En este mismo instante, en algún lugar del mundo, se está marcando un gol. Millones de personas están involucradas con el fútbol, ya sea jugando, viendo un partido o haciendo algo relacionado con él, como yo que ahora escribo estas líneas y vos que en otro momento las estás leyendo. A lo largo de un día, este número se multiplica por diez, y en ciertas jornadas especiales, como en esos días mágicos de la final del Mundial, ¡el planeta entero gira alrededor de una pelota! Miles de millones de personas, en todos los rincones del mundo, dedican parte de su tiempo a una actividad que parece haber existido desde siempre. Pero el fútbol es una invención humana y, como tal, no podría haber estado ahí desde el principio de los tiempos. Por otro lado, es difícil señalar una única fecha de nacimiento, porque, a diferencia de otros deportes y otras actividades, no surgió de la nada. Para analizar esta evolución y comprender la aparición del fútbol en la vida de nuestras sociedades, es necesario remontarse a los orígenes de nuestra especie y avanzar hasta el nacimiento del juego tal como lo conocemos hoy.
Prehistoria humana
En las ciencias naturales, el origen del universo se define a partir del Big Bang, la gran explosión tras la cual es prácticamente imposible observar lo que hubo antes. Las distintas corrientes filosóficas y las ciencias exactas, en el plano teórico, intentan responder la pregunta: “¿qué existía antes del principio?”. Las religiones, en cambio, ofrecen respuestas más simples y accesibles, ya que una de sus principales preocupaciones fue resolver esta cuestión del “inicio”.
Si uno intenta examinar la historia de los distintos fenómenos, en muchos casos buscará un punto de partida concreto, una fecha precisa. Esta manera de entender la historia responde a una concepción filosófica más amplia sobre el origen de las cosas. El infinito es una noción difícil de comprender intuitivamente.
Todo esto se aplica tanto a la creación del universo como al origen de cualquier fenómeno, ya sea natural o social. Al analizar el fútbol como fenómeno deportivo y social, es fundamental rastrear sus raíces históricas, no solo por curiosidad general, sino porque comprender esta evolución en paralelo con la del ser humano y sus sociedades es la clave para entender por qué el fútbol tiene la forma que conocemos hoy y para reflexionar sobre cómo podría ser en el futuro.
Dado que no hay una fecha exacta para el origen del fútbol, es necesario empezar su relato desde su prehistoria, la cual no tiene límites definidos. La búsqueda de datos históricos y sus causas se confunde con la propia prehistoria de la humanidad.
Si se intenta comprender el motivo de la existencia del deporte, hay un hecho generalmente aceptado: el entrenamiento físico de los jóvenes de una sociedad ayuda a que puedan enfrentar las dificultades de la supervivencia en un mundo hostil. Sin embargo, aunque el ejercicio físico ocurre de manera natural en casi todas las especies del reino animal, lo que resulta más difícil de entender es el origen del juego organizado en equipo.
En las primeras comunidades humanas, desde manadas hasta sociedades primitivas, los jóvenes aprendían a sincronizarse a través del juego colectivo, lo que les permitía ejecutar estrategias más complejas en actividades de supervivencia. Si bien correr rápido puede ser una habilidad individual clave para escapar de un depredador o atrapar una presa, la caza en grupo, mucho más efectiva, requiere coordinación y planificación. Esta experiencia se adquiría a través de juegos en equipo, cuya forma dependía de diversos factores como el momento histórico, las condiciones climáticas y otros elementos del entorno.
Con la entrada de la humanidad en la Historia, es decir, con la aparición de la civilización, la actividad física, ya sea individual o en grupo, adquirió un carácter más organizado y comenzó a integrarse en tradiciones, generalmente con un trasfondo religioso. La religión, además, ayudó a establecer normas que resultaban útiles sin necesidad de explicarlas en profundidad a cada individuo, asegurando su respeto y continuidad a lo largo del tiempo.
Las sociedades humanas pasaron de ser grupos de cazadores a comunidades de producción de alimentos, gracias a la agricultura y al uso de herramientas que también mejoraban la eficiencia en la caza. Esto garantizó una mayor disponibilidad de comida. Más allá de la alimentación, el uso de herramientas para trabajar la tierra permitió cultivar más de lo necesario, generando excedentes que dieron origen a la propiedad. La propiedad, a su vez, originó los conflictos y las guerras, no por supervivencia, sino por la consolidación del poder de un individuo o una comunidad sobre otra.
La guerra se convirtió en una de las razones por las cuales se organizó la actividad física de manera sistemática. El entrenamiento militar otorgaba ventajas en combate, junto con el avance tecnológico y la estrategia. Esta estrategia, a su vez, resultaba más efectiva cuando la preparación física incluía ejercicios de acción coordinada entre los guerreros.
Al analizar la Historia, se observa que los distintos tiranos, dictadores y líderes populares han puesto énfasis en el deporte y la actividad física de sus pueblos con el objetivo de mantenerlos preparados para la guerra. Aunque hoy el deporte tiene otros fines, resulta inquietante que esta razón no haya desaparecido por completo.
Así, los rituales sagrados de distintas culturas incluyeron competencias deportivas que, en muchos casos, servían como demostraciones de fuerza. Bajo este amparo también surgieron los torneos atléticos, en los que se destacaba el atleta más fuerte de la comunidad, quien también era, potencialmente, el mejor guerrero. En la Antigua Grecia, los Juegos Olímpicos reflejaban esta idea, con competencias centradas en habilidades individuales esenciales para la guerra: carreras, lucha, lanzamiento de piedras o jabalinas e incluso equitación.
