Mozart del fútbol”.
Meazza, en cambio, fue el símbolo del fútbol fascista, aunque nunca expresó ni con palabras ni con actos una adhesión ideológica al régimen. Como la mayoría de las grandes figuras del fútbol italiano de la época, tampoco mostró resistencia activa, limitándose a sus deberes deportivos y al cumplimiento del protocolo simbólico del momento.

El primer partido de la final de la Copa Mitropa de 1933 fue programado para el 3 de septiembre y se disputó en la Arena Civica de Milán, el estadio del Inter (o Ambrosiana, como se llamaba en aquellos años), un hermoso estadio con gradas de forma ovalada y elementos arquitectónicos neoclásicos, construido en 1807 y que aún existe hoy, albergando partidos de divisiones inferiores y fútbol femenino, así como partidos de rugby y eventos de atletismo. El equipo del Austria viajó en tren nocturno desde Viena, acompañado por Hugo Meisl y el presidente del club, Schwarz. Bajo la mirada de 35.000 espectadores que acudieron al estadio milanés, el Austria comenzó el partido con fuerza, cargando también con el cartel de favorito, aunque sin lograr convertir, a pesar de sus intentos fallidos y una tremenda jugada individual de Sindelar, quien tras eludir a tres defensores con una finta, vio cómo su potente remate salía apenas desviado. Sin embargo, la situación comenzó a cambiar gradualmente, con los nerazzurri marcando un gol en el minuto 35 que fue anulado por fuera de juego, y abriendo finalmente el marcador en el minuto 40, con Meazza enviando el balón al fondo de la red tras un rebote del arquero austríaco. Un minuto más tarde, Levratto marcó directamente de un tiro de esquina, haciendo el 2-0 y desatando el delirio entre los hinchas locales. En el segundo tiempo, los austríacos volvieron a salir con fuerza, intentando imponer su destreza técnica para superar la resistencia italiana, mientras sus rivales trataban de controlar el resultado. Finalmente, en el minuto 77, tras una asistencia de Sindelar, Rudolf Viertl estableció el 2-1 definitivo.
Todo quedaba abierto para el gran partido del Praterstadion, disputado seis días después en Viena. Es destacable el ambiente amistoso en el que se desarrollaron los partidos de esta final, especialmente en contraste con los incidentes que marcaron la edición anterior del torneo. Tras el primer encuentro, ambos equipos cenaron juntos en Milán, y el Austria se ocupó de la hospitalidad de sus rivales en el hotel Meissl & Schadn, donde Sindelar fue visto conversando en el vestíbulo con Meazza antes del partido de vuelta. En el Praterstadion, los vieneses crearon un ambiente apoteósico, batiendo el récord de asistencia, con 58.000 entradas vendidas para ese partido histórico. En el terreno de juego, el espectáculo estuvo a la altura, con ambos equipos generando muchas ocasiones en el primer tiempo, sin lograr marcar hasta el minuto 44, cuando Viertl ganó un penal tras una falta de Agosteo, y Sindelar lo transformó en gol, igualando el marcador global de la final. En el segundo tiempo se definiría el título. La Ambrosiana silenció el Prater al comienzo de la segunda mitad, pero el gol de Frione, tras un centro de Meazza, fue anulado por fuera de juego, provocando protestas y algunas escaramuzas, por segunda vez en el partido, tras el penal del primer tiempo. Esto generó una tensión creciente, que a su vez llevó a la expulsión de dos jugadores de la Ambrosiana por faltas duras: Allemandi en el minuto 65 y Demaría en el 67. En estas condiciones, Sindelar marcó el segundo gol de su equipo en el minuto 80, pero tres minutos después, Meazza, ganando un duelo aéreo, puso el 2-1, devolviendo el empate total entre los dos equipos. La Ambrosiana se defendía con valentía, pero en el minuto 88, Sindelar se encontró libre en el área rival y, tras un centro de Molzer, marcó de volea el 3-1 definitivo, que otorgó por primera vez el título al Austria, en un ambiente de éxtasis en el abarrotado estadio vienés. En el contraste de emociones, las lágrimas de Meazza, quien calificó las decisiones arbitrales como “un escándalo deportivo”. La cobertura periodística de La Stampa, repleta de duras críticas al árbitro checoslovaco František Cejnar, es un testimonio de la decepción que reinaba en el equipo milanés tras esta gran final perdida. Pero la revancha no tardaría…

En la final de 1933, la Copa Mitropa alcanzó quizás su punto culminante. Tal vez ni siquiera el propio Meisl habría podido imaginar el éxito del torneo que había soñado durante tantos años y que había comenzado apenas seis temporadas atrás. En total, 93.000 espectadores asistieron a los estadios en los dos partidos, el fútbol de Europa Central había producido sus propias estrellas, cuya fama trascendía ampliamente el terreno de juego, las comunidades locales de las grandes ciudades vivían por estos grandes enfrentamientos entre clubes de culturas vecinas pero extranjeras, y el fútbol se había convertido, en la práctica, en un medio de comunicación entre las naciones, la clase urbana ilustrada y las masas trabajadoras. Sin embargo, al mismo tiempo, se estaban produciendo cambios sísmicos en el fútbol mundial, expresados a través del desarrollo del juego de las selecciones nacionales — que ya no representaban barrios, sino escuelas de pensamiento futbolístico.
El escenario internacional
El desarrollo del fútbol internacional fue un proceso mucho más complejo de lo que podría parecer hoy. Durante las primeras décadas de expansión del deporte, no existía la percepción generalizada de que la existencia de competiciones internacionales fuera una necesidad para su evolución global. Los diversos encuentros amistosos, llamados tests, tal como ocurría en el rugby y el cricket, se organizaban tras acuerdos entre las federaciones nacionales, y no existía ninguna cita con periodicidad definida que estableciera una hoja de ruta para el desarrollo de cada fútbol nacional en relación con el conjunto de las demás escuelas futbolísticas del mundo.
Así, los primeros torneos internacionales de fútbol fueron los de los Juegos Olímpicos. Sin embargo, incluso allí, la organización era sumamente amateur. En los Juegos Olímpicos de París 1900 y de Saint Louis 1904, en lugar de selecciones nacionales, fueron algunos clubes elegidos los que representaron simbólicamente a sus países, y la estructura misma de los torneos resultaba extraña. Por ejemplo, en los juegos de París, el Upton Park ganó la medalla dorada disputando únicamente la final, frente al Stade Français, que ya había ganado tres partidos anteriores, en un sistema de eliminación que se asemejaba más a la competencia del boxeo profesional. En 1904, solo participaron dos equipos de Estados Unidos y uno de Canadá, mientras que en los Juegos Intercalados de Atenas en 1906, el Ethnikos representó a Atenas, el Ómilos Filomusón a Tesalónica, el Orfeas a Esmirna y un equipo proveniente de un buque de guerra danés a Dinamarca. En ese torneo, el partido entre los equipos de Atenas y Tesalónica nunca llegó a completarse, ya que ocurrieron graves incidentes durante el entretiempo, estableciendo un precedente histórico más ligado a la tradición social que a la tradición deportiva del fútbol en Grecia.
Las cosas comenzaron a cambiar con la fundación de la FIFA en 1904 y su participación activa en la organización de los torneos olímpicos, empezando por los Juegos de Londres en 1908. Esa fue también una de las razones por las que Daniel Burley Woolfall asumió la presidencia de la federación en 1906. En Londres se llevó a cabo un torneo con formato reglamentado y participación planificada de ocho selecciones, entre ellas dos representaciones francesas. Chequia iba a competir bajo el nombre de Bohemia, enfrentando a Francia en la primera ronda, mientras que Hungría debía jugar contra los Países Bajos. Sin embargo, ambas selecciones de Europa Central se retiraron, alegando motivos económicos. Lo cierto es que, ese mismo año, el fútbol danubiano estaba aún claramente por detrás del británico, con la selección de Inglaterra ganando sus cuatro partidos ante los tres seleccionados del Imperio austrohúngaro: 6-1 y 11-1 contra Austria, 7-0 ante Hungría y 4-0 frente a Bohemia.
En 1912, sin embargo, la preparación de Austria para los Juegos Olímpicos de Estocolmo dio lugar a una de las colaboraciones más legendarias en la historia del fútbol, ya que Meisl contrató a Hogan como entrenador de la selección. La fusión entre las ideas del combination game y la fluidez táctica condujo a innovaciones incluso en lo relativo a los sistemas de juego. Por entonces, el esquema estándar, proveniente claramente de la escuela británica, era el 2-3-5, conocido como la “pirámide”. Mucho antes de que Herbert Chapman perfeccionara dicho sistema, Hogan y Meisldebatían modificaciones como el 3-2-2-3 o una forma temprana del delantero centro retrasado respecto a la línea de ataque. Con estas adaptaciones tácticas, Austria logró aplastar 5-1 a Alemania en la primera ronda del torneo olímpico, aunque los Países Bajos —donde Hogan ya había trabajado como entrenador del Dordrecht— se mostraron más preparados para hacer frente a los experimentos austríacos y ganaron el partido de cuartos de final por 3-1. Es importante destacar que en ese mismo torneo Meisl participó también como árbitro, dirigiendo el partido de primera ronda entre Italia y Finlandia, que terminó con victoria de los Suomi en tiempo suplementario por 3-2. En el repechaje —o más precisamente, “el torneo del consuelo”, ya que estos partidos no definían medallas ni posiciones oficiales— participaron las tres selecciones de Europa Central. En la primera ronda, Austria venció 1-0 a Noruega, mientras que Italia superó por el mismo marcador a Suecia. Así, en semifinales se enfrentaron el equipo de Hogan y Meisl contra Italia, que era dirigida por primera vez por Vittorio Pozzo, quien ese día trabó una amistad con Meisl que daría paso a una rivalidad duradera. Austria ganó aquel partido por 5-1, mientras que en la otra semifinal, Hungría venció 3-1 a Alemania. En la final, Hungría se impuso a Austria por 3-0, en el único partido oficial entre ambas selecciones cuando aún formaban parte del mismo Estado.
El fútbol escandinavo y del norte de Europa parecía imponerse en los Juegos Olímpicos frente al centroeuropeo, aunque esto reflejaba más su capacidad de imitar el estilo inglés —basado en la preparación física— que un verdadero desarrollo táctico propio. Suecia y Dinamarca eran selecciones protagonistas, mientras que el Reino Unido se consagró campeón olímpico en ambas ediciones de 1908 y 1912. El torneo de 1916 nunca se llevó a cabo, debido a la Primera Guerra Mundial, y en Amberes, en 1920, el panorama había cambiado profundamente a raíz de la transformación del mapa político europeo. De Europa Central solo participó el equipo de Checoslovaquia, ya que Austria se encontraba en plena reconstrucción y Hungría atravesaba un período extremadamente inestable, pocos meses después del Tratado de Trianon.
Los checoslovacos vencieron 7-0 en la primera ronda a la flamante Serbia-Croacia-Eslovenia, es decir, la futura Yugoslavia; en cuartos de final derrotaron 4-0 a Noruega y en semifinales 4-1 a Francia. En una final tragicómica, en la que el trío arbitral británico parece haber favorecido considerablemente a los anfitriones belgas para que ganaran la primera medalla dorada del fútbol en la posguerra, el equipo de Checoslovaquia abandonó el terreno de juego en el minuto 39, con Bélgica ganando 2-0. Los checoslovacos jamás retiraron sus medallas de plata —y esta fue la única vez hasta hoy en que una final internacional de fútbol no se completó. Italia, que jugó el repechaje, venció 2-1 a Noruega en tiempo suplementario, pero luego fue eliminada por España tras perder 2-0.
Quizás el primer gran Torneo Olímpico de verdad fue el de París, en 1924, con la participación de 22 equipos provenientes de cuatro confederaciones y, por primera vez, con la presencia de una selección de Sudamérica. Uruguay, que llegó a París como absoluto outsider, sorprendió al mundo entero venciendo sucesivamente a Yugoslavia, Estados Unidos, la anfitriona Francia, los Países Bajos y en la final a Suiza por 3-0, logrando así la medalla de oro y dirigiendo por primera vez el interés mundial hacia la evolución de una red futbolística de enorme dimensión en otro rincón del planeta, fuera de Europa. En aquellos años, el desarrollo del fútbol en Sudamérica tenía su propia identidad ideológica —diferente de la de Europa Central—, pero lo suficientemente sólida como para destacarse frente al fútbol europeo, mucho menos desarrollado y organizado de forma amateur. La ausencia de trincheras y de pérdidas humanas debido a la guerra en Sudamérica había permitido, además, el desarrollo ininterrumpido de esas ideas futbolísticas y de la cultura que las acompañaba. Esta supremacía quedó aún más confirmada cuatro años después, en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam, cuando también participó la selección argentina, deseosa de emular la gloria de sus vecinos. La final fue, por supuesto, entre Uruguay y Argentina, y necesitó de un partido de desempate para que la Celeste conquistara su segunda medalla de oro consecutiva, con un triunfo que en gran medida determinó la elección del país anfitrión del primer Mundial de la FIFA, que por entonces se había convertido en el gran objetivo de la organización bajo el liderazgo del francés Jules Rimet.

