El año 1960 fue casi un hito en la historia del mundo. Quince años después del fin de la Segunda Guerra Mundial en Europa, el mundo entero atravesaba un período de rápido desarrollo. El bloque capitalista y el socialista, con Estados Unidos y la Unión Soviética en el centro de la disputa, competían entre sí en cuanto al nivel de vida que podían ofrecer a sus ciudadanos. La conquista del espacio ya había comenzado con el lanzamiento del Sputnik y, en poco tiempo, la humanidad rompería la barrera que la limitaba a su propio planeta. Aunque el mundo parecía estar en un equilibrio frágil, con el desarrollo de las armas nucleares, el creciente movimiento a favor del desarme ayudaba a mantener la paz global.
Sin embargo, esta sensación de prosperidad no se vivía en todos los países. En Argentina, donde los “30 años dorados” habían ocurrido antes, en una época en la que el mundo estaba en guerra, una larga crisis política y económica ya había comenzado. Y quizá su final aún no pueda definirse ni siquiera hoy en día. Los años de ascenso vertiginoso en el nivel de vida terminaron con la destitución de Juan Domingo Perón en 1955 y la proscripción del peronismo tras el golpe de Estado apoyado por Estados Unidos y por la Iglesia Católica, que instauró la dictadura encabezada por Eduardo Lonardi.
El fútbol argentino también atravesaba un período difícil. Después de casi dos décadas de ausencia en la escena internacional, había desarrollado una especie de ilusión interna de superioridad absoluta basada en el talento y el estilo de juego argentinos, conocido como la nuestra, que había traído muchos éxitos a nivel sudamericano. Sin embargo, el regreso al Mundial, y en particular el partido contra Checoslovaquia en Helsingborg en 1958, cambió radicalmente la percepción sobre el camino que debía seguirse. Bajo la influencia de figuras que promovieron el llamado “fútbol de propósito específico” o, como se lo conocería, el anti-fútbol, con el nombre de Victorio Spinetto como el más destacado, la visión del fútbol nacional cambió. Se dejó atrás el orgullo por un juego vistoso, que además tenía connotaciones ideológicas como respuesta de las antiguas colonias frente al fútbol de fuerza y potencia física de la cuna del deporte.
Junto con los elementos de la nuestra, parecía desaparecer también su personificación en un personaje mítico: el llamado el pibe. Esta figura futbolera casi legendaria había sido propuesta en 1928 incluso para la construcción de un monumento por el célebre editor de El Gráfico, Ricardo Lorenzo Rodríguez, más conocido por su seudónimo, Borocotó. Según Borocotó, el pibe era:
“Un chico de rostro sucio, con un mechón de pelo rebelde que desafía el peine. Con ojos vivaces, inquietos, pícaros y persuasivos, y una mirada chispeante que parece insinuar una sonrisa de pillo que no llega a formarse en su boca, llena de pequeños dientes que pueden haberse desgastado comiendo el pan de ayer. Sus pantalones son un conjunto de remiendos cosidos a mano, su camiseta de rayas celestes y blancas tiene el cuello deshilachado y múltiples agujeros, comidos por los ratones invisibles del uso. Un pedazo de tela atado a su cintura y cruzando su pecho como un cinturón le sirve de tiradores. Sus rodillas están cubiertas de costras de heridas desinfectadas por el destino, ya que juega descalzo o con zapatos tan gastados que sus dedos asoman por las puntas. Su postura debe ser inconfundible, debe parecer que está dribleando con una pelota destartalada. Esto es fundamental: la pelota no puede ser otra. Una pelota vieja y remendada, atada, de preferencia, con una media usada”. Borocotó decía: “Si alguna vez se erige este monumento, muchos de nosotros nos sacaremos el sombrero ante él, como lo hacemos en la iglesia”.
Pero en la Argentina de 1960, aunque los niños con ropa gastada seguían existiendo, ya nadie buscaba esta representación de la identidad futbolística nacional. Son muy representativos los partidos de la selección en el Mundial de Chile, algunos de los encuentros más feos jamás jugados en la Copa del Mundo. Y si bien este estilo de anti-fútbol era aplicado también por varias selecciones europeas, como la propia Inglaterra, la gran paradoja era que esto era exactamente lo contrario de lo que históricamente había representado el fútbol argentino.
1960
En este contexto político y futbolístico, no fueron pocos los argentinos que optaron por la migración interna en busca de su supervivencia, contribuyendo al rápido crecimiento de la población de la capital, Buenos Aires, a partir de 1950. Entre ellos estaban dos jóvenes de la ciudad de Esquina, ubicada a unos 600 kilómetros al norte de la capital. Él era descendiente de poblaciones indígenas guaraníes, con antepasados que también provenían de Galicia, mientras que su compañera era descendiente de inmigrantes italianos y croatas. La razón de su traslado fue la búsqueda de trabajo del primero en la industria química. Sin embargo, lo que los hizo más conocidos fueron sus nombres, ya que se trataba de Don Diego Maradona, apodado “Chitoro”, y Dalma Salvadora Franco, conocida como Doña Tota.
La pareja de Don Diego y Doña Tota se estableció en la villa miseria de Villa Fiorito, en los suburbios del sur de Buenos Aires. Allí comenzaron su vida juntos y tuvieron cuatro hijas: Ana María, Rita “Kitty”, Elsa “Lili”, María Rosa “Mary” y Claudia “Cali”. El 30 de octubre de 1960, Doña Tota cruzaría las puertas del Hospital Interzonal de Agudos Evita, ubicado en Lanús, otro suburbio de la capital. El nombre del primer hijo varón de la familia, como es costumbre en Argentina, debía asemejarse al de su padre, acompañado de un segundo nombre y el apellido materno. Así fue registrado como ciudadano del mundo que habitamos todos: Diego Armando Maradona Franco.

Creciendo en una casa donde, según sus propias palabras en su autobiografía, “cuando llovía, llovía más adentro que afuera”, los placeres y lujos eran prácticamente inexistentes. Sin embargo, Don Diego le hizo a su hijo el mejor regalo posible, aquel que lo acompañaría y se convertiría en una extensión de su personalidad a lo largo de toda su vida: una pelota, cuando Diego tenía apenas 3 años.
Con esa pelota, el pequeño Diego comenzó a dibujar la vida que soñaba vivir, en medio de años de crisis económica y pobreza extrema. Jugando en los potreros de Villa Fiorito, conocidos como “Las Siete Canchitas”, no tardó en llamar la atención de los cazatalentos. Así, a los 9 años, pasó pruebas para unirse a las divisiones inferiores de Argentinos Juniors, el club de La Paternal, una institución que había sido fundada por un grupo de futbolistas anarquistas a principios del siglo XX bajo el nombre “El Sol de la Victoria y los Mártires de Chicago”, en referencia a la sangrienta huelga del Primero de Mayo de 1886.

Diego comenzó a jugar en el equipo de la “clase de 1960” de Argentinos Juniors, conocido con el apodo de “Los Cebollitas”. Con este equipo, formado por Francisco Cornejo, Maradona se presentó por primera vez a nivel nacional en los Juegos Nacionales Evita, un legado del peronismo que continuaba vigente debido a su enorme impacto positivo. Fue el primer torneo deportivo nacional para niños y adolescentes, que no solo fomentó el fútbol en todo el país proporcionando material deportivo a miles de jóvenes, sino que también brindó servicios médicos como radiografías y revisiones dentales a sus participantes, muchos de los cuales, de otro modo, nunca habrían accedido a ellos.
Sin embargo, más allá de su participación en el torneo Evita en 1973-1974, Diego comenzó a causar sensación desde muy pequeño. Aparecía en los entretiempos de los partidos en el “Semillero del Mundo”, el apodo del estadio de Argentinos Juniors, que hoy lleva su nombre. También hacía apariciones casi proféticas en la televisión argentina, donde, con una audacia inusual para su edad, declaraba que su sueño era “jugar y ganar el Mundial”.
Es particularmente simbólica la primera vez que el nombre Maradona apareció en el diario deportivo Clarín, el 28 de septiembre de 1971, cuando aún no había cumplido 12 años. La publicación mencionaba: “Hay un pibe con temperamento y habilidad que puede causar impacto, alguien a quien llaman Caradona [sic].”
El equipo de Los Cebollitas, sin embargo, dejó una huella imborrable en la historia. Tras ganar el torneo Evita, obtuvo el derecho a competir en la octava división del fútbol argentino. Su desempeño en esa categoría fue más que admirable: se mantuvo invicto durante 136 partidos consecutivos, un récord impresionante que reflejaba el talento excepcional de aquella generación. Además, no solo brillaron en Argentina, sino que también jugaron partidos fuera del país, enfrentándose a equipos en Perú y Uruguay, llevando su juego más allá de las fronteras.
Argentinos Juniors
En 1976, Argentinos Juniors tomó la decisión de ofrecerle un contrato profesional a Diego Maradona, incorporándolo al primer equipo antes de que cumpliera 16 años. Su fama ya se había extendido por toda Argentina, y la expectativa por verlo competir en el fútbol profesional era enorme. En una época donde el anti-fútbol de Spinetto había dado paso al de Zubeldía, el fútbol argentino era duro. Para un joven de 16 años, debutar en ese ambiente era un desafío monumental, y mucho más consolidarse. Sin embargo, el talento de Maradona era tan descomunal que resultaba imposible dejarlo fuera, incluso en un entorno tan hostil.
Como en gran parte de la historia del fútbol argentino, en 1976 existían dos torneos de Primera División. En aquella época, la razón de esta estructura estaba ligada a la presión ejercida por el dictador Juan Carlos Onganía en 1967, con el objetivo de incluir equipos del interior del país que habían sido arrasados económicamente por sus reformas. Así nació el Torneo Metropolitano, donde los clubes de las principales ciudades jugaban entre sí en una fase de grupos, mientras que en el Torneo Nacional también participaban equipos de las provincias.
El Metropolitano de 1976 comenzó el 15 de febrero y concluyó el 8 de agosto. Fue el 57º campeonato en la 46ª temporada de la Primera División. En esa edición, el campeón fue Boca Juniors, mientras que el goleador del torneo fue Mario Kempes, el 10 de Rosario Central, quien jugaba su última temporada en Argentina antes de cruzar el Atlántico y hacer historia con el Valencia en España. De alguna manera, era premonitorio que la salida de un legendario número 10 dejara un vacío que estaba destinado a llenar otro.
Por su parte, Argentinos Juniors terminó el campeonato con 14 puntos (bajo el sistema de puntuación 2-1-0), con 5 victorias, 4 empates y 13 derrotas en 22 partidos. Con 27 goles a favor, tenía la segunda peor ofensiva, y con 43 en contra, compartía la peor defensa junto con Chacarita Juniors en la Zona B del torneo. Sin embargo, en el repechaje por la permanencia, Argentinos empató 8 partidos y perdió 1, logrando mantenerse en Primera División por apenas 2 puntos. Los números dejan en claro que el equipo del barrio de La Paternal no atravesaba su mejor momento.
El Torneo Nacional comenzaba el 12 de septiembre, y para entonces ya se sabía que Maradona estaba inscripto para jugarlo. Sin embargo, los argentinos y el mundo entero, aunque en ese entonces sin transmisiones satelitales, tuvieron que esperar un poco más para verlo en acción. En su último partido en la séptima división con Los Cebollitas, Maradona había perdido los estribos y discutido acaloradamente con el árbitro en un encuentro contra Vélez Sarsfield, lo que le costó una suspensión de 5 partidos en competencias nacionales. Así, tuvo que esperar un mes y una semana para hacer su histórico debut.
El 20 de octubre de 1976, 10 días antes de cumplir 16 años, Argentinos Juniors recibía a Talleres de Córdoba por la octava fecha del Torneo Nacional, en la Zona 4. Talleres era uno de los mejores equipos del grupo, y terminó clasificándose en el primer lugar para disputar la fase final, con jugadores que años después serían campeones del mundo en 1978, como Luis Galván, Miguel Oviedo y Daniel “la Rana” Valencia. Sin embargo, antes del inicio de la jornada, Argentinos tenía 2 puntos más en la tabla y ocupaba la segunda posición. Para ese partido se vendieron 7.737 entradas, un número que parece bajo si se lo observa en retrospectiva, entendiendo que se estaba escribiendo la historia.
El entrenador de Argentinos Juniors, Juan Carlos Montes, tenía 34 años y ya contaba con experiencia en los banquillos, habiendo dirigido a Newell’s Old Boys y ganado el Metropolitano de 1974. Para el partido, alineó de inicio al arquero Carlos Munutti, los defensores Ricardo Pellerano, Humberto Minutti, Dante Roma y Miguel Ángel Gette, los mediocampistas Sebastián Ovelar, Rubén Giacobetti, Jorge Orlando López, Carlos Guillermo Fren y Mateo Di Donato, y en la delantera, el número 9 era Carlos Alberto Álvarez.
Montes había preparado a Maradona con el equipo titular en los entrenamientos previos, queriendo evaluar su adaptación, y rápidamente quedó deslumbrado: Diego marcaba goles en cada práctica. Sin embargo, para ese partido decidió dejarlo en el banco de suplentes al inicio.
En el primer tiempo, Talleres se fue al descanso ganando 0-1. Fue entonces cuando Montes tomó la histórica decisión. En el entretiempo, le dijo a Rubén Giacobetti, un mediocampista de 22 años que también jugaba su primera temporada en el club. Muchos años después, Giacobetti recordó que su carrera en el fútbol quedó marcada por haber sido el jugador que dejó su lugar para el debut de Maradona. En 2024, a 48 años de ese momento histórico, volvió a estar presente en el Estadio Diego Armando Maradona, donde Argentinos Juniors volvió a enfrentarse a Talleres. En ese partido, a diferencia de aquel de 1976, los locales ganaron 3-0 y, en el minuto 10, los hinchas se pusieron de pie para aplaudir en honor al mayor ídolo del fútbol mundial. Como un guiño del destino, el primer gol de Argentinos en ese partido lo marcó Francisco Álvarez, quien llevaba en su espalda el número 16, el mismo dorsal con el que Maradona había comenzado su leyenda.

Cuando comenzó el segundo tiempo de aquel partido de 1976, el joven Maradona, con el número 16 en la espalda, pisó el césped y realizó su debut profesional. El reinicio del juego se dio con la pelota en sus pies, con el saque desde el centro del campo siendo su primer contacto con el balón. Fue el primer toque de los incontables que seguirían, pinceladas sobre uno de los lienzos más valiosos en el museo de la historia del fútbol mundial. “Aquel día toqué el cielo con las manos”, recordaría Diego años después en su autobiografía. El niño de Villa Fiorito estaba jugando en la Primera División, como lo cantaría años más tarde Rodrigo en la canción más icónica jamás escrita sobre Maradona.