Sin embargo, los juegos en equipo también formaban parte del entrenamiento, aunque en menor medida. Entre ellos, los juegos con pelota aparecían en distintas civilizaciones a lo largo de los siglos, hasta su codificación definitiva en tiempos más recientes.
Juegos con pelota en civilizaciones antiguas y medievales
Los juegos o demostraciones de destreza, cuando no tenían necesariamente un carácter competitivo ni reglas fijas, pueden encontrarse en todos los rincones del planeta. Es difícil determinar cuál fue el primero, ya que en la mayoría de los casos no existe una conexión histórica ni una continuidad directa entre ellos. El fútbol nació en el continente europeo, pero los juegos previos que existían en cada civilización desempeñaron su propio papel en la fusión de la tradición con este nuevo deporte importado. Por eso, en esta búsqueda, parece necesario presentar primero los juegos que se practicaban fuera de Europa, para luego analizar cualquier continuidad histórica que haya existido en el continente y que condujera al deporte inglés.
Extremo Oriente
En contraste con lo mencionado en el párrafo anterior, hay un “episodio curioso” en la historia moderna del fútbol. Se trata de la decisión del ex y hoy infame presidente de la FIFA, Sepp Blatter, de declarar que la cuna del fútbol era… ¡China! Esto, por supuesto, formó parte de una estrategia para expandirse hacia los enormes mercados asiáticos. Blatter hacía referencia al cuju, un juego que floreció en China durante la dinastía Han, la cual abarcó aproximadamente desde el 200 a.C. hasta el 200 d.C.

El cuju tenía varias similitudes con los juegos futbolísticos, ya que incluía una pelota, había arcos (que no siempre eran estructuras físicas, sino simplemente puntos marcados en el campo) y, lo más importante de todo, desde los primeros siglos de la dinastía Han ya contaba con reglas codificadas. Si se considera la importancia de este avance en la difusión de los deportes en el mundo occidental, se trata de una primicia de gran relevancia.
Por supuesto, el cuju no tenía relación con ningún deporte en el sentido moderno y, ciertamente, no era un fenómeno social. Era más bien un ejercicio y una exhibición de la aristocracia china, ya que se jugaba exclusivamente dentro de los jardines imperiales, lejos del pueblo. De hecho, hicieron falta casi 1.000 años, hasta el dominio de la dinastía Song, para que este juego se extendiera a todas las clases sociales.
El cuju también tuvo un papel clave en la invención y evolución de la pelota inflable, principalmente durante la dinastía Tang (que se extendió aproximadamente del siglo VII al X). Este fue un avance de enorme importancia para el desarrollo de muchos deportes y, gracias a la Ruta de la Seda, terminó llegando también al mundo occidental.
Otras formas de juegos con pelota en el Lejano Oriente incluyen el kemari japonés, inspirado en el cuju. Aunque involucra el uso de una pelota, no es una actividad de competencia deportiva, sino que se asemeja más a una demostración de destreza con la pelota en los pies, una práctica que parece encajar con la tradicional idiosincrasia japonesa.
Civilizaciones de Norte y Mesoamérica
Norte y Centroamérica representan una región del mundo donde los juegos con pelota estuvieron estrechamente ligados al desarrollo de las civilizaciones locales. Esta tradición corresponde a los pueblos mesoamericanos, que habitaron el territorio que hoy comprende México, Belice, Guatemala, El Salvador y partes de Honduras, Nicaragua y Costa Rica.
En esta zona, se encuentran evidencias de juegos con pelota que datan de hace más de 3.000 años, provenientes de la civilización olmeca. Los olmecas introdujeron un material que también fue crucial para el desarrollo de los juegos modernos: el caucho. En esta región, y más al sur, se producía caucho, cuyo nombre proviene del idioma quechua, una de las grandes culturas de Sudamérica.
La producción de caucho llevó a la invención de pelotas de goma, capaces de rebotar, lo que marcó un hito en la evolución del equipamiento deportivo. Durante siglos, este material formó el interior de las pelotas de distintos deportes y, en muchos casos, aún se utiliza hoy en día o ha servido como precursor de otros materiales con propiedades mecánicas similares.

En los distintos juegos mesoamericanos se utilizaron pelotas con diámetros que iban desde aproximadamente 6 hasta 22 centímetros (para comparar, una pelota de fútbol actual tiene un diámetro de entre 22 y 23 centímetros, según las reglas del juego).
En Mesoamérica, estos juegos formaban parte principalmente de rituales religiosos, ya que estaban vinculados a los cultos locales. Quizás la característica más extrema de estos juegos era que, en el caso del pok-ta-pok de los mayas, ¡los perdedores eran decapitados al finalizar el partido! La gran diferencia entre este juego y el fútbol medieval o moderno radica en que no había arcos ni porterías, ya que el juego se parecía más al vóley, con la salvedad de que la pelota no se golpeaba con las manos, sino con los costados del cuerpo y la parte inferior de las piernas, desde la cintura hasta las rodillas.
Los juegos mesoamericanos con pelota aún sobreviven en la actualidad, ya sea como expresiones religiosas o simplemente como celebraciones tradicionales, aunque, por supuesto, sin la práctica del sacrificio humano. La arqueología ha descubierto alrededor de 1.300 canchas de estos juegos en la región, lo que demuestra su enorme expansión.