Desde Europa Central, en los Juegos de 1924 participaron Suiza e Italia, con la primera alcanzando la final y la segunda siendo eliminada por la propia Suiza en el duelo de cuartos de final, mientras que Hungría sufrió una derrota inesperada y humillante por 3-0 ante Egipto. En 1928, sólo Italia y Suiza tomaron parte del torneo, ya que el resto de los países herederos del antiguo imperio no consideraban el Torneo Olímpico como algo relevante. Italia se llevó la medalla de bronce tras caer 3-2 en semifinales frente a Uruguay, mientras que Suiza fue eliminada en primera ronda con una derrota por 4-0 ante Alemania.
Sin embargo, para entonces, cuando se celebraban los Juegos Olímpicos de 1928, en Europa Central ya se había puesto en marcha un torneo internacional de fútbol de mucha mayor importancia. En el mismo año en que se inauguró la Copa Mitropa, tuvo lugar también la primera edición de la Copa Internacional de Europa Central, cuyo primer partido —entre Checoslovaquia y Austria— se disputó el 18 de septiembre de 1927. El torneo estaba diseñado para celebrarse a lo largo de tres años, considerando el verano de 1928 como “período muerto” para permitir la participación de Italia y Suiza en los Juegos Olímpicos.
Los grandes favoritos del certamen 1927–1930 eran Austria e Italia. Austria, con Matthias Sindelar como figura destacada y con Hugo Meisl en la dirección técnica, se encontraba en el inicio de la construcción de un gran equipo: el llamado Wunderteam —el equipo maravilla—, que encarnaría todo el progreso de la filosofía futbolística vienesa. Italia, al comienzo del torneo, atravesaba una etapa de rápido crecimiento, favorecida por la reestructuración del fútbol profesional de clubes, pero las grandes figuras que marcarían la transformación de la selección nacional aparecerían a lo largo de los tres años del campeonato. En el campo de juego, la figura principal fue sin dudas Giuseppe Meazza, quien debutó con la Squadra Azzurra en 1930. En el banco, a partir de 1929 —y tras haber dirigido en tres ciclos anteriores: 1912, 1921 y 1924— regresaba Vittorio Pozzo.
Pozzo nació en Turín en 1886. Hijo de una familia burguesa, en su juventud practicó atletismo y se destacó en los 400 metros, pero con los años fue conquistado por el fútbol. Sin tener condiciones para destacarse como jugador, siguió estudiando y se trasladó a Zúrich para asistir a la Escuela de Comercio. Allí se volvió políglota, aprendiendo a hablar fluidamente francés, alemán e inglés, y desarrolló una apertura cultural que contrastaba con los deseos de su familia, que insistía en que regresara a Italia. En lugar de eso, Pozzo se mudó a Inglaterra, primero a Londres, donde no se sintió a gusto dentro de la numerosa comunidad de expatriados. Así que se trasladó al norte, a Bradford, donde pudo vivir plenamente la vida británica, que adoraba. Su anglofilia era tan profunda que, siendo católico, comenzó a asistir regularmente a la iglesia anglicana los domingos, en una rutina que combinaba trabajo en la industria textil durante la semana y fútbol los sábados. A pesar de la presión familiar para que regresara y asumiera un cargo administrativo en la empresa de su hermano, Pozzo se negó incluso cuando su padre le retiró el apoyo económico. En Inglaterra, se convirtió en hincha del Manchester United, vinculándose con un club y una ciudad que ya habían influido en el desarrollo del fútbol centroeuropeo a través de varias personalidades. Allí también formó su ideología política, que podría describirse como liberal-monárquica. La cultura británica que abrazó le inculcó una concepción militarista de la vida —algo que más adelante se reflejaría en sus métodos de entrenamiento en el fútbol. Sin embargo, sus días en Inglaterra terminaron de forma abrupta: al regresar a Italia para asistir al casamiento de su hermana, su familia le impidió volver a irse.

