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Fuimos a Plough Lane por el Wimbledon – MK Dons

El 17 de agosto de 2002 se disputaron dos partidos correspondientes a diferentes niveles de la gran pirámide del fútbol inglés. En el Bottom Meadow, un estadio con capacidad para 1.950 personas y apenas 250 asientos, se concentraron aproximadamente 2.500 hinchas para presenciar un partido de la Combined Counties League, es decir, la novena categoría del fútbol inglés. El equipo local, Sandhurst Town –fundado en 1910– se enfrentaba a un club que había sido fundado seis semanas antes: la AFC Wimbledon.

Ese mismo día, otro equipo de nombre similar, el Wimbledon FC, jugaba en casa en Watford por el campeonato de la League One, que en ese entonces era la segunda categoría, detrás de la Premier League. En las gradas del Vicarage Road se encontraban 10.292 hinchas, de los cuales apenas 200 habían viajado unos 30 millas para apoyar a los visitantes.

Los resultados del día registraron que la AFC Wimbledon ganó como visitante por 1–2, mientras que el Wimbledon FC cayó 3–2. Este desenlace se convirtió en el presagio de una gran confrontación que marcó y sigue marcando la identidad del deporte, el deporte más popular y una actividad cultural, social y deportiva a nivel mundial.

El Wimbledon FC pasó a manos del empresario libanés Sam Hammam en 1977, quien lo transformó: de un equipo amateur lo introdujo en el fútbol profesional, alcanzando incluso la élite en 1986. Dos años después, en 1988, el Wimbledon se coronó campeón de la FA Cup al vencer en Wembley al poderoso Liverpool, obteniendo así el primer –y único– gran título en su vitrina. Sin embargo, Hammam no se detuvo allí. En 1991, consideró que Plough Lane no era suficiente para sostener el crecimiento económico que imaginaba para el club y, por ello, decidió desprenderse de su “casa”. El Wimbledon se trasladó al Selhurst Park, sede de Crystal Palace, para disputar sus partidos en la recién formada Premier League.

Torniquete de la época histórica de Plough Lane

Hammam tuvo dificultades para garantizar la continuidad en el desarrollo del club dentro de un ambiente cada vez más competitivo y, en consecuencia, barajó soluciones que aseguraran su solidez financiera. Entre otras ideas, contempló la posibilidad de trasladar el club a Dublín, una ciudad sin una fuerte tradición futbolística –donde en la República de Irlanda el gaelic football y el rugby union captaban mayor preferencia del público, generalmente poco aficionado al fútbol anglosajón–. Estos planes no se concretaron, y Hammam vendió el club en junio de 1997 a dos magnates noruegos, Kjell Inge Røkke y Bjørn Rune Gjelsten. Al mismo tiempo, se vendió la histórica sede del club, Plough Lane, a una cadena de supermercados.

La histórica puerta de Plough Lane, cuando fue vendida, tal como se conserva hoy en el estadio recién construido

Los nuevos propietarios noruegos, sin conocimiento alguno del fútbol, trajeron a un manager financiero –tampoco relacionado con el mundo del fútbol–, el sudafricano Charles Koppel, para encargarse de la administración y el desarrollo del club. Koppel, a su vez, reclutó a otro manager financiero proveniente de la industria de la música pop, Pete Winkelman, quien en los albores del siglo XXI estaba involucrado en una asociación para construir un estadio en la ciudad de Milton Keynes, a 70 millas al norte de Londres. Winkelman convenció a Koppel y a la directiva del Wimbledon –que desde el 2000 jugaba en la League One– de que la mejor perspectiva para el club era trasladarlo a Milton Keynes, “la ciudad más grande de Inglaterra sin un club de fútbol”. De hecho, Winkelman había contactado previamente a los Queens Park Rangers para este propósito, pero tras encontrarse con grandes dificultades, logró persuadir a los dirigentes del Wimbledon para dar ese paso.

Así, en agosto de 2001 la directiva del Wimbledon anunció públicamente su intención de mudarse, alejándose de su histórica sede y de sus hinchas. Esto desató una fuerte confrontación con los seguidores, que adquirió tintes ideológicos relacionados con la identidad misma del deporte, especialmente en una Europa altamente industrializada. En el fútbol inglés –al igual que en muchos otros países– la noción de “franquicia”, que se desplaza como una empresa de un lugar a otro, era totalmente ajena en ese entonces, y aún hoy resulta incomprensible, salvo en casos excepcionales. Las mudanzas previas de sedes de clubes habían ocurrido hasta 1930, a distancias mucho menores, como por ejemplo la “traslado” del Arsenal de Woolwich al Highbury en el norte de Londres, el de la Manchester United desde Newton Heath a Stratford, o la más lejana mudanza de South Shields, que se desplazó 10 millas para convertirse en Gateshead FC. Durante la mayor parte del siglo XX y la época de expansión del sistema de campeonatos inglés, era inaudito e inaceptable que los hinchas perdieran a su club.