Antigua Grecia – Antigua Roma
La primera descripción escrita de un juego con pelota dentro de lo que se considera la cultura occidental no corresponde a un deporte específico, sino a una referencia de enorme valor literario. En el Canto VI de la Odisea, Ulises, náufrago y completamente desnudo en una playa, observa a un grupo de jóvenes, entre ellas Nausícaa, que juegan con una pelota. El hecho de que la primera gran obra literaria de la civilización occidental contenga la primera mención de un juego con pelota refuerza la idea de que su uso con este propósito se remonta a los orígenes de la sociedad. Entre las muchas “primeras veces” históricas, esta es particularmente relevante, ya que representa la primera aparición de la pelota en la literatura, nada menos que en la Odisea.
El “juego de Nausícaa” no tiene relación alguna con un deporte organizado, pero no es la única referencia en la antigüedad griega a juegos con pelota, especialmente a aquellos que involucraban dos equipos en competencia. Lamentablemente, debido a que los Juegos Olímpicos de la época daban prioridad a las competencias individuales que ponían a prueba la resistencia física (como mencioné anteriormente), sabemos muy poco sobre estos juegos colectivos.
Una de las pocas fuentes que nos brindan información es el Onomastikón de Julio Polideuco, una especie de enciclopedia o diccionario compuesto por diez tomos, publicado en el año 177 d.C. En esta obra se mencionan cuatro juegos con pelota: episkyros (επίσκυρος), phaininda (φαινίνδα), aporrhaxis (απόρραξις) y ourania (ουρανία). El más conocido de ellos es la episkyros. En este juego, dos equipos se colocaban a cierta distancia uno del otro, con una línea trazada en el suelo llamada skyron, sobre la cual se colocaba la pelota. Detrás de cada equipo se marcaban otras dos líneas. Los jugadores que tenían la posesión de la pelota intentaban lanzarla más allá de la línea del equipo contrario.
Esta descripción escrita nos habla de un juego cuyo objetivo era trasladar un objeto, en este caso la pelota, más allá de un área determinada. Aunque ese “área de anotación” no era un arco o portería, sino una línea que cruzaba todo el ancho del campo, el concepto recuerda más a un try en el rugby o a un touchdown en el fútbol americano. No obstante, la invención y existencia de este juego marca un punto de inflexión en la historia de los juegos de pelota.
Otro juego mencionado en la misma obra, la phaininda, se centraba más en la destreza para mantener la posesión de la pelota, con características que en algunos casos pueden recordar al actual handball. Sin embargo, tanto este juego como el aporrhaxis y el ourania (este último similar al juego de Nausícaa descrito por Homero) no incluían la dinámica de enfrentamiento entre equipos. Destacando esta diferencia, Julio Polideuco utiliza el término sphairomachia (batalla con pelota) únicamente para referirse al episkyros, entre todos los juegos mencionados.
No obstante, la phaininda tiene otra particularidad importante: su segundo nombre, harpaston (derivado de harpazo, que significa “arrebatar”), alude al acto de tomar la pelota, lo que la vincula con el juego romano harpastum, sobre el cual se tienen descripciones más detalladas.
El harpastum, a través de su evolución y de la mecánica del juego, donde la pelota cambiaba constantemente de manos mediante pases y fintas, tiene similitudes con uno de los llamados deportes “futbolísticos” modernos: el rugby.
Europa medieval
Si bien se tiene constancia de la existencia de juegos de equipo organizados en el Imperio Romano, hay una gran falta de referencias durante el periodo del Medievo temprano y pleno, también conocido como la Alta y Plena Edad Media. Todo indica que este contexto histórico no favoreció el registro de actividades sociales y deportivas más allá de las militares y religiosas, como ocurría anteriormente. Así, aunque es probable que estos juegos hayan continuado en distintas formas a lo largo de los siglos, no fueron considerados lo suficientemente relevantes como para ser documentados.
Calcio
Las primeras menciones a un juego de equipo con pelota en la península itálica reaparecen recién en la Baja Edad Media, alrededor del siglo XV. Este periodo, posterior a las grandes epidemias del siglo XIII, marca el inicio de un prolongado proceso de progreso social, que impulsó el desarrollo tecnológico, la expansión de los europeos hacia la mitad del mundo aún desconocida y sentó las bases para el Renacimiento. Hoy en día, la visión generalizada es que el juego futbolístico del Medievo italiano, el calcio storico o calcio fiorentino, es una evolución del juego romano harpastum.
El calcio, una forma de lucha extremadamente violenta con el objetivo de anotar goles entre dos equipos rivales, era un elemento de cohesión en la cultura italiana frente a los distintos invasores del norte, como por ejemplo el Sacro Imperio Romano Germánico, un reino que dominó la península pero cuya identidad estaba marcada por su origen germano o, en términos más amplios, teutón.
Al mismo tiempo, parece haber sido un deporte promovido por la Iglesia católica, que encontraba en él un mecanismo para influir sobre la población local, moldeando una identidad particular en un momento en que los italianos buscaban recuperar su dominio sobre sus propios territorios.

Desarrollado dentro del entorno urbano de las ciudades medievales italianas, especialmente en el norte de Italia, donde la plaza (piazza) era el punto de reunión de la población y también la sede del poder político y religioso, el calcio tenía un campo de juego con límites definidos, generalmente adaptados a la estructura urbana de cada ciudad.