Pozzo, que había asistido a entrenamientos de grandes equipos en Gran Bretaña —entre ellos el Arsenal en Londres, pero también otros del norte, donde luego residió—, contaba con un conocimiento técnico poco común para la época, lo cual le valió un puesto dentro de la Federación Italiana, asumiendo las funciones de secretario. Sin embargo, en 1912, de cara a los Juegos Olímpicos de Estocolmo, se le pidió por primera vez que tomara las riendas de la selección nacional. Los resultados, y en especial la dura derrota ante Austria en los Juegos Olímpicos, seguida por otra en un amistoso en diciembre de ese mismo año, lo llevaron a presentar su renuncia. Durante dos años más continuó sus viajes, hasta el estallido de la Gran Guerra, cuando fue reclutado como oficial de un batallón de alpinisti —algo muy acorde con sus principios militaristas.
Tras el final de la guerra, volvió a dirigir la selección italiana en los Juegos Olímpicos de París de 1924, y aunque los resultados fueron mejores, la muerte de su esposa lo empujó a renunciar una vez más. Luego continuó su carrera profesional asumiendo un puesto directivo en la empresa Pirelli, y pasó su tiempo libre practicando alpinismo en las montañas de Alsacia. Pero en 1929 comenzaría el largo camino compartido entre Pozzo y la Squadra Azzurra, una trayectoria marcada tanto por la gloria como por su asociación con un régimen cuyo peso histórico también le fue adjudicado a él como figura pública. Aunque nunca fue miembro del Partido Fascista —y pese a que más tarde surgieron indicios de que ayudó a grupos partisanos en Biella, así como a prisioneros aliados a escapar, alineándose claramente con los británicos y manifestando una profunda admiración por Winston Churchill—, se considera que Pozzo aprovechó todos los recursos que el régimen fascista puso a su disposición, tanto materiales como ideológicos. Como resultado, hoy en día su nombre no da título a ningún estadio en Italia ni figura entre las personalidades que despiertan orgullo nacional en el imaginario futbolístico italiano.
En cuanto a la primera edición de la Copa Internacional, los resultados iniciales de 1927 sorprendieron en relación con las expectativas teóricas de la época. En sus dos primeros encuentros, Austria sufrió derrotas ante Checoslovaquia y Hungría. Italia, por su parte, empató 2-2 como visitante frente a Checoslovaquia. Tras esos resultados, los dos favoritos del torneo se enfrentaron por primera vez el 6 de noviembre, en el recién construido Stadio Littoriale de Bolonia. Unas 30.000 personas colmaron las tribunas del estadio emiliano, pero fueron testigos de una gran victoria austríaca —la primera en la competición— por 0-1, con gol de Franz Runge, delantero del Austria Wien, en el minuto 44.
Italia consiguió luego su primer triunfo frente a una débil Suiza, antes de vencer también a Hungría en el viejo Flaminio, en un emocionante partido que finalizó 4-3 el 25 de marzo de 1928. Una semana más tarde, Austria volvió a caer, esta vez en casa, ante Checoslovaquia, mientras que Hungría venció 2-0 a Checoslovaquia en el último partido antes de los Juegos Olímpicos de Ámsterdam. A partir del otoño de 1928, Austria e Italia comenzaron a encontrar su mejor forma: Austria goleó 5-1 a Hungría y venció 2-0 a Suiza, mientras que Italia superó 3-2 a Suiza como visitante y 4-2 a Checoslovaquia en casa. Así, el 7 de abril de 1929, se volvieron a encontrar —esta vez ante 49.000 espectadores en el Hohe Warte de Viena— en un partido donde Horvath anotó dos goles y Weselik otro, sellando un contundente 3-0 que ratificó la supremacía del equipo austríaco sobre sus rivales directos en el torneo.
Tras ese encuentro, Italia lideraba la tabla con un punto por encima de Austria: cuatro victorias, un empate y dos derrotas para los italianos, frente a cuatro triunfos y tres derrotas de los austríacos. En el último partido de 1929, Austria venció a Suiza en Berna y superó a Italia en la clasificación, a la espera del resultado del último encuentro del torneo, que sería el que definiría al campeón.
Pero la enorme distancia temporal entre los partidos significaba que muchas cosas podían cambiar para cada equipo a lo largo de una misma edición. Así, la Italia que había sufrido dos derrotas ante Austria ya no era la misma que enfrentó a Hungría el 11 de mayo de 1930 en Budapest. Dos figuras pueden considerarse las incorporaciones más importantes de ese período para la Squadra Azzurra: el joven Giuseppe Meazza ya formaba parte del once titular, y en el banco había regresado Vittorio Pozzo.
Veterano de guerra, Pozzo organizó antes del partido una visita de los futbolistas italianos a los antiguos campos de batalla de Oslavia y Gorizia, haciendo también una parada en el cementerio de guerra de Redipuglia. Allí, los jugadores quedaron impactados por la brutalidad de la guerra, y Pozzo les dijo que “era bueno que el espectáculo triste y aterrador los hubiera conmovido” y que “lo que ahora se les pedía a ellos no era nada comparado con lo que se les pidió a quienes perdieron la vida en esas colinas”. Aunque no puede verificarse si esa visita funcionó como una inyección ideológica que mejoró el rendimiento de Italia, el resultado fue que, ante una Hungría que también aspiraba al título y contaba con el apoyo de 40.000 espectadores, los italianos escribieron una página dorada en su historia, ganando 5-0 con un hat-trick de Meazza y consagrándose campeones del primer título oficial de su historia.
Ese mismo verano de 1930, ningún equipo de Europa Central viajó a Uruguay para disputar el primer Mundial de la FIFA. El viaje era demasiado largo, y todas las federaciones consideraron imposible adaptar los calendarios de sus campeonatos y competiciones internacionales para que sus selecciones pudieran participar. De hecho, si uno revisa la prensa de la época, puede percibir claramente que aquella primera Copa del Mundo era vista más como un torneo experimental y de tipo novedoso, cuyo prestigio no tenía nada que ver con el Mundial tal como lo conocemos hoy.
Así, la siguiente competición internacional en la que participaron equipos de Europa Central fue la Copa Internacional de 1931–1932. El primer partido estaba programado como un gran choque entre Italia y Austria, esta vez en el San Siro. Aunque Hovarth abrió el marcador para los visitantes en el minuto 4, Meazza empató a los 34’ en un estadio que más adelante llevaría su nombre. El argentino nacionalizado italiano, Raimundo Orsi, marcó el gol de la victoria para los locales en el minuto 52, sellando el 2-1 final. Austria siguió en la competición logrando dos victorias —una de ellas con un escandaloso 1-8 como visitante ante Suiza, que había incorporado nuevo cuerpo técnico con asistentes como dos grandes forjadores del fútbol danubiano: Jimmy Hogan y Dori Kürschner— y dos empates ante Hungría. El mismo registro consiguió Italia.
El 20 de marzo de 1932, ambos equipos volvieron a enfrentarse en el Prater, ante 63.000 espectadores. Con goles de Sindelar y Meazza, uno para cada lado, Austria se impuso por 2-1, lo que trajo un equilibrio absoluto en la lucha por el título. Luego, ambas selecciones consiguieron empates de visitante: Italia en Hungría y Austria en Checoslovaquia. El título se definiría en octubre de 1932. El día 23, Austria recibió a la modesta Suiza en el Prater, el mismo rival al que había goleado por 8 tantos en Basilea un año antes. Aquel día, 55.000 espectadores acudieron al estadio vienés. Los austríacos ganaron 3-1 en un partido arbitrado por el checoslovaco František Cejnar, el mismo que dirigiría el Austria–Inter por la Copa Mitropa de 1933. Con ese resultado, Italia necesitaba una victoria amplia frente a Checoslovaquia para tener chances de consagrarse, pero fue derrotada en Praga el 28 de octubre por 2-1. De ese modo, la Austria de Meisl y Sindelar, la Wunderteam, conquistó el primero y único título de su historia.
Tras su triunfo en la Copa Internacional, la selección austríaca, considerada la mejor de Europa continental, fue invitada a disputar un amistoso contra Inglaterra, celebrado el 7 de diciembre en Stamford Bridge, Londres. El equipo nacional del país que había inventado el fútbol acumulaba ya más de 60 años de historia internacional y nunca había perdido en casa ante un conjunto europeo, salvo ante sus vecinos de las Islas Británicas, en el marco del Home Championship. Su primera derrota frente a un equipo continental había sido en mayo de 1929, cuando cayó 4-3 frente a España en el Estadio Metropolitano de Madrid. En mayo de 1931, volvió a perder en París con un contundente 5-2 ante Francia.
La sola invitación a jugar en suelo británico ya constituía un honor, pues hasta ese momento había solo dos antecedentes comparables: en 1923, la selección olímpica de Bélgica fue invitada a disputar un partido en Highbury, donde Inglaterra ganó por 6-1; y en 1931, España fue convocada para la revancha del duelo del Metropolitano, siendo otra vez goleada en Highbury por 7-1. Cabe destacar que estos partidos se celebraban siempre en diciembre, cuando los terrenos de juego se encontraban muy castigados por el clima británico, lo cual favorecía a los locales y a su estilo físico y de contacto. En ese contexto, la motivación para Austria era enorme: podía convertirse en el primer equipo en vencer a Inglaterra en su propio suelo, arrebatándole el título simbólico de líder mundial del fútbol.
Para este encuentro, Meisl volvió a solicitar la colaboración de Jimmy Hogan, quien acababa de dejar el banco del Austria para asumir en el Racing Club de France. Hogan declaró que esta invitación fue “el mayor honor de su carrera” y “un regalo magnífico por sus 50 años”. Al mismo tiempo, el propio Herbert Chapman ayudó a gestionar la liberación de Hogan, convenciendo al Racing de que le permitiera ausentarse durante dos semanas para preparar al conjunto austríaco. El árbitro designado para el partido fue el mejor de su tiempo, el belga John Langenus, quien dos años antes había dirigido la final de la Copa del Mundo.
En la despedida del equipo austríaco desde la estación Westbahnhof, miles de simpatizantes se hicieron presentes para alentar a su selección. Los prolegómenos en Inglaterra también se reflejaban en la prensa de la época, que en líneas generales destacaba que ese partido no se parecería a ningún otro anterior, elogiando especialmente la calidad del conjunto austríaco. El encuentro comenzó de manera ideal para los ingleses, que marcaron a los 5 minutos con Crooks. Pero Austria se mostraba peligrosa, y el arquero inglés del Birmingham, Harry Hibbs, tuvo una mala jornada, bajo un estrés particular al saber que en las gradas estaba Chapman, quien podía garantizarle un traspaso al Arsenal. Aun así, Hampson duplicó la ventaja para los ingleses y selló el marcador del primer tiempo.
En la segunda mitad, Austria siguió presionando, con Smistik y Sindelar cargándose el juego sobre sus hombros. Finalmente, Zischek, del Wacker Viena, descontó en el minuto 58. Houghton volvió a estirar la ventaja en el 77, pero Sindelar recortó nuevamente tres minutos más tarde, con un gol que recordó al que Maradona marcaría ante los ingleses en 1986, aquel que quedaría para siempre como “el gol del siglo”. Es revelador que el público inglés, conocedor del juego, aplaudiera la jugada del “Mozart” del fútbol. Con 10 minutos por jugar, nada parecía decidido. En un partido que quedó en la historia tanto por su belleza como por su emocionante desarrollo, los 40.000 espectadores en Stamford Bridgeestallaron en el minuto 82, cuando Hampson marcó su segundo gol personal y le dio otra vez una ventaja tranquilizadora a su equipo. Zischek volvió a descontar en el 87’, y un gol inglés fue anulado en los últimos minutos. El marcador final fue 4-3 para Inglaterra. Austria estuvo muy cerca de alcanzar la cima simbólica del fútbol mundial, pero esa hazaña tendría que esperar en la Historia —y sería finalmente lograda por otro equipo.

La edición 1933–1935 de la Copa Internacional volvió a extenderse en el tiempo, debido a la realización de la Copa del Mundo, que esta vez tendría lugar en Italia. El régimen fascista daba todo de sí para celebrar una victoria internacional deportiva, y eso significaba que Pozzo contaba con todos los medios técnicos a su disposición para formar un equipo de ensueño, cuya supremacía no pudiera ser cuestionada, especialmente en suelo italiano. Esto incluía también la “italianización” de futbolistas que se habían destacado en el panorama internacional, gracias a la ley de sangre de Mussolini, que permitía conceder la ciudadanía italiana a cualquier descendiente de italianos hasta la séptima generación. En la práctica, eso significaba que cualquier jugador sudamericano —incluso con relatos ficticios sobre su ascendencia— podía convertirse en italiano.
Esa nueva y más poderosa Italia ganó los cuatro partidos que disputó por la Copa Internacional de 1933: ante Checoslovaquia y Suiza como local, y como visitante en Suiza y Hungría. El partido ante Austria del 11 de febrero de 1934 se vivió en un clima muy cargado, ya que —además de perfilarse como el encuentro decisivo por el título— era el primer enfrentamiento tras la final de la Copa Mitropa entre el Austria y el Inter/Ambrosiana, que había dejado un sabor muy amargo a Meazza y a toda una nación. Además, el encuentro se jugaba en la ciudad natal de Pozzo, Turín, en el actual Estadio Olímpico, que por entonces llevaba el nombre del dictador italiano. Más allá de todos esos simbolismos, el partido tenía una enorme importancia táctica: se enfrentaban dos sistemas que representaban las identidades futbolísticas de sus respectivos equipos.
Por un lado, la Italia de Pozzo jugaba con el llamado metodo, un esquema 2-3-2-3 que mantenía la superioridad en el mediocampo, reforzado por los delanteros interiores (los números 8 y 10), que jugaban un poco más retrasados que los otros tres. Austria, en cambio, utilizaba el llamado W-M, es decir, 3-2-2-3, con tres defensores en línea y una disposición en rombo en el centro, un esquema que ha perdurado en la historia del fútbol, sobre todo en la fase ofensiva. Ambos sistemas eran evoluciones del 3-2-5 de Herbert Chapman —más cercano al W-M— con el que el técnico británico había triunfado en el Arsenal.
En aquel partido en Turín, los austríacos volvieron a imponerse, con un contundente 4-2, generando preocupación en sus rivales… y en todo un régimen, pocos meses antes del Mundial. Antes del verano, Austria disputó aún un partido más frente a Suiza, al que venció por 3-2 en Ginebra.
La proyección mundial
El verano de 1934 fue el momento en que el fútbol de Europa Central brilló en la escena mundial. Dos años antes, en el 21° Congreso de la FIFA celebrado en Estocolmo, dos países compitieron por el derecho a organizar la segunda edición del torneo. Sin embargo, continuando la tradición de las retiradas, que ya había comenzado durante el proceso de selección de la sede del primer Mundial, Suecia se retiró de la candidatura, al no tener intención de destinar un presupuesto tan elevado como el de Italia, que presentó un proyecto cuyo coste ascendía a 3,5 millones de liras.
Para esta edición del torneo se organizaron por primera vez eliminatorias previas, ya que de las 36 federaciones que se inscribieron para participar en el torneo final, solo competirían 16. Italia, en el grupo 3, debía superar a Grecia, a la que venció por 4-0 en el San Siro de Milán, el 25 de marzo de 1934. Hungría y Austria se clasificaron al superar a Bulgaria en sus respectivos grupos. Checoslovaquia ganó su serie frente a Polonia por 2-1 como visitante, y sin jugar como local, ya que el equipo rival se retiró. Suiza superó el difícil grupo en el que enfrentó a Rumania y Yugoslavia, empatando con ambos. Así, todos los equipos del llamado fútbol de Europa Central estarían presentes en los estadios italianos, disputando el título futbolístico más importante del planeta, que poco a poco empezaba a adquirir el prestigio que merecía.
Los primeros partidos, correspondientes a los octavos de final, se jugaron el 27 de mayo. La anfitriona Italia debutó con un triunfo apabullante ante Estados Unidos en el Flaminio, ganando 7-1, con hat-trick de Angelo Schiavio del Bologna. También tuvo un paso fácil Hungría, que, a pesar de haber recibido el empate durante el partido frente a Egipto, logró la clasificación en el segundo tiempo con un 4-2 en el Partenopeo de Nápoles. En el Stadio Littorio de Trieste, Checoslovaquia revirtió el marcador frente a Rumania en el segundo tiempo, clasificándose con un 2-1 final, mientras que Suiza venció 3-2 a Países Bajos en el San Siro. El camino más difícil lo tuvo Austria en Turín, donde necesitó llegar al alargue frente a Francia y recién en el minuto 109, con un gol de Josef Bican —legendario delantero de origen checo que jugaba en el Rapid— logró el pase de ronda.