Sin embargo, el 28 de mayo de 2002, un comité tripartito de la Football Association, con 2 votos a favor y 1 en contra, decidió allanar el camino hacia esta “nueva era”, permitiendo el traslado del Wimbledon a otra ciudad. Los hinchas del Wimbledon quedaron sin sede y sin club, víctimas de la mercantilización del propio amor que sentían. Esto no los doblegó: ese mismo verano crearon su propio club, la Association Football Club –inicialmente con las siglas AFC, que también significan “A Fans Club”– Wimbledon, para comenzar desde las categorías amateur.

En su última temporada, el Wimbledon FC vendió la totalidad de sus activos, jugó en la League One en el Selhurst Park y terminó en la última posición, bajo una administración interina, de cara al verano de 2004, cuando se concretó el traslado a Milton Keynes y la consiguiente renombración. Así inició la trayectoria de los MK Dons, el equipo-franquicia, que partió en la recién conformada League One (que ya era la tercera categoría), pasando por un descenso y una posterior recuperación hasta lograr el ascenso a la Championship en la temporada 2015-16. La flamante escuadra de Milton Keynes, sin embargo, permaneció en la segunda categoría solo por una temporada, sin alcanzar el estatus de su “progenitor”. Finalmente, en 2023 descendió a la League Two.

En ese mismo nivel, entre todos sus rivales, se encontró también la AFC Wimbledon, que había escalado a toda velocidad desde las categorías amateur y semiprofesionales, y había vuelto al fútbol profesional desde la temporada 2011-12, ascendiendo a la League One (tercera categoría) en 2016 y disputando allí seis temporadas. Comenzando su andadura en el estadio Kingsmeadow, en Kingston-upon-Thames –a pocos kilómetros al oeste de Wimbledon–, construyeron un estadio que luego vendieron a la Chelsea para volver a comprar su histórica sede, Plough Lane. Finalmente, el 3 de noviembre de 2020, la AFC Wimbledon regresó a casa, tras aproximadamente tres décadas.

La AFC Wimbledon se enfrentó por primera vez a los MK Dons en la FA Cup de la temporada 2012-13, perdiendo 2–1 en Milton Keynes. No obstante, el 7 de octubre de 2014, en el Johnstones Paint Trophy –nombre que ostentaba entonces la League Cup– la AFC logró su primera victoria, en casa, con un marcador de 2–3. Su primer triunfo en un partido de liga se registró finalmente en 2017, mientras que en Plough Lane la AFC consiguió una victoria legendaria en los minutos de descuento el 2 de marzo de 2024, en un partido de League Two.

El sábado 14 de septiembre de 2024, ambos equipos se reencontraron para disputar el sexto encuentro de la League Two (cuarta categoría) en Plough Lane. El partido estaba programado para las 12:30 del mediodía, en un soleado sábado que llegó tras una fría y gris semana londinense, que cortó de manera abrupta e inflexible el avance del verano.

Una hora antes del inicio, la zona alrededor del estadio se encontraba muy tranquila. La gente ya había empezado a llegar y muchos pasaban directamente por la boutique, situada bajo las gradas 1 y 2, para adquirir algún recuerdo, apoyando a un club cuya fundación se financió mediante la recaudación de fondos, donaciones para la reconstrucción de su estadio y entradas a precios que competían incluso con los de pequeños equipos de la Premier League para asegurar su supervivencia.

A pocas decenas de metros, en el Woodman Pub –junto al puente que cruza las líneas del tren, facilitando el paso desde la estación Wimbledon Park hasta Plough Lane– se congregaban los hinchas de los MK Dons, vigilados por un gran despliegue policial, a caballo y en vehículos, que los controlaban. En un ambiente que rezumaba excesos, con numerosos menores entre la multitud reunida, los seguidores de los Dons comenzaron su marcha hacia el estadio, ingresando por el lado sur de Plough Lane, alrededor de las 11:45, tres cuartos de hora antes del inicio del partido. Allí se registraron episodios muy limitados, sin un motivo concreto, más bien porque algunos querían hacer algo para dejar su huella que por haber existido un enfrentamiento.