Más allá de estas características generales, el calcio era un juego asociado a los soldados, ya que les ayudaba a desarrollar su condición física y sus habilidades de combate en tiempos de paz o de tregua. Como pasatiempo, sin embargo, era principalmente un juego de la aristocracia, ya que las clases más pobres, formadas en su mayoría por siervos, difícilmente disponían del tiempo y las oportunidades para dedicarse a actividades recreativas y de ocio.
Desde un punto de vista lingüístico, la existencia de este deporte es relevante también para el fútbol moderno, ya que la necesidad de “italianizar” los elementos culturales importados en Italia a principios del siglo XX llevó a la adopción de esta palabra para reemplazar el término extranjero football, que hasta entonces era el nombre con el que se conocía el deporte.
La Soule
Más al norte, en territorio francés, existía otro juego similar que se practicaba en la misma época y que también tenía un fuerte trasfondo social, especialmente en su relación con el Sacro Imperio Romano Germánico. Se trata de La Soule, un juego que se cree que surgió en las regiones septentrionales de Normandía y Bretaña y que, por su estructura, recuerda a la forma en que el fútbol de las masas (mob football) se desarrolló más tarde en Gran Bretaña.

Un rasgo distintivo de La Soule era su carácter masivo, ya que se han registrado partidos con entre 20 y 200 jugadores, e incluso algunas referencias mencionan juegos con hasta 500 participantes. Otro aspecto llamativo era su brutalidad, ya que prácticamente no tenía reglas y su duración no estaba predefinida: el partido se prolongaba hasta que los jugadores quedaran completamente exhaustos.
A diferencia del calcio italiano, el juego francés tenía un campo de juego indefinido, ya que se disputaba en campos, praderas y bosques, con enormes distancias entre las zonas de anotación. Además, el terreno de juego incluía elementos naturales como ríos y arroyos, lo que lo hacía aún más impredecible.
El foco de la actividad, la pelota, estaba hecha con una vejiga de cerdo inflada y tenía un fuerte simbolismo: se la consideraba una representación del sol, un significado que también se reflejaba en el nombre del juego.
La soule se siguió jugando en las vastas regiones rurales de la campiña francesa hasta principios del siglo XX, y solo desapareció cuando los juegos futbolísticos modernos comenzaron a ganar popularidad, tanto en la práctica como en la asistencia del público. La llegada de otros deportes modernos también influyó en su declive, ya sea como actividades de la burguesía o como resultado del desarrollo tecnológico, como por ejemplo el ciclismo.
El football en Gran Bretaña
Sin embargo, la versión francesa de este antiguo juego futbolístico tiene una similitud aún mayor con su equivalente británico, del cual hay una continuidad más clara en la evolución del deporte que finalmente dio origen al fútbol moderno.
Fútbol medieval: el juego de los campesinos
No se conocen con exactitud los detalles sobre cómo se transmitieron y se introdujeron los juegos de equipo en Gran Bretaña, lo cual es comprensible, ya que ocurre lo mismo con muchas otras actividades sociales de la Edad Media. El hecho de que estas prácticas fueran consideradas secundarias en comparación con la política, la guerra o incluso la religión ha llevado a que existan muy pocas referencias escritas al respecto. Así, aunque se han hallado menciones aisladas al uso de pelotas con fines recreativos, no hay demasiados datos sobre la organización concreta de estos juegos. Lo que sí se sabe con certeza es que eran violentos, ya que hay registros de muertes ocurridas durante su desarrollo.

La violencia del juego fue también una de las razones por las que se prohibió en múltiples ocasiones. Sería difícil sostener que los monarcas y la alta nobleza estaban realmente preocupados por la seguridad y la vida de sus súbditos y sirvientes. En realidad, a estas clases dominantes les inquietaba el daño que el juego podía causar en la capacidad militar de la población. La primera prohibición oficial del fútbol fue un decreto de Eduardo II en 1314, que lo vetó en Londres e incluso establecía penas de cárcel para quienes intentaran jugarlo.
Sin embargo, así como los juegos con pelota aparecen en la lengua de Homero con referencias del propio poeta, algo similar ocurre en la lengua de Shakespeare. En Rey Lear, escrito entre 1605 y 1606, el dramaturgo inglés utiliza la palabra “futbolista” como un insulto, lo que da una idea de la percepción que existía en su época sobre la práctica del juego.
El fútbol medieval, o mob football (fútbol del populacho) de aquellos siglos en Gran Bretaña, influyó en la evolución del deporte y, en última instancia, condujo al nacimiento del fútbol moderno. La primera descripción documentada sobre cómo se jugaba es mucho más tardía que las prohibiciones. Data de finales del siglo XV y menciona un partido en Cawston, en Nottinghamshire, donde los jugadores pateaban y controlaban una enorme pelota principalmente con los pies, en lugar de usar las manos. En la Inglaterra medieval, la pelota solía ser una vejiga de cerdo inflada, lo que hacía que su forma y tamaño fueran irregulares.
A partir del siglo XVI, comienzan a aparecer referencias escritas que reflejan una mayor aceptación del juego, aunque las prohibiciones seguían ocurriendo de forma intermitente. Como estos registros no fueron hechos por los campesinos, que en su mayoría eran analfabetos, parece haber una creciente tolerancia por parte de las clases altas y educadas, e incluso del clero, que era una de las instituciones de poder de la época. Un dato significativo es que el propio rey Enrique VIII tenía en su guardarropa un par de zapatos destinados a la práctica de este deporte.