Con los cinco equipos del Coupe Internationale entre los ocho mejores, el torneo parecía ya un asunto familiar — enteramente europeo, además, ya que Argentina y Brasil habían sido eliminados en la primera ronda, por Suecia y España respectivamente. En los cuartos de final, disputados el 31 de mayo, dos enfrentamientos fueron auténticos clásicos centroeuropeos. Austria se midió con Hungría en el Littoriale de Bolonia, el mismo estadio donde había logrado su primera gran victoria ante Italia. Con goles de Horvath y Zischek, se adelantó en el marcador, mientras que Hungría solo logró descontar en el minuto 60 con un penal convertido por Sárosi. En el otro duelo entre equipos del Coupe Internationale, Checoslovaquia superó a una Suiza ya más consolidada, en Turín, por 3-2, logrando así el pase a semifinales. El mayor desafío esta vez fue para Italia, que en Florencia no logró imponerse a España ni siquiera en la prórroga, con el partido terminando 2-1, obligando a un segundo encuentro al día siguiente, que se definió con un gol de Meazza. Aún persiste el misterio histórico sobre la ausencia del mítico arquero español Zamora y de los delanteros vascos Iraragorri y Langara en aquel partido de revancha. Algunas fuentes indican que Zamora estaba sentado muy cerca de Meisl, quien había asistido al partido como espectador.
El gran duelo del torneo, que incluso podría considerarse una “final anticipada”, fue sin duda la semifinal entre Italia y Austria, programada para el 3 de junio, en el San Siro de Milán. Si bien Austria e Italia atravesaban una época dorada de rivalidad futbolística, en el plano político las cosas eran un poco más complejas. Antiguos enemigos de la Primera Guerra Mundial, con toda la carga heredada por Pozzo, pero sobre todo por futbolistas como Sindelar y Meazza, huérfanos de guerra, redefinían sus relaciones bilaterales en marzo de 1934 con la firma de un acuerdo entre Italia, Austria y Hungría, conocido como los “Protocolos de Roma”. En ese tratado, los tres países —todos con regímenes autoritarios, ya que pocos días antes se había disuelto también la Primera República Austriaca, con el canciller Dollfuss, apodado Millimetternich, asumiendo el poder indefinidamente— formaron una alianza principalmente por temor a la agresión alemana. Solo un año antes, el 30 de enero de 1933, había asumido la Cancillería de la República de Weimar un pintor austríaco frustrado, convirtiéndola en el temido Tercer Reich. Más allá del temor a los nacionalsocialistas alemanes, sin embargo, las tres naciones abrían con ese acuerdo un nuevo ciclo de agresión en los Balcanes, codiciando territorios yugoslavos que, por distintos motivos, consideraban parte de su herencia histórica, alimentando así los relatos nacionalistas que marcarían el siglo entero. Esta convergencia diplomática, no obstante, significaba poco para Pozzo, quien llevó un gramófono al vestuario de la Squadra Azzurra para motivar a sus jugadores con los sonidos del Canzone del Piave, una canción patriótica que exaltaba la heroicidad de los italianos en los campos de batalla de la Gran Guerra, y que incluso obligó a sus futbolistas a cantar en voz alta antes de salir al terreno de juego. En la misma sintonía, por supuesto, se encontraba Mussolini, presente en el estadio, deseoso de ver a su selección lograr una victoria que se convirtiera en símbolo del régimen.
Las entradas para el partido, como era de esperarse, se agotaron, y en el San Siro unas 60.000 personas se agolparon para presenciar en vivo el partido más importante disputado hasta entonces. Más allá del apoyo de su público, los italianos contaron también con la ayuda del clima, ya que unas horas antes del comienzo del encuentro, una fuerte tormenta azotó Milán, dejando el terreno de juego todavía parcialmente inundado al momento del saque inicial. Esto dificultaba enormemente los esfuerzos del equipo austríaco, que se basaba más en su refinada técnica, y favorecía el estilo de juego más físico del conjunto italiano. Incluso bajo esas condiciones, sin embargo, Sindelar no dejó de impresionar. Papierene, que había aprendido a jugar al fútbol sobre los terrenos irregulares de los espacios abiertos del barrio obrero de Viena, sabía arreglárselas también en un campo anegado, incluso en uno de los mejores terrenos de juego de su época. Los ataques austríacos se sucedían en oleadas, y los italianos no podían hacer otra cosa que resistir con un juego puramente defensivo, sin ningún intento de construir juego. En esta tarea, contaban también con la colaboración del árbitro sueco Ivan Eklind, a quien se le había prometido que, si su actuación era satisfactoria, se le confiaría la gran final del torneo. Esa motivación quizás jugó un papel determinante en la decisión que tomó en el minuto 19, cuando, en un balón aéreo disputado entre Schiavio y el arquero austríaco Peter Platzer, este último logró atrapar la pelota. Sin embargo, Schiaviocayó con fuerza sobre él, en una acción que define el concepto de falta según el reglamento del juego, provocando que Platzer perdiera el control del balón, lo que permitió a Schiavio asistir a Guaita, quien anotó el único gol del encuentro. Para los austríacos —y quizás para todo el mundo— fue una falta clara. Para el árbitro Eklind, sin embargo, tal vez fue su oportunidad de dirigir la final del torneo más importante del planeta.

El resultado se mantuvo 1-0, a pesar de las numerosas ocasiones que tuvieron ambos equipos, con Austria jugando mejor durante gran parte del partido, pero encontrándose unas veces con el muro defensivo italiano, y otras errando por poco, como el remate de Zischek en el último suspiro del encuentro. Italia había accedido a la final que tanto anhelaba el Duce, pero quedó para la historia la mancha de una decisión injusta contra uno de los mejores equipos que haya conocido el fútbol mundial. Meisl declaró que era prácticamente imposible vencer a Italia bajo esas condiciones, mientras que Josef Bican fue aún más lejos, afirmando que el árbitro incluso llegó a… pasarle la pelota a un jugador italiano durante el partido. Por su parte, Raimundo Orsi declaró que vivían con miedo a ser ejecutados, algo que hubiese sido muy posible si el árbitro Eklind no se ponía de su lado.
En la otra semifinal, Checoslovaquia —el representante del fútbol del Danubio que brillaba en el Mundial de 1934— venció a Alemania por 3-1, con hat-trick de Oldřich Nejedlý del Sparta, aunque Rudi Noack había igualado previamente para los alemanes. Así, los checoslovacos consiguieron el segundo boleto a la gran final que se jugaría en Roma, el 10 de junio. Antes, en el partido por el tercer puesto, una Austria desmoralizada por la injusticia cayó ante Alemania en Nápoles, perdiendo también la medalla de bronce. La Squadra Azzurra de Pozzo necesitó ir a la prórroga, tras el 1-1 del tiempo reglamentario, para superar la resistencia de los checoslovacos y alzarse finalmente con el “Santo Grial” llamado trofeo Jules Rimet, gracias al gol de Schiavio en el minuto 95.
La flamante campeona mundial, Italia, tendría luego la oportunidad de enfrentarse con Inglaterra en Londres ese mismo noviembre. Pero en el estadio del Arsenal cayó de manera mucho más clara que lo había hecho Austria dos años antes: el partido terminó 3-2, gracias a dos goles de Meazza en el segundo tiempo. Sin embargo, las victorias italianas continuaron frente a Austria, ganando el partido entre ambos disputado en el Prater por la Coupe Internationale, que terminaría conquistando en 1935.
Los dos equipos se volverían a encontrar en los Juegos Olímpicos de 1936, donde, por las condiciones políticas cambiantes, ambas naciones podían, por distintos motivos, sentirse en cierto modo locales. En julio de 1934, el canciller y ya dictador “Millimetternich” Dollfuss fue asesinado durante un intento fallido de golpe de Estado nazi, y el poder pasó a manos de Kurt Schuschnigg. Sin embargo, en Austria, la influencia del nazismo y el apoyo al Anschluss —la unión nacional histórica con Alemania, prohibida por el Tratado de Trianón— ganaban cada vez más terreno. La Alemania nazi tenía todo el interés en lanzar ataques de fraternidad y hermandad hacia Austria, con el objetivo de anexar la patria de su propio dictador al Reich. Al mismo tiempo, la posición inicial de resistencia de la Italia de Mussolini frente al Reichcomenzó a cambiar, ya que se deterioraban las relaciones con Francia y el Reino Unido debido a la invasión italiana de Etiopía. Así, poco a poco, las relaciones entre Italia y Alemania mejoraban, y desde 1935, Japón se había sumado oficialmente a la alianza con la Alemania nazi, en un frente común contra la Internacional Comunista y la Unión Soviética. En efecto, fue a través del fortalecimiento de los lazos amistosos con Japón —que comenzaron en el verano de 1936 y se consolidaron en 1937, cuando Italia no condenó la invasión japonesa de China en la Sociedad de Naciones— que se inició formalmente el período de cooperación germano-italiana.
En el torneo, que contó con la participación de 16 equipos, Italia venció con dificultad a Estados Unidos por 1-0 en la primera ronda, se impuso de manera aplastante a su “amiga” Japón con un 8-0, y necesitó llegar al alargue frente a Noruega, donde un gol de Annibale Frossi le dio el pase a la final. Austria, que durante su preparación había vencido a Inglaterra en el Prater por 2-1, superó la primera ronda ganándole a Egipto por 3-1, antes de protagonizar uno de los partidos más escandalosos de la historia. En cuartos de final, frente a Perú, los austríacos tomaron ventaja con goles de Wergin y Steinmetz en los minutos 23 y 37 respectivamente. Sin embargo, el equipo peruano entró al segundo tiempo con determinación, logrando empatar el marcador con goles de Alcalde y Villanueva en los minutos 75 y 81.
En la prórroga, aunque el árbitro noruego parecía tener la misión de favorecer a la Austria “aria”, los peruanos fueron claramente superiores, marcaron cinco goles en total —de los cuales se anularon tres— y, aun así, al finalizar el encuentro ganaban 4-2. El partido puede haber terminado con ese resultado, pero debido al “desempeño” del árbitro, algunos hinchas peruanos ingresaron al campo de juego y se reportó que agredieron a jugadores austríacos, e incluso que uno de ellos portaba un arma. Austria presentó una protesta y la FIFA decidió que el partido debía repetirse, algo que Perú no aceptó, permitiendo así que la Wunderteam avanzara a la siguiente fase. Esta decisión provocó fuertes reacciones en los países latinoamericanos, que publicaron comunicados expresando su apoyo a Perú, y tanto el equipo olímpico peruano como el colombiano se retiraron de Alemania.