Cuando el estadio se llenó, cinco minutos antes del pitido inicial, con 7.921 hinchas locales y 705 visitantes, comenzaron los cánticos que reflejaban, evidentemente, la marcada diferencia entre ambos clubes. Los hinchas de la AFC decían a sus rivales que “no saben quiénes son”, destacando la importancia que en la cultura del fútbol tiene la construcción de una memoria colectiva, ese denominado ADN de cada equipo. Por su parte, los seguidores de los MK Dons se dedicaban a arroparse contra la seguridad del estadio, y claramente el consumo de ciertas sustancias jugaba un rol en ello.

El inicio del encuentro fue arrollador para la Wimbledon, que había controlado a los Dons –y en el minuto 10 el árbitro sancionó de forma indirecta una falta a favor de los locales, quienes ya mostraban peligrosidad–. Un minuto después, Myles Hippolyte rompió la defensa de los visitantes, frente a la grada de sus hinchas, anotando el 1–0 y marcando el inicio de la jornada en Plough Lane.

A partir de ese momento, la grada de los MK Dons se convirtió en un circo, con una incesante contramarcha de hinchas y seguridad que derivó en continuas expulsiones de público. La manera en que se efectuaban estas expulsiones revelaba además otro rasgo: por un lado, la violencia ejercida por el personal de seguridad y la policía, que sacaban gente en grupos –seis a la vez por cada uno– para “sacarlos de la cancha”, ofreciendo un espectáculo disuasorio que menoscababa la dignidad humana. Frente a ese panorama, los seguidores de los MK Dons permanecían pasivos –incluso aquellos que transitaban por el mismo camino–, mientras los de la AFC Wimbledon celebraban. Quizás ese fuera también uno de los motivos por los cuales su club fue el que terminó siendo víctima de los planes empresariales, y no otro de Londres. Puede que la mala experiencia de ver arrebatado a su equipo haya sacado a relucir muy buenas cualidades de sus hinchas, pero la manera de enfrentar tales situaciones demuestra cuánto respetan cada uno la “etiqueta” de la grada, lo cual ayuda a que nadie les arrebate al club.

En cuanto al juego, desde el minuto 30 en adelante, el sistema 5-3-2 de la Wimbledon dejó amplios espacios y cedió el control del centro del campo a los visitantes, de modo que los MK Dons dominaron la mayor parte del partido sin llegar a amenazar seriamente, mientras que en algunos buenos tiros las intervenciones de Goodman fueron decisivas. Esto derivó en un espectáculo algo pobre, casi monótono, que se volvía más atractivo únicamente por la histórica rivalidad entre ambos clubes. En un tramo, aproximadamente del minuto 70 al 85, la Wimbledon se vio completamente contenida, sin plan ni ganas de disputar el balón, lo que hacía parecer que esa mínima ventaja era muy frágil.

Sin embargo, a partir del minuto 85 la situación cambió. Los jugadores de la Wimbledon descendieron al campo con mucha mayor determinación en la lucha por cada balón, y en una jugada que se desarrolló en el minuto 90 –con una serie de contragolpes incesantes–, Maycock se erigió como el último receptor en el área, anotando el 2–0 y dando inicio a las celebraciones. La AFC Wimbledon volvió a imponerse al “monstruo” que le había robado su historia.

Pocos minutos después, en los 10 minutos de descuento, Maycock volvió a anotar, otorgándole dimensiones de triunfo a su equipo (un lindo cliché, por decirlo de alguna manera) y obligando a que la grada de los visitantes continuara vaciándose –lo que había quedado lleno a causa de las expulsiones de seguridad y de la policía.

El final del partido encontró a los hinchas de la Wimbledon viviendo un día histórico, al conseguir su tercer triunfo en un partido de liga contra sus enemigos existenciales, mientras que los seguidores de los MK Dons insultaban a sus jugadores cuando éstos se acercaron a agradecerles su apoyo.

Fue un hermoso partido, un clásico sábado inglés de mediodía, en el que dos de los 92 equipos del fútbol profesional sumaron otro capítulo en sus estadísticas, pero uno mucho mayor en los recuerdos de sus hinchas. No fue, por supuesto, romántico en el sentido místico, sino a la medida de estos clubes: chico pero justo –y cuando el fútbol es justo con la Historia, aunque no necesariamente con el rendimiento, se vuelve un poco más bello.