Este cambio tenía implicaciones tanto políticas como sociales. Las autoridades empezaban a comprender que la actividad física de los campesinos, al ser de carácter colectivo y masivo, contribuía al fortalecimiento de las clases trabajadoras. Además, se practicaba en horarios que, de otro modo, habrían sido ocupados por el consumo de alcohol, una costumbre con efectos negativos en la productividad. Esta relación entre el fútbol, el deporte masivo y la socialización, en contraposición con el alcoholismo, es un patrón histórico recurrente en muchas sociedades. El alcohol funcionaba como un anestésico para los trabajadores rurales sobreexplotados, con todas las consecuencias negativas de su consumo excesivo. Por lo tanto, la invención de una actividad que ofreciera los mismos beneficios en términos de estabilidad moral, pero sin afectar la productividad, fue vista como un desarrollo positivo por las clases dominantes.
De esta manera, el fútbol se convirtió en una actividad social arraigada en la vida de los pueblos británicos durante siglos. Con el paso del tiempo, las referencias históricas se multiplicaron, proporcionando más información sobre cómo se jugaba y cuál era su propósito. En esencia, las dos “porterías”, que no tenían aún la forma de un arco, eran construcciones situadas en pueblos rivales. A menudo, se utilizaban edificios específicos, como iglesias en los partidos entre parroquias, grandes molinos alrededor de los cuales se concentraba la producción local o incluso límites geográficos de cada asentamiento.
A pesar de la participación masiva, no todos jugaban. Generalmente, los más robustos eran los que se lanzaban a estos campos de juego primitivos, que podían extenderse a lo largo de vastas y hasta salvajes extensiones de tierra. Aquellos que no participaban como jugadores lo hacían como espectadores. A través de este juego y de la identidad de los equipos, que estaban vinculados a una parroquia, un pueblo o una comunidad, se formaban también las primeras bases del sentimiento de hinchada. La identidad compartida entre jugadores y seguidores nació en ese fútbol medieval y se convirtió en uno de los elementos más importantes que definieron el estatus moderno del deporte como fenómeno social.
La adopción por parte de los colegios
En la era preindustrial de Gran Bretaña, los partidos se jugaban en amplios terrenos, entre pueblos o iglesias, sin un campo de juego delimitado ni en el sentido moderno ni en el que ya existía en algunos juegos de la antigüedad. La forma de jugar, que se asemejaba a una “guerra pacífica”, atraía sobre todo a jóvenes y adolescentes, ya que era una de las pocas actividades que les permitía liberar grandes cantidades de adrenalina sin el mismo riesgo de muerte que con la guerra o con otras prácticas peligrosas. En ese sentido, el fútbol medieval era una opción mucho más segura que los duelos con espadas o las peleas cuerpo a cuerpo.
Además, este deporte ya poseía una característica que más tarde ayudaría a la rápida difusión del fútbol moderno: no requería de un equipamiento costoso o complejo. Para jugar solo se necesitaba una pelota o cualquier objeto que pudiera cumplir esa función. No hacía falta un caballo, una espada, una lanza, un bastón ni una armadura. Esta simplicidad hizo que el juego fuera rápidamente adoptado por los estudiantes de los public schools (colegios privados de élite), quienes escapaban del recinto escolar en busca de un claro en el bosque donde pudieran jugar su partido.

Sin embargo, esta costumbre generó otro problema: la violencia de un juego sin reglas definidas, que implicaba contacto físico y no tenía árbitro, derivaba en frecuentes lesiones de los alumnos y en un caos generalizado en el ámbito escolar. Esto era incompatible con los principios de disciplina que se esperaban en estos centros de educación privilegiada.
Las direcciones de estos colegios no tardaron en darse cuenta de que una manera de evitar que los alumnos se escaparan para jugar lejos de la escuela y se lesionaran durante esta salvaje práctica era establecer un marco para la actividad, así como acondicionar un espacio donde pudiera llevarse a cabo dentro del colegio y del programa escolar. Este cambio de enfoque no se produjo simultáneamente en todas partes; algunos colegios fueron pioneros en implementarlo y, con el tiempo, la costumbre se extendió.
El primer colegio que parece haber adoptado esta práctica fue el Eton College, para el cual existe un registro, al menos desde el año 1519, que menciona la realización de juegos de fútbol dentro de sus muros. La palabra utilizada para este deporte en los colegios del siglo XVI era football, y aunque este término parece ajustarse a la descripción de un juego en el que se usa solo los pies, con patadas y regates del balón, esa no era la única forma de jugar en todos los colegios, ni mucho menos en el fútbol practicado por los campesinos, donde el uso de las manos estaba permitido, al igual que el de otras partes del cuerpo.
Sin embargo, pasaron siglos hasta que la educación física y el ejercicio en general se consideraran una parte esencial del currículo necesario para la formación integral de los estudiantes. Es significativo que en muchos colegios se alentara la participación en los juegos de fútbol con el propósito de desalentar… la masturbación, que en aquella época se consideraba un gran “pecado” moral.
El dato histórico más importante, sin embargo, es que no existía un único y uniforme juego. Cada colegio ideaba sus propias reglas, las cuales evolucionaban continuamente de manera independiente. Cada escuela tenía su propio patio, con dimensiones específicas, y creaba su propia tradición futbolística. En algunos colegios se fomentaba el uso de las manos y el contacto físico, lo que recordaba más al fútbol medieval de los campesinos, mientras que en otros, el contacto corporal y el hecho de tocar el suelo con cualquier parte del cuerpo o la vestimenta se consideraban inapropiados, por lo que se privilegiaba el kickers’ and dribbling game, en el que el balón se manejaba casi exclusivamente con los pies.