En la semifinal, en un clima mucho más tranquilo, Austria venció a la selección nacional de otro país codiciado por el régimen nazi: Polonia. Con un marcador de 3-1, los austríacos se clasificaron a la final, donde se enfrentarían una vez más con Italia, en la gran revancha de la final de la Copa del Mundo. Ante 85.000 espectadores en el Estadio Olímpico de Berlín, la tarde del 15 de agosto, Italia se impuso en el alargue con dos goles de Frossi, sellando el 2-1 final. Así, la Squadra Azzurra de Pozzo había logrado dejar sin título mundial a la gran Wunderteam, representante de un país que estaba cambiando, proveniente de aquella Viena Roja que ya no existía, encarnación de un cosmopolitismo de posguerra que ahora cedía su lugar ante la agresividad nacionalista en un número creciente de países europeos.
La luz antes de la tormenta
Europa se encaminaba hacia el período más oscuro de su historia, y las nubes de otra guerra comenzaban a acumularse hacia mediados de la década de 1930. Al mismo tiempo, la alianza en formación que se consolidaría como el Eje, y la base ideológica del fascismo y del nazismo, propiciaron la implementación de leyes antisemitas y racistas en una serie de países. Uno tras otro, los regímenes totalitarios, comenzando por la persecución de todos los elementos progresistas de sus sociedades, pusieron en la mira también a la numerosa y por siglos asimilada comunidad judía, así como a los pueblos romaníes en general, comenzando por la exclusión y desembocando en una campaña de aniquilación masiva.
Antes de que todo eso se volviera realidad, aún se jugaba al fútbol — y tras la Copa Mundial de 1934, en la edición del Mitropa Cup de ese mismo año, el gran protagonista de la Squadra Azzurra, Angelo Schiavio, llevó al Bologna a su segundo título, el primero ganado en el campo de juego luego de los sucesos de 1932. En 1935, el Sparta repitió la hazaña del Bologna, conquistando también su segundo trofeo, seguido por la Austria Wien y el Ferencváros en los años posteriores.
Sin embargo, entre mayo y junio de 1937, se celebró en Francia otro torneo, realizado una sola vez: el llamado Torneo Internacional de la Exposición Universal de París. Fue un certamen entre clubes de las grandes potencias futbolísticas de la época, incluyendo a Inglaterra, que hasta entonces se negaba a participar en cualquier iniciativa internacional de clubes junto a los países de Europa continental. En total participaron 8 equipos representando a 7 países, con Francia como anfitriona aportando al Marseille y al Socheaux, que habían terminado en las dos primeras posiciones de su liga ese año. Desde Austria, participó la Austria como campeona del Mitropa Cup anterior; desde Hungría, el Phöbus FC, que había jugado por primera vez en la máxima categoría la temporada anterior; desde Alemania, el Leipzig; desde Checoslovaquia, el Slavia Praha, flamante campeón nacional; e Italia estuvo representada por el campeón Bologna. Por parte de Inglaterra, el club participante fue el Chelsea, que si bien había terminado undécimo en la Football League, proveniente del cosmopolita Londres, decidió participar con la expectativa de alcanzar un éxito internacional.

Así, mientras que desde Inglaterra, Alemania y Hungría se eligieron equipos al azar, el resto de los países estuvo representado por sus máximos exponentes. Esto naturalmente se reflejó en los resultados del primer cruce, los cuartos de final: la Austria Wien eliminó al Leipzig, el Slavia Praha al Phöbus, el Bologna al Socheaux, mientras que el Chelsea necesitó de un sorteo con moneda para vencer al Marseille, ya que por entonces no existía la tanda de penales ni estaban previstos partidos de desempate. El Bologna y el Chelsea vencieron luego por 2-0 al Slavia y a la Austria respectivamente, y se citaron para la gran final disputada el 6 de junio en el Estadio Olímpico de Colombes, en las afueras de París. Uno de los mayores equipos de la Europa continental enfrentaría, por un trofeo internacional, a un representante de la Football League, y ese hecho ya era histórico en sí mismo.
Sin embargo, aún más histórica que el trofeo en juego era la figura del técnico que dirigía al Bologna. Árpád Weisz nació en Solt, en el oeste de Hungría, el 16 de abril de 1896. Hijo de una familia judía de clase media —su padre era dentista—, llevaba su nombre en honor al patriarca de los magiares, lo cual da cuenta del alto grado de asimilación del elemento judío dentro de las diversas identidades nacionales de Europa Central. A diferencia de muchos chicos de su época, su origen social le permitió asistir al colegio secundario y comenzar estudios universitarios en Budapest, que abandonó para dedicarse al fútbol en el extranjero. Practicaba el deporte de manera organizada desde los 15 años, cuando ingresó a las divisiones juveniles del Törekvés, club con el que debutó en primera división a los 17. Durante la Gran Guerra fue reclutado y combatió en las filas del Imperio Austrohúngaro, siendo capturado por los italianos el 28 de noviembre de 1915, durante la cuarta batalla del Isonzo, en el monte Mrzli. Pasó el resto de la guerra en un campo de prisioneros en Trapani, donde aprendió el idioma italiano, algo que marcaría su vida para siempre. Al finalizar la guerra, regresó a Hungría y al Törekvés, y en 1923 fue transferido al Macabbi Brno de Checoslovaquia. El 4 de marzo de ese mismo año debutó con la selección de Hungría y fue parte de la delegación olímpica para los Juegos de París en 1924. En 1925, cuando el clima antijudío se agravaba en la Hungría de Horthy, decidió emigrar a Italia, donde primero jugó en el Alessandria y luego se trasladó a mitad de año al Inter. Sin embargo, una lesión en la rodilla puso fin a su carrera de forma prematura.

Weisz, habiendo vivido desde dentro todo el desarrollo del fútbol húngaro, decidió convertirse en entrenador y ese mismo año asumió la dirección técnica del Inter, que para entonces ya había sido rebautizado como Ambrosiana. En 1927, fue Weisz quien descubrió en las inferiores del club al joven Giuseppe Meazza y —aunque se ausentó un año del banco del conjunto milanés— regresó en 1929, le dio la titularidad a Meazza y conquistó el campeonato de 1930. Así, con apenas 34 años, se convirtió en el entrenador más joven de la historia en ganar la liga italiana, un récord que se mantiene hasta hoy. Ese mismo año comenzó a incursionar en el análisis del fútbol y publicó un manual titulado El juego del fútbol, con prólogo de Vittorio Pozzo. Luego de un paso por el Bari, volvió por tercera vez al Ambrosiana, siendo su técnico también en la mítica serie de finales de 1933. En 1934 dirigió una temporada al Novara, antes de pasar en 1935 al equipo considerado como “el más danubiano del fútbol italiano”: el Bologna. Allí, donde continuó la tradición de los entrenadores de la antigua Austria-Hungría, ganó los campeonatos de 1936 y 1937, antes de enfrentarse al Chelsea en París por la final de la Copa de la Exposición Internacional.
En la final de París, el Bologna entró al campo con el aire de campeón de un país que, más allá de cómo se hubieran conseguido esos títulos, era a la vez campeón mundial y campeón olímpico. Pero sobre todo, llegaba con la experiencia de un equipo que llevaba años compitiendo al más alto nivel y había ganado dos títulos internacionales en el máximo nivel del fútbol continental. Así, Carlo Reguzzoni, extremo izquierdo, marcó goles a los 15 y 31 minutos, mientras que Busoni, mediocampista italiano, también anotó a los 20. Con el 3-0 al descanso, se perfilaba la primera gran victoria del fútbol del Danubio sobre la Madre del Fútbol, esta vez en el plano de los clubes. En la segunda parte, Reguzzoni repitió sus hazañas completando un hat-trick, y los londinenses solo lograron descontar mediante Sam Weawer en el minuto 72. El Bolognahabía vencido a un equipo inglés —el fútbol europeo celebraba su primera gran victoria en el terreno donde había brillado: el desarrollo de una red internacional de fútbol entre clubes. Este resultado, tal vez, significaba para el sueño de Meisl aún más que si la gran Wunderteam hubiera vencido a Inglaterra en su propio estadio. Puede que no se tratara de la máxima competencia, pero la lectura del resultado demostraba que su visión del fútbol era válida. Y antes de que la historia le diera la razón, se la dio una de sus víctimas: Árpád Weisz.
Weisz se quedó un año más en el Bologna, pero la persecución contra los judíos que también había comenzado en Italia, y la instauración de leyes racistas, lo obligaron a huir. Su último partido en Italia, como en un guiño del destino, fue el enfrentamiento entre el Bologna y el Ambrosiana, en octubre de 1938. Con fecha límite para abandonar el país, como todos los judíos, hasta marzo de 1939, logró escapar con ayuda de dirigentes del club el 10 de enero, primero hacia París. Buscando trabajo, consiguió un puesto en el Dordrecht de los Países Bajos, el club donde había comenzado su carrera como entrenador Jimmy Hogan. En esa época, muchos judíos consideraban a los Países Bajos como un país seguro, ya que los acuerdos firmados con la Alemania nazi los hacían creer que la barbarie nazi no se extendería a un país que no necesitaba ser conquistado. Ese error, sin embargo, resultó fatal para miles de judíos, ya que Países Bajos prácticamente abrió sus fronteras al Holocausto. En septiembre de 1941, se le prohibió volver a trabajar y sus hijos, Clara y Roberto, fueron expulsados de la escuela. El 4 de octubre de 1942, Árpád Weisz y toda su familia fueron deportados en un tren blindado con destino al campo de concentración de Auschwitz. Allí, su esposa Ilona y sus dos hijos fueron enviados directamente a las cámaras de gas, mientras que Árpád fue mantenido con vida para realizar trabajos forzados. Aproximadamente un año y medio después, uno de los más grandes técnicos de la historia del fútbol europeo murió debido a las condiciones inhumanas del cautiverio, el 31 de enero de 1944, a los 47 años.
Hoy en día, el nombre y la figura de Weisz son parte de la identidad tanto del Inter como del Bologna, y monumentos en su honor se han erigido frente a los estadios de ambos clubes, así como en la cancha del Dordrecht. En Stamford Bridge, el estadio del Chelsea, el equipo al que venció en aquel partido histórico de París, un mural lo representa junto al también judío alemán medallista olímpico Julius Hirsch y al arquero británico Ron Jones, quienes también murieron en Auschwitz.
El fútbol bajo la esvástica
Árpád Weisz fue una de los millones de víctimas de la humanidad durante la barbarie de la Segunda Guerra Mundial, y más específicamente, de la barbarie del fascismo y del nazismo, que comenzó antes de que los conflictos interimperialistas se trasladaran al campo de batalla. Los países que habían conformado la maravillosa red de la Escuela Danubiana de Fútbol empezaban poco a poco a desaparecer. La Copa Internacional de 1936–1938 nunca llegó a completarse, porque ya no existían todos los países que habían comenzado el torneo — y en particular, Austria.
El 15 de marzo de 1938, desde un balcón del Neue Hofburg, en la Heldenplatz, ante 250.000 personas, Adolf Hitleranunciaba la anexión de Austria al Tercer Reich, que a partir de ese momento pasaba a llamarse Ostmark. Junto con muchas otras conquistas de la República Austríaca, el fútbol que habían soñado y construido los cosmopolitas ideólogos de los cafés de una capital diversa fue aplastado bajo el yugo de la más monstruosa formación ideológica que haya conocido nuestra especie. Hugo Meisl había muerto de un infarto un año antes y no llegó a presenciar estos acontecimientos. El fútbol profesional fue convertido en amateur, según el modelo alemán, y el campeonato austríaco se convirtió en una liga regional dentro del campeonato federal alemán. La Wunderteam, la mítica selección nacional austríaca, fue disuelta y sus jugadores pasarían a formar parte del equipo unificado de Alemania. Este proceso debía iniciarse con un partido festivo, el llamado Anschlussspiel, en el que la selección austríaca jugaría un último encuentro, frente a Alemania, antes de que ambas selecciones se fusionaran.