Montes le había pedido al pequeño Dieguito que entrara al campo con desparpajo y, por ello, le dio una orden clara: hacerle un “caño” a un rival. El “desafortunado” que sufrió el primer atisbo del talento de Maradona fue el delantero centro de Talleres, Juan “Chacho” Cabrera. Aquella jugada desató una ola de entusiasmo entre el público presente en el estadio de La Paternal y dejó material para la prensa, que recibió con un tono triunfalista la irrupción de Maradona en el fútbol profesional.
Diego volvió a jugar dos fechas después, esta vez como delantero titular, en el partido contra Ferro Carril Oeste. En aquella ocasión, fue sustituido al final del primer tiempo por Carlos Alberto Álvarez. Juntos, Maradona y Álvarez formaron un dúo excepcional en el ataque (aunque Diego jugaba más retrasado, como mediapunta). El primer gran resultado de su sociedad llegó el 14 de noviembre, cuando Álvarez marcó un hat-trick y Maradona anotó los dos primeros goles de su carrera, en los minutos 87 y 90, para sellar la victoria de Argentinos Juniors por 2-5 en la cancha de uno de los Cinco Grandes, San Lorenzo. Esos fueron los únicos goles de Diego en su primera temporada, en la que sumó un total de 11 apariciones.
Selección
Las actuaciones de Maradona en esos 11 partidos no tardaron en captar la atención del seleccionador César Luis Menotti. El Flaco, como era conocido por su delgada y alta figura, rompía con los esquemas tradicionales del fútbol argentino de la época. Su primera experiencia como entrenador fue en 1971 con Huracán, cuando el presidente Luis Seijo lo contrató para reemplazar a los despedidos Osvaldo Zubeldía y Carlos Bilardo.
Zubeldía, discípulo de Victorio Spinetto y figura clave del anti-fútbol, fue el mentor de Bilardo, quien más tarde se convertiría en el gran rival de Menotti. Con el paso de los años, su disputa trascendió lo personal para convertirse en una confrontación ideológica entre dos corrientes futbolísticas: el Menottismo y el Bilardismo. Inspirado en los éxitos del totaalvoetbal del Ajax de Rinus Michels, Menotti buscaba combinar la modernidad con la tradición del fútbol estético argentino. Se presentaba como un renovador de la la nuestra, pero con un enfoque contemporáneo, pronunciándose abiertamente sobre la importancia de la belleza en el juego. Tras ganar el Metropolitano en 1973 con Huracán, en 1974 asumió la dirección de la selección argentina en reemplazo de Vladislao Cap, luego del Mundial de Alemania Occidental, donde el fútbol total neerlandés dejó una huella imborrable.
A principios de 1977, Argentina se preparaba para un amistoso contra Hungría en el estadio Monumental. Menotti, quien también dirigía la selección juvenil, solía hacer que los jugadores de ambas categorías entrenaran juntos, probando a Maradona en el más alto nivel internacional.
El 22 de febrero, en un estadio con 70.000 espectadores, Argentina dio una exhibición en el primer tiempo, anotando cinco goles: dos del delantero central Leopoldo Luque y tres del extremo derecho Daniel Bertoni. En la segunda mitad, Hungría descontó con un tanto de Sándor Zombori. Entonces, Menotti realizó dos cambios y envió al campo a Maradona junto con Felman. Diego estuvo a punto de marcar en su debut internacional, pero, según confesó años después, aquella noche las piernas le temblaban.

En 1977, Maradona jugó 49 de los 58 partidos que disputaron los Argentinos Juniors, anotando 19 goles. Su habilidad para marcar de tiro libre con su prodigiosa zurda comenzaba a destacarse, al igual que su increíble capacidad física, con un centro de gravedad bajo que le permitía resistir el acoso de múltiples defensores. Aquel niño de melena larga comenzaba a enamorar a la hinchada y recibió el apodo de El Pelusa, un sobrenombre que lo acompañaría en los años de su inocente adolescencia futbolística. En 1978, aumentó su rendimiento con 26 goles en 35 partidos, pero esto no le bastó para ser convocado al Mundial que se disputaría en Argentina. Menotti, que necesitaba un equipo experimentado para ganar la Copa, optó por dejarlo fuera, dándole prioridad a los consagrados, con Mario Kempes como la gran figura del torneo. La noche en que Diego se enteró de su exclusión, se dice que lloró desconsoladamente fuera del predio de entrenamiento. “¿Sabés cuántos Mundiales vas a jugar?”, le dijo Carlos Ares en tono premonitorio. “¿Pero cómo le digo esto a mi viejo? Nunca voy a perdonar a Menotti”, respondió el joven Maradona.
A nivel de clubes, en 1978 Maradona siguió elevando sus cifras goleadoras. En 1979, su producción fue aún más impresionante: 26 goles en 26 partidos. La disminución en el número de encuentros no se debió a una lesión o suspensión, sino al servicio militar obligatorio impuesto por la dictadura de Videla. Sin embargo, ese año dejó su sello en la historia del fútbol argentino con una actuación memorable en el plano internacional.
En 1979, Maradona regresó a la selección para disputar la Copa América. Su debut en el torneo fue en el legendario Maracaná, el 2 de agosto, ante Brasil y frente a 130.000 espectadores. Argentina perdió 2-1, pero Maradona jugó su primer partido completo con la albiceleste, esta vez como extremo derecho. En el siguiente y último partido de la fase de grupos, contra Bolivia, fue nuevamente titular y jugó en el mediocampo. A los 65 minutos, marcó su primer gol con la camiseta argentina, sellando el 3-0 final. Sin embargo, en el partido decisivo ante Brasil en el Monumental no tuvo minutos y Argentina no pudo vencer. Con dos goles de Sócrates, el empate 2-2 le dio a los brasileños la clasificación a semifinales. Pero los compromisos internacionales de Diego ese año aún no habían terminado.
Del 25 de agosto al 7 de septiembre, se disputó en Japón la segunda edición de la Copa del Mundo Juvenil, con la participación de 16 selecciones. Argentina, dirigida por Menotti, tenía a Maradona como su gran estrella. La fase de grupos fue un trámite: victorias sobre Polonia, Yugoslavia e Indonesia con un saldo de 10 goles a favor y solo 1 en contra. Diego marcó 3 de ellos, mientras que Ramón Ángel Díaz, futuro entrenador del Corinthians, lideró la tabla de goleadores. En cuartos de final, Argelia tampoco pudo hacer frente al poderío argentino, cayendo 5-0 con otro tanto de Maradona y un hat-trick de Díaz. En semifinales, contra Uruguay, los dos cracks repitieron sus hazañas y aseguraron un triunfo por 2-0.
La final, disputada en el Estadio Nacional de Tokio ante 52.000 espectadores, fue el primer desafío real para Argentina. A los 52 minutos, Ponomaryov adelantó a la Unión Soviética, pero Argentina reaccionó con goles de Alves, Díaz y Maradona, cerrando el 3-1 definitivo. Curiosamente, fue el mismo marcador con el que la selección mayor había vencido a Países Bajos en la final del Mundial de 1978. Maradona fue elegido el mejor jugador del torneo, llevó a Argentina a su primer título juvenil y terminó como segundo goleador con 6 tantos, solo detrás de Díaz, quien anotó 8.

A su regreso a Buenos Aires, el equipo campeón del Mundial Juvenil fue recibido con honores. Sin embargo, la dictadura de Videla no tardó en dejar su oscura marca en los festejos, utilizando el triunfo como herramienta de propaganda. En ese momento, una delegación de la Corte Internacional de Derechos Humanos visitaba Argentina para investigar graves denuncias sobre crímenes que, con el tiempo, fueron confirmados por la historia. Videla aprovechó la ocasión para mostrarse junto a los jóvenes futbolistas, proyectando una imagen de unidad nacional, mientras al mismo tiempo enviaba de regreso a cinco jugadores a cumplir el servicio militar obligatorio. Entre ellos estaba Maradona. El Pelusa no solo fue obligado a reincorporarse al ejército, sino que también tuvo que cortarse el cabello, simbolizando la disciplina y los valores que la dictadura pretendía inculcar en la juventud. Años más tarde, en su autobiografía, Diego relató estos hechos con plena conciencia política, una madurez que adquirió con la experiencia. Pero en aquel entonces, con solo 19 años, fue utilizado como una herramienta del régimen sin poder oponer resistencia.
A pesar de la manipulación política, 1980 fue el año de su consagración definitiva en el fútbol argentino. Maradona regresó a las canchas y protagonizó una temporada extraordinaria con Argentinos Juniors. Marcó 25 goles en el Torneo Metropolitano y 18 en el Nacional, terminando como máximo goleador en ambas competiciones. En total, jugó 45 partidos y anotó 43 goles, llevando a los Bichos Colorados al subcampeonato del Metropolitano, detrás de River Plate, y a los cuartos de final del Nacional, donde fueron eliminados por Racing de Avellaneda, defensor del título, tras haber ganado el Grupo 2.
El momento del gran salto había llegado. Con apenas 20 años, Maradona era el mejor futbolista argentino y, sin duda, uno de los mejores del mundo. El siguiente escalón en su carrera lo estaba esperando…
Boca Juniors
El final de 1980 marcó el inicio de intensas discusiones sobre el futuro de Diego. En aquel entonces –como en muchas otras épocas– el club más poderoso de Argentina era River Plate. Tras haber cambiado su ubicación geográfica y su perfil social, el Millonario se había convertido en el equipo de las clases medias y, en algunos casos, de la élite porteña, a pesar de sus orígenes obreros. Por lo tanto, era lógico que el club más influyente entre los Cinco Grandes intentara fichar a la nueva estrella del fútbol mundial.
Sin embargo, el interés de River no fue ni el único ni el primero en la carrera de Maradona. Diego nunca tomó sus decisiones basándose únicamente en el beneficio económico, sino que siempre consideró el impacto que tendría en su trayectoria profesional, algo que lo llevó a construir un legado sin precedentes en la historia del deporte. Unos años antes, ya había rechazado la oferta de Sheffield United, evitando así jugar en el fútbol inglés.
Pero la negativa a River no fue por dinero, sino por una cuestión de corazón. La manera en que Maradona rechazó la oferta es una anécdota que ilustra su amor por Boca Juniors. Cuando los periodistas le preguntaron sobre su posible llegada a River, Diego declaró que ya había aceptado la propuesta de Boca. Sin embargo, lo curioso de esta historia es que hasta ese momento el club de La Ribera nunca le había hecho una oferta formal, y probablemente nunca lo habría hecho, dado que atravesaba una crisis financiera y no tenía los recursos para competir con River en la puja por el mejor futbolista del país. Pero Maradona sabía esto y buscó la manera de hacerlo realidad. Con su declaración, generó de la nada el interés de Boca, que de repente tenía un argumento sólido para negociar con él, pues el propio jugador había manifestado públicamente su deseo de vestir la camiseta azul y oro. En esencia, Diego diseñó su propia transferencia, un hecho difícil de encontrar en la historia del fútbol, antes o después, especialmente a este nivel.
El traspaso de Maradona a Boca Juniors se concretó el 20 de febrero de 1981. Diego jugaría para el equipo que apoyaba su familia, el equipo de los humildes, el equipo al que su padre asistía a ver los partidos apretado en la tribuna. Por él jugaría cada partido con la camiseta de Boca, mencionándolo constantemente cada vez que hablaba de ese período breve pero fundamental en la construcción de su leyenda.

En aquella época, Boca Juniors estaba atravesando una transición institucional. Martín Noel había asumido la presidencia en reemplazo de Alberto J. Armando, quien después de 20 años al mando del club había renunciado tras no lograr concretar el ambicioso proyecto de un nuevo estadio, un plan que había comenzado en 1965. Este fracaso fue uno de los principales factores que contribuyeron al deterioro financiero del club. Pero más allá del cambio en la dirección institucional, también hubo un cambio en el cuerpo técnico, con Silvio Marzolini reemplazando a Antonio Rattín, el legendario capitán de Boca y de la selección argentina en la década del ‘60.
Marzolini fue una de las primeras grandes estrellas del fútbol argentino, con una fama que trascendía el ámbito deportivo. Su apariencia de galán de la época, con su característico cabello rubio peinado de raya al costado, lo convirtió en una figura muy reconocida en la cultura popular, con patrocinadores que distribuían sus fotografías. Pero además de su imagen, Marzolini dejó una huella en la cancha, evolucionando el rol del lateral izquierdo al sumarse al ataque y desarrollar sus cualidades ofensivas, muchas veces en combinación con Rattín.
El debut oficial de Maradona con la camiseta de Boca se produjo apenas dos días después de firmar su contrato, el 22 de febrero de 1981. En la primera fecha del Torneo Metropolitano, Boca recibió a Talleres, el mismo equipo contra el que había debutado en primera división con Argentinos Juniors. Diego abrió el marcador con un penal a los 19 minutos y luego asistió en dos ocasiones a Miguel Ángel Brindisi, quien anotó en el 33’ y el 37’. Finalmente, Maradona selló el 4-0 con otro penal en el minuto 88. Fue un estreno impactante para Boca, que con la incorporación de Maradona aspiraba a dejar atrás las temporadas mediocres de años anteriores.
Pero el partido que realmente marcaría su primera temporada con Boca sería el Superclásico contra River Plate. Diego ya había manifestado su amor por Boca, lo que generó una gran expectativa entre los hinchas xeneizes, pero también una hostilidad feroz por parte de los millonarios. Para que su traspaso se concretara, incluso tuvo que enfrentarse a la dirigencia de Argentinos Juniors, que prefería venderlo a River, club que le ofrecía un contrato idéntico al del arquero Ubaldo Fillol, el jugador mejor pagado de Argentina en aquel momento.
El primer Superclásico del Metropolitano se jugó el 10 de abril de 1981 en La Bombonera, por la décima fecha. Boca llegaba como líder del torneo con siete victorias y dos empates, mientras que River ocupaba el tercer lugar con cinco triunfos, tres igualdades y una derrota. El primer tiempo terminó sin goles, pero en el complemento Brindisi anotó a los 55’ y 60’, poniendo a Boca en ventaja. En el minuto 67 llegó el momento que quedaría inmortalizado en la historia: Maradona recibió un pase en el área, y con dos movimientos dejó en el suelo al arquero Fillol y al defensor Alberto Tarantini antes de empujar la pelota a la red. Años después, Diego siempre recordaría este gol como uno de los más especiales de su carrera. Se lo dedicó a su padre, quien la única vez que había asistido a un Superclásico en el estadio había visto a Boca ser goleado bajo una lluvia torrencial.
Boca Juniors conquistó el Torneo Metropolitano de 1981, asegurando el campeonato con un empate ante River Plate en el Monumental. Aquel partido tuvo el simbolismo de ver a los dos grandes números diez de la época, Mario Kempes y Diego Maradona, marcando para sus respectivos equipos. Kempes, que disputaba sus últimos encuentros en el fútbol argentino antes de regresar al Valencia, abrió el marcador para River, mientras que Maradona igualó para Boca.
En el Torneo Nacional, Boca y River volvieron a enfrentarse en La Bombonera el 27 de septiembre. Maradona dejó una de sus tantas obras maestras en este clásico. Ejecutando un lateral desde la banda izquierda, recibió la devolución de cabeza de Hugo Perotti y, casi sin ángulo y cerca de la línea de cal, sacó un disparo rasante que sorprendió a Ubaldo Fillol y terminó en la red. Sin embargo, River remontó el partido con goles de Kempes, Daniel Passarella y Jorge Alberto García, para llevarse la victoria por 2-3. Ricardo Gareca descontó para Boca.
El desquite llegó en la vuelta, el 1 de noviembre en el Monumental. Maradona fue nuevamente la gran figura, anotando los dos goles de Boca: el primero con un tiro libre al final del primer tiempo y el segundo de penal sobre el cierre del partido. Ese empate le permitió a Boca quedarse con el primer puesto de su grupo, aunque en los cuartos de final fue eliminado por Vélez Sarsfield. El desgaste físico del equipo fue un factor clave en esa derrota, ya que Boca había disputado numerosos partidos amistosos en el extranjero con el objetivo de mejorar su situación financiera. Finalmente, River terminó consagrándose campeón del Nacional.
La campaña de Maradona en 1981 fue espectacular. En total, jugó 40 partidos y marcó 28 goles, logrando su primer y único título en el fútbol argentino antes de dar el salto a Europa. En 1982, previo al Mundial de España, solo disputó torneos de carácter no oficial, como el Torneo de Verano, que también tenía un propósito financiero para Boca. Luego de una gira internacional, el último partido de esta etapa fue el 6 de febrero de 1982 contra River Plate. Tras ese encuentro, Maradona dejó de jugar temporalmente para enfocarse exclusivamente en la preparación para su primera Copa del Mundo.
El Mundial
La selección argentina llegó a España para disputar el Mundial de 1982 con enormes expectativas, aunque estas trascendían lo meramente futbolístico. Desde el punto de vista deportivo, el equipo de César Luis Menotti era una combinación de los campeones del mundo de 1978 y los campeones juveniles de 1979. La ambición del entrenador era consolidar su versión moderna de la nuestra y conquistar nuevamente la cima del fútbol mundial.
Sin embargo, el contexto político en Argentina añadió una carga simbólica y emocional a la competencia. En abril de 1982, la dictadura militar argentina, en un acto de grandeza imperialista y con la intención de desviar la atención de sus crímenes y fracasos internos, decidió emprender la guerra de las Malvinas contra el Reino Unido. La campaña terminó en un estrepitoso fracaso y dejó expuestas las debilidades del régimen, marcando el principio de su caída. Maradona, aunque no hablaba abiertamente de política en ese momento, había comenzado a expresar su descontento con las condiciones del país y su deseo de emigrar.
La selección argentina se instaló en Barcelona para disputar el torneo y, como vigente campeona, tuvo el honor de inaugurar la competición el 13 de junio en el Camp Nou. Un día antes, se había firmado oficialmente el fin del conflicto en las Malvinas. Pero en el campo, el rival no era un ejército, sino la selección de Bélgica, subcampeona de la Eurocopa de 1980.
Los belgas lograron neutralizar a Maradona con una intensa marca escalonada. Una de las imágenes más icónicas de ese partido muestra a seis jugadores belgas rodeándolo, una escena que, aunque puede estar influenciada por el ángulo de la toma, refleja fielmente la estrategia del rival. El resultado fue un golpe de realidad para la Albiceleste: un gol de Erwin Vandenbergh le dio la victoria a Bélgica por 1-0.
En los dos partidos siguientes, Argentina mostró una mejor versión. Contra Hungría, en Alicante, Maradona brilló con dos goles en una victoria cómoda. Luego, ante El Salvador, el equipo no tuvo dificultades para cerrar la fase de grupos con otra victoria y asegurar su pase a la siguiente fase. Sin embargo, los verdaderos desafíos estaban por venir.