Estos juegos eran parte de la identidad de cada colegio y, en muchos casos, aún se conservan hasta nuestros días, aunque más como una reliquia histórica. Sin embargo, constituyen un fenómeno intrínsecamente ligado a la estructura escolar, junto con su escudo, su lema y otros símbolos distintivos.
Códigos de honor y carácter de los juegos en los colegios
El desarrollo de los juegos de fútbol en los colegios no se limitaba únicamente a la educación física en el sentido estricto. Aunque la actividad física ya era una asignatura fundamental dentro del plan de estudios, junto con otras materias consideradas de mayor prestigio por su carácter eminentemente intelectual, la evolución de los juegos de equipo también tenía como objetivo la formación tanto física como mental de los jóvenes estudiantes. En la base de estos juegos colectivos —donde se fomentaban la cooperación dentro del equipo, el esfuerzo por alcanzar un objetivo común y el sacrificio por el compañero— se encontraba una innovación de enorme importancia para el Imperio Británico, en un momento en que el mapa político de Europa se estaba redefiniendo. No es casualidad que el Duque de Wellington afirmara que “la batalla de Waterloo se ganó en los campos de Eton”, pues él mismo había sido alumno del célebre colegio.
El correcto espíritu de juego, el respeto al adversario y la distinción a través del esfuerzo por el equipo eran cuestiones de “honor” para estos jóvenes estudiantes, cuyo destino a menudo era asumir responsabilidades de liderazgo que, en muchos casos, heredaban. Dentro de estos códigos de honor se incluía también el respeto hacia el árbitro, una figura sin la cual no podía desarrollarse ningún partido. El árbitro garantizaba el disfrute del juego, ya que permitía que los jugadores se concentraran en la competición sin distraerse con la supervisión de las normas y los conflictos sobre su aplicación. Sin embargo, más allá de la importancia práctica de este principio, se puede identificar también un enfoque ideológico casi “socrático” sobre la obediencia a las reglas. Dado que estos alumnos se beneficiaban de un sistema normativo que estructuraba la sociedad de la época, en estos colegios debían aprender a preservar esas mismas reglas, que en última instancia representaban sus propios privilegios. El hecho de que, con el tiempo, la incorporación de las clases populares al fútbol transformara las normas de juego en un conjunto de restricciones, en lugar de un marco de orden, explica por qué la tensión en torno a la interpretación de las reglas se convirtió en un elemento central del deporte.
Desde esta perspectiva, cada colegio podía presentar su juego, con todas sus particularidades, como un componente esencial de su misión educativa y como una prueba de la eficacia de su modelo formativo. Los reglamentos de cada colegio se convertían en un elemento de prestigio y un reflejo de su identidad, diseñados para ajustarse tanto al origen social de sus alumnos como a las expectativas de sus familias. Por este motivo, no parecía haber una necesidad inmediata de unificar las reglas del juego en un solo código común; más bien, ocurría exactamente lo contrario.
La búsqueda de reglas comunes
A mediados del siglo XIX, los reglamentos aceptados para el juego —o más bien, los juegos— estaban fragmentados, ya que cada colegio tenía su propia manera de estructurar la actividad, alterando significativamente su naturaleza. Estas variaciones no eran aleatorias. Un análisis detallado de sus diferencias permite revelar la relación entre cada tipo de juego y las características sociales de los estudiantes de cada escuela, particularmente en lo que respecta al contacto físico y al uso predominante de los pies o de las manos.
En aquel tiempo, las reglas de cada partido se acordaban entre los dos capitanes de los equipos y el árbitro. Estas normas solo se aplicaban a un encuentro concreto y era muy probable que otro partido no se jugara con el mismo conjunto de reglas. Así, dentro de los colegios, por razones prácticas, se hizo evidente la necesidad de unificar al menos parte de los reglamentos, para simplificar la organización de los partidos y mejorar la preparación de los jugadores. Sin embargo, para lograrlo, primero era necesario establecer una base de consenso sobre lo que debía y no debía ser aceptable en el juego, lo que resultó ser más un motivo de confrontación que de acuerdo durante muchas décadas. La esperada unificación de las reglas representaba, en última instancia, un salto cualitativo hacia la creación de un deporte universal.
El primer paso hacia la adopción de reglas comunes fue la codificación de los reglamentos en cada colegio. Más allá de la transmisión oral de la tradición, se hizo indispensable redactar y sistematizar las reglas dentro de cada escuela. Los criterios que determinaban estas reglas variaban según múltiples factores. En cuanto al campo de juego, por ejemplo, sus dimensiones estaban determinadas por la extensión del patio del colegio, que, a su vez, definía el tamaño del terreno de juego codificado. La pelota solía ser de forma irregular, no solo por su método de fabricación, sino también por las deformaciones derivadas del uso. El número de jugadores podía decidirse en función de cuántos cabían en el terreno de juego, de cuántos alumnos podían agruparse según algún criterio compartido (clase, dormitorio, etc.), o incluso de forma completamente arbitraria, basada en la tradición de otros deportes.
Dentro de esta diversidad de criterios, surgió un mito relacionado con los 11 jugadores que conforman la alineación inicial de un equipo de fútbol. Una versión sostiene que este número se basa en la cantidad de camas en los dormitorios de los colegios de Cambridge. Sin embargo, la explicación históricamente más aceptada es que se tomó prestado del cricket, un deporte que ya había sido codificado con anterioridad y en el que el equipo defensor está compuesto por 11 jugadores en el campo.