El equipo austríaco ya estaba debilitado, ya que, más allá de que varias de sus leyendas estaban en el ocaso de sus carreras, muchos otros jugadores de origen judío habían huido del país. El 3 de abril, apenas nueve días después del referéndum que con un 99,73% de votos afirmativos había aprobado la anexión de Austria, el Praterstadion estaba decorado con esvásticas, asemejándose más a Núremberg que a Viena. Como ambos equipos tenían los mismos colores, Austria jugó con camisetas rojas, sin nada de blanco o negro, para evitar cualquier alusión a la bandera nacional austríaca. En ese partido jugó por última vez Matthias Sindelar, el Papierene, el “Mozart del fútbol”, que nunca aceptó vestir la camiseta del seleccionado alemán. Austria ganó el partido con goles de Sindelar y Sesta, cerrando así, con una última victoria aunque de modo nada triunfal, el ciclo de la Wunderteam.
Más allá de Austria, la Alemania nazi también incorporó a su dominio los territorios de otro país de Europa Central. En la reunión celebrada en Múnich el 30 de septiembre de 1938 —con la presencia de los líderes del Reich, de la Italia fascista, de la república liberal francesa y de la monarquía constitucional del Reino Unido—, y que bien podría llamarse “la conferencia de Hitler, Mussolini, Chamberlain y Daladier”, se decidió poner fin a las hostilidades de Alemania en Checoslovaquia mediante la entrega de la región de los Sudetes, donde vivía la mayor parte de la población germanoparlante del país, al Reich. Sin embargo, las ambiciones territoriales alemanas no se detuvieron allí, y unos meses después, con la aceptación tácita de Gran Bretaña y Francia, Checoslovaquia cayó completamente bajo el dominio del Reich hacia finales de marzo de 1939. Así, otra república cosmopolita sucumbía ante la vorágine nazi, apagando consigo una escuela futbolística multinacional, a la espera de un renacimiento que solo llegaría junto con una gran victoria universal y humana.
Durante el mismo período, Hitler reconocía a Polonia y Hungría como países bajo la esfera de influencia alemana, declarando su intención de anexarlos también. A diferencia de los otros países, que fueron entregados mediante acuerdos o conquistados por guerras de agresión, Hungría, bajo el liderazgo de Horthy, incorporó rápidamente el nazismo en su política, iniciando pogromos nacionales en su propio territorio. Estos, como era de esperar, se dirigieron contra la numerosa comunidad judía, lo que implicó también la persecución de muchos protagonistas del fútbol húngaro de entreguerras. El 20 de noviembre de 1940, Hungría se convirtió en el cuarto miembro de las potencias del Eje y, desde entonces, los portadores de un juego que había sido un puente de comunicación entre las naciones debieron esconderse de los invasores extranjeros y de los portadores del nacionalismo local.
Durante ese mismo período en que el fútbol moría del lado nazi de Europa, poco antes del estallido de la guerra, una semilla de aquel juego fue trasplantada a la tierra neutral de Suiza. Allí, el entrenador del seleccionado nacional era desde 1938 el austríaco Karl Rappan, quien había jugado en tres clubes vieneses —Wacker, Austria y Rapid— antes de cerrar su carrera como futbolista en el Servette, para luego iniciar una extensa trayectoria como técnico en suelo suizo. Rappanpertenecía evidentemente a la escuela que había desarrollado el W–M, y al mismo tiempo observaba la evolución de la pirámide británica de Chapman. Pero al tener como objetivo fortalecer a una de las selecciones más débiles de Europa Central, enfocó su atención en el refuerzo táctico defensivo. Sus experimentos lo llevaron a diseñar un sistema con un defensor extra, cuya función era “limpiar” el área y blindar así la defensa. Ese sistema, que fue llamado verrou y cuyo jugador libre para moverse por la zaga se conoció como libero (el “sweeper”), se transformó en una de las características fundacionales del fútbol del sur europeo de posguerra —y especialmente del italiano—, al constituir la base del famoso catenaccio.

A fines de agosto de 1939, las nubes de la guerra se habían cernido por completo sobre Europa. La Unión Soviética, que un año antes había solicitado la colaboración de Polonia y Rumania para contener la expansión alemana en Checoslovaquia —colaboración que ambas naciones se negaron a prestar—, veía la maquinaria de guerra nazi prepararse para una gran ofensiva hacia el este. Así, el 23 de agosto, los ministros de Relaciones Exteriores de la URSS y de Alemania se reunieron en Moscú para firmar un “Pacto de No Agresión” que pasó a la historia con el nombre de Pacto Ribbentrop–Molotov. Sin embargo, una semana después, el 1.º de septiembre de 1939, Alemania invadió Polonia —nuevamente en una zona habitada en su mayoría por población germanoparlante—, iniciando así su marcha hacia el este, que culminaría en la “Operación Barbarroja”: la anulación total del pacto Ribbentrop–Molotov y la ofensiva masiva contra la URSS el 22 de junio de 1941. Casi toda la Europa oriental, hasta el frente bélico, estaba ya bajo el control de los nazis o de sus aliados.
Además de Weisz, que fue capturado en Países Bajos y deportado a Auschwitz, una serie de otras grandes figuras del fútbol centroeuropeo fueron víctimas de los nazis. István Tóth, futbolista retirado y entrenador del Ferencváros, fue ejecutado por las SS en Budapest el 6 de febrero de 1945. Géza Kertész, quien había trabajado muchos años como técnico en Italia, regresó a Budapest en octubre de 1943 creyendo que el clima represivo había amainado. Sin embargo, corrió la misma suerte que Tóth, cuando se descubrió un plan de resistencia que ingenuamente no habían protegido. József Eisenhoffer, que había jugado en el Hakoah Wien y en el Ferencváros y que había sido también entrenador del Olympique de Marseille, murió a causa de sus heridas tras un bombardeo aéreo en febrero de 1945, poco antes de la liberación de Budapest. Alfréd Schaffer, de enorme influencia en la modernización del fútbol alemán y técnico de Hungría en 1938, apareció asesinado en un vagón en agosto de 1945.
Pero también hubo quienes lograron sobrevivir, como Márton Bukovi, mediocentro que había comenzado una carrera como entrenador en Zagreb, dirigiendo al Gradanski, club que tras la guerra fue rebautizado como Dinamo. Esa institución, opuesta a la acción del nacionalismo filo-nazi de los Ustaše, ayudó a que muchos judíos escaparan de la detención, como Max Reisfeld, que vivió bajo las gradas del estadio durante cuatro años. La contribución de Bukovi a esa acción de resistencia fue decisiva: junto con otros dirigentes del club, coordinaba la operación de ocultamiento y supervivencia de los perseguidos. Sandor Schwartz, ajeno al mundo del fútbol, logró sobrevivir a los campos de concentración porque mintió diciendo que era jugador profesional y fue liberado el 2 de mayo de 1945, tras haber sido trasladado a un campo de prisioneros en Mulhouse, al este de Francia, cerca de la frontera suiza. Béla Guttman, reformador del fútbol europeo de posguerra, y Ernö Erbstein, entrenador del inolvidable Torino que murió en el desastre aéreo de Superga en 1949, escaparon de la captura gracias a la ayuda de los habitantes de los alrededores. Kálmán Konrádno dejó nunca de cambiar de ciudad y país para evitar la detención, y de ese modo logró sobrevivir. Por último, Dezsö Steinberger, quien más tarde cambiaría su apellido a Solti, colaboró con los nazis y con Josef Meggele en su detención, y en 1949 escapó de Hungría para convertirse en uno de los dirigentes más infames del fútbol europeo, dejando su huella en la historia por su implicación en el arreglo de partidos a nivel continental.
Más allá de los héroes del fútbol, los héroes de la lucha antifascista de los pueblos derramaban su sangre en el frente oriental y en cada país donde se organizaban movimientos de resistencia. Pero la guerra se decidía en el inmenso frente donde los nazis enfrentaban al Ejército Rojo. Desde el fin del asedio de Stalingrado, el 2 de febrero, comenzaba la cuenta regresiva para el Reich alemán, mientras que la contraofensiva soviética significaba también la gran activación de las potencias occidentales, que se lanzaban a la lucha en otros frentes. La primera ciudad de Europa Central liberada por el Ejército Rojo fue Budapest, el 13 de febrero de 1945. En Viena, las tropas soviéticas entraron como libertadoras el 13 de abril y, el 9 de mayo —el Día de la Victoria Antifascista— avanzaban también sobre Praga. Sin embargo, antes que todas las grandes capitales, el Ejército Rojo había ingresado como libertador al infierno de Auschwitz, el 27 de enero, mientras que el 29 de abril las tropas estadounidenses doblegaban la resistencia alemana en Dachau. En ese mismo período, los partisanos italianos, con el apoyo de las fuerzas aliadas, iban ganando una por una las ciudades italianas, avanzando hacia el norte, entrando a Milán el 25 de abril y venciendo definitivamente a las fuerzas alemanas que aún resistían el 2 de mayo. El 28 de abril, los partisanos ejecutaron a Mussolini, y al día siguiente su cadáver fue colgado en la Piazzale Loretode Milán, junto a otros conocidos fascistas italianos.
Europa fue liberada, el fascismo derrotado, y volvió a llegar el momento de la esperanza, de la continuidad de la vida, y también de la continuidad del fútbol. Sobre los escombros de la guerra, y con el sacrificio de millones de personas —combatientes y civiles—, los pueblos de Europa iniciaban un camino que, con el paso de los años, sería calificado de “dorado”. A pesar de que 1945 marcó el inicio de una época en la que el mundo entero parecía dividido en dos grandes bloques, este período estuvo signado por una paz prolongada y una sensación constante de estabilidad, a pesar de las tensiones que parecían preparar la mecha para una catástrofe, dadas las armas nucleares que fueron utilizadas por primera —y hasta ahora única— vez contra la humanidad por el ejército estadounidense en Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945. Décadas después del final de aquella era, el desarrollo económico y la prosperidad de los pueblos en cada uno de esos dos mundos se recuerdan como un tiempo perdido, y la percepción de que el planeta era un lugar tranquilo, donde los pueblos podían vivir en sus hogares sin temor por el futuro, parece una experiencia lejana del pasado.
La resurrección
Junto con la resurrección del mundo, renació también la esperanza para el fútbol, y en Europa Central la experiencia del fútbol danubiano de entreguerras se convirtió en la base para el rápido desarrollo de todo el fútbol europeo, y en gran medida también del mundial. El equipo más debilitado del fútbol centroeuropeo de la posguerra fue la que alguna vez fue poderosa Austria. Meisl y Sindelar habían muerto antes de la guerra, Hogan no volvió a entrenar luego de su finalización y vivió el resto de su vida en Inglaterra. Toda la red del viejo fútbol vienés había desaparecido tras una década de imposición de la ley nazi. La Wunderteam era ya una pieza de la historia, y el fútbol austríaco no volvería jamás a encontrar su antiguo esplendor, salvo a través de sus veteranos, que en las primeras décadas de la posguerra se encontraron en los bancos de clubes de todos los rincones de Europa.
A diferencia de Austria, sin embargo, Checoslovaquia y Hungría se encontraban ya en el bloque donde se construía el Socialismo en Europa, ingresando así también en otra gran red futbolística, con su propia tradición y su particular ideología. Ambas naciones vivieron una nueva etapa de gran desarrollo futbolístico. Pero quien alcanzó la cúspide en los años de la posguerra fue Hungría, forjando un legado que quedó por siempre en el panteón de la historia del fútbol. Figura central de este proceso —que constituyó esencialmente el canto del cisne del fútbol danubiano y culminó con una victoria histórica y simbólica— fue Márton Bukovi, el entrenador del Dinamo Zagreb que había escondido judíos bajo las gradas de su estadio. Bukovi regresó a Hungría en 1947 para asumir la conducción del MTK, el club que había dado origen a tantas grandes personalidades, al equipo que Hogan había hecho gigante. Allí comenzó una serie de experimentos tácticos que harían historia. El detonante de esta reflexión táctica fue quizás el hecho de que en 1948 el artillero del equipo, el centrodelantero Norbert Höfling, fue transferido a la Lazio. Así, Bukovi se quedó sin un jugador similar en su once titular, viéndose obligado a utilizar en el centro del ataque a Péter Pelotás, un jugador de perfil más creativo. Para aprovechar las cualidades de Pelotás, Bukovi lo retrasó unos metros, acercándolo a los mediocampistas y dejando más espacio al resto de los cuatro atacantes para moverse en un campo más amplio. Ese retroceso del centrodelantero, que pasó a convertirse en una suerte de enganche sin un punta fijo, hizo al fútbol húngaro mucho más versátil. El MTK bajo la dirección de Bukovi conoció un progreso constante: de terminar sexto en 1948, logró conquistar dos campeonatos y la única Copa de Hungría bajo su mando hasta 1954.