Argentina avanzó a la siguiente fase, donde en grupos de tres equipos cada zona otorgaba un solo pase a las semifinales. Allí, los rivales fueron dos selecciones que hasta ese momento sumaban en total cinco títulos mundiales: Italia y Brasil. Todos los partidos se jugaron en el Estadio de Sarrià, que en ese entonces era la sede del Espanyol. En el primer partido, Italia venció a Argentina por 2-1, mientras que en el segundo, Brasil ganó 3-1 y Maradona fue expulsado con tarjeta roja en el minuto 85, cuando el marcador ya estaba 3-0. Argentina quedó eliminada, lo que llevó a uno de los partidos más históricos del torneo entre sus dos rivales de grupo, pero también a una decepción generalizada por este equipo y por el propio Maradona, que había llegado con la misión de mantener la supremacía del fútbol argentino a nivel mundial. Sin embargo, como se mencionó antes, esta derrota quizá tuvo también consecuencias positivas, ya que una nueva victoria no pudo utilizarse como una cortina de euforia nacional para encubrir el sistema criminal de la dictadura, como había sucedido en 1978.
Barcelona
Durante la estancia de la selección argentina en Barcelona para el Mundial, se oficializó el acuerdo de Maradona para su traspaso al Barcelona, algo que en realidad ya se había concretado anteriormente, cuando el jugador dejó de jugar con Boca. El club catalán pagó 1.200 millones de pesetas, con el 80% de la suma destinada a Argentinos Juniors, ya que Boca aún mantenía una deuda con el primer club de Diego.
En ese momento, el Barcelona atravesaba la etapa posterior a Johan Cruyff (como jugador), con el alemán Udo Lattek como entrenador. Bajo su dirección, el equipo había conquistado la Recopa de Europa en mayo de 1982, al vencer en la final al Standard de Lieja en el Camp Nou. Maradona no era un gran admirador de los métodos de Lattek, quien daba una enorme importancia a la preparación física e imponía ejercicios de altísima exigencia. Sin embargo, en el Barcelona el argentino entabló una gran amistad con otro alemán, Bernd Schuster, quien tuvo una carrera destacada en la Primera División española, jugando no solo en el Barça, sino también en los dos grandes equipos de Madrid.

La primera aparición de Maradona con la camiseta blaugrana se produjo el 3 de agosto en Hindenburg, en un partido amistoso contra el SV Meppen. Su debut oficial tuvo lugar en la primera jornada de la Primera División, en Mestalla, ante el Valencia de Mario Kempes. Maradona abrió el marcador en el minuto 20 con un disparo, pero los locales dieron la vuelta al partido en la segunda mitad con goles de Solsona e Idígoras. El Barcelona consiguió su primera victoria en el Camp Nou contra el Valladolid, con otro gol de Diego en el 3-0 final. Sin embargo, la temporada no fue ideal. En diciembre, las derrotas ante el Athletic Bilbao en casa y la UD Las Palmas fuera relegaron al equipo al cuarto puesto de la tabla.
Maradona no lograba encajar en el esquema y la mentalidad de Udo Lattek, lo que se convirtió en un problema principalmente para el entrenador. La siguiente derrota en casa, el 26 de febrero de 1983, con un 0-2 contra el Racing de Santander, y la eliminación de la Recopa de Europa ante el Austria Viena (tras empatar 0-0 en la vuelta y 1-1 en el Camp Nou) marcaron el final del técnico alemán. En su lugar llegó César Luis Menotti, el entrenador de Maradona en la selección hasta 1982, que había sido reemplazado por su gran rival ideológico, Carlos Bilardo.
La primera temporada de Maradona en Barcelona terminó con un desempeño discreto. El equipo finalizó cuarto en la liga, perdió la Supercopa de Europa contra el Aston Villa, pero ganó la Copa del Rey en la final contra la Real Sociedad (2-1) y la Copa de la Liga, también contra la Real en una eliminatoria a doble partido, con Diego marcando un gol en cada encuentro. Pero, mientras tanto, había comenzado otro declive en su vida personal.
Esa misma temporada, una hepatitis lo dejó fuera de las canchas por tres meses. Durante este período, Maradona pasó la mayor parte del tiempo en su lujosa casa, rodeado de personas que se beneficiaban de su fama y fortuna. Como un chico que había salido de Villa Fiorito y ahora tenía todo lo que podía imaginar en términos materiales, sin nadie que lo guiara en esta gran transformación de su vida, se convirtió en una presa fácil para quienes le ofrecían la ilusión de una conexión personal. Su persona más cercana era su entonces representante, Jorge Cyterszpiler, quien, según relatos históricos, no solo aceptaba sino que también fomentaba este entorno. Fue en este contexto que Maradona comenzó a consumir cocaína, la adicción que lo perseguiría el resto de su vida. En su autobiografía, el propio Diego afirma que la directiva del Barcelona alentaba y toleraba este estilo de vida, ya que lo hacía más vulnerable y manejable, no solo para el club sino para todos aquellos que querían tener poder sobre su futuro.
En la temporada 1982/83, Maradona jugó un total de 35 partidos y marcó 23 goles, logrando dos títulos menores a nivel local. Las expectativas de los hinchas del Barcelona, de los argentinos y del mundo del fútbol en general estaban puestas en su resurgimiento la siguiente temporada. Sin embargo, las cosas no comenzaron bien en la Primera División: el Barça perdió en su debut en el Sánchez Pizjuán contra el Sevilla, aunque se recuperó con victorias contra Osasuna y Mallorca, donde Maradona anotó su primer gol de la campaña.
Pero el 24 de septiembre de 1983, en la cuarta jornada ante el Athletic Bilbao en el Camp Nou, el defensa vasco Andoni Goikoetxea le propinó una brutal entrada que destrozó su tobillo izquierdo. Maradona, que intentaba asentarse en Europa, tuvo que ser operado y estuvo fuera de las canchas por 3 meses y medio, aunque inicialmente se esperaba una ausencia de 6 meses. Su regreso se produjo el 8 de enero de 1984 en el Camp Nou contra el Sevilla, en la jornada 18. En los 68 minutos que jugó, Maradona marcó dos goles, abriendo y cerrando el marcador en la victoria por 3-1.
El Barcelona fue más competitivo, pero terminó tercero en la liga, a solo un punto del Athletic Bilbao y el Real Madrid, que empataron en la cima de la clasificación.

En la Copa del Rey, el Barcelona llegó a la final, pero en el segundo partido de la semifinal contra Las Palmas, que se decidió en los penales, Maradona fue expulsado con tarjeta roja. Posteriormente, la Federación Española redujo su sanción y le permitió disputar la final contra el Athletic Bilbao.
El 5 de mayo, ante 100.000 espectadores en un repleto Santiago Bernabéu, Maradona enfrentó por última vez con la camiseta blaugrana al equipo que había marcado su temporada como su gran antagonista. Fue una despedida amarga: el Barcelona perdió 1-0 y se quedó sin otro título en la temporada.
En 23 partidos, Maradona anotó 15 goles, pero no se sentía cómodo en Barcelona y buscaba un nuevo destino para su carrera y su vida. Su inestable vida fuera de la cancha no le daba el entorno adecuado para desarrollarse plenamente y, además, le estaba causando problemas económicos. Ironías del destino o no, este final prematuro marcó el comienzo de la historia más gloriosa de su carrera.
Napoli
El Napoli no se acercó directamente a Maradona para ficharlo. Como un club pequeño del empobrecido sur de Italia, sin grandes títulos en su palmarés, no podía competir directamente con los gigantes europeos. Sin embargo, en Nápoles había un presidente, vinculado (quizás de forma predecible) con la mafia local, la Camorra, que ideó una jugada maestra para aprovechar la situación y asegurar la firma de Maradona.
Corrado Ferlaino solicitó al Barcelona la organización de un partido amistoso para que el público italiano pudiera ver de cerca a Maradona. La directiva del club catalán aceptó la invitación, pero informó que el jugador no podría participar porque estaba “enfermo”. Al recibir esta respuesta, Ferlaino entendió que la relación entre Maradona y la dirigencia del Barcelona estaba rota y vio la oportunidad de presentar su oferta.
El 29 de junio de 1984, la transferencia se hizo oficial y Maradona firmó un contrato de cuatro años con su nuevo equipo. En la película È Stato La Mano di Dio, el napolitano Paolo Sorrentino retrata de manera romántica, desde la mirada de los napolitanos, aquel histórico arribo.