Pero no fue el único mito que marcó la evolución del fútbol y que influyó en la disputa por la estandarización de sus reglas. Uno de los relatos más influyentes proviene de una pequeña ciudad de la región de Midlands Occidentales, en Warwickshire, cerca de Northampton, Coventry y Leicester. Hoy en día, esta localidad cuenta con unos 78.000 habitantes, pero en el siglo XIX su población era mucho menor, con apenas unos cientos de residentes. Sin embargo, incluso entonces, este lugar tenía un colegio con una historia muy particular.
El colegio en cuestión fue fundado en 1567 gracias a la herencia de Lawrence Sheriff, un comerciante local que llegó a ser el proveedor de frutas y verduras de la reina Isabel I. En sus inicios, la escuela era pública y gratuita, pero a lo largo del siglo XVIII su prestigio creció, atrayendo a estudiantes de fuera de la región, lo que llevó a su expansión y a la introducción de matrículas.
A comienzos del siglo XIX, el crecimiento del colegio tuvo un impacto directo en el desarrollo de la localidad, que pasó de tener 1.487 habitantes en 1801 a 2.501 en 1831. Este crecimiento podría haber sido aún mayor si no fuera por el aumento vertiginoso del costo de vida en la zona. La expansión se vio favorecida posteriormente por la llegada del ferrocarril, que redujo considerablemente las distancias entre los centros urbanos.
El colegio, que estaba en el corazón de la vida local, contaba con su propio patio, donde se desarrolló su particular versión del juego de fútbol. Según la mitología del deporte, un estudiante de la escuela, William Webb Ellis, protagonizó en 1823 un episodio que cambiaría la historia del fútbol. Durante un partido escolar, Webb Ellis supuestamente rompió con las reglas preestablecidas —que en su mayoría establecían prohibiciones en lugar de definir explícitamente la mecánica del juego— y realizó una acción inesperada: tomó la pelota con las manos y comenzó a correr hacia la portería rival. Sus oponentes, desconcertados, intentaron detenerlo sin saber exactamente cómo hacerlo dentro del marco normativo del juego.
Esta innovadora jugada de Webb Ellis marcó el inicio de un nuevo estilo de juego, que se incorporó a las reglas del colegio y que terminaría adoptando el nombre de la institución y la ciudad donde se originó: así nació el rugby football.

La formalización de las reglas en el colegio de Rugby parece haber comenzado en 1815. Sin embargo, a partir de 1823, esta estructura reglamentaria inspiró a una amplia red de escuelas que quisieron adoptar un estilo de juego similar. Con la excepción de algunos colegios aristocráticos que insistían en prohibir la lucha y el contacto de la indumentaria de los estudiantes con el césped y el barro, muchas otras instituciones consideraron que este tipo de juego representaba la continuidad genuina de las tradiciones del football, que hasta ese momento era ampliamente conocido pero carecía de una reglamentación específica.
Aunque hoy en día el rugby es un deporte completamente diferenciado, dejó un legado que se ha mantenido en muchos otros juegos de pelota. Una de sus herencias más significativas es el tamaño del campo de juego, cuyas dimensiones, comunes tanto en el rugby moderno como en el fútbol, provienen del patio de aquel colegio donde todo comenzó.
La “disputa” sobre las reglas del rugby
La influencia de las reglas del rugby fue enorme. Su desarrollo estuvo acompañado, por un lado, de la fascinante historia de Webb Ellis, que proporcionó un relato fundacional para la codificación del deporte. Por otro lado, el rugby tenía un argumento poderoso a su favor: al conservar la lucha física como parte esencial del juego, se presentaba como el legítimo heredero de los juegos medievales. Esto tenía un peso significativo en la sociedad británica, especialmente entre la nobleza y la clase dirigente, que veían en el rugby una continuación de sus tradiciones.
Sin embargo, en los colegios donde se concentraban los miembros más distinguidos de la aristocracia y la élite, se prefirió el kicker’s game, el juego basado en el uso exclusivo de los pies. La primera codificación que unificó esta línea de juego fueron las Reglas de Cambridge en 1848. Así, el fútbol inglés se encontraba dividido en dos corrientes enfrentadas y era evidente que, para que el deporte tuviera un futuro común, debía tomarse una decisión sobre cuál sería el camino a seguir.
Lejos de conducir a un acuerdo, la evolución histórica de esta disputa terminó provocando una escisión que dio lugar a dos deportes completamente distintos. No obstante, el juego basado exclusivamente en el uso de los pies prevaleció en la primera gran batalla por la reglamentación del fútbol en aquella época. Curiosamente, la solución no vino de los colegios, sino de nuevos actores que provenían de un entorno diferente: el surgimiento de los clubes de fútbol. Con la fundación del Sheffield FC en 1857, el fútbol comenzó a expandirse más allá del ámbito de los colegios y sus egresados, abriendo el camino hacia su popularización.
La fundación de la FA
Para 1863, ya existían numerosos clubes de fútbol (Football Clubs), así como equipos formados por antiguos alumnos (Old Boys) y colegios que practicaban este deporte. Sin embargo, cada uno seguía reglas diferentes, ya fuera inspiradas en las Reglas de Cambridge o en las del rugby. La falta de un reglamento unificado obstaculizaba el desarrollo del fútbol, ya que en cada partido se jugaba, en esencia, un deporte distinto. Además, esta situación dificultaba la expansión del juego más allá de los grandes centros urbanos, pues la escasez de clubes y la incompatibilidad de sus códigos impedía que muchas veces pudieran enfrentarse entre sí, limitando así su crecimiento geográfico.