La genialidad táctica de Bukovi, sin embargo, sería aprovechada en el plano internacional por otro húngaro visionario del fútbol, también figura de gran peso político, que por esa razón había sido nombrado seleccionador nacional. Gusztáv Sebes fue también futbolista del MTK entre 1927 y 1940, y culminó su carrera en el mismo club jugando incluso en 1945. En todos esos años jugó una sola vez con la selección nacional. Nacido en 1906 en Budapest, hijo de un sastre, Sebes fue además de futbolista un activo sindicalista en la industria de Budapest y luego en la fábrica Renault de París. En Franciacomenzó a jugar al fútbol, en los equipos Sauvages Nomades y Club Olympique Billancourt, antes de abandonar la militancia sindical para jugar profesionalmente con el MTK. En 1949, la nueva dirigencia de Hungría lo designó entrenador de la selección nacional. Antes de eso, había dirigido al MTK en un solo partido, cuando Gyula Feldmannsufrió un infarto, y había pasado por una serie de clubes menores en la Hungría ocupada y de posguerra, antes de tomar el mando del combinado nacional.
El comunista convencido Sebes, además del legado del fútbol danubiano, había comenzado a estudiar la evolución del juego en la Unión Soviética. Allí, en los primeros años de la posguerra, empezaba a formarse también una gran escuela de pensamiento futbolístico, con uno de sus primeros representantes en Boris Arkadiev, autor del libro Táctica en el fútbol en 1946. El hecho de que Arkadiev fuera el entrenador del Dinamo Moscú que arrancó un empate 3-3 frente al Chelsea en Stamford Bridge en 1949 había despertado el interés de Sebes, que por razones ideológicas buscaba también comprender mejor esa innovación soviética que ya experimentaba con esquemas de línea de cuatro en defensa y un 4-2-4 que más adelante se adoptaría en otras partes del mundo.
Sebes adoptó inicialmente en la selección nacional la innovación táctica de Bukovi en el MTK, asignándole a Pelotás el rol de centrodelantero retrasado. Con este enfoque táctico y una extraordinaria generación de futbolistas húngaros, liderada por Ferenc Puskás, que jugaba como interior por izquierda, comenzó una racha de resultados brillantes. Ese recorrido culminó en la asombrosa campaña de Hungría en los Juegos Olímpicos de Helsinki de 1952, donde tras vencer consecutivamente a Rumania, Italia, Turquía y en la final a Yugoslavia, los húngaros anotaron 20 goles y recibieron apenas 2, ganándose los apodos de los mágicos magiares, la Hungría dorada o simplemente el equipo de oro, la Aranycsapat. Sin embargo, luego de los Juegos Olímpicos, en un partido ante Suiza por la Copa Internacional que había vuelto a disputarse en Europa Central, Sebes decidió reemplazar a Pelotás por Nándor Hidegkuti del MTK, quien hasta entonces se desempeñaba por la derecha en el mediocampo. Hidegkuti se reveló mucho más adecuado para ese rol, y desde aquel partido en adelante se convirtió en el emblema de la posición del falso 9, que evolucionaría y dejaría su huella a lo largo de décadas.
Como era costumbre antes de la guerra, el equipo considerado el mejor de la Europa continental era invitado a jugar un amistoso en Inglaterra. El gran partido entre Hungría e Inglaterra fue programado para el 25 de noviembre de 1953, en el legendario, antiguo y imperial Wembley, que en ese entonces se llamaba The Empire Stadium. Inglaterra aún no había sido derrotada en su casa y el mundo entero esperaba con enorme expectativa ese duelo, que incluso antes de disputarse ya había sido bautizado como El Partido del Siglo. Eso quizás también contribuyó al éxito comercial del evento, ya que más de 100.000 espectadores acudieron al mítico estadio para presenciar aquel histórico enfrentamiento.
Los ingleses se alinearon con un clásico esquema WM. En el arco estaba Gil Merrick del Birmingham City, en el centro de la defensa jugaba Harry Johnston del Blackpool, como lateral izquierdo Alf Ramsey del Tottenham (posteriormente seleccionador nacional) y por derecha Bill Eckersley del Blackburn. El doble pivote del mediocampo estaba conformado por Billy Wright de los Wolves y Jimmy Dickinson del Portsmouth. En ataque, por derecha jugaba Stanley Matthews del Blackpool, como interior derecho Ernie Taylor, también del Blackpool, centrodelantero Stan Mortensen, nuevamente del Blackpool, interior izquierdo Jackie Sewell del Sheffield Wednesday, y extremo izquierdo George Robb del Tottenham.
Hungría se presentó con Gyula Grosics del Honvéd en el arco, Gyula Lóránt del Honvéd —quien más tarde sería entrenador del PAOK y moriría en el banco del estadio de Tumba— como líbero, desempeñando un rol similar al verroude Karl Rappan. Por la derecha en defensa estaba Jenő Buzánszky del Dorogi y por la izquierda Mihály Lantos del Vörös Lobogó —nombre adoptado por el MTK en ese entonces—. Como defensor central izquierdo se alineó József Zakariás del Vörös, y más adelantado en esa misma banda, como mediocampista, József Bozsik del Honvéd. En posición de enganche libre, Nándor Hidegkuti del Vörös; como extremo derecho László Budai del Honvéd; por izquierda Zoltán Czibor, también del Honvéd; y el doble punta ofensivo estaba formado a la derecha por Sándor Kocsis y a la izquierda por Ferenc Puskás, ambos del Honvéd.
El aspecto del partido que más impresión causó fue la actuación de Hidegkuti. El defensor central inglés Harry Johnston, encargado de su marca personal, no sabía cómo enfrentarlo. Cuando lo seguía hacia arriba para marcarlo, dejaba un enorme vacío en el centro de la defensa; cuando se quedaba atrás para cubrir ese hueco, Hidegkuti gozaba de absoluta libertad para crear juego en el campo. Esto quedó claro desde el primer momento, ya que Hidegkuti anotó su primer gol en el primer minuto del encuentro. En el minuto 13, Sewell empató, pero Hidegkuti volvió a marcar en el 20, y Puskásanotó dos goles más en el 24 y 27 para poner el marcador 1–4. Mortensen descontó en el 38 para dejar el resultado 2–4 al descanso. Pero en el 50, Bozsik amplió nuevamente la ventaja húngara, y Hidegkuti completó su hat-trick en el 53. En el 57, Ramsey convirtió de penal el 3–6 final, una derrota de proporciones bíblicas para los ingleses.