El 5 de julio de 1984, el Stadio San Paolo (hoy también llamado Stadio Diego Maradona) se llenó con 75,000 hinchas del Napoli que acudieron para ver al mejor futbolista del mundo vestido con los colores de su equipo. Hasta ese día, el Napoli solo había ganado dos Copas de Italia, en 1962 y 1976, además de una Copa Anglo-Italiana y una Copa de los Alpes. En la temporada anterior, había terminado en la 11ª posición de la Serie A, en una liga de 16 equipos, apenas un punto por encima de la zona de descenso. Cualquier comparación con los grandes clubes del norte de Italia era impensable: desde los primeros años de las competiciones europeas, estos dominaban la escena y se llevaban los títulos nacionales sin interrupciones. Pero ahora, este equipo tenía en sus filas a un futbolista que podía darle a un pueblo sediento de gloria algo mucho más importante que momentos futbolísticos o títulos: podía convertirse en su portavoz dentro del campo, el símbolo de su lucha por reconocimiento y dignidad dentro de un país que los hacía sentir extranjeros. Y justamente un extranjero, un argentino, era quien podía asumir esa carga sobre sus hombros, o más bien sobre sus pies.
El delirio colectivo se intensificó con las declaraciones de los directivos, quienes, actuando más como populistas oportunistas que como dirigentes serios del fútbol (una constante en el deporte), anunciaron que el objetivo del equipo era conquistar el campeonato. Sin embargo, ni siquiera con Maradona en el plantel los milagros ocurren de inmediato. Aunque hubo una mejora evidente, aún se necesitaban más refuerzos para construir un equipo en torno a Maradona y hacer que aquel sueño loco se convirtiera en realidad.
El debut oficial de Maradona en el campeonato italiano tuvo lugar en la primera jornada, el 16 de septiembre, contra el Verona. El Napoli cayó derrotado 3-1, dejando en claro que el camino hacia la mejora sería difícil y requeriría paciencia. Una semana después, en el San Paolo, contra la Sampdoria, Maradona marcó su primer gol, de penal en el minuto 62, para que el Napoli rescatara un empate 1-1. Luego, llegó una derrota ante el Torino como visitante y, finalmente, el 7 de octubre, la primera victoria con goles de Bertoni, Maradona y Penzo contra el Como. Para encontrar el siguiente triunfo, el Napoli tuvo que esperar hasta la décima jornada, cuando venció en casa a la Cremonese por 1-0. Sin embargo, los resultados comenzaron a mejorar con la llegada del nuevo año. En la segunda vuelta del campeonato, el Napoli tuvo un desempeño espectacular, logrando en 1985 (contando dos partidos de la primera vuelta) 8 victorias, 8 empates y solo una derrota como visitante, 2-1 ante el Milan. Maradona anotó 14 goles en 30 partidos de liga, terminando en la tercera posición de la tabla de goleadores, solo por detrás de Platini y Altobelli. Aunque el equipo finalizó en la octava posición, la evidente progresión en su rendimiento mantuvo vivas las grandes expectativas.
Sin embargo, esa primera temporada también dejó otra huella en la historia de Maradona, demostrando las características que definen a un verdadero gran futbolista: no solo como un generador de espectáculo, sino también como un representante de la comunidad. Un padre, desesperado por encontrar una solución para el tratamiento de su hijo, se acercó a un jugador del Napoli con la esperanza de organizar un partido benéfico en el que participara Maradona para recaudar fondos. Diego tomó la iniciativa y, como capitán, llevó a todo el equipo del Napoli a jugar en un campo de tierra en el barrio donde vivía aquella familia. La recaudación cubrió los gastos del tratamiento, y con este gesto, en contra de la voluntad del presidente Corrado Ferlaino, Maradona demostró que hay ciertos atributos que deben poseerse para ser considerado “el más grande de todos los tiempos”.
La siguiente temporada fue la primera que realmente tuvo características de una campaña de campeonato. El Napoli comenzó con una victoria contra el Como y, hasta la séptima jornada, sumaba un total de tres victorias y cuatro empates. El 27 de octubre llegó la primera derrota como visitante ante el Torino, pero, una vez más, la recuperación se produjo hacia el final de la temporada. A pesar de un bajón en enero, desde febrero en adelante el Napoli tuvo resultados dignos de un equipo campeón, ganando incluso cinco de sus últimos seis partidos. Este rendimiento llevó al equipo a terminar en la tercera posición de la clasificación final, por detrás de la Juventus y la Roma, asegurando así un boleto para la Copa de la UEFA de la siguiente temporada. Las palabras de los dirigentes del club ya no eran meros discursos populistas, sino una realidad cada vez más tangible.
Maradona había encontrado su mejor versión futbolística, pero al mismo tiempo no lograba encontrar la paz en su vida personal. Si en Barcelona había sido víctima de una avalancha de parásitos que se aprovechaban de su fama, en Nápoles se convirtió en un títere de la Camorra, que obviamente quería tenerlo aún más bajo su control. Esto significaba que su estilo de vida caótico continuó, junto con sus adicciones, las cuales eran fomentadas por la misma organización criminal que manejaba el tráfico de drogas en la ciudad. Además, al alcanzar el estatus de un héroe popular dentro de la impredecible sociedad napolitana, Maradona también tuvo que lidiar con la presión constante de los medios de comunicación, que llegaron al punto de privarlo por completo de su vida privada.
Para reencontrarse con el verdadero Pelusa, Maradona tenía que cruzar un océano. Lo hizo en el verano de 1986, cuando dejó el puerto de Parténope para escalar las alturas de México.
La Mano de Dios
El 9 de junio de 1974, en el marco de la Copa del Mundo de Alemania Occidental, el Congreso de la FIFA decidió otorgar la organización del Mundial de 1986 a Colombia. Esta fue una de las últimas decisiones de Stanley Rous como presidente de la FIFA antes de ser reemplazado y dar inicio al infame y prolongado mandato de João Havelange. Mientras tanto, Havelange, con la intención de fortalecer sus propios objetivos políticos, logró ampliar la cantidad de equipos participantes en la Copa del Mundo de 16 a 24, con la primera aplicación de este cambio en el Mundial de España 1982. Más allá de sus ambiciones políticas, esta modificación fue casi una consecuencia natural, ya que más partidos significaban mayores ingresos provenientes de patrocinadores globales. En 1974, la economía del fútbol mundial aún parecía un experimento, ya que apenas en 1970 se había transmitido un Mundial con cobertura de televisión satelital. Sin embargo, para 1980, esta expansión se había convertido en una necesidad comercial. Fue precisamente este cambio lo que llevó a Colombia a declarar su incapacidad para organizar un evento de tal magnitud, lo que llevó a la FIFA, el 20 de mayo de 1983, a tomar la decisión extraordinaria de otorgarle la sede a México, país que ya había superado la prueba con éxito en 1970.
Con la televisión dominando el espectáculo, las necesidades de los futbolistas quedaron relegadas a un segundo plano, con partidos programados en pleno mediodía bajo el ardiente sol mexicano, todo para que pudieran ser transmitidos en horario estelar en Europa, la región que históricamente ha representado el mercado más estable y lucrativo del fútbol. Si bien los encuentros no podían jugarse bajo las estrellas, la FIFA esperaba que las estrellas de cada selección iluminaran miles de millones de televisores en todo el mundo. Uno de esos astros, por supuesto, era Diego Maradona, quien ya había alcanzado un estado de forma excepcional con el Napoli.
En Argentina, el contexto político había cambiado, la dictadura militar había sido derrocada a finales de 1983 y Raúl Alfonsín, un histórico dirigente del partido socialdemócrata antiperonista UCR, había sido elegido presidente. Alfonsín sería el primero de una serie de presidentes que se alternarían entre gobiernos socialdemócratas y liberales, una dinámica que persiste hasta la actualidad. Sin embargo, la economía argentina seguía pareciendo un electrocardiograma inestable desde la década de 1960, con breves periodos de crecimiento y tímidos beneficios sociales seguidos de medidas de ajuste y empobrecimiento de las masas, especialmente en las provincias más alejadas, lo que perpetuaba el fenómeno de la migración interna. No obstante, el restablecimiento de la democracia representaba un motivo de optimismo para el futuro, y al mismo tiempo, la participación en otro Mundial simbolizaba una oportunidad de recuperar parte del orgullo nacional, que había sido duramente golpeado por la guerra de Malvinas, apenas cuatro años antes.
En la dirección técnica de la selección argentina estaba Carlos Bilardo, discípulo de Osvaldo Zubeldía y una de las figuras más representativas del anti-fútbol. Quizás su mayor ambición era demostrar que se podía ganar un Mundial practicando un fútbol pragmático y sin brillo, enfocado exclusivamente en el resultado. En ese momento, incluso tenía una gran ventaja ideológica, debido al éxito de Italia en 1982, y en especial a su histórica victoria sobre Brasil en aquella edición, considerada como uno de los partidos más importantes en la historia del fútbol, ya que marcó la transición de una era: del fútbol de espectáculo al fútbol con propósito. Sin embargo, los planes de Bilardo se vieron obstaculizados por la presencia de Maradona, quien no podía dejar de producir magia, incluso si solo decidiera caminar por el campo. Así, el técnico argentino terminó aceptando la idea de construir un equipo alrededor de la estrella de la albiceleste. Tácticamente, el experimento de su innovador 3-5-2 con Maradona en un rol más retrasado como segundo delantero tuvo un desenlace difícil de explicar. La realidad es que Maradona ocupaba muchas más posiciones de las que el esquema sugería, aplicando un estilo único que podría describirse como una versión personalizada del fútbol total: el fútbol de Maradona. Entre los múltiples legados que dejó su impacto en la cultura futbolística, este es quizás uno de los más importantes, ya que no existen otros ejemplos de jugadores que actuaran en la línea de ataque y, al mismo tiempo, fueran el playmaker del equipo, cubriendo además zonas que teóricamente no les correspondían. El hecho de que este aspecto de su juego no se discuta tanto como su impacto social se debe a que, por un lado, requiere una observación y un conocimiento técnico más detallado, y por otro, a que el brillo general de Maradona era tan deslumbrante que terminaba ocultando incluso los aspectos más extraordinarios de su talento.
Argentina se clasificó cómodamente al Mundial con cuatro victorias, un empate y una derrota frente a Perú, Colombia y Venezuela, asegurando su presencia en la Copa del Mundo por cuarta vez consecutiva. La generación de campeones del 78 había quedado atrás, y en México no viajó ninguno de los protagonistas de aquella hazaña, con la única excepción de Daniel Passarella, el capitán de ese equipo, quien sin embargo tuvo un fuerte conflicto con Bilardo y no disputó ni un solo minuto en 1986. Ahora, el equipo era completamente nuevo y giraba en torno a Maradona. Nadie tenía dudas sobre su papel: todos sabían que si lograban potenciar su juego, aumentarían sus posibilidades de salir campeones del mundo. Si bien la historia ha dejado la impresión de que los compañeros de Maradona no estaban a la altura de un equipo campeón, en algunos casos esta idea se exagera, hasta el punto de generar la percepción de que se trataba de un grupo de jugadores mediocres. En realidad, aquel plantel contaba con futbolistas de buen nivel, aunque sin demasiada experiencia en Europa, dado que en esa época la movilidad era mucho más limitada y existían estrictas restricciones en el número de extranjeros por equipo. Quizás las excepciones más notables eran Jorge Valdano, que jugaba en el Real Madrid, y Jorge Burruchaga, una pieza clave del Nantes. Aunque los nombres de sus clubes no generaban el mismo impacto que los de las potencias europeas, basta recordar que incluso Maradona jugaba en el Napoli.
Argentina fue sorteada en el Grupo A y comenzó su camino el 2 de junio en el Estadio Olímpico Universitario, enfrentándose a Corea del Sur, que regresaba a la Copa del Mundo tras 32 años de ausencia. Con dos goles de Valdano y uno de Ruggeri, todos asistidos por Maradona, la albiceleste se llevó una cómoda victoria por 3-1. El siguiente desafío fue ante la campeona del mundo, Italia, en un partido donde Maradona experimentó en carne propia la misma hostilidad que sufría semana tras semana en la Serie A con el Napoli. Los italianos lo golpearon sin piedad en un encuentro disputado el 5 de junio en el Estadio Cuauhtémoc de Puebla, que terminó en empate 1-1. Altobelli había abierto el marcador de penal a los 6 minutos, y Maradona empató en el 34′. En el último partido de la fase de grupos, Argentina venció 2-0 a Bulgaria, con el segundo gol de Valdano tras otra asistencia de Maradona, asegurando así el primer puesto del grupo y la clasificación a los octavos de final.

En los octavos de final, el 16 de junio, Argentina se encontró con su eterna rival, Uruguay, a la que no enfrentaba en un Mundial desde la final de 1930. Era la oportunidad de una “revancha simbólica” 56 años después, un partido que además podía abrir el camino para igualar la cantidad de títulos mundiales obtenidos por los uruguayos. Sin embargo, la Uruguay de 1986 no representaba una amenaza real para la Argentina de Maradona. El equipo charrúa había logrado avanzar desde el Grupo E como uno de los mejores terceros, tras empatar con Alemania Federal y Escocia, pero sufriendo una dura goleada por 6-1 ante Dinamarca. Su máxima figura era Enzo Francescoli, estrella de River Plate, quien ese mismo verano daría el salto al fútbol europeo.
El partido, disputado en Puebla, no dejó una huella imborrable en la historia del torneo, pero Argentina consiguió el triunfo con un solitario gol de Pasculli en el minuto 42. La victoria aseguraba el pase a los cuartos de final, donde la albiceleste se enfrentaría quizás al partido más trascendental de su historia.

El 22 de junio de 1986, el sol abrasaba la Ciudad de México, con pronósticos de posibles lluvias por la tarde. La temperatura alcanzaba los 22 grados centígrados y el Estadio Azteca estaba colmado por 114,580 espectadores. Argentina se enfrentaba a Inglaterra por primera vez desde otro duelo de cuartos de final en un Mundial, el de 1966, marcado por la polémica elección del árbitro, la inexplicable expulsión de Rattín, el juego extremadamente brusco de ambos equipos y la hostilidad de los hinchas ingleses, así como de las delegaciones europeas en general, hacia aquel equipo argentino. Pero este también era el primer encuentro entre ambas selecciones después de la Guerra de Malvinas, que había terminado en un triunfo rotundo para el gobierno de Margaret Thatcher y en un desastre para la dictadura militar argentina.
Sin embargo, la rivalidad futbolística entre ambas naciones no se originó en 1966. Se remontaba mucho más atrás, a cuestiones de identidad nacional para los argentinos. Los ingleses fueron quienes introdujeron el fútbol en Argentina. Fueron los británicos quienes desarrollaron las instituciones del deporte, y un escocés, Alexander Watson Hutton, es considerado el “padre del fútbol” en el país sudamericano. Pero la criollización del juego en el siglo XX también conllevó la necesidad de demostrar que en Argentina se jugaba un fútbol superior al de los ingleses. Porque, aunque el deporte había sido codificado en Gran Bretaña, el pueblo de la excolonia sudamericana había sabido desarrollarlo mejor que nadie, según la ideología que sustentaba esta postura. Por eso, incluso en términos meramente futbolísticos, este duelo siempre tuvo un significado especial.
Claro que, desde la época de aquel fútbol la nuestra y del pibe, Argentina había dado un giro de 180 grados en su estilo de juego. Ahora, en el banquillo se encontraba Carlos Bilardo, heredero del fútbol duro y del anti-fútbol de Spinetto y Zubeldía. Sin embargo, de cara a este partido, poco importaba cómo había evolucionado el fútbol en el país. Inglaterra debía ser derrotada a toda costa, tanto por ser un obstáculo en el camino hacia la gloria como por la necesidad de una revancha moral por la guerra, por Rattín y por cualquier otro agravio que los argentinos pudieran imaginar, tal como suele ocurrir cuando se viven los partidos con el corazón.
Por los colores de sus camisetas, cada vez que estas dos selecciones se enfrentaban, una debía usar su equipación alternativa. En aquel partido, Argentina debía jugar con su uniforme azul, que era de algodón, lo que Bilardo consideró una desventaja bajo el abrasador sol mexicano del mediodía. Por esta razón, solicitó a Le Coq Sportif, la marca que vestía a la selección, que fabricara una nueva versión más ligera especialmente para este encuentro. Pero la empresa, que disponía de solo tres días para solucionar el problema, respondió que era imposible. Entonces, Rubén Moschella, integrante del cuerpo técnico, salió a recorrer las tiendas de la Ciudad de México en busca de camisetas azules. Encontró dos modelos distintos, los presentó al equipo y fue Maradona quien eligió uno de ellos, asegurando: “Con esta vamos a ganarle a Inglaterra”. Moschella compró 38 camisetas, llevó cada una a un sastre para que les cosiera un escudo simplificado de la AFA, y con un estampado de calidad mediocre se añadieron los números, que en realidad estaban diseñados para equipos de gridiron football (fútbol americano). ¿Quién podría haber imaginado que quizás la camiseta más icónica en la historia del fútbol estaba siendo improvisada y confeccionada en ese preciso momento, en esas circunstancias?

Inglaterra contaba con un equipo con varias estrellas, destacando Gary Lineker, quien terminaría siendo el máximo goleador de aquel torneo. Sin embargo, quizás ese partido afectó de manera significativa el legado de varios de sus jugadores. En la portería estaba Peter Shilton, quien además era el capitán del equipo. En la defensa jugaban Gary Stevens, Terry Fenwick, Terry Butcher y Kenny Sansom. En el mediocampo se encontraban Glenn Hoddle, Peter Reid, Trevor Steven y Steve Hodge, mientras que en la delantera Peter Beardsley se ubicaba como segundo atacante y Lineker como centrodelantero. La Inglaterra de Bobby Robson utilizaba un esquema 4-4-2 en rombo, con la intención de llenar los espacios alrededor de Maradona y limitar sus movimientos.
El primer tiempo estuvo marcado por la superioridad de Argentina, lo que obligó a Shilton a realizar varias intervenciones. La ocasión más clara para Inglaterra llegó en el minuto 13, cuando Peter Beardsley tuvo una oportunidad tras un resbalón de Nery Pumpido, pero no logró abrir el marcador. A pesar del dominio argentino en la posesión y en la iniciativa del juego, la primera mitad terminó con el marcador 0-0. Pocos minutos después del inicio del complemento, la historia estaba a punto de escribirse.

En el minuto 51 del partido, Maradona tenía el balón en el centro del campo, inclinado hacia la izquierda, desde donde Argentina solía iniciar sus ataques. Intentó un pase defectuoso hacia Valdano, ubicado en la esquina derecha del área grande. El delantero argentino no pudo controlar la pelota y, en su intento por mantenerla en juego, la lanzó de espaldas hacia el centro del área inglesa. Maradona, que seguía su carrera hacia adelante, se encontraba en trayectoria de intersección con el balón, que descendía en la zona de Shilton. Sin embargo, desde la dirección opuesta también llegaba el arquero inglés, quien salía con la intención de despejar.
En el punto exacto donde convergían las trayectorias de los tres —el balón que caía, Shilton que saltaba y Maradona que se acercaba—, el primero en tocar la pelota fue el argentino. Apenas unas fracciones de segundo después, la pelota estaba en el fondo de la red de Shilton. Maradona, con la extensión de su puño izquierdo, había superado en el aire al arquero inglés, quien le sacaba 20 centímetros de altura. El árbitro tunecino, Ali Bin Nasser, señaló el centro del campo, el juez de línea no levantó la bandera y Maradona corrió hacia la tribuna con el puño izquierdo en alto, el mismo con el que había marcado. Era la consagración del “fútbol de la finalidad”, de la ideología de Zubeldía, convertida en la escuela nacional del fútbol argentino. Argentina tomaba la delantera y se acercaba a una histórica clasificación.
Los ingleses protestaban sin éxito ante el árbitro, mientras Maradona continuaba celebrando con su puño en alto. En su autobiografía, confesaría que en ese momento sintió que “le robaba el tesoro a Inglaterra”. Cuando, después del partido, le preguntaron si había tocado la pelota con la mano, respondió con la legendaria frase: “Fue la Mano de Dios”. Esa declaración lo acompañaría por el resto de su vida y le otorgaría un sobrenombre que los devotos del fútbol alrededor del mundo le adjudicarían sin dudarlo. Aquel día, Maradona entró al estadio como un mortal y salió como un dios. Y si la mano por sí sola no bastaba para que alcanzara esa inmortalidad, lo que hizo minutos después fue el pasaporte directo a los Campos Elíseos.