Durante esa misma época, en la década de 1860, un importante punto de encuentro en Londres para la realización de transacciones comerciales y acuerdos era la Great Queen Street, en el West End. Allí tenía su sede la comunidad masónica, que en aquel entonces funcionaba como una vasta red de contactos en una época en la que era difícil establecer asociaciones comerciales y gremiales de este tipo. Pero, más allá de los negocios, los masones –que representaban una de las fuerzas más activas de la ciudad y de muchas otras urbes europeas– también jugaron un papel clave en la fundación de instituciones cuya creación no respondía solo a iniciativas individuales, sino a una necesidad histórica.
Muchos de los estatutos fundacionales de estas instituciones se redactaron en reuniones celebradas en la Freemasons’ Tavern, un establecimiento que ya no existe, pero cuya ubicación está marcada hoy con una placa conmemorativa. En ese lugar nacieron diversas organizaciones, como la Sociedad de Economía Política, la Sociedad Británica y Extranjera contra la Esclavitud y la Sociedad Geológica de Londres. En 1863, había llegado el turno del fútbol.
Por iniciativa de Ebenezer Morley, fundador del Barnes Football Club en el oeste de Londres, el 26 de octubre de 1863 se reunieron los representantes de otros diez clubes londinenses. La mayoría de ellos eran miembros de la hiperactiva clase media de la Revolución Industrial, y no el típico grupo de Old Boys que hasta ese momento había monopolizado el deporte. Sus dos objetivos principales eran, por un lado, la creación de una asociación que regulase y promoviera la práctica del fútbol y, por otro, el establecimiento de un conjunto de reglas básicas que definieran el nuevo juego.
A esta convocatoria decidieron no asistir ocho de los nueve colegios de élite conocidos como los Great Nine, mientras que el representante del Charterhouse acudió únicamente como observador, siguiendo instrucciones estrictas de su institución. Las escuelas consideraban que el fútbol era un patrimonio exclusivo de su entorno y no aceptaban que otros tomaran decisiones sobre su futuro, rompiendo así el monopolio que habían mantenido sobre el deporte y abriendo el camino para que se convirtiera en una actividad accesible para toda la sociedad.
La asociación se formó y Morley fue nombrado su primer secretario. Sin embargo, el proceso de redacción del reglamento no estuvo exento de controversias y enfrentamientos. Un ejemplo ilustrativo de la resistencia al cambio fueron las declaraciones de Francis Campbell, representante del Blackheath FC, quien argumentaba que si se eliminaban el contacto físico y las patadas a las espinillas, el deporte perdería su esencia masculina y que, en ese caso, incluso los franceses podrían llegar a jugarlo algún día. En esa primera reunión no se logró un consenso, pero tras varias semanas de intensos debates, el 24 de noviembre de 1863 se redactaron las primeras reglas oficiales. Ebenezer Morley, recordado como el “padre del fútbol”, estableció en ese reglamento que los jugadores no podrían tocar el balón con las manos. Así nació oficialmente la Football Association (FA), y su deporte, el Association Football, del cual derivó la palabra soccer, un término puramente británico.

Desde aquel día, la historia del fútbol comienza oficialmente, y todo lo que sucedió después, con el epicentro en Gran Bretaña, moldeó la identidad del “juego hermoso”, un deporte que, en muy pocos años, conquistó y enamoró al resto del planeta.
1863
El año 1863 marca la firma del acta de nacimiento del fútbol moderno, o más precisamente, del association football, bautizado así por la organización que lo definió. Este nacimiento fue el resultado y el reflejo de la evolución, sobre todo, de las condiciones sociales imperantes en Europa a lo largo de los siglos: desde los juegos y el entretenimiento ocasional hasta la organización de instituciones deportivas y clubes.
Sin embargo, esta fecha de nacimiento no fue el final de su evolución ni de su historia. Todo lo contrario: fue el punto de inflexión que separó su prehistoria de su desarrollo histórico. El juego comenzó a transformarse y a cambiar rápidamente después de su codificación oficial, reflejando cada vez más la aceleración de los avances tecnológicos, los modos de producción y las formas de vida en cada sociedad. Ya no era solo un pasatiempo de una élite aristocrática, sino que, sobre todo, se convirtió en una actividad nutrida por las masas populares, que se transformarían en el verdadero motor del fútbol y de su cultura.
El valor de conocer la prehistoria del fútbol radica en comprender su necesidad. Este deporte es una actividad que mueve al mundo entero, y no lo hace simplemente porque sea una invención ingeniosa o atractiva, sino porque es el reflejo de la evolución misma del ser humano. Es la forma que adopta nuestra especie cuando decide construir un futuro mejor que su pasado, razón por la cual el fútbol es también portador del progreso social, incluso cuando es utilizado como herramienta de manipulación por tiranos.
El fútbol no desapareció ni con decretos reales ni en la oscuridad de la Edad Media. Sobrevivió a todas las épocas sombrías de la humanidad y triunfó cada vez que nuestras sociedades avanzaron. El fútbol existe porque los seres humanos existen, y dado que el futuro de la humanidad es inevitablemente el progreso, lo mismo ocurre con su deporte favorito: aquel que, en 1863, quedó en la historia con el nombre de fútbol.