59 años después de aquel partido histórico en el jardín de la mansión Rothschild, donde los jardineros de origen británico mostraban su juego a la élite local, Inglaterra fue vencida en su majestuosa casa por un equipo nacido en los grunds de Budapest, compuesto por chicos de sus barrios obreros, con una herencia táctica transmitida por entrenadores judíos, y dirigido por un técnico que aprendió fútbol organizando huelgas en las fábricas de Budapest y París. El rey había caído de su trono, y lo que no lograron la gran Wunderteam en 1932 ni la Italia de Pozzo en 1934, lo consiguió la Hungría de Sebes, Puskás, Kocsis, Hidegkuti y Lóránt. Pero además de ellos, en Wembley aquel día también estaba Jimmy Hogan, quien presenció la consagración de toda una obra de vida. El propio Sebes, al finalizar el encuentro, declaró: “Todo lo que sabemos sobre fútbol lo aprendimos de Hogan”, señalando así el camino recorrido por una filosofía futbolística antes de florecer en las tierras del Danubio. El único objetivo que quedaba era la cima del mundo.
En 1954, en los estadios de Suiza, Hungría no llegaba simplemente como favorita, sino como el equipo invencible, al que nadie podía hacerle frente. Había humillado a Inglaterra en su propia casa, derribándola de su imaginario trono futbolístico, y repitió esa hazaña en la revancha de mayo, en Budapest, frente a 92.000 espectadores en el Nepstadion, venciendo 7–1 y sellando así su supremacía. Su siguiente rival en la fase de grupos, en Zúrich, fue Corea del Sur, a la que desmantelaron por 9–0. Luego, contra Alemania Occidental, en un partido jugado en Basilea, el marcador se detuvo en 8–3. En cuartos de final se enfrentaron a la finalista del torneo anterior, Brasil, a la que vencieron por 4–2, mientras que en semifinales necesitaron la prórroga para doblegar a la campeona mundial Uruguay con idéntico resultado.
El 4 de julio de 1954 se disputó en Berna, Suiza, la final del 5º Mundial de la FIFA. Sobre el césped, y ante la mirada de 62.500 espectadores, se alineaban dos equipos que tenían sobradas razones para ambicionar la conquista del Everest del fútbol. Alemania, más allá de la dura derrota ante Hungría, había jugado dos partidos de fase de grupos frente a Turquía, ganando 4–1 primero y luego 7–2. En cuartos de final venció 2–0 a la finalista del torneo olímpico, Yugoslavia, y en semifinales aplastó a Austria por 6–1. A diferencia del sistema vistoso y ofensivo de Hungría, Alemania ya había adoptado la evolución natural del metodo, es decir, del sistema de Pozzo que había dominado en la Europa continental entre guerras. Así, jugaba con un 4-2-4 y un mediocampo reforzado, formado por un cuadrado particular donde el interior derecho jugaba más adelantado (como uno de los cuatro delanteros), mientras que el interior izquierdo formaba parte del doble pivote, apenas más adelantado que el volante derecho que se ubicaba delante de la línea defensiva.
El partido de la final no se pareció en nada al del grupo. La lluvia torrencial caída en el estadio de Berna complicaba seriamente el juego de pases continuos que practicaban los húngaros. Aunque al principio se pusieron en ventaja 2–0 con goles de Puskás y Czibor, en los minutos 6 y 8 respectivamente, fueron igualados rápidamente con tantos de Morlock y Rahn en el 10 y el 18. En el segundo tiempo, el estado del campo era aún peor, favoreciendo al juego del equipo menos técnico, es decir, de Alemania Occidental, que logró el 3–2 definitivo gracias a otro gol de Rahn en el minuto 84.

Esa victoria, conocida como El Milagro de Berna, abrió intensos debates sobre el estado físico de los jugadores alemanes. Sin embargo, lo que perduró más allá de la controversia fue la enseñanza táctica: la importancia del esquema y del desarrollo del juego, no solo en función de las capacidades propias y del rival, sino también de las condiciones climáticas y del entorno durante un partido de un deporte concebido para jugarse al aire libre.
La derrota de Hungría en la final evocaba la de Austria en semifinales en 1934. El mejor y más deslumbrante equipo de su época caía ante un conjunto que contaba con la fuerza física necesaria para imponerse en un partido donde la técnica no podía prevalecer. A diferencia de 1934, sin embargo, veinte años después no hubo escándalos arbitrales. Aquel partido marcó el canto del cisne de la gran generación del fútbol húngaro, que se disolvió también bajo el peso de la agitación política y del terrorismo anticomunista ejercido por sectores organizados de la clase burguesa húngara, que anhelaban instaurar una democracia liberal que en realidad nunca llegó a existir en el país.
Las olas del Danubio
Hungría no pudo ganar la Copa del Mundo en 1954, pero la década del ’50 fue aquella en que el edificio futbolístico de la Escuela del Danubio encontró su justificación histórica a través de la expansión del núcleo de ideas que lo había fundado. La Copa Internacional se disputaría por última vez durante el ciclo 1955–1960, y sería ganada por la nueva gran representante del fútbol de Europa Central, Checoslovaquia. Sin embargo, ese legado a nivel de selecciones dejaría espacio para el desarrollo de una red futbolística de gran escala que funcionaría con la misma lógica. En 1954 se fundó la UEFA, la confederación europea de fútbol, y en 1960 se celebró en estadios franceses la primera edición de la Copa de Naciones de Europa, que más tarde sería conocida como la Eurocopa. La primacía en el juego de clubes pasó de Europa Central al sur del continente, donde se empezó a organizar la llamada Copa Latina, un torneo de corta duración en sede neutral que reunía a los campeones de Italia, Francia, España y Portugal. De estos países surgieron los primeros campeones de Europa, en una época en que la Copa Mitropa perdía su prestigio al participar clubes de menor nivel, mientras que ya desde la temporada 1955–56 comenzaba a disputarse la Copa de Europa, la misma que en la década de 1990 se convertiría en la Champions League.
El legado de Meisl no fue solo la Wunderteam, la evolución táctica del W-M, ni la red futbolística que introdujo por primera vez el profesionalismo en Europa Central y llenó estadios con decenas de miles de espectadores que aclamaban a los hijos de los barrios obreros convertidos en héroes populares, representantes de ideologías y relatos. Fue, en esencia, toda la estructura del fútbol europeo: la fundación de la UEFA, de sus instituciones internacionales e interclubes, de una red que abarca a cada nación del viejo continente y que ha generado las historias que comparten sus pueblos.
Más allá de haber cimentado el desarrollo futbolístico, la Escuela del Danubio llenó el mundo de técnicos que enseñaron este fútbol en todos los rincones del planeta. Dori Kürschner es considerado el reformador del fútbol en Brasil, Imre Hirschl —casi desconocido en su país— fue el creador de la formidable River Plate de los años treinta, influyendo en la percepción de un fútbol argentino marcado por una fuerte carga ideológica. Béla Guttmann pasó por decenas de banquillos europeos, dejando una herencia particular en Portugal, donde descubrió y moldeó futbolísticamente a Eusébio; y antes aún fue uno de los pioneros en jugar en la liga de Estados Unidos. En el plano táctico, el verrou de Karl Rappanfue la base para el catenaccio de Nereo Rocco, exaltado luego por Helenio Herrera en el Inter. Por su parte, el fútbol de Hogan fue el cimiento del experimento futbolístico más impactante de todos: el totalvoetbal, que a través de la genialidad de Cruijff cruzó fronteras, desde Países Bajos hacia España, e influyó a generaciones enteras de entrenadores que siguen ganando títulos hasta hoy.
El fútbol de Europa Central, la llamada Escuela del Danubio, se desarrolló dentro de un entorno político y social en constante cambio, incluso en medio de transformaciones de la base económica sobre la cual se edificaban las sociedades de cada época. Comenzó en los centros industriales de las grandes ciudades de un imperio multinacional y, a través de un proceso de desarrollo continuo, llegó a encarnar la representación de nuevos Estados nacionales. Se presentó al principio como una actividad que buscaba conferir prestigio a la clase dominante, para convertirse en el medio por el cual los chicos de los barrios obreros alcanzarían la gloria. Apareció como el producto de una cultura extranjera para luego transformarse, por un lado, en uno de los bienes culturales más exportables de los países del Danubio, y por el otro, para triunfar frente a la misma cultura extranjera de la que había surgido. Su forma fue mutando, primero como teoría en los cafés cosmopolitas, y después en la práctica, mediante la puesta en marcha de las ideas de sus reformadores y la destreza técnica de sus protagonistas, que aprendieron el juego en canchas desparejas y con una amplia variedad de objetos que más que reemplazar el balón, lo simbolizaban. Pero por encima de todo, el fútbol de Europa Central se negó a extinguirse, incluso en tiempos de guerra, bajo regímenes autoritarios, e incluso frente al horror del nazismo, que puso en la mira ideológica toda la filosofía futbolística danubiana, y en la mira real a sus inspiradores y protagonistas.
El fútbol en los países del Danubio se transformó de experiencia en conocimiento, y esa es su mayor contribución. Como muchas formas del arte, trascendió el marco de actividad recreativa: no solo se sistematizó en sí mismo, sino que también se sistematizó la forma en que evoluciona su metodología. Eso ocurrió porque el objetivo de sus inspiradores no era simplemente el resultado. El fútbol consiste en enfrentamientos con marcador —y claro que el resultado es siempre un objetivo. Pero en los países de Europa Central, lo que se buscaba era que el resultado surgiera a partir de la evolución de la forma del juego, a través de la búsqueda de aquellos elementos dignos de generar una metodología capaz de producir resultados sostenibles en el tiempo. Por esa razón fue también la base de diferentes escuelas futbolísticas que perduran hasta hoy, en un deporte más mercantilizado que nunca, donde el resultado es el requisito para la supervivencia profesional. Por encima de todo, el fútbol del Danubio sentó las bases para entender cómo el juego cambia de forma a lo largo del tiempo, a través de redes de intercambio de ideas y concepciones, mediante enfrentamientos donde esas ideas se ponen a prueba y se perfeccionan, superando así los límites de una actividad meramente física, como era en Gran Bretaña, y transformando su carácter en un campo de búsqueda intelectual, algo que la evolución tecnológica confirmó, con el deporte moderno apoyándose cada vez más en el análisis técnico y complejo de cada uno de sus elementos.

Pero el fútbol es un juego, y como tal, por encima de todo, el fútbol del Danubio es especial porque su existencia formó parte de la vida de millones de personas: de quienes se acercaron a alguna estación de tren para despedir a su equipo que viajaba a un país vecino; de quienes se apretujaban en los estadios junto a decenas de miles, soñando con remontadas imposibles por la fe en la superioridad de su propia tradición futbolística; o simplemente de quienes tenían historias que contar sobre los héroes de sus tiempos a las generaciones que siguieron, y que en ausencia de material audiovisual pueden extender hasta el infinito los límites de su imaginación, intentando intuir el clima y las imágenes de toda una época. Fue la época en que un continente entero cayó de rodillas y volvió a levantarse para celebrar la victoria más grande, la de todos los pueblos, junto con el fútbol: el juego de todos los pueblos.