Cuatro minutos después, sin embargo, Maradona dejó otra marca imborrable en la historia, sin dar a nadie la posibilidad de cuestionar aquella victoria ni su propia superioridad, ni la de Argentina en ese partido. La narración del comentarista uruguayo Víctor Hugo Morales quedó inmortalizada, y aquel gol, “el Gol del Siglo”, como fue bautizado, no puede ni quizás debe describirse con otras palabras.
Víctor Hugo Morales:
“Se la va a tocar para Diego, ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial, deja el tendal y va a tocar para Burruchaga… ¡Siempre Maradona! ¡Genio! ¡Genio! ¡Genio! ¡Ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta! ¡Goooooool! ¡Goooooool! ¡Quiero llorar! ¡Dios santo, viva el fútbol! ¡Golazo! ¡Diegoooool! ¡Maradona! Es para llorar, perdónenme… Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos… ¡Barrilete cósmico! ¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina? Argentina 2 – Inglaterra 0. ¡Diegoooool, Diegoooool, Diego Armando Maradona! Gracias, Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2 – Inglaterra 0”.
¡Maradona había hecho lo imposible! Había tomado el balón desde el centro del campo y dejado atrás a cada inglés que encontraba en su camino, hasta pisar el área, recibir una patada épica y, al mismo tiempo, definir ante Shilton para poner el 2-0 en el marcador. Fue el Gol del Siglo, como se votó muchos años después, sin lugar a dudas. Pero para Argentina, significó mucho más.
Si el primer gol fue la máxima expresión del anti-fútbol y del fútbol pragmático, ese segundo tanto fue la encarnación absoluta de la belleza de la nuestra, del virtuoso argentino que pasa como si fueran estacas a los ingleses, cuya condición física no es suficiente para detener a esta genialidad del fútbol. Fue la encarnación de aquel niño, el pibe, que Borocotó había descrito en 1928 y que, 58 años después, se hacía realidad en el césped del Azteca. ¿Cómo podía imaginar aquel legendario editor de El Gráfico que lo que narró entonces sería la representación exacta de un momento que aún no había sucedido?
Maradona no solo se había convertido en un Dios. Para Argentina, era mucho más que eso: era el pibe de oro, el niño de oro, el pibe hecho de oro. Era la recompensa de la historia a toda una ideología futbolística. No podía haber una victoria más grande para el fútbol argentino que aquel gol. Que haya sido contra Inglaterra es, quizás, solo el adorno perfecto que necesitaba una historia de leyenda.

En el minuto 81, Inglaterra descontó con un gol de Lineker, pero casi nadie recuerda ese gol. Al final del partido, Maradona había cambiado la narrativa del fútbol mundial y había creado el momento más grande en la historia del fútbol de su país, posiblemente incluso más grande que la conquista del Mundial ocho años antes. Ahora, todos veían a un argentino en la cima del mundo, no por un título que aún no había ganado, sino por sus hazañas con la pelota, algo que nadie más había logrado jamás.
En la semifinal, el rival era Bélgica, el equipo que había vencido a Maradona y a Argentina en el partido inaugural del Mundial cuatro años antes. Para llegar hasta esa instancia, los belgas habían necesitado también algo de fortuna. Avanzaron como terceros en el Grupo B, tras perder en su debut contra México, vencer después a Irak y empatar con Paraguay. En los octavos de final, con una actuación arbitral desastrosa de Erik Fredriksson, lograron vencer 3-4 en la prórroga a la Unión Soviética. En Occidente, el hecho de que los jugadores soviéticos no protestaran demasiado se utilizó como propaganda, argumentando que no querían ganar debido a diferencias políticas con el régimen de su país. En los cuartos de final, superaron a la España de Butragueño en la tanda de penales y así llegaron a la semifinal del 25 de junio en el Azteca, frente a Maradona.
En un partido que pareció una fotocopia del duelo contra Inglaterra, Maradona tuvo una actuación brillante, marcando dos goles de manera absolutamente magistral. Si sus hazañas contra Inglaterra no hubieran estado cargadas de tantos simbolismos, probablemente esos goles ante Bélgica serían el tema de conversación cada vez que se habla de la historia de los Mundiales. Pero el destino de Maradona ya estaba trazado. El chico del Villa Fiorito, el Pelusa, el Pibe de Oro, el Dios, tenía un último escalón por delante para llegar al cielo, aquel que tocó con las manos cuando pisó el césped del Paternal a los 16 años con Argentinos Juniors. No solo Maradona esperaba ese momento, sino el planeta entero.

El 29 de junio, Maradona tenía otra cita en el Azteca, con la gente en las gradas y con el mundo entero. En el mismo estadio donde se había construido el mito de la increíble e impecable Brasil 16 años antes, Maradona volvía para escribir diferentes imágenes en la Biblia del fútbol.
En la gran final, el rival era Alemania Federal, el equipo para el cual, en esas décadas, se había acuñado la famosa frase: “El fútbol es un juego que juegan 22 jugadores con un balón y al final siempre ganan los alemanes”. La forma en que Alemania había conquistado los Mundiales de 1954 y 1974, en ambas ocasiones venciendo a equipos que habían revolucionado el fútbol en su época —Hungría y Países Bajos, respectivamente— la convertía en el rival perfecto para representar el desafío más difícil para la Argentina de Maradona.
Los alemanes habían pasado a octavos de final como segundos de su grupo, tras empatar con Uruguay, vencer 2-1 a Escocia y perder 0-2 contra la sorprendente Dinamarca, que quizás haya sido la mejor selección de la historia del país, incluso superior a la que ganó la Eurocopa de 1992. En octavos de final eliminaron a Marruecos con un ajustado 1-0, mientras que en cuartos necesitaron llegar a los penales tras un empate sin goles ante los anfitriones, México, para lograr la clasificación. En la clásica rivalidad entre potencias de Europa Occidental, se impusieron por 2-0 ante la Francia de Platini en las semifinales, para finalmente enfrentarse a Maradona en la gran final.

El entrenador era Franz Beckenbauer, el Kaiser, quien había ganado la Copa del Mundo como jugador y había escrito su propia historia en los mismos campos mexicanos en 1970. Ahora, aspiraba a convertirse en la primera persona en alcanzar la máxima consagración futbolística también como director técnico.
El arquero era Harald Schumacher, más recordado por su brutal choque con Patrick Battiston cuatro años antes. En defensa, el líbero era Ditmar Jakobs, los centrales Karlheinz Förster y Hans-Peter Briegel, mientras que por los laterales jugaban Thomas Berthold por derecha y Andreas Brehme por izquierda. En el mediocampo, Norbert Eder y Lothar Matthäus se ubicaban detrás del adelantado Felix Magath, mientras que en la delantera formaban la dupla Karl-Heinz Rummenigge (capitán) y Klaus Allofs. Como se puede notar, el sistema alemán, que recordaba al catenaccio con un esquema defensivo en forma de “V” y un líbero, encajaba perfectamente como un rompecabezas frente al 3-5-2 de Bilardo. Los alemanes buscaban anular a Maradona con su defensa escalonada y aprovechar la debilidad de los carriles argentinos, además de intentar ataques aéreos, apostando a sus delanteros de gran estatura.
Sin embargo, el primer gol del partido llegó por un cabezazo argentino. En el minuto 23, José Luis Brown aprovechó un error de Schumacher y puso el 1-0, resultado con el que se fueron al descanso. Maradona intentaba generar juego, pero solía encontrarse con una muralla de cinco defensores alemanes y el arquero rival. Aun así, en el minuto 56, Jorge Valdano encontró el espacio para definir con precisión ante Schumacher, ampliando la ventaja a 2-0. Maradona era el director de una orquesta que se encaminaba a la cima, aunque no hubiera anotado en esa final.
Pero los alemanes se encargaron de justificar su reputación. En el minuto 74, Rummenigge descontó y, en el 81, Rudi Völler, quien había ingresado por Allofs en el entretiempo, empató el partido y llevó el juego a un desenlace de máxima tensión en los últimos 10 minutos. Fue entonces cuando volvió a aparecer la genialidad de Maradona. En el minuto 84, al notar enormes espacios en la defensa alemana, metió un pase vertical extraordinario para Jorge Burruchaga, quien tenía también a Valdano como opción a su derecha. Burruchaga no dudó y definió magistralmente ante Schumacher, sellando la victoria. ¡Argentina era campeona del mundo!

La Copa de la FIFA, esa estatuilla diseñada por Silvio Gazzaniga para reemplazar la Jules Rimet, encontraba finalmente a su legítimo dueño. En las manos de Maradona, alcanzó su máxima glorificación. Diego la tomó y no la soltó jamás.
Las imágenes de él levantándola hacia el cielo de México, besándola, sosteniéndola en alto mientras era llevado en andas por la multitud que cargó en sus hombros a todos los jugadores argentinos, construyeron símbolos que perdurarían en el tiempo.
Tal fue la fuerza de esas imágenes que, 36 años después, Messi replicaría una foto similar, una que sellaría la grandeza de su propia consagración. Pero Maradona, con la Copa en sus manos, ya había firmado su inmortalidad con el número de su camiseta y su nombre en su idioma natal: D10S.

Ho visto Maradona
Maradona regresó a Nápoles como la máxima estrella del fútbol y quizás del planeta entero. El verano de 1986 le pertenecía por completo, y los napolitanos esperaban ahora saborear ellos mismos la gran gloria que, hasta hacía solo unos años, parecía un sueño imposible. Si el paso de Maradona de mortal a divinidad tomó forma tangible, fue sin duda en la ciudad del sur de Italia. Diego se convirtió en icono, estatua, religión, hasta en una iglesia real. Desde Villa Fiorito hasta los Quartieri Spagnoli, sus fieles lo reconocían como su único mesías.
Las competiciones oficiales de la Napoli en la Serie A comenzaron el 14 de septiembre, frente al equipo de la ciudad natal del técnico Ottavio Bianchi, el Brescia. Los napolitanos lograron comenzar con una victoria de visitante gracias a un gol de Maradona en el minuto 41. En la siguiente jornada, empataron con el Udinese en el San Paolo, y una semana después no pudieron vencer al Avellino fuera de casa. Ese fue el último momento en toda la temporada en el que la Napoli no estuvo en la cima de la tabla.
Maradona continuó con sus hazañas sobrehumanas. Contra todos los gigantes del norte de Italia dejó su sello, marcando desde cualquier posición, desafiando las defensas más duras, impresionando con su explosiva condición física y su destreza incomparable. La Napoli venció 0-1 a la Roma en el Olímpico, 1-3 a la Juventus en el Comunale de Turín y solo perdió tres partidos en toda la temporada. Además, logró una victoria monumental el 26 de abril, al derrotar 2-1 al Milan de Berlusconi.
En la Coppa Italia, tras superar la fase de grupos contra SPAL, Lazio, Taranto, Vicenza y Cesena, la Napoli eliminó al Brescia, Bologna y Cagliari, logrando 11 victorias en 11 partidos para alcanzar la final. La única decepción fue en la Copa de la UEFA, donde el equipo fue eliminado en la tanda de penales contra el Toulouse, en el partido de vuelta disputado en la ciudad francesa el 1 de octubre de 1986.
En Nápoles, la mayor celebración del año es la fiesta de San Gennaro, que, a pesar de su nombre, se celebra el 19 de septiembre, fecha en la que, según la tradición, fue decapitado por las hordas de Diocleciano. La festividad es una verdadera explosión de júbilo que dura tres días, con procesiones, ceremonias religiosas y espectáculos musicales. Para los italianos del sur repartidos por todo el mundo, San Gennaro es de importancia fundamental, con grandes celebraciones incluso en Nueva York, como bien mostró el descendiente de inmigrantes italianos Francis Ford Coppola en la segunda parte de El Padrino.
Pero en 1987, la mayor celebración en la historia de Nápoles y una nueva fecha sagrada que la ciudad recordará por siempre no ocurrió en septiembre, sino en mayo.
La noche del sábado 9 de mayo, toda la ciudad estaba lista para recibir su momento más glorioso. Es difícil saber cuántos lograron dormir aquella noche. El domingo que amanecía cambiaría para siempre la historia del club y de la ciudad dentro del fútbol italiano, y su lugar en la geografía del deporte.
Hasta ese día, el único equipo del sur de Italia que había ganado un Scudetto era el Cagliari de Gigi Riva en 1970. Diecisiete años después, seguía siendo la única referencia de una victoria para un “outsider”. Sin embargo, incluso el Cagliari, era un equipo de Cerdeña, no de la empobrecida región sur de la península italiana.
La Napoli llegaba para reclamar algo para un pueblo que nunca había creído que tenía derecho a ganar en el país en el que le tocó vivir.

El domingo 10 de mayo de 1987 es una fecha patria para Nápoles. La representante celeste de la ciudad recibiría a la Fiorentina en la jornada 29 y penúltima del campeonato. Todas las calles conducían al San Paolo, y solo hacía falta un punto contra la Fiorentina de Roberto Baggio para que se consumara el milagro.
Los festejos ya se habían retrasado una semana, pues el empate contra el Como, como visitante, había postergado el gran momento para el domingo, en una celebración donde todos estarían presentes en casa.
Para aquel partido, la Napoli formó con: Claudio Garella, Moreno Ferrario, Alessandro Renica, Giuseppe Volpecina, Giuseppe Bruscolotti, Francesco Romano, Salvatore Bagni, Fernando De Napoli, Diego Armando Maradona, Andrea Carnevale y Bruno Giordano. En los minutos finales también ingresaron el joven de 20 años Ciro Ferrara y Luigi Caffarelli.
El equipo tomó la delantera con un gol de Carnevale en el minuto 29, pero Baggio empató en el 39′. El partido terminó 1-1, y ese resultado fue suficiente para desatar la mayor celebración en la historia del San Paolo.

Las imágenes de aquel día no son solo parte de la historia del fútbol, sino también del cine. Asif Kapadia abre su biografía sobre Maradona con esa jornada, presentándola como la interpretación visual definitiva de su mito.
Las escenas de la gente subida en vespas y en los techos de los autos, agitando banderas celestes y blancas por las calles de la ciudad, son la representación de toda una cultura. Maradona le había dado a los napolitanos lo que nadie pudo darles en 126 años de historia del Estado italiano, desde el Risorgimento hasta 1987.
Por esta razón, se convirtió en el segundo santo patrón de la ciudad, junto con San Gennaro. Ese legado es algo que ningún otro futbolista ha conseguido en la historia del deporte. Y es muy poco probable que alguien lo logre en el futuro.

Después del final de la Serie A, el Napoli enfrentó a la Atalanta en una final a doble partido por la Copa de Italia, logrando una victoria de 3-0 como local y 0-1 como visitante. De esta manera, el club no solo consiguió su primer título de liga, sino también el primer doblete de su historia. Maradona, como gran maestro de esa temporada, jugó 41 partidos y anotó 17 goles.
Aquel año, además, Maradona vivió otro momento trascendental en su vida. El 2 de abril, nació su primera hija, Dalma Nerea, fruto de su relación con Claudia Villafañe, a quien conocía desde su adolescencia en Villa Fiorito. Dalma recibió su primer nombre en honor a su abuela, Doña Tota. Este cambio en su vida parecía señalar que los días de excesos y descontrol podían quedar atrás. Sin embargo, la historia demostraría que esta era su intención, pero no la realidad que logró construir.
La temporada 1987/88 comenzó con la misma energía para Maradona y el Napoli, logrando cinco victorias consecutivas en el inicio del campeonato, incluida una goleada de 6-0 ante el Pescara. La primera igualdad llegó en la sexta jornada, con un empate como visitante ante la Roma, mientras que la primera derrota ocurrió en Milán, el 3 de enero de 1988, con una dura caída en San Siro ante el Milan de Arrigo Sacchi. En la Copa de Campeones de Europa, una derrota como visitante y un empate en casa frente al Real Madrid pusieron fin prematuro a los sueños de grandeza en el continente. A pesar de ello, el Napoli se mantuvo como líder de la Serie A hasta la 27ª fecha, cuando un empate en Verona lo dejó vulnerable. Maradona recordaría esa temporada como la mejor de su carrera, según sus propias palabras en su autobiografía.
El 1 de mayo de 1988, estaba programado el partido que definiría el título. En el San Paolo, si el Napoli vencía al Milan, quedaría con un pie en su segundo scudetto consecutivo. 82,000 espectadores llenaron el estadio, esperando celebrar un nuevo campeonato. Sin embargo, la historia no tuvo un final de cuento de hadas, demostrando que las mejores historias se escriben con victorias y derrotas.
El Milan se adelantó con un gol de Virdis, pero al final del primer tiempo, Maradona igualó el marcador. En la segunda mitad, Virdis volvió a poner en ventaja a los rossoneri en el minuto 68, y a los 76’, Marco van Basten amplió la ventaja, dejando al Napoli en una situación desesperada. Aunque un empate aún bastaba para mantenerse en la cima, el equipo de Sacchi era demasiado sólido. El Napoli solo logró descontar con un gol de Careca en el 78’, pero el scudetto se encaminaba al norte.
El equipo napolitano, golpeado anímicamente y sin Maradona, quien sufría lesiones, perdió los dos últimos encuentros del campeonato ante Fiorentina y Sampdoria, finalizando segundo, a tres puntos del Milan. Tras ser eliminado en los cuartos de final de la Copa de Italia por el Torino, la Napoli obtuvo un boleto para disputar la Copa de la UEFA.
La siguiente temporada, el Napoli tuvo nuevamente una muy buena campaña en la Serie A, pero desde la segunda jornada, cuando cayó por 1-0 en el campo del Lecce, nunca volvió a alcanzar la cima de la tabla. Esa temporada se encontró con la imparable Inter de Giovanni Trapattoni, que contaba con grandes jugadores, entre ellos el excompañero de Maradona, Ramón Díaz. La Inter perdió solo un partido y empató seis en toda la temporada, venciendo al Napolien ambos encuentros directos. Sin embargo, los napolitanos llegaron hasta la final de la Copa de Italia, donde ganaron el partido de ida ante la Sampdoria por 1-0, pero terminaron perdiendo el título tras una dura derrota 4-0 en Génova.
A pesar de la decepción en el torneo local, esa temporada resultó histórica para el Napoli, ya que, con un Maradona en plena forma, el equipo se lanzó a la conquista de su primer título europeo. La participación en la Copa de la UEFArepresentaba una oportunidad única para que un equipo que ya llevaba años peleando la Serie A demostrara su calidad a nivel continental.
La campaña en la Copa de la UEFA comenzó el 7 de septiembre de 1988 en el San Paolo, enfrentando al PAOK de Grecia. Maradona marcó el único gol del partido con un penalti en el 55’, dando la ventaja mínima a su equipo. En la vuelta, en Salónica, Careca abrió el marcador en el 17’, asegurando la eliminatoria con el gol de visitante. Aunque el PAOK empató con un tanto de Skartados en el 61’, el Napoli avanzó a la siguiente fase.
En la segunda ronda, los partenopei eliminaron al Lokomotiv Leipzig con un empate 1-1 como visitantes y una victoria 2-0 en casa. En los octavos de final, vencieron al Bordeaux con un 0-1 en Francia y un 0-0 en Italia. En los cuartos de final, el Napoli se encontró con su gran rival doméstico, la Juventus de Agnelli, en una de las eliminatorias más memorables de la competición. En la ida, en Turín, los napolitanos cayeron por 2-0, un resultado difícil de remontar. Sin embargo, en el partido de vuelta, Maradona abrió el marcador con un penalti en el 10’, y el Napoli igualó la serie con otro gol antes del final del tiempo reglamentario. En la prórroga, cuando parecía que la eliminatoria se decidiría en los penales, apareció Renica, marcando en el 119’ el gol que desató la locura en el San Paolo y clasificó al equipo a las semifinales.
En la siguiente ronda, el Napoli se enfrentó al Bayern Múnich. En la ida, en Nápoles, los goles de Careca y Carnevalesellaron un 2-0 clave para la vuelta. En Múnich, Careca volvió a ser decisivo, anotando dos veces para el 2-2 definitivo que aseguró el pase a la gran final ante el Stuttgart.
El primer partido, en el San Paolo, se jugó ante la mirada de 81,093 espectadores, con el árbitro Gerasimos Germanakos dirigiendo el encuentro. El Stuttgart tomó la delantera en el 17′ con un gol de Gaudino, resultado con el que se fueron al descanso. En la segunda mitad, el Napoli reaccionó: Maradona igualó el marcador con un penalti en el 68′, y en el 87′, Careca anotó el 2-1, asegurando una valiosa victoria antes de viajar a Alemania como favorito para la vuelta.
El 17 de mayo, en el Neckarstadion, Maradona dejó para la historia una de sus imágenes más icónicas. Durante el calentamiento de los equipos, por los altavoces del estadio comenzó a sonar Live is Life de Opus. Diego, con su inconfundible estilo, empezó a moverse al ritmo de la música, realizando ejercicios con la pelota con una naturalidad casi mágica. No era una coreografía ensayada ni un espectáculo planificado, sino una expresión pura y espontánea de su relación con el fútbol: para él, más que una profesión, era su danza personal, su forma de sentirse vivo. Aquella secuencia, capturada en vídeo, se convirtió en un símbolo inmortal de su amor por el juego.
Ese día, en el campo, el Napoli empató 3-3 con el Stuttgart, un resultado que le permitió llevarse de Alemania el primer título europeo de su historia. Fue la consagración internacional de un equipo que, con Maradona como líder absoluto, rompía las barreras de la geografía y la tradición, llevando a la ciudad del sur de Italia al máximo nivel del fútbol europeo.

Pero Maradona tenía más de un motivo para celebrar aquel día. La noche anterior, el 16 de mayo de 1989, había nacido su segunda hija, Giannina Dinora. La vida seguía su curso, y unos meses después, en su intento de encontrar mayor estabilidad, Diego se casaría con su compañera de toda la vida, Claudia Villafañe.
La temporada siguiente encontró al Napoli y a Maradona en una feroz batalla con la Milan de Arrigo Sacchi, la vigente campeona de Europa, por el Scudetto. En el ámbito internacional, la aventura en la Copa de la UEFA terminó prematuramente en los octavos de final, tras dos derrotas frente al Werder Bremen, la segunda de ellas con un doloroso 5-1 en Alemania.
Sin embargo, en el campeonato italiano, el Napoli realizó una campaña brillante. Permaneció invicto hasta la jornada 17, cuando sufrió su primera derrota ante la Lazio en el Flaminio por 3-0. Hasta entonces, había tenido un enfrentamiento directo contra la Milan, a la que derrotó 3-0 en el San Paolo. Manteniendo el liderato, el equipo napolitano avanzó con cinco victorias y un empate hasta que llegó el partido clave en el San Siro, el 11 de febrero de 1990, contra la Milan. Aquel día, los rossoneri ganaron 3-0, y dos semanas después, la Napoli volvió a caer en el mismo estadio, esta vez contra el Inter (3-1).
El Scudetto parecía escaparse, pero la Milan entró en una primavera complicada, con una carga de compromisos en la Copa de Europa, la Coppa Italia y la Serie A. El equipo de Sacchi sufrió dos derrotas clave en marzo, ante Juventus e Inter, lo que permitió al Napoli acercarse nuevamente. En abril, un empate sin goles ante el Bologna dejó aún más abierta la pelea por el título, mientras que la Milan tenía que afrontar las semifinales de la Copa de Europa ante el Bayern de Múnich, al que eliminó en la prórroga el 18 de abril. Cuatro días después, el 22 de abril, en la penúltima jornada, la Milan, agotada, cayó ante el Verona, mientras que el Napoli ganó 2-4 en el Dall’Ara contra el Bologna.
Todo se definiría en la última jornada. En el San Paolo, el gol de Marco Baroni en el minuto 7 contra la Lazio selló el segundo Scudetto en la historia del club napolitano. Maradona volvía a lo más alto del fútbol italiano, justo cuando él mismo lo necesitaba más que nunca… y también Argentina.
Notti magiche
Italia, el país donde Maradona era rey y donde su Napoli acababa de conquistar su segundo Scudetto, se preparaba para recibir el Mundial de 1990. Ocho años después del triunfo argentino en España, los italianos soñaban con volver a vivir noches mágicas, como decía la canción oficial de la Copa, interpretada por Gianna Nannini y Edoardo Bennato. Pero el Maradona que había dominado el fútbol mundial en los cuatro años previos no era un simple invitado: era el campeón defensor, el mejor jugador del planeta y, por lo tanto, el principal obstáculo en el camino del título italiano. A lo largo del torneo se vería cómo esa relación de amor entre Diego y el país anfitrión se convertiría en una historia de tensiones y traiciones.
Argentina mantenía en el banquillo a Carlos Bilardo, ya que el técnico seguía siendo intocable tras la hazaña de 1986, a pesar de la derrota en casa en la Copa América de 1987, cuando la Uruguay de Enzo Francescoli eliminó a la Albiceleste en semifinales. Con respecto al equipo de México, la gran novedad era la llegada de un atacante veloz y talentoso, Claudio Caniggia, quien formó una sociedad letal con Maradona. Surgido en River Plate, Caniggia también había aterrizado en Italia en 1988, fichando por el Verona, un equipo de media tabla pero con peso en la Serie A, que incluso había ganado el Scudetto en 1985.
El debut de Argentina en el Mundial fue un golpe brutal. En San Siro, el equipo de Bilardo cayó 0-1 ante Camerún, en uno de los mayores batacazos de la historia de la Copa del Mundo. Como en España 1982, el equipo arrancaba con dudas y Maradona tenía que tomar el control para evitar una debacle mayor.
El segundo partido tuvo un escenario muy distinto: el San Paolo de Napoli, su casa, donde enfrentaron a la Unión Soviética, que disputaba su último Mundial como nación antes de su disolución. Con goles de Pedro Troglio y Jorge Burruchaga, Argentina ganó con alivio y sumó sus primeros tres puntos.
En la tercera fecha, de nuevo en el San Paolo, el rival fue Rumania, un equipo compuesto en gran parte por los jugadores de la legendaria Steaua Bucarest de los 80. El empate 1-1 dejó a la Albiceleste con más dudas que certezas, pero la tercera posición en el grupo bastó para meterse en octavos de final. Argentina seguía viva… pero su camino en el Mundial de Italia estaba apenas comenzando.

El 24 de junio de 1990, Argentina se enfrentó a Brasil en el Stadio Delle Alpi de Turín, en un duelo cargado de historia y sed de revancha. Ocho años antes, en España 1982, la verdeamarela había eliminado a Maradona y su selección, en un partido que quedó marcado por la expulsión del ‘10’. Esta vez, Diego tenía cuentas pendientes y estaba listo para cobrarlas.
Brasil fue netamente superior, desperdiciando múltiples ocasiones de gol y estrellando tres veces la pelota en los palos. Argentina resistía y esperaba su oportunidad. Y entonces, a nueve minutos del final, Maradona frotó la lámpara: recibió la pelota en campo propio, esquivó a tres brasileños y, con una asistencia quirúrgica, dejó solo a Caniggia, que eludió a Taffarel y marcó el 1-0 definitivo. La venganza estaba consumada.
En cuartos de final, el 30 de junio en Florencia, la Albiceleste enfrentó a Yugoslavia, que había eliminado a España en octavos. Argentina jugó con 10 jugadores desde el minuto 31, tras la expulsión de Pedro Monzón. A pesar de ello, el partido terminó 0-0 y se definió por penales. Sergio Goycochea, que había reemplazado a Pumpido tras su lesión contra la URSS, se convirtió en el héroe: atajando dos penales y asegurando la clasificación a semifinales. Maradona falló su disparo, pero la Albiceleste avanzó de todos modos.
El destino le tenía guardada a Argentina una semifinal con un guion de película. El 3 de julio, su rival era Italia, el país anfitrión, y el escenario era el San Paolo de Nápoles, la ciudad donde Maradona era más que un jugador de fútbol, era un dios. Pero ahora, Diego se encontraba en una encrucijada emocional: jugar contra el país que lo idolatraba y la selección de los napolitanos.
La previa del partido se convirtió en un torbellino mediático y político. La prensa italiana impulsó una campaña para que los napolitanos apoyaran a la ‘Squadra Azzurra’. Pero Maradona respondió con una frase que quedó en la historia: “Aquellos que durante 364 días al año los llaman africanos, ahora les piden que apoyen a Italia por un solo día. Yo estoy con ustedes los 365 días del año”.
El partido fue tenso y parejo. Schillaci adelantó a Italia a los 17 minutos, pero en el 67’, Caniggia igualó de cabeza. El San Paolo estaba dividido: no se escuchaban abucheos contra Maradona, pero tampoco apoyo total a Argentina. El empate 1-1 llevó el partido a los penales.
Y ahí, en la lotería desde los once metros, Goycochea volvió a vestirse de héroe. Atajó los disparos de Donadoni y Serena, mientras que Maradona anotó el suyo con frialdad absoluta, celebrándolo desatadamente. Argentina eliminó a Italia en su propia casa y Diego, en su propia ciudad, le había negado el sueño a los anfitriones. La reacción del fútbol italiano fue furiosa. El sistema no se lo perdonaría jamás.
Maradona estaba otra vez en la final de un Mundial. El último obstáculo era la poderosa Alemania Federal, en una revancha del duelo de 1986.

El 8 de julio de 1990, en el Stadio Olimpico de Roma, Argentina y Alemania Federal se enfrentaban nuevamente en la final del Mundial. Era la gran revancha del partido de 1986, pero esta vez, las condiciones eran muy distintas. La Albiceleste llegaba desgastada, con varios jugadores suspendidos y un Maradona cansado física y emocionalmente. Para colmo, el ambiente en el estadio era hostil: la afición italiana, todavía dolida por la eliminación en Nápoles, silbó el himno argentino. Diego, furioso, miró a la cámara y lanzó un insulto en italiano, dirigido a los tifosi que lo abucheaban. El romance con Italia había llegado a su fin.
El partido fue cerrado, trabado y con pocas emociones. El árbitro mexicano Edgardo Codesal tuvo una actuación desastrosa, dejando que los alemanes pegaran sin consecuencias y cortaran el juego constantemente. La Argentina de Bilardo se replegó y resistió, mientras Maradona intentaba conducir el equipo sin espacio y con marcas pegajosas.
Todo parecía indicar que el partido iría al alargue, pero en el minuto 85 llegó la jugada más polémica. Codesal cobró un penal insólito a favor de Alemania, tras una supuesta falta sobre Rudi Völler. Las protestas de los jugadores argentinos fueron furiosas, con Maradona a la cabeza, quien recibió una tarjeta amarilla por protestar y vio cómo su compañero Dezotti era expulsado. Andreas Brehme ejecutó el penal con frialdad y venció a Goycochea. Alemania Federal era campeona del mundo. Italia celebraba la derrota de Maradona más que el título de los alemanes.
Diego estaba devastado. Lloraba desconsolado sobre el césped del Olímpico, sintiéndose robado y traicionado. La relación con Italia se había roto. El país que lo había convertido en dios, ahora lo expulsaba de su paraíso. Era el comienzo del fin. Maradona había tocado el cielo en México 86 y en Nápoles, pero ahora sentía que le arrancaban sus sueños con violencia.

Esa ruptura no fue solo con el establishment italiano, sino con todo el sistema de la FIFA. Maradona había pasado de ser el héroe del fútbol mundial a convertirse en su enemigo número uno. Sin embargo, para los verdaderos amantes del deporte, aquel Diego que lloraba con rabia e impotencia en el césped del Olímpico se volvió aún más icónico.
El conflicto trascendió el fútbol y se convirtió en un fenómeno cultural y social. La nueva década que comenzaba forjaría otro mito del Diego: el del rebelde, el del hombre que se enfrentó al poder. Si ya había alcanzado la cima como futbolista, ahora debía demostrar que no era un ídolo común y corriente. Solo así podría ganarse la inmortalidad.
La caída
La nueva temporada en Italia con el Napoli mostró desde el inicio que algo se había roto. El equipo no encontraba su ritmo y comenzó el año de manera desastrosa. De la plantilla campeona de la temporada anterior, se habían ido el arquero Giuliani y el goleador Carnevale, reemplazados por jugadores de menor calidad. A pesar de la victoria aplastante por 5-1 en la Supercopa contra la Juventus, en la liga el Napoli luchaba constantemente en la parte baja de la tabla. Al finalizar la primera vuelta, el equipo apenas había sumado 15 puntos, ubicándose en la 11ª posición. En la Copa de Campeones, el club fue eliminado en los octavos de final por el Spartak de Moscú en los penales, tras dos empates sin goles. Pero el golpe más duro para el Napoli y para Maradona llegó el 17 de marzo de 1991.
Aquel día, el Napoli recibió al Bari en el clásico del sur de Italia. Ganó 1-0 con gol de Gianfranco Zola en el minuto 55, pero tras el partido, Maradona fue sometido a un control antidopaje. El resultado fue positivo por consumo de cocaína. La Federación Italiana le impuso una sanción de 15 meses de suspensión. En su apelación, Diego denunció que el castigo era una venganza de la Federación por el Mundial de 1990, pero la decisión era irrevocable. Nunca volvería a jugar en Italia. El 1 de abril de 1991 abandonó Nápoles definitivamente y regresó a Buenos Aires, pero no para encontrar la paz, sino para sumergirse aún más en el caos.
En Argentina, su entorno volvió a llenarse de oportunistas, de aquellos que se acercaban solo para disfrutar de su fama y riqueza sin hacer ningún esfuerzo. En este contexto, su vida se deterioró aún más. El 26 de abril de 1991, la policía lo detuvo en el barrio de Caballito por posesión y consumo de drogas, siendo condenado a 14 meses de prisión en suspenso. La sentencia lo llevó a intentar iniciar un tratamiento de rehabilitación, pero las dificultades continuaban.
La FIFA, debido a su suspensión en Italia, le prohibió jugar incluso en partidos benéficos. En un acto de hostigamiento extremo, enviaron un fax a Julio Grondona, presidente de la AFA, advirtiéndole que cualquier aparición de Maradona en un campo de juego tendría consecuencias y sanciones para la federación argentina.

El período de sanción de Maradona llegó a su fin en el verano de 1992, lo que le permitió volver a jugar al fútbol profesional. Firmó un contrato con el Sevilla, pero su llegada no fue sencilla. El Napoli, aún dueño de sus derechos, se negó a aprobar la transferencia, lo que obligó a la FIFA a intervenir para que la operación pudiera concretarse.
En el club andaluz, Maradona se reencontró con Carlos Bilardo, el entrenador que lo había llevado a la gloria en el Mundial de 1986. Sin embargo, su regreso al fútbol europeo no estuvo exento de problemas. Debido a su sanción previa y su situación judicial en Argentina, su salida del país no fue inmediata. Finalmente, tras resolver sus problemas legales, pudo debutar con la camiseta del Sevilla el 28 de septiembre de 1992, en un partido amistoso contra el Bayern Múnich. Su debut oficial llegó el 4 de octubre, en un partido de LaLiga contra el Athletic Bilbao.
A pesar de la emoción por su regreso, Maradona no pudo reencontrarse con su mejor versión. En España volvió a caer en una vida desordenada, con constantes problemas fuera del campo, además de disputas con la directiva del club y con el propio Bilardo. Aunque logró disputar 30 partidos y marcar 7 goles, su relación con el Sevilla se deterioró rápidamente. Las tensiones llegaron a un punto de no retorno y, en junio de 1993, Maradona dejó el club español, cerrando así su segunda etapa en el fútbol europeo con más sombras que luces.
El regreso
En el verano de 1993, con el Mundial de 1994 en el horizonte, Diego Maradona decidió volver a Argentina para prepararse de la mejor manera posible para la cita mundialista. Su destino fue la Newell’s Old Boys, un equipo que, a principios de los años 90, había logrado notoriedad bajo la dirección de Marcelo Bielsa.
Su llegada a Rosario generó una revolución sin precedentes. En su primer entrenamiento, el 13 de septiembre, el estadio se llenó con 40,000 personas que asistieron solo para verlo entrenar. El 10 de octubre hizo su debut oficial con la camiseta rojinegra, pero su etapa en el club sería más breve de lo esperado. Hasta finales de 1993, solo jugó cinco partidos.
El 2 de diciembre, sufrió una lesión muscular que lo dejó fuera de los terrenos de juego. Sin embargo, su salida de Newell’s no se debió a razones deportivas, sino a un nuevo escándalo fuera del campo. Hostigado por la prensa, Maradona perdió la paciencia y disparó con un rifle de aire comprimido contra los periodistas que rodeaban su casa. Como consecuencia, fue condenado a dos años de prisión en suspenso y tuvo que indemnizar a los reporteros heridos.
Después de este turbulento episodio, su etapa en Newell’s terminó abruptamente. Su siguiente objetivo ya estaba claro: el Mundial de Estados Unidos 1994.
El último baile
La Argentina se preparaba para el Mundial de Estados Unidos 1994, con Carlos Menem en la presidencia y una estrecha relación con Diego Maradona, aunque más bien en términos de imagen pública que de una amistad profunda. En el banquillo de la selección, tras la salida de Carlos Bilardo, se encontraba Alfio “Coco” Basile, quien había llevado a la Albiceleste a conquistar la Copa América de 1991 en Chile. Basile era discípulo de César Luis Menotti, lo que representaba un cambio de escuela táctica en la selección, en una suerte de “alternancia” similar a la política argentina.
Con Basile, la Argentina logró otro título en la Copa América de 1993 en Ecuador, así como el Copa Artemio Franchi–torneo precursor de la actual Finalissima– en la que la Albiceleste venció a Dinamarca por penales en Mar del Plata. Sin embargo, el camino hacia el Mundial no fue nada fácil.
A pesar del gran talento del equipo, la Argentina sufrió en las eliminatorias. La debacle ocurrió el 5 de septiembre de 1993, cuando en el Estadio Monumental, la selección sufrió una histórica goleada 0-5 ante Colombia, en lo que se considera una de las mayores humillaciones del fútbol argentino. Esto obligó al equipo de Basile a disputar un repechaje intercontinental contra Australia. Para este momento crítico, Maradona –que había estado ausente en la fase de grupos– volvió al equipo y fue clave en la clasificación. En la ida, en Sídney, la Argentina rescató un empate 1-1, y en la vuelta, con un Maradona en un rol de conductor, venció 1-0 en el Monumental, asegurando su pase al Mundial.
Las dudas sobre su estado físico eran enormes. Sin embargo, en las semanas previas al debut, aparecieron imágenes de un Maradona rejuvenecido, entrenando con una intensidad sorprendente. Parecía haber recuperado su mejor versión a los 34 años.
El 21 de junio de 1994, en el Foxborough Stadium de Boston, la Argentina debutó en el Mundial ante Grecia, un equipo que jugaba por primera vez en la Copa del Mundo. En un equipo que mezclaba experiencia y juventud, Gabriel Batistuta asumió el rol de delantero titular, desplazando a Caniggia.
Desde el primer minuto, Maradona jugó con una intensidad descomunal. Batistuta marcó el 1-0 en el minuto 2, y antes del descanso amplió la ventaja en el 44′. Pero el momento de la noche llegaría en la segunda parte.
En el minuto 60, en la frontal del área, Maradona controló el balón y disparó un misil con la zurda, clavándola en el ángulo del arquero griego Antonis Minou. El estadio explotó y Maradona lo celebró con una de sus imágenes más icónicas: corriendo desaforado hacia la cámara, con los ojos desorbitados y una mezcla de furia y euforia, como si fuera un mensaje desafiante a sus detractores. El festejo se convirtió en un símbolo, y para muchos, la saliva que lanzó al final de la celebración era un escupitajo metafórico contra la FIFA y sus enemigos.

El Maradona parecía haber llegado a Estados Unidos con la determinación de ganar. En el segundo partido, contra Nigeria, Caniggia marcó dos goles, asegurando la victoria para Argentina por 2-1. El equipo se veía fuerte, y Diegoparecía estar en un estado de forma increíble, jugando con la pasión y la determinación de alguien que quería demostrar que seguía en la cima.
Sin embargo, poco después del final del partido, ocurrió una imagen que quedaría en la historia del fútbol por las razones equivocadas. Una enfermera apareció para llevarse a Maradona del campo para un control antidopaje. Diego, exultante y despreocupado, tomó a la enfermera de la mano y caminó con ella hacia la salida, sonriendo y saludando a la gente. Fue una imagen de felicidad y celebración, la última vez que se lo vería así en una Copa del Mundo.
Unos días después, sin embargo, llegó el shock: el test dio positivo por cinco sustancias prohibidas derivadas de la efedrina. Maradona estaba fuera del Mundial, expulsado nuevamente, esta vez no por drogas recreativas, sino por dopaje.
En las innumerables declaraciones que hizo en los años siguientes, Diego negó rotundamente haber consumido conscientemente alguna sustancia. Aseguró que era una trampa, que le habían tendido una emboscada desde el poder del fútbol, que era la venganza de la FIFA. Si tenía razón o no, sigue siendo uno de los mayores misterios de la historia del fútbol. Si alguna vez se llegara a comprobar que fue víctima de una conspiración, estaríamos hablando del mayor escándalo en la historia del deporte. Y en un mundo lleno de escándalos, ese puesto no es fácil de alcanzar.
Canto del cisne
Después de su segundo gran exilio, esta vez tras el control antidopaje en el Mundial, Maradona tuvo que pasar otro año lejos de los terrenos de juego, al menos como jugador. En este contexto, surgió la idea de que asumiera un rol de entrenador en Boca Juniors, pero el club no podía afrontar su alto salario, ni tenía razones para despedir a Marzolini, quien estaba nuevamente en el banquillo xeneize. Así, Diego se enfocó en recuperar su estado físico, con la intención de volver a las canchas un año después. Boca logró garantizar los recursos necesarios para incorporarlo como jugador, y se sabía que volvería a vestir la camiseta azul y oro a partir de mediados de 1995.
Durante ese período, Maradona también se involucró en diversas iniciativas, como la fundación del Sindicato Mundial de Futbolistas. Su iniciativa fue respaldada por varias figuras del fútbol internacional, quienes se reunieron el 28 de septiembre de 1995 en París para la fundación oficial del organismo. Entre los jugadores que participaron en la creación del sindicato, destacaban nombres como Éric Cantona, George Weah, Gianluca Vialli, Gianfranco Zola, Laurent Blanc, Tomas Brolin, Raí, Ciro Ferrara y Michel Preud’homme. El objetivo de la organización era representar la voz de los futbolistas ante el control absoluto de la FIFA sobre el deporte, diferenciándose de la FIFPro, la asociación tradicional, cuyo enfoque era más conciliador con las federaciones nacionales, las cuales, a su vez, manejaban los sindicatos de jugadores afiliados. A partir de mediados de los 90, Maradona comenzó a dedicar cada vez más tiempo a su activismo social, construyendo un perfil ideológico claro que definiría su legado fuera del fútbol.
Dos días después, el 30 de septiembre, volvió a jugar con la camiseta de Boca, en un partido amistoso en Seúl contra la selección de Corea del Sur. Poco después, se llevaron a cabo elecciones en Boca Juniors, en las que Mauricio Macrifue elegido presidente del club, puesto que ocupó hasta el 2007, antes de convertirse en Presidente de Argentina entre 2015 y 2019. A comienzos de 1996, la nueva directiva decidió cambiar de entrenador, reemplazando a Marzolini con Bilardo, con quien Maradona mantenía una mala relación, la cual se había deteriorado aún más durante su conflictiva etapa en Sevilla. Diego amenazó con dejar el club si la contratación se concretaba, pero finalmente se llegó a un acuerdo para que ambos coexistieran.
Boca terminó perdiendo el campeonato ante Vélez, y Maradona vivió una de sus peores rachas, fallando cinco penales consecutivos en la temporada. Al finalizar la campaña, Maradona volvió a alejarse de los terrenos de juego para liderar la campaña “Sol sin drogas”, impulsada por el gobierno argentino.

En esa época, ingresó a una clínica de rehabilitación en Suiza para tratar su adicción a la heroína, aunque sin resultados concretos. El 7 de abril de 1997 tuvo que ser hospitalizado por primera vez debido a problemas de presión arterial. Maradona, que aún tenía contrato con Boca pero sin jugar, empezó a sufrir problemas de salud con mayor frecuencia a partir de entonces. Finalmente, volvió a las canchas el 9 de julio de 1997 en un partido contra Newell’s Old Boys, pero pronto se vio envuelto en más problemas. Después del partido contra Argentinos Juniors, el 24 de agosto, dio positivo una vez más en un control antidoping.
A raíz de ese resultado, se abrió una investigación de gran magnitud para analizar la presencia de distintas sustancias en sus muestras. Sin embargo, las investigaciones no lograron confirmar nada concluyente, lo que generó dudas sobre el uso de sustancias prohibidas y, finalmente, su suspensión fue levantada. Mientras intentaba regresar a las canchas, Maradona sufrió una lesión en un partido contra el Colo-Colo chileno y recién volvió a jugar el 25 de octubre, pocos días antes de cumplir 37 años, en la derrota 2-1 contra River Plate en La Bombonera. En aquel último partido de su carrera, fue sustituido por un joven Juan Román Riquelme, quien hoy en día es el presidente del club.
Pocos días después, el 30 de octubre, con motivo de su cumpleaños número 37, anunció oficialmente su retiro del fútbol como jugador.
La Vida Después
Después del final de su carrera como futbolista, Maradona comenzó a involucrarse en diversas actividades dentro y fuera del fútbol, ocupando roles como dirigente en clubes, comentarista deportivo, panelista de televisión y figura con participación en acciones benéficas. Su impacto mediático ya era suficiente como para otorgarle visibilidad a cualquier causa en la que se involucrara. Sin embargo, también tuvo que enfrentar problemas de salud, con constantes altibajos en su estado físico y un cuerpo destrozado por años de excesos y adicciones.
En esa época, alrededor del año 2000, hizo varios intentos de rehabilitación en clínicas tanto de Argentina como de Cuba, profundizando aún más su larga amistad con Fidel Castro. En septiembre de 2000, se publicó su autobiografía bajo el título Yo soy el Diego (en la edición griega se lanzó como Εγώ ο Ντιέγκο), en la que Maradona dedicaba su historia a una serie de personas que habían sido parte de su camino en la vida, y en una página aparte, “a Fidel Castro y, a través de él, al pueblo de Cuba”.

En diciembre de 2000 llegó un gran reconocimiento. La FIFA, con el cambio de siglo y de milenio, decidió llevar a cabo una gran campaña para elegir al mejor futbolista del siglo XX. La iniciativa, que culminaría con un gran evento, incluía dos premios distintos: uno otorgado por el voto del público, a través de una votación en línea, y otro concedido por un jurado de expertos y los miembros de la revista FIFA Magazine.
En la votación del público, o en los corazones de la gente, si se quiere decir de manera más poética, Maradona arrasó, obteniendo el 53,6% de los votos, dejando en segundo lugar a Pelé con el 18,53% y en tercero a Eusébio con el 6,21%. En la votación del jurado, en cambio, quedó en tercer lugar, detrás de Pelé, que fue elegido de manera contundente, y de Alfredo Di Stéfano. Estos resultados reflejaban el clima de la época, que a su vez mostraba las percepciones generales sobre el fútbol mundial y la posición de Maradona dentro de ese panorama.
Maradona comenzó a residir de manera permanente en Cuba. Sin embargo, el 10 de noviembre de 2001, volvió a La Bombonera para disputar el partido homenaje organizado en su honor, celebrando así el cierre de una carrera futbolística turbulenta pero resplandeciente. En aquel partido, la selección argentina, dirigida por Marcelo Bielsa, se presentó con las grandes estrellas de la nueva generación, como Roberto Ayala, Juan Sebastián Verón, Javier Zanetti y Pablo Aimar. Del otro lado, un equipo de figuras legendarias de la generación de Maradona, con jugadores como Enzo Francescoli, Éric Cantona, Davor Šuker, Juan Román Riquelme, Carlos Valderrama, Hristo Stoichkov, Nolberto Solano y René Higuita, bajo la dirección de Coco Basile.
En aquel encuentro, Maradona dejó una de sus frases más memorables y trascendentales: “Me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”.

En 2004, su vida personal sufrió otro golpe, ya que Claudia Villafañe, quizás habiendo llegado al límite de su paciencia con la vida errática de Diego, había solicitado el divorcio en 1998, proceso que se completó seis años después. Ese mismo año, su salud empeoró gravemente. Aumentó considerablemente de peso y fue internado nuevamente en una clínica de Buenos Aires. Multitudes de personas acamparon bajo su ventana para brindarle apoyo y fuerzas para seguir viviendo.
Más tarde, él mismo declaró que su hija Dalma fue un motivo clave para luchar por su recuperación, ya que le había pedido que lo hiciera por ella. Tras aquella crisis, Diego realmente logró un cambio drástico, perdiendo una enorme cantidad de peso —había alcanzado los 150 kilos— y en 2006 estaba en condiciones de volver a pisar un campo de juego, mostrando una forma física envidiable para un futbolista retirado.
Hasta 2008, se dedicó principalmente a diversas apariciones televisivas, algunas esporádicas y otras recurrentes, antes de asumir la última gran misión futbolística de su vida.
Entrenador
Durante su alejamiento de las canchas en la temporada 1994-1995, Maradona experimentó con la dirección técnica, asumiendo el rol de entrenador primero en Textil Mandiyú y luego en Racing Club, dirigiendo 12 y 11 partidos respectivamente. Los resultados fueron poco alentadores, con un porcentaje de victorias de apenas 8.33% en el primer equipo y 18.18% en el segundo, una cifra extremadamente baja para un club considerado uno de los “cinco grandes” del fútbol argentino. Así, aquel experimento fue catalogado como un fracaso y terminó en noviembre de 1995, justo cuando Maradona ya podía volver a jugar profesionalmente.
Sin embargo, en 2008 asumió un desafío de otra magnitud al ser designado seleccionador nacional tras la salida de Alfio Basile, quien había tomado las riendas en una década marcada por los ciclos de Marcelo Bielsa y José Néstor Pékerman. Bajo la dirección de Maradona, la selección argentina logró clasificar al Mundial de Sudáfrica 2010 de una manera épica.
A falta de dos fechas para el final de las Eliminatorias, Argentina ocupaba la quinta posición, que otorgaba acceso al repechaje, y necesitaba dos victorias obligadas para no quedar fuera del torneo. Con 22 puntos, estaba por debajo de Ecuador (23 puntos) y tenía a Uruguay (21 puntos) pisándole los talones. Sin embargo, el último partido sería precisamente contra Uruguay en Montevideo, por lo que existía la posibilidad real de quedar totalmente eliminados.
El primer desafío crucial, por la penúltima fecha, fue contra Perú, en un partido que se jugó bajo una lluvia torrencial en el Monumental. A los 48 minutos, Gonzalo Higuaín puso en ventaja a la albiceleste, pero a los 89’, Rengifo igualó para los peruanos, dejando a la selección al borde del abismo. Mientras tanto, en el partido simultáneo en Quito, Ecuador y Uruguay empataban 1-1, lo que significaba que Argentina debería jugarse la clasificación al repechaje con una victoria obligatoria en el Centenario.
Pero en el minuto 92, en una jugada caótica dentro del área de Perú, apareció Martín Palermo, el veterano goleador, para empujar la pelota a la red y marcar uno de los goles más memorables de su carrera. Con la lluvia torrencial como telón de fondo, la escena quedó grabada en la historia del fútbol argentino, como si se tratara de un cuadro renacentista. Al mismo tiempo, en Quito, Diego Forlán convirtió un penal en el último suspiro del partido, dándole la victoria a Uruguay y dejando a Argentina al menos en la quinta posición y con vida en las Eliminatorias.
Pocos días después, Maradona llevó a la selección a una victoria en el Centenario de Montevideo, asegurando el cuarto puesto en la tabla y la clasificación directa al Mundial.

El ambiente en Argentina de cara al Mundial estaba marcado por un optimismo quizás inusual. La decepción de la “generación dorada” que había competido en 2002 y la difícil eliminación en 2006 ante la anfitriona Alemania ya eran parte del pasado. La presencia de Maradona en el banquillo y la forma dramática en que se había conseguido la clasificación hicieron que muchos creyeran que todo era posible.
Maradona no era un mal gestor de grupo, pero tampoco contaba con ideas tácticas modernas que le permitieran construir un equipo lo suficientemente competitivo como para pelear seriamente por el título. Más que por planteos estratégicos, el equipo se movía impulsado por su mística y sus excentricidades, como los dos relojes que usaba por cábala.

En Sudáfrica, Argentina fue sorteada en el Grupo B, junto a Grecia, Nigeria y Corea del Sur. Curiosamente, Grecia y Nigeria eran los dos últimos equipos que Maradona había enfrentado como jugador en un Mundial, en 1994, y una vez más, el destino parecía jugar una de sus extrañas partidas. Para quienes querían creer en los signos de la suerte, había señales de sobra, y en Argentina quizá muchos las veían.
En el debut, la albiceleste venció sin demasiada intensidad a Nigeria, con un gol de Heinze, en un partido que recordaba al encuentro inaugural de 2002. Sin embargo, en el segundo partido, Higuaín anotó un hat-trick, y la victoria 4-1 ante Corea del Sur encendió la esperanza. En el último partido del grupo, Argentina tuvo dificultades para romper el cerrojo griego durante más de un tiempo y medio, hasta que Demichelis encontró el gol en el 77′. En el 89′, apareció el héroe de las eliminatorias, Palermo, para marcar su gol mundialista en la recta final de su carrera, celebrándolo eufóricamente con su amigo y entrenador, Diego.

En los octavos de final, el rival fue México, tal como había ocurrido cuatro años antes. Argentina consiguió la victoria sin demasiadas complicaciones, con un marcador de 3-1, gracias a dos goles de Tevez y uno de Higuaín, mientras que Hernández descontó para los mexicanos en el 71′.
Sin embargo, en cuartos de final, la albiceleste se encontró con su primer equipo realmente bien organizado, Alemania. En el partido disputado en Ciudad del Cabo, quedó en evidencia un grave error táctico de Maradona, al utilizar a Otamendi como lateral derecho, lo que dejó un hueco que resultó ser la verdadera “talón de Aquiles” del equipo ante un rival serio. Los alemanes vencieron por 4-0, de una manera aún más contundente de lo que sugiere el marcador final. Con esta dura derrota, terminó la aventura de Argentina en el Mundial de Sudáfrica, y junto con ella, la etapa de Maradona como entrenador de la selección nacional.
Más tarde, Maradona asumió la dirección técnica en equipos como Al-Wasl y Fujairah en Emiratos Árabes Unidos, luego dirigió a los Dorados en México y, finalmente, hasta el final de su vida, a Gimnasia de La Plata. A lo largo de estos años, mostró algunas mejoras en sus capacidades como entrenador, aunque sin llegar a lograr un resultado realmente trascendental.
La despedida
En los últimos años de su vida, Maradona enfrentó problemas de salud cada vez más frecuentes, principalmente relacionados con su función cardíaca, aunque nunca dejó por completo las adicciones a las drogas y el alcohol. Estaba bajo vigilancia médica constante, especialmente después de un episodio que ocurrió el 2 de noviembre de 2020. Finalmente, el 25 de noviembre de 2020, fue encontrado muerto en su casa, a causa de una insuficiencia cardíaca que derivó en un edema pulmonar.
La noticia de su muerte conmocionó al planeta entero, que, a pesar de las restricciones globales impuestas por la pandemia del Covid-19, expresó su dolor y su adoración por el gran 10, que había embellecido los campos de juego y la vida de miles de millones de personas. En Argentina y Nápoles se dieron las mayores expresiones de duelo y homenaje, con el Quartieri Spagnoli de la ciudad italiana convirtiéndose en un sitio de peregrinación, algo que perdura hasta hoy.
El estadio San Paolo fue renombrado Diego Armando Maradona, al igual que el estadio de Argentinos Juniors en el barrio de La Paternal, además de muchos otros recintos deportivos de clubes con los que Diego tuvo algún vínculo a lo largo de su vida.

El presidente de Argentina, Alberto Fernández, declaró tres días de duelo nacional. Los estadios que albergaban partidos de fútbol parecían escenarios de ceremonias fúnebres, ya que, además de estar vacíos debido a la pandemia, fueron adornados de manera acorde para la ocasión.
Entre los diversos homenajes, uno de los más emotivos fue el gesto del futbolista argentino del Ajax, Nicolás Tagliafico, quien realizó el calentamiento previo a su partido al ritmo de “Live is Life”, imitando el icónico baile de Diego en Stuttgart en 1989, una de las imágenes más simbólicas de su carrera.
En cuanto a las reacciones oficiales, líderes de innumerables países enviaron sus condolencias a la familia de Maradona, mientras que la FIFA se limitó a proponer un minuto de silencio en los partidos de todo el mundo.
Para el pueblo, lo mejor
Al hacer un repaso de la vida de Maradona, intentando desentrañar la madeja de recuerdos futbolísticos que dejó tras de sí y que, al mismo tiempo, lo consagraron como un héroe popular, resulta difícil destacar con la suficiente claridad la huella ideológica que marcó a lo largo de su vida con su postura.
Su salida de la Argentina bajo la dictadura quizás fue solo el primer indicio de esta actitud. Como un hijo del pueblo, sin educación académica formal, Maradona tenía siempre presente no olvidar sus raíces. Esta convicción, su autopercepción como representante de los más humildes, sumada a las vivencias extraordinarias que acumuló —experiencias que quizás una sola persona no podría vivir ni en diez vidas—, le otorgaron a sus acciones un impacto enorme.
Muchas de sus declaraciones fueron certeras y oportunas, exponiendo sin filtros las profundas injusticias del sistema criminalmente desigual en el que viven los pueblos del mundo.

Una de las convicciones inquebrantables de Maradona fue su apoyo a los movimientos y gobiernos latinoamericanosque no se sometían a la dirección de los Estados Unidos. Independientemente del destino de cada administración, la emancipación del imperialismo norteamericano en Sudamérica fue siempre un criterio fundamental para diferenciar a los líderes genuinos de sus propios pueblos de los simples traidores.
Inspirado en su compatriota Che Guevara, a quien mencionaba constantemente y cuya imagen llevaba tatuada en su brazo izquierdo, Maradona desarrolló un fuerte vínculo con Fidel Castro y la Cuba socialista. Su relación con la isla trascendió lo simbólico: allí encontró un refugio personal y político, y mantuvo durante años una amistad cercana con el líder cubano.
Maradona sentía una profunda indignación por la forma en que se representa al Che Guevara en Argentina, algo que cualquier persona puede notar al conocer más de cerca al pueblo argentino, un pueblo que, como él mismo solía señalar, tiene razones para hacer autocrítica sobre los aspectos de su historia que no ha sabido comprender del todo, incluso en tiempos recientes.

Es emblemático que, antes del Mundial de Estados Unidos en 1994, Maradona realizara un gesto profundamente simbólico al visitar a Fidel Castro, en uno de los momentos más difíciles para Cuba tras la caída de la Unión Soviética y la intensificación de la agresión imperialista de Estados Unidos.
Desde allí, denunció el embargo, criticando abiertamente las políticas de asfixia económica contra la isla y elogió el sistema de salud cubano, un sistema que lo recibió y le brindó tratamiento cuando no encontraba soluciones en ningún otro lugar del mundo para superar sus problemas de adicción.
Siguiendo esa misma lógica de apoyo a los gobiernos sudamericanos que lograron desligarse de la tutela estadounidense, más adelante estableció relaciones con Hugo Chávez y Evo Morales, con quienes compartía una visión de justicia social y resistencia contra el intervencionismo extranjero en la región.

Por el contrario, nunca tuvo reparos en decir lo que pensaba cuando se encontraba cara a cara con los poderosos del mundo. Durante una visita al Vaticano en el año 2000, Maradona interpeló públicamente al Papa Juan Pablo II, preguntándole por qué la Iglesia Católica tenía tanto oro en los techos de sus templos y no lo vendía para alimentar a los pobres.
La Iglesia, profundamente involucrada en los acontecimientos políticos de Argentina, había apoyado abiertamente la dictadura militar y había sido uno de los principales opositores de Perón, convirtiéndose en un enemigo natural para Maradona. Independientemente de si creía en alguna entidad superior, lo cierto es que nunca fue aliado de la institución eclesiástica, a pesar de que en numerosas ocasiones se lo vio dirigiéndose “hacia el cielo” en estadios, ya fuera celebrando o buscando alguna respuesta en el terreno de juego. No es menor el hecho de que su país de origen fuera también la patria de otro Papa, Francisco, hincha de San Lorenzo.
Las declaraciones públicas de Maradona y su ruptura con la FIFA hicieron que su nombre trascendiera ampliamente el fútbol, convirtiéndose en un ícono cultural. En Argentina, una gran cantidad de bandas musicales lo homenajearon, siendo Los Piojos y Ratones Paranoicos algunos de los más conocidos. Sin embargo, sus canciones no solo reflejan lo que hizo Maradona, sino lo que sentía la gente con cada una de sus acciones.
El cuartetero Rodrigo escribió “La Mano de Dios”, que en solo dos estrofas resume la vida de Maradona y que él mismo cantó en varias oportunidades, emocionándose hasta las lágrimas. La canción se convirtió en un himno futbolero en Argentina y en una pieza fundamental del cancionero popular.
Por su parte, Mano Negra compuso “La Vida Tómbola”, un tema que refleja exactamente cómo los olvidados y marginados del mundo quisieran ser Maradona, para poder hacer lo mismo que hizo él: desafiar el sistema, romper esquemas y vivir sin pedir permiso.
La dimensión metafísica
La figura de Diego no podía quedar exenta de una dimensión metafísica, y un capítulo de su historia se escribió después de su partida. Desde 1993, año anterior a su última aparición con la camiseta albiceleste, Argentina no había ganado ningún título oficial, ni en la Copa América ni, por supuesto, en un Mundial.
La primera gran competición tras su muerte fue la Copa América 2021, celebrada en Brasil. Allí, Messi, como continuador de su legado terrenal, en la recta final de su carrera y después de numerosas decepciones con la selección, logró su primer título con Argentina. Lo hizo en la final más emblemática que puede existir en el fútbol de selecciones, derrotando a Brasil en el Maracaná.
Un año después, Argentina ganó la Finalissima, goleando 3-0 a la campeona de Europa, Italia, y unos meses más tarde, en el Mundial de Qatar, ocurrió la escena que quedará grabada en la memoria colectiva: antes del último penal de Gonzalo Montiel, Messi susurró “Diego, de acá hasta el cielo con vos”, antes de que todo un país estallara en júbilo, coreando su nombre.
En 2023, el triunfo en la Copa América se repitió, consolidando a Argentina como la selección más laureada del mundo. La combinación del Menottismo y el Bilardismo ha forjado una identidad futbolística única, y el fútbol argentino, tras una larga travesía en el siglo XX, ha vuelto a encontrar lo que le había sido arrebatado, antes y después de Diego.

Más allá del fútbol, en las sociedades humanas, en Buenos Aires, en Villa Fiorito, en Nápoles, Maradona se convirtió en una figura de alcance metafísico. El Pelusa encarnó la esencia del fútbol, que a escala global representa la irrupción violenta de los pobres en los cielos de este mundo, el derecho exclusivo de los desposeídos a convertirse en estrellas que iluminan los sueños y esperanzas de los pueblos. Esta combinación de figura popular, rebelde, callejera, con los rasgos de una deificación, era necesaria para que Diego –y para que siga cumpliendo, incluso después de su muerte, por toda la eternidad– la profecía de Borocotó: “Si algún día este monumento se erige, muchos de nosotros nos quitaremos el sombrero frente a él, como lo hacemos en la iglesia.”
Para el pueblo, lo mejor. Diego Armando Maradó.

